BYU Conferencia de Mujeres

Rodeadas por los Brazos de Su Amor

Ardeth Greene Kapp
Ardeth Greene Kapp es maestra de instituto en la Universidad de Utah.
Forma parte de la junta directiva de Deseret News Publishing Company. Fue presidenta general de las Mujeres Jóvenes. Ardeth y su esposo han servido en la Misión Canadá Vancouver. (1999)


INTRODUCCIÓN
He tenido muy presente en mi mente la responsabilidad de discursar en esta ocasión.
Al prepararme para esta asignación, con muchas oraciones fervientes y ansiedad, vino a mi mente una inquietud de mi sobrina de cuatro años de edad, Sharon Kay. Cuando le pidieron que diera su primer discurso en la Primaria, una responsabilidad grande para una niña tan pequeña, ella corrió a contarle a su mamá, y luego agregó con emoción: “Mamá, mamá, ¿qué vestido me pongo?”. Yo me he hecho esta misma pregunta, pero no encontré mi respuesta en el almacén del diseñador de vestidos en el centro comercial, sino en otro lugar menos concurrido.

En las cartas de Pablo a los Efesios, él identifica la moda de actualidad para ustedes y para mí: debemos tomar toda la armadura de Dios, para que podamos resistir en el día malo, con nuestros lomos ceñidos con la verdad, vestidos con la coraza de justicia y calzados los pies con el apresto del Evangelio de la paz; y sobre todo, tomando el escudo de la fe, con el que podamos apagar todos los dardos de fuego del maligno y abrir nuestra boca (véase Efesios 6:13–19). Lo que escojamos para usar en cuanto a esto es mucho más significativo que lo que seleccionemos de nuestro armario de ropa.

Éste es un tiempo histórico. Casi puedo oír a los amigos con quienes he trabajado a través de los años diciendo: “Ella siempre dice eso”, y así es. Pero consideren dónde estamos hoy. En retrospectiva, hace relativamente poco tiempo conmemoramos y honramos a los primeros santos fieles que dieron tanto para que nosotros pudiéramos gozar de las bendiciones que tenemos hoy y de los cimientos de la Iglesia sobre los cuales edificamos ahora. Viendo hacia el futuro, tenemos una gran obra que realizar. El propósito de esta conferencia no es agobiarnos, sino edificarnos; no es separarnos haciendo comparaciones, competencias o dando quejas —aquellas cosas que debilitan el espíritu—, sino unirnos y fortalecer nuestra influencia justa más allá de nuestra habilidad natural. El propósito de esta conferencia no es enviarnos a casa perfeccionadas, sino llenarnos de confianza para que, a medida que avancemos paso a paso, tomando un día a la vez, aumentando nuestra justa influencia dondequiera que estemos, hagamos nuestra parte.

El presidente Spencer W. Kimball habló de nuestro tiempo con estas palabras proféticas: “La mayor parte del gran crecimiento que está teniendo la Iglesia en los últimos días se deberá a que muchas de las mujeres buenas del mundo (en quienes a menudo hay un gran sentido interno de espiritualidad) serán atraídas a la Iglesia en grandes números. Esto sucederá al grado en que las mujeres de la Iglesia reflejen justicia y elocuencia en sus vidas y al grado en que ellas sean vistas como distintas y diferentes —en un sentido positivo— de las mujeres del mundo” (My Beloved Sisters, 1979, pág. 44). Él dijo además: “El ser una mujer virtuosa durante las etapas finales en esta tierra, antes de la segunda venida de nuestro Salvador, es un llamamiento grandioso. La fortaleza e influencia de la mujer virtuosa hoy en día puede ser diez veces mayor que la que podría ser en tiempos más tranquilos” (My Beloved Sisters, 1979, pág. 17).

¿No ardieron nuestros corazones con el llamado de un profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, en la última reunión general de la Sociedad de Socorro? Escuchen nuevamente sus palabras: “Levántense, hijas de Sión, acepten el gran reto que tienen ante ustedes” (“Caminando a la Luz del Señor”, Liahona, noviembre de 1998, pág. 117). En otra ocasión él pidió “un poco más de esfuerzo, un poco más de autodisciplina, un poco más de esfuerzo concentrado… Ustedes pueden hacer las cosas mejor de lo que las están haciendo” (“The Quest for Excellence”, Devocional de BYU, noviembre de 1998). ¿Debe parecernos esto un regaño? No, no lo creo. Más bien, es el testimonio de un profeta acerca de nuestro potencial, nuestra naturaleza divina y nuestra habilidad para hacer una diferencia en este tiempo histórico. ¿Podría ser que él nos conoce y conoce nuestras circunstancias mejor que nosotras mismas?

Quizás podemos oír en nuestras mentes las palabras familiares de otro tiempo y estación: “¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” (Ester 4:14). Ésta es nuestra hora, mis queridas hermanas, nuestro desafío y nuestra oportunidad, quienquiera que seamos, dondequiera que estemos y cualesquiera que sean las circunstancias. Nuestro Padre Celestial nos conoce y cuenta con cada una de nosotras para que hagamos nuestra parte. Y podemos hacerlo. Recibimos fuerza y poder a través de nuestros convenios, los cuales nos brindan una relación especial con nuestro Padre Celestial. A través de la gran misericordia y el amor de Jesucristo, y mediante nuestra obediencia, recibimos “un poder que nos permite hacer cosas que no podríamos hacer por nuestra propia cuenta” (véase Bible Dictionary, pág. 697).

En esta hora me paro ante ustedes, pero en todas las demás circunstancias me siento honrada, humilde y comprometida a pararme a su lado, mis hermanas en el Evangelio, juntas en nuestra hora y circunstancia.

Lo que queda atrás y lo que nos espera por delante no es tan importante hoy como lo que está dentro de nosotras. Nuestro Padre Celestial está comprometido. Él estará con nosotras hasta el fin. Nos ha dado el modelo. Es un modelo que no cambia. Es un modelo basado en amor y obediencia, sacrificio y servicio.
Es un modelo que se ha hecho posible por medio del sacrificio de Jesucristo, el cual se comprende al hacer y guardar convenios sagrados. Podemos esperar oposición, pero podemos hacerle frente al desafío. Sobre este modelo es que deseo hablar hoy.

EL MODELO DE AMOR Y OBEDIENCIA

He oído la historia de una madre que, con el deseo de estimular el progreso de su hijo en el piano, compró boletos para un concierto de Paderewski. Cuando llegó la noche del evento, encontraron sus puestos hacia el frente de la sala de conciertos y vieron el majestuoso piano Steinway esperando en el escenario. Al poco tiempo, la madre empezó a hablar con una amiga y el chico se fue.

A las ocho en punto comenzaron a apagar las luces del auditorio, se encendieron los reflectores y, en ese momento, se dieron cuenta de que el chico estaba sentado en la banca del piano, tocando inocentemente “Centella, centella, pequeña estrella” en el Steinway. Su madre quedó boquiabierta, pero antes de que pudiera ir a recoger a su hijo, apareció el maestro en el escenario y rápidamente se acercó al teclado. Le susurró al chico: “No pares, sigue tocando”.

Inclinándose, Paderewski estiró la mano izquierda y empezó a tocar el bajo. Luego estiró su brazo derecho para alcanzar el otro lado e improvisó un deleitable obbligato. Juntos, el viejo maestro y el joven novato cautivaron a la audiencia.

Aunque nuestras vidas estén sin pulir, es el Gran Maestro quien nos rodea. Dios es nuestro Padre. Somos Sus hijos. Él nos conoce. Él sabe cuáles son nuestras necesidades y nos invita a ir a Él para estrecharnos entre los brazos de Su amor. Él quiere que lo conozcamos y que sintamos Su amor. Tenemos Su palabra:

“Iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

No tenemos que esperar hasta el fin de nuestro concierto, o hasta el final de la vida, para que alguien haga lo que no podemos hacer cuando somos insuficientes por causa de nuestras debilidades, nuestras imperfecciones e incluso nuestros pecados. La doctrina de la gracia y la misericordia a través de la Expiación es un proceso continuo, hora tras hora, e incluso minuto tras minuto.

Hace unos años, el élder Bruce R. McConkie habló en el entierro de una amiga mía y dijo algo que me ayudó a entender mejor este concepto. Él dijo:

“No necesitamos pensar eternamente acerca de Dios nuestro Padre Eterno como un personaje omnipotente, todopoderoso, glorificado… Sería mejor que pensáramos en Dios nuestro Padre como simplemente eso: como un padre… como un ser personal cuya faz hemos visto y en cuya casa hemos morado, cuya voz hemos escuchado, cuyas enseñanzas hemos aprendido mucho antes de haber nacido” (Mensaje del funeral de Florence Johnson, texto escrito en mi posesión, pág. 27).

Cualquiera que sean sus sentimientos en este momento —alegría, gratitud, emoción, optimismo y paz en su corazón, o quizás un tiempo de prueba cuando están luchando contra el desaliento, la depresión o incluso la desesperación; con preocupación por un hijo desobediente o por problemas en la relación con alguien; una oración aparentemente no contestada; preocupación por la vida de un ser querido; tristeza por el pecado; sentimientos de indignidad o simplemente sentimientos de insuficiencia—, cualquiera que sea la carga que lleven sobre sus hombros en este momento, escuchen en su corazón y en su mente estas palabras de un amoroso Padre Celestial:

“…te he hablado a causa de tus deseos; por tanto, atesora estas palabras en tu corazón” (D. y C. 6:20).

Considerando dónde nos encontramos en este momento, en este centro universitario, asistiendo a esta conferencia, indudablemente se demuestra cuáles son nuestros deseos. Y ¿cuáles son estas palabras dadas por revelación a través del Profeta que Él quería que atesoráramos en nuestros corazones? Estas palabras, tomadas de Doctrina y Convenios, sección 6, han llegado a ser el enfoque y el tema de la Conferencia de Mujeres de este año:

“Sé fiel y diligente en guardar los mandamientos de Dios, y te estrecharé entre los brazos de mi amor” (D. y C. 6:20).

Es mediante la obediencia a los mandamientos de Dios, los cuales nos ha dado por amor a nosotros para que tengamos paz y felicidad, que podemos sentir Su amoroso abrazo.

El Señor ha fijado los términos para las recompensas y para las prometidas bendiciones de exaltación. El ser discípulos requiere esfuerzo, pero ni una partícula más de lo que podamos soportar, ni tampoco menos. Él quiere que lleguemos a ser como Él. Somos un pueblo del convenio. El presidente George Q. Cannon explicó:

“Cuando entramos en las aguas del bautismo e hicimos un convenio con nuestro Padre Celestial de servirle y guardar Sus mandamientos, Él también se comprometió con nosotros por medio del convenio a que nunca nos abandonaría, nunca nos dejaría solos, nunca nos olvidaría; que, en medio de las pruebas y las penas, cuando todo estuviera en nuestra contra, Él estaría cerca de nosotros y nos daría sustento” (George Q. Cannon, Gospel Truth, vol. 1, pág. 170).

Él nunca deja de amarnos y siempre desea ayudarnos y bendecirnos. En las palabras de Isaías:

“Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo” (Isaías 41:13).

Oh, si tan solo pudiésemos entender la amplitud y la profundidad, la extensión y el alcance de Sus brazos de misericordia, y todas las bendiciones que están a nuestro alcance cuando respondemos a Su misericordiosa súplica:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Con razón, de vez en cuando anhelamos volver a nuestro hogar. Pero no volveremos allí hasta que hayamos cumplido con el trabajo que vinimos a hacer. Aun el Salvador no recibió la plenitud al principio, sino que recibió de gracia en gracia (véase D. y C. 93:12–13). No debemos impacientarnos ni desanimarnos, sino que debemos escuchar con nuestro corazón el mensaje alentador: “No pares, sigue tocando”.

A través del gran plan de felicidad, podemos erradicar nuestros temores, nuestra incertidumbre en cuanto a si podemos lograrlo o no, y nuestras dudas sobre si vamos a estar incluidos entre aquellos que serán estrechados en los brazos de nuestro Salvador.

El élder Bruce C. Hafen escribió:

“La persona que más necesita entender la misericordia del Salvador es probablemente una persona que ha trabajado hasta quedar agotada al hacer un esfuerzo sincero por arrepentirse, pero que todavía cree que su separación de Dios es permanente y desesperada…
Me doy cuenta de que un creciente número de miembros de la Iglesia profundamente comprometidos se sienten agobiados, más allá del punto de ruptura, con desaliento por sus vidas personales. Cuando nosotros habitualmente subestimamos el significado de la Expiación, tomamos riesgos más serios que simplemente dejarnos los unos a los otros sin promesas consoladoras, pues algunos se saldrán de la carrera cansados y vencidos con la dura y falsa creencia de que ellos no son material celestial” (Bruce C. Hafen, Broken Heart, 1989, pág. 5).

Cuando entran en nuestra mente esos sentimientos, sucede como el comején, que puede corroer justo los cimientos de nuestra fe y esperanza y disminuir nuestra influencia justa.

Veamos en las Escrituras. A menudo me he referido a mis Escrituras como las cartas de mi hogar. Si ustedes pudieran salir al buzón del correo en un día muy triste, cuando las nubes de la vida se sienten pesadas, y recoger una carta dirigida a ustedes personalmente, ¿sería más significativa? Consideren esta carta del Señor. Escríbanla con su nombre propio en la introducción si es necesario, pero léanla de la manera como leerían una carta de alguien que les ama mucho:

“He aquí, sois niños pequeños y no podéis soportar todas las cosas por ahora; debéis crecer en gracia y en el conocimiento de la verdad.
No temáis, pequeñitos, porque sois míos, y yo he vencido al mundo, y vosotros sois de aquellos que mi Padre me ha dado; y ninguno de los que el Padre me ha dado se perderá” (D. y C. 50:40–42).

Consideren el mensaje similar de una canción sagrada compuesta por Harry Rowe Shelley:

El Rey de Amor mi Pastor es,
Su bondad nunca deja de ser,
Nada me falta si Suyo soy,
Y Él mío para siempre es…

Perverso e insensato a menudo he sido,
Sin embargo, a mi rescate Él ha venido.
Y sobre Su hombro me he recostado
Y a Su lado gozosamente me ha llevado.

Sobre Sus hombros, estrechadas en Sus brazos, a Su lado, dondequiera que nos encontremos en relación con Él, Él es nuestro Salvador, nuestro Redentor y nuestro Juez.

El presidente Joseph F. Smith enseñó estas palabras consoladoras:

“Dios no juzga a los hombres como nosotros lo hacemos, ni los ve a la misma luz que nosotros. Él conoce nuestras imperfecciones; todas las razones, las causas y los motivos son evidentes para Él. Él nos juzga por nuestras acciones y por la intención de nuestro corazón. Su juicio será justo, mientras que el nuestro es ofuscado por las imperfecciones de los hombres” (Journal of Discourses, 24:78).

El élder Richard G. Scott describe los atributos de Dios en estas palabras:

“Dios no es un ser celoso que se deleita en perseguir a quienes tropiezan. Él es un Padre absolutamente perfecto, compasivo, comprensivo, paciente y clemente. Él está dispuesto a suplicar, aconsejar, fortalecer y edificar” (Ensign, mayo de 1995, pág. 75).

Él marcó el sendero y dirigió el camino, y nos invita a que lo sigamos. Este sendero claramente demarcado empieza y termina con amor. Si lo seguimos, hallaremos a lo largo de él las demarcaciones que aseguran nuestro viaje seguro por medio de nuestras ordenanzas y convenios.

EL MODELO DE SACRIFICIO

En el gran concilio en el cielo, nuestro Padre pidió ayuda para llevar a cabo el plan de salvación. El Salvador, sabiendo lo que se requeriría, estaba dispuesto a pagar el precio por nuestros pecados y nuestras almas. Él dijo en el concilio: “Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:2).

Él vino a la tierra, el Hijo de Dios, para hacer la voluntad del Padre y llegó a ser nuestro Salvador. Y nos pide que recordemos el convenio:

“Mirad las heridas que traspasaron mi costado, y también las marcas de los clavos en mis manos y pies; sed fieles, guardad mis mandamientos y heredaréis el reino de los cielos” (D. y C. 6:37).

Hablando de esta gran redención, el presidente Boyd K. Packer nos dice:

“Excepto por… los pocos que caen en perdición, no hay ningún hábito, ninguna adicción, ninguna rebelión, ninguna transgresión, ninguna apostasía, ningún crimen que esté exento de la promesa del perdón completo” (Ensign, noviembre de 1995, pág. 18).

Comprendo que Él en la cruz se dejó clavar,
Pagó mi rescate; no lo podré olvidar.
Por siempre jamás al Señor agradeceré;
Mi vida y cuanto yo tengo a Él daré.
Cuán asombroso es que, por amarme así, muriera Él por mí.
Cuán asombroso es lo que dio por mí.
(Himnos, Nº 118).

Este plan de felicidad requiere que obedezcamos y que sacrifiquemos.

El sacrificio que debemos ofrecer al Señor en rectitud es un corazón quebrantado y un espíritu contrito (véase D. y C. 59:8). Esto es todo lo que verdaderamente tenemos que ofrecer en el altar. Debemos consagrarnos y estar dispuestos a someternos a la voluntad del Señor, hacer nuestros deseos Sus deseos, sacrificar cualquier cosa que se pueda interponer entre nosotros y Él, guardar nuestros convenios aun cuando no sea conveniente, popular o cómodo, incluso cuando parezca imposible para algunos.

Extendamos la mano a otros para ministrarnos unos a otros, para abrir nuestro círculo y nuestros brazos, y ser una extensión de los brazos del Señor. Aprendamos a amarnos unos a otros como Él nos ama.

En las palabras de la Madre Teresa:

“No busques a Jesús en tierras lejanas… Él está en ti. Tan sólo mantén tu lámpara encendida y Él siempre estará contigo”.

Y ella también dijo:

“Da de ti mismo. No sólo des tus manos para servir, sino también da tu corazón para amar. Ora con absoluta confianza en el amor de Dios por ti. Permite que Él te utilice sin consultarte. Permite que Jesús te llene de alegría para que puedas predicar sin sermonear” (Love: A Fruit Always in Season, Ignatius Press, págs. 67, 29).

Cuán agradecida estoy por las enseñanzas de mi bisabuela, Susan Kent Greene. Cuando su familia fue sacada de Nauvoo a Mt. Pisgah en el verano de 1846, su marido, Evan, levantó su tienda y luego regresó al campamento principal para ayudar a traer a otros que no tenían ningún medio de transporte. Tan pronto como Evan la dejó a ella y a sus cinco niños pequeños, el bebé de once meses se enfermó. El bebé empeoró rápidamente y pronto murió en brazos de su madre. Susan tuvo que preparar sola la tumba para el bebé.

El 3 de febrero de 1875, ella escribió en su diario:

“Hago este convenio de dar lo mejor de mí misma, pidiendo a Dios sabiduría para dirigirme, para que yo pueda caminar con Él en plena justicia y verdad. Deseo sinceramente ser pura de corazón para ver a Dios. Ayúdame, Señor, a vencer el mal con el bien.”
Firmado: Susan K. Greene.

Cuán agradecida estoy por su testimonio, un testimonio “escrito no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón” (2 Corintios 3:3).

Oh, si pudiéramos conocer la multitud de sermones que hay entre las hermanas que se encuentran aquí presentes, sermones inspiradores de sacrificio y amor que serán pasados de una generación a otra.

Como ejemplo, permítanme compartir con ustedes una carta que recibí de una de nuestras queridas hermanas, una verdadera discípula del Señor. Esta carta llegó después de que yo había dado un informe sobre una familia en las Filipinas que había estado ahorrando todo el dinero que podía por dos años, anhelando ansiosamente que llegara el momento de tener suficiente dinero para el viaje de ida al Templo de Manila para sellarse como familia eterna para siempre.

En el dorso del sobre decía: “Estimado cartero, sé que esta dirección no está completa, pero por favor haga todo lo posible por entregarla. Gracias.”

Una parte de la carta dice:

“Sé que hay muchas personas en circunstancias similares y, si pudiera, las ayudaría a todas. Últimamente he estado luchando con lo que siento como una gran carga de dificultades económicas, y mi habilidad usual para contar mis bendiciones no me ha ayudado a salir de este apuro, lo cual ha hecho más difícil que me recupere emocionalmente después de cada golpe. Pero luego eché una mirada alrededor y hallé bendiciones por todas partes, algunas medio ocultas.”

Ella continúa diciendo:

“Mis hijos están sellados a mí, aunque su padre se ha alejado de la familia eterna por su albedrío. Así es que, con gratitud por todo lo que tengo, doy lo que puedo a esa familia. Quizás en su país cinco dólares alcancen para más de lo que alcanzan aquí. Por favor, trate de hacerles llegar esto a ellos, o si no, a otras personas necesitadas.”

¿Qué precio le pondrían al valor de su enseñanza sin sermonear?

EL MODELO DE CONVENIOS SAGRADOS

Somos bendecidos con una limpieza de nuestros pensamientos a través de nuestros convenios. El presidente Ezra Taft Benson explicó:

“Cuando tomamos la Santa Cena nos comprometemos a ‘recordarle siempre’. Y el tener pensamientos cristianos nos ayuda a formar una vida como la de Cristo” (New Era, abril de 1994, pág. 5).

La Santa Cena es lo que nos ayuda cada semana a recordar la Expiación del Salvador y nuestros convenios sagrados, entre los cuales, los más importantes están disponibles solamente en el templo.

En muchas partes del mundo, en muchos idiomas, he oído a las mujeres jóvenes repetir con gran sentimiento su compromiso bautismal de “ser testigos de Dios en todo tiempo, en todas las cosas y en todo lugar”, seguido de la última parte del lema de las Mujeres Jóvenes, que dice: “Estaremos preparadas para hacer convenios sagrados y cumplirlos, para recibir las ordenanzas del templo y para gozar de las bendiciones de la exaltación.”

En el templo es donde recibimos un repaso de todo el plan de salvación. Aprendemos algo de nuestra vida preterrenal y del propósito de nuestra separación temporal de nuestro Padre y Su Hijo Jesucristo. En el templo podemos hallar paz en cuanto a asuntos para los cuales nuestra mente no tiene respuestas. De las bendiciones del templo aprendemos que podemos ser sanados espiritualmente y también físicamente.

Hay ocasiones en las que no nos sentimos dignas; quizás nos sentimos incluso incómodas de llevar Su santo nombre. Nosotras conocemos mejor nuestras imperfecciones y los momentos cuando la carne es débil y nuestro espíritu se desilusiona por nuestros errores y pecados. En dichos momentos, quizás queramos alejarnos, apartarnos; nos embarga un sentimiento de necesitar poner de lado, al menos por un tiempo, esa relación divina con el Salvador hasta que seamos más dignas.

Pero en esos mismos momentos, aunque no seamos dignas, se nos ofrece una vez más aceptar el gran don de la Expiación, aun antes de que cambiemos. Cuando sintamos la necesidad de alejarnos, acudamos a Él. En lugar de resistir, sometámonos a Su voluntad con un corazón quebrantado y un espíritu contrito.

Con Su ayuda, podemos hacer una profunda diferencia. Podemos participar en el cumplimiento de las profecías. Podemos traer las bendiciones del cielo por medio de la obediencia a las leyes. El Señor ha dicho:

“…sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán” (Hechos 2:18).

No hay por qué extrañarse de que el adversario trate por todos los medios imaginables de contaminar y, en lo posible, controlar nuestros pensamientos, afectando el conducto por el cual fluye el Espíritu a nuestra mente y a nuestro corazón.

Es maravilloso, pero no sorprendente, que después de la admonición de “ser fieles y diligentes en guardar los mandamientos de Dios”, Él nos diga cómo se puede lograr esto con estas pocas pero apremiantes palabras sencillas:

“Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis” (D. y C. 6:36).

La duda y el miedo son enemigos que pueden esclavizarnos dentro de las paredes de una prisión creada por nosotros mismos. Los pensamientos no tienen que ser malos; sólo tienen que distraernos lo suficiente como para debilitar la comunicación y que no escuchemos los susurros del Espíritu.

El elevar hacia Él todo pensamiento erradicará aquellos que alimentan el fuego de los celos, la envidia, el orgullo y las enfermedades relacionadas con éstos que distraen y destruyen. El rey Benjamín, en su último discurso, advirtió sobre estos peligros:

“Y por último, no puedo deciros todas las cosas mediante las cuales podéis cometer pecado; porque hay varios modos y medios, tantos que no puedo enumerarlos. Pero esto puedo deciros, que si no os cuidáis a vosotros mismos, y vuestros pensamientos, y vuestras palabras y vuestras obras, y si no observáis los mandamientos de Dios… debéis perecer” (Mosíah 4:29–30).

Nos han instruido así:

“Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios” (D. y C. 121:45).

El presidente David O. McKay dijo:

“El gran Maestro no hizo hincapié constantemente en ningún otro principio de la vida tanto como en la necesidad de tener buenos pensamientos” (Instructor, septiembre de 1958, pág. 259).

El intento del destructor de llenar nuestras mentes con pensamientos negativos e injustos no es un ataque pequeño, sino una gran confrontación. Se ha dicho:

“En el arsenal del pensamiento se forman armas con las cuales los hombres se destruyen a sí mismos.”

Sabiendo lo que sabemos, ¿permitiríamos que entraran en nuestro hogar películas, programas de televisión, videos, música, propagandas o entretenimiento seductor de cualquier clase que, de alguna manera, pudiera llevarnos a nosotros y a nuestras familias cautivos, contaminando nuestras mentes?

Recuerdo una lección que escuché cuando era pequeña en la que mi maestra de la Primaria hizo gran énfasis en el peligro de permitir que las malas palabras entraran en nuestras mentes. Esto fue mucho antes de tener televisión, internet, películas clasificadas para mayores y otras cosas por el estilo.

Yo salí de esa clase preocupada. Las dos peores palabras que sabía —las cuales ni siquiera se considerarían como jerga hoy en día— captaron mi atención y pasaban por mi tierna mente. Recuerdo estar sentada en mi pupitre de la escuela al día siguiente, muy agobiada. Entre más me esforzaba por no pensar en esas dos palabras, más constantes parecían ser. No las podía sacar de mi mente.

A la semana siguiente, según recuerdo, uno de los versos que repetíamos de memoria en la Escuela Dominical cada semana vino a mi mente como un rescate a mis pensamientos:

Purifica nuestros corazones, Salvador nuestro,
No permitas que vayamos por mal camino,
Para que podamos ser dignos
De tu Espíritu día tras día.

Cuando nuestros corazones son justos, nuestros pensamientos son justos. Y Dios conoce nuestros pensamientos y las intenciones de nuestros corazones (véase D. y C. 6:16). Después de ese día, por años, cuando un pensamiento indeseable captaba mi atención, yo repetía las palabras de ese viejo verso.

Ustedes deben tener memorizado su propio verso, y este cambiará de vez en cuando. Actualmente, el verso que repito una y otra vez es:

“Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis.”

Al ser mortales, estamos embarcados en un viaje por la vida en el que muchas cosas diferentes nos suceden, y a cada momento podemos escoger cómo vamos a reaccionar. Podemos nutrir pensamientos y sentimientos negativos, haciendo que éstos pasen repetidas veces por la pantalla de nuestra mente como películas viejas, reviviendo las experiencias una y otra vez, con las mismas emociones, alimentando la lástima por nosotros mismos y nuestra desdicha. O podemos cambiar nuestros pensamientos.

No debemos jugar con pensamientos que, al principio, parecen triviales y que al final llegan a ser trágicos. Los pensamientos negativos que distraen, por más justos que parezcan, son una carga demasiado pesada para llevar.

Algunos pueden tratar de excusarse de la responsabilidad diciendo: “No hay nada que pueda hacer en cuanto a mis sentimientos; así soy yo.” Por si acaso alguna vez tenemos la tentación de pensar así, consideremos las palabras del presidente George Q. Cannon:

“Es cierto que algunos tienen más poder de resistencia que otros, pero todos tienen el poder de cerrar su corazón contra la duda, contra la oscuridad, contra la incredulidad, contra la depresión, contra el enojo, contra el odio, contra los celos, contra la malicia, contra la envidia.
Dios nos ha dado Su poder a todos nosotros y podemos adquirir aún más poder pidiéndole la ayuda que necesitamos. Si no fuera así, ¿cómo podríamos ser condenados por dejarnos llevar de malas influencias? Dios nos ha dado poder para resistir estas cosas, para que nuestros corazones puedan estar libres de dichas influencias y también de la duda. Cuando Satanás viene y nos ataca, tenemos el privilegio de decir: ‘Quítate de delante de mí, Satanás; porque no tengo ni parte ni porción en ti, y tú no tienes ninguna parte en mí’” (Gospel Truth, vol. 1, pág. 19).

Tengo en mi estante, en casa, un libro que me regaló una amiga con buen sentido del humor. Ella escribió una nota al frente diciendo que quizás me podría servir el contenido. El título del libro es Cómo hacerte miserable.

Hay un capítulo sobre el poder del pensamiento negativo y otro sobre cómo convertir las preocupaciones en ansiedades. Da instrucciones para crear las condiciones óptimas para darle vueltas a un problema. Contiene información sobre cómo hacerse uno miserable acerca del futuro (“qué tal que…”) y otro capítulo sobre cómo hacerse uno miserable acerca del pasado (“si tan sólo hubiera…”). Les confieso que he puesto a prueba todo ¡y no lo recomiendo en absoluto!

VENCER LA OPOSICIÓN

¿Podría haber jamás un tiempo en nuestras vidas cuando nos estamos esforzando por guardar los mandamientos, por ser obedientes, sí, aun por sacrificar todo lo que podemos, y ni siquiera sentir Sus brazos de amor y misericordia? ¿Podría ser que Él nos ha extendido la mano, pero no hemos permitido que nos alcance?

Él nos dice a cada uno de nosotros todos los días de nuestras vidas:

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

¿Alguna vez nos hemos negado a abrir la puerta, quizás porque estamos demasiado ocupados, o demasiado cansados, o porque no oímos el llamado, o porque a veces dudamos de si Él está allí?

En mi propia vida recuerdo un tiempo muy difícil cuando yo, sin darme cuenta, me negué a dejar que Él entrara. Fue un Día de la Madre. Al final de la reunión de Escuela Dominical, una joven que estaba participando en el tributo tradicional a las madres trató de forzar un pequeño geranio en una maceta —el cual no estaba todavía en flor— en mi puño apretado con firmeza. El puño apretado sólo simbolizaba mi corazón y mi mente, afligidos con una miríada de preguntas por contestar: ¿Por qué? ¿Por qué?

Algo en la inocencia del rostro de esta jovencita me ablandó el corazón lo suficiente, al menos, para hacerme abrir la mano y aceptar el regalo. Llevé la plantita a casa, y con el tiempo los rayos del sol hicieron salir los brotes, los cuales gradualmente se abrieron y se convirtieron en flores rosadas. De esta pequeña planta que quería rechazar vino un mensaje:

“Si tan solo abres tu mano y tu corazón, el Hijo, el Hijo de Dios, vendrá a ti.”

Doy testimonio de que, si en lugar de envolver nuestros brazos vacíos y llenos de dolor alrededor de nosotros mismos los abrimos, Él nos estrechará en Sus brazos —Sus brazos de misericordia, Sus brazos de amor y comprensión—, y podremos abrir nuestros brazos a otros. Si por la duda y el temor apretamos nuestros puños, Él no puede pasar.

Pensando en esa experiencia, puedo apreciar más plenamente el hecho de que algunas de mis oraciones más fervientes han sido contestadas con paz en la mente solo después de haber regresado una y otra vez, sí, aun por años, y que en el proceso me he familiarizado con la voz del Señor en mi mente y en mi corazón. En mi humilde intento de escribir poesía, recientemente compuse estos pocos versos mientras estaba sentada en un tronco junto a un arroyo en nuestro vecindario:

Hay un lugar por donde camino no muy lejos de mi hogar,
Lejos de la carretera donde sola puedo estar.
Un lugar quieto, solitario.
Una invitación a meditar.
Las rocas y el agua lo hacen el lugar perfecto,
Los símbolos de Su vida no se pueden olvidar.
Un lugar para ordenar, para discernir, para aclarar la visión,
Y recordar que por mis debilidades Él ha hecho restitución.
En mi meditación, una forma de oración,
Pienso y reflexiono y siento Su presencia.
Cuando se requiere una limpieza, que por cierto es necesaria,
Recuerdo Su amor y sé que Suya soy.
He sido comprada con un precio que solo Él puede redimir.
Mi Salvador Él es, llevo Su nombre.
En este lugar tranquilo como una urna celestial,
Escucho en mi corazón: “Hija, mía eres.”

¿Hay alguien que no haya tenido la ocasión de clamar en algún momento y suplicar con un candente deseo de alcanzar y estirarse lo suficiente para conectarse con Dios? Él nos dice:

“Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros” (D. y C. 88:63).

Después de largos períodos de ayuno y oración, ¿no nos hemos preguntado acaso: “Pero Padre, ¿qué más puedo hacer?”

Un día, en nuestro progreso, aprendemos a mantenernos firmes y a deshacernos de algunas cosas. Aprendemos a diferenciar entre las cosas a las que nos debemos aferrar firmemente y aquellas que debemos soltar si vamos a dejar que crezca nuestra fe. Este es un paso gigantesco en nuestro desarrollo espiritual.

Ya no necesitamos que las cosas se hagan a nuestra manera, ni ahora ni nunca. No necesitamos todas las respuestas, y no necesitamos promesas adicionales. Hemos llegado a confiar en las palabras del salmista:

“Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará” (Salmos 55:22).

Ustedes recordarán el relato de María Magdalena cuando quedó llena de pesar al inclinarse para mirar en la tumba y encontrarla vacía. Todo su corazón quedó consumido por la ansiedad del momento, y no reconoció a la persona que estaba parada a su lado. En la tranquilidad de la escena en el jardín, en la época de primavera del año y la frescura de un nuevo día, el Salvador la llamó por su nombre:

“¡María!”

Una sola palabra convirtió su pesar en alegría. Ella reconoció el tono de Su voz. Ella lo reconoció a Él.

A cada uno de nosotros Él nos dice:

“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmos 46:10).

Cuando nos dejamos consumir por dudas y temores en lugar de fe y esperanza, tal vez encajemos en la descripción de C. S. Lewis:

“El momento en el cual en su alma no queda más que una súplica pidiendo ayuda puede ser el momento preciso cuando Dios no le puede ayudar: usted es como el hombre que se está ahogando y a quien no se le puede ayudar porque él está tratando de agarrar. Quizás sus propios lamentos lo ensordecen, impidiéndole oír la voz que usted espera escuchar” (A Grief Observed, San Francisco: Harper, pág. 59).

Un padre me contó de la angustia que él y su esposa sentían por su hijo desobediente, lo cual consumía toda su atención; ni por un momento se apartaba este hijo de sus pensamientos. Ellos repetían constantemente la declaración: “Ningún éxito en la vida puede compensar el fracaso en el hogar.” Estaban agobiados, abrumados por la evidencia del aparente fracaso.

No recordaron las consoladoras palabras del élder Marvin J. Ashton:

“Fracasamos verdaderamente cuando dejamos de creer en un hijo, hija, madre, padre o en nosotros mismos.”

Nunca debemos perder la esperanza, pero debemos tratar de ser más moderados. Debemos moderar nuestros sentimientos de angustia y duda, confiar en el Señor con todo nuestro corazón para hacer lo que no podemos hacer por nosotros mismos. Luego, con nuestro corazón lleno de fe y no de temor, nuestros brazos estarán totalmente abiertos y nuestro corazón lleno de amor: un poder que puede penetrar al pródigo.

PODEMOS ENFRENTAR EL DESAFÍO

Hermanas, a medida que enfrentamos los desafíos que tenemos, nuestras aflicciones, adversidades, tribulaciones y pruebas nos hacen extender la mano y estirarnos lo suficiente para tocar el borde de Su manto. Yo no sé cuáles son las circunstancias cuando ustedes extienden la mano y no pueden tocar. Yo sé que, muchas veces, extiendo la mano pero aparentemente no hago la conexión; sin embargo, me he dado cuenta de que Él está ahí, siempre está ahí, aunque a veces deba caminar por la fe.

Nunca permitan que esas ocasiones en las que no hacen la conexión debiliten su testimonio de aquellas ocasiones cuando han sentido y reconocido la presencia del Espíritu. El Señor le dijo a Oliver Cowdery:

“De cierto, de cierto te digo: Si deseas más testimonio, piensa en la noche en que me imploraste en tu corazón, a fin de saber tocante a la verdad de estas cosas. ¿No hablé paz a tu mente en cuanto al asunto? ¿Qué mayor testimonio puedes tener que de Dios?” (D. y C. 6:22–23).

Debo contarles acerca de mi querida tía Alice y una noche en que vino paz a su mente. Oh, ojalá ustedes hubieran conocido a esta mujer con su espíritu indomable. A la edad de noventa y tres años, asistió a un baile de la estaca… y bailó, por supuesto.

Después de acostarse esa noche, se despertó. Su pierna estaba hinchada, su corazón palpitaba fuertemente y tenía miedo de morir. Ella me dijo que no podían encontrarla muerta en la cama en el estado en que estaba, así que se levantó, tendió la cama, se puso la camisa de dormir más nueva que tenía, se maquilló, se peinó y se fue a “morir” a un sillón en la sala, viéndose muy bonita. Dijo que se sorprendió al despertarse todavía viva en la mañana.

Ella ya ha partido, pero permítanme llevarlas entre bastidores en la vida de esta admirable mujer, para que aprendamos de su vida.

No mucho antes de su muerte, le pidieron que hablara en una conferencia de estaca sobre “Cómo adquirir la capacidad para amar como amó nuestro Salvador”. Ella me envió una hermosa copia de su manuscrito y me dio permiso de compartirlo.

Empieza así:

“El amor de nuestro Salvador va más allá de nuestro entendimiento. Cuando me casé pensé que ése era el amor más perfecto que existía.”

Luego cuenta que llamaron a su esposo a servir una misión en el extranjero. Después de que él estuvo en el campo misional cerca de un mes, nació su primer bebé. Ella dice:

“Él se convirtió en el centro de mi amor y mi existencia por dos largos años. Cuando mi esposo regresó, nuestras vidas se llenaron de amor y agradecimiento por este adorable niño. Cuando él tenía cinco años, tuvo un accidente y murió. Parecía que nos habían apagado toda la luz del mundo. Mientras caminaba por las calles en la noche sin poder dormir, con la esperanza de ver el rostro del niño en una nube en alguna parte, llegué a amar a mi Padre Celestial más, al meditar en Sus palabras: ‘Quedaos tranquilos y sabed que yo soy Dios.’”

Ella continúa narrando que otro hijo, Mark, salió a una misión siendo joven. Poco antes de que lo relevaran, recibió una llamada del presidente de la misión diciendo que Mark estaba gravemente enfermo: tenía cáncer en el pulmón.

“Parecía increíble —dijo—. Teníamos mucha fe en que sanaría por medio del ayuno y la oración, pero no fue así.”

Menciona que su vida no era, en ese tiempo, como debía ser la de una Santo de los Últimos Días. No da detalles, pero añadiré que su esposo había dejado de guardar sus convenios, lo que trajo como consecuencia trágicos hábitos adictivos.

Ella escribió sobre esa época:

“Después de acostar a mi bebé y de que los dos niños mayores se hubieran acostado, me arrodillé junto al sofá y derramé mi corazón a nuestro Padre Celestial como nunca antes lo había hecho. Pensé que mi corazón se iba a despedazar por el profundo dolor que sentía. Dije: ‘Padre, si las cosas no pueden cambiar, si tan solo supiera que has escuchado mi oración, entonces, con el amor que tengo por estos queridos niños, sobreviviremos.’ Mientras estaba arrodillada allí en humilde oración, me embargó un cálido sentimiento de paz que sobrepasa todo entendimiento, y aunque no vi a nadie, pude sentir la presencia de un ser sagrado allí.”

Ella prosigue:

“Seguramente nunca caminaré donde Jesús caminó en esta vida, pero yo sabía que había caminado y sentido Su presencia allí. Nunca me arrodillé en el Jardín de Getsemaní donde Él oró totalmente solo, pero cuando me arrodillé y oré, yo no estaba sola. Un ser divino estaba allí. Pude tomar mi carga pesada y, con Él a mi lado, subí la colina del Calvario, donde en la cruz murió por mis pecados y por los tuyos. Mi carga pesada desapareció y viví… viví como nunca antes había experimentado la vida.
Mi alma se llenó de dulce paz, y a medida que creció mi amor por mi Salvador, recordé las palabras en Juan 17:3: ‘Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.’”

Hermanas, éste es nuestro tiempo y nuestra estación al acercarnos al año 2000 y a un nuevo milenio.

Salgamos de esta conferencia con la fe, la visión y la determinación de seguir el modelo que el Salvador nos ha dado, el cual garantiza bendiciones no solo para nosotros y nuestras familias, sino para todos los hijos de Dios en todas partes. Sintamos profundamente el poder, la fortaleza y la influencia para el bien de nuestras resoluciones individuales y unidas.

Con una confianza renovada y el compromiso de cumplir los convenios que hemos hecho, llegaremos a ser, en todo sentido, mujeres de Dios.

Respondamos al llamado de nuestro profeta de levantarnos como mujeres de Sión. Hagamos frente al gran desafío que tenemos ante nosotras, usando las palabras de Pablo como nuestra promesa solemne:

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro Señor” (Romanos 8:35, 37–39).

Al compartir juntas el tiempo de esta conferencia, en reuniones pequeñas o grandes, sintamos el poderoso lazo de hermandad y la justa influencia que emana de esta reunión a través del amor, la obediencia, el sacrificio y el servicio.

Cuando salgamos, llevemos en el corazón las tiernas palabras de la canción En los brazos de misericordia, que la hermana Gladys Knight cantará para nosotras:

La poderosa fortaleza que he construido
Alrededor de mi insensato corazón
Cómo se desploma y se cae
Cuando dejo todo en Sus misericordiosos brazos.
Dulce la entrega, dulce el abrazo.
Dulce el perdón para siempre,
Indigno de Su gracia.
Seguro en Sus brazos, descansando y tranquilo,
Dulce es el amor
Que nos espera en Sus misericordiosos brazos.

Doy mi testimonio de estas verdades eternas, sabiendo que lo que queda atrás o lo que ha de venir no es tan importante como lo que hay dentro de nosotras.

En el nombre de Jesucristo. Amén.