Doctrina de Salvación Tomo 3

Capítulo 12

Una Voz de Cumora


TESTIGOS DEL LIBRO DE MORMÓN

LA RAZÓN POR LA QUE SE DEVOLVIERON LAS PLANCHAS A MORONI. Muchas veces se ha hecho a nuestros élderes esta pregunta:

¿Dónde están las planchas? ¿Tiene la Iglesia en su posesión las planchas de las cuales José Smith tradujo el Libro de Mormón?

Cuando se da la respuesta de que las planchas se devolvieron al ángel Moroni, el que por siglos ha sido el custodio especial de las mismas desde que se escondieron para los fines del Señor, generalmente se contesta: ¡Qué ayuda tan maravillosa sería para sus miembros, a fin de convencer al mundo de la verdad de su historia, si ustedes pudieran mostrar las planchas para comprobar que José Smith realmente las tuvo!

Tal vez sea natural que un hombre que por primera vez oye la historia de José Smith y la aparición del Libro de Mormón haga tal pregunta y piense que las planchas, si se hubiesen depositado en algún museo donde el público pudiera examinarlas, habría ayudado en gran manera a comprobar la autenticidad de la historia del Profeta. Al reflexionar esto más profundamente, descubrimos que tal no habría sido el caso, porque ésa no es la manera en que el Señor comprueba su verdad, ni ahora ni en ninguna otra época. Sin embargo, con sorpresa, y en algunos casos con una sonrisa de incredulidad, el que hace tal pregunta se retira con la impresión de que la respuesta que ha recibido es una admisión de que José Smith nunca tuvo las planchas, y que cometió un fraude contra el público.

LA EXISTENCIA DE LAS PLANCHAS NO COMPROBARÍA LA DIVINIDAD DEL LIBRO. Al considerar este asunto, conviene recordar las palabras del Señor a Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.”

Si el Señor se hubiera guiado por los pensamientos de los hombres, y hubiera mandado a José Smith que colocara las planchas en algún repositorio donde pudiera inspeccionarlas un público curioso, esto habría provocado altercados interminables. Los enemigos de la Iglesia no se habrían convencido, y habrían disputado de la manera más rencorosa que las planchas eran espurias. Nadie podría haberlas leído, porque los caracteres grabados sobre ellas son desconocidos a los eruditos de la edad actual.

El Señor no convence a los hombres de su verdad colocando ante sus ojos y en sus manos evidencias tangibles, como lo puede hacer un licenciado ante un tribunal, señalándolas como muestra A. y muestra B., y esperando que luego se acepten. El Señor espera que el buscador de la verdad se allegue a El con un espíritu contrito y con propósito sincero; y si hace esto y guarda los mandamientos del Señor, recibirá el testimonio por medio del Espíritu Santo y conocerá la verdad. Ese testimonio llegará con tanta fuerza y claridad, que no se podrá negar. Por esta razón el Señor dijo: “A cualquiera que dijere alguna palabra contra el hijo del hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.”

SE HABRÍAN DE ESTABLECER TESTIGOS DEL LIBRO DE MORMÓN. Nefi, uno de los primeros profetas de la colonia israelita, predijo casi 600 años antes de la era cristiana, que los anales con la historia de su pueblo se revelarían del polvo en una época en que la gente negaría “el poder de Dios, el Santo de Israel”, y dirían: “Escuchadnos y oíd nuestro precepto; pues he aquí, hoy no hay Dios, porque el Señor y Redentor ha acabado su obra y ha dado su poder a los hombres.” Además, muchos de entre ellos dirían, al presentárseles un nuevo tomo de Escrituras con la historia del pueblo de este mundo occidental: “¡Una Biblia! ¡Una Biblia! ¡Tenemos una Biblia, y no puede haber más Biblia!”

A causa de esta actitud para con esta nueva historia, el Señor prometió levantar “de cuantos testigos a él le plazca”, para establecer su palabra; “y ¡ay de aquel que rechace la palabra de Dios!” En ese día, en que se realizaran estas cosas, el Señor procedería a efectuar una obra maravillosa y un prodigio, cosa que resultaría ser un testimonio contra aquellos que “traten de esconder sus designios del Señor”.

Además, este nuevo tomo de Escritura no sólo iba a ser un testigo de Cristo y contener el evangelio eterno, sino también iba a ser un testigo a favor de las Escrituras hebreas, la Biblia; y estas dos historias según las profecías de Nefi, de su padre y también de José, hijo de Israel, iban a unirse para dar testimonio del evangelio sempiterno. En calidad de dichos testigos, estas dos historias hoy dan testimonio de la verdad para la condenación de todos aquellos que rechacen sus enseñanzas.

LOS TRES TESTIGOS. Los tres hombres llamados para servir de testigos especiales de la venida del Libro de Mormón por el poder de Dios, son Oliverio Cowdery, David Whitmer y Martín Harris… Se asociaron con José Smith en el establecimiento de esta obra maravillosa en esta dispensación. Más tarde los tres testigos se distanciaron y se apartaron todos de la Iglesia. Oliverio Cowdery y Martín Harris volvieron, humildemente solicitando ser aceptados como miembros en la Iglesia, y los dos murieron en plena confraternidad. David Whitmer permaneció fuera de la Iglesia; sin embargo, estos tres hombres permanecieron fieles al testimonio que dieron al mundo, testimonio que se halla en todo ejemplar del Libro de Mormón.

Su testimonio es que recibieron la visita de un ángel de la presencia del Señor, el cual puso delante de ellos las planchas de oro de las cuales se tradujo el Libro de Mormón, y también los instruyó. Vieron los grabados sobre las planchas al darse vuelta a las hojas delante de ellos, una por una, y oyeron la voz de Dios declarar desde los cielos que la traducción se había hecho por el don y el poder de Dios, y les mandó que dieran testimonio de ello a todo el mundo. Estos tres testigos, en medio de la adversidad, la persecución y todas las vicisitudes de la vida, permanecieron siempre fieles a su testimonio de que vieron las planchas en la presencia de un ángel y de que oyeron la voz de Dios que les habló desde los cielos.

UN TOTAL DE DOCE TESTIGOS. Hubo otros ocho testigos que también vieron las planchas, las tuvieron en sus manos y examinaron cuidadosamente los grabados sobre ellas al mostrárselas José Smith. También se da su testimonio al mundo, y se encuentra en cada ejemplar del Libro de Mormón. Estos ocho hombres permanecieron fieles a este testimonio hasta su muerte.

Estos doce testigos, cuatro de los cuales vieron ángeles y tuvieron visiones celestiales, y ocho que vieron las planchas cuando se las mostró José Smith, son todos los que el Señor consideró necesario, según parece, para establecer la verdad del Libro de Mormón, como prometió, por medio de Nefi, que lo iba a hacer. “Y ¡ay de aquel que rechace la palabra de Dios!” Los testimonios de estos hombres satisfacen más de lo que la ley requiere.

TODOS LOS HOMBRES PUEDEN LLEGAR A SER TESTIGOS DEL LIBRO I)E MORMÓN. No son éstos todos los testigos que pueden hablar de la misión divina de José Smith, o de la verdad del Libro de Mormón. Se declara en el Libro de Mormón la promesa de que todos los que deseen saber si es verdadero y si contiene la palabra del Señor, pueden saberlo si piden con un corazón Sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, porque El. se lo revelará por el poder del Espíritu Santo. hay cientos de miles que han puesto a prueba esta promesa, y con toda sinceridad pueden decir que han recibido ese conocimiento. Yo estoy tan firmemente convencido de que el Libro de Mormón es la palabra de Dios, y que fue revelado tal como José Smith declaró que lo fue, como de que estoy aquí mirando vuestras caras. Toda alma sobre la faz de la tierra que posee la inteligencia suficiente para comprender, puede conocer esta verdad. ¿Cómo puede conocerla? Todo lo que tiene que hacer es seguir la fórmula que dio el Señor mismo cuando declaró a los judíos que aquel que hiciera la voluntad de su Padre, conocería de la doctrina si era de Dios o si El hablaba por su propia cuenta. Mi testimonio a todo el mundo es que este libro es verdadero. Lo he leído muchas, muchas veces, pero no lo he leído lo suficiente. Aún contiene verdades que yo puedo buscar y encontrar, porque no lo he dominado; pero sé que es verdadero.

Yo sé que el testimonio de estos testigos que se halla en cada ejemplar del Libro de Mormón es verdadero; que estuvieron en la presencia de un ángel de Dios, el cual les declaró que la historia, cual se había traducido, era correcta; que su testimonio, diciendo que Dios les habló desde los cielos mandándoles que dieran testimonio de ese hecho, es verdadero, y no hay ningún alma que no pueda recibir ese testimonio, si desea recibirlo. Leyendo este libro devota y fielmente, con el deseo de conocer la verdad, como lo ha declarado Moroni por revelación, tal persona conocerá la verdad concerniente a la restauración de estas Escrituras dadas a los antiguos habitantes de este continente.

¿DÓNDE SE ENCUENTRA EL CERRO DE CUMORA?

CONJETURAS EN CUANTO A LA GEOGRAFÍA DEL LIBRO DE MORMÓN. En años recientes ha surgido entre ciertos estudiantes del Libro de Mormón una teoría, la cual en efecto dice que dentro del período que abarca el Libro de Mormón, los nefitas y lamanitas se hallaban limitados casi por completo por las fronteras del territorio que comprende Centro América y la parte sur de México, y que el istmo de Tehuantepec, más bien que el de Panamá, es probablemente el “paso estrecho” de tierra de que se habla en el Libro de Mormón.

Esta teoría se funda sobre la suposición de que era imposible que la colonia de Lehi se multiplicara y llenara el hemisferio dentro del término de mil años, o sea desde la llegada de Lehi de Jerusalén hasta el tiempo de la destrucción de los nefitas en el Cerro de Cumora. Además, según ellos, la historia en el Libro de Mormón de las emigraciones, fundación de ciudades y las guerras y contenciones, excluye la posibilidad de que el pueblo se esparciera por tan grandes distancias tales como las que hallamos dentro de los límites de la América del Norte y la América del Sur.

LA TIERRA SE POBLÓ RÁPIDAMENTE. Si estamos dispuestos a aceptar la historia bíblica, la cual se confirma en Doctrinas y Convenios, toda la civilización de la tierra fue destruida en el diluvio, con excepción de Noé y su familia. Además, esta destrucción ocurrió hace menos de cinco mil años, y actualmente la población de la tierra, no obstante las guerras y destrucciones, se calcula en más de dos billones de almas.

La población de Europa, según los mejores registros disponibles, es mucho mayor de la que era al tiempo del descubrimiento de América y, sin embargo, sobre este hemisferio se pueden hallar ciento de millones de personas, descendientes de antepasados europeos y asiáticos que nada supieron de esta tierra antes del descubrimiento de Colón. El rápido aumento de posteridad es bien conocido a todo genealogista que ha estudiado los registros de los primeros pobladores de esta tierra occidental.

LOS SITIOS DE CUMORA, RAMA y RIPLIÁNCUM. Esta teoría modernista, a fin de ser consecuente, por fuerza debe ubicar las aguas de Ripliáncum y el cerro de Cumora en algún sitio dentro del territorio restringido de la América Central, a pesar de que la Iglesia ha enseñado lo contrario por más de cien años. Por motivo de esta teoría algunos miembros de la Iglesia se han confundido y se han perturbado grandemente en cuanto a su fe en el Libro de Mormón. Es por esta razón que aquí se presenta evidencia para mostrar que no sólo es posible que estos lugares estén situados como lo ha afirmado la Iglesia durante el siglo pasado, sino que de hecho tal es el caso.

Es sabido que el cerro de Cumora, donde fueron destruidos los nefitas, es el cerro donde los jareditas también fueron destruidos. Este cerro se conocía entre los jareditas como Rama. Se hallaba aproximadamente cerca de las aguas del Ripliáncum, de las cuales el Libro de Eter dice que “interpretado significa grande, o que sobrepuja a todo”. Mormón agrega: “Y ocurrió que emprendimos la marcha a la tierra de Cumora y plantamos nuestras tiendas en derredor del cerro de Cumora; y se hallaba en una región de muchas aguas, ríos y fuentes; y aquí esperábamos obtener ventaja sobre los lamanitas.”

LOS PRIMEROS HERMANOS UBICARON A CUMORA EN LA PARTE OCCIDENTAL DE NUEVA YORK. Se debe admitir que esta descripción se acomoda perfectamente a la tierra de Cumora en Nueva York, cual se ha conocido desde la visita de Moroni al profeta José Smith, porque el cerro se halla próximo a los grandes lagos, y también en la región de muchos ríos y fuentes de agua. Además, está escrito que el propio profeta José Smith declaró definitivamente que el cerro actual llamado Cumora es el cerro preciso del cual se habla en el Libro de Mormón.

Por otra parte, debe ser de consecuencia el hecho de que todos los que se asociaron con él desde el principio lo han mencionado como el cerro idéntico en el que Mormón y Moroni escondieron los anales. Es difícil que una persona razonable crea que hombres tales como Oliverio Cowdery, Brigham Young, Parley P. Pratt, Orson Pratt, David Whitmer y muchos otros pudieran hablar frecuentemente del sitio en donde el profeta José Smith recibió las planchas, llamándolo cerro de Cumora, sin ser corregidos por el Profeta, en caso de que no fuera así. La historia hace constar que hablaron de este cerro en los días del Profeta en una manera tan definitiva como ésta que acabamos de mencionar.

OLIVERIO COWDERY UBICA A CUMORA EN LA PARTE OCCIDENTAL DE NUEVA YORK. La primera referencia de este género se encuentra en Messenger and Advocate, un periódico publicado por la Iglesia en 1834-35. En una breve historia del progreso de la Iglesia, preparada por Oliverio Cowdery, él se refiere a este lugar particular en los siguientes términos:

“Si buscáis en las páginas 487-491 del Libro de Mormón, leeréis el relato de Mormón acerca de la gran lucha final mientras se hallaban acampados alrededor de este cerro de Cumora. En este valle cayó lo que quedaba de la fuerza y orgullo de un pueblo en otro tiempo poderoso, los nefitas, tan favorecidos del Señor en otra época, pero que en ese tiempo andaban en tinieblas, señalados para ser exterminados por manos de sus barbáricos e incultos hermanos. Desde la cumbre de este cerro, Mormón y otros pocos contemplaron con horror, después de la batalla, los restos destrozados de aquellos, que apenas el día anterior se hallaban llenos de ansiedad, esperanza o duda. Unos pocos habían huido al sur, y a estos los persiguieron los triunfadores, y cuantos no quisieron negar al Salvador y su religión fueron muertos. El propio Mormón, según la historia del hijo Moroni, también murió.

Pero mucho tiempo antes de este desastre nacional, según parece por su propio relato, él previó la destrucción que se aproximaba. De hecho, si acaso pudo escudriñar los anales de sus padres que se hallaban en sus manos, él pudo haberse enterado de que tal sería el caso. Alma, que vivió antes de la venida del Mesías, profetizó tal cosa. Sin embargo, por instrucción divina Mormón compendió de esos anales, en su propio estilo e idioma, una breve relación de los acontecimientos más importantes y prominentes, desde los días de Lehi hasta su propia época, tras lo cual él depositó, como dice en la página 487, todos los anales en este mismo cerro de Cumora, y después entregó su breve historia a su hijo Moroni, la cual éste concluyó, según se ve por la misma, después de presenciar el exterminio de su pueblo como nación…

EL CERRO DE RAMA EN LA PARTE OCCIDENTAL DE NUEVA YORK. “Este cerro era llamado Rama por los jareditas; cerca de él o alrededor del mismo, el famoso ejército de Coriántumr plantó sus tiendas. Coriántumr fue el último rey de los jareditas. El ejército enemigo se hallaba hacia el oeste, y en ese mismo valle, y en los sitios contiguos, día tras día, esa raza poderosa derramó su sangre con ira, contendiendo cual si fuera hermano contra hermano, y padre contra hijo. En este mismo sitio, a plena vista de la cumbre de este mismo cerro, uno puede contemplar con asombro la tierra que por dos veces quedó cubierta con los cuerpos muertos y moribundos de nuestros semejantes…”

“En este valle yacen mezclados, en una masa de ruina, las cenizas de millares, y en este valle se destinó que habían de consumirse las bellas formas y vigorosos cuerpos de decenas de millares de los de la raza humana: sangre mezclada con sangre, carne con carne, huesos con huesos, polvo con polvo.”

EL PROFETA APRUEBA LAS OPINIONES DE OLIVERIO COWDERY. El porfiador podría decir que esta declaración de Oliverio Cowdery es meramente opinión suya, y no una expresión del profeta José Smith. Debe tenerse presente que estas cartas en las cuales se hacen estas declaraciones fueron escritas a solicitud del Profeta y bajo su supervisión personal. Ciertamente en estas circunstancias él no habría permitido que un error de esta naturaleza se insinuara en los registros históricos sin corregirse.

Al principio de estas cartas históricas se halla lo siguiente: “A fin de que nuestra narración sea correcta, y particularmente la introducción, es propio informar a nuestros clientes que nuestro hermano J. Smith, hijo, ha ofrecido ayudarnos. De hecho, hay muchos asuntos relacionados con la primera parte de este tema que hacen indispensable su labor. Con su trabajo y con documentos auténticos que ahora tenemos en nuestras manos, esperamos convertir ésta en una narración placentera y agradable, digna del examen y consideración minuciosa de los santos.

Más tarde, durante el tiempo en que la Iglesia estuvo en Nauvoo, y nuevamente bajo la dirección del profeta José Smith, estas mismas cartas de Oliverio Cowdery se publicaron en Times and Seasons, sin considerar ninguna corrección, en caso de que esta descripción del Cerro de Cumora hubiera estado en error.

TESTIMONIO DE DAVID WHITMER EN CUANTO AL CERRO DE CUMORA. Otro testimonio de interés es el que David Whitmer dio a los élderes Orson Pratt y Joseph F. Smith en septiembre de 1878, cuando lo visitaron en su casa en Richmond. A estos hermanos él dijo: “Cuando volvía a Fayette, con José y Oliverio, todos íbamos en el carro, Oliverio y yo sobre un asiento anticuado de madera con resortes, y José detrás de nosotros. Mientras viajábamos junto a un terreno despejado, un anciano muy agradable y de buen parecer repentinamente se nos apareció al lado de nuestro carro y nos saludó, diciendo: ‘Buenos días, hace bastante calor’, al mismo tiempo que se frotaba la cara o frente con la mano. Le correspondimos el saludo y, por indicaciones de José, lo invité a que subiera, por si acaso iba a donde nosotros nos dirigíamos; pero contestó con voz muy agradable: ‘No, yo voy a Cumora’. El nombre era algo nuevo para mí, pues no sabía qué significaba Cumora. Los tres lo miramos a él, luego los unos a los otros, y al volver la cara con una mirada interrogadora hacia José, el anciano desapareció instantáneamente de modo que no lo volví a ver.”

José F. Smith preguntó: “¿Se fijó en su apariencia?”

David Whitmer: “Ya lo creo que sí. Me parece que tenía una estatura de un metro y unos setenta y cinco u ochenta centímetros, y fornido… Su cabello y barba eran canosas, como las del hermano Pratt, pero su barba no era tan poblada. También recuerdo que llevaba sobre la espalda una especie de mochila, adentro de la cual llevaba algo que tenía la forma de un libro.”

“ALEGRES NUEVAS DE CUMORA”. ¿Quién puede leer las palabras de José Smith cual se hallan en la sección 128 de Doctrinas y Convenios y no sentir que se estaba refiriendo al cerro de Cumora en la parte occidental de Nueva York?

“Y además, ¿qué oímos? ¡Alegres nuevas de Cumora! Moroni, un ángel de los cielos, declarando el cumplimiento de los profetas: el libro que había de ser revelado. ¡La voz del Señor en el yermo de Fayette, Condado de Séneca, declarando a los tres testigos que dieran testimonio del libro!”

Aun cuando en esta afirmación no se declara positivamente que el cerro de Cumora es el lugar donde se obtuvieron las planchas, es preponderante la intimación de que así es. ¡Moroni declarando desde Cumora el libro que habría de ser revelado!

JOSÉ SMITH LOCALIZA A CUMORA EN LA PARTE OCCI­DENTAL DE NUEVA YORK. Tal vez podríamos dejar en paz el asunto en esta oportunidad, pero el asunto de que el territorio hoy compren­dido dentro de los Estados Unidos perteneció a los nefitas y lamanitas antes de la muerte de Mormón, tiene algo que ver en la determinación de este asunto. A la luz de la revelación ,es absurdo que alguien insista en que los nefitas y los lamanitas no poseyeron esta tierra hacia el norte. Mientras el Campo de Sión marchaba rumbo al Condado de Jackson, cerca de las márgenes del río Illinois, dieron con un montículo que contenía el esqueleto de un hombre. La historia de este suceso es la siguiente:

“Los hermanos consiguieron una pala y un azadón, y al escarbar la tierra a una profundidad de unos treinta centímetros descubrieron el esqueleto de un hombre, casi completo, y entre su costillar, la punta de una flecha lamanita hecha de piedra, la cual evidentemente causó su muerte. El hermano Burr Riggs retuvo la flecha. La contemplación del paisaje que nos rodeaba causó sensaciones raras en nuestro ser; y subsiguientemente, al ser aclaradas a mi comprensión las visiones de lo pasado, por el Espíritu del Omnipotente, descubrí que la persona cuyo esqueleto yacía ante nosotros era un lamanita blanco, un hombre grande y fornido, y un hombre de Dios. Su nombre era Zelph. Fue un guerrero y jefe bajo el mando del gran profeta Onandagus, el cual era conocido desde el cerro de Cumora, o mar del este, hasta las Montañas Rocosas. La maldición le había sido quitada a Zelph, o por lo menos en parte. Años antes de su muerte, durante una batalla, una piedra arrojada con una honda, le había fracturado el hueso de uno de sus muslos. Había muerto en la batalla a causa de la flecha descubierta en su costillar, durante la gran lucha final de los lamanitas y nefitas.”

HEBER C. KIMBALL HABLA DE LA MUERTE DE ZELPH. El hermano Heber C. Kimball, que se hallaba presente, anotó lo siguiente en su diario: “Mientras viajábamos, sentimos grandes deseos de saber quién era la persona que había sido víctima de aquella flecha. Le fue revelado a José que había sido un oficial que murió en la batalla, en la última destrucción entre los lamanitas, y que se llamaba Zelph. Esto dio motivo a que nos alegráramos mucho, al pensar que Dios se fijaba en nosotros al grado de manifestar estas cosas a su siervo. El hermano José había preguntado al Señor, y se dio a conocer en una visión.”

LA ANTIGUA CIUDAD DE MANTI EN MISURI. Lo siguiente también se ha tomado de la historia de los viajes del Campo de Kirtland: “El campo pasó por Huntsville, en el Condado de Randolph, que se ha designado como una de las estacas de Sión, y es el antiguo sitio de la ciudad de Manti, y plantaron sus tiendas en Dark Creek, Salt Licks, a veintisiete kilómetros. Se informó a los miembros del campo que ciento diez hombres de Randolph habían ofrecido sus servicios e ido a Far West para arreglar las dificultades.”

La siguiente narración del mismo acontecimiento procede del diario del Campo de Kirtland, y fue escrita por Samuel D. Tyler: “25 de septiembre de 1838. Pasamos por Huntsville, cabecera del Condado de Randolph con una población de 450, y cinco kilómetros más adelante compramos 900 kilos de maíz de uno de los hermanos que reside en este lugar. Hay varios de los hermanos en estos alrededores, y éste es el antiguo sitio de la ciudad de Manti, de la cual se habla en el Libro de Mormón, y se ha designado como una de las estacas de Sión, y se encuentra en el Condado de Randolph, Misurí, a unos cinco kilómetros al oeste de la cabecera del condado.”

GUERRAS NEFITAS Y JAREDITAS EN LA PARTE OCCIDEN­TAL DE NUEVA YORK. Frente a esta evidencia que presentan el profeta José Smith, Oliverio Cowdery y David Whitmer, no podemos decir que los nefitas y lamanitas no ocuparon el territorio de los Estados Unidos, ni que el cerro de Cumora está en Centroamérica. Tampoco podemos decir que la gran lucha que resultó en la destrucción de los nefitas ocurrió en Centroamérica. Zelph, un hombre justo, estuvo luchando bajo el mando de un gran profeta en las últimas batallas entre los nefitas y los lamanitas: si ese gran profeta general era conocido desde las Montañas Rocosas hasta el cerro de Cumora o mar del este, entonces algunas de esas batallas, y evidentemente las últimas batallas, se efectuaron dentro de las fronteras de lo que hoy es los Estados Unidos.

Tras la muerte de Moroni no hubo más profetas justos, salvo los tres nefitas, y se nos informa que Zelph fue muerto durante una de estas batallas en el curso de la gran lucha final entre los nefitas y los lamanitas, y fue sepultado cerca del río Illinois.

En la historia del Libro de Mormón los lamanitas constantemente estaban impulsando a los nefitas hacia el norte y el este. Si las batallas en las que Zelph participó se libraron en la región por donde pasó el Campo de Sión, entonces tenemos toda razón para creer, por lo que está escrito en el Libro de Mormón, que los nefitas se vieron obligados a retroceder más y más hacia el norte y el este, hasta que se encontraron en la tierra de Ripliáncum, que tanto Eter como Mormón nos declaran que era la tierra de Rama o Cumora, una tierra de “muchas aguas” que interpretado “significa grande, o que sobrepuja a todo”.

Siendo así, ¿qué cosa más natural que Moroni, igual que su padre Mormón, depositara las planchas en la región donde llegaron a su fin las batallas y los nefitas fueron destruidos? Esto es lo que Moroni dice que hizo, y según toda la evidencia en el Libro de Mormón, fortalecida por el testimonio del profeta José Smith, estas batallas finales se libraron en el territorio conocido como los Estados Unidos, y en los alrededores de los grandes lagos y colinas de la parte occidental de Nueva York. Y aquí fue donde Moroni encontró el sitio para depositar los instrumentos sagrados que habían sido confiados a su cargo.

MIS IMPRESIONES EN CUMORA

EL SEÑOR CONDUJO A LA FAMILIA DEL PROFETA A LA REGIÓN DE CUMORA. Al hallarme en estos lugares sagrados, me sobrevinieron unos sentimientos extraños que no puedo describir. Siempre me sobrevienen estos sentimientos; he visitado el cerro de Cumora y la Arboleda Sagrada en otras ocasiones. Mientras me hallaba en la casa de los Smith, pensé en las luchas de la familia en aquella temprana época, y me pregunté qué medios habría empleado el Señor para conseguir que se trasladaran de Vermont a Nuevo Hampshire, si no se hubieran visto obligados a salir de estos estados por motivo de su pobreza. Su pobreza no resultó de la indolencia, como ha declarado la gente mala, sino más bien fueron pobrezas y contratiempos de la Providencia, enviados para darles experiencia y conducir a la familia a una tierra mejor, en donde el Señor podría efectuar su obra por medio del joven vidente que más adelante sería levantado.

Cuando la familia Smith llegó a Palmyra, inmediatamente hicieron arreglos para la compra de 100 acres (40 hectáreas) de terreno. Hoy es conocido como la Granja de José Smith y pertenece a la Iglesia. En aquella época la tierra estaba tupida de árboles. Fue necesario quitarlos antes que pudiera sembrarse el terreno y levantarse cosechas para pagar la granja. Al hallarme sobre esta tierra, pensé en las luchas que esto había costado. A mi abuelo, Hyrum Smith, y a su hermano mayor, Alvin, les fue requerido efectuar gran parte de esta tarea laboriosa. El hermano menor, José, era demasiado joven en esa época para prestar mucha ayuda, ya que apenas tendría unos diez años de edad. No obstante, le fue requerido ayudar, y pocos años después —al tiempo de la visión— se vio bajo la necesidad de hacer el trabajo que le era requerido a un hombre.

Estos hijos de José Smith, padre, construyeron la casa que se encuentra sobre la granja; pero no es la casa, como se ha dicho a muchos, en la cual el ángel Moroni se le apareció a José Smith. Esa casa más antigua desapareció hace ya algún tiempo, y quedaba a varios metros al norte de la casa actual. Después de la proclamación de la visita del ángel se desató la persecución, y no se permitió a la familia disfrutar por mucho tiempo de la tierra que les había costado tanto trabajo preparar, por causa de otros, que por medio de su maldad, por un tiempo recogieron el fruto de la misma.

CUMORA EN UN TIEMPO FUE UN SITIO DE MATANZA Y DESTRUCCIÓN. Al hallarme sobre la cumbre del cerro de Cumora, en medio de una multitud numerosa, de la cual sólo pocos perte­necían a la Iglesia, intenté formarme un cuadro mental de las escenas de días anteriores. Aquí se habían reunido ejércitos numerosos llenos de rencor y resueltos a destruir. Pensé en las grandes promesas que el Señor había hecho por medio de sus profetas, concernientes a aquellos que poseyeran esta tierra escogida, y cómo dejaron de cumplirse esas promesas porque el pueblo violó sus mandamientos. Aquí pereció un pueblo por motivo de su extremada iniquidad.

Algo debe haber en el destino de las cosas para causar una repetición de esta terrible escena en el mismo sitio muchos siglos después. Medité y me pregunté si esta ocasión desdichada volvería a ocurrir cuando otro pueblo, más poderoso aún, incurriera en la ira de Dios por causa de la iniquidad y pereciera en igual manera. En caso que así sucediera, ¿presenciaría este mismo sitio su destrucción? Pensé en los profetas Eter, Mormón, Moroni, e intenté comprender la tristeza de sus sentimientos al presenciar la enloquecida carrera de sus pueblos hacia la aniquilación.

LA IMPORTANCIA DE CUMORA ES DESCONOCIDA PARA EL MUNDO. Cantamos la canción Zionland (Tierra de Sión), preparada para esta celebración, y participé de todo corazón y sinceramente del espíritu de la canción:

Dios bendiga nuestra tierra de Sión,
consérvese ella siempre firme,
en medio de tormentas y la noche;
cuando rujan las salvajes tempestades,
Señor de las olas y los vientos,
salva Tú a tu Sión
por medio de tu gran poder.
Subirán nuestras oraciones por ella
hasta Dios que está sobre los cielos,
unidos a El nos conservamos;
Tú que cerca siempre estás,
velando con mirada vigilante,
a Ti en voz alta clamamos,
salva, oh Dios, tu tierra.

Fue aquí donde Moroni, por mandato del Señor, escondió los sagrados anales de su pueblo. Fue aquí, 1400 años después, que él, para entonces un ser resucitado, vino a José Smith y encomendó estos mismos anales al cuidado de este joven. En la ocasión de la primera visita del Profeta al cerro, se hallaba cubierto de árboles; hoy (1923) se halla despojado y desnudo, salvo el verde césped que crece abundantemente. Esta escena anterior de contiendas y difusión de sangre, donde perecieron dos naciones, más tarde el repositorio sagrado de anales antiguos, en la actualidad es habitación de tranquilo ganado que duerme y rumia. Los muchos millones de habitantes de la tierra que, por motivo de que aman las tinieblas más que la luz, no quieran creer, y aunque un ángel se lo ha declarado, no parecen tener más interés que este ganado, en lo que respecta a los maravillosos sucesos que han acontecido en los alrededores, así como en los lados del cerro de Cumora.