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LA TORMENTA REANUDADA
El cuarto familiar era un desastre. Anika y Lauren estaban mirando caricaturas. Habían hecho una cama en medio del cuarto con las almohadas de ambos sofás. La silla para la lectura estaba boca abajo, y era el apoyo central de una carpa que utilizaba por lo menos cinco cobijas y cubría desde el fondo hasta el medio del cuarto. Piezas de un rompecabezas—el pasatiempo favorito de Anika—estaban tiradas por todo el cuarto hasta la cocina.
“Hola, niñas. ¿Un poco de desorden aquí, ah?”
Se quedaron pegadas a la televisión y no dijeron nada.
“Anika, buenos días”.
“Hola, papá”.
Pero sin dejar de ver la televisión.
“¿Dormiste bien?”
“Sí”.
Todavía 100 por ciento en la televisión.
“¿En donde están los muchachos?”
No hubo respuesta.
“¡Anika! Los muchachos—¿en dónde están?”
“Abajo”, ella contestó, sus ojos sin expresión.
Anika aún no volteaba a mirarlo, pero Lauren volteó y le dio una gran sonrisa traviesa. “Hola, papi”.
Rick no pudo resistir sonreír. “Hola, cariño. ¿Dormiste bien?”
“Ah huh”. Levantó las cejas, torció sus ojos hacia un lado y arriba y miró hacia el techo.
“¿Recuerdas haber venido a mí anoche?”
“Sí”. Su pequeña lengua casi se asomaba por su cachete.
Rick casi se rió. Nadie podía decir tanto y al mismo tiempo decir tan poco. “Voy a ir a buscar a los muchachos, ¿está bien, cariño?”
“Está bien, papi”, ella dijo alegremente, antes de voltearse a ver la televisión. “Voy a ver mi programa”. Rick bajó los escalones hacia el sótano sonriendo.
Alan y Eric estaban sentados enfrente al televisor del sótano jugando juegos de video.
“Hola, muchachos”.
“Hola, papi”, dijeron ellos, casi en unísono. Igual que Anika, tenían los ojos pegados a la pantalla.
“¡Ya te tengo!” Alan gritó a Eric.
“¿Sabes dónde está tu mamá?” interrumpió Rick.
“Está en casa de los Murray”.
“¿Qué está haciendo allá?”
“¡Oh, no puedo creerlo, no es justo!” Alan gritó, codeando a Eric, que sonreía con satisfacción.
“Alan, ¿qué está haciendo allá?” Rick repitió.
“Necesitaban alguien para cuidar a los niños por un rato”, él contestó como si estuviera en autopiloto. “Creo que el señor y la señora Murray tuvieron que ir al aeropuerto o algo así”.
“¡Toma esto!” le dijo a Eric, puntuando las palabras con un tirón a los controles.
Los Murray siempre necesitan algo, pensó Rick. Y Carol nunca podía decir que “No”, así que hacía demasiado por ellos—más de lo que debía hacer por ellos. Y muy a menudo, más de lo que estaba dispuesta a hacer por él, pensó él.
“¿Quién está ganando?” preguntó Rick.
“¡Yo!” cada uno gritó en unísono.
“Yo tomo al ganador”.
Una hora después más o menos Rick podía escuchar los pasos de Carol en la cocina en el piso de arriba. “Hay que terminar aquí, muchachos. Mamá llegó”.
Al subir las escaleras, Rick se sentía un poco aprensivo, aunque no estaba seguro por qué. El pensaba que quería verla, pero ya podía sentir querer evitar su mirada. Tuvo que forzar una sonrisa un poco cuando entró a la cocina.
“Hola, Carol”, dijo él sin poder llamarla “cariño” como era su expresión común de ellos.
“Hola”.
“¿Entonces estabas con los Murray?”
“Sí. Llamaron anoche y dijeron que necesitaban ayuda”.
Rick nada más asintió.
“No pude hacer nada al respecto, Rick. Necesitaban ayuda”.
“Yo no dije que no la necesitaban”.
“No, pero lo estabas pensando”.
“No estaba”, Rick mintió. “Pero siempre parecen llamarte, ¿no?”
“¿Y que? Creo que debemos ser más considerados con otros de lo que somos”.
Estaban a sólo veinte segundos en su día juntos y Rick, a pesar de toda la epifanía de la noche anterior, podía sentir muchos de sus sentimientos comunes burbujeando dentro de él. “Entonces tampoco lleno tus estándares de consideración”.
“No dije eso”.
“Al contrario, no podías ser más claro”.
Carol sacudió su cabeza en disgusto.
Entre tanto, Alan y Eric se detenían en el último escalón de los escalones mientras escuchaban a sus padres. Ahora entraron al cuarto calladamente y caminaron hacia donde estaban sus hermanas para acompañarlas en el salón familiar.
“¿Cuál es tu problema, Rick?” ella dejó escapar, una vez que los muchachos se sentaron en el otro cuarto.
“Oh, eres imposible, Carol. Siempre es mi problema, ¿qué no? Nunca soy lo suficientemente bueno, ¿verdad?”
“No dije eso. Deja de decir eso”.
“Si no te gusta escucharlo, ¿cómo piensas queyo me siento?”
“No tengo idea de cómo te sientes”, dijo con enojo. “Nunca me dices. Si no saco a relucir las cosas, juro que nunca hablaríamos”.
“Si esto es lo que quieres decir con hablarnos, creo que estaríamos mejor sin hacerlo, ¿no piensas?”
A eso, Carol subió los escalones muy molesta.
Rick se quedó en la cocina, sus manos estremeciendo con coraje, su corazón nuevamente llenado de desesperanza.

























