El Otorgador de Paz

20

EL PECADO


Nunca has sido un fumador, Ricky, pero sabiendo lo que sabes sobre las consecuencias de fumar, ¿qué supones que es uno de los problemas más grandes con fumar un solo cigarro?”

“El peligro de que te envicies al cigarro”.

“Exactamente. Y el alcohol—¿cuál es uno de los peligros más grandes con tomar un solo trago?”

“Lo mismo. Tendríamos el mismo peligro de enviciarnos en tragos adicionales”.

“¿Los estupefacientes, la pornografía? ¿Y que de ellos?”

“Lo mismo. Una dosis de cualquier de esas cosas hace posible más dosis”.

“¿Por qué supones eso?” preguntó el abuelo.

“Bueno, son adictivos. No soy experto en la química del cuerpo sobre las adicciones, pero evidentemente cada una de esas cosas cambia el cuerpo, o corrompe el espíritu de alguna forma, para que empieces a tener las ansias de tener más”.

“Sí. Ya sea el fumar, tomar, los estupefacientes o la pornografía, ¿puedes ver como un solo acto de pecado puede darle a Satanás el poder sobre ti para llevarte cautivo a su voluntad?”

“Sí, con esa clase de pecados, sí puedo ver como nos afectan”.

“¿Qué tal si lo mismo fuera verdad con cualquier clase de pecado?”

“¿Estás diciendo que sí es?”

El abuelo Carson le dio el libro nuevamente. Lo tomó en sus manos y empezó a leerlo, empezando en donde el abuelo apuntaba.

Y ahora mis hijos, empezaba el pasaje.

Una vez más Rick se sintió atraído por las palabras. Sintió una ráfaga de viento, y se encontró en una exuberante tierra forestal. El aire estaba bochornoso, y gotas de sudor corrían en su piel casi al instante. Estaba en una colina, con escabrosas montañas verdes levantándose directamente al este detrás de él. No más de media milla al oeste, el océano brillaba bajo el sol, lo caul pintaba las nubes ocasionalmente de rosa y morado. Todavía tenía el libro en las manos, el cual se sentía pesado al tener que estar sosteniéndolo.

Debajo de él, en una área de tierra estaban sentados unos diez hombres más o menos. Un hombre frágil de cabello blanco, con un bastón en la mano, se encontraba sentado enfrente de la reunión, al lado de un altar de piedra. Era este hombre el que estaba hablando.

Así pues, los hombres son libres según la carne, continuaron sus palabras, y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias. Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo; pues él busca que todos los hombres sean miserables como él.

“El gran patriarca Lehí del Libro de Mormón”, dijo la voz del abuelo, justo detrás de él y a su izquierda. “En la víspera de su muerte, él enseñaba a sus seis hijos, a los dos hijos de Ismael, y al antiguo sirviente, Zoram, justo lo que hemos estado hablando—que el albedrío es la capacidad que tenemos de escoger seguir al Señor o al diablo, y que si escogemos contra el Señor perdemos la libertad y entramos a la cautividad del diablo”.

Y ahora bien, hijos míos, continuó Lehí, quisiera que confiaseis en el gran Mediador y que escuchaseis sus grandes mandamientos; y sed fieles a sus palabras y escoged la vida eterna, según la voluntad de su Santo Espíritu; y no escojáis la muerte eterna según el deseo de la carne y la iniquidad que hay en ella, que da al espíritu del diablo el poder de cautivar, de hundirnos en el infierno, a fin de poder reinar sobre vosotros en su propio reino.

“Date cuenta lo que el padre Lehí dice aquí, Ricky”, su abuelo le dijo, sacándolo de la escena. “Cuando fallamos de seguir la voluntad del Espíritu Santo, le damos a Satanás el poder de cautivarnos por medio de los elementos corruptibles en nuestros cuerpos, tal como los adictos pierden control a sus adicciones físicas. El pecado es una sustancia adictiva, Ricky. Nuestros cuerpos se acostumbran a esto. Eso es lo que el padre Lehí les enseña a sus hijos”.

“¿Pero cómo?” Rick todavía luchaba por entender.

“Empecemos otra vez desde el principio”.

Las páginas del libro en las manos de Rick empezaron a dar vueltas como si una ráfaga de brisa las volteara, aunque Rick no podía sentirlo. En unos segundos, el libro se abrió en una página al comienzo del libro.

“Lee”, su abuelo le ordenó.

Aconteció pues, leía Rick, que el diablo tentó a Adán, y éste comió del fruto prohibido y transgredió el mandamiento

Volteó hacia arriba para ver al abuelo. “Ya leí esto antes”. El abuelo lo miró ligeramente enfadado. “Lee, Ricky”.

. . . por lo que vino a quedar sujeto a la voluntad del diablo, por haber cedido a la tentación.

En este punto la escena exuberante tropical se desvaneció y Rick se encontró lleno de luz. Siguió leyendo, y una voz tranquila descendió de los cielos:

Y  yo, Dios el Señor, llamé a Adán, y les dije:
¿Adonde vas?

él respondió: Oí tu voz en el jardín y tuve miedo, porque vi que estaba desnudo, y me escondí.

yo, Dios el Señor, dije a Adán: ¿Quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual te mandé no comer, pues de hacerlo de cierto morirías ?

Y  el hombre dijo: La mujer que tú me diste, y mandaste que
permaneciese conmigo, me dio del fruto del árbol, y yo comí.

“Ricky”, le llamó el abuelo, recogiendo sus pensamientos de dondequiera que habían sido llevados. “¿Quién transgredió el mandamiento?”

Su abuelo se encontraba parado junto a él en la luz.

“Adán lo hizo”.

“Habiendo transgredido el mandamiento, para Adán hay sólo una forma de volver a Dios. ¿Cuál es esa forma?”

“Por medio de Jesucristo”.

“Sí. ¿Pero de que es lo que debe Adán darse cuenta después de su trasgresión para poder venir a Cristo?”

“Para empezar, tenía que saber o ser enseñado sobre Cristo”.

“Sí. ¿Y después qué?”

Rick pensó por un momento. “No estoy seguro”.

“Necesitaba darse cuenta que había cometido una trasgresión, Ricky, para que sintiera la necesidad de venir a Cristo para ser perdonado”.

“Está bien, entiendo eso”.

“¿Realmente lo entiendes?”

“Creo que sí”.

“Entonces lee una vez más la respuesta de Adán a la pregunta del Señor”.

Rick empezó a leer de dónde su abuelo estaba apuntando.

Y))o, Dios el Señor, dije a Adán: ¿Quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual te mandé no comer, pues de hacerlo de cierto morirás?

Y el hombre dijo: La mujer que tú me diste, y mandaste que permaneciese conmigo, me dio deljruto del árbol, y yo comí.

“¿De que te das cuenta acerca de la respuesta de Adán, Ricky?”

“Realmente no es una respuesta a la pregunta, ¿verdad?”

“Sigue leyendo”, lo animó su abuelo.

“Bueno, el Señor le preguntó a Adán una pregunta franca: ‘¿Has comido de la fruta que te prohibí no comer?’ Y en lugar de decir ‘Si’, Adán sintió la necesidad de decir: ‘La mujer que tú me diste y mandaste que permaneciese conmigo, me dio del fruto del árbol, y yo comí’”.

“Sí, Ricky. Y fíjate como Eva hizo algo similar. Sigue leyendo”.

Yyo, Dios el Señor, dije a la mujer: ¿Qué es esto que has hecho? Y la mujer respondió: La serpiente me engañó, y yo comí.

“¿Qué quiere decir, Ricky?”

Rick meditó la pregunta mientras el abuelo esperaba.

“De alguna manera”, Rick empezó, “Adán y Eva no pensaron que estaban haciendo nada mal—o si estaban, pensaron que de alguna manera estaban en lo correcto o por lo menos, menos mal, porque alguien más les causó o provocó hacer lo que hicieron”.

“¿Te suena familiar?”

“¿Qué quieres decir?”

“¿No estás tú, en tu relación con Carol, exactamente como Adán y Eva?”

Rick se quedó callado al escuchar esta idea. Estaba más allá de tratar de defenderse.

“¿Y si Adán está de alguna manera no muy seguro sobre la responsabilidad de su trasgresión, sentirá más o menos necesidad de venir al Señor?”

“Menos”, Rick contestó.

“Entonces date cuenta, Ricky: Una trasgresión, una elección alejado del Señor, ¿y qué pasa? El trasgresor se ciega a su responsabilidad del pecado, y empieza a caer en la cautividad del diablo, los cuales son las cadenas—las cadenas del pecado— que lo mantienen sin sentir la necesidad ni el deseo de regresar al Señor. Así es como llegamos a estar sujetos a la voluntad del diablo cuando cedemos a la tentación”.

El abuelo Carson tomó el libro nuevamente de Rick.

“Ahora, Ricky, hace unos minutos yo sugerí que malinterpretaste la naturaleza del pecado. Déjame decirte que quise decir con esto”.

“Pienso que ya sé”, interrumpió Rick.

“A ver, sigue entonces. ¿Qué estás pensando?”

“Algo al pecar nos cambia, casi como las adicciones del cuerpo nos hacen cambiar. Vemos el mundo diferente después que pecamos. Como Adán, nos preocupamos más por nosotros y de cómo nos vemos y de alguna manera perdemos la vista del Señor y nuestra necesidad de él. Empezamos a ver el mundo de una manera que justifica nuestras indiscreciones. Y después, como una clase de adicción, me supongo se nos hace más fácil continuar en caminos pecaminosos. De hecho, después de la trasgresión de Adán y Eva, Satanás pudo hacerlos hacer algo que nunca les hubiera penetrado en su mente—esconderse del Señor”.

Rick se sorprendió por las palabras que escuchó decir él mismo—sorprendido en el sentido que se encontró aprendiendo al escuchar estas palabras, si es que eran sus palabras. Eran nuevos pensamientos para él, pero venían de su boca, y sintió una tranquila convicción dentro de su pecho al hablar.

“Es interesante que Adán estaba claro de la necesidad que Eva tenía de volver al Salvador”, reflexionó Rick. “Retuvo la habilidad de reconocer los pecados de otros. Y esta habilidad se pervirtió, porque él empezó a ver a otros como una exoneración de sus propios pecados. Esto lo detuvo de poder contemplar completamente sus propios pecados y por lo tanto lo detuvieron de poder volver completamente al Señor—o por lo menos, lo hubiera hecho. No recuerdo los particulares de la historia lo suficiente, pero Adán y Eva fueron rescatados de su ceguedad rápidamente, yo pienso, porque vinieron al Señor”.

“Sí, Ricky, ellos lo hicieron. Pero solamente después que el Señor vino a buscarlos. Habían volteado sus caminos del Señor y se escondieron de su presencia antes que viniera y les llamara”.

“Y después”, continuó el abuelo, “recuerdas lo que el Señor hizo: Él maldijo la tierra ‘por su causa’ y ‘multiplicó en gran manera’ sus dolores en sus preñeces. Así es que después los desterró a una tierra en donde todo sería difícil—una maldición que sería ‘para su propio bien’ ya que la magnitud de las dificultades de la vida los empujará a mirar hacia el cielo buscando ayuda aun en la neblina de sus pecados, cada acercamiento al Señor proveyéndoles una oportunidad de ser salvados de la cautividad del pecado”.

Rick nunca había escuchado esa idea antes, y le fascinó. ¡Las dificultades de la vida misma es una bendición! se dio cuenta él. ¡Porque inicia un deseo dentro de nosotros de venir al Señorun anhelo que podemos sentir aun cuando somos cegados por el pecado!

“El conflicto del pecado, entonces, Ricky, es más grande que el hecho de cometer actos pecaminosos individuales. Es que al hacerlo, corrompimos nuestros corazones y llegamos a ser pecaminosos nosotros mismos—duros de corazón, orgullosos y oscuros. Ya no vemos claro, pero como Pablo advirtió, ‘vemos por espejo, oscuramente’, lo que está de acuerdo con el plan de Satanás de ‘cegar los ojos y endurecer el corazón de los hijos de los hombres’. Las Escrituras declaran que esto es ‘una trampa del adversario, la cual ha tendido para entrampar a este pueblo, a fin de sujetarnos a él, para ligarnos con sus cadenas y encadenarnos a la destrucción sempiterna, según el poder de su cautiverio’.

“Una vez que pecamos en nuestro corazón, los actos y pensamientos que fueron antes reprensibles llegan a ser deseados. Llegamos a desear hacer lo que no debemos y perdemos el deseo de hacer lo que debemos. Luchando con nuestras propias ‘vigas’, como discutimos antes, empezamos a estar obsesionados con las ‘pajas de otros’. En las palabras de Pablo, ‘porque el que se cree ser algo’—mejor que, mereciendo más—cuando ‘en realidad no siendo nada, a sí mismo se engaña’. Pablo llamó esto ‘la esclavitud de corrupción’. Perdiendo la vista de nuestros pecados, perdemos la vista de nuestra propia necesidad por él que vino a sanar al pecador. Llegamos a ser como Laman y Lemuel en el Libro de Mormón, siendo duros de corazón, quienes ‘no acudían al Señor como debían’.

“Esto, Ricky, una vez más, es lo que quiero decir con ‘las cadenas’ o ‘cautividad’ del pecado: Precisamente cuando somos más pecaminosos y por lo tanto en más necesidad del arrepentimiento, menos sentimos el deseo o la necesidad de arrepentimos. Este es el conflicto del pecado. Y esto es por lo que el Salvador mismo declaró, ‘Requiero el corazón de los hijos de los hombres’, y porque todos los profetas han declarado que lo que se requiere no es dejar de hacer ‘actos’ pecaminosos sino es ‘un poderoso cambio de corazón’. Es como enseñó el profeta Alma: Solamente este cambio de corazón nos puede liberar de las cadenas del infierno”.

El abuelo Carson se detuvo por un momento y miró amablemente a Rick. “Tienes un maravilloso resumen de aprendizaje en tu bolsillo trasero, hijo”, dijo él, apuntando hacia su cadera. “Desgraciadamente, el conocimiento nunca es por sí mismo lo suficiente para romper las cadenas del pecado. Tal conocimiento puede ayudar, por seguro, pero solamente si te lleva a aquel que tiene el poder de salvar. La salvación no está en una declaración, ni en una hilera de declaraciones, por más profundas que sean. Está sin embargo en una persona—en el Mesías, que vino a la tierra para liberar al hombre del pecado”.