EPÍLOGO
Quizá te preguntas que pasó. ^ Después que Rick subió las escaleras, él pidió perdón como nunca antes lo había hecho, porque lo sentía profundamente como nunca lo había sentido antes. Ninguna parte de él pidió perdón para poder sacar alguna confesión o reconocimiento de Carol. Que ella tendría que pedir perdón por cualquier cosa estaba tan lejos de su mente y corazón que ese pensamiento nunca se le ocurrió. Todo lo que sentía era pesar y deseo: pesar por amarla menos de lo que ella merecía ser amada, por causarle dolor, por cicatrizar su alma; y un deseo de poder curar esas cicatrices que él había causado, no importa que tanto tiempo le tome.
Su respuesta de ella a esa disculpa no era importante. Por primera vez en su vida, no estaba diciendo algo a ella para poder sacarle una repuesta en particular. Estaba simplemente amándola. Subió las escaleras sin ninguna expectativa.
¿No te sorprendería, verdad, si Carol escuchó a Rick con escepticismo? No le hubiera sorprendido a Rick tampoco, dada a toda la historia amarga que habían compartido. Él esperaba que Carol rechazaría lo que le dijera así como tantas palabras. Eso no le importaba, porque él sabía que esta vez no eran sólo palabras. ¿Cómo podía esperar otra cosa que no fuera escepticismo después de todas las palabras y miradas amargas que él le había dado?
Qué tan sorprendido y humilde estaba cuando ella dijo, “¿Realmente lo dices en serio, verdad?”
“Sí, Carol. Lo siento. Perdóname”.
Después de que Carol dijo, “Oh, Rick, yo soy la que tiene que pedir disculpas”.
No tenía que ser así, por supuesto. Ella podía haber dicho, amargamente, “¿Por qué he de creerte esta vez cuando nunca ha sido diferente en el pasado?” Rick hubiera entendido eso, y en ese momento, él no la hubiera querido menos por ello.
Por supuesto, de alguna forma, de alguna manera—por nuestro propio bien—nosotros, como Carol, necesitamos aceptar las disculpas de nuestros Ricks. Cuando finalmente lo hagamos, nos daremos cuenta, como Carol lo hizo, que el rechazar una disculpa es algo que necesita el arrepentimiento tan completamente como dar una disculpa. Es el Salvador, después de todo, que está pidiendo disculpas. Rick estaba dando voz a los sentimientos y palabras que el Señor formuló en Getsemaní.
¿Cómo le fue a Rick después de esa disculpa inicial? ¿Y qué hizo Carol en respuesta a ello? Es tentador pensar que estas son las preguntas importantes en la historia, como si el resto de la historia nos va a decir lo que querremos saber. ¿Pero necesitamos saber la respuesta de Jonás al Señor?
¿Qué más necesito saber que el conocimiento de la expiación? ¿Qué más necesito que venir a él? ¿Qué más necesito que un corazón contrito? ¿Qué más necesito que su Espíritu— el Consolador—que me enseñará “todas las cosas que necesito hacer?”
La pregunta para mí ahora no es lo que Rick dijo o hizo después que subió las escaleras, ni durante los siguientes días y semanas. Es sin embargo lo que necesito hacer yo después de subir mis propias escaleras en mi propia vida. Y después lo que necesito continuamente decir y hacer.
“¿No tendré yo piedad de Rick?” “¿No tendré yo piedad de Carol?”
Esto es lo que el Señor nos pregunta.
Ya que somos Rick y somos Carol, el Señor ora por nosotros, para que contestemos misericordiosamente.
SOBRE EL AUTOR
James L. Ferrell nació y fue criado en Seattle, Washington. Él graduó de la Universidad de Brigham Young con un título académico en economía y filosofía y recibió una licenciatura en leyes de la Escuela de Leyes de Yale. El sirve como director administrativo del Instituto Arbinger, una firma consultativa de renombre y de un erudito consorcio que se especializa en pacificación. Ha sido autor de varios libros y ha enseñado y aconsejado a líderes de empresas y gobiernos de todas clases en muchos países alrededor del mundo. Él es un miembro devoto de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y actualmente sirve en una presidencia de estaca. Él y su esposa, Jackie, son los padres de cinco niños.

























