El Otorgador de Paz

7

EL PERDÓN


El abuelo Carson miró solemnemente a Rick antes de resumir su caminata. Esta vez Rick fue más lento en acompañarlo, pero estaba a su lado después de un minuto más o menos.

“Quiero creer, abuelo, realmente quiero. Pero déjame decirte con que estoy luchando. Si lo que tú dices es verdad, entonces me supongo que el Señor me fortalecería en mi lucha con Carol. La expiación de él por los pecados de ella incluirían el compensar por las cargas que esos pecados están poniendo sobre mí, o por lo menos incluirían la bendición de hacer esas cargas más ligeras. Eso es lo que estás diciendo, ¿verdad?”

El abuelo no respondió.

“Pero esa no ha sido mi experiencia”, continuó Rick. “Yo no siento la ayuda que dices que el Señor ofrece. De hecho, nunca me he sentido tan solo y con tantas privaciones en mi vida— justamente cuando la necesito más. Al contrario, las cargas que siento solamente se hacen más pesadas. Entonces si el Señor está ante mí, como Abigail, ofreciéndose a proveer lo que necesito, él de verdad está muy callado. No escucho nada”.

Las palabras sorprendieron a Rick cuando se escuchó decirlas. El había escuchado esa amargura de otros labios, y siempre le habían dado lástima los que siempre se quejan, por su falta de fe. Ese pensamiento lo hizo sentirse sin esperanza.

Su abuelo continuó caminando en silencio. Ellos habían pasado justo por la cima del cerro inicial y habían llegado a lo alto de otro cerro no muy lejano. Cuando la tierra empezaba a nivelarse, una cantidad de cerros se levantaban ante ellos. El camino en el que caminaban serpenteaba entre y subía los cerros antes de desaparecer unas millas en la distancia. El abuelo Carson se paró y volteó a observar la vereda que habían escalado.

“Ricky, permíteme preguntarte algo. Tú viste a Abigail y los efectos que tuvo en David”.

“Sí”, contestó Rick pensativamente.

“¿Supones que su ofrenda tuvo el mismo efecto para los hombres de David que para él?”

Rick recordó la frustración de los hombres de David de la que fue testigo—incluyendo a su gemelo—cuando David les informó que regresaban sin pelear. David tuvo que convencerlos y consolarlos para poder calmar sus espíritus.

“No”, contestó Rick. “La mayoría de los hombres no estaban muy contentos”.

“Así es. Y aunque Abigail se había postrado ante ellos, igual que lo hizo ante David, no estaban contentos. Ellos nunca reconocieron su ofrenda por lo que realmente fue. De alguna forma, nunca la miraron, aunque estaba enfrente de ellos”.

“¿Es eso lo que crees que estoy haciendo?” preguntó Rick. “¿Estás diciendo que el Señor está en frente de mí, como Abigail estaba en frente de esos hombres, pero yo, como ellos, no lo puedo ver?”

“Bueno, Ricky, tú estabas en el grupo de hombres. ¿Lo viste?”

Rick sintió como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago. El comentario lo sorprendió, como si hubiera sido la víctima de un inesperado y devastador jaque mate. Se quedó quieto, tratando de comprender las implicaciones de los comentarios del abuelo. Yo estaba en el grupo, como dijo él, pensó él. Y tiene razón; Abigail no me llegó. No la reconocí por lo que era. ¿Por qué, Señor? finalmente gritó. ¿Si estás ahí, Señor, por qué no te puedo escuchar? ¿Qué he hecho para que me dieras la espalda?

“Él nunca da la espalda, Ricky”. Su abuelo le leía los pensamientos una vez más. “Y no es tanto lo que has hecho como lo que no has hecho”.

“Entonces, ¿qué es lo que no he hecho?”

“La respuesta que buscas es revelada en lo que has visto hoy. Aunque el Señor está delante de nosotros ofreciéndonos la ayuda que necesitamos, hay una condición que debemos hacer en orden de ver y recibir su ofrenda expiatoria. David reconoció esa condición; muchos de sus hombres—incluyéndote a ti—no la reconocieron. Si quieres que la expiación del Señor trabaje para ti, Ricky, debes reconocer esta condición por ti mismo”.

“Entonces, ¿cual es?” imploró Rick.

“Algo que debes descubrir por ti mismo”.

Al decir eso, el abuelo Carson volteó en dirección hacia Carmel y continuó caminando.

Rick caminó en silencio a su lado. Una condición en la historía de Abigail, se repetía a sí mismo al caminar. Algo que se debe alcanzar para poder reconocer y aceptar su oferta. Rick no entendía nada. ¿Qué condición reconoció David que sus hombres no reconocieron? Abigail no le puso condiciones a nadie en la historia que Rick podía ver. Ella simplemente hizo la ofrenda. La única condición fue si David y sus hombres la aceptasen. Pero no era eso de lo que el abuelo hablaba, él pensó. Hay algo en el principio de la historia que es la clave para determinar si la aceptarían o no.

“No puedo pensar en nada”, Rick finalmente dijo en frustración. “No veo ninguna condición en la historia además que la pregunta de que si aquellos por los que Abigail se postró la aceptarían”.

“Piensa más detenidamente, Rick. Piensa en lo que Abigail hizo en la historia. Hizo más que ofrecer una carga de provisiones. Ella hizo por lo menos dos cosas que son críticas y extraordinarias—dos cosas adicionales que son un ejemplo y características de lo que Cristo hizo. Cuando descubras esos dos actos, también descubrirás la condición en la cual se basa la expiación de Abigail y la del Salvador”.

Otras dos cosas que Abigail hizo. Rick empezó a pensar en el problema como algunas veces lo hacía con los crucigramas del periódico New York Times. Volvamos hacer una repetición de lo que ella hizo, pensó él. Ella bajó el cerro, sus sirvientes y las provisiones delante de ella. Bueno, y después se bajó del asno cuando vio a David y sus hombres y se dio prisa y se postró ante ellos. Bueno, estas son dos cosas que ella hizo, ¿pero son importantes? ¿Revelan estas la condición de la que habla el abuelo?¿Señalan a Cristo? No lo puedo ver. Entonces David se le acercó y ella se postró a sus pies. ¿Y entonces que pasó? A verella le dijo algo. Sí, ella dijo algo como ‘Sobre mí sea el pecado’. ¡Eso es! Ella tomó el pecado de Nabal en su propia cabeza, y por ese acto ella se asemeja a Cristo.

“Abuelo, ella tomó el pecado de Nabal en su propia cabeza”.

El abuelo Carson se sonrió y se paró. “Sí, Ricky, eso está correcto. Ella imploró a David, ‘Sobre mí sea el pecado’. Bien hecho. ¿Pero sabes lo que significa?”

“Claro, era su manera de implorar a David de que perdonara a Nabal y que dejara ir su coraje”.

“Parece ser así, ¿verdad?”

“Sí, parece. ¿Estás diciendo que eso está equivocado?” Rick no podía entender por qué estaba equivocado.

El abuelo Carson sonrió ligeramente y siguió su camino otra vez.

“¿Está eso equivocado, abuelo?” preguntó Rick nuevamente al volver al lado del abuelo. “Si es así, ¿cómo? Quiero ver”.

“Hay una cosa final que Abigail hizo a semejanza de Cristo que contestará tu pregunta—un final y asombroso acto que ilumina lo que es tomar los pecados de otros sobre nosotros mismos. Míralo así y descubrirás el entendimiento que buscas”.

¿Qué más hizo Abigail que se compara a Cristo? Ahora Rick escudriñaba seriamente. Ella le suplicó que no hiciera lo que estaba a punto de hacer. Quizá eso es, él pensó. Me puedo imaginar que Cristo nos suplica de esa misma forma. Sí, eso es precisamente lo que el Espíritu hace siemprenos invita hacer ciertas cosas y nos suplica que evitemos otras. ¿Pero es eso una cosa asombrosa, como dijo el abuelo? ¿Ilumina eso el significado de tomar los pecados sobre nuestra propia cabeza? Rick no entendía cómo. Quizá no entiendo algo más, pensó él. ¿Qué más hizo ella?

“Abuelo, no entiendo nada—por lo menos nada más que lo que ya hemos hablado. A menos que te refieras a la manera en que Abigail suplicó a David para que no hiciera lo que estaba a punto de hacer”.

“Eso es una parte, Ricky. Pero hubo algo que ella hizo, o mejor, dijo, que hizo que su suplica fuera eficaz”.

Algo que ella dijo. ¿Qué más dijo ella? Rick trató de recordar todo lo que había escuchado pero nada le llamaba la atención— ciertamente nada “asombroso”, como su abuelo había descrito el acto final.

El abuelo Carson paró de caminar y volteó hacia Rick, quien no podía dejar de admirar en qué tan buena condición el abuelo se encontraba. Ni siquiera sudaba, mientras que Rick empezaba a sentir fuertemente el calor. “Estás pensando mucho sobre esto, Ricky, y estoy agradecido por eso. Mereces otra mirada”.

Con esto, la mente de Rick volvió al pasado. Estaba nuevamente parado en la roca que daba vista hacia la vereda. Abigail postraba ante David.

»Sobre mí, mi señor, sobre mí sea el pecado”.

¿Sobre ti sea cuál pecado, mujer?”

“Por favor, mi señor, yo ni miré a los jóvenes que enviaste a Nabal, mi esposo. Pero ve, he proveído. Por favor acepta mi ofrenda; no tengas motivo de pena”.

¿Tomas los pecados de un insensato sobre ti? Conoces la injusticia y nos ves venir para pelearla, ¿y ahora imploras misericordia para tu casa?”

“Sí, ruego por mi casa, pero también por ti, mi señor, que esto no sea una ofensa para ti, ni que derrames sangre, ni te vengues por tu propia mano. Pues de cierto Jehová hará casa estable a mi señor, por cuanto mi señor pelea las batallas de Jehová, y mal no sea hallado en ti en tus días. Y yo te ruego que perdones a tu sierva esta ofensa”.

¡Perdona a la sierva esta ofensa!” Las palabras captaron la atención de Rick”.

“¡Abuelo!” exclamó Rick, la vereda y el abuelo reconstruyéndose ante los ojos de Rick al decirlo. “Ella dijo, ‘Perdona la ofensa de tu sierva’. Es eso de lo que has estado hablando, ¿verdad? Ese es el asombroso acto al que te referías”.

“Sí, Ricky, eso es. ¿Y por qué es asombroso?”

“¡Porque ella no había hecho nada mal!” contestó Rick emocionado, su corazón palpitando rápidamente ante el descubrimiento. “Ella no había cometido ninguna ofensa. Y aun así, ella imploraba a David que la perdonara—no a Nabal, pero a ella, como si ella fuera la que había hecho algo incorrecto. Ella no dijo, ‘Por favor perdona a Nabal su ofensa’, lo que ella hubiera podido decir. Sin embargo dijo, ‘Perdona a tu sierva esta ofensa’—’perdona mi ofensa’. Ella tomó el pecado por sí misma. Lo que implica”, continuó él, su mente volando con interés, pero también con un poco de confusión, “que Cristo hizo lo mismo—que habiendo tomado los pecados sobre él de aquellos que nos han hecho mal, Cristo ahora viene a nosotros y nos pide que perdonemos su ofensa”. El tomó una pausa para considerar esto.

“Es esto correcto?” preguntó él, luchando con las implicaciones si es que así era. “¡No, no puede ser!” exclamó él, respondiendo a su propia pregunta. “El Señor nunca hizo nada mal. El es sin pecado. ¡Él no necesita que lo perdonemos!”

“No, Ricky, ciertamente no necesita”, el abuelo Carson estaba de acuerdo.

“Entonces no estoy seguro de lo que quieres decir”.

El abuelo Carson respiró profundamente, de la manera que uno hace en el momento que se da cuenta que se necesita más paciencia y deliberación. El miró placenteramente a Rick. “Tienes razón, Ricky. El Señor no necesita perdón. El acto de tomar sobre él los pecados de otros no lo hizo pecador. De hecho, como has visto con Abigail, el estar dispuesto a asumir los pecados de otros es en realidad una expresión de no tener pecado”.

“Sin embargo, este aspecto de la historia de Abigail—es decir, que alguien que no necesitaba el perdón sin embargo lo pidió—ilumina algo muy importante sobre el perdón. Ilumina para quién es el perdón”.

“¿Para quién es el perdón?”

“Sí”.

“Entonces no estoy completamente seguro de lo que quieres decir”.

“Abigail no necesitaba ser perdonada de nada, y sin embargo lo pidió”, replicó el abuelo. “Entonces cuando le pidió perdón a David, no estaba pidiendo perdón porque ella necesitaba el perdón. Había otra razón para su suplica”.

Rick se asombró por un momento. “Bueno, entonces ¿que era?” preguntó él, cuando nada se le venía a la mente. “¿Cuál era la razón?”

“¿Recuerdas la escritura cuando el Señor dijo, ‘Yo el Señor, perdonaré a quién sea mi voluntad perdonar, más a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres’?” Si .

“Esa es tu respuesta, Ricky. Abigail pidió el perdón no porque necesitaba ser perdonada pero porque David necesitaba perdonar”.

La mente de Rick estaba vagando. “Eso no me parece correcto, abuelo. Quiero decir, ¿no necesitaba Abigail que David la perdonara? Después de todo, él iba en camino a destruir su casa”.

“Sí, pero recuerda las palabras de ella a él. ‘No tendrás pena ni remordimiento’, dijo ella, ‘por haber derramado sangre sin causa.

“El mensaje de Abigail era que el perdón era para él que otorga el perdón, no para él que es perdonado. En otras palabras, David necesitaba perdonar para que, en las palabras de Abigail, ‘no sea hallado mal en ti, pues Jehová de cierto hará casa estable a mi señor’. David quizá se sintió justificado en negar el perdón a Nabal, a pesar de que tan pecaminoso sería, ¿pero negar el perdón a Abigail? No, su ofrenda en nombre de otro borró cada justificación que David pudiera tener. Ella lo liberó del seguro consuelo de sentir rencor. Por medio de este acto misericordioso, ella creó para David el ambiente más amistoso de clemencia que jamás pudiera ser creado. David nunca hubiera estado más dispuesto a hacer lo que necesitaba hacer—perdonar, o más precisamente, arrepentirse de su fracaso de perdonar—que cuando la petición para el perdón fue hecha por aquel que expió por el pecado por el cual David estaba furioso.

“El Señor, al tomar sobre sí los pecados de nuestros Nabales, nos extiende la misma misericordia. ‘Sobre mí sea el pecado’, él suplica. Déjame encargarme de ello si es que hay algo de que encargarme. Pero tú, mi querido hijo o hija, déjalo. Déjame tomarlo, como ya lo he hecho. Perdona’.

“Aunque el Señor realmente no nos está pidiendo que lo perdonemos a él, el efecto de la expiación es tal como si eso fuera lo que nos estuviera pidiendo. ‘De cierto os digo que cuanto lo hicisteis [o no lo hicisteis] a uno de estos mis hermanos más pequeños’, el Salvador enseñó, ‘[tampoco] a mí lo hicisteis’. Cuando negamos el perdón a otros”, continuó el abuelo, “estamos en efecto diciendo que la expiación por sí sola fue insuficiente para pagar por este pecado. Estamos esperando algo más. Estamos encontrando culpa en la ofrenda del Señor. Estamos en esencia demandando que el Señor se arrepienta de una insuficiente expiación. De modo que cuando fallamos de perdonar a otro, es como si estuviéramos fracasando en perdonar al Señor—quien, como tú correctamente dijiste, no necesita perdón”.

Rick volteó la vista al otro lado del abuelo y sus ojos y su faz se entristecieron. “Yo quisiera que pudieras enseñar esto a Carol”, dijo él con desesperación, con un fuerte suspiro.

“¿Crees que es esto lo que necesitas, Ricky—que Carol sepa esto? ¿Que tus problemas se resolverán si ella pudiera mejorar al arrepentirse?”

Rick estaba luchando con él mismo. Su mente escuchaba la ironía en la pregunta del abuelo, pero su corazón silenciosamente asintió.

“¿Si Carol necesita este entendimiento o no, no es asunto tuyo, o sí, Ricky? Lo que necesitas no es su arrepentimiento sino el tuyo. Es decir, lo que necesitas no es el perdón de ella para ti, pero mejor dicho, tu perdón de ella. Debes arrepentirte de tu propio pecado, de fracasar de perdonar. Este es el entendimiento que Abigail ofrece. Tú crees que estás negando algo que Carol necesita cuando tú le niegas el perdón a ella, pero no hay nada más lejos de la verdad. Por medio de la expiación, el Señor ya forjó el perdón de ella. ¿Qué más puede tu perdón agregar? No, Carol no necesita de tu perdón. Tú necesitas perdonarla, Ricky. Entonces el Señor viene a ti en su misericordia y dice, ‘La expiación aplica tanto a Carol como a ti, hijo. Yo he tomado sus pecados sobre mí. Déjalo’.

“Debes considerar”, él continuó, “cómo tu fracaso de perdonar es en efecto retener del Señor—él es quien ha tomado y expiado por los pecados y debilidades de Carol, que insistes en llevar con rencor”.

Este comentario le pegó a Rick como un golpe a la cabeza. Este no era ya solamente una lección sobre la expiación. Era mejor dicho una acusación de su vida, y dejó a Rick sin poder hablar. La idea de que él estaba fundamentalmente equivocado lo empujó profundamente al dolor de sus problemas. Él se encontró transportando en su memoria a tres mañanas anteriores.

Carol lloraba esa mañana y dijo entre sollozos, como siempre lo hacía, que se sentía abrumada. Se había estado sintiendo enferma y quejándose sobre una asignación pendiente con la junta de maestros, pero Ricky sabía que su queja era sólo un pretenso. Ella hacía una montaña de cualquier cosa. Ella se abrumaba tan seguido, y por las cosas más pequeñas, que Rick finalmente había concluido que ella necesitaba sentirse abrumada. Por alguna profunda, obscura y enfermiza razón ella tenía que sentirse mal y deprimida y sin valor. La liberaba de responsabilidad, y Rick ya estaba harto de eso.

Él la proveía con una vida ideal, como él lo miraba. Él ganaba más que suficiente dinero para permitirle quedarse en casa con comodidad, y él no hacía ninguna demanda de ella. Él trabajaba, claro, pero también cuidaba a los niños la mayor parte del tiempo que estaba en casa y hacía los quehaceres de la casa que podía con la energía que tenía, pero nunca era suficiente.

Entonces cuando Carol dijo—otra vez—que se sentía abrumada, Rick lo tomó como un claro insulto que “no haces lo suficiente por mí”, y silenciosamente, su alma entera levantó las manos en disgusto. ¿Cómo puedo hacer más de lo que ya estoy haciendo? él gritó por dentro. ¿Y que de cuando yo me siento abrumado? ¡Quizá me deba quejar de todas mis cargas para empezar a hacerme la víctima! Es algo abrumador vivir contigo, de verdad. Pero no dijo esto, o por lo menos, no verbalmente, y su relativa paciencia añadió a su sentimiento de superioridad moral. “Sabes que tú no eres la única con mucho que hacer” él se permitió gritar antes de darle la espalda y caminar rápido hacia la puerta.

Él había repetido esa escena una y otra vez en su mente todo el día en el trabajo, agregando a su insoportable y grande colección de quejas. Él tenía pavor ir a su casa, y cuando finalmente lo hizo, no -podía mirar en los ojos de Carol. Ella también estaba rígida y callada, y el aire entre ellos crujía. Se pasaban uno al otro en silencio toda la noche, torpemente mirando a otra parte y ocultándose en los niños, en los trastes, o en el periódico—cualquier cosa para escapar de una conversación.

Carol subió las escaleras a la recámara como a las 10:00 de la noche, más temprano que de costumbre como por una hora, y Rick suspiró con alivio. Él se tiró al sillón para calmarse enfrente del televisor. Se fue a dormir como a las 12:30 de la madrugada.

Él y Carol no se hablaban desde ese día, y el silencio invernal se hacía más helado.

¿Qué tenía que ver Abigail con esto? se preguntaba él desconcertado. ¿Qué es lo que no entiendo? Señor, si hay algo que no entiendo aquí, ayúdame a entender lo que no entiendo.

En el silencio que siguió, Rick podía sentir una voz—y sentir es la palabra correcta porque él no la pudo percibir con sus oídos.

Fue como una clase de suspiro en su pecho que le llegaba hasta el corazón y lo llevó hacia una región interior en donde el amor floreaba y la esperanza todavía florecía. Por un momento Rick abandonó su amargo monólogo sobre Carol que había estado ocupando su mente y volteó hacia la voz. Al hacerlo, también el dolor que había estado sintiendo se desvaneció, solamente para ser reemplazado rápidamente con un diferente dolor—un dolor una vez similar pero completamente diferente. Él estaba sintiendo el dolor de Carol, y él podía percibir a Carol acostada en la cama junto a él, aun cuando estaba con el abuelo en el camino a Carmel. Su dolor era tan grande como lo de él. Él reconoció las esperanzas hechas trizas, la soledad, el sentimiento de abandono y traición. Él sintió su preocupación por los niños, su pena por la perdida del amor de su esposo, su temor a un futuro incierto. Rick se sintió vencido y cayó a la tierra.

El abuelo se arrodilló junto a él y empezó a rozar la mejilla de Rick con su mano.

Al estar acostado, Rick perdió la imagen de su esposa dormida y empezó a sentir la carga de alguien que tiene que vivir con una persona con tan grande dolor. El amor y esperanza que sintió por un momento estaban desapareciendo bajo el peso de lástima propia.

“Mi hijo”, dijo gentilmente el abuelo, “cuando el Salvador venga a ti con los pecados de otros en él, él te ofrece una vista de otros que sólo él conoce. Él te ruega que veas lo que él ve— como alguien que conoce cada dolor, inseguridad, aspiración y padecimiento, porque los ha tomado para sí mismo. Él te mostrará a otros como él los ve y los ama, y te ayudará a verlos y amarlos de la misma manera también, porque él te ruega que no sólo deja tu espada pero también tu corazón. Si haces esto el milagro de la expiación fluirá libremente, y tú, como David, no irás a la guerra, pero tomarás el pan, vino, ovejas y los higos”.

“Vi algo por un momento, abuelo”, Rick susurró. “Por un momento yo entendí lo que has estado diciendo. Pero la claridad ya se está desvaneciendo. No estoy seguro de poder hacer lo que estás sugiriendo. No estoy seguro de que puedo dejarlo”. Rick estaba cerca de la desesperación y tratando de no llorar.

Se sentaron juntos por un momento en silencio. El abuelo Carson se volteó a mirar las colinas que estaban ante ellos. “No necesitas dejarlo, Ricky. Se irá, sólo si recuerdas a Abigail y vienes al Señor. Él ya lo ha dejado por ti. Esto es parte de la expiación. Nada más necesitas permitirle que lo quite de ti”.

Con esto, empezó a levantarse. “Te dejo con tres cosas que debes recordar, mi hijo. Primero, pensando en Abigail, recuerda que el Señor tomó los pecados de otros en su propia cabeza. Segundo, recuerda que El expió por esos pecados y que si fallamos de perdonar es por consiguiente en esencia una retención del Señor. Finalmente, recuerda que si concedemos esta clemencia por entero, él expía por entero el dolor y cargas que llegan por las manos de otros. El nos bendice con su amor, su aprecio, su compañerismo, su propia fortaleza para perseverar. Y si tenemos esto, ¿qué nos hace falta?”

Diciendo esto, él empezó su camino otra vez rumbo a Carmel.

“¡Espera, abuelo, espera!” Rick gritaba al levantarse del piso.

Pero el abuelo se movía con una velocidad increíble.

“Tengo que irme ahora, mi muchacho”, él dijo. “Quizá pueda visitarte otra vez. Me gustaría eso”.

“A mí también”, Rick dijo detrás de él, las lágrimas corriendo por sus mejillas polvorientas.