Éxodo

Éxodo 11


Éxodo 11:2 — “Habla ahora al pueblo, y que cada uno pida a su vecino… alhajas de plata y alhajas de oro”

Enseña una doctrina profunda sobre la justicia restauradora de Dios y la dignidad del pueblo redimido. El Señor no solo anuncia la liberación inminente, sino que ordena una restitución que reconoce años de trabajo forzado y humillación, mostrando que Su redención no deja a Su pueblo vacío ni avergonzado. Doctrinalmente, “pedir” no es robar ni aprovecharse, sino recibir lo que Dios dispone como compensación justa, evidenciando que Él gobierna incluso los corazones de quienes antes oprimían. En Egipto, este mandato revela que la salida del cautiverio será con honra y provisión, preparando al pueblo para servir a Dios con recursos consagrados. Así, Éxodo 11:2 afirma que cuando Dios libera, también restaura: transforma la memoria de la esclavitud en testimonio de Su fidelidad y convierte la pérdida prolongada en provisión para un futuro de adoración y obediencia.

A los israelitas se les mandó “pedir prestado” joyas valiosas a los egipcios para que, al salir, no se fueran con las manos vacías. A primera vista, esto puede parecer deshonesto. Sin embargo, desde la antigüedad muchos comentaristas lo han entendido como compensación legítima por siglos de trabajo forzado, o como una aplicación del principio de Deuteronomio 15:13–14, donde se ordena no despedir a un siervo libre “con las manos vacías”.

El Señor ya había anticipado este desenlace:

“Cuando saliereis, no saldréis con las manos vacías… despojaréis a los egipcios.”

Este acto puede entenderse de varias maneras complementarias:

  1. Pago atrasado por años de esclavitud.
  2. Despojos de guerra, tras una victoria obtenida por la mano del Señor.
  3. Un patrón divino, mediante el cual Dios bendice materialmente a Su pueblo del convenio.

Trágicamente, una gran parte de este oro terminará siendo fundido para fabricar el becerro de oro (Éxodo 32:2–4), mostrando que las bendiciones mal administradas pueden convertirse en instrumentos de idolatría.


Éxodo 11:4–8 — “Y Moisés dijo: Así ha dicho Jehová”

Enseña una doctrina decisiva sobre la autoridad final de la palabra de Dios y el carácter irrevocable de Su justicia. Al introducir el anuncio con la fórmula profética, Moisés deja claro que lo que sigue no es amenaza humana ni negociación política, sino decreto divino que culmina el conflicto entre la soberbia del hombre y la soberanía de Dios. Doctrinalmente, este pasaje revela que cuando la misericordia ha sido ofrecida repetidas veces y rechazada, Dios habla con claridad final para ejecutar justicia y liberar a Su pueblo; la noche anunciada no es solo un momento histórico, sino un acto de juicio que distingue entre obediencia y resistencia. En Egipto, la palabra del Señor confronta todas las jerarquías y seguridades, mostrando que ningún poder queda exento cuando Dios reclama lo que le pertenece. Así, Éxodo 11:4–8 afirma que la liberación llega conforme a la palabra fiel de Jehová, y que cuando Dios habla “así ha dicho Jehová”, Su propósito se cumple con certeza para juzgar el mal y salvar a Su pueblo.

Moisés aún está delante de Faraón. Esta es la última vez que se verán. Sus palabras ya no son una súplica ni una negociación: son un decreto profético.
La ironía es total:

  • Moisés, antes fugitivo, ahora habla con autoridad divina.
  • Faraón, antes absoluto soberano, es espiritualmente esclavo.
  • Egipto, otrora la mayor potencia del mundo, está devastado.

La inversión de poder es completa. Hasta los perros egipcios —símbolo de agresión— no osarán ladrar contra Israel.


Éxodo 11:5 — “Morirá todo primogénito en la tierra de Egipto”

Enseña una doctrina profunda sobre la gravedad del rechazo persistente a la palabra de Dios y la justicia final que acompaña a la liberación. Este anuncio no es arbitrario ni repentino; llega tras múltiples advertencias y oportunidades de arrepentimiento, mostrando que el juicio divino es paciente, pero también decisivo. Doctrinalmente, el primogénito representa lo más preciado, el futuro y la continuidad, y el alcance de este juicio revela que ninguna jerarquía humana queda al margen cuando Dios afirma Su soberanía. En Egipto, el acto confronta directamente el orgullo del poder que se negó a soltar al pueblo del convenio, subrayando que la vida y el porvenir pertenecen al Señor. Así, Éxodo 11:5 afirma que la justicia de Dios tiene como fin último la liberación y el reconocimiento de Su autoridad, enseñando que rechazar repetidamente la luz conduce a consecuencias graves, mientras que obedecer Su palabra abre el camino a la vida y a la redención.

Esta décima y final plaga es la más dolorosa. Dios la reserva como culminación simbólica de todo el relato. No es solo castigo: es tipo y sombra de la expiación del Hijo Unigénito.

La salvación de Israel, tanto en Egipto como en el meridiano del tiempo, se vincula a la muerte del Primogénito. El rey Benjamín lo entendió claramente:

“La ley de Moisés no tiene valor, a menos que sea mediante la expiación de su sangre.”

Aquí convergen múltiples símbolos mesiánicos:

  • Abraham ofreciendo a Isaac
  • Jonás en el vientre del pez por tres días
  • “De Egipto llamé a mi Hijo” (Oseas 11:1; Mateo 2:15)

Desde una perspectiva judía tradicional, esta plaga es medida por medida: Egipto mató a los niños hebreos; ahora pierde a sus primogénitos. Desde una perspectiva restaurada, el énfasis recae en la redención mediante la sangre del Cordero.

Por primera vez en las plagas, los israelitas deben actuar.
Deben:

  • Sacrificar un cordero sin defecto
  • Marcar con su sangre los postes de la puerta
  • Comer el cordero conforme a la instrucción divina

Hasta este punto, Dios había hecho todo por ellos. Aquí no.
No hay liberación sin obediencia.
La sangre del cordero no protege a quien no la aplica.
Así también, la expiación de Cristo no salva a quienes no la aceptan mediante fe y obediencia.

Todos somos, por naturaleza caída, potenciales víctimas del ángel destructor, a menos que confiemos en la sangre del Cordero y edifiquemos sobre la Roca de Cristo.


Éxodo 11:8 — “Y salió Moisés de delante de Faraón encendido en ira”

Enseña una doctrina profunda sobre la ira justa que nace del celo por la justicia de Dios y la compasión por un pueblo oprimido. Esta no es una ira impulsiva ni carnal, sino la indignación santa que surge cuando la palabra de Dios ha sido clara, repetida y persistentemente rechazada. Doctrinalmente, el enojo de Moisés refleja alineación plena con la voluntad divina: ya no duda, no argumenta ni intercede en ese momento, porque el tiempo de advertencia ha concluido y el juicio anunciado es inevitable. Salir “encendido en ira” marca también una ruptura definitiva entre la autoridad de Jehová y la soberbia del poder humano en Egipto. Así, Éxodo 11:8 enseña que existe una indignación que es compatible con la rectitud, cuando surge del amor a Dios y del dolor ante la injusticia prolongada, y que llega un punto en el plan divino en que el siervo de Dios, con plena conciencia moral, se retira dejando la palabra del Señor hablar por sí misma mediante Sus actos redentores y justos.

La ira de Moisés es notable. No es un arrebato carnal; es indignación justa. Los grandes hombres de Dios no son indiferentes al pecado.
Se airan:

  • cuando Satanás prevalece,
  • cuando la injusticia domina,
  • cuando la ley de Dios es despreciada.

Esta “gran ira” revela la grandeza espiritual de Moisés. Más tarde, al ver el becerro de oro, su ira volverá a encenderse (Éxodo 32:19).
¿Y quién no se indignaría al ver al pueblo redimido adorando un ídolo?

Llegar a ser como Dios implica aprender a no tolerar el pecado:

“No puedo mirar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia” (D. y C. 1:31).


Éxodo 11:10 — “Jehová endureció el corazón de Faraón”

Enseña una doctrina solemne sobre la responsabilidad humana frente a la luz recibida y la soberanía de Dios en la historia. Este endurecimiento no describe a un Dios que obliga al mal, sino a un Dios que, tras repetidas advertencias rechazadas, permite que una voluntad obstinada siga el curso que ha elegido, retirando mayores oportunidades de persuasión. Doctrinalmente, el texto revela que cuando el corazón resiste de manera persistente, la consecuencia es una insensibilidad creciente a la verdad, y esa condición termina sirviendo —sin aprobarla— al propósito redentor de Dios. En Egipto, la dureza final del faraón deja claro que el problema ya no es falta de señales, sino rechazo deliberado de la autoridad divina. Así, Éxodo 11:10 afirma que Dios sigue siendo justo y soberano aun frente a la rebelión humana, y que la liberación de Su pueblo no depende de la disposición del opresor, sino del cumplimiento fiel de la palabra del Señor.

El endurecimiento del corazón de Faraón fue providencial. No fue arbitrario ni caprichoso, sino parte de un diseño mayor. Faraón actuó conforme a su carácter, y Dios usó esa obstinación para manifestar Su poder ante Egipto, Israel y todas las generaciones futuras.

El mensaje no era preservar el nombre de Faraón, sino exaltar el nombre del Dios de Israel.

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