Éxodo

Éxodo 2


Éxodo 2:1 — Fue un varón de la casa de Leví…

Introduce una verdad doctrinal clave al señalar que la liberación de Israel comienza dentro de una familia del convenio. Al mencionar la casa de Leví, el texto conecta el nacimiento que sigue con la herencia espiritual, el sacerdocio y el servicio sagrado, aun antes de que esos roles se definan plenamente en la historia de Israel. Doctrinalmente, este versículo enseña que Dios prepara a Sus instrumentos de liberación dentro de contextos aparentemente comunes, pero espiritualmente significativos: un hogar fiel, una línea de convenio y una disposición a confiar en Él en medio de la amenaza. En un tiempo de muerte decretada, Dios inicia Su obra salvadora a través de la vida, mostrando que Su poder redentor suele comenzar de manera silenciosa y doméstica antes de manifestarse públicamente. Así, Éxodo 2:1 declara que el Señor obra conforme a convenios y generaciones, y que aun bajo opresión extrema, Él preserva y levanta a Sus siervos desde el seno mismo del pueblo que ha prometido redimir.

Josefo: “Un hombre llamado Amram, uno de los hebreos de linaje más noble, estaba lleno de temor… pues su esposa estaba encinta… y no sabía qué hacer. Entonces se entregó a la oración a Dios y le suplicó que tuviera compasión… En consecuencia, Dios tuvo misericordia de él y fue movido por su súplica. Se le apareció mientras dormía y lo exhortó a no desesperar de los favores futuros. Le dijo además que no había olvidado su piedad hacia Él y que siempre los recompensaría por ella, así como antes había concedido Su favor a sus antepasados…
Sabe, por tanto, que proveeré para todos vosotros lo que sea para vuestro bien común, y en particular para ti lo que te hará famoso; porque… este hijo tuyo… será ocultado de aquellos que vigilan para destruirlo; y cuando sea criado de una manera sorprendente, librará a la nación hebrea de la aflicción que padece a manos de los egipcios. Su memoria será famosa mientras dure el mundo, no solo entre los hebreos, sino también entre los extranjeros; todo lo cual será el resultado de Mi favor hacia ti y hacia tu posteridad. Él también tendrá un hermano que obtendrá Mi sacerdocio, y su descendencia lo poseerá después de él hasta el fin del mundo”.
(Antigüedades de los judíos, Libro I, 10:3)


Éxodo 2:2 — Y la mujer concibió y dio a luz un hijo…

Afirma, con sencillez poderosa, la doctrina de que la vida es un don divino que avanza aun cuando existen decretos de muerte. En un contexto donde el nacimiento de varones hebreos había sido condenado, este versículo testifica que la creación y la promesa de Dios no pueden ser anuladas por la violencia humana. Doctrinalmente, el texto enseña que Dios obra a través de actos ordinarios de fe y maternidad para preservar Su plan: la concepción y el nacimiento, lejos de ser eventos meramente biológicos, se convierten en actos de resistencia sagrada frente a la opresión. Al dar a luz un hijo, esta mujer participa —consciente o no— en la continuidad del convenio y en el inicio de la liberación de Israel. Así, Éxodo 2:2 revela que cuando el mundo intenta apagar el futuro, Dios lo introduce silenciosamente en un hogar fiel, mostrando que Su obra redentora suele comenzar con vida nueva nacida en medio del peligro.

Josefo: “Cuando la visión le informó de estas cosas, Amram despertó y se lo contó a Jocabed, su esposa. Entonces el temor aumentó en ellos a causa de la predicción del sueño de Amram, pues se preocupaban no solo por el niño, sino también por la gran dicha que le aguardaba. Sin embargo, el parto de la madre… no fue conocido por quienes la vigilaban, debido a la facilidad de sus dolores y a que las contracciones no sobrevinieron con violencia.
Así alimentaron al niño en casa en secreto durante tres meses; pero pasado ese tiempo, Amram, temiendo que fuera descubierto y que, al caer bajo el desagrado del rey, tanto él como su hijo perecieran, y que así se frustrara la promesa de Dios, decidió confiar la seguridad y el cuidado del niño a Dios, antes que depender de su propio esfuerzo por ocultarlo”.
(Antigüedades de los judíos, Libro I, 10:4)


Éxodo 2:3: — Pero no pudiéndolo ocultar más, tomó una arquilla de juncos…

Encierra una doctrina profunda sobre la fe que actúa cuando los recursos humanos llegan a su límite. Este versículo enseña que llega un momento en que la protección ya no puede depender solo del esfuerzo personal, y la fe exige entregar aquello que más se ama en las manos de Dios. La arquilla, frágil y humilde, representa una confianza sagrada: no es un acto de abandono, sino de consagración, donde una madre hace todo lo que está a su alcance y luego confía el resto al cuidado divino. Doctrinalmente, el texto revela que Dios suele obrar mediante medios simples cuando hay fe genuina, y que lo que parece una rendición desesperada se convierte, en realidad, en el paso decisivo hacia la liberación. Así, Éxodo 2:3 testifica que cuando ya no es posible ocultar el peligro, el Señor abre un camino en medio de él, transformando un acto de amor y fe en el inicio visible de Su obra redentora.

Josefo, el gran historiador judío, nos proporciona los nombres de los padres de Moisés: Amram y Jocabed, por lo cual estamos muy agradecidos. Sin embargo, el texto bíblico indica que fue Jocabed quien ya no pudo ocultarlo y, por tanto, lo puso en el Nilo, mientras que Josefo atribuye esta decisión a Amram. Queremos detenernos un momento para subrayar que la fe de Jocabed fue igual, si no superior, a la de su esposo.
¿Cuánta fe se necesita para tomar a tu hijo y colocarlo en una pequeña arca en el gran río Nilo? ¿Podrías hacerlo tú? ¿Podrías “confiar la seguridad y el cuidado del niño a Dios”?

En realidad, Jocabed simplemente estaba obedeciendo el mandamiento del faraón: estaba arrojando a su hijo varón al Nilo. El edicto del faraón no decía explícitamente que no se podía hacer una arca para él. Ella estaba haciendo exactamente lo que se le había ordenado, de modo que, si los agentes egipcios preguntaban, podía decir con verdad que lo había arrojado al río.


Éxodo 2:5–8 — Y la hija de Faraón descendió al río para lavarse… y vio al niño…

Revela una doctrina consoladora sobre la soberanía de Dios al obrar incluso a través de quienes no forman parte explícita del pueblo del convenio. En un giro lleno de ironía divina, el decreto de muerte del faraón es contrarrestado dentro de su propia casa, cuando su hija es movida a compasión y decide preservar la vida que su padre había condenado. Doctrinalmente, este pasaje enseña que Dios puede tocar el corazón de cualquier persona para cumplir Sus propósitos, y que Su plan no queda limitado por fronteras culturales, políticas o religiosas. La intervención de la hermana del niño muestra además que la fe vigilante coopera con la providencia divina: Dios abre puertas, pero Sus siervos atentos reconocen el momento y actúan con sabiduría. Así, Éxodo 2:5–8 testifica que el Señor gobierna aun sobre las decisiones humanas aparentemente casuales, transformando actos ordinarios de compasión en instrumentos decisivos para la preservación de la vida y el avance silencioso de Su obra redentora.

Josefo: “Termutis era la hija del rey. Estaba recreándose a orillas del río, y al ver una cuna llevada por la corriente, envió a algunos que sabían nadar y les ordenó que se la trajeran. Cuando los enviados regresaron con la cuna y ella vio al pequeño niño, se encariñó profundamente con él a causa de su tamaño y hermosura, pues Dios había puesto un cuidado especial en la formación de Moisés…
Termutis ordenó que le trajeran a una mujer que pudiera amamantar al niño; pero el niño no aceptó su pecho, sino que se apartó de él, y lo mismo hizo con muchas otras mujeres. Entonces Miriam estaba presente, no como si hubiera ido allí con ese propósito, sino como observando lo que sucedía con el niño; y dijo:
‘Es inútil, oh reina, que llames a estas mujeres para alimentar al niño, pues no son de su parentela; pero si ordenas que se traiga a una mujer hebrea, quizá acepte el pecho de una de su propia nación’.
Como su consejo pareció acertado, Termutis le ordenó que fuera a buscar a una de las mujeres hebreas que amamantaban. Con la autoridad que se le dio, regresó y trajo a la madre, que no era conocida por nadie allí. El niño aceptó con agrado el pecho y se aferró a él; y así fue que, por deseo de la reina, el cuidado y la crianza del niño fueron confiados por completo a su madre”. (Antigüedades de los judíos, Libro I, 10:5)


Éxodo 2:10 — Y ella le puso por nombre Moisés…

Encierra una doctrina profunda sobre identidad, memoria y propósito divino. Al darle un nombre que recuerda que fue “sacado de las aguas”, el texto enseña que Dios inscribe Su propósito en la historia personal de Sus siervos aun antes de que ellos lo comprendan plenamente. Doctrinalmente, el nombre Moisés se convierte en un testimonio viviente de liberación: aquel que fue rescatado del agua será el instrumento para sacar a un pueblo entero a través de las aguas hacia la libertad. Criado en la casa del faraón pero marcado por un origen milagroso, Moisés vive entre dos mundos, mostrando que Dios puede preparar a Sus siervos mediante circunstancias complejas y aparentemente contradictorias. Así, Éxodo 2:10 revela que la identidad otorgada por Dios no se pierde por el entorno, y que aquello de donde el Señor nos rescata se transforma, con el tiempo, en parte esencial de la misión para la cual nos prepara.

Josefo: “Fue entonces cuando Termutis le impuso el nombre de Moisés (Mouses), por lo que le había sucedido al ser puesto en el río; pues los egipcios llaman al agua Mo, y a los que son salvados de ella Uses. Así, al unir estas dos palabras, le dieron ese nombre”.
(Antigüedades de los judíos, Libro I, 9:6)


Éxodo 2:11 — Cuando Moisés ya era hombre…

Marca un giro doctrinal decisivo al mostrar el despertar de la identidad y la responsabilidad moral del libertador. Este versículo enseña que la preparación divina no es solo externa —educación, posición o privilegio— sino también interna, cuando el siervo de Dios comienza a discernir quién es y a quién pertenece. Aunque Moisés había sido criado en la casa del faraón, el texto revela que su corazón se inclina hacia sus hermanos hebreos, mostrando que la identidad del convenio, sembrada en la infancia y preservada por Dios, no fue borrada por el entorno. Doctrinalmente, Éxodo 2:11 enseña que llega un momento en la vida espiritual en que el conocimiento debe traducirse en acción, y que el llamado de Dios suele manifestarse primero como una inquietud por la injusticia y el sufrimiento ajeno. Así, este versículo prepara al lector para comprender que el libertador no nace solo por milagro, sino que se forma cuando la compasión y el sentido de pertenencia al pueblo de Dios comienzan a gobernar las decisiones del corazón.

¡Un momento! ¿Acaso Moisés ya había crecido? ¿Qué hay de su juventud: un hebreo criado como egipcio? ¿Cómo fue su educación, su entrenamiento, su relación con el faraón? Una vez más, podemos acudir al historiador Josefo para obtener más información. Josefo vivió después de la época de Cristo y fue testigo de la destrucción romana de Jerusalén en el año 70 d. C. Debió haber tenido acceso a más registros, pues relata bastante información sobre la juventud de Moisés.

En resumen, Moisés fue un niño brillante y hermoso. Su madre egipcia lo presentó ante su padre, el faraón, como un posible heredero al trono. Fue criado por Termutis, una egipcia, pero aun así se identificó con los hebreos. Llegó a ser general del ejército egipcio en una guerra contra los etíopes, quienes habían incursionado en territorio egipcio. Los oráculos y sabios egipcios recomendaron que Moisés dirigiera el ejército, y el faraón estuvo de acuerdo. Moisés logró organizar un ataque sorpresa contra los etíopes, quienes esperaban que avanzara por agua. En cambio, condujo a su ejército a través de tierras infestadas de serpientes, llevando aves que se alimentaban de serpientes, llamadas ibis, lo que permitió que el ejército pasara con seguridad. Como general, derrotó a los etíopes y los obligó a regresar a su tierra. Su éxito despertó las sospechas de los oráculos y del faraón.

Josefo: “Ahora bien, el entendimiento de Moisés llegó a ser superior a su edad, e incluso mucho más allá de ese nivel; y cuando era instruido, mostraba una rapidez de comprensión mayor de la habitual para su edad, y sus acciones en ese tiempo prometían cosas aún mayores cuando llegara a la madurez. Dios también le concedió una estatura extraordinaria cuando apenas tenía tres años, algo verdaderamente admirable. En cuanto a su hermosura, no había nadie tan rudo que, al ver a Moisés, no quedara grandemente sorprendido por la belleza de su rostro. Sucedía con frecuencia que quienes lo encontraban mientras era llevado por el camino se veían obligados a detenerse al verlo; dejaban lo que estaban haciendo y permanecían un buen rato contemplándolo, pues la belleza del niño era tan notable y natural que retenía a los espectadores y los hacía detenerse más tiempo para mirarlo.” (Antigüedades de los judíos, Libro I, 9:7)


Éxodo 2:11–12 — Vio a un egipcio que golpeaba a un hebreo… mató al egipcio y lo escondió en la arena.

Presenta una doctrina sobria sobre los límites del celo justo cuando aún no ha sido plenamente refinado por Dios. Este pasaje enseña que la compasión por la injusticia y la identificación con el pueblo oprimido, aunque nacen de un impulso correcto, no justifican actuar fuera del tiempo ni del modo que Dios ha establecido. Moisés reconoce el mal y desea intervenir, pero lo hace confiando en su propia fuerza y juicio, no en el poder y la dirección del Señor. Doctrinalmente, el texto revela que el llamado divino no se cumple mediante la violencia humana, y que el intento de “liberar” por medios carnales solo conduce al ocultamiento, al temor y al retraso del propósito de Dios. Así, Éxodo 2:11–12 muestra que el Señor permite que Sus siervos aprendan, a veces mediante errores dolorosos, que la verdadera redención no se logra por la fuerza del brazo, sino por la obediencia, la paciencia y el poder divino manifestado en Su debido tiempo.

La madre de Moisés lo amamantó para Termutis, pero ¿por cuánto tiempo? Criado por egipcios, educado por egipcios, pero amamantado por su propia madre, Moisés pudo haberse identificado tanto con los egipcios como con los hebreos. De hecho, es más probable que hubiera sentido fuertes lazos con sus benefactores egipcios; sin embargo, toda la comida, la educación y la cultura egipcias no pudieron borrar la memoria divina de Moisés acerca de su herencia israelita. Debe haber una historia no escrita sobre la influencia de su madre justa.

La primera lección del conflicto entre el egipcio y el hebreo es que Moisés tomó partido por los hebreos. El plan de Dios requería una lealtad indignada hacia la causa hebrea.

“También nos preguntamos si, durante esos primeros cuarenta años en Egipto, Moisés sabía cuál era su misión y qué significado tenía su nombre. No sabemos cuánto le dijo su madre; si estuvo con ella durante suficientes años, probablemente le informó que era israelita, pero no sabemos si ella conocía cuál sería su misión. Finalmente, no podemos dejar de preguntarnos si fue difícil para Moisés abandonar el esplendor y el prestigio del palacio para vivir en el desierto con las ovejas.” (Robert J. Matthews, ¡Una Biblia! ¡Una Biblia!, 1990, págs. 57–58)

Hebreos elogia el carácter de Moisés al decir:

“Por la fe Moisés, cuando ya era grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón” (Hebreos 11:23).

“Habiendo descubierto a su pueblo en medio de su sufrimiento, Moisés no puede permanecer indiferente.” (The Interpreter’s Bible, 1:863)

La segunda lección de este interesante episodio es que Moisés mata a un egipcio—un acto de homicidio involuntario. Años más tarde, la ley de Moisés estableció un castigo notablemente benigno para quienes cometían homicidio involuntario: no había prisión ni multa económica. En su lugar, existían tres ciudades de refugio para quienes cometían tal acto. Al separar al homicida del resto de la sociedad, se reducía la probabilidad de que un familiar o amigo del muerto buscara venganza (Éxodo 21:12–14; Deuteronomio 19:1–10). Para Moisés, esto significaría separarse de toda la nación de Egipto.

“Todo relato detectivesco demuestra la inutilidad de mirar de un lado a otro: alguien siempre ve algo, siempre queda alguna pista. La violencia a veces parece inevitable, pero por lo general es un error.” (The Interpreter’s Bible, 1:863)


Éxodo 2:14 — ¿Quién te ha puesto por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio?

Revela una doctrina crucial sobre la autoridad divina y el tiempo de Dios. Este reproche expone que el liderazgo legítimo no se impone por iniciativa personal ni por actos impulsivos, aun cuando surjan de una intención aparentemente justa. Doctrinalmente, el versículo enseña que el llamado verdadero requiere no solo compasión por la injusticia, sino también investidura divina y reconocimiento otorgado por Dios en Su debido tiempo. La reacción del hebreo confronta a Moisés con una verdad humillante: todavía no está preparado para ser libertador, y su acción precipitada ha generado temor en lugar de confianza. Así, Éxodo 2:14 muestra que Dios permite que Sus siervos enfrenten el rechazo y la soledad para purificar sus motivos, enseñarles dependencia absoluta del Señor y prepararlos para un liderazgo que no se sostenga en la fuerza ni en la autoafirmación, sino en la autoridad que proviene únicamente de Dios.

Este es el primer hebreo que se queja del liderazgo de Moisés. Las quejas, murmuraciones y lamentos serían el ruido constante en sus oídos durante el resto de su vida. La burla siempre sería la misma: “¿Quién te puso a cargo? ¿Vas a matarnos trayéndonos a este desierto?”


Éxodo 2:16 — Jetro, sacerdote de Madián

Introduce una doctrina significativa sobre cómo Dios continúa formando a Sus siervos fuera de los escenarios de poder visibles. Tras huir de Egipto, Moisés llega a Madián, no como príncipe ni libertador, sino como extranjero y fugitivo, y es allí donde entra en contacto con Jetro, un sacerdote que representa una tradición de conocimiento y reverencia hacia Dios fuera de Israel. Doctrinalmente, este versículo enseña que el Señor no limita la instrucción espiritual a un solo pueblo o contexto, y que puede usar mentores inesperados para preparar a Sus escogidos. Bajo la influencia de Jetro, Moisés aprenderá la vida pastoral, la paciencia, el servicio y el liderazgo cotidiano, cualidades esenciales para guiar a Israel en el desierto. Así, Éxodo 2:16 revela que el exilio no es una interrupción del plan de Dios, sino una etapa formativa, y que a través de relaciones aparentemente ordinarias, el Señor moldea el carácter de Sus siervos antes de confiarles una obra mayor.

Joseph Fielding Smith: “Los madianitas eran descendientes de Abraham por medio de los hijos de Cetura, esposa de Abraham; por lo tanto, los madianitas, vecinos de los israelitas en Palestina, estaban emparentados con ellos y eran hebreos. Como descendientes de Abraham, tenían derecho, por su fidelidad, a sus bendiciones (véase Abraham 2:9–11), y en los días de Moisés, y aun antes, el sacerdocio se encontraba en Madián.”
(Historia de la Iglesia y Revelación Moderna, 2:103)

Erastus Snow: “Madián fue hijo de Abraham, por su segunda esposa Cetura. Él y su posteridad poblaron la tierra que llevó su nombre. Jetro, siendo el quinto descendiente directo de Madián, vivió en los días de Moisés y fue sacerdote del Dios Altísimo cuando Moisés era joven, cuarenta años antes de que Dios lo llamara a sacar a Israel de Egipto… Moisés se casó con la hija de Jetro y vivió con él unos cuarenta años; luego Dios lo envió a liberar a Israel… todo esto ocurrió mucho antes de que Aarón y sus hijos fueran consagrados al oficio sacerdotal.” (Times and Seasons, 2 de agosto de 1841, págs. 489–490)

John A. Widtsoe: “Moisés recibió el sacerdocio de Jetro en Madián; y la descendencia del sacerdocio desde Abraham hasta Jetro se da mediante nombres que no aparecen en la Biblia de ese período.” (D. y C. 84:6–13; Evidences and Reconciliations, pág. 231)


Éxodo 2:19 — Un egipcio nos libró de mano de los pastores.

Encierra una doctrina profunda sobre la identidad en formación y la manera en que Dios obra aun cuando Sus siervos no son plenamente reconocidos por lo que llegarán a ser. Moisés es llamado “egipcio” no por su lealtad, sino por su apariencia y pasado, mostrando que el Señor puede usar a quienes están en transición, aún incomprendidos, para traer liberación y justicia. Doctrinalmente, el versículo enseña que Dios no espera una identidad pública perfecta para actuar; Él se vale de la compasión presente y del valor moral para bendecir a otros. Este acto de rescate anticipa la misión futura de Moisés: librar a los oprimidos, aunque todavía no sea identificado como profeta ni libertador. Así, Éxodo 2:19 revela que la obra de Dios avanza incluso cuando Sus instrumentos son mal interpretados, y que el servicio fiel en lo pequeño prepara silenciosamente el camino para una liberación mayor.

Dos puntos destacan aquí: primero, Moisés parecía egipcio, pero era hebreo—hebreo por dentro, egipcio por fuera. Segundo, vemos a Moisés como juez del bien y del mal en su mundo. Desea corregir el abuso contra un hebreo; quiere ser pacificador entre dos hebreos que riñen; y no tolera el maltrato de las hijas de Jetro. Su inclinación natural es juzgar con rectitud y arreglar lo que está mal; ambas cualidades lo acompañarían durante todo su ministerio.


Éxodo 2:21 — Moisés aceptó morar con aquel hombre.

Revela una doctrina profunda sobre la sumisión voluntaria al proceso formativo de Dios. Este versículo marca el momento en que Moisés, antiguo príncipe de Egipto y aspirante fallido a libertador, elige la quietud sobre la ambición y la obediencia sobre la huida constante. Doctrinalmente, aceptar morar con Jetro simboliza aceptar una vida de aprendizaje, trabajo humilde y crecimiento espiritual lejos del poder y el reconocimiento. Dios enseña aquí que Sus siervos no son preparados apresuradamente; antes de liderar multitudes, deben aprender a vivir en comunidad, a recibir consejo y a servir sin protagonismo. Este acto de “morar” no es pasivo, sino transformador: es en la estabilidad del desierto y en la vida cotidiana donde el carácter de Moisés será refinado. Así, Éxodo 2:21 enseña que aceptar el lugar que Dios nos asigna en el presente —aunque parezca pequeño o lejano al llamado final— es un acto de fe esencial para llegar a ser instrumentos útiles en Sus manos.

“Moisés se casó con la hija de Jetro, Séfora, tuvo dos hijos—Gersón y Eliezer—y se estableció en la región durante los siguientes cuarenta años de su vida (Éxodo 2:16–22; 18:3; Hechos 7:29–30). Suponemos que fue en Madián donde Moisés comenzó a ser instruido en el verdadero evangelio y a conocer las enseñanzas del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, pues también sabemos por revelación moderna que Moisés recibió el sacerdocio mayor de Jetro (D. y C. 84:6).” (Kent P. Jackson y Robert L. Millet, eds., Studies in Scripture, vol. 3, 1985, pág. 97)

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