Éxodo 23
Éxodo 23:1–19 — Mandamientos 18 al 25
Enseñan doctrinalmente que la fidelidad al convenio se vive en la verdad, la justicia imparcial, la misericordia activa y la adoración exclusiva a Dios. Estos mandamientos llaman al pueblo a rechazar la mentira, el falso testimonio y la presión de la mayoría cuando esta se aparta de lo justo, afirmando que la verdad no se decide por consenso, sino por rectitud. Doctrinalmente, la ley protege tanto al pobre como al adversario, enseñando que la justicia de Dios no favorece ni al poderoso ni al necesitado por su condición, sino que juzga con equidad y compasión. El cuidado del enemigo y de su propiedad revela que el amor al prójimo no se suspende por el conflicto, y que la misericordia es una forma superior de obediencia. El reposo sabático vuelve a aparecer como señal de confianza y humanidad, extendido incluso a siervos y extranjeros, mostrando que el Dios del convenio se interesa por el descanso y la dignidad de todos. Finalmente, las instrucciones sobre la adoración y las fiestas establecidas reafirman que la vida justa fluye de una relación correcta con Dios, quien no comparte Su gloria con ídolos. En conjunto, estos mandamientos forman un retrato de un pueblo íntegro: veraz en palabra, justo en acción, compasivo en trato y fiel en adoración, reflejando en la vida diaria el carácter santo y misericordioso del Dios que los llamó.
- No conspirarás con el impío para dar falso testimonio.
- No seguirás a la multitud para hacer el mal.
- No pervertirás la justicia ni favorecerás al pobre en su causa.
- Devolverás el animal extraviado de tu prójimo, aun si pertenece a tu enemigo.
- Evitarás acusaciones falsas contra el inocente y el justo.
- No aceptarás soborno.
- Dejarás descansar tu tierra el séptimo año.
- Tres veces al año te presentarás delante del Señor.
Éxodo 23:1 — “No levantarás falso rumor”
Enseña doctrinalmente que la vida del convenio se sostiene sobre la verdad responsable y el uso recto de la palabra. Este mandamiento no solo prohíbe mentir abiertamente, sino también iniciar, propagar o dar fuerza a rumores que distorsionan la realidad y dañan la reputación del prójimo. Doctrinalmente, el falso rumor es una forma de violencia invisible: hiere sin contacto físico, siembra desconfianza y corrompe la justicia antes de que pueda ejercerse. Al vincular este precepto con el testimonio judicial, el Señor revela que la verdad es un bien comunitario que debe ser protegido activamente. Así, este pasaje enseña que el pueblo del convenio está llamado a ejercer autocontrol, discernimiento y amor al hablar, recordando que las palabras tienen poder para edificar o destruir. Vivir este mandamiento es negarse a participar en la mentira colectiva y elegir una integridad de palabra que refleje el carácter del Dios veraz, cuya ley busca preservar la paz, la justicia y la dignidad de todos.
A primera vista, esto parece lo mismo que el mandamiento de no dar falso testimonio (Éxodo 20:16). Sin embargo, aquí la advertencia es contra ponerse de acuerdo con una persona malvada para mentir sobre lo sucedido.
¿Cuál es la diferencia?
El primero es deshonestidad; el segundo es conspiración. La conspiración implica la incapacidad de hacer o decir lo correcto bajo presión.
Éxodo 23:2 — “No seguirás a la multitud para hacer el mal”
Enseña doctrinalmente que la obediencia a Dios exige convicción moral personal aun cuando la presión social empuje en dirección contraria. Este mandamiento revela que la verdad y la justicia no se determinan por el número de quienes las apoyan, sino por su conformidad con la voluntad divina. Doctrinalmente, el Señor advierte que la multitud puede normalizar el error, diluir la responsabilidad y silenciar la conciencia, por lo que seguirla sin discernimiento conduce a la corrupción del juicio y del corazón. Así, el pueblo del convenio es llamado a ejercer valentía espiritual: resistir la corriente cuando esta se aparta del bien y mantenerse fiel aun en soledad. Este precepto afirma que la fidelidad no es colectiva por inercia, sino personal por decisión, y que Dios honra a quienes eligen lo correcto no por aprobación humana, sino por lealtad a Él. Vivir este mandamiento es afirmar que la rectitud no depende del consenso, sino de una conciencia alineada con la verdad divina.
¿No es esto presión de grupo? Como tal, está relacionado con el mandamiento anterior. A algunos les resulta mucho más difícil hacer lo correcto cuando existe presión social. Esto era cierto entonces, como lo es ahora.
“Trabajar en una empresa donde soy el más joven, el único hombre soltero y el único miembro de la Iglesia ha sido difícil a veces. Las actividades y el lenguaje de mis compañeros son muy diferentes a los míos. No había día en que no se burlaran de mí o hicieran bromas sobre mi fe y mis creencias.
Un día, uno de mis compañeros llevó una película para adultos a la oficina e invitó a verla durante el descanso. Se burlaron nuevamente y dijeron que no se lo dirían a mi obispo.
No dije nada porque sabía que estaba en su terreno. En su lugar fui al baño y pedí fortaleza a mi Padre Celestial. Luego abrí mis Escrituras y volví a leer el pasaje que había leído la noche anterior en Éxodo. Recibí la ayuda que necesitaba e hice una promesa: preferiría ofender a los hombres antes que ofender a Dios. Decidí escoger a Dios antes que a la multitud que anda en tinieblas.
Como resultado, ese día fue una victoria para mí. Gané mayor respeto de mis compañeros de trabajo y pude seguir trabajando con ellos con más confianza y sin más problemas. Estoy agradecido por el poder de estas Escrituras como ancla que me sostiene en toda tormenta.” (Lito Legaspi, Church News, 11 de marzo de 1995)
Hugh Nibley: San Agustín escribió: “¡Ay de ti, marea de la costumbre humana! ¿Quién puede resistirte?” Cuando todos hacen algo, nadie parece capaz de resistirse, aunque el Señor haya dicho a los judíos: “No seguirás a la multitud para hacer el mal”. Que todos lo hagan no es excusa.
Éxodo 23:3, 6 — “Ni tampoco favorecerás al pobre en su causa”
Enseña doctrinalmente que la justicia de Dios es imparcial y no se rige por simpatías, presiones emocionales ni ventajas sociales. Este principio no minimiza la compasión hacia el necesitado —que la ley afirma repetidamente—, sino que establece que la misericordia no puede sustituir a la verdad ni la equidad en el juicio. Doctrinalmente, el Señor muestra que favorecer al pobre por su condición es tan injusto como favorecer al poderoso por su influencia, porque ambos distorsionan la rectitud y pervierten el propósito de la ley. La causa debe decidirse por lo que es justo, no por quién la presenta. Así, este pasaje afirma que la justicia del convenio protege a todos precisamente porque se mantiene fiel a la verdad, y que el amor al prójimo se expresa no en el favoritismo, sino en un juicio honesto que dignifica tanto al pobre como al rico. Vivir este mandamiento es aprender a unir compasión con integridad, mostrando que el Dios del convenio es misericordioso sin ser parcial, y justo sin dejar de ser amoroso.
¿Qué significa “favorecer al pobre”? Una traducción alternativa es dar preferencia: no favorecerás al pobre en su causa.
¿No se nos enseña a ser amables y compasivos con los pobres? Más adelante, el mismo principio se enseña de otra manera: “No pervertirás el derecho del pobre en su causa”.
La Escritura enseña que es tan incorrecto permitir que la compasión distorsione la justicia como permitir que la riqueza o el estatus la distorsionen. Está mal darle al pobre lo que desea solo porque es pobre y sentimos lástima por él. Eso no es justicia. La justicia consiste en tratarlo de la misma manera que al rico o al que está en medio. No se debe favorecer al pobre, ni tampoco privarlo de justicia. Debe ser tratado como a todos los demás.
Se recuerda al lector que estos mandamientos son instrucciones dirigidas a los jueces y ancianos de Israel en casos de disputas civiles. Sin embargo, el término caso civil es algo engañoso, ya que la Iglesia y el Estado estaban unidos, y los ancianos debían aprender a juzgar a su propio pueblo con rectitud conforme a la Ley de Moisés, sin importar la naturaleza de la acusación.
Éxodo 23:4 — “Si encontrares el buey de tu enemigo, o su asno, extraviado, sin duda se lo devolverás”
Enseña doctrinalmente que la fidelidad al convenio trasciende el sentimiento personal y se manifiesta en actos concretos de justicia y misericordia, incluso hacia quien es considerado enemigo. Este mandamiento rompe la lógica natural de la revancha y confronta la tendencia humana a justificar el daño o la indiferencia cuando el otro nos ha herido. Doctrinalmente, el Señor enseña que el bien no se suspende por el conflicto, y que hacer lo correcto hacia el enemigo es una forma de someter el corazón a la voluntad divina. Al exigir la restitución del bien ajeno aun en contextos de enemistad, Dios forma un pueblo capaz de vencer el mal con el bien y de preservar la justicia por encima del resentimiento. Así, este pasaje afirma que la vida del convenio llama a una rectitud activa que busca el bien del prójimo sin condiciones, mostrando que la obediencia auténtica transforma no solo las acciones, sino también las motivaciones del corazón.
La Ley de Moisés no es solo justicia sin misericordia. Aunque no es famosa por doctrinas como “amarás a tu enemigo”, este mandamiento es sin duda un destello de la ley superior.
En un viaje a Haití, vimos burros y cabras deambulando por los vecindarios. No estaban cercados ni marcados. Le pregunté al conductor: “¿A quién pertenecen estos animales?” ¿Qué pasaría si alguien simplemente decidiera quedarse con uno de ellos? Él respondió: “Todos saben a quién pertenece cada animal. Tomar uno sería considerado robo”.
Éxodo 23:7 — “Aléjate de asunto falso; y no mates al inocente ni al justo”
Enseña doctrinalmente que la fidelidad al convenio exige una separación activa de la injusticia y una defensa decidida de la vida y la verdad. El mandato “aléjate” indica que no basta con no mentir o no dañar directamente; el pueblo de Dios debe distanciarse de procesos, argumentos o sistemas que pervierten la verdad y conducen a decisiones injustas. Doctrinalmente, este versículo vincula la falsedad con la violencia, mostrando que la mentira —especialmente en contextos legales o de poder— puede desembocar en la destrucción del inocente. Dios declara así que la vida del justo le concierne profundamente y que Él no legitima ninguna justicia construida sobre engaño. Este pasaje afirma que la rectitud no es pasiva ni neutral: requiere discernimiento, valentía moral y la voluntad de no participar en aquello que, aunque legal o conveniente, contradice el carácter santo y justo de Dios. Vivir este mandamiento es elegir la verdad aun cuando cueste, y proteger la vida aun cuando hacerlo implique resistir presiones, recordando que el Dios del convenio es defensor del inocente y juez de toda falsedad.
A primera vista, estas ideas parecen desconectadas: aléjate de asuntos falsos y no mates al inocente. ¿Significa esto que está bien matar al culpable? Una vez más, debemos pensar en términos legales y judiciales.
Aquellos que se suman a rumores y mentiras pueden, sin darse cuenta, contribuir a que un hombre inocente y justo sea condenado a muerte. Otra traducción lo expresa así:
“Mantente alejado de una acusación falsa; no hagas que muera el inocente y el justo.” (The Torah: A Modern Commentary, ed. W. Gunther Plaut, p. 580).
En otras palabras, no seas responsable de enviar a un inocente a la silla eléctrica.
Éxodo 23:8 — “No aceptarás soborno; porque el soborno ciega a los sabios”
Enseña doctrinalmente que la corrupción no comienza por falta de conocimiento, sino por la distorsión del corazón. Este mandamiento reconoce que aun los sabios pueden ser cegados cuando permiten que el beneficio personal interfiera con la verdad y la justicia. Doctrinalmente, el soborno no solo pervierte el juicio, sino que erosiona la confianza comunitaria y traiciona la mayordomía de la autoridad que Dios ha delegado. Al advertir sobre su poder cegador, el Señor revela que la integridad debe protegerse activamente, pues la tentación suele presentarse como algo razonable o ventajoso. Así, este pasaje afirma que la justicia del convenio requiere independencia moral y lealtad a la verdad por encima de toda ganancia. Vivir este mandamiento es escoger una visión clara, donde la conciencia permanece alineada con Dios, y donde la autoridad se ejerce como servicio recto, no como oportunidad de lucro, reflejando el carácter justo del Dios que no se deja comprar ni influenciar.
Debemos tener suficiente honestidad e integridad para no dar ni recibir sobornos. Eso parece evidente, pero ¿qué hay de los políticos que reciben fondos de campaña de grandes corporaciones, personas ricas o grupos de presión?
¿Acaso esos “regalos” no ciegan a los sabios? ¿Cómo podrían no hacerlo?
Éxodo 23:12 — “Seis días trabajarás, y al séptimo día reposarás”
Enseña doctrinalmente que el reposo ordenado por Dios es un acto de fe que humaniza el trabajo y santifica el tiempo. Este mandamiento no solo regula el ritmo laboral, sino que protege la dignidad de todos —siervos, extranjeros y aun los animales— al afirmar que nadie existe únicamente para producir. Doctrinalmente, el reposo sabático declara que la provisión final no depende del esfuerzo ininterrumpido, sino de la bendición de Dios; detenerse es confiar. Al integrar trabajo diligente con descanso santo, el Señor forma un pueblo equilibrado que aprende a vivir sin idolatrar la productividad ni descuidar la responsabilidad. Así, este precepto afirma que el descanso no es pereza, sino obediencia; no es evasión, sino renovación. Vivir este mandamiento es permitir que Dios restaure fuerzas, reordene prioridades y recuerde a Sus hijos que su valor no se mide por lo que hacen, sino por a Quién pertenecen.
Esto es una reiteración del cuarto mandamiento (Éxodo 20:8–11).
George A. Smith: He sentido que era necesario llamar la atención de los santos —especialmente de los hermanos— sobre este tema, porque creo que nos afecta de muchas maneras. Debemos reunirnos en el día de reposo y participar de la Santa Cena, y no hacer trabajo alguno salvo lo necesario para preparar nuestros alimentos o dar de comer a nuestros animales.
Debemos observar el día de reposo como día de descanso (Éxodo 23:12), y si lo hacemos fielmente viviremos más tiempo; pues tengo la impresión de que, aun dejando de lado el mandamiento del Señor, la naturaleza requiere una séptima parte de nuestro tiempo para descansar. Cuando un hombre ha trabajado cincuenta y dos domingos en un año, es al menos cincuenta y dos días más viejo de lo que necesita ser y no ha hecho tanto trabajo como si hubiera trabajado solo seis días a la semana y descansado el séptimo.
Espero que en adelante nuestros hermanos hagan sus cálculos para observar el día de reposo y así actúen conforme a la ley de Dios. (Journal of Discourses, 12:197)
Éxodo 23:14–17 — “Tres veces en el año me celebrarás fiesta”
Enseña doctrinalmente que Dios ordena ritmos sagrados de memoria, gratitud y encuentro para sostener la fe del pueblo del convenio. Al establecer fiestas anuales, el Señor transforma el calendario en un medio pedagógico: el tiempo mismo se convierte en testigo de la redención pasada, de la provisión presente y de la esperanza futura. Doctrinalmente, estas celebraciones no son evasión festiva, sino actos de adoración que reúnen al pueblo ante Dios para recordar quién los liberó, quién los sustenta y a quién pertenecen. El mandato de presentarse “delante de Jehová” subraya que la vida espiritual no se vive en aislamiento; la fe se fortalece en comunidad y en gratitud compartida. Así, el Señor enseña que el gozo también es obediencia y que celebrar correctamente ordena el corazón, renueva la lealtad al convenio y preserva la identidad del pueblo frente al olvido y la rutina. Estas fiestas declaran que Dios desea un pueblo que recuerde, agradezca y se acerque a Él con regularidad, aprendiendo que la adoración incluye tanto reverencia como gozo santo delante del Dios que salva.
No todos los mandamientos fueron observados con diligencia por los judíos después de haber sido dados. Sin embargo, este mandamiento en particular —presentarse delante del Señor tres veces al año— fue seguido estrictamente por los judíos devotos en la época de Jesús.
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Nombre en el Antiguo Testamento |
Nombre en el Nuevo Testamento |
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La Fiesta de los Panes sin Levadura |
La Pascua |
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La Fiesta de la Siega |
Pentecostés |
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La Fiesta de la Recolección |
La Fiesta de los Tabernáculos |
Tanto Jesús como Pablo fueron cuidadosos en presentarse en el templo en los tiempos señalados.
Jesús (Juan 5:1; 7:1–10)
Ahora bien, sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua.
Y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta (Lucas 2:40–41).
Después de estas cosas, Jesús andaba en Galilea, porque no quería andar en Judea, ya que los judíos procuraban matarlo.
Estaba cerca la fiesta judía de los Tabernáculos…
Entonces Jesús les dijo:
—Subid vosotros a esta fiesta; yo no subo todavía a esta fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido.
Y habiéndoles dicho esto, se quedó en Galilea.
Pero cuando sus hermanos hubieron subido, entonces él también subió a la fiesta, no abiertamente, sino como en secreto
(Juan 7:1–10).
Pablo: Pablo, después de esto… llegó a Éfeso y los dejó allí…
Y cuando ellos le rogaban que se quedase más tiempo, no accedió,
sino que se despidió de ellos, diciendo:
—Es necesario que de todos modos guarde la fiesta que viene en Jerusalén; pero volveré a vosotros, si Dios quiere
(Hechos 18:18–21).
Diccionario Bíblico: Fiestas. La ley mandaba que tres veces al año todos los varones del pueblo del convenio comparecieran delante del Señor en el lugar que Él escogiese, es decir, en la fiesta de los Panes sin Levadura, en la fiesta de las Semanas, y en la fiesta de los Tabernáculos (Éxodo 23:14–17; Deuteronomio 16:16).
Este mandamiento presupone un estado de paz estable, algo que rara vez, si es que alguna vez, se dio en la historia del pueblo en los tiempos del Antiguo Testamento. No fue, ni podía ser, observado de manera general o frecuente. Elcana, un israelita piadoso del tiempo de los últimos jueces, subía a Silo una vez al año (1 Samuel 1:3).
En los tiempos del Nuevo Testamento la situación cambió. Los judíos subían desde todas partes del país con mucha mayor regularidad para guardar sus tres grandes fiestas.
La fiesta de la Pascua. La fiesta de la Pascua fue instituida para conmemorar el pasar por alto las casas de los hijos de Israel en Egipto cuando Dios hirió a los primogénitos de los egipcios, y de manera más general, la redención de Egipto (Éxodo 12:27; Éxodo 13:15).
La fiesta de Pentecostés. Cincuenta días después de la fiesta de la Pascua (Levítico 23:16) se celebraba la fiesta de Pentecostés. Durante esos cincuenta días se recogía la cosecha del grano. Se le llama
(Éxodo 23:16) “la fiesta de la siega, de los primeros frutos de tus labores”, y (Deuteronomio 16:10) “la fiesta de las semanas”.
La fiesta duraba un solo día, el cual era día de santa convocación
(Levítico 23:21), y el rito característico era la ofrenda nueva de cereal, es decir, dos panes con levadura hechos de flor de harina de trigo nuevo. También se ofrecían sacrificios especiales de animales
(Levítico 23:18) y ofrendas voluntarias
(Deuteronomio 16:10).
En tiempos posteriores la festividad se prolongó, y enormes multitudes de judíos asistían a ella, de lo cual el relato de Hechos 2 es prueba suficiente. Tenía la misma mala reputación que la Pascua por los tumultos y matanzas. No tenemos registro de la celebración de esta fiesta en el Antiguo Testamento.
La fiesta de los Tabernáculos. (Levítico 23:34), o fiesta de la Recolección
(Éxodo 23:16), llamada por los judíos posteriores simplemente la Fiesta
(Juan 7:37), y considerada por ellos como la mayor y más gozosa de todas, se celebraba del día quince al veintiuno del séptimo mes.
A los siete días se añadía un octavo día, “el último día, el gran día de la fiesta” (Juan 7:37), día de santa convocación, que marcaba el final no solo de esta fiesta en particular, sino de todo el ciclo festivo.
Éxodo 23:18–33 — Los Estatutos de la Ley de Moisés
Revelan doctrinalmente que Dios no solo entrega mandamientos, sino que camina activamente con Su pueblo para guiarlos, protegerlos y llevarlos a la herencia prometida. En esta sección, el Señor vincula la obediencia del convenio con Su presencia continua: promete enviar a Su ángel delante de Israel, asegurando dirección divina en medio de enemigos y territorios desconocidos. Doctrinalmente, estos estatutos enseñan que la conquista y la bendición no se obtienen por fuerza humana inmediata, sino por un proceso ordenado en el que Dios actúa “poco a poco”, preservando al pueblo y preparándolo para recibir plenamente la tierra. La prohibición de alianzas con ídolos y prácticas paganas subraya que la victoria espiritual precede a la prosperidad temporal; habitar la tierra sin adoptar sus dioses era esencial para permanecer bajo la protección divina. Así, estos estatutos muestran que la Ley de Moisés no es solo normativa, sino relacional y direccional: Dios promete Su presencia, demanda fidelidad exclusiva y enseña paciencia en el cumplimiento de Sus promesas. En conjunto, el pasaje afirma que el Dios del convenio no abandona a Su pueblo tras dar la ley, sino que continúa guiándolo paso a paso, demostrando que la obediencia sostenida abre el camino para experimentar la protección, la victoria y la plenitud de las promesas divinas.
Un estatuto es un decreto o una regla, a veces dada por Dios. En ocasiones, la razón del mandato no se revela. El Señor declaró:
“Guardaréis mis ordenanzas, y pondréis por obra mis estatutos, y andaréis en ellos; yo Jehová vuestro Dios soy. Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas; el hombre que los cumpla, vivirá por ellos” (Levítico 18:5).
Los Santos de los Últimos Días también tienen muchos estatutos, por ejemplo:
- Hacer ministración (antes, orientación familiar y visitas) mensualmente
- Entrevista de diezmos
- Usar el gármento día y noche
- Llevar comida a familias necesitadas
- Los hombres usan camisa blanca y corbata
- No se aplaude después de los números musicales en la Iglesia
- Los participantes del bautismo visten ropa blanca
- La Santa Cena se toma con la mano derecha
- No tener citas antes de los 16 años
La Ley de Moisés también contiene estatutos. A veces es difícil distinguir entre un estatuto y un mandamiento; los mandamientos parecen tener mayor peso.
Ejemplos de estatutos:
- No ofrecerás la sangre de mi sacrificio con pan leudado
- Ni dejarás la grosura de mi sacrificio hasta la mañana
- Los primeros de los primeros frutos traerás a la casa del Señor
- No cocerás el cabrito en la leche de su madre
Cocer significa hervir. Debió existir la práctica de separar al cabrito de su madre, recolectar suficiente leche y luego cocinar al cabrito en la leche de su propia madre. Es una práctica extraña, sin duda.
“La carne hervida en leche agria (‘leben’) probablemente se consideraba un manjar, como lo es entre los árabes, ya que es más sabrosa y más tierna que la carne hervida en agua.” (The Jewish Study Bible, ed. Berlin & Brettler, p. 152)
Como ocurre con muchos estatutos, la razón del mandato no se explica. Tal vez la mera crueldad de privar al cabrito de alimento mientras se recolectaba la leche resultaba ofensiva para Dios. Alternativamente, la práctica pudo haber estado asociada con celebraciones idólatras de los cananeos.
Éxodo 23:20–25 — “He aquí, yo envío un Ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te introduzca en el lugar que yo he preparado.”
Enseña doctrinalmente que la obediencia al convenio está acompañada por la presencia activa y protectora de Dios en el trayecto, no solo en el destino. El envío del Ángel revela que el Señor no deja a Su pueblo a merced de sus propias fuerzas; Él va delante, guía, guarda y prepara el camino conforme a Su propósito. Doctrinalmente, esta promesa vincula protección con escucha obediente: atender la voz de Dios trae dirección, mientras que la fidelidad exclusiva —rechazar ídolos y servir solo a Jehová— abre la puerta a bendiciones concretas como sanidad, provisión y estabilidad. El “lugar preparado” subraya que el futuro del pueblo no es improvisado, sino diseñado por Dios con anticipación, y que llegar a él requiere confiar en Su guía paso a paso. Así, el pasaje afirma que la vida del convenio no es un viaje solitario ni caótico, sino una marcha acompañada por el cuidado divino, donde Dios mismo conduce, protege y bendice a quienes caminan en obediencia hacia las promesas que Él ya ha dispuesto.
¿Quién es este Ángel que habría de conducirlos a la tierra prometida? En el Antiguo Testamento, el término ángel puede emplearse de diversas maneras. En este caso, se refiere al espíritu premortal de Jehová Todopoderoso. La evidencia de ello se encuentra en la Biblia.
Josué vio a este mismo Ángel: “…he aquí que un varón estaba delante de él con su espada desenvainada en su mano; y Josué, yendo hacia él, le dijo:
¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos?
Él respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora.
Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró y le dijo:
¿Qué dice mi Señor a su siervo?
Y el Príncipe del ejército de Jehová dijo a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo.” (Josué 5:13–15)
Los ángeles que son siervos del Señor no permiten que se les adore:
“Yo Juan… me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas.
Y él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios.”
(Apocalipsis 22:8–9)
En el caso de Josué, el Príncipe del ejército del Señor le dijo que el suelo que pisaba era santo, el mismo mensaje que Moisés recibió en el Sinaí de Jehová mismo:
“No te acerques; quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás, tierra santa es.
Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob.
Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios.”
(Éxodo 3:5–6)
Más adelante, Jehová prometió a Moisés que Él mismo escoltaría a los hijos de Israel a la tierra prometida:
“…y os sacaré de la aflicción de Egipto a la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo, a una tierra que fluye leche y miel.” (Éxodo 3:17)
Éxodo 23:21 — “Él no perdonará vuestras rebeliones, porque mi nombre está en él.”
Enseña doctrinalmente que la presencia divina que guía también exige obediencia reverente. El Ángel enviado por Dios no actúa con autoridad propia ni arbitraria; porta el nombre de Jehová, es decir, Su carácter, Su voluntad y Su autoridad del convenio. Doctrinalmente, esto afirma que la guía divina no es meramente protectora o consoladora, sino también normativa: seguirla implica someter la voluntad a Dios. La advertencia de que “no perdonará vuestras rebeliones” no niega la misericordia divina, sino que subraya la gravedad de resistir una guía claramente revelada; rechazarla equivale a rechazar a Dios mismo. Así, el pasaje enseña que la cercanía de Dios intensifica la responsabilidad moral: donde hay mayor luz, hay mayor rendición de cuentas. En conjunto, este versículo afirma que la vida del convenio se vive bajo una autoridad viva y presente, y que caminar con Dios requiere humildad, escucha y obediencia constante a Aquel cuyo nombre —y, por tanto, cuyo poder y santidad— va delante de Su pueblo.
Este pasaje es más evidencia de que Elohim está enviando al Ángel Jehová para destruir a quienes ocupaban la tierra prometida. Él exige obediencia y justicia, advirtiendo que no habrá misericordia. Esta advertencia se aplica a la nación de Israel en conjunto, no a individuos específicos. Los israelitas debían aprender a ser el pueblo de Dios, y el primer punto en esa lista era aprender a obedecer Sus mandamientos.
Éxodo 23:25 — “Él bendecirá tu pan y tu agua.”
Enseña doctrinalmente que la obediencia al convenio invita la bendición de Dios sobre las necesidades más básicas y cotidianas de la vida. Pan y agua representan lo esencial para vivir; al prometer bendecirlos, el Señor declara que Su cuidado no se limita a lo espiritual o extraordinario, sino que alcanza lo diario, lo sencillo y lo constante. Doctrinalmente, esta bendición está vinculada a servir solo a Jehová, mostrando que la provisión divina fluye de una relación correcta con Dios y no de la autosuficiencia humana. Bendecir el pan y el agua no implica abundancia ostentosa, sino suficiencia sostenida, salud preservada y gratitud cultivada. Así, el pasaje afirma que Dios santifica lo ordinario cuando Su pueblo camina en fidelidad, enseñando que la vida del convenio se vive en la mesa cotidiana tanto como en el altar, y que reconocer la mano de Dios en lo esencial fortalece la fe, renueva la confianza y afirma que Él es la fuente constante de vida y sustento.
Los sacerdotes que administran la Santa Cena bendicen el pan y el agua, actuando —como en todas las ordenanzas del sacerdocio— como representantes de Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre son simbolizados en la Santa Cena.
En este pasaje, Jehová premortal promete bendecir el pan y el agua, tanto temporal como espiritualmente, a los hijos de Israel si obedecen Sus mandamientos. Para nosotros, la promesa es que Su Espíritu estará con nosotros. Para ellos, el Señor mismo estaba en medio de ellos, y además prometió “quitar toda enfermedad de en medio de ti”. ¡Qué bendición tan grande!
Éxodo 23:27 — “Enviaré mi terror delante de ti, y destruiré a todo pueblo adonde llegares.”
Enseña doctrinalmente que la victoria del pueblo del convenio no procede de su fuerza, sino de la intervención soberana de Dios que prepara el camino conforme a Su justicia. Este versículo no glorifica la violencia humana, sino que afirma que el Señor gobierna la historia y desbarata la oposición cuando esta se opone persistentemente a Sus propósitos redentores. Doctrinalmente, el “terror” enviado por Dios describe la desestabilización moral y espiritual de quienes resisten Su voluntad, mostrando que la verdadera derrota comienza antes del enfrentamiento visible, cuando Dios quita la confianza y el poder del adversario. La promesa recalca que Israel no avanza solo ni por iniciativa propia; Dios va delante, juzga con rectitud y abre paso en el tiempo y la manera que Él determina. Así, el pasaje enseña que la obediencia del convenio trae descanso del miedo, porque la seguridad del pueblo no descansa en armas ni estrategias, sino en la presencia activa de Dios que protege, dirige y cumple Sus promesas, recordando que la justicia divina actúa con propósito y que el triunfo pertenece al Señor.
Imaginemos al Salvador enseñando a Sus discípulos mientras viajaban. Ellos no comprendían plenamente la majestad de Su identidad. ¿Qué habría pasado si el Salvador les hubiese leído este pasaje?
“Enviaré mi terror delante de ti, y consternaré a todo pueblo adonde entres, y haré volver la espalda a todos tus enemigos.
Enviaré delante de ti avispas, que echen fuera al heveo, al cananeo y al heteo de delante de ti.
No los echaré de delante de ti en un solo año, para que la tierra no quede desierta…
Poco a poco los echaré de delante de ti, hasta que te multipliques y tomes posesión de la tierra.” (Éxodo 23:27–29)
En la sinagoga, cuando el Salvador leyó el pasaje de Isaías que se refería a Él como el Mesías (Lucas 4:16–22), declaró: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.”
¿Podemos imaginar al Salvador leyendo a los Doce la historia de Elías y los sacerdotes de Baal (1 Reyes 18), así como Éxodo 23, y declarando que Él era aquel Ángel que había expulsado a los habitantes de Canaán?
En mi imaginación, esta conversación ocurrió justo antes de pasar por Samaria:
“Y envió mensajeros delante de sí… y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos.
Pero no le recibieron, porque su aspecto era como de ir a Jerusalén.
Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma, como hizo Elías?
Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: No sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea.” (Lucas 9:51–56)
Conociendo solo el Antiguo Testamento, los discípulos no comprendían plenamente la misión misericordiosa del Salvador. Entendían la justicia de Dios manifestada en el Antiguo Testamento, que incluía la destrucción de los sacerdotes de Baal y la aniquilación de los pueblos de la tierra prometida, pero no entendían que en su época el Salvador había venido a dar vida, no a quitarla.
A veces, a quienes solo conocemos el Nuevo Testamento nos resulta difícil creer que un Jesús tan misericordioso y amoroso haya sido el mismo Dios que ordenó destrucción en los tiempos del Antiguo Testamento. Sin embargo, la misericordia no puede sofocar a la justicia. Ambas tienen su derecho, y ambas se expresan perfectamente en Dios.
Él tiene un brazo de justicia y un brazo de misericordia. Usa ambos según Su voluntad y sabiduría. Para conocerlo verdaderamente, debemos comprender cómo y por qué ha quitado la vida al exigir justicia.
“Sí, y también sabéis que Moisés, por su palabra, conforme al poder de Dios que estaba en él, hirió la roca, y brotó agua, para que los hijos de Israel apagaran su sed.
Y no obstante que fueron guiados, el Señor su Dios, su Redentor, yendo delante de ellos, guiándolos de día y dándoles luz de noche, y haciendo por ellos todas las cosas que eran necesarias para que el hombre las recibiese, endurecieron sus corazones y cegaron sus mentes, y hablaron mal de Moisés y del Dios verdadero y viviente.
Y aconteció que conforme a su palabra los destruyó; y conforme a su palabra los guió; y conforme a su palabra hizo todas las cosas por ellos; y no hubo cosa alguna hecha sino por su palabra.
Y después que cruzaron el río Jordán, los hizo poderosos para expulsar a los hijos de la tierra, sí, hasta dispersarlos para su destrucción.
¿Y suponéis ahora que los hijos de esta tierra, que estaban en la tierra de promisión, a quienes nuestros padres expulsaron, eran justos? He aquí, os digo que no.
¿Suponéis que nuestros padres habrían sido más escogidos que ellos, si hubiesen sido justos? Os digo que no.
He aquí, el Señor estima a toda carne por igual; el que es justo es favorecido por Dios. Pero he aquí, este pueblo había rechazado toda palabra de Dios, y estaba maduro en iniquidad; y la plenitud de la ira de Dios estaba sobre ellos; y el Señor maldijo la tierra contra ellos y la bendijo para nuestros padres; sí, la maldijo para su destrucción, y la bendijo para nuestros padres para que la poseyeran con poder.” (1 Nefi 17:29–35)
























