Éxodo 26
Introducción
Mientras se hallaba en el monte, Dios mostró a Moisés el modelo y la manera de construir el Tabernáculo, el primer templo registrado dedicado al Dios de Abraham. Éxodo 26 es una descripción escrita de una parte de lo que Moisés vio, pues el Señor le mandó: “Levantarás el tabernáculo conforme al modelo que te fue mostrado en el monte” (Éx. 26:30). Quizá habría sido más fácil para Moisés dibujar un plano; después de todo, ¡una imagen vale más que mil palabras! Sin embargo, al leer Éxodo, parece que Moisés utiliza más de mil palabras para describir lo que vio.
El punto central de estos capítulos es que Dios mostró a Moisés cómo debía hacerse el Tabernáculo. Era el diseño de Dios para la casa de Dios. Los materiales empleados eran los que estaban disponibles; la calidad del trabajo solo podía ser tan buena como la habilidad de los artesanos; pero el diseño y el propósito del templo provenían de Dios. Este mismo patrón ha continuado en la construcción de templos en los últimos días. José Smith, al igual que Moisés, recibió el modelo del Templo de Kirtland (DyC 95:14–17). Brigham Young, como Moisés, recibió el modelo del Templo de Salt Lake.
Orson Pratt: Cuando llegamos a Kirtland, el Señor nos dio más mandamientos y reveló muchas cosas por medio de Su siervo José. Entre otras, dio una por la cual los Santos de los Últimos Días en Kirtland, Ohio, debían ponerse manos a la obra y edificar una casa a Su nombre, en la cual prometió otorgar grandes y escogidas bendiciones a Su pueblo. Reveló el modelo conforme al cual debía edificarse esa casa, señalando los diversos atrios y aposentos, indicando el tamaño del edificio, el orden de los púlpitos, y en realidad todo lo concerniente a él fue claramente señalado por revelación. Dios dio una visión de estas cosas no solo a José, sino también a varios otros, y se les mandó estrictamente construir conforme al modelo revelado desde los cielos. (Journal of Discourses, 1:357–358)
Truman O. Angell: Frederick G. Williams, uno de los consejeros del presidente Smith, entró en el templo de Kirtland cuando tuvo lugar el siguiente diálogo en mi presencia:
El carpintero Rolph dijo: “Doctor, ¿qué le parece la Casa?”. Él respondió: “Me parece que concuerda exactamente con el modelo”. Luego relató lo siguiente:
“José recibió la palabra del Señor para que tomara a sus dos consejeros, [Frederick G.] Williams y [Sidney] Rigdon, y comparecieran ante el Señor, y Él les mostraría el plan o modelo de la casa que debía edificarse. Nos arrodillamos, invocamos al Señor, y el edificio [el Templo de Kirtland] apareció a una distancia visible. Yo fui el primero en descubrirlo. Entonces todos lo contemplamos juntos. Después de observar bien el exterior, el edificio pareció colocarse justo sobre nosotros, y la disposición de este salón coincidía hasta el más mínimo detalle con lo que allí vi”.
José fue entonces capacitado para dictar a los mecánicos, y sus consejeros sirvieron como testigos, lo cual era estrictamente necesario para satisfacer el espíritu de incredulidad que existía debido a la debilidad o inmadurez de algunos de los hermanos de aquellos días. A continuación, mencionaré algunos hechos ocurridos en ese tiempo:
José entró en el salón. El principal mecánico, John Carl, de profesión constructor de carruajes, quería disponer los asientos del edificio de manera distinta a la propuesta por José. José le respondió que había visto el interior de todo edificio que se hubiera edificado para el Señor sobre la tierra, y que lamentaba tener que decirlo. (Autobiografía de Truman O. Angell, p. 198; tomado de “His Journal”, Our Pioneer Heritage, 10 [1967]:195–213)
El mismo patrón se siguió para el Templo de Salt Lake. El modelo fue dado a Brigham Young por revelación, y el templo se construyó conforme a ese mandato divino.
Brigham Young (6 de abril de 1853): Rara vez digo mucho acerca de revelaciones o visiones, pero baste decir que hace cinco años, en julio pasado [1847], estuve aquí y vi en el Espíritu el templo, a no más de tres metros del lugar donde hemos colocado la piedra angular principal. No he preguntado qué tipo de templo deberíamos construir. ¿Por qué? Porque me fue presentado. Nunca he mirado este terreno sin que la visión estuviera allí. Lo veo tan claramente como si estuviera realmente delante de mí. Esperen hasta que esté terminado. Sin embargo, diré que tendrá seis torres… en lugar de una. (The Salt Lake Temple: A Monument to a People, 50–51)
Éxodo 26:1 — “Harás el tabernáculo de diez cortinas de lino fino torcido”
Enseña doctrinalmente que la morada de Dios entre Su pueblo se construye conforme a un orden divino marcado por santidad, belleza y propósito. El lino fino torcido simboliza pureza y consagración, indicando que la presencia de Dios no habita en lo común ni en lo improvisado, sino en aquello que ha sido preparado con cuidado y obediencia. Doctrinalmente, las diez cortinas forman una sola estructura interior, enseñando que la santidad no es fragmentada: la unidad del tabernáculo refleja la unidad que Dios busca en Su pueblo. Los colores y querubines tejidos proclaman que el santuario es un espacio donde el cielo y la tierra se encuentran, recordando constantemente la realidad divina aun cuando esté velada. Así, este versículo afirma que Dios mora entre Sus hijos cuando estos están dispuestos a edificar conforme a Su palabra, enseñando que la obediencia detallada —aun en lo que parece artesanal o pequeño— es parte esencial de preparar un lugar donde la presencia de Jehová pueda habitar y bendecir.

Éxodo 26:7–14 — “Harás cortinas de pelo de cabra… y una cubierta de pieles de carneros teñidas de rojo, y una cubierta de pieles de tejones.”
Enseña doctrinalmente que la presencia de Dios es santa por dentro y protegida por fuera, y que lo más sagrado no siempre se percibe a primera vista. Las capas sucesivas del tabernáculo revelan un patrón divino: el interior, bello y delicado, queda resguardado por cubiertas más ásperas y resistentes, aptas para el desierto. Doctrinalmente, el pelo de cabra y las pieles externas enseñan que Dios cuida Su morada —y a Su pueblo— mediante protección, cobertura y preservación frente a un entorno hostil. El carnero teñido de rojo evoca dedicación y entrega, recordando que la cercanía con Dios implica consagración, mientras que la cubierta exterior señala que lo sagrado puede parecer ordinario al mundo, aunque encierre gloria por dentro. Así, este pasaje afirma que Dios no busca ostentación externa, sino fidelidad protegida, y enseña que la vida del convenio combina belleza interior con resistencia espiritual: un corazón puro guardado por disciplina, obediencia y constancia en medio del desierto.
Éxodo 26:17 — “Dos espigas tendrá cada tabla.”
Enseña doctrinalmente que la morada de Dios se sostiene por unidad, estabilidad y mutua dependencia. Las dos espigas no son un detalle técnico trivial, sino un principio espiritual: cada tabla está diseñada para encajar firmemente con las basas y con las demás, de modo que ninguna pieza permanece aislada ni se sostiene por sí sola. Doctrinalmente, esto afirma que el pueblo del convenio es edificado para estar unido y afirmado en un fundamento común dispuesto por Dios; la estabilidad del todo depende de la fidelidad y el correcto encaje de cada parte. Las “dos” espigas sugieren equilibrio y testimonio, enseñando que la fuerza espiritual se preserva cuando hay alineación con el diseño divino y cooperación entre los miembros. Así, este versículo declara que Dios edifica Su morada —y Su pueblo— con orden y propósito, mostrando que la santidad comunitaria no es individualismo, sino una estructura de vidas entrelazadas que, al permanecer firmemente unidas, pueden sostener la presencia de Dios en medio de ellas.

Éxodo 26:19 — “Harás cuarenta basas de plata debajo de las veinte tablas.”
Enseña doctrinalmente que la morada de Dios se edifica sobre un fundamento redentor que da estabilidad y permanencia. La plata, asociada en la ley al rescate y a la expiación, señala que lo que sostiene la estructura no es la habilidad humana, sino el precio de redención que Dios provee. Doctrinalmente, cada tabla descansa sobre dos basas, indicando que la firmeza espiritual requiere un apoyo completo y equilibrado: nada de lo que se eleva para Dios puede sostenerse sin un fundamento santo. Este diseño revela que la presencia divina no reposa sobre arena movediza, sino sobre principios inmutables que Dios establece. Así, el pasaje afirma que la santidad visible —la estructura que se alza— depende de una obra previa y oculta de redención; solo cuando la vida está asentada en ese fundamento puede sostener con seguridad la morada de Dios, enseñando que toda estabilidad espiritual procede de la base que el Señor mismo ha dispuesto.

Éxodo 26:26 — “Harás barras de madera de acacia.”
Enseña doctrinalmente que la morada de Dios se mantiene firme mediante unidad sostenida y fortaleza perseverante. Las barras no reemplazan a las tablas ni a las basas; las unen y estabilizan, mostrando que la santidad comunitaria no depende solo de piezas bien formadas, sino de vínculos que mantienen todo integrado conforme al diseño divino. Doctrinalmente, la madera de acacia —resistente y duradera— simboliza constancia en medio del desierto: la obra de Dios requiere materiales que soporten el paso del tiempo y la presión del entorno. Las barras recorren la estructura, enseñando que la cohesión espiritual debe extenderse de extremo a extremo; cuando la unidad se debilita, la morada pierde estabilidad. Así, este pasaje afirma que Dios edifica Su presencia entre Su pueblo mediante la conexión fiel de vidas y responsabilidades, recordando que la fortaleza espiritual no es aislamiento, sino unirse firmemente unos a otros bajo el orden que Dios ha establecido.
Éxodo 26:30 — “Levantarás el tabernáculo conforme al modelo que te fue mostrado en el monte.”
Enseña doctrinalmente que la adoración verdadera se edifica por revelación y obediencia, no por invención humana. Al requerir que el tabernáculo se levante conforme a un modelo divino, el Señor afirma que Su presencia no se acomoda a preferencias culturales ni a creatividad autónoma, sino que se manifiesta cuando Su pueblo actúa en fidelidad a lo que Él ha revelado. Doctrinalmente, el “modelo” recibido en el Monte Sinaí indica que la obra sagrada tiene origen celestial y propósito eterno; lo que se construye en la tierra refleja un orden superior. Este principio enseña que la exactitud en la obediencia no es rigidez, sino confianza: Dios sabe cómo debe prepararse un lugar donde Él habite. Así, el pasaje afirma que levantar la morada de Dios —en comunidad y en el corazón— requiere alinearse con Su voluntad revelada, mostrando que la bendición y la presencia divina reposan sobre quienes edifican conforme al patrón que Dios mismo muestra.
Brigham Young: El Señor, por medio de Moisés, mandó que se edificara un Tabernáculo en el cual reposara y se colocara el Arca del Convenio. Y se dieron instrucciones particulares por revelación a Moisés acerca de cómo debía construirse cada parte de dicho Tabernáculo, aun hasta las cortinas —el número de ellas y de qué debían hacerse—, y la cubierta, y la madera para las tablas y para las barras, y el atrio, y las estacas, y los utensilios, y el mobiliario, y todo lo perteneciente al Tabernáculo. ¿Por qué necesitó Moisés una revelación tan específica para edificar un Tabernáculo? Porque nunca había visto uno, y no sabía cómo construirlo sin revelación, sin un modelo. (Journal of Discourses, 2:29–30)
Éxodo 26:31 — “Harás un velo de azul, púrpura y carmesí.”
Enseña doctrinalmente que el acceso a la presencia de Dios es real pero santo, cercano pero ordenado. El velo no niega la presencia divina; la protege y la define, recordando que Dios mora entre Su pueblo sin dejar de ser absolutamente santo. Doctrinalmente, los colores proclaman verdades del convenio: el azul apunta a lo celestial, el púrpura a la realeza y autoridad divina, y el carmesí a la vida ofrecida y a la consagración necesaria para acercarse a Dios. El velo, con querubines, señala que el Lugar Santísimo es un espacio guardado, donde cielo y tierra se encuentran conforme al orden de Dios. Así, este pasaje afirma que la comunión con Dios requiere reverencia y mediación; no se entra por curiosidad ni presunción, sino por el camino que Él establece. El velo enseña que la santidad no es distancia fría, sino preparación amorosa, y que Dios invita a Su pueblo a acercarse a Él respetando los límites que preservan la vida, la reverencia y la gloria de Su presencia.

El velo del Tabernáculo tenía el mismo simbolismo que el velo de los templos actuales. Es la barrera entre el hombre y la presencia de Dios. Necesitamos una barrera para que Su presencia no nos consuma; el velo es esa protección. La meta de la mortalidad es vivir de tal manera que podamos pasar a través del velo, pero ello debe hacerse conforme al modo que el Señor prescribe. En el tabernáculo antiguo, el sumo sacerdote pasaba a través del velo una vez al año para ofrecer un sacrificio de expiación por el pueblo. Acerca de este orden, Pablo enseñó que el camino para el pueblo…
“…al Lugar Santísimo no estaba aún manifestado, mientras estuviese en pie el primer tabernáculo; lo cual es figura para el tiempo presente, en el cual se ofrecen dones y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto.”
(Hebreos 9:8–9)
Cristo vino como el Sumo Sacerdote supremo, ofreciendo Su propia vida como el sacrificio definitivo por los pecados del pueblo. Al hacerlo, abrió el camino para que Sus santos pasen a través del velo y entren en la presencia de Dios.
“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados…
Jesucristo… habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se sentó a la diestra de Dios…
Y nunca más me acordaré de sus pecados e iniquidades…
Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo…” (Hebreos 10:4–20)
Éxodo 26:33 — “Introducirás allí, dentro del velo, el arca del testimonio.”
Enseña doctrinalmente que la presencia de Dios se relaciona con Su pueblo desde un centro sagrado definido por Su palabra y Su santidad. Colocar el arca dentro del velo establece que el testimonio revelado —la palabra de Dios— ocupa el lugar más santo, y que el acceso a esa presencia requiere orden, mediación y reverencia. Doctrinalmente, el velo no separa para excluir, sino para guardar: protege la vida del pueblo y preserva la santidad de Dios, enseñando que la comunión verdadera no se improvisa. El arca, custodia del testimonio, declara que Dios habita donde Su palabra es honrada y guardada en lo más sagrado. Así, este pasaje afirma que la adoración culmina cuando la ley revelada se sitúa en el centro y la comunidad aprende a acercarse a Dios conforme a Su diseño, reconociendo que la cercanía con Él es un don santo que transforma cuando se respeta Su orden.

Pablo fue más inclusivo al describir lo que se guardaba dentro del velo del tabernáculo antiguo:
“El Lugar Santísimo… tenía el incensario de oro y el arca del convenio cubierta de oro por todas partes, en la cual estaba una vasija de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció y las tablas del convenio; y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio” (Hebreos 9:3–5).
Éxodo 26:33 — “El velo os hará separación entre el Lugar Santo y el Lugar Santísimo.”
Enseña doctrinalmente que la santidad de Dios establece distinción y orden en el acercamiento a Su presencia. El velo no comunica rechazo, sino protección: guarda la vida del pueblo y preserva la gloria divina, recordando que Dios es cercano sin dejar de ser absolutamente santo. Doctrinalmente, la separación entre ambos espacios afirma que no toda cercanía es igual; hay grados de acceso conforme a preparación, llamamiento y mediación. El velo educa al pueblo en reverencia, paciencia y obediencia, enseñando que la comunión con Dios se recibe según Su diseño y no por presunción humana. Así, este pasaje declara que la vida del convenio reconoce límites sagrados que no enfrían la relación, sino que la ordenan para que sea vivificante. La separación enseña que acercarse a Dios transforma y exige santificación progresiva, preparando al pueblo para comprender que la gloria divina se honra cuando se respeta el camino que Él mismo ha establecido para entrar en Su presencia.
Fuera del velo estaba el Lugar Santo, un espacio al que solo los sacerdotes podían entrar para oficiar, donde se encontraban el candelabro, el altar del incienso y la mesa de los panes de la proposición. No era para el pueblo. Representaba el reino terrestre. Dentro del velo se hallaba lo que comúnmente llamamos el Lugar Santísimo, aunque la Escritura lo denomina “el lugar más santo”. Representa el reino celestial y la presencia de Dios. Allí se encontraba el Arca del Convenio, y el propiciatorio simbolizaba la presencia de Jehová.
“Lo más sagrado es el Lugar Santísimo con su arca y querubines; desde allí, como se indica, la santidad va disminuyendo hasta llegar a la entrada de la Tienda… Moisés podía entrar al Lugar Santísimo en todo tiempo, mientras que Aarón solo podía hacerlo en circunstancias especiales (Lev. 16:2); de allí hacia afuera, los sacerdotes, los levitas y el pueblo en general tenían acceso a recintos asignados.” (The Torah: A Modern Commentary, ed. por W. Gunther Plaut, 601)
Éxodo 26:35 — “Pondrás la mesa fuera del velo, y el candelero.”
Enseña doctrinalmente que la vida del convenio se vive en servicio continuo delante de Dios, aun cuando no se esté en el lugar de la manifestación plena. Al situar la mesa de los panes y el candelero fuera del velo, el Señor establece que el Lugar Santo es un espacio de ministerio diario: allí se recibe sustento y luz para caminar fielmente. Doctrinalmente, la mesa representa la provisión constante de Dios y la dependencia diaria de Su cuidado, mientras que el candelero simboliza la iluminación divina necesaria para servir y comprender Su voluntad. Ambos juntos enseñan que el pueblo vive de lo que Dios da y camina por la luz que Él provee, aun cuando la gloria del Lugar Santísimo permanezca velada. Así, este pasaje afirma que la obediencia cotidiana —alimentarse de Dios y andar en Su luz— prepara al pueblo para una comunión más profunda, mostrando que la fidelidad diaria en lo ordinario es el camino establecido por Dios para acercarse progresivamente a lo más sagrado.
La mesa de los panes de la proposición y el candelero se colocaban fuera del velo, en el Lugar Santo. Ambos elementos estaban asociados con el ministerio diario de los sacerdotes y con la provisión espiritual del Señor: el pan como símbolo de sustento y vida, y la luz como símbolo de revelación y guía divina.
























