Éxodo

Éxodo 28


Éxodo 28 — El Tabernáculo de Moisés como tipo de los Templos de los Últimos Días

Enseña doctrinalmente que Dios revela Su plan de salvación mediante ordenanzas, vestiduras sagradas y autoridad investida, preparando a Su pueblo para entrar en Su presencia. Las vestiduras del sumo sacerdote —el efod, el pectoral con los nombres de las tribus, la mitra y la lámina de santidad— no eran simples ornamentos, sino símbolos visibles de una realidad espiritual: el sacerdote ministraba en nombre del pueblo y llevaba a Israel “sobre su corazón” delante de Jehová. Doctrinalmente, esto tipifica los templos de los últimos días, donde los convenios, las vestiduras sagradas y las ordenanzas enseñan que los fieles son preparados para presentarse ante Dios investidos de poder, identidad y responsabilidad. Así como el tabernáculo enseñaba mediante símbolos progresivos —de lo exterior a lo más santo—, los templos modernos continúan instruyendo por medio de ordenanzas que apuntan a Jesucristo y a la exaltación. Éxodo 28 afirma que Dios no cambia en Su propósito: Él viste a Sus siervos con santidad, los autoriza para ministrar y establece casas sagradas donde el cielo y la tierra se encuentran, enseñando que el templo es, en toda dispensación, el lugar donde el Señor prepara a Sus hijos para morar finalmente con Él.

El Tabernáculo de Moisés fue un templo del Sacerdocio Aarónico, establecido conforme a la ley menor. A él pertenecían específicamente:

  • Convenios
  • Señales (tokens)
  • Ordenanzas
  • Sacrificio
  • Simbolismo
  • Lavamiento y unción
  • Vestiduras sagradas
  • Bendiciones y maldiciones

Los Templos de los Últimos Días, en contraste, son templos del Sacerdocio de Melquisedec, establecidos conforme a la ley mayor. A ellos pertenecen igualmente:

  • Convenios
  • Señales (tokens)
  • Ordenanzas
  • Sacrificio
  • Simbolismo
  • Lavamiento y unción
  • Vestiduras sagradas
  • Bendiciones y maldiciones

(Referencias: Hebreos 7–9; Génesis 17:1–11; Éxodo 29; Levítico 26; Deuteronomio 28; Jeremías 31:31; Mosíah 5:5; Mosíah 18:8–11; 3 Nefi 9:19–20; Doctrina y Convenios 42:66–67; 124:47–48; 130:20–21; 132:4–6)

El patrón antiguo y la adoración en el templo

El mundo considera extraños a los miembros de la Iglesia debido a la manera singular en que adoramos en los templos. Antes, muchos no sabían qué ocurría en ellos; hoy, gran parte de esa información está disponible públicamente. En ese contexto, el lenguaje de las ordenanzas de lavamiento y unción fue ajustado para mostrar con mayor claridad que nuestros templos siguen un patrón antiguo, un patrón que gran parte del cristianismo ha olvidado.

Levítico 8 y Éxodo 29 demuestran que las ordenanzas antiguas de lavamiento, unción y vestiduras eran muy similares a las actuales:

“Y llevarás a Aarón y a sus hijos a la puerta del tabernáculo de reunión, y los lavarás con agua. Y tomarás las vestiduras, y vestirás a Aarón… Luego tomarás el aceite de la unción, y lo derramarás sobre su cabeza, y lo ungirás.” (Éx. 29:4–7)

Este patrón antiguo hoy se practica nuevamente en los templos, conforme al Sacerdocio de Melquisedec.

La naturaleza separada de la adoración en el templo

La adoración en el templo tiene como propósito apartarnos del mundo. Las vestiduras y las ordenanzas son distintas porque los caminos de Dios son más altos que los caminos del hombre. Para algunos pueden parecer extrañas. Para los antiguos israelitas, también lo eran.

Esto se evidencia en la expresión bíblica “el cinto curioso” (Éx. 28:8), que probablemente era el equivalente antiguo del delantal del templo. Para ellos era “curioso”. Para nosotros, las vestiduras del templo también pueden parecerlo, especialmente al principio.

Los detractores y los incrédulos desean que Dios y Sus caminos se ajusten a las normas del mundo. No aceptan aquello que no concuerda con la mente carnal:

“Por cuanto la mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede.” (Romanos 8:7)


Éxodo 28:1 — “Haz que se acerque a ti Aarón tu hermano… para que me ministre en el sacerdocio.”

Enseña doctrinalmente que el sacerdocio es un llamamiento divino conferido por Dios para ministrar en Su nombre y acercar al pueblo a Su presencia. El mandato de “hacer que se acerque” indica que el servicio sacerdotal no surge por ambición personal ni por linaje solamente, sino por designación y autoridad revelada. Al llamar a Aarón, el Señor establece un orden sagrado en el cual ciertos siervos son apartados para representar al pueblo delante de Dios y administrar lo santo conforme a Su voluntad. Doctrinalmente, “ministrar” implica servicio, mediación y responsabilidad espiritual; el sacerdocio no es un privilegio de poder, sino una carga santa de consagración y obediencia. Así, este versículo afirma que Dios provee líderes autorizados para bendecir a Su pueblo y enseñar el camino de santidad, recordando que el acceso ordenado a lo sagrado es un don divino y que quienes son llamados a ministrar deben acercarse primero a Dios para luego guiar a otros hacia Él.

Consideremos cuán misericordioso es el Señor con Aarón. Aarón había actuado como un sacerdote inicuo al permitir y dirigir al pueblo en la adoración del becerro de oro. Ese acto representó la cúspide del liderazgo perverso: facilitar la idolatría contra el Dios que acababa de liberar a Israel.

El Señor podría haberlo destruido, pero en lugar de ello, lo perdonó plenamente. No solo lo perdonó, sino que lo ordenó como el primer sumo sacerdote. Aarón pasó a ocupar un oficio en el que:

  • Representaba al pueblo ante el Señor
  • Prefiguraba a Cristo como el Gran Sumo Sacerdote
  • Se le permitía entrar una vez al año en el Lugar Santísimo, es decir, en la presencia de Dios

¡Eso es un perdón extraordinario!

El Señor muestra la misma misericordia hacia nosotros si estamos dispuestos a creer y arrepentirnos. Aarón se convierte así en un poderoso testimonio de que el Señor no solo perdona, sino que también restaura y confía responsabilidades sagradas a los que se vuelven a Él con un corazón humilde.


Éxodo 28:2 — “Y harás vestiduras sagradas… para gloria y para hermosura.”

Enseña doctrinalmente que Dios reviste a Sus siervos con santidad visible para reflejar Su carácter y dignificar el servicio que realizan en Su presencia. Las vestiduras no son simples ornamentos religiosos; son símbolos pedagógicos que declaran identidad, autoridad y consagración. Doctrinalmente, “para gloria” indica que el propósito principal del servicio sacerdotal es honrar a Dios, mientras que “para hermosura” afirma que la santidad no es austera ni deshumanizante, sino bella, ordenada y llena de significado. Al vestir a quienes ministran con prendas sagradas, el Señor enseña que el acceso a lo santo transforma al individuo y que el servicio ante Dios requiere preparación externa que refleje una realidad interna. Así, este versículo proclama que Dios eleva a Sus siervos no para exaltarlos a ellos, sino para que Su gloria se manifieste a través de vidas consagradas, recordando que la belleza verdadera surge cuando la obediencia, la identidad y la santidad se unen en el servicio delante de Jehová.

Vestimentas clericales, discusión y propuesta bíblica de fondo

Estas eran las vestiduras del templo que usarían los sacerdotes en su ministerio. Resulta significativo que las vestiduras sagradas se describan como hechas “para gloria y para hermosura”. No se trata necesariamente de una belleza mundana o estética en el sentido terrenal, sino de una belleza celestial, una gloria que refleja el orden, la santidad y la dignidad del servicio ante Dios. Las vestiduras del templo elevan la mente y el corazón hacia realidades eternas y recuerdan que quienes las portan representan al Señor y sirven en Su presencia.


Éxodo 28:15–29 — “Harás el pectoral del juicio, de obra primorosa…”

Enseña doctrinalmente que el sacerdocio ministrado delante de Dios se ejerce con responsabilidad, memoria del pueblo y revelación guiada. El pectoral, elaborado con esmero y portado por Aarón, llevaba doce piedras con los nombres de las tribus “sobre su corazón”, declarando que el ministro verdadero comparece ante Jehová representando y amando a todo el pueblo, no actuando por interés propio. Doctrinalmente, llamarse “del juicio” no alude a condenación, sino al discernimiento santo: el sacerdote busca la voluntad de Dios para decidir con equidad conforme a la revelación. La unión del pectoral al efod enseña que el juicio justo está inseparablemente ligado a la autoridad revelada y a la obediencia al convenio. Así, este pasaje afirma que Dios gobierna a Su pueblo con justicia acompañada de compasión, y que quienes ministran ante Él deben llevar a las personas en el corazón, buscar la guía divina y actuar con fidelidad, mostrando que la verdadera administración espiritual combina verdad, amor y revelación continua delante de Jehová.

Pectoral de Aarón

El pectoral del juicio era una prenda sagrada que el sumo sacerdote llevaba sobre el pecho. En él estaban engastadas doce piedras preciosas, cada una con el nombre de una de las doce tribus de Israel, simbolizando que el sacerdote llevaba al pueblo sobre su corazón cuando ministraba ante el Señor. El término “juicio” no debe entenderse solo en sentido legal, sino como discernimiento divino, justicia revelada y dirección procedente de Dios.


Éxodo 28:30 — “Y pondrás en el pectoral del juicio el Urim y el Tumim.”

Enseña doctrinalmente que el gobierno del pueblo de Dios se ejerce mediante revelación divina y no solo por sabiduría humana. Al colocar el Urim y el Tumim en el pectoral “sobre el corazón”, el Señor establece que las decisiones sagradas deben buscarse con humildad y dependencia de Su luz perfecta, uniendo discernimiento espiritual con amor por el pueblo representado. Doctrinalmente, estos instrumentos simbolizan que el juicio justo procede de Dios: Él ilumina lo que es verdadero y recto cuando Sus siervos preguntan conforme al convenio. Así, el pasaje afirma que la autoridad espiritual no consiste en imponer criterios personales, sino en consultar al Señor y actuar según Su voluntad revelada. El Urim y el Tumim proclaman que Dios desea guiar a Su pueblo de manera concreta y que la revelación es un don continuo para quienes ministran con fidelidad, enseñando que la justicia, para ser verdaderamente santa, debe estar anclada en la luz que solo Dios puede dar.

Se conocen cuatro Urim y Tumim en las Escrituras:

  1. El del hermano de Jared
  2. El de Abraham
  3. El de Mosíah
  4. El de Aarón

(véase Éter 3:21–28; Abraham 3:1–4; Mosíah 21:26–28; Éxodo 28:30)

Presumiblemente, Moisés recibió estas piedras reveladoras del Señor mientras estaba en el monte Sinaí. La revelación moderna es la que nos proporciona conocimiento claro sobre tres de estos cuatro casos. En la Biblia, Éxodo 28 y Levítico 8 introducen la idea de instrumentos sagrados de revelación, cuyo significado literal es “luces y perfecciones”. Sin embargo, para nuestros propósitos, una traducción más esclarecedora sería “revelación y verdad” (según Josefo).

Los santos de los últimos días comprenden bien la función de los profetas y videntes, y la relación entre instrumentos divinos y revelación, ya que:

“La posesión y uso de estas piedras era lo que constituía a los ‘videntes’ en los tiempos antiguos.” (José Smith—Historia 1:35)

Tradiciones judías y cristianas sobre el Urim y Tumim de Aarón

Algunas tradiciones describen el Urim y Tumim como un medio para obtener decisiones divinas cuando el juicio humano era insuficiente:

“El Urim y Tumim era un instrumento para obtener la decisión de Dios en asuntos importantes… tales como acciones militares, distribución de tierras, veredictos legales en ausencia de evidencia y la elección de líderes.” (The Jewish Study Bible)

Otros han pensado que su uso se parecía a echar suertes, en las que una respuesta indicaba “sí” y la otra “no”. Sin embargo, aun en esas tradiciones se reconoce que el sacerdote tenía el deber de declarar la voluntad del Señor y enseñar Su ley.

El testimonio de Josefo: El historiador judío Josefo preserva una descripción claramente milagrosa y revelatoria del Urim y Tumim. Él relata que las piedras del sumo sacerdote resplandecían sobrenaturalmente cuando Dios estaba presente y cuando Israel iba a obtener victoria en batalla. Tal resplandor era una señal visible de que el Señor estaba con Su pueblo. Josefo señala que este fenómeno cesó aproximadamente dos siglos antes de su tiempo, debido a la desobediencia del pueblo.

Este relato refuerza la idea de que el Urim y Tumim no era un simple objeto simbólico, sino un instrumento activo de revelación divina.

Orson Pratt: El élder Orson Pratt explicó que el uso del Urim y Tumim era un don espiritual, particularmente otorgado a Aarón, quien actuaba como juez entre los hijos de Israel. Dado que el juicio humano es imperfecto, el Señor proporcionó este instrumento para que las decisiones de Aarón fueran justas y conforme a la voluntad de Dios.

El Urim y Tumim se colocaba en el pectoral que llevaba doce piedras representando a las tribus de Israel. De ese modo, cuando Aarón juzgaba un asunto, lo hacía en representación de todo el pueblo y bajo revelación directa, no solo por razonamiento humano.


Éxodo 28:36 — “Harás asimismo una lámina de oro puro, y grabarás en ella… SANTIDAD A JEHOVÁ.”

Enseña doctrinalmente que el servicio ante Dios exige una consagración total de la mente, la voluntad y la identidad. Colocada sobre la mitra, en la frente del sumo sacerdote, la inscripción declara que todo pensamiento y toda decisión deben orientarse a Dios; la santidad no es ocasional, sino el principio rector que gobierna la vida. Doctrinalmente, el oro puro simboliza lo incorruptible y precioso, afirmando que la consagración que Dios demanda es íntegra y sin mezcla. Al llevar “SANTIDAD A JEHOVÁ” visible ante todos, el sacerdote testifica que su autoridad y su ministerio no le pertenecen, sino que están dedicados exclusivamente al Señor. Así, este pasaje proclama que la adoración verdadera comienza en el interior y se manifiesta exteriormente, enseñando que el pueblo del convenio es llamado a vivir con una identidad consagrada, donde cada pensamiento, palabra y obra se someten a Dios como expresión continua de santidad. 

UTENSILIOS DEL TEMPLO SAGRADO

Esta inscripción, colocada sobre la frente del sumo sacerdote, resume todo el propósito del sacerdocio y del templo. “Santidad a Jehová” declara que el sacerdote, su ministerio, las ordenanzas y el pueblo mismo estaban consagrados completamente al Señor. No se trataba solo de un título ceremonial, sino de un recordatorio constante de que toda acción en el templo debía hacerse con pureza, reverencia y total dedicación a Dios.

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