Éxodo

Éxodo 30


Éxodo 30 — “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.” (Mateo 2:11)

Se comprende doctrinalmente que los elementos sagrados del tabernáculo apuntan proféticamente a Jesucristo y a la adoración verdadera. En Éxodo 30, el incienso representa la oración y la intercesión que ascienden continuamente ante Dios; el aceite de la unción consagra y capacita por el Espíritu; y el orden del santuario prepara el encuentro con la presencia divina. Cuando los magos ofrecen oro (realeza), incienso (adoración) y mirra (consagración sacrificial), no presentan regalos al azar, sino símbolos que reconocen al Niño como Rey, Dios digno de adoración y Salvador que se entregará. Doctrinalmente, esta correspondencia enseña que el tabernáculo instruía al pueblo a acercarse a Dios por medio de adoración, consagración y mediación, y que todo ello se cumple en Cristo. Así, la escena de adoración junto a María revela que la ley ceremonial no termina en rituales, sino que culmina en una Persona: el Dios que habita entre los hombres y recibe la adoración del corazón. Éxodo 30, por tanto, no solo ordena objetos sagrados; enseña cómo adorar, y esa adoración encuentra su plenitud cuando los tesoros del corazón se rinden ante Jesucristo.


Éxodo 30:1–6 — “Harás asimismo un altar para quemar el incienso”

Enseña doctrinalmente que la comunión con Dios se sostiene por una adoración constante y reverente que asciende delante de Su presencia. Colocado delante del velo, el altar del incienso ocupa una posición estratégica: no está en el Lugar Santísimo, pero se halla orientado hacia él, mostrando que la oración fiel se dirige siempre a la presencia de Dios aun cuando esta permanezca velada. Doctrinalmente, el incienso que se quema cada día representa la devoción continua, la intercesión y el clamor del corazón que ascienden como olor grato, enseñando que la relación con Dios no depende solo de actos ocasionales, sino de una vida de adoración perseverante. La madera de acacia recubierta de oro une constancia humana y santidad divina, indicando que lo cotidiano es aceptable cuando se consagra conforme al orden de Dios. Así, este pasaje afirma que el pueblo del convenio vive orientado hacia Dios mediante la oración constante, y que el acceso a lo más santo se prepara día a día por una adoración fiel que sube delante de Jehová y mantiene viva la comunión con Él.

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Éxodo 30:6 — “Y lo pondrás delante del velo que está junto al arca del testimonio… donde yo me reuniré contigo”

Enseña doctrinalmente que la oración constante prepara el encuentro con Dios y orienta toda la vida hacia Su presencia. La ubicación del altar del incienso —justo delante del velo— declara que, aunque la gloria del Lugar Santísimo esté velada, el camino hacia Dios se mantiene abierto por una devoción diaria que asciende fielmente ante Él. Doctrinalmente, el incienso representa la adoración y la intercesión que preceden a la revelación: antes de ver plenamente, el pueblo aprende a buscar, a escuchar y a perseverar en comunión. El Señor promete reunirse allí, mostrando que Dios responde en el punto donde la obediencia constante se alinea con Su presencia santa. Así, este pasaje afirma que la cercanía con Dios no es fruto de la prisa ni de la curiosidad, sino del hábito sagrado de una adoración orientada a Él, enseñando que la oración fiel, sostenida en el tiempo, prepara el corazón para el encuentro donde Dios habla y se da a conocer.

Si el incienso es simbólico de las oraciones de los santos (Apocalipsis 5:8), entonces tiene pleno sentido que se colocara justo delante del velo del templo. La Presencia de Dios se hallaba allí, sobre el propiciatorio del arca del convenio. El incienso debía ascender delante de Él.

“Y vino otro ángel y se paró ante el altar con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y el humo del incienso subió delante de Dios de la mano del ángel, con las oraciones de los santos.” (Apocalipsis 8:3–4)


Éxodo 30:7–8 — “Quemará sobre él incienso aromático cada mañana… y al atardecer”

Enseña doctrinalmente que la relación con Dios se cultiva mediante una devoción constante que abraza todo el día. Al ordenar el incienso tanto al comenzar como al concluir la jornada, el Señor establece un ritmo sagrado que envuelve la vida diaria en adoración, recordando que cada día nace y descansa delante de Él. Doctrinalmente, el incienso aromático simboliza la oración perseverante y la gratitud continua que ascienden como olor grato, enseñando que la comunión con Dios no depende de impulsos ocasionales, sino de una fidelidad regular. La mañana expresa dependencia para recibir luz y dirección; el atardecer, entrega y confianza al poner el día en manos de Dios. Así, este pasaje afirma que la vida del convenio se vive con el corazón orientado continuamente hacia el Señor, y que cuando la oración marca el inicio y el fin de nuestras labores, lo cotidiano se santifica y la presencia de Dios permanece como compañía constante en el caminar diario.

Aunque existe un velo que nos separa de la Presencia de Dios, debemos ofrecerle nuestras oraciones dos veces al día, como mínimo.

José F. Smith: “Observad ese gran mandamiento dado por el Maestro: recordar siempre al Señor, orar por la mañana y por la noche, y agradecerle siempre las bendiciones que recibís día tras día.” (Doctrina del Evangelio, compilado por John A. Widtsoe, 218)

Russell M. Nelson: “Estoy muy agradecido de que nuestros hijos nunca hayan aplicado el ‘trato silencioso’ a su madre o a su padre. Ahora comprendo mejor cómo nuestro Padre Celestial puede apreciar nuestras oraciones, por la mañana y por la noche. También puedo imaginar la tristeza que Él siente por el silencio de cualquiera de Sus hijos. Para mí, tal ingratitud es comparable a la de unos peces dorados hoscos, inconscientes de los bondadosos proveedores que esparcen alimento en su pecera. En verdad, los que oran pueden ‘adorar a Dios con gozo sumamente grande’ (Alma 45:1).” (El poder que hay en nosotros, 78)


Éxodo 30:10 — “Y Aarón hará expiación sobre los cuernos de él una vez al año con la sangre de la expiación”

Enseña doctrinalmente que aun la adoración más constante necesita ser purificada periódicamente por la expiación provista por Dios. El altar del incienso, asociado a la oración diaria y a la comunión continua, requería una expiación anual para afirmar que ninguna práctica sagrada es autosuficiente ni perfecta sin la intervención redentora del Señor. Doctrinalmente, los “cuernos” —símbolo de fuerza y acceso— enseñan que la cercanía con Dios se preserva cuando la adoración está cubierta por la expiación; incluso lo santo necesita ser reconciliado conforme al orden divino. Este rito anual vincula la devoción cotidiana con el Día de la Expiación, declarando que la comunión se sostiene no solo por constancia, sino por gracia purificadora. Así, el pasaje afirma que Dios provee un medio para renovar y proteger el acceso a Su presencia, enseñando que la vida del convenio integra oración fiel y expiación suficiente, y que toda adoración verdadera permanece viva cuando es continuamente alineada y purificada por lo que Dios mismo ha establecido.

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Nosotros dedicamos capillas, templos y hogares mediante una oración, pidiendo a Dios que los santifique como lugares sagrados de adoración. El equivalente en la Ley de Moisés era santificar los altares del tabernáculo con la sangre del sacrificio, una vez al año.


Éxodo 30:13–15 — “Medio siclo será la ofrenda a Jehová… para hacer expiación por vuestras almas”

Enseña doctrinalmente que el valor del alma ante Dios es igual para todos y que la vida del convenio se sostiene por una redención común, no por méritos desiguales. El mismo medio siclo para ricos y pobres declara que nadie compra mayor favor ni ofrece menos valor: delante de Jehová, todos necesitan expiación por igual. Doctrinalmente, esta ofrenda de rescate no era pago por pecados personales, sino una señal de pertenencia y de vida preservada bajo el convenio; al entregarla, cada israelita reconocía que su vida dependía de Dios y estaba bajo Su protección. La plata del rescate, destinada al santuario, enseñaba que la comunidad entera se edifica sobre vidas redimidas, y que la adoración colectiva descansa en una base de igualdad espiritual. Así, este pasaje afirma que Dios no mide a Sus hijos por su posición, sino por su relación con Él, y que la expiación une al pueblo en una misma dignidad y dependencia, proclamando que todos viven y sirven delante del Señor porque Él ha provisto un rescate suficiente para cada alma.

El medio siclo llegó a conocerse posteriormente como el impuesto del templo, una ofrenda fija para sostener la obra del templo. No pretendía enseñar que el dinero pudiera liberar a la persona del pecado. Esa fue la abominación de la venta de indulgencias en la Edad Media: la idea de que el dinero podía comprar el perdón. Ese no es el propósito aquí.

En verdad, sí se pagó un precio por la redención de las almas, pero fue pagado una sola vez por el Maestro. ¿Cuán grande fue ese precio? ¿Cuán preciosas fueron Sus gotas de sangre? ¿Cuánto vale para ti ser libre del pecado? Si pudieras pagar dinero por el perdón, ¿cuánto pagarías?

Pablo entendía perfectamente este simbolismo. La suma total de todos los medios siclos constituía una gran cantidad. Esa gran suma era simbólica de una fracción del precio infinito que el Salvador pagó por las almas de los hombres. Pablo declara que ese precio fue pagado por el templo de nuestro cuerpo:

“¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.” (1 Corintios 6:19–20; cursiva añadida)


Éxodo 30:18–21 — “Harás también una fuente de bronce… para que Aarón y sus hijos se laven las manos y los pies”

Enseña doctrinalmente que el servicio ante Dios requiere pureza continua y reverencia constante, aun después de haber sido llamados y consagrados. La fuente, situada entre el altar y el tabernáculo, declara que no basta con un sacrificio inicial; cada acto de ministración demanda limpieza renovada. Doctrinalmente, lavarse las manos y los pies simboliza purificar las acciones y el caminar: lo que se hace y el rumbo que se sigue delante de Dios. El bronce, asociado al juicio y a la resistencia, recuerda que la santidad se mantiene mediante disciplina obediente y autoexamen regular. La advertencia solemne —“para que no mueran”— subraya que la cercanía con Dios es un don santo que no admite descuido. Así, este pasaje afirma que la vida del convenio se vive con una santificación progresiva: quienes sirven al Señor deben acercarse repetidamente a la purificación que Él provee, enseñando que la comunión viva con Dios se preserva cuando el corazón, las obras y el caminar se mantienen limpios en obediencia y temor reverente.

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En el Tabernáculo de Moisés, esta fuente no tenía bueyes debajo, ni se usaba para bautismos. En el templo de Salomón, en cambio, se mandó hacer “un mar de fundición… sobre doce bueyes” (1 Reyes 7:23–39), además de diez fuentes de bronce, cada una con capacidad de cuarenta batos (aproximadamente 232 galones).

Las fuentes se usaban para lavar brazos y piernas, a fin de que el sacerdote estuviera limpio delante de Dios para ejercer el sacerdocio.

Para la época de Cristo, la limpieza espiritual había sido descuidada, pero los sacerdotes eran fanáticos en cuanto a la limpieza externa:

(Marcos 7:1–16 — pasaje completo sobre el lavado ritual y la reprensión del Salvador)

El Salvador enseñó que no es lo externo lo que contamina al hombre, sino lo que procede del corazón.


Éxodo 30:23–25 — “De mirra pura… harás el aceite de la santa unción”

Enseña doctrinalmente que Dios consagra por medio de Su Espíritu aquello que Él llama para un uso santo. La composición específica del aceite —mirra y especias preciosas mezcladas conforme a revelación— declara que la santidad no es genérica ni improvisada, sino preparada según el diseño divino. Doctrinalmente, la unción separa, autoriza y capacita: no solo distingue lo santo de lo común, sino que comunica poder espiritual para ministrar. El hecho de que este aceite sea “santo” y exclusivo afirma que la obra de Dios no puede replicarse con sustitutos humanos; lo que Él consagra, Él mismo lo define y lo santifica. Así, este pasaje proclama que la verdadera autoridad y eficacia en la obra del Señor provienen de la unción que Dios concede, enseñando que personas, lugares y objetos llegan a ser santos no por su materia, sino porque el Espíritu de Dios los aparta para Su propósito eterno.

“Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María… y le ofrecieron oro, incienso y mirra.” (Mateo 2:11)

En Éxodo 30 encontramos tres elementos del templo: el impuesto del templo, el aceite santo de mirra, y el perfume sagrado de incienso.

Estos tres elementos aparecen representados en los dones de los magos al Niño Jesús.

El oro simboliza un don digno de un rey, un reconocimiento de Su realeza. Pero, según Éxodo 30, también representa el precio que el Maestro pagaría por las almas de los hombres: “habéis sido comprados por precio” (1 Cor. 6:20). Pablo, como fariseo, entendía que el impuesto del templo no tenía poder redentor sin el Sacrificio Supremo. Ninguna práctica del tabernáculo tenía eficacia sin Cristo.

El incienso representa el perfume presentado delante del Señor, el lugar donde Dios se encuentra con el hombre, reconciliación posible únicamente por medio de la expiación de Cristo:

“Y pondrás parte de él delante del testimonio… donde yo me reuniré contigo; será para vosotros cosa santísima.” (Éxodo 30:36)

Finalmente, la mirra representa el aceite de la santa unción, es decir, la santificación por el Espíritu, mediante la cual los hombres llegan a ser santos:

“Y he aquí, este es todo el significado de la ley, cada detalle apunta a aquel grande y postrer sacrificio; y ese grande y postrer sacrificio será el Hijo de Dios, sí, infinito y eterno. Y así traerá salvación a todos los que crean en Su nombre.” (Alma 34:14–15)

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