Éxodo 5
Éxodo 5:1–3 — Deja ir a mi pueblo, para que me celebre fiesta en el desierto.
Enseña una doctrina fundamental sobre el propósito de la liberación divina. La demanda del Señor no se centra primero en la mejora de condiciones políticas o económicas, sino en la restauración de la adoración correcta: Israel debe salir para servir, celebrar y rendir culto a su Dios. Doctrinalmente, este pasaje revela que la esclavitud verdadera no es solo física, sino espiritual, y que la libertad comienza cuando el pueblo puede responder al llamado de Dios sin coerción. Al pedir una “fiesta” en el desierto, el Señor declara que la adoración precede a la posesión de la tierra prometida; antes de heredar, Israel debe aprender a obedecer y a gozar de la comunión con Dios. La confrontación con el poder de Egipto deja claro que este no es un conflicto administrativo, sino teológico: ¿quién tiene derecho sobre el pueblo, el faraón o Jehová? Así, Éxodo 5:1–3 afirma que Dios libera para que Su pueblo viva en relación con Él, y que la verdadera libertad se expresa en la adoración gozosa y obediente al Señor que redime.
Presumiblemente, en la primera entrevista entre este faraón y Moisés, la petición inicial es simplemente realizar un retiro religioso en el desierto. No se menciona una salida definitiva; solo una pequeña celebración entre los hebreos y su Dios —una solicitud ciertamente razonable—. La petición de Moisés implicaba que los hebreos se ausentarían poco más de una semana, pero al final de la última plaga, el faraón estaría rogándole a Moisés que se fuera para siempre.
Éxodo 5:7–9 — No daréis más paja al pueblo para hacer ladrillo…
Enseña una doctrina sobria sobre cómo la oposición a la palabra de Dios suele intensificar la carga antes de producir liberación. El faraón responde al mandato divino no con arrepentimiento, sino con mayor opresión, revelando que el poder que se siente amenazado endurece sus exigencias para quebrar la esperanza y desacreditar al mensajero. Doctrinalmente, este pasaje muestra que el adversario intenta redefinir la obediencia como pereza y la fe como rebeldía, aumentando el trabajo para sofocar el clamor espiritual. La estrategia es clara: mantener la mente ocupada y el cuerpo exhausto para impedir que el corazón escuche a Dios. Sin embargo, la Escritura enseña que este endurecimiento no invalida la promesa; más bien, prepara el escenario para que la mano del Señor sea manifestada con mayor claridad. Así, Éxodo 5:7–9 afirma que cuando la palabra de Dios irrumpe, la resistencia humana puede crecer —como en Egipto—, pero esa misma intensificación revela los límites del poder opresor y anticipa la vindicación divina que transformará cargas injustas en testimonio de liberación.
Cuando Dios establece una relación con Su pueblo, a menudo las cosas empeoran antes de mejorar. Al igual que el investigador que enfrenta desafíos antes del bautismo, o el pueblo de Alma que se encontró en servidumbre poco después de hacer convenios (Alma 23–24), siempre hay una prueba de fe.
En el caso de los hebreos, su entusiasmo por un nuevo libertador y por sus grandiosas promesas se desvanece rápidamente en el desastre: ahora deben hacer la misma cantidad de ladrillos sin paja. Ellos fallan la prueba de fe, pero eso no cambia el resultado final: Dios los sacará de Egipto de todos modos.
Éxodo 5:21–22 — ¿Por qué has tratado tan mal a este pueblo?
Expresa una doctrina profunda sobre la tensión entre la promesa divina y la experiencia inmediata del sufrimiento. Moisés, enfrentado al rechazo del pueblo y al aumento de la opresión, lleva su confusión directamente al Señor, mostrando que la fe auténtica no silencia las preguntas, sino que las presenta con honestidad ante Dios. Doctrinalmente, este pasaje enseña que el inicio de la obra redentora puede parecer contradicción antes que cumplimiento: la liberación prometida no siempre se manifiesta de inmediato, y la obediencia puede, por un tiempo, intensificar la prueba. Sin embargo, el clamor de Moisés revela un corazón que todavía confía en Dios como único recurso, y prepara el escenario para una respuesta divina que reafirmará que el aparente retraso no es abandono, sino parte del proceso mediante el cual el Señor manifestará Su poder y fidelidad con mayor plenitud.
Esta fue la primera interacción de Moisés con el faraón; él sabía que el rey no dejaría ir al pueblo. Aun así, Moisés se sorprendió por la dureza de la respuesta del faraón. A causa de sus propias inseguridades, Moisés pregunta a Dios por qué las cosas ya iban mal.
Mark E. Petersen: “Entonces Moisés se quejó al Señor: ‘¿Por qué has tratado tan mal a este pueblo?… Porque desde que vine a Faraón para hablar en tu nombre, ha hecho mal a este pueblo, y tú no has librado en absoluto a tu pueblo’ (Éxodo 5:22–23).
Estas fueron palabras duras que Moisés dirigió al Señor. Pero Dios sabía lo que estaba haciendo. Había un propósito en todo lo que Él hacía, y al permitir que el faraón resistiera, también estaba enseñando al monarca que el Dios de Israel era más poderoso que los dioses de Egipto. Esta lección no era solo para los egipcios; los propios israelitas también debían aprender ese hecho, ya que muchos de ellos se habían convertido en adoradores de las deidades egipcias.
El Señor estaba bajo convenio de sacar a Su pueblo, y cumpliría Su palabra, por lo que dijo a Moisés:
‘Por tanto, di a los hijos de Israel: Yo soy Jehová, y os sacaré de debajo de las cargas de los egipcios, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido y con grandes juicios;
y os tomaré por mi pueblo, y seré vuestro Dios; y sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os saco de debajo de las cargas de los egipcios.
Y os introduciré en la tierra respecto de la cual juré darla a Abraham, a Isaac y a Jacob; y os la daré por heredad. Yo soy Jehová’ (Éxodo 6:6–8).
Pero cuando Moisés llevó ese mensaje al pueblo, ‘no escucharon a Moisés a causa de la angustia de espíritu y de la dura servidumbre’ (Éxodo 6:9).
Entre las quejas del pueblo y la resistencia del rey, Moisés pasó por un tiempo sumamente difícil.” (Moisés: Hombre de milagros, Deseret Book, 1977, págs. 61–62)*
























