Génesis

Génesis 14


Génesis 14:1. — “Las ciudades-estado alrededor de Canaán”

Este versículo introduce un mundo fragmentado política y espiritualmente, en el que Canaán no es una nación unificada, sino un mosaico de ciudades-estado rivales, cada una gobernada por su propio rey y sostenida por su propio poder militar. Doctrinalmente, este trasfondo resalta que el plan de Dios para Abram se desarrolla en medio de inestabilidad, alianzas frágiles y conflictos constantes, no en un entorno ideal de paz y orden. El Señor no espera a que las circunstancias sean favorables para cumplir Sus promesas; más bien, establece Su convenio en un escenario dominado por la guerra, el orgullo humano y la búsqueda de poder. Génesis 14:1 enseña que el pueblo del convenio puede ser llamado a vivir rodeado de sistemas políticos y sociales en competencia, sin pertenecer plenamente a ninguno de ellos, confiando no en reyes terrenales ni en ejércitos, sino en la protección divina. En este contexto, Abram emerge como un siervo de Dios que no edifica su seguridad en estructuras humanas, sino en un convenio eterno, mostrando que la estabilidad verdadera no proviene de la fuerza militar ni de la unidad política, sino de caminar bajo la dirección del Dios Altísimo.

Mark E. Petersen. Los pueblos de Canaán no estaban unidos en una sola nación. Cada ciudad tenía su propio gobierno independiente, su propio rey y su propio ejército. Eran lo que los griegos llamaban ciudades-estado, y en este sentido se parecían a la antigua Atenas y Esparta.

Las ciudades cananeas por lo general eran pequeñas; algunas de ellas ocupaban apenas unos pocos acres de terreno. Los arqueólogos informan que Jericó no contenía más de seis a diez acres aproximadamente.

Los reinos guerreaban entre sí de tiempo en tiempo, una condición que continuó incluso hasta los días de Moisés, medio milenio más tarde. (Abraham: Friend of God [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1979], 91)

Génesis 14:1–4. — “Estos hicieron guerra”

Estos versículos presentan un mundo gobernado por la fuerza y la ambición, donde los reyes compiten por dominio territorial y someten a otros mediante la violencia y la opresión. Doctrinalmente, el relato muestra que la guerra surge cuando el poder reemplaza al convenio como fundamento del orden social, y que los reinos edificados sobre la coerción generan ciclos inevitables de rebelión y castigo. Los reyes de Sodoma y sus aliados, tras años de servidumbre, se rebelan, mientras que Quedorlaomer responde con fuerza para reafirmar su dominio, revelando la fragilidad de los sistemas políticos basados en el temor. Génesis 14:1–4 enseña que el conflicto es el lenguaje natural de los reinos del mundo, pero prepara el contraste con Abram, quien no entra en guerra por ambición ni conquista, sino que actuará más adelante movido por lealtad familiar y confianza en Dios. Así, el texto establece que el pueblo del convenio vive en medio de guerras ajenas, pero es llamado a participar solo cuando la justicia, la protección del inocente y la obediencia al Señor lo requieren.

Debido a que los nombres y los lugares son tan poco familiares, resulta difícil leer este capítulo y entender lo que está ocurriendo. Sin embargo, el conflicto es bastante sencillo. Hay cuatro reyes, encabezados por Quedorlaomer, que intentan conquistar la región. El rey de Sodoma y su grupo de reyes confederados se oponen a él. Habían estado sujetos a Quedorlaomer durante doce años, pero en el año trece se rebelaron. En el año catorce, Quedorlaomer pasó a la ofensiva. Quizá la forma más sencilla de recordar a estos reyes proviene del versículo 9: cuatro reyes contra cinco.

Cuatro reyes (ciudades-estado)

  • Quedorlaomer — Elam
  • Amrafel — Sinar
  • Arioc — Elasar
  • Tidal — “naciones”

Contra cinco reyes (ciudades-estado)

  • Bera — Sodoma
  • Birsa — Gomorra
  • Sinab — Adma
  • Semeber — Zeboím
  • Rey sin nombre — Bela (es decir, Zoar)

Génesis 14:5–9. — “Quedorlaomer, y los reyes que estaban con él, hirieron a los refaítas…”

Estos versículos describen la implacable expansión del poder mundano, mostrando cómo Quedorlaomer y sus aliados avanzan sometiendo pueblo tras pueblo con una lógica de conquista que no distingue entre antiguos dominios y nuevas víctimas. Doctrinalmente, el relato revela que los imperios edificados sobre la fuerza buscan consolidarse mediante el temor y la destrucción, dejando a su paso inestabilidad y cautiverio. La enumeración de pueblos vencidos subraya la aparente invencibilidad de esta coalición militar y prepara al lector para comprender la magnitud del desafío que enfrentará Abram. Génesis 14:5–9 enseña que el poder humano, aun cuando parece imparable, no está fuera del alcance del juicio divino, y que el Señor permite que tales fuerzas se manifiesten para mostrar, en el momento oportuno, que la verdadera autoridad no reside en ejércitos ni en conquistas, sino en la fidelidad y en el poder del convenio. Estos versículos establecen así el trasfondo necesario para que la posterior victoria de Abram no sea atribuida a estrategia o número, sino a la intervención del Dios Altísimo.

Quedorlaomer es el líder de estos cuatro reyes. Están a la ofensiva, tratando de conquistar todo lo que pueden. En su avance, conquistan con éxito a los refaítas, los zuzitas, los emitas, los horeos, los amalecitas y los amorreos. Estas parecen ser nuevas conquistas, pero Quedorlaomer también está decidido a conservar su dominio previo. En el año trece, cinco reyes se rebelaron; era momento de someterlos nuevamente.

En el camino hacia Sodoma y Gomorra, Quedorlaomer se encuentra con el grupo de los cinco reyes en los pozos de asfalto del valle de Sidim. Todo el trasfondo histórico del capítulo 14 conduce a este conflicto en el valle de Sidim, porque en esta batalla Lot es hecho prisionero.

Lo notable es que Abraham, con su pequeña fuerza de 318 hombres, va a enfrentarse a este grupo de reyes. Quedorlaomer y sus aliados han conquistado con éxito once ciudades-estado distintas, ¡pero Abraham aun así sale a su encuentro!

Génesis 14:11–12. — “Tomaron todos los bienes de Sodoma y de Gomorra… y tomaron a Lot”

Lot había elegido su propio destino. Quiso la llanura del Jordán y plantó su tienda hacia Sodoma (Gén. 13). Tal vez Lot admiraba la grandeza de la ciudad de Sodoma, pero su elección fue desafortunada, pues la grandeza de Sodoma no pudo protegerlo de las conquistas de Quedorlaomer.

Estos versículos muestran las consecuencias inevitables de habitar cerca de la maldad y confiar en la seguridad aparente del mundo. Lot, quien había puesto sus tiendas hacia Sodoma por la fertilidad y prosperidad del valle, ahora es arrastrado junto con los bienes de la ciudad en una derrota que no distingue entre culpables y residentes. Doctrinalmente, el texto enseña que las alianzas implícitas con sistemas corruptos exponen al justo a peligros que no buscó activamente, pero que aceptó al permanecer cerca de ellos. Génesis 14:11–12 revela que la prosperidad material y la aparente estabilidad de Sodoma no podían ofrecer protección real frente a la violencia y la ambición de los reinos del mundo. Así, el pasaje advierte que las decisiones motivadas por conveniencia, sin discernimiento espiritual, pueden colocar al creyente en situaciones donde pierde no solo bienes, sino libertad, y enseña que la cercanía al pecado —aunque sea pasiva— puede traer cautiverio y dolor, aun a quienes no comparten plenamente su corrupción.

Génesis 14:13. — “Abram el hebreo”

Este título identifica a Abram no solo por su origen, sino por su condición espiritual de forastero y peregrino del convenio. Llamarlo “hebreo” sugiere al que ha “cruzado” o venido del otro lado, alguien que ha dejado atrás viejas lealtades para caminar conforme al llamamiento de Dios. Doctrinalmente, el término subraya que Abram vive separado del orden dominante de las ciudades-estado cananeas: no pertenece plenamente a sus sistemas políticos ni a sus alianzas militares, sino que se define por su relación con el Dios Altísimo. Al mismo tiempo, el apelativo prepara el contraste entre el poder de los reyes terrenales y la autoridad espiritual que acompaña al pueblo del convenio; Abram actúa desde una identidad distinta, fundada en la fe y no en la sangre o la tierra. Génesis 14:13 enseña así que el verdadero pueblo de Dios es identificado por su disposición a cruzar fronteras —geográficas, culturales y espirituales— para obedecer al Señor, viviendo en el mundo sin ser del mundo y confiando en que su seguridad y propósito provienen del convenio y no del poder humano.

Este es el primer uso bíblico del término hebreo. Para un término tan importante, su origen lingüístico no es aceptado de manera uniforme: “puede significar ‘el que vino del otro lado (del Éufrates)’, de eber, cruzar; o puede derivarse de Éber, mencionado en Génesis 10:25”. (Diccionario Bíblico, “Hebreo”)

Génesis 14:13–14. — “Mamre el amorreo… Escol y Aner… eran aliados de Abram”

Estos versículos muestran que, aun viviendo como extranjero y peregrino, Abram había edificado relaciones basadas en rectitud, confianza y lealtad. Mamre, Escol y Aner no formaban parte del pueblo del convenio, pero reconocieron en Abram a un hombre justo y digno de alianza, lo que enseña doctrinalmente que la integridad espiritual puede generar respeto y cooperación incluso entre quienes no comparten la misma fe. Abram no se apoyó en reyes ni en sistemas de poder, sino en amistades fieles forjadas por el carácter y la justicia, revelando que el Señor puede obrar a través de personas de toda nación para cumplir Sus propósitos. Génesis 14:13–14 también enseña que el pueblo del convenio no está llamado a aislarse del mundo, sino a interactuar con él con sabiduría, formando alianzas que no comprometan la fe. La disposición de estos hombres a unirse a Abram en una empresa peligrosa evidencia que la rectitud inspira lealtad, y que Dios puede levantar apoyo inesperado cuando Sus siervos actúan con justicia y por causas nobles, como la liberación del cautivo y la defensa del inocente.

Abraham, al igual que Abel, era pastor de rebaños. Su estilo de vida seminómada podría haberlo puesto en conflicto con otros, pero siempre fue un pacificador (hasta que Lot fue capturado). Aunque no podía formar una alianza con varias ciudades-estado, sí contaba con tres amigos fieles que podían ayudarle a rescatar a Lot. Mamre, Escol y Aner eran hermanos y estaban lo suficientemente cerca de Abram como para unirse a él en lo que parecía una empresa condenada al fracaso.

¿Cuánta lealtad se requería para que estos hermanos se unieran al grupo de 318 hombres de Abram para enfrentarse a una confederación de cuatro reyes que acababan de conquistar once ciudades-estado?

Al final, Abram se aseguró de cuidar a sus amigos fieles. No quiso despojo alguno para sí mismo. No soportaba la idea de que el rey de Sodoma se atribuyera el mérito de su riqueza, pero sí se aseguró de que Mamre, Escol y Aner recibieran su parte justa (v. 24).

Génesis 14:14. — “Oyó Abram que su pariente estaba cautivo, y armó a sus criados, los nacidos en su casa, trescientos dieciocho, y los siguió hasta Dan”

Este versículo revela que la fe de Abram no era pasiva, sino activa y responsable, dispuesta a actuar con valentía cuando la justicia y el amor familiar lo exigían. Al oír que Lot estaba cautivo, Abram no calcula ventajas personales ni riesgos políticos, sino que responde de inmediato, mostrando que el verdadero liderazgo espiritual se manifiesta en la disposición a proteger al vulnerable. Doctrinalmente, el texto enseña que el poder del convenio se expresa tanto en la compasión como en la acción, y que el Señor puede obrar a través de medios aparentemente insuficientes cuando estos son consagrados a una causa justa. El número limitado de siervos entrenados resalta la confianza de Abram en Dios más que en la fuerza militar, mientras que la persecución “hasta Dan” subraya su determinación total y su negativa a abandonar la misión a medio camino. Génesis 14:14 enseña así que la obediencia y la lealtad al convenio impulsan a los justos a actuar con decisión, aun frente a fuerzas superiores, confiando en que el Señor sostiene a quienes se levantan para rescatar, liberar y defender conforme a Su voluntad.

Dos puntos merecen mención. Primero, ¿qué tan rico se debe ser para tener 318 siervos varones adultos? Alguna vez contraté a una persona para limpiar mi casa, pero eso realmente no cuenta. En realidad, Abram tenía más de 318 siervos: algunos eran mujeres y otros eran demasiado jóvenes para haber sido entrenados. Este episodio nos da una idea de cuánta riqueza poseía Abram. Sin embargo, esta empresa militar no tenía como objetivo obtener más riqueza; se trataba de rescatar a su sobrino. A Abram no le importaba el botín.

Segundo, Abram tuvo que perseguirlos bastante al norte, hasta la tierra de Dan. Ahora bien, un momento… aquí aparece otro anacronismo geográfico. Dan fue una de las doce tribus de Israel. Después de que Josué introdujo a los israelitas en Canaán, la tribu de Dan se estableció en la parte más septentrional de la tierra. Pero Israel aún no había nacido; Dan aún no había nacido; Moisés aún no había nacido; Josué aún no había nacido. El escriba responsable de nuestro texto vivió muchos años después de que los israelitas se establecieron en Dan, y utiliza este término para que el lector sepa cuán al norte tuvo que ir Abram para alcanzar a Quedorlaomer.

Este anacronismo revela a un escriba profundamente familiarizado con los detalles de la ley de Moisés, pero ignorante del Sacerdocio de Melquisedec. Cuando Melquisedec viene a felicitar a Abram, el escriba pasa por alto la importancia del acontecimiento. No parece otorgar mayor significado a la visita del rey de Salem que a la del rey de Sodoma. Pero Salem y Sodoma eran completamente diferentes; y sus reyes también lo eran.

Afortunadamente, Joseph Smith llena esos vacíos. Él nos proporciona el trasfondo necesario acerca de Melquisedec. En la Traducción de José Smith (JST), restauró el significado del sacerdocio de Melquisedec, la importancia de los diezmos ofrecidos y la tipología mesiánica del gran sumo sacerdote.

Génesis 14:15. — “Y se repartió contra ellos de noche, él y sus siervos, y los hirió”

Este versículo muestra que la victoria de Abram no se debió a la superioridad numérica ni a la fuerza militar, sino a la combinación de sabiduría, fe y dependencia del Señor. Al atacar de noche y dividir sus fuerzas, Abram actúa con prudencia inspirada, reconociendo sus propias limitaciones y confiando en que Dios multiplicaría sus esfuerzos. Doctrinalmente, el texto enseña que el Señor no exige a Sus siervos actuar de manera imprudente, sino fiel; la estrategia no reemplaza la fe, sino que se convierte en un instrumento mediante el cual Dios obra Sus propósitos. La acción nocturna simboliza además que las victorias del convenio a menudo se logran cuando el mundo parece más fuerte y seguro, recordando que Dios puede desbaratar a los poderosos por medios sencillos. Génesis 14:15 afirma que cuando una causa es justa y se actúa bajo la dirección divina, el Señor puede convertir la aparente debilidad en triunfo, enseñando que el poder verdadero no reside en ejércitos ni en números, sino en la fe que se traduce en acción obediente.

En su única conquista militar, Abram —al igual que los generales del Libro de Mormón— empleó estrategia. El ejército al que atacaba debía ser enorme en comparación con sus fuerzas. Por ello, atacó de noche, dividiendo a sus hombres en grupos para dar al enemigo dormido la impresión de enfrentar a una fuerza mucho mayor.

Una vez más, Abram debió tener una gran fe para pensar que podía enfrentarse a un ejército tan superior. En esta empresa, puso su confianza plenamente en el Señor. Como tipo de los hijos de Israel que lucharían contra sus vecinos (un tema recurrente en gran parte del resto del Antiguo Testamento), Abram es el ejemplo supremo. Confía en el Señor, ataca a una fuerza superior, toma el botín y regresa victorioso. Además, Abram no solo encontró a Lot y lo llevó de regreso a casa; derrotó por completo al enemigo. Mató a los reyes. Este acontecimiento pasaría a la historia como “la derrota de los reyes”, y no simplemente como “el rescate de Lot” (Heb. 7:1).

Melquisedec quedó impresionado por el éxito de Abram. El gran sumo sacerdote reconoció que Dios le había dado la victoria: “Bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tu mano” (v. 20). Vio esta conquista militar como una demostración del poder del sacerdocio de Abram, pues el sacerdocio incluye el poder “para desafiar a los ejércitos de las naciones, para… someter principados y potestades” (JST Gén. 14:31). Abram era auténtico. Por naturaleza, un pacificador; por necesidad, un conquistador; el poder de Abram en el sacerdocio no conocía límites.

Génesis 14:18. — “Melquisedec, rey de Salem”

La aparición de Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, introduce en el relato una autoridad espiritual superior a la de los reyes guerreros y redefine el significado de la victoria de Abram. Doctrinalmente, Melquisedec representa el orden divino que gobierna por justicia y paz, no por conquista, y su encuentro con Abram muestra que el verdadero triunfo culmina en adoración y bendición, no en botín. Como rey-sacerdote, Melquisedec prefigura a Cristo: une realeza y sacerdocio, ofrece pan y vino como signos sagrados, y bendice al vencedor reconociendo que la liberación provino de Dios. Al aceptar la bendición y rendir diezmos, Abram se somete voluntariamente a una autoridad espiritual más alta, enseñando que incluso los grandes actos de fe y valor deben quedar consagrados bajo el sacerdocio del Dios Altísimo. Génesis 14:18 afirma así que la historia de salvación avanza no por la fuerza de las armas, sino por el poder del convenio, y que la paz verdadera nace donde reinan la justicia y el sacerdocio de Cristo.

Tres profetas supieron más acerca de Melquisedec que el escriba que redactó Génesis. Ellos son el apóstol Pablo, Alma y José Smith. El primero de ellos dedica un capítulo entero a la importancia de Melquisedec como tipo de Cristo y como poseedor de un sacerdocio superior al que correspondía a la ley de Moisés.

“Porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió a recibir a Abraham cuando volvía de la derrota de los reyes, y lo bendijo;
a quien asimismo dio Abraham los diezmos de todo; cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz;
sin padre, sin madre, sin genealogía; que no tiene principio de días ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre.
Considerad, pues, cuán grande era este, a quien aun Abraham el patriarca dio diezmos del botín.” (Hebreos 7:1–4)

Alma registró: “Este Melquisedec… era también sumo sacerdote conforme a este mismo orden del cual he hablado, y tomó sobre sí el sumo sacerdocio para siempre.
Y fue a este mismo Melquisedec a quien Abraham pagó los diezmos; sí, aun nuestro padre Abraham pagó los diezmos de la décima parte de todo lo que poseía.
Y estas ordenanzas fueron instituidas de esta manera para que el pueblo mirase hacia adelante al Hijo de Dios, siendo un tipo de Su orden, o siendo Su orden, a fin de que mirasen hacia Él para la remisión de sus pecados, para que entrasen en el reposo del Señor.
Ahora bien, este Melquisedec era rey sobre la tierra de Salem; y su pueblo se había fortalecido en iniquidad y abominación; sí, todos se habían descarriado; estaban llenos de toda clase de iniquidad;
pero Melquisedec, habiendo ejercido gran fe y recibido el oficio del sumo sacerdocio conforme al santo orden de Dios, predicó arrepentimiento a su pueblo. Y he aquí, se arrepintieron; y Melquisedec estableció la paz en la tierra en sus días; por tanto, fue llamado el Príncipe de paz, porque era rey de Salem; y reinó bajo su padre.
Y hubo muchos antes de él, y también hubo muchos después, pero ninguno fue mayor; por tanto, de él se ha hecho mención más particularmente.” (Alma 13:14–19)

El profeta José Smith restauró grandes verdades acerca del poder de este sacerdocio. Con un lenguaje incluso más elevado que el de los pasajes de Doctrina y Convenios sobre el sacerdocio, reveló:

“Y Melquisedec alzó su voz y bendijo a Abram.
Ahora bien, Melquisedec era un hombre de fe, que obró justicia; y cuando era niño temió a Dios, y cerró la boca de los leones, y apagó la violencia del fuego.
Y así, habiendo sido aprobado por Dios, fue ordenado sumo sacerdote conforme al orden del convenio que Dios hizo con Enoc,
siendo conforme al orden del Hijo de Dios; el cual orden no vino por hombre, ni por la voluntad del hombre; ni por padre ni por madre; ni por principio de días ni fin de años, sino de Dios;
y fue conferido a los hombres por el llamamiento de Su propia voz, conforme a Su propia voluntad, a cuantos creyeron en Su nombre.
Porque Dios, habiendo jurado a Enoc y a su descendencia con juramento por Sí mismo, que todo aquel que fuese ordenado conforme a este orden y llamamiento tendría poder, por la fe, para quebrantar montañas, dividir los mares, secar las aguas y desviarlas de su curso;
para desafiar a los ejércitos de las naciones, dividir la tierra, romper toda ligadura, estar en la presencia de Dios, hacer todas las cosas conforme a Su voluntad y mandamiento, someter principados y potestades; y todo esto por la voluntad del Hijo de Dios, quien fue desde antes de la fundación del mundo.
Y los hombres que tuvieron esta fe, al llegar a este orden de Dios, fueron trasladados y llevados al cielo.
Y ahora bien, Melquisedec fue sacerdote conforme a este orden; por tanto, obtuvo la paz en Salem, y fue llamado el Príncipe de paz.
Y su pueblo obró justicia y obtuvo el cielo, y buscó la ciudad de Enoc, la cual Dios había tomado antes, separándola de la tierra, reservándola para los postreros días o el fin del mundo;
y juró con juramento que los cielos y la tierra se juntarían, y que los hijos de Dios serían probados como por fuego.
Y este Melquisedec, habiendo así establecido la justicia, fue llamado por su pueblo el rey del cielo, o en otras palabras, el Rey de paz.
Y alzó su voz y bendijo a Abram, siendo el sumo sacerdote y el mayordomo del tesoro de Dios;
a quien Dios había designado para recibir los diezmos para los pobres.
Por lo cual, Abram le pagó diezmos de todo lo que tenía, de todas las riquezas que poseía, las cuales Dios le había dado en abundancia más de lo que necesitaba.
Y aconteció que Dios bendijo a Abram, y le dio riquezas, honra y tierras para posesión eterna, conforme al convenio que había hecho, y conforme a la bendición con que Melquisedec lo había bendecido.” (JST Génesis 14:25–40)

José Smith. ¿Cuál era el poder de Melquisedec? No era el Sacerdocio Aarónico, que administra en ordenanzas externas y en la ofrenda de sacrificios. Los que poseen la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec son reyes y sacerdotes del Dios Altísimo, poseedores de las llaves del poder y de las bendiciones. De hecho, ese sacerdocio es una ley perfecta de teocracia, y actúa como Dios para dar leyes al pueblo, administrando vidas eternas a los hijos y a las hijas de Adán. (Teachings of the Prophet Joseph Smith, 322)

Génesis 14:18. — “Melquisedec… era sacerdote del Dios Altísimo”

Este versículo introduce una de las afirmaciones doctrinales más profundas del Antiguo Testamento al presentar a Melquisedec no solo como rey de Salem, sino como sacerdote del Dios Altísimo, revelando la existencia de un sacerdocio superior al poder político y anterior a la ley de Moisés. Doctrinalmente, esto enseña que el verdadero gobierno de Dios sobre la tierra se ejerce mediante el sacerdocio, no mediante la fuerza militar ni la autoridad de los reyes. Melquisedec representa un orden divino basado en justicia, paz y revelación directa, y su aparición después de la guerra subraya que la victoria de Abram solo halla su pleno significado cuando es reconocida y santificada por la autoridad espiritual. Al ser llamado “sacerdote del Dios Altísimo”, Melquisedec testifica que Dios no está limitado a un pueblo o nación específica, sino que obra por medio de hombres justos dondequiera que estos se encuentren. Génesis 14:18 enseña así que el sacerdocio precede, trasciende y juzga a los reinos del mundo, y que las mayores bendiciones del convenio fluyen cuando el poder terrenal se somete humildemente a la autoridad divina.

“La versión Reina-Valera (KJV) contiene muy poca información acerca del gran sumo sacerdote antiguo Melquisedec. Se le menciona brevemente en Génesis 14 y nuevamente en Hebreos 7 (Gén. 14; Heb. 7). Los Salmos hablan del Mesías como sacerdote según el orden de Melquisedec (Sal. 110:4), pero hoy en día están disponibles muy pocos detalles en la Biblia acerca de Melquisedec y de su ministerio.

El Libro de Mormón, en Alma 13:14–20, ofrece un breve resumen del éxito de Melquisedec como maestro de justicia, información que presumiblemente estaba registrada en las planchas de bronce. En contraste, la Traducción de José Smith (JST) de Génesis 14:17–40 proporciona un relato extenso del ministerio de Melquisedec, más amplio que cualquier otro disponible, y presenta una descripción sin paralelo de los poderes del Sacerdocio de Melquisedec (JST Gén. 14:17–40).

Es interesante que, en las Biblias comunes disponibles hoy, se diga muy poco tanto de Enoc como de Melquisedec; sin embargo, en el folclore y la tradición judía ambos son figuras muy prominentes. Las fuentes apócrifas también abundan en relatos acerca de estos dos patriarcas, lo que indica que en algún tiempo antiguo las historias de Enoc y Melquisedec formaban una parte importante de los registros sagrados.

Por lo tanto, no debe sorprender que la Traducción de José Smith restaure amplia información acerca de estos dos hermanos y los vuelva a colocar en posiciones de prominencia en las Santas Escrituras. Es sumamente significativo que, con el comienzo de la dispensación del cumplimiento de los tiempos y la restauración de todas las cosas, se haya puesto a nuestra disposición el tan necesario material perdido acerca de Enoc y Melquisedec: el uno identificado con Sion; el otro, con los poderes del sacerdocio superior. Este conocimiento que poseían los santos antiguos, pero que no se conservó en la KJV, ahora nos ha sido provisto en la JST.” (Robert J. Matthews, “Plain and Precious Things Restored”, Ensign, julio de 1982, 19)

Génesis 14:18. — “Melquisedec… sacó pan y vino”

Este acto sagrado, realizado por Melquisedec, enseña que la victoria verdadera culmina en adoración y comunión con Dios, no en la exaltación del poder humano. Doctrinalmente, el pan y el vino trascienden el contexto inmediato de la guerra y señalan una ordenanza simbólica que dirige la mirada hacia la expiación del Hijo de Dios, anticipando un patrón redentor que más tarde sería revelado con mayor claridad. Aunque en la antigüedad el sacrificio de animales representaba la expiación, este gesto sugiere una adoración centrada en la vida, la provisión y la gracia, y coloca la experiencia de Abram bajo la autoridad del sacerdocio superior. Al recibir pan y vino de manos del sacerdote del Dios Altísimo, Abram reconoce que su preservación y triunfo proceden del Señor, enseñando que toda liberación debe consagrarse mediante la gratitud y la fe. Así, Génesis 14:18 afirma que el sacerdocio no solo bendice y gobierna, sino que también nutre espiritualmente, orientando al pueblo del convenio hacia Cristo y recordando que la paz y la justicia fluyen de una relación sagrada con Dios.

La ley del sacrificio de animales —y no los emblemas del sacramento— simbolizaba el sacrificio expiatorio del Salvador en los tiempos del Antiguo Testamento. No obstante, este pasaje resulta notable. Sabemos poco acerca de las ordenanzas practicadas antes de la ley de Moisés, pero parecería que la ofrenda de Melquisedec fue simbólica, tal como lo es nuestro sacramento moderno.

Bruce R. McConkie. El sacramento de la cena del Señor es una ordenanza de salvación en la cual todos los fieles deben participar si han de vivir y reinar con Él. Bien pudo haber sido prefigurado, unos dos mil años antes de su institución formal entre los hombres, cuando “Melquisedec, rey de Salem, sacó pan y vino; y partió el pan y lo bendijo, y bendijo el vino, siendo él sacerdote del Dios Altísimo. Y se los dio a Abram” (JST Gén. 14:17–18). Será administrado después de que el Señor venga de nuevo, a todos los fieles de todas las épocas, cuando se reúnan delante de Él en gloria resucitada (DyC 27). (The Promised Messiah: The First Coming of Christ [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1978], 384)

John Taylor. ¿No hay, en este acto de Melquisedec al administrar el pan y el vino en virtud de su oficio sacerdotal, una representación del cuerpo y la sangre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, tal como también lo indicó el mismo Mesías cuando participó de la Pascua con Sus discípulos? (Mediation and Atonement [Salt Lake City: Deseret News, 1882], 83–84)

Génesis 14:20. — “Y le dio diezmos de todo”

Este acto enseña que el diezmo es una expresión de reconocimiento y consagración, no una transacción ni una obligación posterior a la ley de Moisés. Al dar “diezmos de todo” a Melquisedec, Abram declara públicamente que la victoria, los bienes y la preservación de su casa proceden del Dios Altísimo y que, por tanto, le pertenecen primero a Él. Doctrinalmente, el pasaje establece el principio de que el pueblo del convenio honra a Dios con lo primero y lo mejor, aun —y especialmente— después del éxito, cuando la tentación de atribuirse el mérito es mayor. El diezmo precede a la ley levítica y se presenta aquí como un acto voluntario de fe que somete la prosperidad a la autoridad del sacerdocio y consagra lo temporal a fines eternos. Génesis 14:20 enseña que dar al Señor no empobrece, sino que ordena el corazón, recordando que la verdadera riqueza se mide por la rectitud, la gratitud y la disposición a reconocer a Dios como la fuente de toda bendición.

Howard W. Hunter. Hay quienes no viven la ley del diezmo debido al costo que implica. Esto contrasta con el razonamiento de David, quien no haría una ofrenda al Señor si no le costaba algo. Los grandes principios morales que encierra la ley del diezmo son pasados por alto por quienes no pagan el diezmo, y estos carecen del entendimiento de la ley y de las razones que la sustentan.

La palabra “diezmo” proviene del anglosajón y significa “una décima parte”. Puede definirse como la décima parte de los bienes o ingresos que se paga o dedica para usos o propósitos sagrados. La historia de la palabra, tal como se rastrea a través de la historia bíblica y extrabíblica, dirige nuestra atención a información muy interesante.

La primera mención clara de la palabra “diezmo” en la Biblia se encuentra en el primer libro del Antiguo Testamento. Abram, al regresar de la derrota de los cuatro reyes, fue recibido por Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo. Melquisedec lo bendijo, y Abram “le dio diezmos de todo” (Gén. 14:20).

Algunos capítulos después, en el mismo libro, Jacob hizo un voto en Betel con estas palabras:

“Si Dios fuere conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir,
y si volviera en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios.
Y esta piedra que he puesto por señal será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti.” (Gén. 28:20–22)

La tercera mención se da en relación con la ley levítica. El Señor habló por medio de Moisés:

“Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová.” (Lev. 27:30)

…Esto indica claramente que la ley del diezmo formaba parte de la ley levítica y era pagada por todo el pueblo, incluso por los levitas, quienes debían pagar diezmos de los diezmos que recibían.

Hay quienes sostienen que la ley del diezmo fue únicamente una institución levítica, pero la historia confirma que ha sido y es una ley universal. Fue fundamental en la ley mosaica, existió desde el principio y se encuentra en la antigua ley egipcia, en Babilonia, y puede rastrearse a lo largo de toda la historia bíblica… Las palabras de Malaquías cierran el Antiguo Testamento reiterando la ley del diezmo, lo que indica que no hubo abrogación de esta ley que había existido desde el principio. (Conference Report, abril de 1964, sesión de la tarde, 35)

Génesis 14:23 — “No tomaré ni un hilo ni una correa de calzado… para que no digas: Yo enriquecí a Abram”

Este versículo revela la integridad espiritual de Abram y su profundo entendimiento de la fuente verdadera de las bendiciones. Al rechazar cualquier ganancia procedente del rey de Sodoma, Abram protege la pureza de su testimonio y declara que su prosperidad no depende de favores humanos ni de alianzas con sistemas corruptos, sino únicamente del Dios Altísimo. Doctrinalmente, el pasaje enseña que el pueblo del convenio debe evitar toda circunstancia que permita al mundo atribuirse el mérito de lo que Dios concede, pues aceptar tales beneficios puede comprometer la independencia espiritual y oscurecer la gloria divina. Abram prefiere la pobreza aparente a la riqueza que distorsiona el origen de las bendiciones, mostrando que la rectitud incluye discernir no solo lo que es lícito, sino lo que es apropiado ante Dios. Génesis 14:23 afirma así que la verdadera fe no negocia su lealtad, y que el justo elige honrar a Dios aun cuando renunciar a ventajas materiales preserve la claridad del convenio y la honra del nombre del Señor.

Abram sospecha del potencial de maldad del rey Bera, y con razón. No confía en él, ni debía hacerlo.

“Con el rey de Sodoma, Abraham trata con majestad. No reconoce derecho alguno de ese rey para ofrecerle cosa alguna, y no aceptará ganancia alguna por su liberación de Sodoma. Ni esa ciudad ni su representante tendrán la oportunidad de decir: ‘Yo enriquecí a Abram’. Pero de Melquisedec Abraham aceptó bendición. El significado de esto es que Salem significaba Jerusalén, y así Abraham queda ya vinculado con lo que llegaría a ser la Ciudad Santa, el centro de la vida de su pueblo.” (The Interpreter’s Bible, ed. por G. A. Buttrick et al. [Nueva York: Abingdon Press, 1952], vol. 1, p. 597)