Génesis

Génesis 18


Génesis 18:1 — “Y Jehová apareció a Abraham en el encinar de Mamre”

La declaración de que Jehová apareció a Abraham subraya una verdad doctrinal central: Dios se manifiesta a quienes viven en convenio y caminan fielmente delante de Él. El encinar de Mamre no es solo un lugar geográfico, sino un símbolo de constancia espiritual; allí Abraham había edificado altares, invocado el nombre del Señor y perseverado en la obediencia. Doctrinalmente, este versículo enseña que las apariciones divinas no son fortuitas ni casuales, sino que ocurren en contextos de fidelidad, adoración y relación continua con Dios. Jehová se revela a Abraham no solo como un Dios trascendente, sino como un Dios personal que visita, habla y comparte Sus designios con Su profeta. Además, esta manifestación prepara el escenario para revelaciones mayores —la promesa del nacimiento de Isaac y la intercesión por Sodoma— mostrando que cuando el Señor aparece, lo hace para instruir, probar, bendecir y avanzar Su obra redentora. Génesis 18:1 afirma así que la revelación es una realidad viva dentro del convenio y que quienes honran al Señor pueden llegar a conocer Su voluntad de manera directa y transformadora.

El capítulo 18 de Génesis bien podría recibir un premio por ser innecesariamente confuso. Primero, no queda claro si Jehová se aparece a Abraham, o si tres hombres se aparecen a Abraham, o si tres ángeles se aparecen a Abraham, o si Jehová se aparece junto con tres mensajeros. Es un verdadero enredo. Es difícil saber a quién culpar: a los escribas, a los copistas o a los traductores, y la Traducción de José Smith no responde todas nuestras preguntas.

Segundo, el problema de los antecedentes ambiguos (el objeto al que se refiere un pronombre) afecta a toda la Biblia, pero en especial al Antiguo Testamento. “Y Jehová apareció a él en el encinar de Mamre” es un ejemplo. En este pasaje no es muy difícil saber que el “él” se refiere a Abraham, pero otros pasajes son mucho menos claros. Se requiere bastante análisis contextual y también la ayuda del Espíritu para dar sentido a algunos de los “él dijo esto” y “él dijo aquello” que aparecen en el texto.

Para poder entender el capítulo, es necesario tomarse algunas libertades con el texto, conociendo la manera en que el Señor se comunica con Sus profetas. Debemos añadir algunas frases explicativas para que el capítulo sea inteligible. Con fines de claridad, se sugiere la siguiente lectura del texto.

La declaración introductoria del capítulo es: “Jehová apareció a Abraham en el encinar de Mamre”, pero el Señor mismo no aparece de inmediato. Parece que los tres mensajeros preceden al Señor y hablan por Él al anunciar el nacimiento de Isaac. El Señor aparece más tarde, cuando Abraham y los tres mensajeros emprenden el camino hacia Sodoma.

Joseph Fielding Smith. No estamos justificados en enseñar que nuestro Padre Celestial, junto con otros seres celestiales, descendió, cansado y polvoriento, y comió con Abraham. Eso no se enseña en el capítulo 18 de Génesis. El primer versículo de ese capítulo debería leerse de la siguiente manera: “Y Jehová apareció a él en el encinar de Mamre”. Esa es una idea completa. La segunda parte del párrafo no tiene nada que ver con la aparición del Señor a Abraham, y debería comenzar otro párrafo o frase diciendo: “Y estando él sentado a la puerta de su tienda al calor del día, alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él”. Estos tres varones eran mortales. Tenían cuerpos y podían comer, bañarse, sentarse y descansar de su cansancio. Ninguno de estos tres era el Señor. (Doctrines of Salvation, 3 vols., ed. Bruce R. McConkie [Salt Lake City: Bookcraft, 1954–1956], 1:16)

Génesis 18:2 — “Y he aquí tres varones que estaban junto a él”

La presencia de tres varones junto a Abraham enseña doctrinalmente que Dios suele obrar por medio de mensajeros autorizados, aun cuando Su autoridad y Su palabra proceden de Él mismo. En la experiencia de Abraham, estos varones representan siervos enviados “después del orden de Dios”, mediante los cuales el Señor comunica Sus propósitos, anuncia promesas sagradas y ejecuta juicios justos. El relato muestra que la revelación no siempre viene acompañada de señales espectaculares; a veces llega en forma sencilla, humana y cotidiana, requiriendo discernimiento espiritual para reconocer la mano de Dios. Abraham los recibe con humildad y hospitalidad porque percibe su carácter sagrado, lo cual revela un principio clave: quienes honran a los mensajeros del Señor honran al Señor mismo. Así, Génesis 18:2 afirma que Dios gobierna Su obra mediante representantes fieles y que la disposición del corazón —más que la apariencia externa— determina nuestra capacidad de recibir revelación y bendición.

Estos hombres eran ángeles enviados por Dios, pero ángeles mortales (algo no poco común en el Antiguo Testamento), y aparentemente poseedores del sacerdocio; probablemente tenían llaves como una presidencia del sacerdocio. Su importancia, al igual que la de Enoc y Melquisedec, no se detalla en el relato de Génesis. La Traducción de José Smith nos dice que eran ángeles mortales: “ángeles que eran hombres santos, y fueron enviados conforme al orden de Dios” (TJS Gén. 18:23). Veremos evidencia de que eran hombres justos que comulgaban con el Señor y que tenían autoridad incluso mayor que la de Abraham. Una de esas evidencias es el honor y la hospitalidad que Abraham se apresura a brindarles cuando los encuentra.

Génesis 18:3 — “Señor mío, si ahora he hallado gracia en tus ojos, te ruego no pases de tu siervo”

La súplica de Abraham revela una actitud doctrinal esencial ante la presencia divina: humildad, reverencia y deseo de comunión. Al pedir que no pase de largo, Abraham manifiesta que reconoce el valor supremo de la visita del Señor por encima de cualquier ocupación temporal. Doctrinalmente, este versículo enseña que la gracia no se exige, sino que se discierne y se acoge con un corazón dispuesto. Abraham no se presenta como igual, sino como siervo, mostrando que el acceso a la revelación y a la bendición divina se fundamenta en la sumisión voluntaria y en la hospitalidad espiritual. Además, su ruego expresa una verdad profunda: Dios se deja “detener” por la fe y el deseo sincero de Sus hijos. Cuando el creyente invita al Señor a permanecer —a enseñar, corregir y bendecir— abre espacio para revelaciones mayores y para el cumplimiento de promesas eternas. Este versículo enseña que la comunión con Dios comienza cuando valoramos Su presencia más que cualquier otra cosa.

La Traducción de José Smith corrige este pasaje para que diga “mis hermanos” en lugar de “Señor mío”. De igual manera, eruditos hebreos han enseñado que la traducción debería estar en plural: “mis señores”, en vez de “mi Señor” (The Torah: A Modern Commentary, ed. W. Gunther Plaut [New York: The Union of American Hebrew Congregations, 1981], 122). Abraham ve a tres hombres, reconoce de inmediato que son representantes de Dios, y con gran entusiasmo los invita a quedarse por un tiempo.

Génesis 18:8 — “Y tomó mantequilla, y leche, y el becerro… y lo puso delante de ellos”

El acto de Abraham de preparar y servir alimento enseña doctrinalmente que la verdadera adoración se expresa en obras concretas de servicio y sacrificio. Aunque el ofrecimiento parece sencillo, implica tiempo, esfuerzo y generosidad, revelando que Abraham no dio al Señor ni a Sus mensajeros lo mínimo, sino lo mejor que tenía. Doctrinalmente, este versículo muestra que la hospitalidad es una forma de consagración: servir a los siervos de Dios es servir al mismo Dios. Además, Abraham permanece de pie mientras ellos comen, señal de reverencia y disposición para ministrar, no para ser servido. El relato enseña que las bendiciones y revelaciones profundas a menudo siguen a actos de obediencia silenciosa y caridad práctica. Génesis 18:8 afirma así que la fe viva se manifiesta en acciones, y que Dios honra a quienes convierten su hogar, su tiempo y sus recursos en un altar de servicio.

La comida es sencilla pero sabrosa. Abraham los invita como si dijera: solo les traeré un bocado; “tomaré un bocado”, dice él, pero él y Sara preparan rápidamente toda una comida de pan sin levadura, mantequilla, leche y carne de becerro. Resulta interesante que la combinación de leche y carne en una misma comida sería prohibida posteriormente por las restricciones dietéticas rabínicas. (The Torah: A Modern Commentary, 122)

Génesis 18:10 — “Y dijo…”

La expresión aparentemente sencilla “Y dijo…” introduce una de las verdades doctrinales más profundas del relato: Dios habla, y cuando Él habla, lo imposible comienza a hacerse posible. Aunque el sujeto no se identifica explícitamente en el texto, el mensaje que sigue es inequívocamente divino, enseñando que el Señor puede comunicar Su palabra por medio de mensajeros autorizados sin disminuir en absoluto Su autoridad. Doctrinalmente, este versículo nos recuerda que la voz de Dios no siempre llega de manera directa y visible; muchas veces se oye a través de instrumentos humanos, y la responsabilidad del creyente es discernir el origen divino del mensaje. Lo que sigue a este “Y dijo…” es una promesa contraria a toda lógica natural: el nacimiento de Isaac. Así, el versículo enseña que cuando el Señor habla, Su palabra no describe la realidad presente, sino que crea la realidad futura. La fe consiste en escuchar esa palabra y aceptarla antes de que exista evidencia visible de su cumplimiento.

Este es uno de esos casos de antecedente ambiguo. ¿Quién es el que habla? ¿El Señor o uno de los tres? Si nos tomamos una pequeña libertad con el texto, el relato cobra más sentido:

“Y uno de los tres mensajeros habló, diciendo: Así dice Jehová: Ciertamente volveré a ti conforme al tiempo de la vida, y he aquí Sara tu esposa tendrá un hijo”.

Génesis 18:10 — “Ciertamente volveré a ti conforme al tiempo de la vida”

Esta promesa declara un principio doctrinal clave: Dios actúa según Sus tiempos y Sus designios, no según las limitaciones humanas. La frase “conforme al tiempo de la vida” enseña que el Señor gobierna la vida misma—la fertilidad, la restauración y el cumplimiento de promesas—y que puede revertir condiciones que el mundo considera irreversibles. Doctrinalmente, el versículo afirma que las promesas divinas no son abstractas ni indefinidas; tienen tiempos señalados y se cumplen con precisión perfecta. Aquí, Jehová anuncia que regresará, es decir, que acompaña y supervisa el cumplimiento de Su palabra, garantizando que lo prometido llegará a su debido momento. Para el creyente, esto enseña paciencia con fe: aunque la espera parezca prolongada y la esperanza humana agotada, el Señor no llega tarde. Cuando Él “vuelve”, lo hace con poder creador, transformando la imposibilidad en testimonio vivo de Su fidelidad.

Volver “al tiempo de la vida” significa que Sara, ya pasada la menopausia, volvería a ser fértil. Existe una interesante tradición rabínica acerca de cómo ocurrió esto:

“Abraham envejeció y encaneció, y se apartó del trato conyugal; Sara también envejeció y encaneció, y se apartó del trato conyugal. Es cierto que se dice: Abraham y Sara eran viejos; pero entonces Abraham, viejo y canoso como era, vio que su cabello volvía a oscurecerse y recobró el vigor de su juventud. Sara, igualmente vieja y canosa, vio que su cabello volvía a oscurecerse. Abraham volvió a ser joven y Sara volvió a ser joven. Entonces casi todo el mundo se reunió en torno a ellos y preguntó: ‘¿Qué hay de tan extraordinario en ustedes para que les sucedan cosas tan asombrosas?’ Abraham se sentó y, comenzando con su liberación del fuego de los caldeos, contó todo lo que le había sucedido en el mundo hasta ese mismo momento. De las cosas que le acontecieron a Abraham se dijo: ‘¿Quién despertó del oriente a uno a quien la victoria acompaña en cada paso? Entrega naciones delante de él y lo hace dominar sobre reyes’. Y tan pronto como la asamblea oyó palabras de la Torá de boca de Abraham, lo hicieron rey sobre ellos.” (Tvedtnes, Hauglid y Gee, Traditions About the Early Life of Abraham [Provo: FARMS, 2001], 76–77)

Génesis 18:11 — “Y Abraham y Sara eran viejos y avanzados en edad”

Este versículo subraya deliberadamente la imposibilidad humana como telón de fondo para la posibilidad divina, estableciendo un principio doctrinal recurrente en las Escrituras: Dios obra con mayor claridad cuando el poder del hombre ha llegado a su límite. Al enfatizar la avanzada edad de Abraham y Sara, el texto elimina toda explicación natural para el cumplimiento de la promesa, de modo que el nacimiento de Isaac no pueda atribuirse a fuerza, salud o circunstancia humana, sino únicamente a la intervención del Señor. Doctrinalmente, esto enseña que los convenios de Dios no dependen de la capacidad mortal, sino de Su fidelidad eterna. La vejez de los patriarcas se convierte así en un instrumento pedagógico: el Señor demuestra que Su palabra prevalece aun cuando la razón, la experiencia y la biología declaran lo contrario. Para los creyentes, este pasaje ofrece consuelo y esperanza, recordándonos que las promesas de Dios no expiran con el tiempo, y que aquello que parece tardío, perdido o irreversible para el mundo, sigue estando plenamente bajo el dominio del Dios que da vida y cumple convenios.

Russell M. Nelson. Todos “saben” que las mujeres ancianas no dan a luz hijos. Entonces, ¿a quién llamó el Señor para dar a luz al hijo heredero del derecho de primogenitura de Abraham? ¡A Sara, a los noventa años! Cuando se le dijo que esto sucedería, ella hizo una pregunta lógica: “¿Después que he envejecido tendré deleite?” (Gén. 18:13). Desde los cielos vino esta respuesta: “¿Hay para Jehová alguna cosa difícil?” (Gén. 18:14).

Así decretado, dio a luz a Isaac, para llevar el crucial convenio abrahámico a la segunda generación (véase Gén. 26:1–4, 24).

Más tarde, para uno de los acontecimientos más importantes que jamás habrían de ocurrir, se eligió el otro extremo. Así como todos sabían que una mujer anciana no podía tener hijos, era igualmente evidente que una virgen no podía concebir. Sin embargo, Isaías había hecho esta declaración profética:

“El Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isa. 7:14).

Cuando María fue notificada de su sagrada responsabilidad, el ángel que la anunció la tranquilizó diciendo: “Porque nada hay imposible para Dios” (Lucas 1:37). (“With God Nothing Shall Be Impossible”, Ensign, mayo de 1988, 33)

Génesis 18:13 — “Y Jehová dijo a Abraham”

Este versículo enseña un principio doctrinal esencial sobre la revelación divina: el Señor habla a Sus siervos de manera directa, personal y con pleno conocimiento de las circunstancias humanas, aun de aquellas que no han sido expresadas en voz alta. Aquí, Jehová responde al pensamiento y a la reacción interior de Sara, mostrando que nada queda oculto ante Él y que Su palabra no depende de la fe perfecta previa del hombre para manifestarse. Doctrinalmente, este pasaje afirma que Dios es un Dios que corrige, instruye y confirma Sus promesas mediante la palabra revelada, no con reproche severo, sino con propósito redentor. Al dirigirse a Abraham, el Señor reafirma su papel como profeta y cabeza del convenio, estableciendo que la revelación fluye conforme al orden divino. Para los creyentes, este versículo testifica que el Señor sigue hablando hoy, que conoce nuestras dudas internas y que Su voz no busca humillar la debilidad humana, sino invitar a una fe más profunda al confrontarnos amorosamente con la verdad de Sus promesas.

Para mantener la coherencia del relato, sugerimos que en esta ocasión el Señor habló por medio de uno de Sus tres mensajeros. Este concepto no debería resultar extraño para los Santos de los Últimos Días. Estamos acostumbrados a oír la palabra del Señor a través de Sus siervos. Una vez más, este pasaje probablemente debería leerse: “Y el mensajero de Jehová dijo a Abraham…” Debemos aprender a reconocer la voz del Señor cuando Sus siervos hablan en la actualidad.

Henry B. Eyring. Si esperan en el Señor la próxima vez que escuchen a las Autoridades Generales de la Iglesia, si se olvidan de ellos como personalidades humanas y escuchan buscando la voz del Señor, les prometo que la reconocerán en las palabras que pronuncian Sus siervos. Tendrán una apacible seguridad de que esos seres humanos son llamados por Dios y de que Dios honra esos llamamientos.

Les hago la misma promesa respecto a la próxima vez que su obispo les hable. Estuve en mi barrio no hace mucho tiempo, y nuestro obispo habló. Al salir, mi esposa y yo nos dijimos el uno al otro: “¿Pudiste sentirlo, verdad, cuando llegó el Espíritu Santo?”. Él dio su testimonio, y supe que mi obispo, que es mi vecino, había sido llamado por Dios tan ciertamente como cualquier otro ser humano.

Pruébenlo con su obispo. Puede que decida hablar con ustedes pronto. Escuchen. Esperen en el Señor mientras él habla. No se preocupen por él como ser humano; simplemente escuchen y vean si pueden oír la voz del Señor. Les prometo no solo que oirán lo que deben oír, sino que también verán que su llamamiento viene de Dios, y les será mucho más fácil ser siervos fieles en su barrio. (To Draw Closer to God: A Collection of Discourses, Deseret Book, 1997, 99–100)

Génesis 18:14 — “¿Hay para Jehová alguna cosa difícil?”

Esta pregunta retórica establece uno de los principios doctrinales más absolutos de las Escrituras: la omnipotencia de Dios y la absoluta confiabilidad de Sus promesas. No es una pregunta para obtener información, sino una invitación a confrontar los límites de la fe humana. Frente a la vejez, la esterilidad y la experiencia acumulada que testificaban lo imposible, Jehová dirige la atención de Abraham —y de todo lector fiel— lejos de las circunstancias y hacia Su propia naturaleza divina. Doctrinalmente, el versículo enseña que las dificultades no se miden por su magnitud humana, sino por el poder de Aquel que las enfrenta. Nada es “difícil” para Jehová porque Él gobierna la vida, el tiempo y la creación misma. Esta verdad transforma la obediencia: el creyente no camina por vista, lógica o probabilidad, sino por confianza en un Dios que cumple lo que promete aun cuando toda evidencia terrenal lo contradice. Así, esta pregunta no solo explica el milagro de Isaac, sino que fundamenta toda esperanza del convenio, recordándonos que cuando Dios habla, la imposibilidad deja de existir.

Jeffrey R. Holland. “¿Hay para Jehová alguna cosa difícil?” (Génesis 18:14). He hallado gran consuelo en este pasaje a lo largo de los años. Es un pasaje centrado en la familia. Es la escritura que se encuentra en el corazón de todo lo que hoy llamamos la descendencia de Abraham, Isaac y Jacob.

En los primeros años de nuestro matrimonio parecía que, al igual que Sara, yo también sería estéril. Mi médico nos dijo que existía una gran probabilidad de que no tuviéramos hijos. Pero en mi corazón sentía algo distinto, y recordé a Sara. ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? No, no si sus nombres son Matthew, Mary Alice y David. ¿Es demasiado difícil concebirlos, traerlos al mundo, alimentarlos, consolarlos, enseñarles, vestirlos, esperarlos despiertos, tener paciencia con ellos, llorar por ellos o amarlos? No, no si son hijos de Dios tanto como nuestros. No, si recordamos esos impulsos maternales que, supongo, son los afectos naturales más fuertes del mundo. El presidente David O. McKay dijo una vez que lo más parecido al amor de Cristo por la humanidad era el amor de una madre por su hijo. Todo lo que he sentido desde el 7 de junio de 1966 me dice que tenía razón.

Cuando llegan las dificultades —y llegarán—; cuando se acumulan los desafíos —y se acumularán—; cuando el mal abunda y tememos por la vida de nuestros hijos, podemos pensar en el convenio y la promesa dados a Abraham, y especialmente pensar en Sara. Y junto con los ángeles podemos repetir la pregunta: “¿Hay para Jehová alguna cosa difícil?”.
(On Earth As It Is in Heaven, Deseret Book, 1989, 12)

Spencer W. Kimball. De alguna manera, siento que cuando hemos hecho todo lo que está a nuestro alcance, el Señor hallará la manera de abrir puertas. Esa es mi fe.

“¿Hay para Jehová alguna cosa difícil?”, preguntó cuando Sara se rió al oír que tendría un hijo. Al escuchar esto desde la puerta de la tienda, ella sabía que tanto Abraham, de cien años, como ella, de noventa, habían pasado la edad de la reproducción. Ella sabía que no podía tener hijos, así como se sabía que no podíamos abrir puertas a muchas naciones.

“Y Jehová dijo a Abraham: ¿Por qué se ha reído Sara…?

¿Hay para Jehová alguna cosa difícil? Al tiempo señalado volveré a ti, según el tiempo de la vida, y Sara tendrá un hijo” (Gén. 18:13–14).

Hermanos, Sara sí tuvo un hijo de Abraham, el padre de naciones.

“Por lo cual también, de uno, y ese ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar” (Heb. 11:12).

¿Hay algo demasiado difícil para el Señor?

También a Jeremías le dijo:

“He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?” (Jer. 32:27).

Si Él manda, ciertamente puede cumplir.

Recordamos el éxodo de los hijos de Israel cruzando el infranqueable mar Rojo. Recordamos a Ciro desviando un río y tomando la inexpugnable ciudad de Babilonia. Recordamos a los nefitas llegando a la tierra prometida. Recordamos la Guerra de Independencia y el poder de Dios que nos dio la victoria.

Creo que el Señor puede hacer cualquier cosa que decida hacer. Pero no veo razón alguna para que el Señor abra puertas para las cuales no estamos preparados. (Ensign, abril de 1984, 5)

Harold B. Lee. Hemos visto suceder cosas milagrosas, y cuando pensamos que los problemas venideros son insuperables, quisiera pedirles que recuerden lo que el Señor dijo a Abraham. Recordarán que el Señor vino a Abraham y le dijo: “Tu esposa dará a luz un hijo”. Abraham y su esposa se rieron. Él dijo: “¿No sabes que ella tiene más de noventa años y ha pasado la edad de tener hijos?”. ¿Saben lo que el Señor le dijo a Abraham? “¿Hay para Jehová alguna cosa difícil?” (véase Gén. 18:10–14).

Hermanos y hermanas, no hay nada demasiado difícil para el Señor. Si usted y yo tenemos un testimonio de la misión divina de esta Iglesia, el reino de Dios sobre la tierra, no hay nada demasiado difícil para el Señor. (The Teachings of Harold B. Lee, Bookcraft, 1996, 1)

Génesis 18:14 — “Sara tendrá un hijo”

Esta declaración culmina la promesa divina con una afirmación clara, directa e irrevocable, mostrando que la palabra de Dios no queda en posibilidad, sino que se concreta en certeza. Doctrinalmente, “Sara tendrá un hijo” enseña que el cumplimiento de los convenios no depende de la reacción emocional previa —fe perfecta, duda o incluso risa— sino de la fidelidad inmutable del Señor. Aquí, Jehová no solo anuncia un milagro biológico, sino que garantiza la continuidad del convenio abrahámico, pues sin Isaac no habría linaje del convenio ni bendición para todas las naciones. El énfasis no está en la capacidad de Sara, sino en la determinación divina: Dios nombra el resultado antes de que exista, porque Su palabra crea realidades. Para el creyente, este versículo enseña que el Señor cumple Sus promesas aun cuando estas parecen tardías, improbables o humanamente imposibles, y que cuando Dios declara “tendrás”, el futuro ya está asegurado, aunque el presente todavía no lo refleje.

LeGrand Richards. Sin posteridad, las bendiciones que el Señor tenía reservadas para Abraham no podrían haberse realizado plenamente: “y en él serán benditas todas las naciones de la tierra”. Y de Sara se dijo que “será madre de naciones; reyes de pueblos procederán de ella”.

Así como todas las naciones de la tierra habían de ser bendecidas en Abraham y en su descendencia, y así como Sara había de llegar a ser madre de naciones y de ella habrían de salir reyes, de la misma manera el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio es necesario para que todo hombre fiel pueda establecer el fundamento de su reino por medio de su esposa y de su posteridad.

Hay muchas personas fieles que han hecho constantemente todo lo que estaba a su alcance para probarse dignas de las bendiciones más selectas del Señor, pero que han sido privadas del privilegio de tener hijos en esta vida, sin culpa alguna de su parte. Por otro lado, hay muchos que han tenido hijos cuyas vidas han sido tales que resultarán completamente indignos de ellos en los mundos eternos. El Señor ha provisto un Milenio, durante el cual, sin duda, se harán los ajustes necesarios. (A Marvelous Work and a Wonder, Deseret Book, 1950, 305)

Génesis 18:15 — “Entonces Sara negó, diciendo: No me reí; porque tuvo miedo. Y él dijo: No es así, sino que te reíste”

Este versículo revela con gran profundidad la relación entre la debilidad humana y la verdad divina. El temor de Sara al negar su risa no nace de rebeldía, sino del asombro y la inseguridad que surgen cuando lo divino irrumpe en lo imposible. Doctrinalmente, el pasaje enseña que Dios conoce no solo los hechos visibles, sino también las reacciones internas del corazón, y que Su conocimiento perfecto no tiene como fin avergonzar, sino afirmar la realidad de Su palabra. Al decir “te reíste”, el Señor no condena a Sara; más bien, fija el contraste entre la incredulidad momentánea y la fidelidad eterna de Dios, dejando constancia de que el milagro será tan grande que incluso la duda humana quedará como testimonio de Su poder. Para el creyente, esta escena enseña que el Señor no retira Sus promesas cuando hay temor o vacilación, sino que las cumple precisamente para transformar la risa incrédula en gozo reverente, mostrando que Su gracia es mayor que nuestras dudas y que Su verdad permanece aun cuando intentamos ocultar nuestra fragilidad.

En lugar de suponer que el mensajero estaba reprendiendo a Sara por haberse reído, consideremos otra posibilidad. A simple vista, parecería que el siervo del Señor le está diciendo: “Te descubrí. Te reíste. Voy a decírselo al Señor. Mala conducta”. Sin embargo, quizá el mensajero estaba diciendo algo distinto: “Sara, no niegues que te reíste. El Señor ciertamente te dará un hijo. Es mejor que tu posteridad recuerde que te reíste ante la posibilidad de tener un hijo, porque eso demuestra que solo un milagro podía hacerlo posible. Dejaremos constancia de que te reíste, porque eso refuerza el poder de Dios en el milagro del nacimiento de Isaac”.

“Cualquiera que haya buscado durante largo tiempo el cumplimiento de un deseo justo, orando a diario y a veces suplicando a Dios que conceda un milagro, puede identificarse con Sara, que esperó toda una vida por un hijo. El tiempo más razonable para que se conceda el deseo prometido pasa, y no se puede imaginar ningún escenario que siquiera se aproxime al sueño anhelado. Entonces, en el momento menos probable, cuando todas las circunstancias subrayan que el cumplimiento es imposible, el Espíritu susurra que Dios ha cumplido Su promesa y ahora concederá la bendición. La primera emoción suele ser una combinación de temor y duda. Nada en nuestro mundo racional puede explicarlo. Luego llega el gozo sin límites, al comprender que la bendición prometida es tanto más dulce por la espera y mucho más grandiosa de lo que se había imaginado. Puede que Dios no responda cuando creemos necesitarlo, pero siempre llega a tiempo…

“Cualquier temor o duda que Sara haya experimentado al principio fue de corta duración. Su capacidad para concebir, dar a luz y amamantar a ese hijo no fue reflejo de fortaleza física ni de una juventud perpetua. Ella fue capacitada más allá de su habilidad natural únicamente por la gracia de Jesucristo. Al elogiar a Sara, el apóstol Pablo afirmó que el milagro de que la matriarca de noventa años diera a luz solo puede explicarse por su gran fe en el Salvador (Hebreos 11:11)”. (Camille Fronk Olson, Women of the Old Testament, Deseret Book, 2009, 41)

Génesis 18:16–17 — “Y Abraham fue con ellos… y Jehová dijo”

Este pasaje marca un punto decisivo en la relación de confianza y mayordomía espiritual entre Dios y Abraham. El hecho de que Abraham “fuese con ellos” muestra su disposición constante a acompañar la obra del Señor, aun cuando no conoce plenamente su desenlace; camina con los mensajeros como alguien que participa, no solo observa. Doctrinalmente, cuando Jehová declara: “¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?”, se revela un principio profundo: Dios comparte Sus designios con aquellos que han demostrado fidelidad, rectitud y responsabilidad para enseñar y guiar a otros. Abraham no es informado por curiosidad, sino porque es un patriarca que “mandará a sus hijos y a su casa después de sí” (v. 19). Así, la revelación está ligada a la misión: conocer la voluntad de Dios implica el deber de vivirla y transmitirla. Este pasaje enseña que la revelación no es solo un privilegio personal, sino una herramienta para bendecir generaciones, y que el Señor confía Sus propósitos a quienes caminarán con Él en obediencia, justicia y misericordia.

Ahora sí tiene sentido que el Señor aparezca en el relato. Este es el momento en que se cumple la afirmación inicial: “Y Jehová se le apareció en el encinar de Mamre” (v. 1). También cobra más sentido si ahora el Señor habla a los tres siervos diciendo:

“¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer, habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra?”

Suponemos que los tres mensajeros eran líderes del sacerdocio enviados a dar un mensaje a Abraham. Debieron de ser hombres grandes, pero aquí parece que el Señor mismo les está instruyendo acerca de la grandeza de Abraham. El relato comienza con Abraham mostrando deferencia hacia los mensajeros y termina con el Señor explicando quién es verdaderamente el grande. La historia ha confirmado plenamente esa grandeza, pues ni siquiera conocemos los nombres de los mensajeros.

“Porque yo lo conozco, que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio; para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él”.

Génesis 18:19 — “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí”

Este versículo revela uno de los principios más elevados del pacto abrahámico: la responsabilidad patriarcal de preservar la rectitud de generación en generación. Cuando el Señor declara “yo sé”, no expresa una suposición, sino una certeza basada en el carácter probado de Abraham. Doctrinalmente, Dios confía Sus convenios y promesas a quienes gobiernan su hogar conforme a justicia y juicio, entendiendo que el hogar es el primer y más sagrado ámbito de enseñanza espiritual. Mandar a los hijos no implica tiranía ni coerción, sino liderazgo moral, instrucción constante y ejemplo fiel, de modo que la obediencia al Señor se convierta en una forma de vida y no solo en una norma externa. Este pasaje enseña que el cumplimiento de las promesas divinas —incluida la bendición de “todas las familias de la tierra”— depende de que los padres del convenio transmitan activamente la fe, los mandamientos y la identidad del pacto. Así, Abraham es presentado como el modelo eterno de aquel que une revelación, autoridad espiritual y responsabilidad familiar, demostrando que la verdadera grandeza ante Dios comienza en la forma en que se gobierna y santifica el hogar.

Se nos manda “hacer las obras de Abraham” (DyC 132:32); esto incluye ser como Abraham al mandar a nuestros hijos y a nuestra casa que guarden el camino del Señor. ¿Qué sucede si nuestros hijos murmuran por ir a la Iglesia? ¿Qué pasa si sienten que el servicio en la Iglesia es una carga? ¿Qué ocurre si consideran los mandamientos demasiado restrictivos? ¿Debemos buscar su aprobación y suavizar nuestras normas? ¿Debemos torcer las reglas para demostrar un espíritu magnánimo?

Podríamos ser como Elí, el sacerdote, que permitió que sus hijos adultos hicieran lo que quisieran en la entrada del tabernáculo del Señor (1 Sam. 2:12–25). ¿Cómo terminó eso? Recordarás que el Señor hizo morir a los hijos de Elí y también a Elí, “porque sus hijos se hicieron viles, y él no los estorbó” (1 Sam. 3:12). Por tanto, la lección de las Escrituras es establecer la norma como Abraham y mantenerla. Debemos plantar el pie como Josué y decir: “yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15).

“… Esta cualidad de Abraham es tan esencial para nosotros hoy como lo fue hace cuatro mil años. Junto con nuestra responsabilidad de bendecir a todas las familias de la tierra viene nuestra necesidad de perpetuar el convenio de generación en generación para que continúe cumpliéndose. El Señor espera que la descendencia de Abraham en la actualidad responda al encargo dado en la antigüedad: ‘Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes’ (Deut. 6:7). Enseñar el evangelio es una de las responsabilidades más importantes que recaen sobre los hombros de la descendencia de Abraham, porque si fallamos en esta asignación crucial, todo el convenio queda en peligro”. (S. Michael Wilcox, “The Abrahamic Covenant”, Ensign, enero de 1998, 48)

Loren C. Dunn. Hay quienes en el mundo podrían decir que tal influencia de los padres es represiva y que priva al niño de su libertad, pero ocurre todo lo contrario. Se oyó a un grupo de jovencitas hablar de los padres de una de sus amigas. Con una madurez que superaba su edad, una de ellas dijo: “Sus padres no la aman; la dejan hacer lo que quiera”. Las demás estuvieron de acuerdo.

En un artículo de la revista New York Times Magazine, posteriormente condensado en Reader’s Digest, William V. Shannon expone los siguientes puntos: “Los niños estadounidenses… están sufriendo un fracaso generalizado de los padres. Con sus palabras y acciones —dice— muchos padres y madres dejan claro que están casi paralizados por la incertidumbre… Muchos padres están en conflicto respecto a cuáles son sus propios valores. Otros creen saberlo, pero carecen de la confianza para imponer disciplina en defensa de esos valores…”.

Lo que falta, dice, no es más información sobre el desarrollo infantil, sino convicción. Aunque la herencia desempeña algún papel en el desarrollo del niño, la influencia mayor “depende de si los padres se preocupan lo suficiente por sus hijos como para afirmar y defender los valores necesarios”. El autor también señala que tanto el padre como la madre deben poner en primer lugar a la familia y las responsabilidades del hogar. “Criar a nuestros hijos es, con mucho, la tarea más importante que la mayoría de nosotros emprenderá jamás”.

También afirma que “los padres que no perseveran en criar a sus hijos conforme a sus propias convicciones no los están dejando ‘libres’ para desarrollarse por sí mismos. En realidad, están permitiendo que otros niños y los medios de comunicación, principalmente la televisión y el cine, hagan ese trabajo”. (William V. Shannon, “What Code of Values Can We Teach Our Children?”, Reader’s Digest, mayo de 1972, págs. 187–188; citado en “Our Precious Families”, Ensign, noviembre de 1974, 10)

Ezra Taft Benson. Si tan solo pudiéramos merecer esa palabra de aprobación como esposos y padres, y como madres y padres en Sion, ¡qué cosa tan gloriosa sería! (So Shall Ye Reap, compilado por Reed A. Benson, Deseret Book, 1960, 112)

Génesis 18:20 — “El clamor de Sodoma y de Gomorra se aumenta más y más… porque el pecado de ellos se ha agravado en extremo”

Este versículo enseña que el juicio divino no es arbitrario ni repentino, sino la consecuencia acumulada de una iniquidad persistente que afecta tanto a las víctimas como al orden moral de la sociedad. El “clamor” no es solo la suma de pecados privados, sino el grito colectivo de injusticia, violencia y corrupción que asciende ante Dios cuando una comunidad normaliza el mal y endurece su corazón frente a toda corrección. Doctrinalmente, el pasaje revela que el Señor es paciente y misericordioso, permitiendo tiempo para el arrepentimiento; pero también es justo, y cuando el pecado “se agrava en extremo” —es decir, cuando se institucionaliza, se defiende y se impone— la misericordia exige una intervención que proteja a los inocentes y ponga fin a la destrucción moral. Esta declaración prepara el escenario para la intercesión de Abraham y enseña que, aun en medio del juicio, Dios escucha y considera a los justos, separando responsabilidad personal de culpa colectiva. Para el creyente, Génesis 18:20 es una advertencia solemne: las sociedades, al igual que los individuos, son responsables ante Dios, y cuando se pierde la capacidad de escuchar el clamor del bien, ese clamor termina siendo oído en los cielos.

Spencer W. Kimball. La homosexualidad es un pecado repugnante, tanto para quienes no sienten tentación alguna hacia ella como para muchos infractores del pasado que hoy buscan una salida de sus garras. Es un tema incómodo y desagradable de tratar, pero debido a su prevalencia, a la necesidad de advertir a los no iniciados y al deseo de ayudar a quienes ya puedan estar involucrados, se analiza en este capítulo.

Esta perversión se define como “deseo sexual hacia personas del mismo sexo o relaciones sexuales entre individuos del mismo sexo”, ya sean hombres o mujeres. Es un pecado de todas las épocas. Estuvo presente durante los días del peregrinaje de Israel, así como antes y después. Fue tolerado por los griegos. Fue común en la Roma decadente. Las antiguas ciudades de Sodoma y Gomorra son símbolos de una maldad miserable, relacionada de manera especial con esta perversión, como lo indica el episodio de los visitantes de Lot (véase Gén. 19:5). Tan degenerada había llegado a ser Sodoma que no se pudieron encontrar ni siquiera diez personas justas (Gén. 18:23–32), y el Señor tuvo que destruirla. Sin embargo, esta práctica repulsiva ha persistido. Ya en tiempos de Enrique VIII se la denominaba “el crimen abominable y detestable contra la naturaleza”. Algunas de nuestras propias leyes han seguido ese lenguaje preciso y descriptivo.

El pecado en las prácticas sexuales tiende a tener un efecto de “bola de nieve”. A medida que se eliminan las restricciones, Satanás incita al hombre carnal a una degeneración cada vez más profunda en su búsqueda de excitación, hasta que en muchos casos se pierde toda consideración previa de decencia. Así, a través de los siglos, quizá como una extensión de las prácticas homosexuales, hombres y mujeres han descendido incluso hasta buscar satisfacciones sexuales con animales. (El milagro del perdón, cap. 6)

Génesis 18:21 — “Descenderé ahora y veré”

Este pasaje enseña un principio central del carácter divino: Dios juzga con justicia perfecta y misericordia informada. La expresión “descenderé y veré” no sugiere falta de conocimiento en Dios, sino que revela Su orden justo: antes de ejecutar juicio, el Señor confirma plenamente los hechos, considera todas las circunstancias y ofrece oportunidades de arrepentimiento.

Doctrinalmente, el versículo muestra que el juicio divino es relacional y responsable. Dios no actúa por clamor popular ni por apariencia; actúa por verdad comprobada. Este patrón protege a los justos, limita la destrucción innecesaria y afirma que la misericordia precede al castigo. La presencia de Abraham y su intercesión en el relato refuerzan que el Señor invita a los justos a participar en Su obra mediante la súplica y la fe. En un sentido más profundo, “descender” indica que Dios se acerca al mundo caído. Él no es distante ante el dolor ni indiferente frente al pecado; entra en la historia humana para salvar a quienes pueden ser salvados y poner freno al mal cuando éste ha llegado a su colmo. Así, la justicia divina no es fría ni automática, sino informada, paciente y recta. Para los creyentes, este principio trae consuelo y responsabilidad: Dios ve con claridad, escucha con atención y juzga con equidad; por tanto, podemos confiar en Sus tiempos y, como Abraham, interceder por otros, vivir rectamente y sostener la esperanza de que el Señor no destruirá al justo con el impío.

El texto dice: “Y Jehová dijo… descenderé ahora y veré” cuán grave es la situación. ¿Necesita Dios viajar a una ciudad para conocer sus pecados? Cuando la sangre de los profetas y de los santos clama a Dios desde el polvo, ¿tiene entonces el Señor que hacer un viaje a la tierra para entender lo ocurrido? ¡Por supuesto que no!

Así que, una vez más, debemos ajustar el texto. ¿Es eso blasfemia? No importa, porque es necesario hacerlo. El texto de Génesis es tan arcaico y está tan alejado del espíritu de revelación y profecía que no podemos aceptarlo tal como está. Sabiendo que el Señor envía a Sus profetas a la tierra para “descender y dar informe”, el texto cobra perfecto sentido si se lee así: “Y Jehová dijo a los tres varones: Por cuanto el clamor de Sodoma y de Gomorra es grande, y su pecado gravísimo, descended ahora y ved si han consumado su obra conforme al clamor que ha venido hasta mí; y volved y traedme palabra”. ¿Qué responderían esos siervos? “Así se hará, Jehová; descenderemos”. Y los hombres volvieron sus rostros de allí y se encaminaron hacia Sodoma.

Génesis 18:23 — “¿Destruirás también al justo con el impío?”

La súplica de Abraham encierra una verdad doctrinal fundamental: el juicio de Dios nunca es ciego ni colectivo, sino perfectamente justo, individual y misericordioso. Al formular esta pregunta, Abraham no duda del carácter divino, sino que lo afirma, reconociendo que el Juez de toda la tierra no puede obrar injustamente. El Señor distingue con absoluta precisión entre quienes guardan convenios y quienes persisten en la iniquidad, y por ello no permite que los justos sufran el mismo destino que los impíos. Este principio se manifiesta repetidamente en las Escrituras: antes de ejecutar destrucción, Dios advierte, separa, preserva y provee una vía de escape para los fieles, como ocurrió con Lot y su familia. La intercesión de Abraham también enseña que los justos pueden clamar con confianza ante Dios, apelando tanto a Su justicia como a Su misericordia, y que tal intercesión tiene valor real ante el cielo. Doctrinalmente, este pasaje anticipa el ministerio de Jesucristo, el gran Intercesor, quien ruega por los justos y ofrece salvación aun en medio de un mundo corrupto. Así, Génesis 18:23 afirma que Dios jamás sacrifica la rectitud por conveniencia ni destruye sin discernimiento, y que, aun en los días de mayor iniquidad, los justos son conocidos, protegidos y recordados por Él.

A medida que se acerca la Segunda Venida, esta pregunta es tan relevante como siempre. Cuando la destrucción viene de parte del Señor, ¿qué sucede con los justos? ¿Serán destruidos también ellos? En Sodoma y Gomorra, solo la familia de Lot era justa. Al igual que en la congregación de los santos en los últimos días, debe haber una separación entre los justos y los impíos antes de que los ángeles de destrucción sean soltados sobre la tierra: “los ángeles están esperando el gran mandamiento para segar la tierra, para recoger la cizaña a fin de que sea quemada” (DyC 38:12).

El Señor no destruirá a los justos con los impíos. Antes bien, los “cazará de todo monte y de todo collado y de las cavernas de las peñas” (Jer. 16:16). Los recogerá como trigo en los graneros (Alma 26:5), o como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas (Mat. 23:37).

“Y hasta esa hora habrá vírgenes insensatas entre las prudentes; y en ese momento vendrá una separación completa entre los justos y los impíos; y en aquel día enviaré mis ángeles para arrancar a los impíos y arrojarlos al fuego inextinguible.” (DyC 63:54)

Heber C. Kimball. Mi oración es ante Dios y los ángeles, de día y de noche, para que Él purifique a este pueblo y lo limpie de hombres y mujeres impíos; y espero que la operación purificadora continúe hasta que haya una separación total entre el trigo y la paja. Habrá una separación, y les digo lo que sé, no solo lo que creo. (Journal of Discourses, 3:114)

Génesis 18:23–33 — Abraham intercede ante el Señor por los justos

En este pasaje se revela con claridad la doctrina de la intercesión basada en la rectitud y la confianza en el carácter de Dios. Abraham se acerca al Señor con humildad (“polvo y ceniza”) pero también con una fe audaz, sabiendo que el Dios con quien habla es perfectamente justo y misericordioso. Su diálogo no busca cambiar la naturaleza divina, sino apelar a ella, afirmando que el Juez de toda la tierra siempre hará lo recto. La progresiva reducción del número de justos muestra que la presencia de la rectitud tiene poder preservador, y que Dios está dispuesto a salvar a muchos por causa de pocos. Doctrinalmente, esto enseña que la justicia divina no es fría ni impersonal, sino que responde a la fe, a la caridad y a la intercesión; también establece que los justos tienen un papel real en la preservación espiritual del mundo. Además, el relato anticipa el principio eterno de que la salvación viene mediante un mediador, prefigurando a Jesucristo, quien intercede perfectamente por la humanidad. Génesis 18:23–33 afirma así que Dios escucha a Sus siervos fieles, honra la rectitud dondequiera que se halle y nunca ejecuta juicio sin antes ofrecer misericordia y oportunidad de salvación.

Esta no es la primera vez que Abraham disfruta de una visitación del Señor (Abr. 1:16; 2:3; 2:19). Él ya ha estado antes en Su presencia y posee la notable confianza de interceder en favor de los justos. Tal osadía espiritual es fruto de honrar el sacerdocio. El corazón de Abraham debió de estar lleno de caridad y sus pensamientos adornados de virtud, porque su confianza se fortaleció “en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destiló sobre su alma como el rocío del cielo” (DyC 121:45).

¿Tenemos nosotros la confianza para interceder ante el Señor? ¿Tenemos el derecho de hacerlo?

“Es posible negociar con el Señor. Existen suficientes ejemplos históricos de negociación como para saber que nuestro Padre Celestial no está más allá de escuchar nuestros deseos y sentimientos, y posiblemente acceder a ellos.

“Cuando los momentos de crisis entran en nuestra vida, suplicamos a nuestro Padre Celestial pidiendo Su misericordia e intervención. Sin pensarlo necesariamente como un trato, comenzamos —casi de manera intuitiva— una conversación de negociación: Padre, si Tú… yo haré… Estamos dispuestos a prometer mucho si tan solo el Señor nos rescata.” (Errol R. Fish, Promptings of the Spirit, 191)

Génesis 18:27 — “He aquí que ahora he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza”

Este versículo expresa con gran profundidad la doctrina de la verdadera humildad ante Dios, que no paraliza la fe sino que la purifica y la fortalece. Al reconocerse como “polvo y ceniza”, Abraham no se degrada, sino que sitúa correctamente su identidad frente a la majestad divina, entendiendo su total dependencia del Señor; sin embargo, esa conciencia no le impide hablar, interceder ni razonar con Dios. Doctrinalmente, esto enseña que la humildad auténtica no es silencio temeroso, sino reverencia activa, una combinación de mansedumbre y confianza nacida de una relación de pacto. Abraham sabe quién es Dios y sabe quién es él, y precisamente por eso se atreve a suplicar por otros. El pasaje revela que el Señor invita a Sus siervos fieles a dialogar con Él, incluso sobre asuntos de juicio y misericordia, cuando lo hacen con un corazón puro y sin arrogancia. Así, Génesis 18:27 enseña que quienes reconocen su pequeñez delante de Dios pueden, paradójicamente, ejercer una gran influencia espiritual, pues la verdadera autoridad ante el cielo nace de la humildad, la rectitud y la caridad.

Hugh Nibley. Es un estudio psicológico sumamente interesante. Abraham dice al Señor: “¿Destruirás también al justo con el impío?” Él sabía que Dios no haría eso (Gén. 18:23). Lo impresionante es la manera en que Abraham está dispuesto a humillarse para obtener las mejores condiciones posibles para las ciudades impías, arriesgándose seriamente a ofender a la Deidad al cuestionar Su juicio. Dice: “Lejos de ti el hacer tal, que hagas morir al justo con el impío… ¿No ha de hacer lo recto el Juez de toda la tierra?” Luego añade: “He aquí que ahora he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza”.

A medida que reduce el número —cincuenta, veinticinco, diez— se humilla cada vez más: “No se enoje ahora mi Señor, y hablaré solamente esta vez…”. No era algo fácil de hacer, pero lo hizo. Vemos aquí a Abraham haciendo todo esto por los demás; él es quien ayuda a todos. (Ancient Documents and the Pearl of Great Price, 9)