Génesis 21
Introducción
Mark E. Petersen. Las disputas entre hermanos son las más amargas de todas, y cuando se extienden a lo largo de generaciones, las cicatrices se vuelven profundas y parecen no sanar jamás.
¿Son realmente hermanos los judíos y los árabes? ¿Está la enemistad dentro de esa relación en la raíz de sus problemas actuales? ¿Puede acaso terminar alguna vez el conflicto familiar?
El conflicto actual en Palestina se remonta a una celebración realizada hace casi cuatro mil años en las tiendas de Abraham, el Amigo de Dios. Su hijo predilecto, Isaac, estaba siendo destetado; y de acuerdo con la costumbre prevaleciente, se sacrificó el becerro cebado y la familia celebró un banquete…
[Ismael] se burló de Isaac. Sara vio lo que hizo y se sintió profundamente turbada. Enfurecida por el insulto de Ismael, “dijo a Abraham: Echa a esta sierva y a su hijo; porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con mi hijo, con Isaac. Y el dicho fue grave en gran manera a Abraham” (Gén. 21:10–11).
Así comenzó el conflicto que aún hoy sigue ardiendo. ¿Nunca harán la paz los árabes y los judíos? ¿No hay nada que pueda resolver su disputa y dejar satisfechas a ambas partes?
Palestina —la tierra santa de promesa— es el centro de su contienda actual. Ambos pueblos reclaman derechos sobre ella, ya que ambos consideran a Abraham como su eminente progenitor.
Los judíos insisten en que la tierra les pertenece por convenio divino, dado por Dios a su gran antepasado. Pero los árabes dicen lo mismo y afirman que son tan descendientes de sangre de Abraham como los judíos. Además, reclaman su derecho a la tierra por posesión efectiva: la ocuparon cuando los judíos se marcharon.
Israel, disperso y odiado, permitió que pasaran siglos sin hacer siquiera una reclamación aislada de su patria. Así que los árabes se establecieron allí, sintiéndose plenamente justificados. ¿Acaso no había hecho el Señor grandes promesas a Ismael y le había dicho que él, al igual que Isaac, llegaría a ser un gran pueblo, incluso con realeza en su linaje?
El Todopoderoso ciertamente dijo que tanto Isaac como Ismael engendrarían naciones, príncipes y reyes. Muchas naciones habrían de venir de Abraham, no solo Israel. ¿Discriminaría Dios contra alguno de ellos? Y de ser así, ¿por qué?
Los árabes recuerdan a los judíos —y no con demasiada suavidad— que Ismael fue el primogénito de los hijos de Abraham, e Isaac el segundo. Preguntan con toda seguridad: ¿No gozan siempre los primogénitos de derechos prioritarios sobre los demás miembros de la familia? ¿No es el primogénito el heredero legal?
Los judíos se apoyan en las Escrituras para sostener su posición. Pero los árabes también lo hacen —en sus propias Escrituras—, las cuales declaran a Ismael como profeta del Señor y a Abraham como el fundador de la religión islámica. Así, nuevamente, hay un punto muerto.
Desde aquel día de fiesta, hace cuatro mil años, Ismael ha sido enemigo de Isaac, y aún lo es. La amargura transmitida a través de los siglos podría llegar a envolver al mundo entero en guerra. ¿Será Armagedón, involucrando a todas las naciones? No es de extrañar que las potencias occidentales hagan todo lo posible por lograr la paz en Tierra Santa y evitar un conflicto abierto mayor. (Abraham: Friend of God [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1979], 2–3)
Génesis 21:2 — “Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez”
La afirmación constituye un testimonio doctrinal culminante de que las promesas de Dios se cumplen en Su tiempo y por Su poder, no según las limitaciones humanas. Después de años de espera, pruebas de fe y momentos de debilidad, la concepción de Sara manifiesta que el Señor es fiel al convenio aun cuando las circunstancias parecen irreversibles. Doctrinalmente, este versículo enseña que la esterilidad —símbolo de imposibilidad y fin de esperanza— se convierte en un escenario de milagro cuando interviene la palabra divina, mostrando que Dios no solo promete vida, sino que la crea donde no la había. La “vejez” de Abraham y Sara subraya que el cumplimiento no depende de la fuerza natural, sino de la gracia y el poder creador de Dios, quien glorifica Su nombre al obrar más allá de lo esperado. Así, Génesis 21:2 testifica que la fe perseverante es recompensada, que la espera refina el alma y que el Dios del convenio cumple fielmente Sus promesas, transformando la paciencia y la obediencia en gozo, vida y herencia eterna.
Abraham tenía 100 años cuando nació Isaac; Sara tenía 90 (Gén. 17:17). Eso es bastante avanzado en edad. Vivían en días en que la longevidad humana era mayor, y Abraham terminó viviendo hasta la respetable edad de 175 años (Gén. 25:7). Eso significaría que, en aquella época, tener 100 años era relativamente más joven que en la nuestra. Algo similar podría decirse de Sara, aunque ciertamente ya había pasado la menopausia (Gén. 18:11). A nuestros ojos, podrían haber parecido una pareja de unos sesenta años.
Es posible que Dios haya hecho retroceder el reloj en ambos. Para que Sara pudiera dar a luz, tendrían que haberse producido cambios milagrosos internos. Fuentes alternativas nos dicen que esos cambios también fueron visibles externamente:
“Abraham, anciano y de cabellos blancos como era, vio que su cabello se volvía negro, y recuperó el vigor de su juventud. Sara, igualmente anciana y de cabellos blancos, vio que su cabello se volvía negro. Abraham volvió a ser un hombre joven y Sara volvió a ser una mujer joven. Entonces, casi todo el mundo se reunió a su alrededor y les preguntó: ‘¿Qué hubo de tan extraordinario en ustedes para que les ocurrieran cosas tan extraordinarias?’
Así que Abraham se sentó y, comenzando con su liberación del fuego de los caldeos, contó todo lo que le había sucedido en el mundo hasta ese mismo momento. De las cosas que acontecieron a Abraham se ha dicho: ‘¿Quién despertó a uno del oriente? ¿A cuyos pasos acompaña la victoria? Él pone naciones delante de él y lo hace señorear sobre reyes’.” (Tvedtnes, Hauglid y Gee, Traditions About the Early Life of Abraham [Provo: FARMS, 2001], 76–77)
Génesis 21:3 — “Y llamó Abraham el nombre de su hijo… Isaac”
La declaración encierra una doctrina profunda sobre la memoria espiritual y la santificación de la experiencia humana mediante el reconocimiento del obrar de Dios. Al nombrar al hijo prometido “Isaac”, que significa “risa”, Abraham consagra en una sola palabra todo el recorrido de fe, duda, espera y cumplimiento, transformando la risa inicial de incredulidad en una risa de gozo redentor. Doctrinalmente, este acto enseña que el Señor no borra el pasado del creyente, sino que lo redime, convirtiendo la fragilidad humana en testimonio vivo de Su fidelidad. El nombre dado por Abraham no es casual ni sentimental, sino confesional: proclama que Dios cumple Sus promesas y que aun las reacciones humanas imperfectas pueden ser absorbidas en el propósito divino. Así, Génesis 21:3 testifica que reconocer a Dios en las bendiciones recibidas —nombrarlas, recordarlas y declararlas— es parte esencial de la vida del convenio, pues el nombre “Isaac” se convierte en un recordatorio permanente de que lo que Dios promete, finalmente lo cumple, y lo hace de manera que transforma la incredulidad en adoración y la espera en gozo duradero.
El nombre Isaac significa “risa” o “regocijo”. Ciertamente, la idea de que Abraham y Sara pudieran tener un hijo era motivo de risa cuando recibieron por primera vez la promesa; pero aquella risa de incredulidad se convirtió en risa de gozo cuando la promesa se cumplió.
Génesis 21:4 — “Y circuncidó Abraham a su hijo Isaac de ocho días”
La acción afirma doctrinalmente que el milagro de la promesa cumplida conduce de inmediato a la obediencia del convenio, y no a la complacencia espiritual. Abraham responde al don extraordinario con una fidelidad exacta, mostrando que las bendiciones divinas no sustituyen la obediencia, sino que la profundizan. Doctrinalmente, la circuncisión al octavo día simboliza la incorporación formal de Isaac al convenio eterno, enseñando que la identidad del pueblo de Dios se sella mediante actos concretos de obediencia que marcan pertenencia, consagración y continuidad generacional. El énfasis en el tiempo —“de ocho días”— revela que la obediencia no debe posponerse ni adaptarse a conveniencia humana, sino cumplirse conforme al mandato divino, aun cuando el milagro pudiera parecer suficiente por sí mismo. Así, Génesis 21:4 testifica que la fe verdadera se expresa en acciones pactadas, que el convenio se transmite mediante obediencia fiel y que los dones de Dios encuentran su plenitud cuando el hombre responde con exactitud, humildad y compromiso duradero con la palabra del Señor.
Es difícil creer que sea mera coincidencia que los judíos circunciden a sus hijos a los ocho días de nacidos y que los Santos de los Últimos Días bauticen a sus hijos a los ocho años. Ambos ritos representan el convenio: el convenio de Abraham y el convenio del bautismo. Este último es, en realidad, una representación en los últimos días del primero, pues toda persona bautizada llega a ser un miembro adoptado de la casa de Israel y, por lo tanto, heredera de las bendiciones del convenio de Abraham, Isaac y Jacob.
“Aquellos que no son descendientes de Abraham son adoptados en la Casa de Israel cuando se unen a la Iglesia y llegan a ser herederos del convenio de Abraham por medio de las ordenanzas del evangelio.” (Ardeth G. Kapp, LDS Church News, 1991)
Josefo. “Y lo circuncidaron al octavo día, y desde entonces los judíos continúan la costumbre de circuncidar a sus hijos dentro de ese número de días. Pero en cuanto a los árabes, circuncidan después del decimotercer año, porque Ismael, el fundador de su nación, quien nació de Abraham y la concubina, fue circuncidado a esa edad.” (Antigüedades de los judíos, libro I, 12:2)
Génesis 21:8 — “E hizo Abraham gran banquete el día que Isaac fue destetado”
La expresión enseña doctrinalmente que el gozo del convenio se celebra no solo en el momento del milagro inicial, sino también en los hitos silenciosos del crecimiento y la maduración. El destete marcaba en la antigüedad el paso de la total dependencia a una etapa de fortaleza y continuidad de vida, por lo que el banquete de Abraham reconoce públicamente que el hijo de la promesa no solo nació, sino que vive, progresa y permanece. Doctrinalmente, este acto revela que Dios valora los procesos tanto como los comienzos, y que las bendiciones sostenidas en el tiempo son dignas de gratitud y celebración. El “gran banquete” no es mera festividad, sino una confesión de fe: Abraham declara ante su comunidad que el Señor ha cumplido Su palabra y que el convenio avanza con estabilidad y esperanza futura. Así, Génesis 21:8 testifica que la vida del convenio incluye agradecimiento consciente por el desarrollo continuo, enseñando que el gozo más profundo no proviene solo de recibir promesas, sino de verlas crecer, afirmarse y manifestarse con constancia bajo la mano fiel de Dios.
“Un gran banquete [se celebró] probablemente en relación con una ceremonia de destete. Según el Talmud, los niños eran destetados entre los dieciocho y los veinticuatro meses; el libro de los Macabeos sitúa la edad en tres años.” (The Torah: A Modern Commentary, ed. W. Gunther Plaut [Nueva York: Union of American Hebrew Congregations, 1981], 139)
“Debido a la alta mortalidad infantil, las familias celebraban el hito de la supervivencia del niño en el momento de su destete. El evento ceremonial ha sido señalado durante mucho tiempo en algunas regiones del Medio Oriente mediante banquetes y una ofrenda ritual de alimento sólido y blando al niño. Registros de contratos antiguos muestran que se contrataban nodrizas hasta por tres años, lo que indica la edad aproximada de Isaac cuando Sara lo destetó. Una fuente apócrifa cita a una madre diciéndole a su hijo: ‘Ten compasión de mí, que te llevé nueve meses en mi vientre y te di de mamar tres años’ (2 Macabeos 7:27). El retrasar el destete por tres años también puede reflejar el intento de una madre por fortalecer a su hijo para que sobreviviera a las peligrosas enfermedades de la infancia.” (Camille Fronk Olson, Women of the Old Testament [SLC: Deseret Book, 2009], 42)
Génesis 21:9–10 — “Sara… dijo a Abraham: Echa a esta sierva y a su hijo”
El episodio en que Sara dice a Abraham: “Echa a esta sierva y a su hijo” plantea doctrinalmente la tensión entre la herencia del convenio y las consecuencias humanas de decisiones tomadas fuera del orden divino. El texto no presenta la petición de Sara como un acto de crueldad caprichosa, sino como la expresión de una preocupación legítima por la línea del convenio, pues Isaac representa al hijo de la promesa y no puede compartir la herencia espiritual con aquello que nació de un arreglo humano previo. Doctrinalmente, este pasaje enseña que Dios distingue entre lo que proviene de Su promesa y lo que surge de soluciones humanas bien intencionadas, y que, aunque Él cuida y bendice a todos Sus hijos, el convenio sigue un cauce específico. Al mismo tiempo, el relato reconoce el dolor real que acompaña la corrección divina: las decisiones hechas fuera del plan de Dios no quedan sin consecuencias emocionales ni relacionales. Así, Génesis 21:9–10 testifica que el Señor afirma la supremacía de Su promesa sin negar Su misericordia, enseñando que el camino del convenio requiere separación espiritual clara, aun cuando esa separación sea difícil, y que Dios puede sostener a todos los involucrados mientras preserva intacto Su propósito eterno.
Los personajes de las Escrituras son personas reales, con emociones reales y luchas reales. Sara sentía celos y amargura por la manera en que Agar la trató después del nacimiento de Ismael (Gén. 16:4–6). Ahora, cuando su aflicción había terminado y tenía toda razón para regocijarse, el adolescente Ismael (probablemente de entre 15 y 17 años, ya que Ismael era catorce años mayor que Isaac) se burla de la celebración. Sara quedó profundamente herida.
Años antes, Sara había expulsado a su sierva encinta (Gén. 16:6). En su enojo, decidió hacerlo de nuevo. Sara podría haber sido más indulgente, pero el adolescente tocó un punto sensible: atacar a su hijo fue como presionar un nervio expuesto en una herida abierta.
Josefo. “En cuanto a Sara, al principio amó a Ismael, nacido de su propia sierva Agar, con un afecto no inferior al que tenía por su propio hijo, pues había sido criado para suceder en el gobierno; pero cuando ella misma dio a luz a Isaac, no quiso que Ismael se criara con él, por ser demasiado mayor y capaz de hacerle daño cuando su padre muriera; por lo cual persuadió a Abraham para que enviara a él y a su madre a algún país lejano.” (Antigüedades de los judíos, libro I, 12:3)
Génesis 21:11 — “Y el dicho fue grave en gran manera a Abraham, a causa de su hijo”
La afirmación revela doctrinalmente que la obediencia al plan de Dios no elimina el dolor humano ni anula los afectos legítimos del corazón. Abraham no es indiferente ni frío ante la petición de Sara; su aflicción muestra que el amor paternal es real y profundamente honorable, aun cuando ese hijo no sea el heredero del convenio. Doctrinalmente, este versículo enseña que las decisiones requeridas por Dios pueden atravesar las emociones más sagradas del hombre, y que sentir pesar no es señal de debilidad espiritual, sino de humanidad redimible. El dolor de Abraham surge precisamente “a causa de su hijo”, lo que subraya que Dios no exige sacrificios sin comprender plenamente el costo emocional que estos implican. Así, Génesis 21:11 testifica que el Señor guía a Sus siervos a través de decisiones difíciles con compasión, permitiendo que el corazón sienta el peso del desprendimiento mientras prepara el camino para que Su voluntad se cumpla con justicia, misericordia y propósito eterno.
Sin duda, Abraham sentía un gran amor por Ismael. Para Sara, Ismael no tenía parentesco alguno; para Abraham, enviarlo lejos significaba despedirse de su propio hijo. No solo eso, sino que antes de saber que Dios daría un hijo a Sara, Abraham había imaginado que las promesas de su gran posteridad se cumplirían por medio de Ismael (Gén. 17:18). Ismael era carne y sangre. Había sido circuncidado y, por lo tanto, formaba parte “del convenio”. Ahora el gran profeta se enfrenta a un verdadero dilema mortal: su esposa quiere que envíe lejos a su propio hijo antes de que esté preparado para valerse por sí mismo. Un trato tan severo podría causarle la muerte.
Además, la benevolencia natural de Abraham también se vería afligida por el trato precipitado hacia Agar. Todo el asunto es, sencillamente, un desastre para él. El conflicto familiar no sería muy distinto de las tensiones entre una madrastra y un hijastro en las familias mixtas de hoy. A veces el resentimiento de una madrastra hacia la madre biológica afecta la manera en que trata al niño. Este es un gran ejemplo de las dificultades matrimoniales que enfrentan los profetas. Los hombres grandes y justos no están exentos de desacuerdos y conflictos serios en el matrimonio. ¿Qué podemos aprender de la manera en que Abraham manejó esta situación?
Evidentemente, Abraham recibió la respuesta del Señor después de suplicar cuidadosamente ante el trono de la gracia. “¿Qué hago? Si mantengo contenta a Sara, pierdo a mi hijo y destierro a mi sierva. Si no hago lo que Sara desea, mi vida será pura miseria; puedes estar seguro de ello. La disputa solo se intensificará; el calor en la cocina se volverá insoportable. Pero ¿cómo puedo justificar un trato tan severo hacia mi propia carne y sangre?”. Podríamos imaginar que Abraham temía quedar bajo condenación del Señor si los enviaba lejos. Esa preocupación es aliviada por la sorprendente respuesta del Señor: “Déjalos ir; yo cuidaré de ellos. Todo esto está de acuerdo con mi plan”. La oración le dio a Abraham la respuesta y el consuelo que necesitaba.
Génesis 21:12 — “No te parezca grave a causa del muchacho ni de tu sierva”
La declaración divina “No te parezca grave a causa del muchacho ni de tu sierva” enseña doctrinalmente que Dios ve el panorama eterno con una claridad que trasciende el dolor inmediato del corazón humano. El Señor no minimiza el amor de Abraham ni su aflicción paternal, sino que lo invita a confiar en que Su justicia y Su misericordia abarcan a todos los involucrados. Doctrinalmente, este pasaje revela que el cumplimiento del convenio requiere, en ocasiones, soltar aquello que es querido pero que no pertenece al cauce específico de la promesa, sin que ello signifique abandono divino. Dios afirma que Su plan para Isaac no excluye Su cuidado por Ismael, mostrando que el Señor puede preservar la herencia del convenio mientras protege y bendice a quienes quedan fuera de esa línea particular. La frase “no te parezca grave” no es una orden de insensibilidad, sino una invitación a reemplazar la angustia por confianza, enseñando que cuando Dios dirige una separación, Él mismo se encarga del destino de cada alma. Así, Génesis 21:12 testifica que el Señor gobierna con sabiduría perfecta, pidiendo fe en medio del dolor y asegurando que ninguna vida queda fuera de Su alcance, aun cuando el plan eterno requiera caminos distintos.
Otras traducciones dicen que Abraham estaba profundamente angustiado, que “consideró que era un acto de la mayor barbarie enviar lejos a un niño pequeño y a una mujer sin proveerles de lo necesario” (Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro I, 12:3). El problema que enfrenta Abraham es verdaderamente grave. Su esposa le pide que destierre a su hijo y a su concubina. Él sabe que está mal. No hay nada en su carácter que justifique tal acción, pero es él quien tiene que vivir con Sara. ¿Qué debe hacer una persona justa cuando su cónyuge le pide algo que es cruel o hiriente? La intuición sugiere que Abraham debería simplemente decir “no”, pero de manera profética lleva el problema ante el Señor.
Todavía queda la pregunta: “¿Por qué?”. ¿Cómo puede Sara exigir esto? ¿Cómo puede Abraham consentirlo? ¿Y cómo puede Dios aprobarlo? La respuesta es que todo el asunto formaba parte del plan maestro del Señor. Para que la siguiente prueba de Abraham simbolice el sacrificio del Unigénito del Padre, Abraham debe tener un solo hijo. Dios le pedirá a Abraham que sacrifique a su hijo único. El simbolismo no funciona si hay dos. El destierro de Ismael significa que, para Abraham, él llega a estar como muerto. Isaac es todo lo que le queda. Las promesas tendrán que venir por medio de él. El simbolismo es tan importante que Agar e Ismael deben ser enviados lejos. Como es característico, el Señor compensará esta pérdida.
Un comentarista judío declaró acertadamente: “En el relato, los designios finales de Dios prevalecen; Él dirige las acciones de los hombres a Su manera misteriosa. Lo que en el plano humano parece ser el comportamiento severo y sobreprotector de Sara es, en el plano divino, parte del plan de Dios” (The Torah: A Modern Commentary, 142). Irónicamente, este comentarista pudo ver la mano de Dios dirigiendo los acontecimientos, pero no pudo ver el simbolismo de Abraham e Isaac como figura anticipada de Elohim y Jesús.
Génesis 21:12 — “En Isaac te será llamada descendencia”
La declaración afirma doctrinalmente el principio de elección soberana dentro del convenio, enseñando que la herencia espiritual se define por la promesa de Dios y no solo por la biología o el afecto humano. Este enunciado no niega el valor ni el destino de otros hijos de Abraham, sino que establece con claridad que la línea del convenio sigue el cauce señalado por Dios, conforme a Su propósito eterno. Doctrinalmente, el pasaje revela que la descendencia prometida es, ante todo, una realidad espiritual: Isaac representa al hijo nacido por promesa, fe y poder divino, en contraste con soluciones humanas previas. Así, el Señor enseña que Su obra se edifica sobre obediencia y confianza, no sobre arreglos bien intencionados pero fuera de Su orden. La frase también consuela a Abraham al mostrar que la separación dolorosa no es rechazo divino, sino alineación con un plan mayor, donde cada vida tiene cuidado y propósito. De este modo, Génesis 21:12 testifica que Dios cumple Sus promesas con exactitud, define la herencia del convenio con sabiduría perfecta y llama a Sus siervos a confiar en que Su elección siempre conduce a la vida, la continuidad y el cumplimiento de Sus designios eternos.
Mark E. Petersen. Naciones, reyes, príncipes y multitudes habrían de venir de Abraham tanto por medio de Isaac como de Ismael; pero el convenio del Señor sería con Isaac.
Esto se confirmó cuando el Señor habló nuevamente a Abraham mientras este se lamentaba por la disputa entre Sara y Agar, y por el futuro de su hijo Ismael. El Señor dijo: “No te parezca grave a causa del muchacho, ni de tu sierva; en todo lo que Sara te dijere, oye su voz; porque en Isaac te será llamada descendencia” (Gén. 21:12).
No había lugar a malentendidos en ese lenguaje. Ismael sería grandemente bendecido, pero el convenio sería con Isaac. Evidentemente, el Señor estaba seleccionando una línea específica de parentesco para Su pueblo escogido, y los descendientes de Ismael no estaban incluidos en esa línea del convenio.
Este principio se repitió en la elección de Jacob sobre Esaú. Nuevamente, el convenio fue solo con Jacob. Esaú también llegaría a ser un gran pueblo, pero así como el Señor había dicho a Abraham: “En Isaac te será llamada descendencia”, así ahora sería en Jacob que “te será llamada descendencia” (Gén. 27). ¡Solo en Isaac! ¡Solo en Jacob!
Hubo un claro estrechamiento de “la descendencia”. El linaje de Abraham, aunque dio origen a muchas naciones, tuvo una sola línea escogida en la cual se prometieron las bendiciones especiales.
¿Por qué algunos fueron favorecidos de esta manera y otros no? ¿No es siempre justo el Señor? Las Escrituras dejan claro que Él no hace acepción de personas. ¿Cuál es la explicación?
El presidente Joseph Fielding Smith, en su libro The Way to Perfection, declara: “Nuestro lugar entre las tribus y las naciones evidentemente nos fue asignado por el Señor. Que hubo una asignación de este tipo antes de la vida terrenal es una declaración que se encuentra en las Escrituras. Ciertos espíritus fueron escogidos para venir a través del linaje de Abraham, y esta elección se hizo desde el principio. Otras selecciones también se hicieron, y las naciones fueron determinadas en los concilios de los cielos”. (Abraham: Friend of God [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1979], 12–13)
Génesis 21:13 — “También del hijo de la sierva haré una nación, porque es tu descendencia”
La promesa revela doctrinalmente la amplitud de la misericordia divina y la justicia equilibrada de Dios dentro de Su plan eterno. Aunque Ismael no es el heredero del convenio específico dado a Isaac, el Señor afirma que no queda fuera de Su cuidado ni de Su propósito, mostrando que la elección del convenio no implica abandono ni desprecio. Doctrinalmente, este pasaje enseña que Dios honra los lazos reales de responsabilidad y amor: Abraham es padre de Ismael, y ese vínculo es reconocido por Dios con promesa, futuro y dignidad. La bendición de “hacer una nación” declara que el Señor puede dar identidad, propósito y posteridad aun fuera de la línea del convenio, confirmando que Su obra no es exclusiva en misericordia aunque sí específica en promesa. Así, Génesis 21:13 testifica que Dios gobierna con perfecta equidad, preservando la santidad del convenio mientras extiende gracia a todos Sus hijos, y enseña que ninguna vida nacida bajo Su mirada carece de valor, destino o esperanza en Sus manos eternas.
“Según Génesis 25:12–18, Ismael fue padre de doce hijos: Nebaiot, Cedar, Adbeel, Mibsam, Misma, Duma, Massa, Hadad, Tema, Jetur, Nafis y Cedema. Cada hijo llegó a ser cabeza de su propia tribu ismaelita, y las tribus ‘habitaron desde Havila hasta Shur’ (Génesis 25:18).
“El Antiguo Testamento se refiere a los ismaelitas en varias ocasiones. En Génesis 37:25–39:1, José es vendido a los ismaelitas, quienes luego lo llevan a Egipto y lo venden a Potifar; en Jueces 8:24, Gedeón recibe joyas ismaelitas; y en 1 Crónicas 27:30 se dice que un ismaelita estaba a cargo de los camellos del rey David”. (Barry J. Beitzel, ed., Biblica: The Bible Atlas [Australia: Global Book Publishing, 2006], 109)
Los descendientes de Ismael poblaron las naciones árabes y son venerados en el Corán.
“Según el Corán, Abraham llevó a Ismael y a su madre a Arabia y los estableció cerca de lo que llegaría a ser la gran ciudad de La Meca. Con el tiempo, los descendientes de los doce hijos de Ismael comenzaron a llenar la península arábiga. El relato bíblico, aunque difiere en algunos detalles, también sugiere que Agar e Ismael fueron guiados en sus peregrinaciones. Génesis relata que un ángel del Señor los consoló y los preservó, y que ‘Dios estaba con el muchacho [Ismael]’ (véase Gén. 21:14–20).
“Estamos familiarizados con la historia de los doce hijos de Jacob —las doce tribus de Israel—, pero no estamos igualmente familiarizados con la historia de los doce hijos de Ismael, una tradición grande y noble que ha creado una de las culturas verdaderamente grandes del mundo: la cultura islámica”. (James B. Mayfield, “Ishmael, Our Brother”, Ensign, junio de 1979, 27)
Génesis 21:14–18 — “Abraham… la despidió; y ella se fue, y anduvo errante por el desierto”
El relato enseña doctrinalmente que las separaciones ordenadas por Dios, aunque dolorosas, nunca significan abandono divino. El desierto representa el lugar donde se agotan los recursos humanos y emerge con claridad la dependencia total de Dios; allí, Agar e Ismael enfrentan la vulnerabilidad extrema que nace de decisiones pasadas y de un futuro incierto. Sin embargo, es precisamente en ese espacio de desamparo donde el Señor oye el clamor, abre los ojos para ver provisión y renueva promesas, mostrando que Su misericordia alcanza a quienes quedan fuera del cauce específico del convenio sin quedar fuera de Su cuidado. Doctrinalmente, el pasaje afirma que Dios acompaña a Sus hijos en los tránsitos más difíciles, que escucha el llanto del inocente y que transforma el errar en un camino sostenido por Su presencia. Así, Génesis 21:14–18 testifica que cuando el plan eterno exige desprendimientos, Dios mismo se encarga de sostener a los vulnerables, revelando que Su justicia preserva el orden del convenio y Su misericordia provee vida, esperanza y futuro aun en el desierto.
“El pensamiento de Agar y su hijo, expulsados de su hogar y enviados al desierto con nada más que un odre de agua, puede despertar fácilmente más simpatía que la severa Sara, quien, por lo que parece una ofensa trivial, exigió una retribución tan dura. El propio Abraham debió de ver error y malentendido en ambos lados. Sin embargo, el Señor confirmó la petición de Sara. Al ofrecer consuelo a Abraham mediante la promesa de que protegería y preservaría a Ismael y que también haría de él una nación poderosa, padre de doce príncipes, el Señor mandó a Abraham que escuchara a su esposa.
“Siento una profunda y conmovedora simpatía por la manera en que Abraham sacrificó sus propios sentimientos y dejó ir a su hijo mayor. Tenía rebaños, ganados, siervos y grandes riquezas, pero no dio nada de eso a Ismael. El Señor había prometido proveer para el muchacho; ¿qué podía añadir él a esa promesa? Tomando pan y un odre de agua y poniéndolos sobre el hombro de Agar, envió a los dos al desierto.
“Agar vagó hasta que el agua se terminó. Entonces, no queriendo ver morir a su hijo, lo dejó debajo de un arbusto y se apartó para llorar. Era una esclava, alabada por pocos y amada por pocos, excepto por Dios, quien la consoló siempre que ella clamó. Él le envió ángeles y promesas maravillosas. Puedo pensar en pocas mujeres que puedan decir que fueron más bendecidas que Agar.
“Un ángel apareció diciendo: ‘¿Qué tienes, Agar? No temas’. Repitiendo la promesa de que Ismael llegaría a ser una gran nación, Dios abrió los ojos de Agar; ella vio un pozo de agua que daba vida, y ella y su hijo bebieron.
“Las Escrituras añaden que Dios estuvo con Ismael mientras crecía y habitaba en el desierto. Ismael llegó a ser arquero, y Agar le consiguió esposa de entre su propio pueblo.
“El hecho de que el Señor vela por, protege y tiene propósitos para todas las naciones de la tierra es confirmado repetidas veces por los profetas: ‘¿No sois vosotros para mí como hijos de etíopes, oh hijos de Israel? dice Jehová. ¿No hice yo subir a Israel de la tierra de Egipto, y a los filisteos de Caftor, y a los sirios de Kir?’ (Amós 9:7). Y nuevamente: ‘Yo me acuerdo de una nación como de otra’ (2 Nefi 29:7–8).
“Tal como Dios lo prometió, Ismael llegó a ser una gran nación. Cientos de años más tarde, el profeta musulmán Mahoma alabó y reconoció a Dios por la preservación de su antepasada Agar”. (Jerrie W. Hurd, Our Sisters in the Bible [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1983], 13–14)
Génesis 21:15 — “Y echó al niño debajo de uno de los arbustos”
La escena expresa doctrinalmente el punto más profundo de la impotencia humana y el límite extremo de la fuerza maternal cuando ya no quedan recursos visibles. Agar no abandona por indiferencia, sino que actúa desde la desesperación absoluta, colocando a su hijo en el único resguardo posible cuando el agua se ha acabado y la esperanza parece extinguida. Doctrinalmente, este acto revela que Dios permite que Sus hijos lleguen al final de sus propias capacidades para que Su poder y Su compasión se manifiesten con claridad inconfundible. El arbusto, frágil y momentáneo, simboliza la insuficiencia de toda protección humana frente a la vida y la muerte, preparando el escenario para que el cuidado divino sea el verdadero sostén. Este pasaje enseña que Dios no se revela siempre antes del colapso emocional, sino muchas veces en el instante posterior, cuando el corazón ya no puede sostenerse a sí mismo. Así, Génesis 21:15 testifica que aun cuando el hombre solo puede ofrecer un refugio precario, Dios ve, oye y actúa, transformando el lugar de mayor desesperación en el punto donde Su misericordia se hace plenamente visible y salvadora.
Hemos sugerido que la edad de Ismael era entre quince y diecisiete años cuando fue desterrado. Sin embargo, este pasaje dice que Agar lo echó debajo de un arbusto como si fuera un niño de dos años. Lo más probable es que esto sea una ampliación retórica del escriba para presentar la condición de Ismael como completamente indefensa, casi como la de un infante.
Repasemos la cronología de Génesis. Abraham tenía ochenta y seis años cuando nació Ismael (Gén. 16:16). Abraham tenía noventa y nueve años e Ismael trece cuando ambos fueron circuncidados (Gén. 17:24–25). Abraham tenía cien años cuando nació Isaac (Gén. 21:5), lo que hacía a Ismael de catorce años.
Ismael se mete en problemas durante la fiesta del destete. Ahora bien, si Sara había esperado tanto tiempo para tener un hijo, es posible que lo destetara mucho más tarde de lo que hoy es habitual.
“El momento en que los niños eran destetados entre los antiguos es un punto discutido. San Jerónimo dice que había dos opiniones al respecto. Algunos sostenían que los niños siempre eran destetados a los cinco años; otros, que no lo eran hasta los doce. Por el discurso de la madre a su hijo en 2 Macabeos 7:27, parece probable que entre los judíos se destetaran a los tres años: ‘Hijo mío, ten compasión de mí, que te llevé nueve meses en mi vientre y te di de mamar tres años, y te crié y te eduqué’. Esto se ve reforzado por 2 Crónicas 31:16, donde Ezequías, al proveer para los levitas y sacerdotes, incluye a los niños de tres años en adelante, lo cual es una prueba presuntiva de que antes de esa edad dependían completamente de la madre para su alimentación.”
Con toda seguridad, Ismael tenía más de quince años cuando fue desterrado, a pesar de que el lenguaje de Génesis hace parecer que aún era un niño pequeño: “echó al niño debajo de uno de los arbustos”, y “levántate, alza al muchacho y sosténlo con tu mano” (v. 18). ¿Era Agar lo suficientemente fuerte como para sostener a un adolescente en su mano?
El escenario más probable es que el destierro de Ismael fuera una historia transmitida por tradición oral. Dicha tradición oral pudo haberse desarrollado de manera independiente de la tradición escrita sobre la edad de los hijos. Podemos imaginar que, al contarse la historia una y otra vez, Ismael fue haciéndose cada vez más joven. Así el relato gana fuerza emocional. ¡Pensemos en el dramatismo! Agar arroja a su infante bajo un arbusto para morir; Dios le dice que vaya, lo levante y lo lleve hasta el pozo que Él le muestra. Mientras la tradición oral conserva el elemento esencial —que tanto Agar como Ismael dependían totalmente del Señor—, distorsiona la edad del niño mediante la exageración.
Génesis 21:19 — “Entonces Dios le abrió los ojos, y vio un pozo de agua”
La afirmación enseña doctrinalmente que la provisión divina a menudo ya está presente antes de que el hombre sea consciente de ella, y que la liberación comienza cuando Dios concede visión espiritual además de alivio temporal. Agar no recibe un pozo nuevo; recibe ojos nuevos, lo que revela que la desesperación no siempre proviene de la ausencia de recursos, sino de la incapacidad momentánea para percibirlos bajo el peso del temor y el agotamiento. Doctrinalmente, este pasaje afirma que Dios no solo responde al clamor con sustento, sino que transforma la percepción del corazón, permitiendo ver esperanza donde antes solo había muerte inminente. El acto de “abrir los ojos” señala una intervención misericordiosa que restaura dignidad, dirección y futuro, enseñando que la revelación precede a la supervivencia sostenida. Así, Génesis 21:19 testifica que el Señor es el Dios que ve y hace ver, que provee vida en el desierto y que, aun fuera de la línea del convenio específico, guía y sostiene a Sus hijos mediante revelación, cuidado y promesas que renuevan la esperanza.
En nuestra hora de mayor necesidad, cuando, como Agar, vagamos por el desierto, listos para rendirnos, sin fuerzas y secos como la maleza —cuando hemos abandonado toda esperanza de sobrevivir y esperamos lo peor para nuestros hijos—, debemos volvernos a Dios en busca de alivio. Si miramos a Dios como lo hizo Agar, Él abrirá nuestros ojos y nos mostrará el poder de Su gracia salvadora. Ya sea un pozo de agua o el consuelo del Espíritu —ya sea alimento espiritual o temporal—, Él suplirá nuestras necesidades si acudimos a Él con fe.
Aileen H. Clyde. “Se nos dice: ‘Dios le abrió los ojos, y vio un pozo de agua’ (Gén. 21:19; énfasis añadido). Nosotras, como Agar, debemos ver ‘un pozo de agua’. Nosotras, como la mujer junto al pozo, debemos pedir al Señor: ‘Dame de esa agua, para que no tenga yo sed’ (Juan 4:15). Este es el propósito de la Sociedad de Socorro: enseñarnos, como hijas de Dios, a ver y a pedir aquello que necesitamos del Señor, para que no volvamos a tener sed”. (Conference Report, octubre de 1995, 97)
Brigham Young. “Que Dios abra vuestros ojos y los ojos de toda persona honrada, para que podamos ver las cosas como realmente son y asegurar para nosotros ese descanso eterno que buscamos”. (Journal of Discourses, 7:160)
Génesis 21:27 — “Y Abraham tomó ovejas y vacas, y se las dio a Abimelec”
La acción enseña doctrinalmente que el pueblo del convenio busca la paz mediante actos concretos de rectitud y generosidad, no solo mediante palabras o derechos reclamados. Abraham no compra justicia ni soborna favor; establece un pacto visible que sella reconciliación, respeto mutuo y reconocimiento del obrar de Dios en medio de las relaciones humanas. Doctrinalmente, este gesto muestra que la fe verdadera se expresa en sacrificio voluntario y en la disposición a dar para preservar la paz, aun cuando se tenga legitimidad espiritual. Las ovejas y vacas representan trabajo, sustento y valor, indicando que el convenio con Dios produce una ética de responsabilidad y honra en los tratos con otros. Así, Génesis 21:27 testifica que el Señor prospera a Sus siervos no solo para bendecirlos, sino para que sean instrumentos de concordia, enseñando que la paz duradera se edifica cuando la fe se traduce en acciones justas que confirman el carácter del Dios a quien se sirve.
¡Un momento! Abimelec fue quien ofendió a Abraham. ¿Por qué entonces Abraham hace un regalo tan generoso a su vecino? “Tus siervos me robaron los derechos de agua” bien podría haber sido el clamor de Abraham. Fue directo con Abimelec y lo reprendió cara a cara, pero la situación pudo haber sido mucho más fea. Podría haber armado a sus siervos y comenzado una guerra. El ejemplo de Abraham como pacificador resuena a través de las edades. Si los hijos de Abraham pudieran llevarse entre sí tan bien como su padre se llevaba con sus vecinos, habría mucho menos conflicto en el mundo. Vecinos discutiendo por linderos, agricultores peleando por derechos de agua, o miembros de barrio guardando rencores durante décadas: lo vemos casi a diario. Abraham fue demasiado sabio para cometer ese error. De hecho, todos los patriarcas siguen este mismo patrón de llevarse cuidadosamente bien con sus vecinos (Gén. 34:30). Simplemente hace la vida mucho más agradable.
Hugh Nibley. “Lo maravilloso de Abraham es que siempre hace lo correcto, sin importar lo que hagan los demás. Tenía que tratar con toda clase de personas, la mayoría de ellas pícaras, y las trataba a todas con igual cortesía. Nunca juzga a nadie. Hay numerosos ejemplos de ello. Como dice el Midrash Rabbah: ‘Si Abraham no juega limpio, ¿quién lo hará?’ Su pasión por la justicia no tiene parangón, como se ve en su intercesión por las ciudades perversas de Sodoma y Gomorra, a quienes no debía nada sino problemas. Él conocía bien su terrible maldad, pero aun así, observa Josefo, sentía compasión por ellos porque eran sus amigos y vecinos”. (Ancient Documents and the Pearl of Great Price, 9)
Génesis 21:34 — “Y habitó Abraham en la tierra de los filisteos muchos días”
La declaración enseña doctrinalmente que la vida del convenio no siempre se desarrolla en territorios idealizados o plenamente consagrados, sino a menudo en medio de pueblos ajenos a la promesa, donde la fe debe vivirse con constancia y paciencia. El hecho de que Abraham “habitara muchos días” indica estabilidad, perseverancia y aprendizaje continuo, mostrando que Dios permite temporadas prolongadas de espera y convivencia para moldear el carácter del justo. Doctrinalmente, este pasaje revela que el pueblo del convenio no es llamado a aislarse del mundo, sino a morar en él con integridad, siendo testigo silencioso del Dios al que sirve. La permanencia de Abraham entre los filisteos demuestra que la promesa divina no se suspende por el lugar geográfico ni por la cultura circundante, y que la fidelidad se prueba en la rutina diaria tanto como en los grandes actos de fe. Así, Génesis 21:34 testifica que Dios obra Sus propósitos a lo largo del tiempo, formando a Sus siervos mediante la paciencia, la convivencia pacífica y la obediencia sostenida, enseñando que el progreso espiritual verdadero se consolida cuando el creyente aprende a vivir fielmente “muchos días” bajo la mano guiadora del Señor.
“La idea de que los filisteos ya estaban en Palestina antes del tiempo de Abraham se deriva erróneamente de Génesis 21:32 y otros pasajes de Génesis y Éxodo, donde se menciona la ‘tierra de los filisteos’. Sin embargo, la arqueología moderna ha demostrado que los filisteos, como uno de los ‘pueblos del mar’ que invadieron el Cercano Oriente al final de la Edad del Bronce, no entraron en Palestina sino hasta el siglo XII a. C., mucho después de los días de Abraham. La declaración de Génesis 21:32 es, por lo tanto, anacrónica. Identifica el lugar donde los filisteos habitaban para una audiencia hebrea cientos de años después de los hechos descritos, usando una designación que ellos entenderían. Es lo mismo que decir: ‘Colón descubrió América’, aunque América recibió su nombre después del viaje de Colón”. (Philip J. Schlesinger, FARMS Review of Books, vol. 3 [1991], 148)
























