Génesis

Génesis 24


Introducción: Rebeca es escogida como esposa de Isaac

Rebeca es única entre las esposas de los patriarcas por lo menos en dos aspectos. Primero, ella sola tiene un matrimonio consistentemente monógamo; no conocemos a ninguna otra mujer que se haya casado con Isaac. Segundo, desempeña un papel más activo en la narrativa de Génesis que su esposo patriarcal; su individualidad y vitalidad entre el pueblo del convenio son notables en los relatos de cómo califica para ser esposa de Isaac, cómo recibe revelación de Dios respecto a sus hijos y cómo asegura que el derecho de primogenitura sea conferido a Jacob, conforme a la voluntad divina… En contraste, Isaac es notablemente pasivo en el relato.

Decidida en sus deberes, Rebeca demostró su fe en Dios mediante un compromiso firme e inquebrantable de actuar conforme a lo que sabía que era correcto. Desde la misión inspirada de un siervo para identificar a la futura esposa del pronto patriarca Isaac, el relato de Rebeca es dinámico y rico. (Camille Fronk Olson, Women of the Old Testament [SLC: Deseret Book, 2009], 49)

Génesis 24:1 — “Y Abraham era viejo y avanzado en edad”

La expresión introduce doctrinalmente una etapa de plenitud espiritual en la vida del hombre del convenio, donde la madurez no se mide solo por los años, sino por la fidelidad probada a lo largo del tiempo. La vejez de Abraham no es presentada como decadencia, sino como testimonio de una vida sostenida por promesas cumplidas, pruebas superadas y obediencia constante. Doctrinalmente, este versículo enseña que Dios no deja de obrar en Sus siervos cuando estos envejecen; por el contrario, muchas de Sus decisiones más trascendentes —en este caso, asegurar el futuro del convenio mediante el matrimonio de Isaac— se toman desde la sabiduría adquirida en el caminar prolongado con Dios. La edad avanzada de Abraham subraya que la fe perseverante produce claridad espiritual, responsabilidad intergeneracional y visión eterna. Así, Génesis 24:1 testifica que una vida vivida en convenio culmina no en pasividad, sino en mayordomía consciente, mostrando que el Señor honra a quienes han caminado fielmente con Él “muchos días” y los utiliza, aun al final de su jornada mortal, para asegurar la continuidad de Sus propósitos eternos.

Para lo que Abraham sabía, pronto podría morir. Sara había fallecido recientemente. Isaac necesitaba una esposa, y si Abraham iba a tener alguna participación en ese asunto, era el momento de actuar.

¿Cuántos años tenía Abraham en este momento? (Véanse Gén. 21:5 y 25:20.)

Las Escrituras dicen: “Y era Abraham de cien años cuando le nació Isaac su hijo” (Génesis 21:5) y “era Isaac de cuarenta años cuando tomó por mujer a Rebeca” (Génesis 25:20). Así, Abraham tenía ciento cuarenta años en ese tiempo. Sin embargo, estaba lejos de hallarse en su lecho de muerte. Murió a los ciento setenta y cinco años (Génesis 25:7–8) y, entretanto, tuvo otra esposa y seis hijos más (Génesis 25:1–2). (Feasting upon the Word [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1981], 66)

Génesis 24:2 — “El siervo más viejo de su casa”

La referencia enseña doctrinalmente el valor de la fidelidad probada y la confianza nacida del carácter, no solo de la capacidad. Abraham encomienda una misión sagrada —asegurar el futuro del convenio— a quien ha demostrado lealtad sostenida a lo largo del tiempo, mostrando que en el reino de Dios la antigüedad verdadera es espiritual: constancia, integridad y obediencia acumuladas. Doctrinalmente, este detalle revela que Dios obra Sus propósitos mediante relaciones de confianza cultivadas con paciencia, y que las responsabilidades eternas se confían a quienes han sido fieles en lo cotidiano. El “siervo más viejo” representa la sabiduría adquirida por experiencia, la discreción que honra el nombre del amo y la capacidad de actuar con reverencia ante lo sagrado sin necesidad de supervisión constante. Así, Génesis 24:2 testifica que el plan del convenio avanza mediante la fidelidad intergeneracional, enseñando que Dios valora y utiliza a quienes han caminado largo tiempo en rectitud, haciendo de la lealtad perseverante un instrumento clave para cumplir Sus designios eternos.

El texto no nombra al siervo, pero muchos creen que se trataba de Eliezer, a quien Abraham había descrito como “el mayordomo de mi casa” en Génesis 15:2.

F. Burton Howard. Uno de mis héroes siempre ha sido el siervo de Abraham que fue enviado a buscar esposa para Isaac. No conocemos su nombre. No sabemos mucho acerca de su vida, pero sí sabemos mucho acerca de su carácter. Era él quien gobernaba todo lo que Abraham poseía. Era digno de confianza y gozaba de la confianza de su señor. Llegó el día en que Abraham puso en manos de este siervo el asunto más importante de todos: la exaltación de su hijo.

Abraham quería que Isaac fuera heredero del convenio que había hecho con el Señor. Sabía que las bendiciones de ese convenio no podrían realizarse si Isaac no se casaba con una mujer buena y digna que creyera en Dios. Ninguna mujer de la tierra de Canaán podía ser la madre de Israel. Por ello, Abraham pidió a su siervo que prometiera no permitir que su hijo se casara con una cananea, sino que fuera a la tierra de sus padres para hallar esposa para Isaac.

…Algunos, sin comprender la importancia de la misión, tal vez habrían intentado disuadir a Abraham, afirmando que era una necedad viajar tan lejos en busca de una esposa. Otros no habrían tenido la fe necesaria para descubrir cuál de todas las jóvenes de la ciudad era la escogida. Pero este siervo sí la tuvo. Supo magnificar su llamamiento y cumplir lo que había prometido a su señor. Comprendía una verdad muy importante: las promesas no son solo palabras bonitas; las promesas tienen consecuencias eternas. (“Commitment,” Ensign, mayo de 1996, 28)

Génesis 24:2 — “Pon ahora tu mano debajo de mi muslo”

La orden expresa doctrinalmente la solemnidad extrema del juramento ligado al convenio y a la posteridad prometida. En la cultura antigua, este gesto no era ceremonial vacío, sino una señal profunda de compromiso ante Dios, relacionada con la descendencia y con la transmisión fiel del linaje del convenio. Abraham no pide una promesa ligera ni verbal; exige un juramento que vincule la misión con lo más sagrado de su vida: las promesas recibidas de Dios respecto a su simiente. Doctrinalmente, este acto enseña que los asuntos que afectan el plan eterno —como el matrimonio del hijo del convenio— deben tratarse con reverencia, claridad y responsabilidad absoluta. El gesto subraya que la fe no excluye la seriedad ni el orden, y que las promesas divinas requieren compromisos humanos igualmente firmes. Así, Génesis 24:2 testifica que el convenio de Dios se honra mediante juramentos conscientes y actos deliberados, recordando que cuando se trata del propósito eterno del Señor, la obediencia debe ser tan profunda como solemne, y tan firme como la fe que la sostiene.

“Como preparación para partir hacia Harán, el siervo hizo un voto formal a Abraham de una manera inusual: puso su mano debajo del muslo de Abraham (Génesis 24:2–3, 9). La explicación más generalmente aceptada de esta costumbre se deriva de considerar la proximidad del muslo al órgano de la procreación, lo cual reflejaría que el juramento era de suma importancia, ya que se relacionaba con la posteridad de Abraham y la continuidad del convenio.

Sin embargo, la Traducción de José Smith cambia ‘muslo’ por ‘mano’, de modo que el juramento queda: ‘pon ahora tu mano debajo de mi mano’ en ambas referencias de Génesis 24. En este contexto, la descripción de hacer un juramento colocando la mano debajo de la mano de otro podría sugerir el equivalente moderno de estrechar las manos para sellar un acuerdo.” (Camille Fronk Olson, Women of the Old Testament [SLC: Deseret Book, 2009], 50)

Génesis 24:3 — “No tomarás para mi hijo mujer de las hijas de los cananeos”

La instrucción enseña doctrinalmente que la continuidad del convenio depende de decisiones deliberadas que protegen la fe y la identidad espiritual de las generaciones futuras. Abraham no actúa por prejuicio cultural, sino por discernimiento espiritual: comprende que el matrimonio del hijo del convenio debe alinearse con la adoración del Dios verdadero y con los valores que sostienen las promesas eternas. Doctrinalmente, este mandato afirma que el matrimonio es una institución clave en el plan de Dios y que las uniones más íntimas influyen profundamente en la transmisión de la fe, la obediencia y la lealtad al Señor. Abraham reconoce que la promesa no se preserva automáticamente por linaje, sino por la elección consciente de vivir conforme al convenio. Así, Génesis 24:3 testifica que Dios llama a Sus siervos a ejercer mayordomía espiritual sobre decisiones familiares fundamentales, enseñando que proteger la fe del hogar es una responsabilidad sagrada y que el futuro del convenio se fortalece cuando se prioriza la fidelidad a Dios por encima de la conveniencia inmediata.

Abraham tenía razones claras para no desear que su hijo del convenio, Isaac, se casara entre los cananeos. El propio Abraham había tenido una concubina egipcia, Agar; conocía de primera mano los problemas que ello acarreaba. Debió de haber observado la maldad y la idolatría entre los cananeos. Su sabiduría le permitió comprender que las mujeres idólatras pueden influir con el tiempo en el corazón de sus esposos. En una política que prefigura las prácticas matrimoniales posteriores de los hijos de Israel, Isaac debía casarse entre su propio pueblo. Casarse entre los gentiles sería la caída de Salomón y, finalmente, de la casa de Israel.

“Y aconteció que cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos; y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios” (1 Reyes 11:4).

“Y Secanías… dijo a Esdras: Hemos prevaricado contra nuestro Dios, pues tomamos mujeres extranjeras de los pueblos de la tierra” (Esdras 10:2).

Por las mismas razones, deseamos que nuestros hijos se casen en el templo. Eso difícilmente sucederá si pasan su tiempo cortejando cananeos.

“Cásense en el templo desde el principio, si desean la mayor garantía de felicidad en esta vida y de felicidad eterna en la vida venidera…

¡Qué bendición tan invaluable es estar casados con la persona correcta, en el lugar correcto y por la autoridad correcta, sabiendo que, si somos fieles a nuestros convenios del templo, estaremos juntos como familia celestial por el tiempo y por toda la eternidad!” (Mark Hart, “After Twenty Years”, Ensign, septiembre de 1985, 50)

Marlin K. Jensen. Si perseguimos la meta de un matrimonio eterno con pureza y con todo nuestro corazón y nuestra mente, creo que en la mayoría de los casos finalmente seremos recompensados con un compañero que sea al menos nuestro igual espiritual y que se aferre a la inteligencia y a la luz como nosotros, que reciba sabiduría como la recibimos nosotros, que abrace la verdad como la abrazamos nosotros y que ame la virtud como la amamos nosotros.

Pasar las eternidades con un compañero que comparta con nosotros los valores fundamentales más importantes, que los analice, los viva y participe en enseñarlos a los hijos, es una de las experiencias más profundamente satisfactorias del verdadero amor romántico. Saber que habrá alguien que camine con nosotros por una senda paralela de bondad y crecimiento, y que anhele los mismos valores eternos y la misma felicidad, es de gran consuelo. (“A Union of Love and Understanding,” Ensign, octubre de 1994, 49)

Ezra Taft Benson. Si alguien desea casarse contigo fuera del templo, ¿a quién procurarás agradar: a Dios o a un mortal? Si insistes en un matrimonio en el templo, estarás complaciendo al Señor y bendiciendo a la otra persona. ¿Por qué? Porque esa persona o llegará a ser digna de ir al templo —lo cual sería una bendición— o se apartará —lo cual también puede ser una bendición—, ya que ninguno de los dos debería querer estar en yugo desigual (véase 2 Corintios 6:14).

Debes calificar para el templo. Entonces sabrás que no hay nadie lo suficientemente bueno para que te cases fuera del templo. Si esas personas son realmente tan buenas, se prepararán para poder casarse también en el templo.

Bendecimos más a nuestros semejantes cuando ponemos el primer mandamiento en primer lugar. (Ensign, mayo de 1988, 6)

Génesis 24:5 — “Quizá la mujer no querrá seguirme a esta tierra”

La inquietud del siervo — revela doctrinalmente que el convenio de Dios se edifica sobre decisiones libres y voluntarias, no sobre coerción ni imposición. La pregunta reconoce que la fe auténtica no puede forzarse y que aun los propósitos más sagrados deben respetar la agencia individual. Doctrinalmente, este momento enseña que el plan divino avanza mediante invitación y consentimiento, y que el matrimonio del convenio requiere una respuesta consciente de fe por parte de ambos. El siervo muestra prudencia espiritual al anticipar la posibilidad de rechazo, aprendiendo que obedecer a Dios incluye prepararse para resultados inciertos sin comprometer los principios. Así, Génesis 24:5 testifica que Dios honra la agencia humana en la construcción de Su obra, y que la fe madura actúa con diligencia y respeto, confiando en que el Señor guiará a quienes estén dispuestos a responder libremente a Su llamado, aun cuando esa respuesta no pueda garantizarse de antemano.

“El pensamiento de Eliezer es rápido y activo en el ejercicio de su mayordomía; en esto, como en otros incidentes, es un modelo de buen mayordomo. También es concienzudo: no quiere hacer un juramento que quizá no pueda cumplir. Y, por supuesto, no podría cumplirlo si la mujer no quisiera seguirlo. Abraham es sensible al deseo no expresado de Eliezer de no hacer un juramento que no pueda cumplir y, en el versículo 8, establece las condiciones que liberarían a Eliezer del juramento.

“Eliezer era, evidentemente, un mayordomo digno de confianza que, por su iniciativa previa y su buen juicio al administrar los asuntos de Abraham, había ganado la confianza de su señor. Abraham confía en su fiel mayordomo y no siente la compulsión de vigilarlo como una gallina protectora, temerosa de ceder el control. Así es como debe ser una buena relación siervo-amo, incluida la nuestra con el Señor. Recordemos: ‘porque el que es compelido en todas las cosas, el mismo es un siervo perezoso y no sabio’ (D. y C. 58:26). Observa cómo las palabras ‘siervo’ y ‘señor’ se repiten en los versículos 9 y 10, llamando nuestra atención a la relación como un buen ejemplo”. (Dennis y Sandra Packard, Feasting upon the Word [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1981], 68, 70)

Génesis 24:7 — “Jehová, Dios de los cielos… enviará su ángel delante de ti”

La promesa enseña doctrinalmente que la obra del convenio avanza bajo la iniciativa y la guía activa de Dios, no solo por la diligencia humana. Abraham afirma que el mismo Dios que lo llamó y lo sostuvo a lo largo de su peregrinaje ahora precede el camino del siervo, revelando que cuando una misión se alinea con la voluntad divina, el Señor prepara las circunstancias antes de que el hombre llegue a ellas. Doctrinalmente, el envío del ángel declara que Dios no delega responsabilidades sagradas sin acompañarlas de dirección celestial, y que Su providencia opera de manera anticipada, silenciosa y eficaz. Esta promesa también honra la agencia: el ángel “va delante”, abre caminos y dispone encuentros, pero no fuerza decisiones, mostrando que la guía divina y la elección humana cooperan en el cumplimiento del plan eterno. Así, Génesis 24:7 testifica que el Dios del convenio gobierna desde los cielos con poder cercano, guiando a Sus siervos paso a paso y asegurando que cuando se actúa con fe y obediencia, el cielo mismo va delante para cumplir Sus promesas con orden, propósito y fidelidad perfecta.

Obsérvese la gran fe de Abraham. No tiene poder sobre los ángeles, pero sabe que Dios preparará el camino. Su fe es lo suficientemente grande como para confiar en que el Señor cuidará de su siervo. Habiendo internalizado el principio, lo comprende espiritualmente y, sobre todo, cree la promesa del Señor: “Iré delante de tu faz. Estaré a tu diestra y a tu siniestra, y mi Espíritu estará en vuestros corazones, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

Génesis 24:10 — “El siervo tomó diez camellos de los camellos de su señor”

La acción enseña doctrinalmente que la obra del convenio se realiza con preparación responsable, generosidad visible y confianza en la provisión de Dios. Los diez camellos representan una misión seria y bien provista: el siervo no va vacío ni improvisa, sino que actúa como mayordomo fiel de los bienes del convenio, mostrando que la fe verdadera no excluye la previsión ni el uso sabio de los recursos. Doctrinalmente, este detalle subraya que Dios espera que Sus siervos honren lo sagrado con excelencia y abundancia suficiente para bendecir a otros; los dones materiales se convierten en instrumentos para revelar intenciones rectas y abrir caminos de paz. Además, el número y la carga de los camellos anticipan hospitalidad, pacto y compromiso, señalando que la misión no busca ventaja personal, sino establecer relaciones justas y duraderas conforme a la voluntad divina. Así, Génesis 24:10 testifica que cuando una obra está alineada con el propósito de Dios, se emprende con diligencia y recursos consagrados, y que la mayordomía fiel prepara el terreno para que la guía del Señor se manifieste con claridad y fruto duradero.

Eliezer tenía autoridad para tomar lo que quisiera. Tal vez llevaba algunos acompañantes, pero ciertamente no necesitaba diez camellos para sí mismo. Tomar tantos camellos era una señal de riqueza. Probablemente iban cargados tanto con provisiones para el viaje como con bienes de Abraham. Esto tenía un propósito ceremonial y práctico: mostrar prosperidad y proveer regalos a la familia prospectiva —la idea de la dote—. Dio a Rebeca joyas (v. 22), y luego “alhajas de plata y alhajas de oro y vestidos” (v. 53); también dio regalos a la familia de Rebeca: “dio también a su hermano y a su madre cosas preciosas”. Finalmente, los camellos adicionales serían necesarios para el viaje de regreso, pues Rebeca no volvería sola, sino acompañada por un número no especificado de siervas (v. 61).

Génesis 24:10 — “El siervo… se levantó y fue a Mesopotamia, a la ciudad de Nacor”

La frase enseña doctrinalmente que la fe del convenio se manifiesta en obediencia diligente que se traduce en acción concreta y dirección clara. El siervo no permanece deliberando indefinidamente, sino que “se levanta” y va, mostrando que cuando la voluntad de Dios ha sido establecida, la obediencia requiere movimiento decidido. Doctrinalmente, el viaje a Mesopotamia, específicamente a la ciudad de Nacor, revela que Dios obra Sus propósitos conectando promesas presentes con raíces pasadas: el convenio avanza hacia el futuro sin romper los lazos familiares donde la fe puede ser reconocida y compartida. El desplazamiento del siervo subraya que la guía divina no siempre conduce a lo cercano o cómodo, sino a trayectos largos que exigen confianza sostenida y fidelidad constante. Así, Génesis 24:10 testifica que el Señor honra a quienes actúan con prontitud y propósito, enseñando que la obra del convenio progresa cuando la fe se levanta, camina y confía en que Dios dirige cada paso hacia el cumplimiento de Sus designios eternos.

Nacor era el nombre del hermano de Abraham. Abraham salió de Ur de los caldeos hacia Harán con su padre Taré (Gén. 11:31). Nacor debió de acompañarlos en ese momento.

“Viajar desde Hebrón hasta Nacor probablemente habría tomado al siervo y a su comitiva cerca de un mes, recorriendo una distancia de unos 850 millas. La ciudad de Nacor era probablemente otro nombre de Harán o una comunidad cercana a Harán, ubicada dentro de la región mayor de Aram-Naharaim (Siria, o ‘Aram de los dos ríos’), traducida en el relato bíblico como ‘Mesopotamia’ (Génesis 24:10)”. (Camille Fronk Olson, Women of the Old Testament [SLC: Deseret Book, 2009], 51)

Flavio Josefo. “Se requiere mucho tiempo para atravesar Mesopotamia, donde el viaje es penoso, tanto en invierno por la profundidad del barro como en verano por la escasez de agua; y además por los robos que allí se cometen, los cuales no pueden evitar los viajeros sino con mucha precaución. Con todo, el siervo llegó a Harán”. (Antigüedades de los judíos, libro I, 16:1)

Génesis 24:15 — “Betuel, hijo de Milca, mujer de Nacor”

La mención enseña doctrinalmente que Dios obra el cumplimiento de Sus promesas a través de linajes reales, relaciones familiares concretas y fidelidades transmitidas en el tiempo. Al identificar con precisión a Betuel, a Milca y a Nacor, el texto subraya que el plan del convenio no es abstracto ni improvisado, sino históricamente enraizado y cuidadosamente guiado por Dios. Doctrinalmente, esta genealogía revela que el Señor prepara respuestas antes de que el siervo termine de orar, mostrando que la providencia divina precede a la petición humana y conecta promesas antiguas con decisiones presentes. La fe del convenio avanza, así, mediante familias donde aún existe memoria de Dios y disposición a responder a Su guía. Este versículo testifica que el Señor gobierna el tiempo y las relaciones con precisión redentora, y que cuando Sus siervos actúan en obediencia, Él ya ha dispuesto los vínculos necesarios para que Su propósito eterno se cumpla con orden, continuidad y gracia.

En el relato parece que Betuel ha muerto, ya que su hijo Labán dirige la casa. Sin embargo, la relación con Abraham es interesante. Abraham 2:2 nos recuerda que Nacor era hermano de Abraham. Eso convertiría a Betuel en primo hermano de Isaac. La hija de Betuel, Rebeca, sería entonces prima segunda de Isaac (prima en primer grado removido).

Génesis 24:19 — “También sacaré agua para tus camellos”

La declaración revela doctrinalmente que la verdadera virtud se manifiesta en un servicio que va más allá de lo mínimo esperado y que responde con generosidad sin cálculo previo. Rebeca no conoce aún el alcance eterno de su acción, pero su disposición voluntaria a atender una necesidad mayor —dar de beber a camellos cansados— muestra un corazón diligente, compasivo y dispuesto a sacrificarse por otros. Doctrinalmente, este gesto enseña que Dios reconoce la fe expresada en obras silenciosas y que el carácter se revela en la constancia del servicio más que en declaraciones formales. El esfuerzo requerido para abrevar a los camellos subraya que el servicio auténtico implica trabajo real, tiempo y energía ofrecidos libremente, y es precisamente esa entrega la que el Señor utiliza para cumplir Sus designios mayores. Así, Génesis 24:19 testifica que Dios elige y guía a quienes sirven sin saber que están siendo observados, mostrando que la generosidad espontánea y la disposición a hacer más de lo requerido son señales de un corazón preparado para participar en el cumplimiento del convenio eterno.

“Rebeca debió trabajar arduamente para dar de beber a aquellos diez camellos después de su largo viaje, y aun así lo hizo sin vacilar. Cuando se le presentaron regalos costosos de parte de un extraño, no perdió la compostura; por el contrario, actuó con deliberación y método. Declaró su parentesco y aseguró que la llegada inesperada no causaría vergüenza en su hogar.

“Rebeca surge de las Escrituras como una joven vivaz, inteligente y perspicaz, con una comprensión firme de los acontecimientos que la rodean. Su primer impulso fue ofrecer hospitalidad; lo mismo ocurre con su familia”. (Jerrie W. Hurd, Our Sisters in the Bible [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1983], 18)

Elaine Jack. Con respeto, ella ofreció un acto de servicio, uno sencillo, y de ese acto nació una familia de gran influencia a lo largo de dispensaciones enteras. Rebeca amó con dignidad y disposición como hija de Dios. Recordemos la pregunta: ¿Quién puede medir el alcance de nuestra bondad?

De ella aprendemos que la caridad, aunque a menudo se cuantifica como la acción, es en realidad el estado del corazón que nos impulsa a amarnos unos a otros. Ella ofreció agua. Fue en ese ofrecimiento donde se manifestó la caridad. (“Strengthened in Charity,” Ensign, noviembre de 1996, 92)

Génesis 24:27 — “Jehová me guió a la casa de los hermanos de mi señor”

La confesión enseña doctrinalmente que la guía divina es personal, específica y verificable en el cumplimiento del convenio. El siervo reconoce que el éxito de su misión no provino de su astucia ni de la casualidad, sino de la dirección activa del Señor, quien condujo cada paso desde la oración hasta el encuentro preciso. Doctrinalmente, este testimonio afirma que Dios honra la fe obediente guiando a Sus siervos hacia relaciones y lugares preparados de antemano, y que Su providencia conecta promesas antiguas con decisiones presentes. La guía “a la casa” subraya que el Señor no solo dirige viajes externos, sino que ordena vínculos familiares y contextos donde la fe puede ser recibida y compartida. Así, Génesis 24:27 testifica que reconocer la mano de Dios en los resultados es parte esencial de la vida del convenio, enseñando que cuando se actúa con oración, diligencia y rectitud, el Señor guía con precisión fiel, confirmando Su misericordia y Su verdad en cada etapa del camino.

La misión del siervo requería cuatro partes:

  1. viajar a Harán,
  2. hallar a los parientes de Abraham,
  3. determinar quién debía ser la esposa de Isaac, y
  4. convencer a la mujer y a su familia de que debía casarse con el hijo de Abraham.

Parece que, una vez cumplido el primer paso, el siervo estaba preocupado por encontrar a los parientes de Abraham. Se llenó de gozo al ver que su oración fue respondida con tanta rapidez. Al llegar a las afueras de la ciudad, logró cumplir los pasos 2 y 3 en cuestión de minutos.

Génesis 24:45 — “Antes que yo acabase de hablar en mi corazón, he aquí Rebeca salió”

La declaración enseña doctrinalmente que Dios responde a la oración con una prontitud que trasciende las palabras audibles y alcanza las intenciones más profundas del corazón. El siervo testifica que la guía divina no esperó una formulación perfecta, sino que actuó en sintonía con un deseo recto alineado con el convenio, revelando que el Señor conoce y honra las peticiones que brotan de un corazón fiel. Doctrinalmente, este momento afirma que la providencia de Dios precede a la súplica humana: mientras el hombre ora, Dios ya está obrando. La aparición de Rebeca confirma que el cielo coordina tiempos, personas y circunstancias cuando la obra se realiza conforme a la voluntad divina. Así, Génesis 24:45 testifica que la oración verdadera es comunión viva con Dios, donde Él guía antes, durante y después de la petición, y enseña que cuando el corazón busca cumplir el convenio con rectitud, el Señor responde con claridad, precisión y misericordia que fortalecen la fe y confirman Su mano en cada paso del camino.

Algunas oraciones son contestadas conforme al tiempo del Señor. Sin embargo, en otras ocasiones, la voluntad del Señor es bendecirnos de inmediato. Probablemente subestimamos cuán dispuesta y rápidamente responde el Señor a nuestras peticiones. El siervo ni siquiera había terminado de hablar cuando Rebeca apareció como respuesta a su oración. Esto nos recuerda cuán dispuesto está el Señor a darnos buenos dones, si se los pedimos.
¿Con qué rapidez obra el Señor? “El que pide en el Espíritu, pide conforme a la voluntad de Dios; por tanto, se hace aun como pide” (D. y C. 46:30).

Neal A. Maxwell. La tarea consiste en acercarnos lo suficiente al Señor como para progresar hasta el punto de pedirle conforme a Su voluntad, no a la nuestra. “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Juan 5:14).

En revelaciones modernas, el Señor ha declarado Su disposición a concedernos las peticiones que contienen nuestras oraciones si lo que pedimos es conveniente para nosotros (D. y C. 88:64–65).

Cuando llegamos a estar suficientemente purificados y limpios del pecado, podemos pedir lo que queramos en el nombre de Jesús “y será hecho” (D. y C. 50:29). El Señor incluso promete que cuando alguien alcanza cierta condición espiritual, “se os dará lo que pidiereis” (D. y C. 50:30).

Por tanto, necesitamos claramente tener el Espíritu con nosotros al orar, porque “en el Espíritu” pediremos “conforme a la voluntad de Dios; por tanto, se hace aun como pide” (D. y C. 46:30). (All These Things Shall Give Thee Experience [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1979], 95)

Génesis 24:49 — “Si haréis misericordia y verdad con mi señor, decídmelo”

La solicitud enseña doctrinalmente que las decisiones ligadas al convenio deben afirmarse con claridad moral y compromiso consciente, no con ambigüedad. El siervo apela a dos virtudes fundamentales del carácter divino —misericordia y verdad— mostrando que la voluntad de Dios se reconoce donde hay bondad leal y fidelidad a lo correcto. Doctrinalmente, este llamado establece que los asuntos sagrados requieren respuestas claras y responsables, porque el plan de Dios avanza mediante acuerdos honestos y corazones íntegros. La petición no fuerza el resultado; invita a una decisión informada que respeta la agencia y revela el carácter de quienes responden. Así, Génesis 24:49 testifica que el convenio se construye sobre la convergencia de la gracia y la rectitud, y que Dios honra a quienes deciden con transparencia y lealtad, enseñando que la fe madura busca confirmación ética y verdad manifiesta antes de avanzar, confiando en que el Señor guiará el camino cuando la respuesta se dé con misericordia y verdad.

Parafraseando, el siervo dice: “Esa es mi historia; ahora respóndanme. Díganme si enviarán a Rebeca conmigo. Estoy en una misión y deseo cumplirla”. El siervo ha recibido una revelación de que Rebeca debe ser la esposa de Isaac. Esta es una circunstancia inusual, porque ahora Rebeca y su familia deben decidir cómo responder. Surge entonces la pregunta: ¿por qué enviaría el Señor revelación a Rebeca por medio de otra persona? ¿Tiene Abraham derecho a recibir revelación para Rebeca?
La respuesta es no. El siervo sí tiene derecho a recibir revelación para la tarea que se le ha encomendado, al inquirir del Señor. Su oración ha sido contestada, pero la decisión sigue siendo de Rebeca y de su familia. Ellos deben determinar la validez del relato. ¿Cómo responden?

Obsérvese que el siervo no es coercitivo. Algunos han intentado usar este tipo de recurso para influir en la conducta de otros de manera injusta.

Stephen E. Robinson. Casi todos los años en BYU… se me acerca algún estudiante (hombre o mujer, aunque la mayoría son mujeres) con la siguiente historia: “Hermano Robinson, mi novio (o novia, según sea el caso) es un misionero retornado y ha recibido una revelación de que yo debo casarme con él. En realidad no estoy enamorada de esta persona, pero ¿debería casarme de todos modos? No quiero desobedecer al Señor”.

“Bien”, respondo yo, “¿cuál es el orden del sacerdocio? ¿Quién tiene derecho a recibir revelación para ti? Los apóstoles y profetas en el fiel desempeño de sus mayordomías; tu presidente de estaca, tu obispo, tus padres y tu esposo (también en el fiel desempeño de sus mayordomías). Y finalmente, y lo más importante, . Tú tienes derecho a recibir revelación para ti misma, y estás obligada a confirmar por ti misma toda revelación que otros reciban para ti dentro de la línea de autoridad del sacerdocio. ¿Está esta persona —este misionero retornado con la revelación— en tu línea de autoridad del sacerdocio? No, por supuesto que no, aunque él desesperadamente quisiera estarlo. ¿Ha confirmado el Señor esta revelación a ti personalmente? No. Entonces aléjate de esta persona lo más rápido posible. Está tratando de usar tu religión para manipularte y controlarte. ¡Aléjate ahora antes de quedar atrapada en la trampa!”

Ahora bien, puede haber casos ocasionales en los que el Señor revele a alguien con quién se va a casar. Mi abuela, Willmia Brown, por ejemplo, una vez oyó una voz audible que identificó a Joseph E. Robinson como su futuro esposo, y así fue. Pero en tales casos, la revelación se mantiene confidencial hasta que la otra persona llega a la misma conclusión. Un conocimiento tan sagrado no se usa como palanca para forzar a alguien a cumplir. Si es genuino, sucederá por sí mismo.

Los santos necesitan volverse más sofisticados para detectar a los vendedores de “aceite de serpiente” espiritual. Ya sea que vendan matrimonio, matrimonio plural, revelaciones, libros, política, doctrinas especiales, dietas especiales, hierbas y vitaminas, el “griego original” (o hebreo), consejos financieros o inversiones “SUD”, o lo que sea—si usan la religión para ayudar a vender su producto o punto de vista, representan las astutas trampas de Satanás. (Following Christ [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1995], 104)

Glenn L. Pace. En las cosas espirituales debemos aprender a reconocer cuándo hemos recibido un testimonio del Espíritu y cuándo se nos presenta una falsificación de Satanás o algo autoimpuesto por nuestra propia ambición y deseo. A veces un joven le dirá a su novia: “He recibido un testimonio espiritual de que tú debes ser mi esposa”. En algunos casos sugeriría que ese testimonio es más un deseo que una manifestación.

Si llega el momento y tú recibes ese testimonio, ponlo a prueba. Pídele que se case contigo. Si ella dice que sí, estabas en lo correcto; si dice que no, estabas equivocado. Pero guarda tu testimonio para ti. Ella es perfectamente capaz de recibir su propia revelación. (New Era, marzo de 1989, 50)

Génesis 24:58 — “¿Irás tú con este hombre? Y ella respondió: Iré”

La escena encierra doctrinalmente el poder sagrado de la agencia y la fe que decide sin todas las certezas visibles. Rebeca no responde impulsada por presión familiar ni por garantías detalladas del futuro, sino por una convicción interior que reconoce la mano de Dios en el llamado recibido. Doctrinalmente, este momento enseña que el convenio avanza cuando una persona elige voluntariamente confiar en Dios y caminar hacia lo desconocido sostenida por la fe, no por la comodidad. El simple “Iré” expresa una obediencia madura: breve, firme y sin condiciones, mostrando que la fe verdadera no exige controlar el resultado, sino aceptar la dirección divina. Rebeca deja su hogar, su cultura y su seguridad para participar en un propósito eterno que apenas comienza a vislumbrar, convirtiéndose en un modelo de discipulado activo. Así, Génesis 24:58 testifica que Dios honra las decisiones valientes tomadas con fe, y que el plan del convenio progresa cuando el corazón responde libremente al llamado divino con confianza, entrega y disposición a seguir adelante aun cuando el camino aún no esté plenamente revelado.

Rebeca nunca había visto a Isaac. ¿Quién iría simplemente porque Isaac era pariente y su padre era rico? Los matrimonios arreglados quizá eran comunes, pero sabemos que su anhelo de amor habría sido el mismo que el de cualquier joven.

¿Dónde está el romance? ¿Se ve Rebeca privada de alguna necesidad femenina esencial? ¿Desatiende el Señor por completo el aspecto romántico de la relación amorosa? Los incrédulos podrían pensarlo así, pero el Señor sabe más acerca del amor y del matrimonio de lo que nosotros podríamos explicarle. Él sabe que el matrimonio tiene más que ver con fe y amor que con romance. Nuestra cultura actual enseña lo contrario: que el matrimonio se trata casi exclusivamente de romance y sexo. El Señor enseña de otra manera. Rebeca demostró una gran fe, coherente con su carácter, y recibiría todo el amor que una esposa pudiera desear: “y tomó a Rebeca por mujer, y la amó” (v. 67).

“La historia del compromiso de Rebeca revela la actitud bíblica hacia la naturaleza y el contenido del matrimonio. La unión entre el hombre y la mujer debe estar cimentada en las mejores cualidades, y Rebeca las manifiesta de manera ejemplar. Su conducta muestra modestia y hospitalidad; es bondadosa con los animales y respetuosa con su propia familia. Por tales atributos ora el siervo; una mujer que los posee es, en verdad, ‘muy hermosa’.

El matrimonio fue arreglado aunque los dos protagonistas aún no se conocían. El hombre moderno, que concibe el matrimonio principalmente como la culminación de una relación romántica, hallará difícil ver valores significativos en los matrimonios arreglados. Pero para el hombre bíblico, el ideal no era ‘primero amor, luego matrimonio’, como hoy, sino lo contrario: ‘primero matrimonio, luego amor’.

El sistema antiguo descansaba en la suposición de que dos personas tendrían una base adecuada para el matrimonio si sus trasfondos eran generalmente compatibles y si se disponían a establecer un hogar en el que cada uno cumpliera su papel esperado. Ambos llegarían a conocerse por medio del matrimonio, y se esperaba que con el tiempo el amor siguiera. Tal amor surge de la experiencia compartida, del respeto mutuo y del afecto por los hijos. Este arreglo generaba menos expectativas y, por tanto, era menos propenso a fracasar. En su mejor expresión, no producía menos amor profundo y duradero que los matrimonios modernos, de los cuales se espera que comiencen con el amor y lo mantengan para siempre”. (The Torah: A Modern Commentary, ed. W. Gunther Plaut [New York: The Union of American Hebrew Congregations, 1981], 168)

Génesis 24:60 — “Sé madre de millares de millones”

La bendición expresa doctrinalmente la visión expansiva del convenio, donde una decisión fiel en el presente se proyecta hacia una posteridad innumerable y bendiciones que trascienden la vida individual. Al pronunciar esta bendición sobre Rebeca, la familia reconoce que su elección de fe la inserta en el propósito eterno de Dios, convirtiendo el acto personal de “ir” en una fuente de vida y herencia para generaciones incontables. Doctrinalmente, la frase enseña que Dios magnifica la obediencia voluntaria con promesas de fecundidad, continuidad y victoria espiritual, y que la maternidad —más allá de lo biológico— simboliza influencia, legado y transmisión de fe. Esta bendición no es mera prosperidad numérica, sino participación en el plan redentor que bendice a muchos a través de uno que confía en Dios. Así, Génesis 24:60 testifica que el Señor honra a quienes responden con fe al llamado del convenio, ampliando su impacto más allá de lo imaginable y confirmando que las decisiones hechas con rectitud hoy pueden convertirse, por la gracia divina, en bendición para “millares de millones” mañana.

Mil millones equivalen a un billón. ¿Sería Rebeca madre de billones? Es una cantidad inmensa de almas. La declaración indica que el siervo también había comunicado la promesa dada a Abraham y a su descendencia: que serían tan numerosos como la arena del mar y como las estrellas del cielo. Parte de esa promesa se cumpliría por medio de Ismael, pero el convenio y la promesa vendrían por medio de Isaac, y eso implicaba a Rebeca. Ella sería la madre de Jacob, la abuela de los doce hijos de Israel y la única matriarca del convenio por medio de Isaac. “Reina y sacerdotisa” parecen títulos modestos para ella.

Rebeca tuvo que ejercer una fe extraordinaria para poner su vida en manos de aquel siervo. Por fe Abraham obtuvo la promesa; por fe Sara concibió (Heb. 11:8–18); y por fe Rebeca fue a Isaac, sin saber lo que le sobrevendría.

“Tal fue su fe y confianza en el Señor que aceptó inmediatamente la invitación de dejar a su familia, viajar a un país completamente extraño con el siervo de Abraham y sus hombres, y casarse con un hombre a quien nunca había conocido”. (LDS Church News, 7 de mayo de 1994)

M. Russell Ballard. Nuestras hermanas pueden aportar el poder de la fe… Pueden traer el poder de la pureza, mediante el cual “podemos ser purificados así como [el Señor] es puro” (Moroni 7:48). Y por lo general poseen el poder del amor, aquello que el apóstol Pablo llamó caridad, la mayor de todas las virtudes divinas (véase 1 Corintios 13:13). Es un líder del sacerdocio miope el que no ve el valor de invitar a las hermanas a compartir la comprensión y la inspiración que poseen. (Counseling with Our Councils [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1997], 53)