Génesis

Génesis 25


Génesis 25:1–4 — “Abraham tomó otra esposa… Cetura; y ella le dio a Zimrán, Jocsán…”

La afirmación enseña doctrinalmente que la fecundidad de la vida de Abraham no se limita exclusivamente a la línea del convenio, sino que se expande bajo la providencia de Dios hacia otras posteridades con identidad y propósito propios. La mención de Cetura y de sus hijos no compite con la promesa dada a Isaac, sino que la complementa, mostrando que Dios distingue entre la herencia del convenio y la bendición de la posteridad. Doctrinalmente, este pasaje afirma que el Señor puede multiplicar vida y naciones fuera de la línea escogida sin diluir la promesa central, revelando un Dios ordenado que bendice ampliamente sin confundir los cauces de Su plan eterno. Abraham, aun en su vejez, continúa siendo instrumento de vida, lo que enseña que la bendición divina no se agota cuando el convenio ya está asegurado, sino que puede seguir fluyendo hacia otros mediante relaciones legítimas y ordenadas. Así, Génesis 25:1–4 testifica que el Dios del convenio es también el Dios de las naciones, que honra la promesa hecha a Isaac mientras extiende dignidad, posteridad y destino a otros hijos de Abraham, mostrando que Su propósito es amplio, estructurado y profundamente generoso.

Cetura aparece como esposa de Abraham en el versículo 1 y como concubina en el versículo 6. El redactor subraya así que Cetura no tuvo el mismo estatus que Sara, ni lo tendrían sus hijos. Los hijos de Cetura serían bien tratados, pero no eran el hijo de la herencia ni los hijos del convenio. Al igual que Ismael, hijo de Agar, fueron enviados lejos antes de que pudieran representar una amenaza para Isaac.

Es interesante que los escribas incluyan a algunos nietos e incluso bisnietos de Cetura. Evidentemente, esta lista no pretende ser exhaustiva. O bien los escribas consignaron toda la genealogía que conocían, o más probablemente incluyeron linajes que resultarían familiares para su audiencia judía antigua. Por ejemplo, se enumeran todos los hijos de Madián. Los madianitas fueron un pueblo justo, poseedor del sacerdocio (Éx. 2:16–22), y el suegro de Moisés era madianita. También se menciona a Seba, que se asume es el fundador de la tierra de Seba, cuya reina buscó famosamente la sabiduría de Salomón (1 Reyes 10:1).


Génesis 25:6 — “Abraham… los envió… hacia la tierra del oriente”

La frase enseña doctrinalmente que Dios gobierna la herencia con orden, propósito y misericordia, distinguiendo entre la línea del convenio y la bendición de posteridad sin negar el cuidado por ninguno. Abraham actúa como mayordomo fiel al establecer límites claros que protegen la promesa dada a Isaac, evitando confusión o contienda futura, y al mismo tiempo provee para sus otros hijos, reconociendo su dignidad y destino. Doctrinalmente, este acto muestra que el amor justo no siempre implica igualdad de herencia, sino distribución conforme al plan de Dios; la separación geográfica hacia “el oriente” simboliza la expansión de pueblos y naciones bajo la providencia divina, aun fuera del cauce específico del convenio. Abraham no expulsa por rechazo, sino que envía con previsión, afirmando que Dios tiene caminos distintos para cumplir Sus propósitos con cada linaje. Así, Génesis 25:6 testifica que el Señor obra mediante decisiones sabias que preservan la promesa central mientras extiende vida, oportunidad y futuro a otros, enseñando que el orden divino sostiene tanto la fidelidad del convenio como la amplitud de la bendición para todos los hijos de Abraham.

“Los primeros árabes, según la Biblia, fueron descendientes de Joctán (o Jocsán), quien vivió cinco generaciones después del diluvio. Los joctanitas habitaron las regiones fértiles del sur de Arabia y eran los ‘árabes que estaban cerca de los etíopes’. Eran comerciantes, algunos de los cuales, en años posteriores, cruzaron el mar Rojo para establecerse en Etiopía. Uno de los hijos de Joctán fue Seba, antepasado de la reina de Sabá que visitó a Salomón.

Las tribus árabes del norte descendían, en su mayoría, de Abraham por medio de Ismael, hijo de su esposa egipcia Agar. Sus descendientes habitaron la franja costera del occidente de Arabia.

Por su tercera esposa, Cetura, Abraham tuvo seis hijos, a quienes envió a vivir al oriente para que Isaac heredara Canaán. Al vivir en una región esencialmente desértica, fueron nómadas; de ahí las referencias a ‘las caravanas de los dedanitas’ y a ‘el árabe en el desierto’. Algunos parecieron establecer sus tiendas hasta cerca de Babilonia.

Quizá la tribu más conocida fue la de los madianitas. Jetro, suegro de Moisés, era madianita, y sus descendientes, los ceneos, se establecieron en Palestina con los israelitas bajo Josué.

Los edomitas, ubicados en la región montañosa al sureste del mar Muerto, descendían de Abraham e Isaac por medio de Esaú (Edom). Se mezclaron con los horeos o hijos de Seir, pero reconocieron su estrecha relación con Israel como descendientes del hermano de Jacob. A menudo guerrearon con Israel y nunca fueron incluidos dentro de las fronteras israelitas. En tiempos macabeos, su tierra se llamó Idumea, y así Herodes el Grande, rey idumeo convertido al judaísmo, fue descendiente de Esaú.” (John Tvedtnes, “Who Is an Arab?”, Ensign, abril de 1974, 27–28)

Génesis 25:8 — “Abraham expiró… y fue reunido con su pueblo”

La afirmación enseña doctrinalmente que la muerte del justo es presentada en las Escrituras no como extinción, sino como consumación y reunión dentro del plan eterno de Dios. Abraham no “termina”, sino que es reunido, expresión que implica continuidad de identidad, pertenencia y relación más allá de la vida mortal, confirmando que el convenio trasciende la tumba. Doctrinalmente, este versículo afirma que una vida vivida en fidelidad culmina en paz, plenitud y comunión con los que participaron antes del mismo camino de fe. Abraham —el portador de promesas, peregrino obediente y padre del convenio— muere habiendo visto el inicio del cumplimiento divino, confiando en que lo restante se realizará conforme a la palabra de Dios. La reunión “con su pueblo” señala que las relaciones selladas por el propósito divino no se disuelven con la muerte, sino que se reordenan en una esfera eterna donde el Señor honra la fe perseverante. Así, Génesis 25:8 testifica que el Dios del convenio es también el Dios de la vida eterna, y que quienes caminan fielmente con Él no enfrentan la muerte como pérdida definitiva, sino como transición serena hacia una comunión prometida, donde la obra iniciada en la mortalidad continúa bajo Su presencia fiel y eterna.

La grandeza del profeta Abraham ha sido ensalzada a lo largo de muchos capítulos tanto en Génesis como en el Libro de Abraham. Es el gran profeta antiguo, el único en quien tres grandes religiones concuerdan. Prefiguró a Elohim al estar dispuesto a ofrecer a Isaac y simboliza las magníficas bendiciones que Dios concede a quienes le aman y guardan Sus mandamientos. Es el primer profeta del convenio. En ningún pasaje el Señor halla falta en Abraham; sus virtudes son siempre exaltadas y es justificado explícitamente por el Señor:

“Abraham… así como Isaac y también Jacob no hicieron sino lo que les fue mandado; y porque no hicieron sino lo que les fue mandado, han entrado en su exaltación, conforme a las promesas, y se sientan sobre tronos, y no son ángeles, sino dioses” (D. y C. 132:37).

Joseph Smith. Abraham fue guiado por el Señor en todos los asuntos de su familia; conversó con ángeles y con el Señor; se le dijo adónde ir y cuándo detenerse; y prosperó grandemente en todo lo que emprendió; y todo ello fue porque él y su familia obedecieron el consejo del Señor. (Teachings of the Prophet Joseph Smith, 251–252)

Génesis 25:9 — “Isaac e Ismael lo sepultaron en la cueva de Macpela”

La declaración enseña doctrinalmente que, aun cuando los caminos del convenio y de la posteridad se distinguen, el vínculo familiar y el respeto por el padre pueden converger en actos de reconciliación y honra. Al mencionar juntos a Isaac y Ismael, el texto subraya que la muerte de Abraham convoca unidad donde hubo separación, mostrando que Dios puede traer paz y dignidad aun entre herederos de promesas distintas. Doctrinalmente, la sepultura en la cueva de Macpela reafirma la fe de Abraham en la tierra prometida y en la continuidad del convenio más allá de la vida mortal, mientras el acto compartido de los hijos proclama que la honra debida trasciende diferencias de herencia. Así, Génesis 25:9 testifica que el Dios del convenio es también el Dios de la reconciliación, que preserva el orden de Sus promesas sin negar la posibilidad de respeto mutuo, y que sella una vida de fe con un acto final donde memoria, esperanza y unidad se encuentran ante la certeza de la promesa eterna.

La última vez que se menciona a Ismael, había sido enviado lejos, apartado de la presencia de Isaac (Gén. 21:14). Sin embargo, aquí aparece como un hijo fiel en el entierro de su padre. Al parecer, el conflicto familiar se había resuelto, y la familia de Ismael se reunió para rendir honores.

“La Cueva de Macpela es el sitio judío más antiguo del mundo y el segundo lugar más sagrado para el pueblo judío, después del Monte del Templo en Jerusalén. La cueva y el campo adyacente fueron comprados —al precio completo del mercado— por Abraham hace unos 3,700 años. Abraham, Isaac, Jacob, Sara, Rebeca y Lea fueron sepultados posteriormente en la misma cueva. Estos son considerados los patriarcas y matriarcas del pueblo judío; la única ausente es Raquel, enterrada cerca de Belén donde murió al dar a luz.

La cueva doble, un misterio de milenios, fue descubierta hace algunos años bajo el edificio masivo, revelando artefactos del período israelita temprano (hace unos treinta siglos). La estructura fue edificada durante el período del Segundo Templo (hace unos dos mil años) por Herodes el Grande, proporcionando un lugar de reunión y oración judía en las tumbas de los patriarcas.

Este edificio, singularmente impresionante, es el único que permanece intacto y que aún cumple su función original después de miles de años.” (Jewish Virtual Library)

Génesis 25:12–16 — “Estas son las generaciones de Ismael”

La introducción enseña doctrinalmente que Dios es fiel a Sus promesas aun cuando estas se cumplen por caminos distintos al del convenio principal. Al registrar cuidadosamente la posteridad de Ismael, el texto afirma que la palabra del Señor —“haré de él una nación”— no quedó en segundo plano ni se desvaneció con la elección de Isaac, sino que se realizó con orden, identidad y expansión concreta. Doctrinalmente, esta genealogía muestra que el plan de Dios distingue sin despreciar: preserva la línea del convenio y, a la vez, honra la descendencia nacida de la responsabilidad paterna de Abraham. La enumeración de príncipes y pueblos revela que la bendición divina puede manifestarse como crecimiento, estructura y herencia histórica, aun fuera del cauce específico del convenio salvífico. Así, Génesis 25:12–16 testifica que el Dios del convenio es también el Dios de la historia humana, que cumple Sus promesas con justicia y misericordia, y que ninguna vida vinculada a Su palabra queda sin propósito, destino ni memoria bajo Su gobierno fiel y ordenado.

“En el mundo cristiano estamos acostumbrados a pensar en los descendientes de Abraham en términos de Isaac, Jacob y los israelitas. Muchos olvidamos que, por medio del primogénito de Abraham—Ismael, cuyo nombre se traduce como ‘Dios oye’—se desarrolló otra gran nación que también ha influido decisivamente en el curso de la historia.

“Las Escrituras sugieren que al menos una de las promesas hechas a Abraham se aplica tanto a Ismael como a Isaac. Mucho antes de que naciera cualquiera de los dos, el Señor prometió a Abraham: ‘Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre; y serás bendición… a todas las familias de la tierra’ (Gén. 12:2–3). Aunque aceptamos un papel específico para la casa de Israel, en un sentido general es cierto que los descendientes tanto de Ismael como de Isaac han sido ‘grandes’ en población y en logros, y han sido una bendición para la humanidad.

“El Señor dio a Abraham una segunda promesa: ‘Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar… así será tu descendencia’ (Gén. 15:5). Más tarde, cuando Agar concibió a Ismael, un ángel reiteró la promesa: ‘Multiplicaré tu descendencia en gran manera, que no podrá ser contada por la multitud’ (Gén. 16:10).

“Es interesante que los hijos tanto de Isaac como de Ismael hayan deseado aplicar para sí la Escritura dada a Abraham:

‘Este es mi convenio, que guardaréis, entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: será circuncidado todo varón’ (Gén. 17:10, 25).

“La circuncisión ha sido una costumbre tanto de los judíos (israelitas) como de los árabes (ismaelitas) desde entonces.

“Dios prometió además a Abraham: ‘Y te daré a ti y a tu descendencia después de ti… toda la tierra de Canaán en heredad perpetua’ (Gén. 17:8). Nuevamente, esta promesa se ha cumplido para ambos, Ismael e Isaac, pues árabes y judíos han residido allí. De hecho, las Escrituras proféticamente y con exactitud declararon: ‘Y él [Ismael] habitará delante de todos sus hermanos’ (Gén. 16:12).

“El Señor describe así a los descendientes de Ismael, los árabes: ‘Y en cuanto a Ismael, también te he oído; he aquí que lo bendeciré, y lo haré fructificar, y multiplicar mucho en gran manera; doce príncipes engendrará, y haré de él una gran nación’ (Gén. 16:12; 17:20).

“Según el Corán, Abraham llevó a Ismael y a su madre a Arabia y los estableció cerca de lo que llegaría a ser la gran ciudad de La Meca. Con el tiempo, los descendientes de los doce hijos de Ismael comenzaron a poblar la península arábiga. El relato bíblico, aunque difiere en detalles, también sugiere que Agar e Ismael fueron dirigidos en sus peregrinaciones. Génesis registra que un ángel del Señor los consoló y preservó, y que ‘Dios estaba con el muchacho [Ismael]’ (véase Gén. 21:14–20).

“Estamos familiarizados con la historia de los doce hijos de Jacob—las doce tribus de Israel—pero no lo estamos igualmente con la historia de los doce hijos de Ismael, una tradición grande y noble que ha producido una de las grandes culturas del mundo: la cultura islámica.

“La religión del musulmán impregna su vida desde el amanecer hasta la noche, y desde su vida privada hasta su actividad en el mercado abarrotado, con una profundidad que muchos cristianos occidentales suelen tardar en comprender. Muchos occidentales han secularizado áreas tan amplias de su vida que han olvidado lo que significa vivir una existencia en la que cada actividad está orientada religiosamente.

“Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días han alcanzado un nuevo umbral en la expansión mundial del evangelio. A medida que África y Asia se integran a nuestro gran programa misional, necesitamos una nueva sensibilidad hacia la historia, las culturas y las religiones de estas regiones. No podemos ser amigos de una persona o comunidad si desdeñamos o ignoramos aquello que esa persona o comunidad más aprecia. Siento firmemente que debemos apreciar el apego del árabe a su idioma, a su profeta Mahoma, a los deberes religiosos del musulmán y a la notable civilización que produjo el islam.” (James B. Mayfield, “Ishmael, Our Brother”, Ensign, junio de 1979, 26–27)

Génesis 25:21 — “Isaac rogó al Señor por su esposa, porque era estéril”

La declaración enseña doctrinalmente que el convenio se sostiene no solo por promesas heredadas, sino por oración perseverante y fe activa en medio de la vulnerabilidad humana. Isaac, heredero del milagro que dio origen a su propia vida, no presume el cumplimiento automático de la promesa, sino que se vuelve al Señor con humildad y dependencia, mostrando que la esterilidad —como antes en Sara— se convierte en un aula sagrada donde la fe aprende a confiar en el tiempo y el poder de Dios. Doctrinalmente, este versículo afirma que la intercesión dentro del matrimonio es parte esencial del plan divino: Isaac ora por su esposa, revelando un amor que carga con la prueba compartida y una fe que busca a Dios como fuente de vida. La respuesta divina (implícita en el contexto) enseña que el Señor escucha la súplica justa y que las demoras no son negaciones, sino procesos que refinan el corazón y preparan bendiciones mayores. Así, Génesis 25:21 testifica que el Dios del convenio responde a la oración persistente, que honra la fe ejercida en comunidad y que transforma la impotencia humana en ocasión para manifestar Su gracia creadora, asegurando que la vida prometida nace cuando el pueblo del convenio aprende a rogar, esperar y confiar plenamente en Él.

“Cuando se reanuda el relato de Isaac y Rebeca, aprendemos que Rebeca era estéril, un eco del dolor de su suegra, y que Isaac ‘rogó’ al Señor que la bendijera con un hijo (Génesis 25:21). Según el Midrash judío, Rebeca unió sus oraciones a las súplicas de su esposo. Dios respondió a sus peticiones, y Rebeca concibió (Ginzberg, Legends, 1:312–13).

“Preocupada por las luchas que sentía en su vientre, Rebeca no acudió primero a familiares o amigos, sino que se volvió directamente a Dios para recibir entendimiento y consuelo. Además, el texto bíblico es claro al señalar que Rebeca habló directamente con Dios y que Dios le respondió directamente, sin la intervención de su esposo profeta (Gén. 25:22–23). El que ella reconociera una revelación tan rica y multifacética sugiere que la oración ferviente no era nueva para Rebeca. Ya había desarrollado una relación cercana con el Señor y las sensibilidades espirituales necesarias para una comunicación clara.

“En respuesta a su oración, Rebeca aprendió verdades proféticas: daría a luz dos hijos gemelos, cada uno llegaría a ser cabeza de una nación, y el menor gobernaría al mayor (Gén. 25:23). Con el tiempo, las tres profecías se cumplieron.” (Camille Fronk Olson, Women of the Old Testament, Salt Lake City: Deseret Book, 2009, 58)

Génesis 25:22 — “Si es así, ¿para qué vivo yo?”

La pregunta expresa doctrinalmente el clamor del alma cuando la promesa se cumple de un modo que desborda la comprensión humana. Rebeca no formula una queja trivial, sino una súplica existencial nacida del conflicto interior y del dolor físico, revelando que incluso dentro del convenio hay momentos en que la experiencia parece contradecir la esperanza. Doctrinalmente, este versículo enseña que Dios permite que Sus hijos lleven sus preguntas más profundas ante Él, y que el cuestionamiento sincero puede ser un acto de fe cuando impulsa a buscar revelación en lugar de rendición. La intensidad de la vida que se gesta en su vientre se convierte en ocasión para aprender que el propósito divino no siempre se manifiesta en calma, sino a veces en tensión que prepara discernimiento y llamado. Así, Génesis 25:22 testifica que el Señor acoge el clamor honesto del corazón afligido y lo transforma en entendimiento, mostrando que cuando la vida parece incomprensible, Dios invita a preguntar, escuchar y confiar en que incluso el conflicto forma parte de Su designio sabio y redentor.

Rebeca se pregunta qué es lo que está ocurriendo con su embarazo. En esencia, se cuestiona: “Si esto se supone que es un embarazo normal, ¿por qué me siento así?” La idea implícita es que su vientre era inusualmente grande y que el embarazo le resultaba especialmente doloroso.

Flavio Josefo declara: “Cuando su vientre estaba muy cargado, Isaac se encontraba sumamente angustiado, e inquirió a Dios; quien respondió que Rebeca daría a luz gemelos”. (Antigüedades de los judíos, libro I, 18:1).

Antes de la era de los ultrasonidos, no había manera de saber que se esperaba un embarazo múltiple sino hasta el momento del parto. Rebeca probablemente sentía dos pares de pies moviéndose dentro de ella, y su vientre era notablemente grande. Al parecer, la noticia de que esperaba gemelos llegó por revelación, no por medios médicos.

La versión de Josefo indica que Isaac consultó al Señor y luego informó a Rebeca, pero el relato de Génesis es superior doctrinalmente, pues enseña que una mujer puede recibir revelación por sí misma. Ella no necesita ni de su esposo ni de un profeta para consultar al Señor en asuntos personales.

Dallin H. Oaks. Existe un ejemplo sobresaliente de revelación personal en el capítulo 25 de Génesis. Cuando Rebeca llevaba en su vientre a los gemelos Jacob y Esaú, “los hijos luchaban dentro de ella”. La Escritura dice que ella se turbó por esto y por tanto “fue a consultar a Jehová” (Gén. 25:22). Aquí vemos un principio fundamental de la revelación: generalmente llega en respuesta a la oración sincera.
“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7).

En esta ocasión, el Señor habló directamente a Rebeca y le dijo:
“Dos naciones hay en tu seno, y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; el uno será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor” (Gén. 25:23).

Aunque era esposa de un profeta y patriarca, Rebeca consultó al Señor, y el Señor la instruyó directamente sobre un asunto de profunda importancia personal, que afectaba a los hijos que daría a luz y a generaciones futuras. Tras relatar este incidente, el élder Bruce R. McConkie concluyó:

“El Señor da revelación a las mujeres que le oran con fe”. (New Era, mayo de 1978, p. 36). (“Dones espirituales”, Ensign, septiembre de 1986, p. 70)

Bruce R. McConkie. Las mujeres están llamadas a ser como Rebeca: guías y luces en la unidad familiar, y a organizar y dirigir de tal manera que conduzcan por el camino que lleve a la salvación en el reino del Padre. (Ensign, septiembre de 1978, p. 73)

Génesis 25:25 — “Y salió el primero rubio, y era todo velludo como una pelliza; y llamaron su nombre Esaú”

La descripción enseña doctrinalmente que Dios permite que las diferencias visibles y temperamentales aparezcan desde el inicio de la vida para preparar misiones y pruebas distintas dentro de Su plan. El énfasis en lo físico no es meramente anecdótico: subraya una naturaleza orientada a lo inmediato, a la fuerza y a lo tangible, que anticipa el tipo de decisiones que marcarán el carácter de Esaú. Doctrinalmente, este versículo afirma que el nacimiento no determina el destino espiritual, pero sí introduce inclinaciones que deberán ser gobernadas por la elección y la disciplina. El nombre dado —ligado a su apariencia— recuerda que la identidad puede quedar atada a lo externo si no se cultiva una visión más profunda del propósito divino. Así, Génesis 25:25 testifica que Dios conoce y permite la diversidad desde el principio, y que la verdadera herencia no se define por rasgos naturales ni por primogenitura biológica, sino por cómo cada persona responde, con sus dones y limitaciones, al llamado de Dios y a las oportunidades de fe que se le presentan.

“El nacimiento extraordinario de Jacob y Esaú guarda paralelos con el nacimiento del propio Isaac. Sesenta años antes, su madre había sido estéril, y él fue concebido cuando ella tenía noventa años. El embarazo doloroso de Rebeca presagia la relación conflictiva que existiría entre sus dos hijos gemelos.

“Un oráculo dado a ella revela que la lucha entre sus hijos sería la lucha que se daría entre ellos y su posteridad: la nación de Israel y la nación de Edom. Al final, esta última sucumbiría ante la primera. Así, da a luz gemelos: el primogénito es Esaú y el segundo es Jacob.

“Puesto que Esaú tenía una tez rojiza y afinidad por alimentos rojos, comprendemos que es el progenitor de la nación de Edom, cuyo nombre también significa ‘rojo’. Jacob nace asido al talón de Esaú, intentando desplazarlo y nacer primero. Los dos muchachos no podían ser más diferentes…

“El nombre de Esaú denota ‘velludo’ en las lenguas semíticas antiguas, y por ello el país habitado por Esaú y sus descendientes es conocido como Seir (que significa ‘velludo’) y Edom (que significa ‘rojo’)”. (Barry J. Beitzel, ed., Biblica: The Bible Atlas, 114)

Dallin H. Oaks. El contraste entre lo espiritual y lo temporal también se ilustra mediante los gemelos Esaú y Jacob y sus diferentes actitudes hacia la primogenitura. El primogénito, Esaú, “menospreció la primogenitura” (Gén. 25:34). Jacob, el segundo, la deseaba. Jacob valoró lo espiritual, mientras que Esaú buscó las cosas de este mundo.

Cuando tuvo hambre, Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas. “He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?” (Gén. 25:32). Muchos Esaúes han renunciado a algo de valor eterno para satisfacer un hambre momentánea por las cosas del mundo. (“Espiritualidad”, Ensign, noviembre de 1985, p. 61)

Génesis 25:29–34

El relato de Esaú y Jacob comienza con una escena cotidiana: un hombre vuelve cansado del campo y otro está preparando alimento. Nada parece trascendental. Sin embargo, en lo ordinario se revela lo eterno, porque este breve intercambio termina definiendo destinos, linajes y responsabilidades sagradas.

Esaú regresa exhausto y hambriento. Su necesidad es real, inmediata y física. No finge debilidad; la siente de verdad. En ese estado, su perspectiva se estrecha. El hambre gobierna su juicio y el presente eclipsa el futuro. Cuando dice: “He aquí yo me voy a morir”, no está describiendo una amenaza real, sino una exageración nacida de la urgencia. El cuerpo grita, y el espíritu queda en silencio.

Jacob, en cambio, piensa en términos de herencia y futuro. No actúa con prisa, sino con cálculo. El texto no presenta a Jacob como moralmente perfecto, pero sí como alguien consciente del valor del derecho de primogenitura. Ese derecho no era solo una ventaja económica; era una responsabilidad espiritual, que incluía liderazgo familiar y participación en las promesas del convenio hechas a Abraham e Isaac.

El momento decisivo llega cuando Esaú acepta el intercambio: alimento inmediato a cambio de su primogenitura. La narración concluye con una frase breve pero devastadora:
“Así menospreció Esaú la primogenitura.”

Doctrinalmente, el problema de Esaú no es que tuviera hambre, sino que valoró más el alivio momentáneo que la bendición duradera. No perdió su primogenitura por ignorancia, sino por indiferencia. El texto no dice que no la entendiera, sino que la despreció. En otras palabras, sabía lo que estaba cediendo, pero no le importó lo suficiente.

Este pasaje enseña que las bendiciones eternas pueden perderse no solo por rebelión abierta, sino por negligencia espiritual. Esaú no rechazó a Dios con palabras; simplemente eligió algo más urgente en ese momento. Así actúa muchas veces la tentación: no negando lo eterno, sino postergándolo hasta que deja de importar.

Jacob, por su parte, representa a alguien dispuesto a esperar, a planificar y a actuar pensando en el largo plazo. Aunque su método puede ser cuestionable, su deseo revela un principio correcto: las cosas sagradas deben tomarse con seriedad. Jacob valora lo que conecta con el convenio, aun cuando eso requiera paciencia y sacrificio.

El contraste entre ambos hermanos nos invita a examinarnos. Todos enfrentamos momentos de “hambre”: deseos, cansancio, presión social, miedo o frustración. En esos instantes, el riesgo no es solo caer en el pecado, sino intercambiar lentamente lo eterno por lo cómodo, lo santo por lo inmediato, lo permanente por lo pasajero.

Génesis 25:29–34 enseña que valorar lo eterno requiere visión espiritual, especialmente cuando lo temporal parece urgente. El Señor no nos priva de bendiciones; somos nosotros quienes, a veces, las cambiamos por un plato de lentejas. Pero también nos recuerda que cuando elegimos con fe, aun en lo pequeño, estamos declarando qué tipo de herederos queremos ser.

Así, este relato testifica que puedo valorar lo que es eterno por sobre lo que es temporal cuando permito que el espíritu, y no la urgencia del momento, guíe mis decisiones.

Génesis 25:30–34

El episodio final del intercambio entre Jacob y Esaú no se decide por fuerza, ni por engaño abierto, ni por decreto divino inmediato. Se decide en el interior del corazón humano, allí donde siempre se define si Dios prevalece o no.

Esaú llega agotado y dominado por la urgencia del momento. Su petición —“te ruego que me des a comer”— no es malvada en sí misma; es profundamente humana. Sin embargo, cuando el hambre gobierna, la fe queda relegada. En ese instante, Dios no es negado explícitamente, pero deja de ser relevante. La frase “¿de qué me servirá la primogenitura?” revela el verdadero problema: Esaú mide el valor de lo divino con criterios temporales. Cuando lo eterno no ofrece un beneficio inmediato, deja de importar.

Aquí se manifiesta una verdad doctrinal clave:
cuando Dios no prevalece en nuestras decisiones, algo más lo hará. En el caso de Esaú, fue el cuerpo, la sensación, el ahora.

Jacob, por contraste, actúa con una visión más amplia. No se nos dice que sea moralmente impecable, pero sí que entiende que la primogenitura representa algo mayor que comida o comodidad. Para Jacob, lo que Dios ha prometido tiene peso real en el presente, aun cuando su cumplimiento esté en el futuro. En su forma imperfecta, Jacob permite que Dios prevalezca en su escala de valores.

El texto culmina con una sentencia breve pero teológicamente profunda:
“Así menospreció Esaú la primogenitura.”
No dice que la perdió por ignorancia ni que se la arrebataron. La menospreció. Es decir, Dios no prevaleció en su corazón. No fue una rebelión dramática, sino una rendición silenciosa ante lo inmediato.

Este pasaje enseña que permitir que Dios prevalezca no siempre se manifiesta en grandes actos heroicos. A menudo se revela en decisiones pequeñas, especialmente cuando estamos cansados, hambrientos, heridos o presionados. En esos momentos, la pregunta no es solo “¿qué quiero ahora?”, sino “¿quién gobierna esta decisión?”

Doctrinalmente, “que Dios prevalezca” significa que Su voluntad, Sus promesas y Su perspectiva eterna tengan más peso que nuestras urgencias temporales. Esaú eligió satisfacer una necesidad legítima de una manera que desplazó a Dios del centro. Jacob, con todas sus imperfecciones, eligió de modo que el convenio siguiera adelante.

Este relato no solo habla de dos hermanos antiguos; habla de nosotros. Cada vez que elegimos lo cómodo por sobre lo correcto, lo inmediato por sobre lo sagrado, Dios deja de prevalecer, aunque sigamos pronunciando Su nombre. Por el contrario, cada vez que subordinamos nuestros impulsos a la fe, aun de manera imperfecta, permitimos que Dios gobierne nuestra historia.

Génesis 25:30–34 testifica que el verdadero conflicto no es entre Jacob y Esaú, sino entre lo temporal y lo eterno, entre el yo del momento y el Dios del convenio. Que Dios prevalezca es, en última instancia, una decisión diaria: permitir que Él tenga la última palabra, incluso —y especialmente— cuando el plato de lentejas está caliente y el futuro parece lejano.

Génesis 25:30–34 nos enseña que permitir que Dios prevalezca no es una declaración teórica, sino una elección práctica y constante. Esaú no rechazó a Dios con palabras; lo hizo con una decisión apresurada. Jacob, aun con motivaciones imperfectas, permitió que lo eterno pesara más que lo inmediato. Así, el relato revela que el verdadero peligro espiritual no siempre es la rebelión abierta, sino la indiferencia hacia lo sagrado cuando lo temporal exige atención.

Que Dios prevalezca significa decidir que Sus promesas valen más que nuestras urgencias, que Su convenio es más importante que nuestra comodidad, y que Su voz debe tener prioridad incluso cuando el hambre, el cansancio o el miedo gritan más fuerte. Cada día, como Esaú y Jacob, enfrentamos momentos en los que lo eterno parece distante y lo temporal urgente. En esos momentos, nuestra elección revela quién gobierna nuestro corazón.

Este pasaje testifica que cuando permitimos que Dios prevalezca, aun de manera imperfecta, Él cumple Sus propósitos y nos conduce hacia bendiciones mayores. Pero cuando lo desplazamos por lo inmediato, perdemos no solo una bendición futura, sino claridad espiritual en el presente. Al final, que Dios prevalezca es la invitación constante del Señor a confiar en Él más que en el momento, y a vivir de tal manera que lo eterno nunca sea negociable.

Génesis 25:31 — “Véndeme en este día tu primogenitura”

La exigencia revela doctrinalmente el contraste decisivo entre una fe que valora lo eterno y una vida que prioriza lo inmediato. Al pronunciar estas palabras, Jacob reconoce el peso espiritual de la primogenitura —derechos del convenio, liderazgo familiar y herencia de promesas— y la busca con determinación, mientras Esaú queda expuesto a la tentación de intercambiar lo sagrado por alivio momentáneo. Doctrinalmente, el pasaje enseña que las decisiones espirituales no se toman en abstracto, sino en momentos concretos de necesidad, cansancio o hambre, cuando el corazón revela qué valora más. La frase “en este día” subraya la urgencia del presente y la facilidad con que lo eterno puede ser devaluado bajo presión; a la vez, muestra que el convenio exige elección consciente y previsión espiritual. Así, Génesis 25:31 testifica que la primogenitura —símbolo de responsabilidad y promesa— puede perderse cuando se subordina a lo inmediato, y que Dios llama a Sus hijos a discernir, aun en la necesidad, el valor incomparable de lo eterno frente a las gratificaciones pasajeras.

¿Qué significaba ser el hijo de la primogenitura? Observemos cómo Abraham manejó su herencia: “dio todo cuanto tenía a Isaac”, mientras que los otros siete hijos fueron enviados lejos con dones (vv. 5–6). La riqueza de Abraham no se repartió equitativamente entre sus ocho hijos; Isaac lo recibió todo.

Sin embargo, existía una diferencia crucial entre los hijos nacidos de una esposa y los nacidos de concubinas: no tenían el mismo estatus ni recibían una herencia igual. Jacob y Esaú eran ambos hijos de Rebeca, por lo que se aplicaba una regla distinta. En tal caso, la herencia solía dividirse, otorgando al primogénito una doble porción. Con dos hijos, el reparto teórico habría sido dos tercios para el hijo de la primogenitura y un tercio para el otro.

Pero no se trataba solo de dinero. El hijo de la primogenitura asumía la dirección espiritual y familiar. Era el responsable de resolver los asuntos del clan, y con ello venían influencia y autoridad adicionales—cosas que Jacob anhelaba y que Esaú despreciaba.

Erastus Snow. Desde el relato de Rebeca ayudando a Jacob a recibir la primera bendición de Isaac (Gén. 27), muchos piensan que se emplearon el engaño y la deshonestidad. Pero esto solo parece así para quienes no comprenden los tratos de Dios con el hombre ni la obra del Espíritu Santo para cumplir Sus propósitos.

No hubo injusticia ni en Rebeca ni en Jacob; por el contrario, fue la sabiduría del Todopoderoso guiándolos para influir en Esaú a transferir su primogenitura a Jacob, sabiendo que Jacob y su descendencia serían más dignos de ella y la magnificarían en su verdadero espíritu. Esaú no valoró ni respetó su primogenitura; siguió sus propias pasiones, tomó esposas cananeas que el Señor no había bendecido y se volvió inaceptable ante Dios y ante sus padres.

Por ello, el Señor vio conveniente quitarle ese derecho y mover a la madre a ayudar al hijo menor para cumplir Su propósito, asegurando la bendición por el canal legítimo del sacerdocio. (Journal of Discourses, 21:371)

Génesis 25:32. “He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?”

La exclamación revela doctrinalmente cómo la percepción distorsionada del presente puede eclipsar el valor de lo eterno. En la voz de Esaú se manifiesta una fe centrada en la supervivencia inmediata, donde el temor y el agotamiento convierten una necesidad momentánea en una urgencia absoluta que justifica renunciar a responsabilidades y promesas sagradas. Doctrinalmente, el pasaje enseña que cuando la vida se interpreta solo desde el horizonte del ahora, lo espiritual parece inútil y lo eterno pierde peso; la primogenitura —símbolo del convenio, del liderazgo espiritual y de la herencia divina— es desestimada porque no satisface un hambre inmediata. Esta declaración expone que el verdadero peligro no es la escasez, sino la falta de visión: confundir la sensación de morir con la realidad eterna, y cambiar lo que preserva la vida del alma por lo que alivia el cuerpo por un momento. Así, Génesis 25:32 testifica que las decisiones más determinantes se toman bajo presión y que Dios llama a Sus hijos a vivir por fe y esperanza futura, discerniendo que lo eterno sostiene incluso cuando lo inmediato parece urgente, y que despreciar lo sagrado por lo momentáneo empobrece el alma aun cuando el cuerpo sea saciado.

La lógica de Esaú parece, a primera vista, razonable; pero al entregar su primogenitura por una sola comida, se convierte en el ejemplo clásico de quien sacrifica su futuro por las necesidades inmediatas del cuerpo. En realidad, no estaba a punto de morir; solo le parecía así en ese momento.

De manera metafórica, Jacob representa la tentación de renunciar a lo que es verdaderamente importante por aquello que se desea ahora. Por un plato de lentejas, Esaú pierde su primogenitura. Una y otra vez, a lo largo de incontables tragedias humanas, las personas han hecho lo mismo: ya sea por un “plato de lentejas”, una bebida, un cigarrillo, una noche de indulgencia, una mirada a la pornografía o una dosis más de heroína, la herencia eterna se cambia por un placer momentáneo.

“Si tan solo pudiéramos comprender que el placer momentáneo que sentimos por un acto de desobediencia nunca puede igualar los sentimientos de paz y felicidad que resultan de la obediencia”. (Janet G. Lee, New Era, febrero de 1994, p. 49)

Cuando somos espiritualmente inactivos y simplemente nos dejamos llevar, nos convertimos en “Esaúes”. Cuando abandonamos la promesa de Dios de salud, fortaleza, sabiduría y protección espiritual, y adoptamos el cigarrillo, la copa humeante o la petaca escondida, estamos renunciando a lo invaluable. Cuando sabemos que el Señor ha prometido abrir las ventanas de los cielos si le somos fieles con diezmos y ofrendas, pero fallamos en ese compromiso, perdemos derecho a esas bendiciones. Cuando olvidamos los sacrificios de nuestros padres y abuelos por el evangelio y dejamos de ser “fieles a la fe”, nos separamos de nuestra herencia.

Al fracasar en alcanzar la salvación y la exaltación por no perseverar hasta el fin ni guardarnos sin mancha del mundo, despreciamos nuestra primogenitura, tal como lo hizo Esaú.

“Cuidémonos de no vender nuestras bendiciones y nuestra herencia por un plato de lentejas”. (“For a Mess of Pottage”, George F. Christensen, Improvement Era, septiembre de 1926)

John Taylor. Demasiados de nosotros seguimos al mundo. ¿Puede el mundo darnos la luz, el evangelio, la esperanza del cielo y el sacerdocio que hemos recibido? ¿Y los cambiaremos por un plato de lentejas, revolcándonos en la corrupción y los males del mundo? Hemos olvidado, en muchos casos, la gloriosa esperanza de nuestro llamamiento elevado. (Journal of Discourses, 18:142)

Génesis 25:33. “Y vendió Esaú su primogenitura a Jacob”

La afirmación sella doctrinalmente una elección que revela el verdadero valor que cada corazón asigna a lo sagrado. Al concretarse la venta, Esaú transforma una actitud interior de desprecio en un acto irreversible, mostrando que las decisiones espirituales no quedan en el ámbito de la intención, sino que se confirman mediante acciones concretas. Doctrinalmente, este versículo enseña que la primogenitura —símbolo de responsabilidad espiritual, liderazgo familiar y herencia del convenio— puede perderse no por ignorancia, sino por una elección consciente que prioriza lo inmediato sobre lo eterno. Al mismo tiempo, Jacob aparece como quien valora la promesa y actúa para obtenerla, aun cuando su proceder esté marcado por imperfecciones humanas, subrayando que Dios obra Su plan a través de elecciones reales y contrastantes. Así, Génesis 25:33 testifica que el convenio requiere discernimiento y visión espiritual, y que cuando lo sagrado se intercambia por lo pasajero, la pérdida no es solo material sino eterna, mientras que valorar las promesas de Dios —aun en medio de debilidad humana— orienta la vida hacia la herencia que Él ha determinado.

“¿Qué dará el hombre a cambio de su alma?” (Mateo 16:26)

¿Vale la pena algo en esta vida como para hipotecar el futuro eterno? ¿Existe algún honor, posición o recompensa mortal que justifique entregar el alma? ¿Es el “plato de lentejas” moderno tan atractivo como para perder el lugar en el banquete del Esposo? (Robert L. Millet, An Eye Single to the Glory of God, 1991, p. 30)

Mark E. Petersen. Siempre hemos admirado al mercader que vendió todo para obtener la perla de gran precio. Pero ¿qué pensaríamos si hubiese entregado la perla a cambio de algo sin valor? Hay quienes hoy hacen exactamente eso: venden la perla de gran precio por una fantasía pasajera, incluso perdiendo su lugar en el reino de Dios. ¡Qué tragedia!
(Conference Report, octubre de 1945, p. 88)

Gordon B. Hinckley. Llegará el día —quizá en la vejez— en que algunos reconocerán que cambiaron su primogenitura por un plato de lentejas, y entonces vendrán el remordimiento, la tristeza y las lágrimas, al comprender que no solo negaron al Señor en su propia vida, sino también ante sus hijos. (Ensign, marzo de 1995, p. 5)

Génesis 25:34. “Así menospreció Esaú la primogenitura”

La conclusión expresa doctrinalmente el diagnóstico final del corazón que valora lo inmediato por encima de lo eterno. El verbo “menospreció” no describe un error momentáneo, sino una actitud interior revelada por decisiones repetidas: Esaú considera liviano aquello que Dios había declarado sagrado, mostrando que el verdadero conflicto no fue el hambre, sino la falta de visión espiritual. Doctrinalmente, este versículo enseña que el desprecio de lo santo comienza cuando se pierde el sentido de responsabilidad y de futuro, y culmina cuando las promesas del convenio parecen irrelevantes frente a la presión del presente. La primogenitura —carga y privilegio espiritual— es desestimada porque no ofrece gratificación inmediata, revelando que el problema no fue la transacción, sino el corazón que no percibió el valor eterno de lo que entregaba. Así, Génesis 25:34 testifica que Dios juzga las decisiones por el valor que el corazón asigna a Sus dones, y advierte que menospreciar lo sagrado no empobrece solo la herencia futura, sino que revela una vida desconectada del horizonte eterno donde se sostienen las promesas del Señor.

Es difícil creer que los hijos gemelos de Isaac no conocieran la fe extraordinaria de su padre y de su abuelo Abraham. Sin embargo, al madurar, tomaron caminos distintos. Esaú se centró en la caza; Jacob es descrito como ish tam, “un hombre íntegro” (Gén. 25:27). Esaú se preocupó por una sola cosa, descuidando las de valor eterno.

Esaú pensó más en las necesidades inmediatas que en los convenios de Dios. Vendió su primogenitura y, como muchos, solo valoró lo perdido cuando ya no podía recuperarlo (Gén. 27:36–38). Agravó su situación al casarse fuera del convenio, causando profundo dolor a Isaac y Rebeca.

Por contraste, Jacob no trató con ligereza las cosas sagradas (véase DyC 6:12). Obedeció a sus padres y buscó una esposa dentro del linaje del convenio, consciente de las promesas divinas que recaían sobre él. (Andrew C. Skinner, “Jacob: Keeper of Covenants”, Ensign, marzo de 1998, p. 51)

Spencer W. Kimball. Esaú, como el hijo pródigo, vendió algo que jamás pudo recuperar: cambió una herencia eterna por una satisfacción temporal. Aunque se arrepintió, ya era “eternamente demasiado tarde”. Dios puede perdonar el pecado, pero no siempre puede restaurar lo que se perdió durante el tiempo de la desobediencia. (The Miracle of Forgiveness, 1969, cap. 20)