Génesis

Génesis 26


Introducción

Isaac sigue los pasos de su padre. En el capítulo 26, se dirige hacia Egipto cuando la tierra sufre una hambruna; dice a la gente de Gerar que su esposa es en realidad su hermana; llega a ser grande y muy rico; cava pozos y resuelve cuidadosamente los conflictos con sus vecinos; edifica un altar y ofrece sacrificios. Es el primero en “hacer las obras de Abraham” (DyC 132:32). Sus obras fueron un reflejo de las de su padre; su vida fue muy semejante a la de Abraham después de que este se estableció en Canaán. Pero, sobre todo, Isaac recibe la promesa del Señor de que el convenio de Abraham sería renovado con él. Todas esas bendiciones serían suyas; y también pertenecerían a su posteridad.

En este sentido, Isaac se convierte en un tipo o modelo de todo santo de los últimos días. La promesa fue dada a Abraham, pero las bendiciones de esa promesa también están disponibles para nosotros:
“Yo estaré contigo, y te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia por amor de Abraham mi siervo” (v. 24).
“Por cuanto oyó Abraham mi voz, y guardó mi ordenanza, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes” (v. 5).

Isaac se benefició de la obediencia de su padre. Él calificó para recibir esas mismas bendiciones grandes y magníficas; nosotros también podemos hacerlo.

Génesis 26:1–3 — “Había hambre en la tierra”

La frase introduce doctrinalmente la realidad de que las pruebas temporales forman parte del camino del convenio y sirven como escenarios donde la fe se redefine en obediencia. El hambre no es señal de abandono divino, sino el contexto en el que Dios instruye, limita opciones aparentes y dirige a Isaac hacia un lugar y una promesa específicos, enseñando que no toda salida lógica es la voluntad de Dios. Doctrinalmente, el pasaje revela que la escasez puede ser un medio pedagógico por el cual el Señor invita a confiar en Su palabra por encima de la experiencia pasada o del instinto de supervivencia. Al prometer Su presencia y reiterar el convenio en medio del hambre, Dios muestra que la provisión verdadera no depende solo de circunstancias favorables, sino de permanecer donde Él manda y hacer lo que Él dice. Así, Génesis 26:1–3 testifica que las crisis no anulan las promesas, sino que las ponen a prueba; y que el creyente progresa espiritualmente cuando aprende a escuchar la voz de Dios en medio de la necesidad, confiando en que la obediencia en tiempos de escasez prepara el terreno para la fidelidad y la bendición sostenida.

La tierra de Canaán, donde habitaba Isaac, era inhóspita. Una hambruna amenazó la supervivencia de los tres patriarcas (véase Gén. 12:10; 41:54). En aquel tiempo, el punto de alivio más cercano era Egipto. Lo único que impidió que Isaac descendiera a Egipto como lo había hecho su padre fue una revelación directa del Señor:
“No desciendas a Egipto… Habita en esta tierra, y yo estaré contigo, y te bendeciré”.

Poco había cambiado para los días de Lehi, como explica Hugh Nibley:

“[La región] se encuentra entre los desiertos más inhóspitos de la tierra; aunque algunos observadores piensan que en la antigüedad el área disfrutaba de un poco más de lluvia que hoy, todos coinciden en que el cambio climático no ha sido considerable desde tiempos prehistóricos; en el mejor de los casos, entonces era casi tan mala como ahora”.
(Lehi in the Desert and the World of the Jaredites, p. 56)

No debe sorprendernos, entonces, que Isaac estableciera inicialmente su residencia cerca de un pozo:
“Isaac habitó junto al pozo Lahai-roi” (Gén. 25:11).

Siempre en busca de agua viva, los patriarcas fueron peregrinos en el desierto—tanto literal como espiritualmente—donde las condiciones eran duras y el agua escasa. Trasladar a toda una familia en busca de agua era una empresa peligrosa. Todos en el desierto necesitan agua, y no siempre están dispuestos a compartirla.

Génesis 26:2 — “No desciendas a Egipto”

La instrucción divina enseña doctrinalmente que la fe del convenio se prueba cuando Dios pide permanecer y confiar en medio de la escasez, en lugar de huir hacia soluciones que parecen seguras por experiencia pasada. Egipto representa la alternativa lógica y conocida para sobrevivir al hambre, pero el mandato revela que lo que funcionó antes no siempre es la voluntad de Dios ahora, y que la obediencia requiere escuchar la revelación presente más que apoyarse en precedentes. Doctrinalmente, este versículo afirma que Dios gobierna no solo los fines, sino también los caminos, y que Su protección y provisión están ligadas al lugar donde Él manda estar. Al prohibir el descenso, el Señor invita a Isaac a una fe más profunda que no depende de estructuras humanas de seguridad, sino de la promesa viva de Su presencia. Así, Génesis 26:2 testifica que el crecimiento espiritual ocurre cuando el creyente resiste la tentación de escapar y elige permanecer donde Dios lo ha puesto, confiando en que la obediencia en tiempos de hambre es el medio por el cual el Señor sostiene, reafirma el convenio y prepara bendiciones que solo se revelan a quienes confían plenamente en Su palabra.

Obsérvese que a Isaac no se le explicó por qué debía evitar Egipto; simplemente se le dijo: “No vayas allí”. Cuando el Señor nos da una advertencia, haríamos bien en obedecerla.

Las almas más voluntariosas suelen exigir una explicación. Preguntan: “¿Por qué no debería ir a Egipto?”

Debemos aprender a agradecer las advertencias del Señor y obedecerlas estrictamente, aun cuando no sepamos el motivo. La mayoría de las veces, la razón se nos revelará más adelante.

“[En 1976, regresaba a casa, en el centro de Inglaterra.] Pronto llegó el tren que estaba esperando. Pero al subir, tuve una impresión clara. Di un paso atrás, con un fuerte sentimiento de que no debía tomar el tren, sino regresar a casa en autobús. Ya había comprado el boleto de tren, y realmente no podía darme el lujo de pagar también un pasaje de autobús. Sin embargo, la impresión fue tan fuerte que no pude ignorarla…

En cuanto salí de la estación de trenes, sentí una calidez que confirmó que mi decisión era correcta. Cuando llegué a la estación de autobuses, tuve que esperar más de una hora para que saliera un autobús hacia Coventry. Si hubiera tomado el tren, ya habría llegado —o eso pensaba—. Pero en autobús no llegué a casa sino hasta entrada la noche.

Al encender las noticias en la televisión, me quedé atónita por lo que vi. ¡El tren que yo debía tomar se había estrellado justo a las afueras de Nuneaton! Muchas personas resultaron heridas y hubo varias víctimas fatales.

Siempre viajaba en el primer vagón, justo detrás de la locomotora, una zona que quedó gravemente dañada. No pude evitar pensar qué habría sido de mí si no hubiera escuchado la voz apacible y delicada… Estoy agradecida por la voz de advertencia y confirmación del Espíritu Santo. Sé que si escuchamos la voz del Espíritu, no podemos equivocarnos”. (“A Warning Voice”, Sandra Gates, Ensign, febrero de 2008)

Génesis 26:3 — “Confirmaré el juramento que juré”

La promesa enseña doctrinalmente que la fidelidad de Dios no se desgasta con el tiempo ni se debilita ante las crisis, sino que se reafirma precisamente cuando el creyente obedece en circunstancias adversas. Al hablar de “confirmar” un juramento previo, el Señor muestra que Sus promesas son estables, continuas y transmisibles, pasando de Abraham a Isaac sin pérdida de poder ni intención. Doctrinalmente, este versículo afirma que el convenio no es un recuerdo del pasado, sino una realidad viva que se actualiza en cada generación mediante obediencia presente. La confirmación divina en medio del hambre enseña que Dios no espera la prosperidad para reiterar Su palabra, sino que ancla la fe del justo cuando más necesita seguridad. Así, Génesis 26:3 testifica que el Dios del convenio es constante y veraz, que cumple lo que promete y que fortalece a Sus siervos al recordarles que Su juramento permanece firme, invitándolos a confiar en que la obediencia actual descansa sobre promesas eternas que Él mismo se encarga de cumplir.

Los juramentos están asociados con los convenios. El juramento con el que estamos más familiarizados es el juramento del sacerdocio:
“Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Heb. 7:17; véase también DyC 84).

Un juramento es una promesa unilateral del Señor hacia nosotros. En este caso, Dios había dado a Abraham una promesa, acompañada de un juramento dentro del convenio abrahámico, de que su descendencia heredaría la tierra.

Los juramentos son unilaterales y, además, más poderosos que las promesas. Son inmutables e inalterables; constituyen garantías de que algo ocurrirá. Como mortales, no podemos garantizar nada, y por ello el Señor nos aconseja no jurar con juramento, ya que corremos el riesgo de quebrantarlo:

“No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies… Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello” (Mateo 5:34–36).

El Señor, sin embargo, no tiene que preocuparse por Su capacidad de cumplir Sus juramentos. Ellos se cumplirán.

“Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo…
…el juramento para confirmación es para los hombres el fin de toda controversia.
Por lo cual Dios… la confirmó con juramento…
para que… tengamos un fortísimo consuelo… para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros”
(Hebreos 6:13–18).

Génesis 26:4 — “Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo”

La promesa reafirma doctrinalmente que el poder generador del convenio no depende de las circunstancias visibles, sino de la palabra irrevocable de Dios. Dicha a Isaac en medio de hambre e incertidumbre, esta declaración enseña que la bendición se anuncia antes de que la provisión sea evidente, invitando a vivir por fe y no por vista. Doctrinalmente, las “estrellas del cielo” simbolizan una posteridad que trasciende el conteo humano y apunta tanto a la descendencia literal como a la espiritual, unida por obediencia y promesa. Al repetir la fórmula dada a Abraham, el Señor muestra que el convenio es transmisible y vigente: no se hereda automáticamente por sangre, sino que se confirma por obediencia presente. Así, Génesis 26:4 testifica que Dios multiplica vida y propósito cuando Sus siervos permanecen donde Él manda, y que las promesas más vastas se sostienen aun cuando el entorno sea adverso, asegurando que la fidelidad hoy es el terreno donde Dios hace crecer una herencia tan innumerable como las estrellas.

Russell M. Nelson. El convenio que el Señor hizo primero con Abraham y que reafirmó con Isaac y Jacob es de importancia trascendental. Incluía varias promesas:

  • La posteridad de Abraham sería numerosa, tendría derecho al aumento eterno y a portar el sacerdocio.
  • Él llegaría a ser padre de muchas naciones.
  • Cristo y reyes vendrían a través de su linaje.
  • Ciertas tierras serían heredadas.
  • Todas las naciones de la tierra serían bendecidas por medio de su descendencia.
  • El convenio sería eterno, incluso por “mil generaciones” (1 Crón. 16:15).

Algunas de estas promesas ya se han cumplido; otras aún esperan su cumplimiento. Cito una profecía dada casi 600 años antes de Cristo:

“Nuestro padre no habló solo de nuestra descendencia, sino también de toda la casa de Israel, señalando al convenio que se cumpliría en los postreros días; convenio que el Señor hizo con nuestro padre Abraham”
(1 Nefi 15:18).

Tal como se prometió, el Maestro apareció en estos últimos días para renovar el convenio abrahámico. Al profeta José Smith, el Señor declaró: “Abraham recibió promesas concernientes a su descendencia y al fruto de sus lomos… de cuyos lomos sois… mi siervo José… Esta promesa es también vuestra, porque sois de Abraham” (DyC 132:30–31).

Nosotros también somos hijos del convenio. Hemos recibido, como ellos en la antigüedad, el santo sacerdocio y el evangelio eterno. Abraham, Isaac y Jacob son nuestros antepasados. Somos de Israel. Tenemos derecho a recibir el evangelio, las bendiciones del sacerdocio y la vida eterna. Las naciones de la tierra serán bendecidas por nuestros esfuerzos y por la labor de nuestra posteridad.

La descendencia literal de Abraham y quienes son recogidos en su familia por adopción reciben estas bendiciones prometidas, condicionadas a la aceptación del Señor y a la obediencia a Sus mandamientos.
(“Children of the Covenant”, Ensign, mayo de 1995, p. 33)

Génesis 26:7 — “Los hombres del lugar le preguntaron acerca de su mujer; y él dijo: Es mi hermana”

La escena enseña doctrinalmente cómo los patrones no resueltos de temor pueden reaparecer incluso en quienes han recibido promesas claras y recientes de Dios. Isaac, heredero del convenio y destinatario directo de la confirmación divina, responde desde la inseguridad humana ante la amenaza percibida, repitiendo una estrategia aprendida que prioriza la autoprotección sobre la confianza plena. Doctrinalmente, este pasaje muestra que la fe es un proceso de maduración: recibir promesas no elimina automáticamente viejos reflejos, y la obediencia requiere confrontar temores arraigados cuando las circunstancias presionan. Sin embargo, el relato no anula el convenio; lo expone para ser refinado. Así, Génesis 26:7 testifica que Dios trabaja pacientemente con Sus siervos, revelando áreas donde la confianza aún debe crecer, y enseña que la fidelidad no consiste en no fallar nunca, sino en permitir que el Señor transforme nuestras respuestas de temor en una fe más íntegra y confiada conforme a Su palabra.

Aquí vamos otra vez. Esta es la tercera vez en Génesis que un patriarca engaña respecto a su relación con su esposa. Abraham lo hizo dos veces (Gén. 12:10–13; 20:2). Al menos la primera vez, fue el propio Señor quien le mandó hacerlo. Quizá Isaac sintió que eso le daba licencia para actuar de la misma manera.

Este engaño es difícil de justificar, pero subraya un problema real que tanto Abraham como Isaac enfrentaron: viajar en tiempos de hambruna ponía a las mujeres en grave peligro. Evidentemente, ellos consideraron que preservar la vida y el honor de sus esposas era de máxima importancia, aun recurriendo a medidas cuestionables desde nuestra perspectiva.

Génesis 26:8 — “Isaac estaba acariciándose con Rebeca su mujer”

La observación enseña doctrinalmente que la verdad del convenio finalmente se manifiesta con claridad aun cuando el temor haya intentado ocultarla. El gesto íntimo —propio del matrimonio legítimo— desenmascara la media verdad de Isaac y revela que la realidad creada por Dios no puede permanecer encubierta indefinidamente. Doctrinalmente, este versículo muestra que el matrimonio es una relación visible y ordenada por Dios, cuya autenticidad se evidencia en la vida cotidiana, y que la protección divina no depende de estrategias humanas, sino de vivir conforme a la verdad. El afecto entre Isaac y Rebeca no es presentado como error, sino como confirmación de un vínculo legítimo que Dios reconoce y defiende. Así, Génesis 26:8 testifica que la verdad del convenio tiende a salir a la luz, que las relaciones establecidas por Dios no necesitan ocultarse para ser preservadas, y que el Señor guía a Sus siervos a aprender que la confianza plena en Él es más segura que cualquier intento de protección basado en el temor.

¿Cuál es la lección de este incidente? ¿Es simplemente una advertencia para “correr las cortinas”? Los temas sexuales suelen ser tabú en muchos círculos santos de los últimos días; sin embargo, una vida sexual sana es una de las grandes bendiciones de la fidelidad en el matrimonio. Toda pareja sellada en el nuevo y sempiterno convenio debería sentirse cómoda el uno con el otro en el aspecto sexual, tan plena y satisfecha en esta dimensión como en todas las demás. Para eso existe la institución del matrimonio: para resguardar y santificar la expresión de la intimidad sexual.

“La intimidad sexual en el matrimonio no tiene por qué ser un tema prohibido. Muchos ni siquiera pueden pronunciar la palabra sexo sin que los invada una oleada de sospechas o connotaciones negativas… El élder Parley P. Pratt abordó esta idea, diciendo:
‘Algunas personas han supuesto que nuestros afectos naturales son el resultado de una naturaleza caída y corrupta, y que por tanto son carnales, sensuales y diabólicos, y que deberían ser resistidos, dominados o vencidos como males que impiden nuestra perfección o progreso espiritual… Nuestros afectos naturales fueron plantados en nosotros por el Espíritu de Dios, con un propósito sabio…’”

El presidente Spencer W. Kimball prometió: “El matrimonio puede ser una éxtasis exaltado más grande de lo que la mente humana puede concebir. Esto está al alcance de toda pareja, de toda persona”.

El élder Pratt explicó además los propósitos divinos y el potencial de la intimidad sexual dentro del matrimonio:

“Nuestros afectos naturales son plantados en nosotros por el Espíritu de Dios con un propósito sabio; y son los principales resortes de la vida y de la felicidad… son el cemento de toda sociedad virtuosa y celestial… son la esencia de la caridad, o del amor… No existe un principio más puro y santo que el afecto que arde en el seno de un hombre virtuoso por su compañera… Dios hizo al hombre, varón y hembra; plantó en sus corazones esos afectos destinados a promover su felicidad y su unión”.

Dios diseñó las relaciones sexuales para que fueran un privilegio divino y una experiencia gloriosa entre esposo y esposa. Una relación sexual plena puede avivar y fortalecer un matrimonio de una manera que nada más puede hacerlo. (And They Were Not Ashamed, L. M. Brotherson, 2013, pp. xviii–xxii)

Génesis 26:9 — “No sea que muera por causa de ella”

La frase revela doctrinalmente cómo el temor a la pérdida puede distorsionar la confianza en las promesas divinas aun en quienes caminan dentro del convenio. En la explicación de Isaac, se manifiesta una fe real pero todavía vulnerable, donde la autopreservación momentánea pesa más que la certeza de la protección prometida por Dios. Doctrinalmente, este pasaje enseña que el miedo —especialmente el miedo a la muerte— puede llevar al creyente a justificar medias verdades y a repetir patrones heredados, olvidando que la vida del convenio está sostenida por la fidelidad del Señor y no por la astucia humana. Sin embargo, la Escritura no presenta esta confesión para condenar, sino para mostrar el proceso por el cual Dios educa la fe, exponiendo las áreas donde aún debe crecer la confianza. Así, Génesis 26:9 testifica que el Señor conoce las fragilidades de Sus siervos y las utiliza como oportunidades de aprendizaje, enseñando que la verdadera seguridad no proviene de ocultar la verdad por temor, sino de confiar plenamente en que Dios preserva la vida y las promesas cuando se camina con integridad delante de Él.

En aquella época, era un hecho bien conocido que un hombre podía ser asesinado para dejar libre a su viuda y así poder casarse con ella. Tanto Abraham como Isaac temían por su seguridad, pero también por la seguridad y el honor de sus esposas. Lo más importante es que Dios estaba de su lado, y por ello tanto sus vidas como sus matrimonios fueron preservados.

Génesis 26:18 — “Isaac volvió a abrir los pozos de agua”

La acción enseña doctrinalmente que la fidelidad al convenio incluye restaurar lo que fue legado por generaciones anteriores y que había sido obstruido por oposición o descuido. Al reabrir los pozos cavados en los días de su padre, Isaac no busca innovación apresurada, sino continuidad fiel, mostrando que el progreso espiritual muchas veces consiste en recuperar verdades, prácticas y fuentes de vida ya reveladas. Doctrinalmente, el agua simboliza provisión divina, revelación y vida sostenida, y los pozos tapados representan cómo la hostilidad del mundo puede intentar sofocar las bendiciones del convenio sin lograr destruirlas. Isaac no contiende por novedad, sino que persevera con paciencia, limpiando lo que otros habían cerrado, enseñando que la herencia espiritual requiere trabajo constante para que siga fluyendo. Así, Génesis 26:18 testifica que Dios honra a quienes valoran y restauran las fuentes del pasado con obediencia presente, y que el Señor hace brotar vida renovada cuando Sus siervos se comprometen a preservar, reabrir y vivir conforme a las bendiciones establecidas por el convenio eterno.

Cuando Jesucristo enseñó acerca del agua viva junto al pozo de Jacob, declaró: “Cualquiera que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).

Esta audaz proclamación evocaba siglos de tradición en un clima árido e implacable, donde un buen pozo era literalmente la fuente de la vida. Jesucristo era el Camino, la Verdad y la Vida; Él era el pozo simbólico de Jacob. Como un pozo que nunca se seca, Su amor, gracia y misericordia sacian la sed del alma reseca. Abraham, Isaac y Jacob parecían comprender a Dios como la fuente viva de su existencia mejor que muchas generaciones posteriores.

“Los pozos de Abraham no solo eran pozos probados: era más fácil sacar agua de ellos que cavar pozos nuevos. Es cierto que los filisteos habían hecho lo posible por arruinarlos, arrojando tierra y piedras dentro. Aun así, requería menos esfuerzo limpiarlos que excavar en terreno duro y virgen. Así ocurre también al redescubrir las aguas de las que la fe ya ha bebido…

Los pozos de los padres son pozos ricos en sentimiento. Cuando Isaac regresó a los lugares donde había estado con Abraham, los recuerdos despertaron. El agua que bebió allí no solo calmó la sed de su cuerpo, sino también la de su espíritu”. (The Interpreter’s Bible, vol. 1, p. 673)

Génesis 26:20–22 — “Y los pastores de Gerar contendían con los pastores de Isaac, diciendo: El agua es nuestra”

El conflicto descrito — enseña doctrinalmente que la fidelidad al convenio no elimina la oposición, sino que revela cómo responder a ella con mansedumbre y perseverancia. Al enfrentar contiendas por los pozos, Isaac rehúsa aferrarse a la disputa y elige apartarse, cavar de nuevo y seguir adelante, mostrando que la herencia divina no se asegura por contienda sino por confianza en Dios. Doctrinalmente, el agua simboliza la vida y la provisión que vienen del Señor; que otros la reclamen injustamente prueba el carácter del creyente y purifica sus motivaciones. Isaac aprende —y enseña— que no toda injusticia requiere confrontación inmediata, y que ceder hoy puede abrir espacio mañana para una bendición mayor preparada por Dios. El pasaje culmina cuando el Señor le concede un lugar amplio y sin disputa, confirmando que la paz paciente precede a la prosperidad duradera. Así, Génesis 26:20–22 testifica que Dios honra a quienes rehúsan vivir en contienda, que la bendición del convenio no se agota por la oposición humana y que, al perseverar con humildad, el Señor finalmente “da lugar” para que la vida fluya sin rivalidad bajo Su mano fiel.

La lección más grande de la vida de Isaac proviene de esta historia de conflicto por el agua. Sus siervos y los hombres de Gerar estaban peleando. Los derechos sobre el agua eran una cuestión de vida o muerte, y también lo eran las disputas por ellos. Para entonces, Isaac había llegado a ser muy grande y tenía muchos siervos. Probablemente tenía la fuerza suficiente para tomar el asunto en sus propias manos y apoderarse del pozo por la fuerza. Eligió no hacerlo.

Pudo haber intentado resolver el conflicto por medios legales (si es que existían en ese tiempo). Pudo haber contratado a un abogado, acudido ante un juez y demandado hasta la última gota de agua que legítimamente le pertenecía. Eligió no hacerlo.

Aquí hay una lección para los Santos de los Últimos Días. ¿Cómo respondió Isaac al conflicto? Cuando fue agraviado, ¿cómo actuó? Simplemente se apartó y buscó agua en otro lugar. ¡Pero él tenía la razón! ¿No debería haber defendido su posición y luchado por lo que era suyo? Al igual que su padre Abraham, Isaac fue más sabio que eso; sabía que el conflicto no valía el agua. La contención nunca vale la pena. No vale los resentimientos. No vale alejar al Espíritu. No vale el odio que Satanás nos alimenta hasta que nuestro apetito por la negatividad se vuelve insaciable.

Así que Isaac pone la otra mejilla y sigue adelante. ¿Qué sucede en el siguiente pozo? Ocurre lo mismo. La disputa por los derechos del agua se reanuda en un segundo lugar. Bueno, Isaac ya ha puesto la otra mejilla y solo tiene dos mejillas. Después de haber sido golpeado, por así decirlo, en la segunda mejilla, tiene todo el derecho de volverse agresivo. Pero él cree en la máxima de Alma: “que no haya contención los unos con los otros”. En lugar de pelear, decide cavar en otro lugar una vez más.

La tercera vez, Isaac logra encontrar agua propia. Tal vez evitó años de contención y décadas de guerra con sus vecinos porque tuvo la sabiduría de cavar un par de pozos más. Evitó la contención; fue un pacificador; confió en que el Señor supliría la diferencia: “porque ahora Jehová nos ha hecho ensanchar, y fructificaremos en la tierra” (v. 22).

Gene R. Cook. “Al que te hiere en una mejilla, ofrécele también la otra; o, en otras palabras, es mejor ofrecer la otra mejilla que volver a injuriar. Y al que te quite la capa, no le impidas llevarse también el manto.

Porque es mejor que sufras que tu enemigo tome estas cosas, que contender con él…” (JST Lucas 6:29–30).

El Señor parece estar diciendo que debemos dar nuestro manto para evitar la contención; que es mejor perder el abrigo que contender por él. De esa manera, el Señor mostró su gran desaprobación hacia la contención.

Cuando las personas se enojan, por lo general endurecen el corazón de los demás al incitarlos a la ira. Esa es una de las grandes herramientas del diablo: lograr que contendamos unos con otros. El diablo se deleita en eso porque endurece nuestro corazón hacia lo que es bueno, hacia otras personas y hacia el Señor mismo. Y cuando nuestro corazón se endurece, se vuelve cada vez más difícil que el Espíritu pueda penetrar para enseñarnos y guiarnos. (Raising Up a Family to the Lord [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1993], 307)

Hugh W. Pinnock. Había dos rancheros que vivían uno al lado del otro en el suroeste de Montana. Discutían y peleaban porque cada uno pensaba que una vieja cerca de alambre de púas que separaba sus ranchos no marcaba el verdadero límite de la propiedad. Cada uno sentía que el otro estaba invadiendo su terreno. Los registros de propiedad en la oficina del condado no eran claros.

Prohibieron que sus hijos jugaran juntos. El conflicto empeoró. Finalmente, después de años de intercambiar palabras duras y amenazas, uno de los rancheros se dijo a sí mismo: “Basta de esto”. Condujo desde su rancho hasta el camino del condado y luego por el largo camino de entrada hasta la casa de su vecino.

—¿Qué quieres? —preguntó su adversario.

—Mira —respondió—, tú traes a tus peones y a tus hijos, y yo traeré a los míos; pondremos la cerca donde tú quieras. Ya estoy cansado de esto. Quiero que seamos amigos.

Su vecino, de aspecto recio, se ablandó, y lágrimas corrieron por el rostro de ambos. El vecino respondió:
—Oye, vamos a Virginia City y registremos que la cerca actual es donde ambos queremos que esté la línea de propiedad.

Lo hicieron, y el problema quedó resuelto.
(“The Blessing of Being Unified,” Ensign, mayo de 1987)

Marvin J. Ashton. La contención levanta muros y pone barreras. El amor abre puertas. (Ensign, mayo de 1978, 8)

Génesis 26:24–25 — “Y edificó allí un altar, e invocó el nombre de Jehová, y plantó allí su tienda; y… abrió allí Isaac un pozo”

La secuencia presenta doctrinalmente el equilibrio sagrado entre adoración, hogar y trabajo como patrón de una vida de convenio estable. Al edificar un altar, Isaac reconoce que la provisión y la paz proceden primero de Dios; al invocar Su nombre, afirma dependencia y gratitud; al plantar su tienda, establece permanencia y compromiso; y al abrir un pozo, asume la responsabilidad diligente de sostener la vida cotidiana. Doctrinalmente, el orden es revelador: la adoración precede a la estabilidad y ambas sostienen el esfuerzo productivo, enseñando que cuando Dios ocupa el centro, el hogar encuentra descanso y el trabajo produce fruto. Este pasaje muestra que la fe madura no huye ante la oposición, sino que se arraiga donde Dios confirma Su presencia, creando espacios de bendición duradera para la familia y la comunidad. Así, Génesis 26:24–25 testifica que el Señor prospera a quienes ordenan su vida alrededor de Él, y que la verdadera abundancia fluye cuando la devoción, la convivencia y el esfuerzo se integran bajo la guía fiel de Dios.

A. Theodore Tuttle. Altar, tienda y pozo. Isaac no llegó a ser un Abraham ni un Jacob. No alcanzó las alturas de Abraham, llamado el “padre de los fieles”. Tampoco fue tan imponente como su hijo Israel, padre de las doce tribus. Sin embargo, Isaac es amado y venerado. Adoró a Dios, cuidó de su hogar y se dedicó a su trabajo. Es recordado sencillamente como un hombre de paz.
La elocuente sencillez de su vida y su capacidad singular para dar importancia a lo cotidiano lo hicieron grande.

Altar, tienda y pozo: su adoración, su hogar, su trabajo. Estas cosas básicas de la vida representaban su relación con Dios, con su familia y con sus semejantes. Toda persona sobre la tierra es tocada por estas tres.

Isaac adoraba en un altar de piedra. Allí buscaba respuestas a las grandes preguntas de la vida:
¿De dónde vengo?
¿Por qué estoy aquí?
¿A dónde voy?

Estas preguntas todo hombre las formula. Y continúan acompañándonos…

Para conocer la palabra y las obras de Dios, Isaac se arrodillaba en su día junto a su altar. Su tienda, un hogar para él y su familia, era sagrada para él, tal como lo son nuestros hogares para nosotros.

Para los Santos de los Últimos Días, el hogar es un lugar santo, modelado según el hogar celestial del cual procedemos. El hogar dirigido por el sacerdocio es la unidad espiritual más elevada que conocemos.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es una iglesia centrada en la familia. En su obra misional procuramos llevar a las familias a la Iglesia. Enseñamos principios y efectuamos ordenanzas que unen a la familia por la eternidad. De hecho, podemos decir que uno de los propósitos principales de esta Iglesia es perfeccionar y exaltar a la familia…

Arrodillado en su altar, consciente de su familia en su tienda, Isaac dedicaba la mayor parte de sus horas de trabajo a vigilar los pozos que había mandado cavar. De ellos se alimentaban sus rebaños. Su sencilla dependencia del agua, de la tierra y del forraje que crecía no es muy diferente en nuestros días, pues el hombre debe trabajar.

Las revelaciones declaran que:

“todo hombre que esté obligado a mantener a su propia familia, que la mantenga…” (DyC 75:28).

Desde el principio, el Señor decretó:

“Con el sudor de tu rostro comerás el pan…” (Gén. 3:19).

Desde la restauración en 1830, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha fomentado la autosuficiencia y ha promovido el trabajo como principio rector entre sus miembros…

Cuán poco han cambiado las cosas desde los días de Isaac—las cosas que realmente importan. El mismo Dios de Abraham, Isaac y Jacob; los mismos roles familiares que cumplir; la misma necesidad de trabajar.

Altar, tienda y pozo: estas cosas son esenciales. Colocadas en la perspectiva correcta mediante la palabra revelada de Dios, constituyen a la vez nuestro mayor desafío y nuestro mayor logro. (Conference Report, octubre de 1972, 66–69)

Génesis 26:33 — “Y llamó el nombre de aquella ciudad Beerseba, hasta este día”

La declaración enseña doctrinalmente que la fe del convenio deja memoria permanente cuando reconoce públicamente la fidelidad de Dios. Al nombrar el lugar Beerseba, Isaac transforma una experiencia de provisión y juramento en testimonio duradero, mostrando que los actos de Dios en la vida del creyente merecen ser recordados y transmitidos. Doctrinalmente, el nombre consagra el espacio como punto de encuentro entre promesa y cumplimiento: allí Dios confirmó Su presencia, cesó la contienda y aseguró provisión estable, enseñando que la paz verdadera se establece cuando la fe responde con gratitud y reconocimiento. El “hasta este día” subraya que las bendiciones del convenio no son efímeras, sino que pueden marcar generaciones cuando se les da nombre y significado. Así, Génesis 26:33 testifica que el Señor honra a quienes reconocen Su mano levantando memoriales de fe, y que nombrar los lugares de encuentro con Dios fortalece la identidad espiritual del pueblo, anclando el presente y el futuro en la certeza de Su fidelidad constante.

Los escribas que reescribieron el libro de Génesis probablemente vivieron alrededor del año 900–1000 a. C. Conocían la ciudad de Beerseba e invitan al lector a considerar su importancia histórica como el lugar donde Isaac halló agua y cavó un pozo. Siempre que aparezca la expresión “hasta este día”, piense en el autor como un guía turístico para el lector. Para los antiguos judíos, Génesis era como un mapa para una visita de historia sagrada, con el escriba-autor-guía explicando qué ocurrió en cada lugar.

Beerseba se menciona en el libro de Génesis en relación con Abraham el patriarca y su pacto con Abimelec. Isaac edificó un altar en Beerseba (Gén. 26:23–33). Jacob tuvo su sueño de una escalera al cielo después de salir de Beerseba (Gén. 28:10–15; 46:1–7). Beerseba fue territorio de las tribus de Simeón y Judá (Jos. 15:28; 19:2). Los hijos del profeta Samuel fueron jueces en Beerseba (1 Sam. 8:2). Saúl, el primer rey de Israel, construyó una fortaleza allí durante su campaña contra los amalecitas (1 Sam. 14:48; 15:2–9). El profeta Elías se refugió en Beerseba cuando Jezabel ordenó matarlo (1 Rey. 19:3). El profeta Amós menciona la ciudad en relación con la idolatría (Amós 5:5; 8:14). Tras la conquista babilónica y el cautiverio, la ciudad fue abandonada, pero fue repoblada cuando los israelitas regresaron de Babilonia.

El lugar probablemente fue elegido por la abundancia de agua, evidenciada por los numerosos pozos de la zona. Según la Biblia, los pozos fueron cavados por Abraham e Isaac. La ciudad estaba trazada en cuadrícula, con áreas separadas para funciones administrativas, comerciales, militares y residenciales. En la Biblia hebrea, Beerseba era la ciudad más meridional del territorio israelita; de ahí la expresión “desde Dan hasta Beerseba” para describir todo el reino.

Génesis 26:34–35 — “Judith… y Basemat… fueron amargura de espíritu para Isaac y para Rebeca”

La nota enseña doctrinalmente que las decisiones matrimoniales tienen consecuencias espirituales que alcanzan a toda la familia del convenio. Al mencionar a Judith y Basemat, el texto no se detiene en diferencias culturales superficiales, sino que subraya el impacto de uniones que no comparten la fe ni la visión del convenio, generando “amargura de espíritu” en Isaac y Rebeca. Doctrinalmente, este pasaje revela que el hogar es un espacio espiritual sensible: cuando las decisiones se toman al margen de la revelación y la obediencia, el efecto no se limita al individuo, sino que erosiona la paz, la unidad y la transmisión de la fe entre generaciones. La amargura no es mero disgusto emocional; es el fruto de ver cómo el llamado del convenio es desplazado por elecciones que priorizan lo inmediato sobre lo eterno. Así, Génesis 26:34–35 testifica que Dios toma en serio la mayordomía espiritual del matrimonio, advirtiendo que la fe se fortalece cuando las decisiones íntimas se alinean con el convenio, y que ignorar esa alineación trae cargas reales al corazón de quienes aman y esperan la continuidad fiel de las promesas del Señor.

Bruce R. McConkie Cuando. “Esaú era de cuarenta años, tomó por mujer a Judit, hija de Beeri heteo, y a Basemat, hija de Elón heteo; y fueron amargura de espíritu para Isaac y para Rebeca” (Gén. 26:34–35),

es decir, Esaú se casó fuera de la Iglesia; no contrajo matrimonio en el convenio eterno revelado a Abraham; eligió vivir conforme a la manera del mundo, en lugar de guardar las normas de rectitud que el Señor les había dado. A la luz de todo esto, el relato continúa:

“Y Rebeca dijo a Isaac: Estoy hastiada de mi vida a causa de las hijas de Het; si Jacob toma mujer de las hijas de Het, como estas, de las hijas de esta tierra, ¿para qué quiero la vida?” (Gén. 27:46).

En efecto, ella está diciendo: “Si Jacob se casa fuera de la Iglesia como lo ha hecho Esaú, ¿qué sentido tiene ya mi vida?” (“Our Sisters from the Beginning,” Ensign, enero de 1979, 62)