Génesis 28
Génesis 28:1. — No tomarás mujer de las hijas de Canaán
El mandato solemne de Isaac —“no tomarás mujer de las hijas de Canaán”— marca un punto de inflexión espiritual en la vida de Jacob, pues por primera vez la autoridad patriarcal se ejerce con plena claridad y alineación con el convenio, no mediante engaño ni confusión, sino mediante una instrucción explícita que protege la herencia sagrada; doctrinalmente, este versículo enseña que el matrimonio dentro del marco del convenio es esencial para la continuidad de las promesas abrahámicas, ya que no se trata solo de preservar la identidad cultural, sino de salvaguardar la adoración correcta, la transmisión de la fe y la obediencia a Dios; a diferencia del episodio anterior, aquí Isaac actúa con discernimiento espiritual renovado, confirmando conscientemente la bendición sobre Jacob y reconociéndolo como heredero legítimo del convenio; el mandato también señala que el arrepentimiento y la corrección son posibles aun después de decisiones imperfectas, pues Dios conduce a Sus siervos hacia mayor claridad y rectitud; así, Génesis 28:1 afirma que las bendiciones del convenio se sostienen y se fortalecen cuando las decisiones familiares —en especial el matrimonio— se toman bajo la guía divina, convirtiendo un momento de crisis en el inicio de una nueva etapa de fidelidad, propósito y dirección espiritual.
¿Recuerdas cuán cuidadosamente Abraham dispuso que Isaac se casara con parientes creyentes? (Gén. 24). Abraham instruyó específicamente a su siervo respecto de Isaac: “no tomarás mujer para mi hijo de las hijas de los cananeos” (Gén. 24:3). Sin embargo, Isaac había permitido que Esaú se casara con quien quisiera. Esaú escogió a Judit y a Basemat, del clan heteo local. Esto era exactamente lo que Abraham había prohibido a Isaac. Tal vez Isaac pensó que Esaú era lo suficientemente maduro como para tomar su propia decisión. Sin embargo, fue una concesión que tanto él como Rebeca lamentarían, pues las esposas de Esaú “fueron amargura de espíritu para Isaac y para Rebeca” (Gén. 26:34).
Aparentemente, el conflicto con los suegros es tan antiguo como la historia de la humanidad. La religión y la política siempre son puntos de conflicto, y ambas probablemente fueron problemáticas con las esposas heteas. Más allá de los conflictos de personalidad, estas mujeres heteas habían sido criadas en una cultura idólatra, con tradiciones idólatras y parientes idólatras. Eso estaba en su sangre y continuaría fluyendo en la sangre de los nietos. Isaac y Rebeca habían aprendido una dura lección y deseaban algo mejor para Jacob.
El Antiguo Testamento registra muchos episodios en la lucha de Israel por escoger entre el Dios verdadero y viviente y los usurpadores del derecho a la deidad. Isaac mandó a su hijo Jacob que no se casara con una mujer cananea (véase Gén. 28:1) a causa de la idolatría de los cananeos (véase Sal. 106:38). La posteridad de Jacob, cuando fue liberada de la servidumbre egipcia, pronto se volvió a la adoración de un ídolo egipcio (véase Éx. 32:1–6). Más tarde, los israelitas fueron seducidos en la tierra prometida por la adoración de ídolos que había sido la religión de la región antes de su llegada”.. (David H. Madsen, “No Other Gods before Me”, Ensign, enero de 1990, p. 48)
Génesis 28:4. — Y te dé la bendición de Abraham, a ti y a tu descendencia
la frase eleva la bendición de Jacob desde una herencia familiar inmediata a una investidura plenamente covenantal, pues Isaac no solo reafirma lo ya pronunciado, sino que lo ancla explícitamente en la promesa abrahámica, la cual incluye posteridad, tierra y una misión redentora para bendecir a todas las naciones; doctrinalmente, este versículo enseña que la verdadera primogenitura no se define por el orden de nacimiento ni por la astucia humana, sino por la transmisión consciente del convenio, que requiere fidelidad, obediencia y alineación con la voluntad de Dios; al invocar la “bendición de Abraham”, Isaac reconoce que Jacob es ahora el portador legítimo de una promesa que trasciende su propia vida y se proyecta hacia generaciones futuras, mostrando que el convenio es siempre intergeneracional y orientado al futuro; este momento también marca una restauración del orden espiritual, pues la bendición ya no es fruto del engaño, sino de una decisión deliberada y profética, lo que confirma que Dios puede rectificar procesos humanos imperfectos y conducirlos hacia Su propósito eterno; así, Génesis 28:4 afirma que recibir la bendición de Abraham implica asumir no solo privilegios, sino responsabilidades sagradas —vivir como heredero del convenio, preservar la fe en la familia y actuar como instrumento de Dios en la historia— convirtiendo la vida de Jacob en un eslabón esencial del plan divino de redención.
Isaac quizá había tenido la intención de dar esta bendición a su hijo Esaú (Gén. 27), pero para entonces comprendía plenamente que el Señor la destinaba para Jacob. No se puede robar una bendición de Dios. El ardid de Rebeca y Jacob era la voluntad del Señor; jamás habrían tenido éxito si no lo hubiera sido. Isaac no lo entendió en ese momento, pero ahora lo sabía: las bendiciones del convenio, con todo lo que implicaban —una posteridad innumerable, una vasta herencia de tierras, una gran herencia de riqueza, la bendición de Dios de prosperidad y un linaje extraordinario que bendeciría a todo el mundo— debían recaer en Jacob.
Génesis 28:5. — Labán… hermano de Rebeca
La mención aparentemente simple —“Labán… hermano de Rebeca”— cumple una función doctrinal clave al reinsertar la historia de Jacob dentro del linaje y del convenio, recordando que su viaje no es solo un exilio por causa del conflicto, sino un retorno deliberado a la familia del pacto; doctrinalmente, este detalle subraya que Dios preserva Sus promesas a través de relaciones familiares específicas y líneas escogidas, y que el matrimonio dentro del convenio no es un asunto improvisado, sino cuidadosamente conectado con generaciones previas de fe; al identificar a Labán como hermano de Rebeca, el texto enfatiza que Jacob es enviado a un entorno donde, aunque habrá pruebas, engaños y refinamiento personal, el marco espiritual del convenio aún está presente, lo que contrasta con Canaán, donde las influencias religiosas habrían puesto en riesgo su identidad espiritual; además, este versículo prepara al lector para comprender que los conflictos que Jacob enfrentará en Harán no son accidentes narrativos, sino instrumentos pedagógicos mediante los cuales Dios transformará al “suplantador” en un patriarca maduro; así, Génesis 28:5 enseña que Dios no solo dirige el destino de Sus hijos, sino también el contexto en el que serán formados, utilizando la familia, incluso con sus imperfecciones, como un medio para preservar, transmitir y profundizar el convenio eterno.
Jacob es enviado a la casa de su tío para encontrar esposa. Allí terminará casándose con dos de sus primas hermanas. Esto puede parecernos extraño hoy en día, pero los matrimonios entre primos todavía están permitidos en veinticinco estados.
Veinticinco estados prohíben el matrimonio entre primos hermanos. Seis estados (Arizona, Illinois, Indiana, Maine, Utah y Wisconsin) permiten el matrimonio entre primos hermanos bajo ciertas circunstancias (generalmente que la pareja tenga más de 50 años), y Carolina del Norte permite el matrimonio entre primos hermanos pero prohíbe el matrimonio entre primos dobles”.
(http://www.ncsl.org/issues-research/human-services/state-laws-regarding-marriages-between-first-cousi.aspx)
Génesis 28:6–9. — Cuando Esaú vio que Isaac había bendecido a Jacob… entonces fue Esaú a Ismael, y tomó… a Nebaiot por mujer
La reacción de Esaú al ver que Isaac ha bendecido a Jacob y ha insistido en un matrimonio fuera de Canaán revela una obediencia tardía y superficial, pues al percibir que sus propias esposas habían desagradado a sus padres, intenta corregir la situación no mediante un cambio de corazón, sino mediante un ajuste externo que imita la forma sin comprender plenamente el fondo del convenio; doctrinalmente, este pasaje enseña que no toda respuesta a la corrección espiritual nace del arrepentimiento verdadero, ya que Esaú busca alinearse con la familia escogida tomando esposa de la casa de Ismael, pero lo hace sin volver al centro del pacto establecido con Abraham e Isaac; su acción muestra que es posible reconocer el error y aun así errar nuevamente cuando se confunde convenio con parentesco, y obediencia con conveniencia; además, el texto subraya que el deseo de aprobación parental, aunque legítimo, no sustituye la sumisión completa a la voluntad de Dios, pues Esaú actúa movido por la comparación con Jacob más que por una búsqueda sincera del Señor; así, Génesis 28:6–9 enseña que las decisiones espirituales tomadas solo como reacción —y no como transformación— rara vez conducen a la plenitud del convenio, y que el verdadero alineamiento con Dios requiere más que correcciones visibles: exige un corazón dispuesto a valorar lo sagrado antes de que la pérdida lo haga evidente.
Esta es una historia triste y patética. Esaú intenta desesperadamente competir con su hermano Jacob. Ha aprendido demasiado tarde que sus padres no aprobaban a sus primeras esposas. Ahora piensa que puede obtener su favor haciendo lo que debió haber hecho desde el principio: procurar un matrimonio eterno con alguien que pudiera guardar los convenios del Señor. Esaú parece clamar: ¡Ámenme también a mí! ¡Puedo casarme con alguien del linaje de Ismael!”. Todavía está tratando de asegurar cualquier bendición que pueda, pero la bendición y la primogenitura ya se han perdido. Menospreció la primera y, sin darse cuenta, perdió la segunda al tomar a la ligera los convenios del Señor. Los esfuerzos de Esaú son demasiado poco y llegan demasiado tarde.
No posterguéis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin… porque he aquí, si no mejoramos nuestro tiempo mientras estamos en esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede efectuar obra alguna” (Alma 34:33).
Henry B. Eyring. Todos necesitaremos Su ayuda para evitar la tragedia de postergar lo que debemos hacer aquí y ahora para obtener la vida eterna. Para la mayoría de nosotros, la tentación de demorar vendrá de uno o de ambos de dos sentimientos. Son polos opuestos: uno es la complacencia con respecto a lo que ya hemos hecho, y el otro es sentirnos abrumados por la necesidad de hacer más…
Es difícil saber cuándo hemos hecho lo suficiente como para que la Expiación cambie nuestra naturaleza y así nos haga aptos para la vida eterna. Y no sabemos cuántos días tendremos para prestar el servicio necesario para que ocurra ese poderoso cambio. Pero sí sabemos que tendremos días suficientes, si tan solo no los desperdiciamos. (“This Day”, Ensign, mayo de 2007)
Génesis 28:10–22 — “Dios que acompaña y consagra: la escalera del convenio”
Se narra un momento fundacional en la vida espiritual de Jacob, donde la huida solitaria se transforma en un encuentro sagrado. Jacob sale de Beerseba rumbo a Harán con poco más que promesas heredadas y una carga de incertidumbre; sin embargo, en el lugar menos esperado —un paraje ordinario usado como campamento nocturno— Dios irrumpe con revelación. Doctrinalmente, el pasaje enseña que la iniciativa del convenio pertenece a Dios: Él se revela antes de que Jacob formule una petición, mostrando que el Señor busca y alcanza a Sus hijos aun cuando estos se encuentran en transición, vulnerabilidad o temor.
La visión de la escalera que une el cielo y la tierra revela una doctrina central de mediación divina: el cielo no está distante ni sellado, sino activamente conectado con la tierra por designio de Dios. Los ángeles que ascienden y descienden simbolizan una relación continua, ordenada y viva entre lo divino y lo humano, enseñando que la revelación no es un evento aislado, sino un proceso constante dentro del marco del convenio. El Señor, situado por encima de la escalera, reafirma las promesas hechas a Abraham e Isaac, estableciendo la continuidad del convenio y declarando que Jacob no es un heredero accidental, sino un participante escogido en el plan divino.
Doctrinalmente significativo es el énfasis en la presencia prometida: “He aquí, yo estoy contigo”. Esta promesa no elimina de inmediato las pruebas de Jacob, pero redefine su camino. El Señor no solo promete tierra y posteridad, sino compañía, protección y cumplimiento futuro. El convenio, por tanto, no es solo una herencia, sino una relación viva que acompaña al creyente en su jornada terrenal. Jacob aprende que el lugar donde Dios se manifiesta se convierte en tierra santa, no por su geografía, sino por la presencia divina que lo consagra.
La respuesta de Jacob completa el cuadro doctrinal. Al despertar, reconoce la santidad del lugar y erige una piedra como memorial, ungida con aceite, acto que simboliza consagración y compromiso. Su voto no es un intento de negociar con Dios, sino una expresión inicial de fe en desarrollo: Jacob acepta al Señor como su Dios, se compromete a adorarle y promete consagrar una décima parte de lo que reciba. Doctrinalmente, esto enseña que el convenio exige respuesta humana: reconocimiento, adoración y obediencia. La experiencia sagrada impulsa a Jacob a transformar revelación en acción.
En conjunto, Génesis 28:10–22 testifica que Dios establece convenios con personas imperfectas, se revela en momentos de tránsito y soledad, y transforma lugares comunes en espacios sagrados. El pasaje enseña que el convenio divino une cielo y tierra, acompaña al creyente en su peregrinaje y requiere una respuesta consciente de fe y consagración, marcando el inicio de la transformación espiritual de Jacob en Israel.
Génesis 28:10. — Y salió Jacob de Beerseba, y fue a Harán
La sencilla declaración marca uno de los umbrales espirituales más significativos del relato patriarcal, pues Jacob abandona por primera vez el espacio de seguridad del hogar y del altar para iniciar un camino de soledad, vulnerabilidad y formación divina; doctrinalmente, este versículo enseña que el cumplimiento del convenio suele comenzar con una salida —un desprendimiento de lo conocido— en la que el heredero de la promesa no avanza aún como patriarca consumado, sino como aprendiz, llevando consigo una bendición recibida pero todavía no plenamente interiorizada; Beerseba representa el lugar de promesas heredadas, mientras que Harán simboliza el terreno donde esas promesas serán probadas, retrasadas y finalmente refinadas, mostrando que Dios no solo concede bendiciones, sino que prepara a Sus siervos mediante el viaje, el tiempo y la experiencia; así, Génesis 28:10 enseña que todo llamamiento divino implica un tránsito, y que el camino hacia la madurez espiritual comienza cuando el creyente, como Jacob, obedece aun sin ver el final del trayecto, confiando en que el Dios del convenio lo encontrará también en los lugares de paso y de incertidumbre.
El viaje es de aproximadamente 550 millas hasta Harán. Es una distancia muy larga para recorrer con el fin de encontrar esposa. Véase el comentario introductorio de Génesis 29.
Génesis 28:12. — La escalera de Jacob
La visión de la escalera que une la tierra con el cielo revela de manera simbólica y poderosa que, aun cuando Jacob se encuentra solo, en tránsito y lejos del hogar del convenio, Dios no está distante, sino activamente conectado con la experiencia humana; doctrinalmente, la escalera representa el vínculo continuo entre lo divino y lo terrenal, enseñando que el cielo no está cerrado ni reservado solo para los lugares sagrados establecidos, sino que puede abrirse incluso en un sitio ordinario donde un hombre cansado descansa con una piedra por cabecera; los ángeles que suben y descienden indican que Dios obra de manera constante en ambos sentidos —enviando ministración desde el cielo y recibiendo la fe y obediencia de la tierra— lo cual subraya que el convenio no es estático, sino relacional y dinámico; para Jacob, esta visión marca el inicio de su transformación espiritual, pues aprende que la promesa que heredó no depende de su astucia pasada, sino de la presencia fiel de Dios que lo acompaña en el camino; así, la escalera de Jacob enseña que el Señor se revela a Sus hijos en los momentos de transición, confirmando que el viaje del convenio no es solitario y que entre el cielo y la tierra existe un acceso abierto sostenido por la gracia, la revelación y la fidelidad divina.
Si se busca en internet “la escalera de Jacob”, se descubre que el nombre se ha aplicado a una película de terror de 1990, a una canción de Huey Lewis and the News, a una planta con flores, a un juguete, a una máquina de ejercicio, a un sendero para caminatas en Utah y, en el ámbito náutico, a una escalera de cuerda. Es uno de esos términos bíblicos que han desarrollado una vida propia. De hecho, la expresión “escalera de Jacob” no aparece en la Biblia. El término fue acuñado por comentaristas bíblicos.
Con frecuencia, la escalera se utiliza como metáfora de Cristo. Por medio de Cristo se tiende un puente entre la tierra y el cielo. Así como el velo del templo se rasgó en la Crucifixión, simbolizando el nuevo acceso del hombre al Lugar Santísimo, la escalera permite que el hombre mortal se acerque al Padre. Además, como discípulos de Cristo, progresamos un peldaño a la vez hasta ser dignos de entrar por las puertas del cielo. Los ángeles del cielo ascienden y descienden sobre el Hijo del Hombre: “De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre” (Juan 1:51).
“Hombres y mujeres a menudo se sienten en exilio espiritual… Anhelan una experiencia como la de Jacob, que muestre que aun en el lugar más desolado puede haber algo resplandeciente que tienda un puente entre la tierra y el cielo, de modo que desde entonces todos los horizontes de esperanza y confianza se eleven y se amplíen”. (The Interpreter’s Bible, ed. por G. A. Buttrick et al. [Nueva York: Abingdon Press, 1952], vol. 1, pp. 688–689)
Génesis 28:13–15. — Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac
La voz divina que se identifica como “Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac” establece una continuidad personal del convenio y transforma la visión en una investidura de promesas vivas, pues Dios no se presenta como una idea abstracta, sino como el mismo Ser que actuó en la historia familiar y que ahora se compromete directamente con Jacob; doctrinalmente, este pasaje enseña que el convenio es heredado pero debe ser ratificado personalmente mediante revelación, y que el Señor adapta Sus promesas a la situación concreta del creyente: tierra, posteridad y misión se reiteran, pero con un énfasis nuevo en la presencia acompañante —“he aquí, yo estoy contigo”— que responde a la soledad y vulnerabilidad del viajero; la promesa de protección y retorno (“no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho”) revela un Dios fiel que no abandona a Sus hijos en los procesos de formación, aun cuando estos atraviesen consecuencias de decisiones pasadas; así, Génesis 28:13–15 afirma que el Dios del convenio es a la vez histórico y cercano, que vincula pasado y futuro en un presente de gracia, y que la verdadera seguridad espiritual no proviene del lugar ni de la circunstancia, sino de la palabra empeñada de un Dios que acompaña, guarda y cumple.
Con esta bendición fresca en su mente, Jacob salió de Beerseba en un viaje que finalmente duraría muchos años. Tal vez en la primera etapa de su travesía meditó en los convenios y promesas que el Señor había extendido a Abraham y a su posteridad. Cuando Jacob llegó al lugar que más tarde llamaría Betel, se dispuso a pasar allí la noche. Mientras dormía, se le abrió una visión maravillosa…
Hay al menos seis cosas significativas que considerar acerca de la visión de Jacob:
Primero, como indicó el profeta José Smith, esta visión fue la oportunidad de Jacob para comenzar a comprender por sí mismo “los misterios de la divinidad” que conducen a hombres y mujeres al reino de Dios (véanse D. y C. 63:23; D. y C. 76:5–9). De este comentario también sabemos que Jacob era un poseedor justo del Sacerdocio de Melquisedec, porque Doctrina y Convenios enseña que “este mayor sacerdocio administra el evangelio y tiene la llave de los misterios del reino, aun la llave del conocimiento de Dios” (D. y C. 84:19). Jacob llegaría, a lo largo de su vida, a conocer a Dios de una manera profunda.
Segundo, se confirmó la condición profética de Jacob. Oyó la voz del Señor Jehová, el Cristo premortal, y, como el apóstol Juan registró más tarde, “el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía” (Apoc. 19:10).
Tercero, Jacob aprendió que en su simiente, o por medio de su propio linaje, serían benditas todas las demás familias de la tierra. Esa promesa se cumplió literalmente en la venida mortal del Salvador, Jesucristo (véase Gál. 3:16), y no es imposible que Jacob vislumbrara ese cumplimiento. Además, esta promesa también se ha cumplido en el hecho de que la descendencia de Jacob —todos los pueblos de los últimos días que aceptan el evangelio restaurado— se han convertido en misioneros del nombre y del evangelio del Hijo de Dios. Este evangelio finalmente traerá salvación, aun vida eterna, a todos los que lo reciban (véanse Abr. 2:10–11).
Cuarto, Jacob aprendió que, si guardaba el convenio, Dios estaría con él adondequiera que fuera, que Dios cumpliría todo lo que le había prometido hacer por él y que Dios lo haría volver a la tierra de su heredad.
Quinto, Jacob aprendió que la santidad y el lugar pueden estar, y con frecuencia están, estrechamente vinculados. “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía… no es otra cosa que casa de Dios”, dijo Jacob (Gén. 28:16–17).
Sexto —y este punto enlaza los otros cinco—, Jacob tuvo una experiencia semejante a la del templo con motivo de esta visión. El élder Marion G. Romney, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo:
Cuando Jacob viajaba de Beerseba hacia Harán, tuvo un sueño en el que se vio a sí mismo en la tierra, al pie de una escalera que llegaba hasta el cielo, donde el Señor estaba por encima de ella. Vio ángeles que subían y descendían por ella, y Jacob comprendió que los convenios que allí hizo con el Señor eran los peldaños de la escalera que él mismo tendría que subir para obtener las bendiciones prometidas—bendiciones que le darían derecho a entrar en el cielo y a asociarse con el Señor…
Los templos son para todos nosotros lo que Betel fue para Jacob. Aún más, también son las puertas del cielo para todos nuestros parientes muertos que no han recibido las ordenanzas. Todos debemos cumplir con nuestro deber de llevar a nuestros seres queridos a través de ellas.
“Gracias a la perspectiva del élder Romney, los Santos de los Últimos Días pueden comprender con mayor plenitud que sus experiencias en el templo son, en realidad, las experiencias de todo santo en toda dispensación. La fidelidad de Jacob fue recompensada con la oportunidad de hacer convenios eternos en el templo. Sin embargo, las grandes promesas y bendiciones ofrecidas a Jacob en Betel en ese momento eran condicionales más que absolutas. En ninguna parte del texto se dice que fueran selladas o ratificadas con seguridad en ese punto, como a veces se supone; Jacob tendría un largo camino por recorrer para demostrar su lealtad y asegurar para sí la garantía incondicional de todos los términos del convenio. Tampoco dice el texto que los tratos de Jacob con el Señor en ese momento constituyeran la teofanía final, o revelación plena de Dios, que las Escrituras prometen a los fieles. Eso vendría más tarde, después de años de rectitud. Pero sin duda Jacob salió de Betel comprendiendo el orden del cielo, las posibilidades de la exaltación y las promesas del convenio abrahámico si demostraba ser fiel. Así sucede con todos nosotros”. (Andrew C. Skinner, “Jacob: Keeper of Covenants”, Ensign, marzo de 1998, pp. 51–52)
Bruce R. McConkie. Abraham, Isaac y Jacob… cada uno de ellos, a su vez, por sí mismos y por su posteridad, recibió la promesa de que por medio del matrimonio celestial ellos y su descendencia después de ellos tendrían posteridad tan numerosa como la arena del mar y como las estrellas de los cielos. También se les prometió que en ellos y en su simiente serían benditas todas las generaciones. (“A New Commandment: Save Thyself and Thy Kindred!”, Ensign, agosto de 1976, p. 9)
Génesis 28:14. — Tu descendencia será como el polvo de la tierra, y te extenderás…
La promesa —amplía la bendición del convenio más allá de la continuidad familiar para convertirla en una vocación expansiva y misional, pues el lenguaje del “polvo” no solo alude a la innumerable posteridad, sino también a la presencia humilde y omnipresente de Israel entre las naciones; doctrinalmente, este versículo enseña que la elección divina no es exclusivista ni estática, sino orientada a la dispersión con propósito, ya que la promesa de expansión en todas direcciones anticipa tanto el asentamiento histórico de Israel como su dispersión futura, mediante la cual “en ti y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra”; además, la imagen del polvo recuerda la fragilidad humana, subrayando que el cumplimiento del convenio no depende de la fuerza propia, sino de la fidelidad de Dios que multiplica lo pequeño y lo aparentemente insignificante; así, Génesis 28:14 afirma que la bendición abrahámica transforma la descendencia en instrumento de alcance universal, llamando a Jacob y a su posteridad no solo a crecer en número, sino a extender la influencia del convenio por toda la tierra conforme al diseño redentor de Dios.
El Señor renovó esta promesa [abrahámica] con Isaac (véase Gén. 26:4) y nuevamente con Jacob, diciendo que sus descendientes “se extenderían al occidente, al oriente, al norte y al sur; y en ti y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra” (Gén. 28:14).
Esta expansión ocurriría tal como Moisés lo profetizó: Israel sería algún día esparcido “entre las naciones, y quedaríais pocos en número entre los pueblos adonde Jehová os llevará” (Deut. 4:27). Sería una dispersión completa. Como dijo el Señor en Amós 9:9, Él “zarandearía la casa de Israel entre todas las naciones”. Pero también prometió que no se olvidaría de Israel. Finalmente, los hijos de Israel serían recogidos “de las tierras, del oriente y del occidente, del norte y del sur” (Sal. 107:3).
Aunque Israel sería dispersado por todo el mundo, los países al norte de Israel fueron señalados de manera especial como tierras desde las cuales Israel sería recogido. Jeremías escribió que “vienen días, dice Jehová, en que no se dirá más: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra de Egipto;
“sino: Vive Jehová, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra del norte y de todas las tierras adonde los había arrojado” (Jer. 16:14–15; véanse también D. y C. 110:11; D. y C. 133:26).
No es de extrañar que Jesús enviara a Sus apóstoles por todo el mundo a predicar el evangelio (véase Marcos 16:15), ni que dijera que debían ir “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 10:6).
Los pueblos de Israel han estado dispersos por largo tiempo. Hasta donde sabemos, solo una parte de Judá conservó su identidad a lo largo de los siglos. Con la restauración del evangelio por medio del profeta José Smith, muchos miembros que han recibido sus bendiciones patriarcales han sido identificados con las tribus de Efraín y Manasés, y con una porción de otras tribus. También es significativo que entre los primeros en aceptar el evangelio en esta dispensación se encontraran personas que vivían —o cuyos antepasados habían vivido— en los mismos países que recibieron migraciones israelitas”. (Terry M. Blodgett, “Tracing the Dispersion”, Ensign, febrero de 1994, p. 70)
Génesis 28:15. — Yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres… porque no te dejaré
La promesa divina constituye el corazón pastoral del convenio, pues Dios no solo reafirma promesas futuras, sino que ofrece Su presencia constante como garantía inmediata en el trayecto de Jacob; doctrinalmente, este versículo enseña que la fidelidad de Dios no depende de la perfección previa del creyente, sino de Su propia palabra empeñada, ya que Jacob recibe esta promesa cuando aún está en proceso de transformación y cargando las consecuencias de decisiones pasadas; la seguridad ofrecida no elimina las pruebas ni acorta el camino, pero asegura compañía, protección y propósito en medio de ellas, revelando que el convenio incluye tanto destino como acompañamiento; la declaración “no te dejaré” introduce una teología de permanencia divina que sostiene al discípulo en los momentos de soledad, exilio y espera, recordando que el Dios del convenio camina con Sus hijos hasta que Sus promesas se cumplen plenamente; así, Génesis 28:15 afirma que la mayor bendición no es solo la tierra, la posteridad o el retorno, sino la presencia fiel de Dios que guarda, dirige y persevera con el creyente a lo largo de todo el camino.
¡Qué promesa tan consoladora! A menudo pensamos que el Antiguo Testamento presenta a un Dios frío, juzgador, incluso severo. Toda la misericordia parece provenir de las páginas de escrituras posteriores; sin embargo, aquí el Señor promete sostener a Jacob hasta el fin. Suena como el Nuevo Testamento o como Doctrina y Convenios: “porque el que os recibe, allí estaré yo también; pues iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestros corazones, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).
Dios prometió a Jacob que permanecería con él. Moisés recibió la misma promesa: “Y he aquí, yo estoy contigo hasta el fin de tus días; porque librarás a mi pueblo de la servidumbre” (Moisés 1:26). A José Smith le dijo: “Porque yo soy el Señor tu Dios, y estaré contigo hasta el fin del mundo, y por toda la eternidad; porque de cierto sello sobre ti tu exaltación y preparo un trono para ti en el reino de mi Padre, con Abraham tu padre” (D. y C. 132:49).
Neal A. Maxwell. “Por tanto, animaos y no temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros y os sostendré; y daréis testimonio de mí, aun de Jesucristo, de que yo soy el Hijo del Dios viviente, de que fui, de que soy y de que he de venir” (D. y C. 68:6).
“Yo… estaré en medio de [vosotros]” (D. y C. 32:3).
“No podéis soportar todas las cosas ahora” (D. y C. 50:40).
“Animaos, porque yo os guiaré” (D. y C. 78:18).
Así pues, el Señor tiene Sus propias maneras de hacernos saber que Él está con nosotros en nuestros hornos personales de aflicción. (If Thou Endure It Well [Salt Lake City: Bookcraft, 1996], p. 7)
Wilford Woodruff. Debéis predicar el evangelio, cumplir con vuestro deber, y el Señor os sostendrá. La tierra y el infierno no prevalecerán contra vosotros. “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”. Y diría a nuestros amigos que ese es el espíritu que vibra en el corazón de decenas de miles de Santos de los Últimos Días en estas montañas. Nos mantenemos firmes sobre este pedestal. Esta es nuestra plataforma. ¿Qué temor podemos tener con respecto a nuestros enemigos? ¿Por qué habríamos de temer? Estamos en las manos de Dios. Hemos venido a esta tierra en este tiempo con una misión. Hemos nacido con un propósito en esta generación para participar en esta obra. El Señor necesitaba un elemento con el cual trabajar. Él edificará Sion. Y doy aquí mi testimonio a todos los hombres —y lo daría a todo el mundo si tuviera el poder— de que la obra en la que este pueblo está comprometido, por pequeña e insignificante que pueda parecer, es la obra de Dios. Avanzará. Llegará a ser una montaña. Llenará toda la tierra. Desmenuzará todos los demás reinos, y permanecerá para siempre; porque Dios Todopoderoso lo ha decretado. Escríbanlo. (Journal of Discourses, 25:217; cursivas añadidas)
Génesis 28:16 — “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía”
Se expresa una de las verdades doctrinales más profundas de la experiencia espiritual: Dios está presente aun cuando el ser humano no siempre es consciente de ello. Jacob despierta del sueño con una nueva percepción de la realidad; el lugar no ha cambiado, pero él sí. Doctrinalmente, el versículo enseña que la presencia divina no depende del reconocimiento humano para existir, sino que el reconocimiento es el que transforma la experiencia humana. Dios ya estaba allí antes del sueño, pero la revelación abre los ojos espirituales de Jacob para discernir lo que siempre había sido verdadero.
Este pasaje subraya que la revelación no crea a Dios en el lugar; revela a Dios al corazón. Jacob no declara que Dios haya llegado, sino que estaba allí sin que él lo supiera. La ignorancia espiritual no niega la cercanía de Dios, pero limita la comprensión del individuo. Doctrinalmente, esto enseña que muchos espacios ordinarios de la vida pueden ser “lugares santos” cuando el Señor se manifiesta, y que la santidad no depende del entorno físico, sino de la presencia divina reconocida mediante revelación.
Además, Génesis 28:16 enseña que la revelación despierta reverencia y transforma la conducta. El asombro de Jacob conduce inmediatamente a adoración, memoria y compromiso. La conciencia de la presencia de Dios genera temor reverente, gratitud y deseo de consagración. Así, el versículo testifica que cuando el Señor permite que una persona “sepa” que Él está presente, la vida cotidiana se redefine y el camino del convenio se hace visible incluso en los momentos más inesperados.
Génesis 28:17 — “¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo”
Jacob responde a la revelación con temor reverente, no con miedo, sino con una conciencia profunda de la santidad divina. La palabra “terrible” expresa asombro sagrado: el reconocimiento de que lo humano ha entrado en contacto con lo eterno. Doctrinalmente, este versículo enseña que cuando Dios se manifiesta, el alma despierta a la realidad de Su majestad y de su propia pequeñez, produciendo reverencia, humildad y adoración.
Jacob declara que el lugar es la “casa de Dios”, no porque exista allí un templo construido por hombres, sino porque Dios se ha revelado allí. Esto enseña que la santidad no se origina en la estructura, sino en la presencia divina. Doctrinalmente, el pasaje afirma que Dios consagra espacios ordinarios cuando decide revelarse, y que esos espacios se convierten en puntos de encuentro entre el cielo y la tierra. El lugar se transforma en santuario porque Dios lo ha escogido para manifestarse.
La expresión “puerta del cielo” introduce una doctrina clave del convenio: el cielo no está cerrado ni distante, sino accesible por medio de la revelación y la relación con Dios. Jacob comprende que existe un orden divino por el cual el cielo se abre a la tierra, y que él ha sido testigo de ese acceso. Doctrinalmente, este versículo enseña que Dios provee medios para que Sus hijos se acerquen a Él, y que esos momentos de revelación marcan portales espirituales donde la fe se fortalece y el convenio se renueva.
En conjunto, Génesis 28:17 testifica que la revelación despierta reverencia, consagra lo ordinario y abre la conciencia del hombre a la realidad del cielo, mostrando que donde Dios habla, ese lugar se convierte en casa de Dios y punto de acceso a Su presencia.
Génesis 28:17–19. — No es otra cosa que casa de Dios… y llamó el nombre de aquel lugar Bet-el
La reacción reverente de Jacob —marca el momento en que una experiencia personal con Dios transforma un lugar ordinario en espacio sagrado, enseñando doctrinalmente que la santidad no depende del entorno previo, sino de la manifestación divina recibida y reconocida; el temor de Jacob no es pánico, sino asombro reverente, señal de que ha comprendido que Dios estuvo presente aun cuando él no lo sabía, lo que revela una verdad central del convenio: el Señor precede a Sus hijos y se revela en los momentos de tránsito y vulnerabilidad; al ungir la piedra y erigirla como señal, Jacob establece un memorial que une revelación y compromiso, mostrando que las experiencias espirituales auténticas demandan recuerdo, gratitud y respuesta; al nombrar el lugar Bet-el, “casa de Dios”, Jacob declara que el Dios del convenio no está confinado a altares heredados ni a territorios conocidos, sino que acompaña al creyente y se deja encontrar en el camino, reconfigurando su identidad y su destino; así, Génesis 28:17–19 enseña que cuando Dios se revela, el creyente aprende a ver el mundo con nuevos ojos, reconociendo que incluso los lugares de soledad pueden convertirse en portales de revelación, compromiso y transformación espiritual.
Este es un buen momento para comprender algunos aspectos de la lingüística hebrea. Bet (o Beth) es un prefijo común en los nombres de lugares hebreos y significa “casa de”. En este caso, “casa de El”, que es una forma abreviada de Elohim, o Dios. Vemos este mismo patrón en otras ciudades hebreas, entre ellas Belén (Beth-lehem), “casa de pan”; Betsaida (Beth-saida), “casa de peces”, etc. Así, Bet-el significa literalmente “la casa de Dios”.
“Abraham había edificado allí un altar anteriormente (Gén. 12:8; 13:3–4), y será allí donde el nombre de Jacob será cambiado a Israel (Gén. 35:10–15). Las excavaciones han demostrado que Betel fue fundada alrededor del año 2000 a. C.… Se la menciona en la Biblia con mayor frecuencia que cualquier otra ciudad, excepto Jerusalén”. (The Torah: A Modern Commentary, ed. por W. Gunther Plaut [Nueva York: The Union of American Hebrew Congregations, 1981], p. 33)
El segundo punto digno de mención es la intención del autor de catalogar lugares santos para sus lectores judíos. Desde que Abraham entró por primera vez en Canaán, se dieron las ubicaciones de sus altares (Gén. 12:6–8); se especificó el lugar del sacrificio de Isaac (Gén. 22:2); y ahora se ubica un nuevo sitio sagrado dentro de su contexto histórico y espiritual: la ciudad de Bet-el.
Génesis 28:22. — Ciertamente daré el diezmo de todo a ti
La declaración de Jacob —representa la respuesta concreta del creyente a la gracia revelada, pues después de recibir promesas de presencia, protección y cumplimiento futuro, Jacob expresa su compromiso no solo con palabras, sino mediante una ordenanza que reconoce a Dios como la fuente de toda bendición; doctrinalmente, este versículo enseña que el diezmo no nace de la abundancia ya recibida, sino de la fe en la palabra prometida, ya que Jacob aún no posee tierra, riqueza ni familia propia, pero consagra anticipadamente lo que el Señor le dará; el acto de diezmar se presenta así como una señal de mayordomía y dependencia, afirmando que todo lo que se obtiene bajo el convenio pertenece primero a Dios; además, este compromiso marca un progreso espiritual en Jacob, quien pasa de recibir una bendición heredada a responder personalmente con obediencia, mostrando que el convenio es relacional y recíproco: Dios promete, y el hombre consagra; así, Génesis 28:22 afirma que la verdadera adoración se expresa en actos visibles de fidelidad, y que el diezmo se convierte en un testimonio tangible de que el corazón reconoce a Jehová no solo como protector en el camino, sino como Señor de todo lo que será recibido en el cumplimiento de Sus promesas.
Esta es la segunda vez que el principio del diezmo se menciona en el libro de Génesis. La primera fue cuando Abraham dio los diezmos a Melquisedec (Gén. 14:20).
Dallin H. Oaks. No debemos pensar que el pago y las bendiciones del diezmo sean exclusivos de los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El pago del diezmo se manda en la Biblia. Abraham pagó diezmos a Melquisedec (véase Gén. 14:20). Jacob hizo convenio de “dar el diezmo” a Dios (Gén. 28:22). Después de que los hijos de Israel fueron sacados de Egipto, el profeta Moisés mandó que dieran el diezmo al Señor (véase Lev. 27:30–34). (“Tithing”, Ensign, mayo de 1994, p. 34)
Howard W. Hunter. La palabra tithe (diezmo) se deriva del anglosajón y significa “una décima parte”. Puede definirse como la décima parte de la propiedad o del ingreso que se paga o se consagra para usos o propósitos sagrados. La historia de esta palabra, rastreada a través de la historia bíblica y extrabíblica, dirige nuestra atención a información sumamente interesante.
El “diezmo” de Abraham. La primera mención clara de la palabra “diezmo” en la Biblia se encuentra en el primer libro del Antiguo Testamento. Abram, al regresar de la derrota de los cuatro reyes, fue recibido por Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo. Melquisedec lo bendijo, y Abram “le dio los diezmos de todo” (Gén. 14:20).
En el caso de Jacob. Unos capítulos más adelante en el mismo libro, Jacob, en Betel, hizo un voto con estas palabras:
“Si Dios fuere conmigo, y me guardare en este camino que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios; y esta piedra que he puesto por señal será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti” (ibid., Gén. 28:20–22).
La tercera mención se encuentra en relación con la ley levítica. El Señor habló por medio de Moisés:
“Y el diezmo de todo lo que produce la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová”
(Lev. 27:30).
En cuanto a los levitas. Bajo esta ley levítica, los diezmos se daban a los levitas para su sustento, y a su vez ellos estaban obligados a pagar diezmos de aquello que recibían, como se muestra en las palabras del Señor cuando instruyó a Moisés:
“Así hablarás a los levitas, y les dirás: Cuando toméis de los hijos de Israel los diezmos que os he dado de ellos por vuestra heredad, ofreceréis de ellos una ofrenda elevada a Jehová, el diezmo de los diezmos”
(Núm. 18:26).
Esto indica claramente que la ley del diezmo formaba parte de la ley levítica y era pagada por todo el pueblo, incluso por los propios levitas, quienes estaban obligados a pagar diezmo de los diezmos que recibían.
Una ley universal. Algunos sostienen que la ley del diezmo fue solo una institución levítica, pero la historia confirma que ha sido y es una ley universal. Fue fundamental en la ley mosaica. Existía desde el principio y se encuentra en la ley del antiguo Egipto, en Babilonia, y puede rastrearse a lo largo de toda la historia bíblica. (Conference Report, abril de 1964, sesión de la tarde, p. 34)
























