Génesis

Génesis 32


Génesis 32:1. — “Jacob siguió su camino, y le salieron al encuentro ángeles de Dios”

Marca un momento profundamente doctrinal en la vida de Jacob, pues la frase “Jacob siguió su camino, y le salieron al encuentro ángeles de Dios” revela que el trayecto del convenio nunca es solitario, aun cuando parezca incierto o cargado de temor. Jacob acaba de separarse de Labán y se dirige hacia un encuentro potencialmente peligroso con Esaú; externamente avanza solo, pero espiritualmente está acompañado. La aparición de ángeles no es un espectáculo, sino una confirmación divina: Dios reconoce el rumbo de Jacob, valida su obediencia y le asegura que el cielo está activamente involucrado en su vida. Doctrinalmente, este pasaje enseña que cuando una persona sigue “su camino” dentro del marco del convenio —es decir, avanza conforme a los mandamientos y promesas divinas— el Señor envía ayuda visible o invisible para fortalecerla. Los ángeles representan tanto protección como testimonio: protección ante los peligros que aún no se ven, y testimonio de que Dios cumple Sus promesas hechas en Bet-el años atrás. Así, Génesis 32:1 afirma una verdad constante del evangelio: el pueblo del convenio puede caminar por senderos difíciles con la seguridad de que el cielo sale a su encuentro, no necesariamente para quitar la prueba, sino para sostener, guiar y preparar al creyente para la transformación espiritual que viene después.

Justo antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra, el Señor envió a tres varones santos para hablar con Abraham (Gén. 18:1–22). De manera similar, en este punto clave de la vida de Jacob, varones santos—llamados en las Escrituras “ángeles”—son enviados para darle un mensaje. Así como Abraham reconoció a sus ángeles como hombres mortales y los consideró sus superiores espirituales, Jacob habría recibido con humilde gozo cualquier mensaje proveniente de ellos. La noticia, según Josephus, fue buena: ellos “le sugirieron buena esperanza respecto de su condición futura”.
(Antigüedades de los judíos, libro I, 20:1)

“El viaje de regreso de Jacob fue notable por sus manifestaciones divinas. En el trayecto, el patriarca fue recibido por “el campamento de Dios” (Gén. 32:2), ángeles del Señor, quienes lo fortalecieron. Es también probable que estos ángeles le recordaran a Jacob su poderosa visión—que le cambió la vida—de la escalera ascendente en Bet-el, cuando salió de la tierra prometida veinte años antes. Ahora Jacob regresaba para enfrentar un conflicto aparentemente inevitable y posiblemente mortal con Esaú—conflicto que había sido, en parte, la causa de su huida de Canaán. La ministración angélica durante el viaje de regreso de Jacob parece haber sido una señal y un recordatorio de la protección y ayuda divinas”. (Andrew C. Skinner, “Jacob: Keeper of Covenants,” Ensign, marzo de 1998, pp. 53–54)

Génesis 32:2. — “Este es el campamento de Dios; y llamó el nombre de aquel lugar Mahanaim”

Se profundiza la experiencia espiritual iniciada en el versículo anterior al declarar Jacob: “Este es el campamento de Dios; y llamó el nombre de aquel lugar Mahanaim”, expresión que encierra una poderosa enseñanza doctrinal sobre la convivencia entre lo divino y lo humano en la vida del convenio. Al reconocer aquel lugar como “el campamento de Dios”, Jacob confiesa que no está simplemente rodeado por ángeles, sino que se halla dentro de una realidad sagrada donde el cielo ha establecido su presencia activa; no es solo protección, es comunión. El nombre Mahanaim, que significa “dos campamentos”, refleja una verdad eterna: el campamento terrenal de Jacob —con su familia, temores y responsabilidades— existe simultáneamente con el campamento celestial —los ejércitos del Señor que lo rodean—, aunque uno no siempre sea visible. Doctrinalmente, esto enseña que los fieles viven constantemente entre dos esferas: la mortal y la divina, y que cuando reconocen la mano de Dios en su camino, los lugares comunes se transforman en espacios sagrados. Mahanaim se convierte así en un testimonio de que Dios no solo envía ayuda desde lejos, sino que “acamppa” con Su pueblo, reafirmando que quienes avanzan dentro del convenio nunca caminan aislados, sino acompañados por un cielo organizado, consciente y cercano, que se manifiesta justo antes de las grandes pruebas y transformaciones espirituales.

Como en Elohim o querubim, el sufijo hebreo –im indica plural. Jacob reconocía dos campamentos o ejércitos: el suyo propio y el del Señor, es decir, Sus mensajeros. Puede que Jacob no se sintiera digno de unir su campamento con el de los ángeles, quienes son llamados “el campamento de Dios”.

Un significado alternativo aparece más adelante en el capítulo. Jacob divide a su gente y su ganado en dos campamentos por razones de seguridad. Estos dos campamentos dan un sentido adicional al nombre del lugar, Mahanaim.

Génesis 32:3. — “Jacob envió mensajeros delante de sí a Esaú su hermano”

Se introduce una enseñanza doctrinal de gran profundidad al declarar que “Jacob envió mensajeros delante de sí a Esaú su hermano”, pues muestra el delicado equilibrio entre la fe en la protección divina y la responsabilidad humana de actuar con sabiduría. Aunque Jacob acaba de recibir la confirmación de que el campamento de Dios lo rodea, no interpreta esa seguridad como una excusa para la pasividad o la imprudencia; por el contrario, actúa con previsión, humildad y reconciliación. Doctrinalmente, este versículo enseña que la fe verdadera no elimina la acción, sino que la guía: Jacob confía en Dios, pero también toma medidas concretas para enfrentar un pasado no resuelto. Al enviar mensajeros, reconoce su vulnerabilidad, acepta las consecuencias de decisiones anteriores y busca preparar el camino para la paz. Este acto revela un corazón que ha madurado espiritualmente, pues ya no huye como antes, sino que avanza con responsabilidad moral y deseo de restaurar relaciones rotas. Así, Génesis 32:3 afirma que caminar con Dios implica tanto depender del cielo como hacer nuestra parte en la tierra; la presencia de ángeles no sustituye el deber humano, sino que fortalece al creyente para enfrentar con valentía y rectitud los encuentros decisivos de la vida.

“Que el conflicto inminente pesaba mucho en la mente de Jacob parece indudable, pues inmediatamente después de su encuentro con los ángeles, Jacob envió mensajeros al territorio de Esaú con la esperanza de preparar el terreno para una reunión pacífica con su hermano (véase Gén. 32:3–5). Los mensajeros regresaron con noticias profundamente inquietantes: Esaú venía a su encuentro con cuatrocientos hombres. Jacob tuvo gran temor y dividió su compañía en dos grupos, con la intención de preservar al menos parte de su familia si Esaú atacaba (véase Gén. 32:6–8)”. (Andrew C. Skinner, “Jacob: Keeper of Covenants,” Ensign, marzo de 1998, p. 54)

Génesis 32:6–7. — “Fuimos a tu hermano Esaú… y viene a recibirte, y cuatrocientos hombres con él”

Se revela con sobria fuerza doctrinal la reacción humana ante una amenaza real, aun cuando se ha recibido confirmación divina, pues al saber Jacob que Esaú viene a su encuentro con cuatrocientos hombres, “tuvo gran temor y se angustió”. Este pasaje enseña que la fe no anula automáticamente el miedo, sino que lo confronta y lo redefine. Jacob no duda de la realidad espiritual que acaba de presenciar en Mahanaim, pero tampoco ignora la gravedad de la situación terrenal; su temor no es incredulidad, sino conciencia del peligro. Doctrinalmente, estos versículos muestran que el pueblo del convenio puede experimentar ansiedad legítima sin perder el favor de Dios, y que el crecimiento espiritual ocurre precisamente en esa tensión entre la promesa divina y la amenaza visible. La división del campamento que sigue refleja prudencia nacida del temor, pero también una mente que busca preservar vida y esperanza aun en el peor escenario. Así, Génesis 32:6–7 enseña que el camino del discipulado no consiste en la ausencia de angustia, sino en aprender a responder a ella con dependencia de Dios, preparación responsable y un corazón dispuesto a ser transformado; el miedo se convierte entonces en el umbral que conduce a la oración profunda, a la humildad y, finalmente, al encuentro redentor que Dios está preparando.

El primer grupo de mensajeros no llevó regalos, solo la noticia de la identidad de Jacob. ¿Hablaron realmente con Esaú o regresaron de inmediato al enterarse de quién era la comitiva? Josefo afirma que “estos mensajeros le dieron ese mensaje; ante lo cual Esaú se alegró mucho”. (Josephus, Antigüedades de los judíos, libro I, 20:1)

Al parecer, la alegría de Esaú no fue evidente para los mensajeros, pues regresaron con un informe que llenó de temor a su señor.

“Probablemente pareció una crisis vital de proporciones abrumadoras en la mente de Jacob. Temía que su familia enfrentara la aniquilación. Igual de importante, las promesas de Dios estaban a prueba; quizá por un momento parecieron palabras vacías y frases huecas. Pero esta crisis preparó el escenario para dos acontecimientos que confirmarían para siempre el curso del futuro de Jacob. Primero, suplicó fervientemente a Dios por protección; segundo, luchó esa noche por una bendición desesperadamente necesaria de la mano de la Deidad (véanse Gén. 32:9–12, 24–30)”. (Andrew C. Skinner, “Jacob: Keeper of Covenants,” Ensign, marzo de 1998, p. 54)

Génesis 32:10. — “No soy digno de la menor de todas las misericordias”

Se expresa uno de los momentos doctrinalmente más reveladores en la vida espiritual de Jacob, cuando declara: “No soy digno de la menor de todas las misericordias”, frase que marca el punto de inflexión entre la autosuficiencia del pasado y la humildad del verdadero discípulo. Aquí Jacob no negocia con Dios ni apela a su astucia, como lo había hecho en etapas anteriores, sino que se reconoce completamente dependiente de la gracia divina; su oración nace de la memoria agradecida, al contrastar su salida solitaria con el retorno acompañado y bendecido. Doctrinalmente, esta confesión enseña que el reconocimiento de la indignidad no es autodesprecio, sino una comprensión correcta de la relación entre la misericordia de Dios y la fragilidad humana. Jacob entiende que las bendiciones no son logros personales, sino expresiones de la fidelidad del Señor al convenio, a pesar de las debilidades del receptor. Esta humildad prepara su alma para la experiencia transformadora que vendrá después, pues solo quien reconoce que todo bien proviene de Dios está listo para ser cambiado por Él. Así, Génesis 32:10 afirma que la verdadera fortaleza espiritual comienza cuando el corazón se inclina en gratitud y dependencia, reconociendo que incluso la “menor” misericordia divina supera con creces cualquier mérito humano.

“No soy digno de la menor de todas las misericordias”, clama Jacob. Y, sin embargo, ¿a quién se le han concedido mayores misericordias que a Jacob? ¿A quién se le han dado promesas más grandes? ¿A quién ha prometido el Señor una posteridad más numerosa que a Jacob, cuyo nombre llevarían? La grandeza se manifiesta en la humildad de los profetas y apóstoles. Pablo admitió ser “el más pequeño de los apóstoles” (1 Cor. 15:9), pero difícilmente pensamos en Pablo como el menor de los apóstoles; del mismo modo, no debemos pensar que Jacob fuera indigno de las misericordias y la verdad del Señor.

Spencer W. Kimball. ¿Cómo se llega a ser humilde? Para mí, uno debe ser recordado constantemente de su dependencia. ¿Dependiente de quién? Del Señor. ¿Cómo recordarse a uno mismo? Mediante una oración real, constante, reverente y agradecida. …

Cuando una persona se vuelve consciente de su gran humildad, ya la ha perdido. Cuando empieza a jactarse de su humildad, esta ya se ha convertido en orgullo—la antítesis de la humildad. (The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. por Edward L. Kimball [Salt Lake City: Bookcraft, 1982], p. 233)

Génesis 32:11. — “Líbrame ahora de la mano de mi hermano”

Se encapsula el clímax espiritual de la oración de Jacob cuando suplica: “Líbrame ahora de la mano de mi hermano”, una petición que revela una fe depurada por la experiencia, la humildad y el temor reverente. Jacob no pide la destrucción de Esaú ni la eliminación del problema, sino liberación, reconociendo que el verdadero peligro no es solo externo, sino también el peso de su propia historia, culpa y vulnerabilidad. Doctrinalmente, esta súplica enseña que la oración sincera nace cuando el ser humano llega al límite de sus recursos y deposita su confianza total en Dios, sin reservas ni estrategias ocultas. Jacob se presenta ante el Señor como alguien consciente de su debilidad y del poder ajeno, y por ello apela a la misericordia divina como su única defensa real. Esta frase muestra que la fe madura no se manifiesta en la ausencia de temor, sino en acudir a Dios precisamente con ese temor, transformándolo en dependencia sagrada. Así, Génesis 32:11 enseña que la liberación que Dios concede no siempre consiste en evitar el encuentro, sino en preparar el corazón para enfrentarlo con fe, obediencia y transformación interior, confiando en que el Señor puede convertir una amenaza temida en un medio de redención y reconciliación.

Aunque nos sintamos indignos, debemos seguir el ejemplo de Jacob al clamar al Señor por liberación. Dios es todopoderoso; si nuestra causa es justa, Él responderá nuestras oraciones y nos librará de nuestros enemigos. Ese ha sido el modelo de Israel desde el mismo día en que se le dio el nombre. Es el modelo para los hijos de Israel que son herederos de las mismas bendiciones que los padres.

“No sabemos cuánto tiempo oró Jacob aquel día junto al río Jaboc, pero ciertamente su oración fue intensa. En ella reconoció la bondad del Señor así como su propia y sentida indignidad. Suplicó ser librado de la catástrofe inminente, recordándole a Dios que Él había mandado a Jacob salir de Padán-aram y que también le había prometido que su posteridad sería tan innumerable como la arena del mar. ¿Cómo podría cumplirse esa promesa si Jacob y su familia eran aniquilados?” (Andrew C. Skinner, “Jacob: Keeper of Covenants,” Ensign*, marzo de 1998, p. 54)*

Joseph Smith. (hablando de su tiempo en la cárcel de Liberty). No obstante que toda vía de escape parecía estar completamente cerrada, y la muerte me miraba de frente, y que mi destrucción estaba determinada, en lo que al hombre concernía, sin embargo, desde mi primera entrada en el campamento sentí la seguridad de que yo, con mis hermanos y nuestras familias, seríamos librados. Sí, esa voz apacible y delicada, que tantas veces ha susurrado consuelo a mi alma en las profundidades del dolor y la angustia, me mandó tener buen ánimo y prometió liberación, lo cual me dio gran consuelo. Y aunque los gentiles se enfurecieron y los pueblos imaginaron cosas vanas, con todo, Jehová de los ejércitos, el Dios de Jacob, fue mi refugio; y cuando clamé a Él en el día de mi angustia, me libró; por lo cual invoco a mi alma, y a todo lo que hay dentro de mí, a bendecir y alabar Su santo nombre. Porque aunque estaba “atribulado en todo, mas no angustiado; en apuros, mas no desesperado; perseguido, mas no desamparado; derribado, pero no destruido” [véase 2 Corintios 4:8–9]. (History of the Church, 3:329)

Génesis 32:13–18. — “Un presente para Esaú su hermano”

Al describir “un presente para Esaú su hermano”, enseña doctrinalmente que la verdadera fe se expresa en actos concretos de reparación y reconciliación. Jacob, habiendo orado por liberación, actúa ahora con humildad práctica: prepara un regalo abundante, ordenado y deliberado, no como soborno, sino como reconocimiento de una relación dañada que necesita ser sanada. Este gesto revela un corazón transformado, pues el hombre que antes tomaba ahora ofrece; el que se aprovechó de su hermano ahora se coloca en una postura de servicio y restitución. Doctrinalmente, el pasaje afirma que el arrepentimiento auténtico busca restaurar, no solo ser perdonado, y que la gracia de Dios no excluye la responsabilidad de hacer todo lo posible por vivir en paz con los demás. La estructura cuidadosa del presente —en grupos separados— refleja sabiduría, paciencia y respeto por el proceso de ablandar corazones heridos, enseñando que la reconciliación suele ser gradual. Así, Génesis 32:13–18 muestra que Dios obra tanto en el interior del creyente como a través de acciones visibles: la misericordia recibida se convierte en misericordia ofrecida, y el camino hacia la liberación divina pasa, muchas veces, por la humildad de dar, ceder y buscar la paz con sinceridad.

Unos 550 animales son enviados en grupos separados para aplacar a Esaú. Jacob no ha olvidado cómo obtuvo el derecho de primogenitura de Esaú por un plato de lentejas, ni cómo recibió la bendición con la ayuda de su madre, Rebeca (Gén. 25:29–34; 27). La bendición de Isaac sobre Esaú profetizó que serviría a su hermano menor, Jacob (Gén. 27:40). En aquel tiempo, el odio era profundo.

Pero ¿todo hombre tiene un precio, verdad? ¿Qué haría falta para apaciguar a Esaú? Jacob ha estado ausente veinte años y apenas conoce el estado de ánimo de su hermano. Esaú era hombre del campo, así que los rebaños parecían una buena apuesta: cuantos más, mejor. Si no le interesaban las cabras, quizá se entusiasmaría con las ovejas, los camellos o el ganado.

Génesis 32:24. — “Jacob se quedó solo”

Se señala un momento doctrinal decisivo en el que la soledad se convierte en el umbral de la transformación espiritual. Después de haber hecho todo lo humanamente posible —planificar, dividir campamentos, orar, enviar presentes— Jacob queda despojado de apoyos externos; no hay familia, siervos ni estrategias, solo él ante Dios. Doctrinalmente, esta soledad no es abandono, sino preparación: el Señor suele llevar al creyente a un espacio de silencio interior donde caen las máscaras, cesan los recursos propios y el corazón queda expuesto. Allí, lejos de la multitud y de la autosuficiencia, Jacob enfrenta no solo a un mensajero divino, sino a su propia identidad pasada. Este versículo enseña que los encuentros más sagrados ocurren cuando el alma está sola ante Dios, pues solo entonces puede ser confrontada, quebrantada y rehecha. Así, “Jacob se quedó solo” afirma una verdad profunda del discipulado: antes de recibir un nuevo nombre, una nueva fuerza y una nueva relación con Dios, el creyente debe pasar por la soledad que purifica, donde deja de apoyarse en lo que tiene y aprende a depender únicamente de Aquel que lo transforma.

Jacob se quedó atrás con un propósito: suplicar al Señor. Quería estar a solas para meditar y orar. Necesitaba al Señor y necesitaba privacidad.

El registro abreviado que ha llegado hasta nosotros guarda silencio sobre lo ocurrido aquella noche. Sabemos más acerca de la lucha de Jacob con el ángel que acerca de su lucha con el Señor. Sin duda, si tuviéramos el registro completo, encontraríamos que Jacob tuvo una experiencia semejante a la de Libro de Enós. Podemos imaginarnos a Jacob diciendo: “Os diré de la lucha que tuve delante de Dios… mi alma tenía hambre; y me arrodillé delante de mi Hacedor y clamé a Él en poderosa oración y súplica por mi propia alma” (Enós 1:2, 4).

¿Cómo sabemos que Jacob se comunicó con Dios y no solo con un ángel? ¿Cómo llamó Jacob a aquel lugar? ¿No fue Peniel, “porque vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma” (v. 30)?

Al igual que Enós, Jacob pasó la noche buscando liberación del Señor. Al parecer vio al Señor “cara a cara” y recibió directamente de Él la promesa de que su vida sería preservada; sin embargo, el relato abreviado que poseemos pone el énfasis en la lucha posterior con el ángel. No sería la última vez que los escribas responsables del Génesis omitieran cosas claras y preciosas. Nephi vio que después de que los apóstoles registraron el evangelio del Cordero, “muchas cosas claras y preciosas” fueron quitadas del libro (1 Nefi 13:28). La misma pérdida trágica ocurrió también en el registro del Antiguo Testamento.

Josephus escribió su historia entre los años 60 y 75 d.C., y su versión del relato menciona únicamente la lucha con el ángel. ¿Habría sido demasiado difícil para los escribas creer que Jacob vio a Dios, que conoció a Jehová de manera personal?

Spencer W. Kimball (hablando de su llamamiento al Apostolado, doce semanas antes de ser sostenido)

Durante aquellos largos días y semanas hice mucho pensar y orar, y ayunar y orar. Había pensamientos encontrados que se agolpaban en mi mente—voces que parecían decir: “No puedes hacer la obra. No eres digno. No tienes la capacidad”—y finalmente siempre llegaba el pensamiento triunfante: “Debes hacer la obra que se te ha asignado; debes hacerte capaz, digno y calificado”. Y la batalla continuaba.

“Recuerdo haber leído que Jacob luchó toda la noche, “hasta rayar el alba” (Gén. 32:24), por una bendición; y quiero decirles que durante ochenta y cinco noches yo pasé por esa experiencia, luchando por una bendición. Ochenta y cinco veces, el amanecer me encontró de rodillas, orando al Señor para que me ayudara, me fortaleciera y me hiciera igual a la gran responsabilidad que había venido sobre mí. No he buscado cargos ni he sido ambicioso. Los llamamientos han llegado más rápido de lo que sentí que estaba preparado para recibirlos”. (“The Resolve of Obedience,” Ensign*, diciembre de 1985, p. 32)*

Génesis 32:24. — “Y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba”

Se revela doctrinalmente que la transformación espiritual profunda no ocurre sin lucha, persistencia y confrontación interior. Esta lucha no es meramente física, sino simbólica y sagrada: Jacob enfrenta a un mensajero divino que encarna el proceso mediante el cual Dios forma y redefine a Sus escogidos. Doctrinalmente, el pasaje enseña que el Señor permite —y a veces provoca— momentos de intensa tensión espiritual en los que el creyente debe aferrarse con toda el alma, no para vencer a Dios, sino para ser vencido por Él. El hecho de que la lucha se prolongue “hasta que rayaba el alba” simboliza el paso de la oscuridad a la luz, del pasado al futuro, del hombre viejo al hombre nuevo. Jacob no huye, no negocia y no suelta, mostrando que la fe madura persevera aun cuando duele y no entiende plenamente. Así, este versículo afirma que las mayores bendiciones nacen de los combates espirituales más arduos: es en la lucha sostenida con Dios —en la oración, en la obediencia, en la rendición— donde el carácter es refinado y el alma es preparada para recibir un nuevo nombre, una nueva identidad y una relación más profunda con el Señor.

Desde el campamento de ángeles, el ejército de Dios (vv. 1–2), vino un mensajero divino a Jacob. Fue un mensajero mortal, no un ángel espiritual. El término ángel debe entenderse aquí como mensajero mortal de Dios. Un mortal no puede luchar con un espíritu, así como no puede golpear a un fantasma (véase D. y C. 129:3–8). Teóricamente, un mortal podría luchar con un ser resucitado, pero no había ángeles resucitados en los días de Jacob, siendo Cristo las primicias de la resurrección.
¿Podemos imaginarnos a Joseph Smith luchando con el ángel Moroni? Sería un combate interesante, pero yo apostaría por Moroni.

Joseph Fielding Smith ofreció la siguiente explicación: “¿Quién luchó con Jacob en el monte Peniel? Las Escrituras dicen que fue un hombre. Los intérpretes de la Biblia dicen que fue un ángel. Lo más probable es que fuera un mensajero enviado a Jacob para darle la bendición. Pensar que luchó y retuvo a un ángel que no podía escapar es algo fuera de toda consideración. El término ángel, tal como se usa en las Escrituras, a veces se refiere a mensajeros enviados con alguna instrucción importante. Más adelante en este capítulo, cuando Jacob dijo que había visto al Señor, eso no se refería a su lucha”.

En Jaboc, Jacob fue llevado al límite de su fe y de su entendimiento. Se halló, en sentido figurado, en el mismo lugar en que su abuelo Abraham se había encontrado cuando Dios le pidió la vida de Isaac, y Abraham no podía ver cómo se cumplirían las promesas del convenio (específicamente la promesa de una posteridad numerosa). Abraham obedeció frente a una prueba que lo sacudió hasta lo más profundo de su ser. Jacob, de manera semejante, fue obediente frente a su propia prueba, pero deseó una bendición del ser con quien hablaba: una bendición que fortaleciera su fe y guiara el curso de su vida. Necesitaba y deseaba luz y conocimiento.

A pesar de su íntimo contacto con la Deidad y de su experiencia tipo templo veinte años antes, la amenaza que representaba Esaú parecía presentar un dilema irresoluble: ¿cómo podría continuar el convenio si los portadores del convenio eran destruidos? Así que, con fe, Jacob suplicó y luchó toda la noche con un ser divino para obtener la bendición que necesitaba.

Hombres y mujeres en toda dispensación han tenido que luchar en algún momento de su vida por bendiciones deseadas, por mayor verdad y mayor luz de Dios. El presidente Brigham Young enseñó que todos nosotros estamos situados “en el mismo terreno”, en el sentido de que debemos “luchar, forcejear y esforzarnos hasta que el Señor rompa el velo y nos permita contemplar Su gloria, o una porción de ella”. Así fue con Jacob en aquella noche solitaria cerca del río Jaboc, cuando comenzó a luchar con un visitante divino por una bendición—una bendición que rompería el velo y derramaría sobre él mayor luz y gloria de Dios.

La tenacidad espiritual de Jacob y su gran resistencia física produjeron el resultado deseado. Quizá, como muchos de nosotros que luchamos día a día con nuestros propios desafíos para calificar para las bendiciones del Señor, al final recibió mucho más de lo que esperaba. Fue recompensado con una investidura de poder que apenas alcanzamos a vislumbrar en el relato bíblico (véase D. y C. 132:37; 133:55; 138:41). Su visitante declaró:

“No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque como príncipe has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido” (Gén. 32:28).

Esta gran investidura vino conforme al principio descrito en Ether 12:6: “Porque no recibís ningún testimonio sino después de la prueba de vuestra fe”. (Andrew C. Skinner, “Jacob: Keeper of Covenants,” Ensign*, marzo de 1998, pp. 54–56)*

Génesis 32:25. — “Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó el encaje de su muslo”

Se encierra una profunda enseñanza doctrinal sobre la naturaleza de la verdadera fortaleza espiritual y el modo en que Dios transforma a Sus hijos. El texto no sugiere incapacidad divina, sino una pedagogía celestial: el Señor permite que Jacob ejerza toda su determinación, y luego, con un solo toque, le muestra cuán limitada es la fuerza humana frente al poder de Dios. Al herir el encaje del muslo, Dios quebranta el punto de apoyo natural de Jacob, enseñándole que la victoria espiritual no proviene de la autosuficiencia, sino de la dependencia humilde. Doctrinalmente, este momento revela que Dios no siempre termina la lucha con destrucción, sino con refinamiento; hiere para sanar, debilita para fortalecer, y marca para recordar. Desde ese instante, Jacob ya no puede confiar plenamente en su fuerza física, sino que debe apoyarse en Dios, y esa herida se convierte en un sello permanente de su encuentro con lo divino. Así, Génesis 32:25 enseña que las experiencias más transformadoras con el Señor suelen dejar una marca duradera: no para humillar, sino para recordar al creyente que el verdadero poder se manifiesta cuando el orgullo es tocado, la autosuficiencia es quebrada y el alma aprende a caminar sostenida por la gracia de Dios.

El lenguaje sugiere que la articulación de la cadera de Jacob fue dislocada. Una lesión así sería tan dolorosa que cualquier luchador se rendiría. Algunas traducciones judías parecen más precisas:

“Cuando él [el ángel] vio que no había prevalecido contra él, le torció la cadera en su encaje, de modo que la articulación de su cadera quedó lesionada”. (The Torah: A Modern Commentary, Plaut, ed., p. 218; cursivas añadidas)

Si Jacob hubiera sufrido un esguince o distensión, todavía habría podido luchar a pesar del dolor. Si hubiera sido una dislocación completa, no habría podido caminar al día siguiente, como se registra en el versículo 31.

Génesis 32:26. — “No te dejaré, si no me bendices”

Se expresa doctrinalmente el punto culminante de la fe perseverante de Jacob, donde la debilidad física se transforma en una fuerza espiritual inquebrantable. Herido y cojo, Jacob ya no lucha para imponerse, sino para aferrarse; su persistencia no nace del orgullo, sino de una fe purificada que reconoce que solo Dios puede otorgar la bendición que su alma necesita. Doctrinalmente, esta declaración enseña que la verdadera fe no consiste en resistirse a Dios, sino en no soltarlo, aun cuando la respuesta tarda y el costo es alto. Jacob entiende que la bendición divina no es automática ni superficial, sino fruto de una relación sostenida, de una oración que persevera y de un corazón dispuesto a ser cambiado. Al decir “no te dejaré”, Jacob manifiesta una dependencia absoluta, y al decir “si no me bendices”, confiesa que la bendición vale más que el alivio inmediato o la retirada del dolor. Así, Génesis 32:26 afirma que las bendiciones más profundas del cielo llegan a quienes, en su quebrantamiento, se aferran al Señor con fe constante, dispuestos a permanecer en Su presencia hasta que Él complete Su obra transformadora en el alma.

La lucha es una metáfora brillante de la contienda espiritual que Jacob acababa de tener con el Señor. La lucha espiritual probablemente ocupó la mayor parte de la noche, pero el combate físico que siguió fue igualmente intenso. Luchando en el Espíritu, Jacob no cedió sin la promesa de protección divina; luchando físicamente, no soltó al mensajero. Primero suplicó al Señor una bendición; luego exigió una bendición del ángel.

“Abraham, Isaac y Jacob desearon, buscaron, lucharon y anhelaron la presencia de Dios. Oraron por ella, trabajaron por ella y vivieron para ella…
Como miembros de la Iglesia, somos la simiente de Abraham, Isaac y Jacob, y herederos del convenio abrahámico. ¿Qué es el convenio abrahámico para los justos, si no una candidatura para la exaltación? Al igual que Jacob, convertir esa candidatura en realidad depende de nosotros. Luchemos por las bendiciones que se nos prometen mientras seguimos adorando en los templos del Señor”. (Andrew C. Skinner, “Jacob: Keeper of Covenants,” Ensign*, marzo de 1998, p. 56)*

Génesis 32:28. — “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel”

Se sella doctrinalmente la transformación más profunda de toda la experiencia nocturna junto al vado de Jaboc, pues el cambio de nombre declara un cambio de identidad, de relación y de destino espiritual. Jacob, cuyo nombre estaba ligado a su pasado de astucia, esfuerzo propio y lucha por obtener bendiciones, recibe ahora el nombre Israel, que testifica que su verdadera victoria no proviene de vencer por medios humanos, sino de haber perseverado en la presencia de Dios y haber sido transformado por Él. Doctrinalmente, este acto enseña que cuando una persona se rinde plenamente al Señor, Dios redefine quién es y para qué vive; no borra la historia, pero la redime. El nuevo nombre no elimina la cojera ni las pruebas futuras, pero sí establece una nueva manera de caminar: ya no confiando en la fuerza propia, sino en el poder de Dios. Así, Génesis 32:28 afirma que el convenio con Dios no solo promete bendiciones, sino una identidad renovada; quien persevera con el Señor sale del combate cambiado, marcado y nombrado de nuevo, preparado para enfrentar la vida no como era, sino como Dios lo ha hecho llegar a ser.

“La palabra Israel significa el que prevalece con Dios. El nombre de Jacob fue cambiado a Israel cuando recibió el convenio que había sido conferido a su abuelo Abraham…
En conformidad con el convenio del Señor con Abraham, cuando una persona acepta el evangelio de Jesucristo, llega a ser miembro de la casa de Israel, independientemente de su linaje literal, porque se convierte en heredero de las bendiciones del convenio…
Por lo tanto, Israel es el nombre y la herencia confirmados sobre todos los que aceptan los convenios del evangelio… y los que los obedecen continuarán como miembros de la casa de Israel en la eternidad, reinando para siempre como reyes y sacerdotes sobre su posteridad”. (Robert J. Matthews, “Our Covenants with the Lord,” Ensign*, diciembre de 1980, p. 38)*

Génesis 32:31. — “Y le salió el sol al pasar por Peniel, y cojeaba de su cadera”

Se ofrece un cierre doctrinal profundamente simbólico a la experiencia de Jacob, mostrando que toda verdadera transformación espiritual culmina con luz, aun cuando deja huellas permanentes. El amanecer indica que la noche de lucha ha terminado y que Dios ha cumplido Su obra: Jacob emerge a la luz como Israel, no intacto, sino cambiado. Doctrinalmente, este versículo enseña que el encuentro real con Dios no siempre restaura inmediatamente la fuerza física o elimina las consecuencias, pero sí trae claridad, dirección y una nueva identidad. El sol que sale al pasar por Peniel simboliza la aprobación divina y el inicio de una nueva etapa del convenio; la cojera, en cambio, se convierte en un recordatorio sagrado de dependencia continua. Jacob ya no camina como antes, pero ahora camina con Dios, y esa limitación es precisamente lo que lo mantiene humilde y consciente de la gracia recibida. Así, Génesis 32:31 afirma que las experiencias más santificadoras no nos devuelven a la normalidad, sino que nos llevan a una nueva manera de vivir: iluminados por la presencia de Dios, fortalecidos en el espíritu y marcados para siempre por haber visto Su rostro y haber sido transformados por Él.

Cuando Jacob envió a su familia al otro lado del río la noche anterior, todo era oscuridad. Temía que sus rebaños, sus siervos y su familia fueran destruidos. Ahora, su cadera le duele tanto que apenas puede caminar. Recordemos su plan original: dividir la compañía en dos grupos; así, si Esaú atacaba a uno, el otro podría huir rápidamente. Pues bien, Jacob ya no puede correr.

Aunque esa realidad debería haberle helado la sangre, el sol salió sobre Jacob con todo el calor y la seguridad que acompañan a quien está protegido por Dios. La lesión eliminó cualquier posibilidad de escape rápido, pero también le obligó a confiar completamente en el Señor. No podía huir, pero ya no importaba: tenía al Señor de su lado.

Esta es una lección poderosa para todos nosotros, especialmente para los orgullosos y autosuficientes. Con frecuencia descubrimos que, cuando el Señor realmente nos pone a prueba, nos quita toda fortaleza propia para que aprendamos a depender de Él. La dependencia total del Señor suele ser una de las últimas lecciones que aprenden aun los santos más justos.

Génesis 32:32. — “Por esto los hijos de Israel no comen hasta hoy el nervio que se encogió, que está en el encaje del muslo”

Se enseña doctrinalmente cómo una experiencia personal con Dios puede convertirse en una memoria colectiva que moldea identidad, conducta y adoración. La práctica recordatoria no glorifica la herida en sí, sino el encuentro sagrado que la produjo: un pueblo aprende a vivir con memoria reverente de la noche en que su padre espiritual fue transformado por Dios. Doctrinalmente, este versículo afirma que el Señor permite que las marcas de Sus tratos permanezcan como señales pedagógicas, para que las generaciones recuerden que la bendición del convenio se recibe mediante humildad, perseverancia y dependencia divina. Al abstenerse de ese nervio, Israel confiesa en actos cotidianos que su fortaleza no proviene de la autosuficiencia, sino de la gracia; que caminar con Dios implica reconocer límites y honrar la transformación que Él opera. Así, Génesis 32:32 muestra que la fe verdadera no se limita a experiencias privadas, sino que se encarna en prácticas que enseñan, preservan memoria espiritual y transmiten, de generación en generación, la verdad de que el pueblo de Dios vive marcado —no por derrota— sino por haber sido tocado, cambiado y sostenido por Él.

El escriba que registra este relato vivía alrededor del 1000 a. C. Conocía la costumbre hebrea de no comer la carne del muslo interior, y para él esa era la importancia principal de esta historia. Ha omitido la lucha espiritual, tan crucial para Jacob. Se pierde por completo la idea de que la lesión deja a Jacob totalmente dependiente de la misericordia de su hermano y de la protección del Señor. También omite los detalles acerca de Jacob viendo al Señor cara a cara, y se conforma con esta pieza de anécdota histórica.

Los Santos de los Últimos Días estamos acostumbrados al comentario profundo de Nefi, Mormón y Moroni. En gran parte del Antiguo Testamento, ese nivel de comentario no está presente.