Génesis

Génesis 34


Génesis 34:1. — “Diná, la hija de Lea”

Se introduce doctrinalmente un relato doloroso que comienza recordando identidad, pertenencia y dignidad antes de describir la tragedia, enseñando que Dios nunca pierde de vista a la persona aun cuando el relato bíblico expone el pecado y sus consecuencias. Al nombrarla como hija de Lea, el texto subraya que Diná no es un personaje incidental, sino una hija del convenio, miembro pleno de la familia de Jacob, con valor intrínseco ante Dios. Doctrinalmente, este versículo prepara al lector para comprender que lo que sigue no es solo un conflicto cultural o familiar, sino una afrenta que hiere a una hija del pueblo del Señor, recordándonos que Dios se interesa profundamente por las víctimas y no justifica la violencia ni el abuso. La mención explícita de su linaje también enseña que las decisiones de una generación afectan a la siguiente, y que el pueblo del convenio no está exento de dolor en un mundo caído. Así, Génesis 34:1 establece una verdad esencial: antes de cualquier juicio, reacción o consecuencia, Dios afirma la identidad y dignidad de Sus hijos, y Su mirada se posa con especial cuidado sobre quienes son vulnerables, invisibilizados o heridos en medio de la historia humana.

“Este es un relato antiguo, oscuro y turbulento, en el que el bien y el mal se entremezclan de manera extraña. Hay el patetismo de la traición sufrida por una joven, la pasión desbordada de un joven que no era corrupto de corazón, y la feroz venganza desatada sin freno alguno. Es la vida en estado bruto, tal como se vivía en una sociedad primitiva; y, sin embargo, sus emociones esenciales son comunes a los seres humanos en toda época.

“Diná, hija de Jacob, sale a ver a las hijas del país—la inocente iniciativa de una joven que desea encontrar amigas. A ella le sobrevino la tragedia que ha llegado a algunas mujeres en toda edad y lugar—la tragedia que Thomas Hardy hizo intemporal en Tess of the d’Urbervilles. Un joven la ve, la codicia y la viola. Sin embargo, lo que él sentía y lo que hizo no fueron completamente malvados. El afecto que Siquem sintió por Diná no fue trivial. De la intensidad con que la amó se escribió que su alma se apegó a ella. Suplicó a su padre, Hamor, que la obtuviera para él como esposa”. (The Interpreter’s Bible, ed. por G. A. Buttrick et al. [Nueva York: Abingdon Press, 1952], vol. 1, p. 516)

Génesis 34:2. — Siquem, hijo de Hamor heveo

Se introduce doctrinalmente la responsabilidad moral individual dentro de un contexto cultural y familiar, subrayando que el poder, la posición o el linaje nunca excusan el pecado. Al nombrar a Siquem y a su padre Hamor, el texto fija con claridad la autoría de la transgresión y rechaza cualquier intento de diluir la culpa en circunstancias sociales. Doctrinalmente, este versículo enseña que la agencia humana es real y que Dios juzga los actos conforme a la rectitud, no al estatus; también prepara el terreno para mostrar cómo una falta grave puede desencadenar consecuencias amplias que afectan a familias y comunidades enteras. Al mismo tiempo, la Escritura no normaliza ni justifica la violencia: al nombrar al agresor, protege la dignidad de la víctima y afirma que el mal debe ser llamado por su nombre. Así, Génesis 34:2 recuerda que el pueblo del convenio vive en un mundo caído donde existen abusos de poder, y que la justicia divina exige verdad, responsabilidad y un trato sagrado hacia la dignidad de cada persona.

Cuando Jacob llegó a Salém para establecerse, necesitaba una gran extensión de tierra. Fue de Hamor, el padre de Siquem, de quien compró el terreno por cien “piezas de dinero” (Gén. 33:19). Al igual que su padre Isaac, la inclinación natural de Jacob era evitar el conflicto a toda costa, llevarse bien con sus vecinos y conservar la paz. Hamor, con quien había realizado esta transacción, tenía un hijo que deshonraría a su hija. Eso, sin duda, tensó la relación.

Génesis 34:2. — Siquem… la tomó, y se acostó con ella, y la deshonró

Se presenta con sobriedad una verdad doctrinal esencial: Dios nombra el pecado como pecado y nunca lo disfraza de afecto, costumbre cultural o poder social. El texto atribuye la acción y la culpa a Siquem, afirmando la agencia moral y dejando claro que la violencia y la humillación contradicen el orden divino del convenio y la dignidad humana. Doctrinalmente, este versículo enseña que la intimidad es sagrada y requiere consentimiento, respeto y responsabilidad; cuando estos se violan, no solo se hiere a una persona, sino que se quebranta la justicia y se desordena la comunidad. La Escritura no describe para satisfacer curiosidad, sino para dar testimonio moral: la deshonra no recae sobre la víctima, sino sobre el acto injusto que la vulnera. Así, Génesis 34:2 afirma que el Señor se alinea con la verdad y la protección de los vulnerables, llama al mal por su nombre y prepara el camino para exigir responsabilidad, justicia y sanación, recordando que ningún estatus, deseo o emoción puede legitimar la transgresión contra la dignidad que Dios ha otorgado a Sus hijos.

La traducción hebrea indica que Siquem se acostó con ella por la fuerza. Literalmente: “se acostó con ella y la forzó”. Tal ofensa traía culpa sobre toda la comunidad del agresor (Gén. 20:9; Deut. 24:4). Conforme a la ley de Deuteronomio 22:28–29, si un hombre violaba a una doncella, debía casarse con ella y tenía prohibido divorciarse jamás; además, el padre de la joven debía recibir una compensación.
(The Torah: A Modern Commentary, ed. por W. Gunther Plaut [Nueva York: The Union of American Hebrew Congregations, 1981], 226)

Génesis 34:5. — “Jacob guardó silencio”

Se encierra una enseñanza doctrinal compleja sobre el discernimiento, la carga del liderazgo y los límites del silencio ante el mal. El silencio de Jacob no es indiferencia ni aprobación, sino una pausa tensa nacida del dolor, la prudencia y la conciencia de que una reacción precipitada podía agravar una herida ya profunda. Doctrinalmente, este versículo enseña que el silencio puede ser un espacio de contención y reflexión cuando el corazón está herido y las decisiones tendrán consecuencias duraderas para otros; sin embargo, también anticipa el peligro de que el silencio se prolongue más allá de lo sabio. Jacob espera a sus hijos, reconociendo la dimensión familiar y comunitaria del agravio, pero el relato bíblico deja entrever que el liderazgo espiritual requiere no solo paciencia, sino también una voz clara en defensa de la justicia y la dignidad. Así, Génesis 34:5 afirma que el pueblo del convenio debe aprender a discernir cuándo callar para buscar sabiduría y cuándo hablar para proteger a los vulnerables, recordándonos que el silencio puede ser un umbral hacia la acción justa, pero nunca un refugio permanente frente a la injusticia.

Jacob sabe que su hija ha sido deshonrada—forzada, violada, como se le quiera llamar. Ahora, los responsables vienen a presentarse ante él. Una vez más, se encuentra cara a cara con Hamor y con Siquem. Tal vez así era como los heveos tomaban mujeres, pero no así en la familia de Jacob. ¿Cómo te sentirías tú? ¿Podrías contener tu ira? ¿Mantener la compostura? ¿Podrías “guardar silencio” en tales circunstancias?

Muchos hombres habrían reaccionado de manera impulsiva. Algunos los habrían matado en el acto. Otros habrían iniciado una disputa violenta. Jacob, sin embargo, guardó silencio. Tal vez reprimió su ira el tiempo suficiente como para considerar una relación con Hamor y Siquem como una oportunidad misional. Aunque el registro afirma que la idea de la circuncisión provino de sus hijos, es probable que Jacob la aprobara. La diferencia es que Jacob era recto, con intenciones puras y motivos genuinos, mientras que sus hijos actuaron con engaño. Jacob pudo haber esperado que una relación con el pueblo de Siquem fuera una oportunidad para difundir el evangelio. Si Hamor podía convertirse, habría esperanza de que Diná—aunque deshonrada por un no creyente—pudiera casarse con un hombre del convenio. Su dominio propio en este relato es verdaderamente notable.

Gordon B. Hinckley. “Un temperamento violento es algo tan terrible y corrosivo. Y la tragedia es que no logra ningún bien; solo alimenta el mal con resentimiento, rebelión y dolor. A todo hombre o joven que me escuche y que tenga dificultad para controlar su lengua, le sugiero que suplique al Señor la fortaleza para vencer su debilidad, que pida disculpas a quienes haya ofendido y que movilice dentro de sí el poder para disciplinar su lengua.

…Hay demasiado conflicto en nuestros hogares. Hay demasiada ira, esa cosa corrosiva y terrible llamada enojo. Hago un ruego a ustedes, hombres del sacerdocio: controlen su lengua. Salgan por la puerta en lugar de gritar. Domínense”. (Teachings of Gordon B. Hinckley [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1997], 25)

Génesis 34:7. — “Una infamia en Israel”

Se enuncia doctrinalmente que el pecado sexual y la violencia contra la dignidad humana no son solo ofensas privadas, sino afrentas públicas que hieren el alma del pueblo del convenio. Al calificar el acto como “infamia”, la Escritura establece un juicio moral inequívoco: lo ocurrido contradice el carácter santo que Dios espera de quienes llevan Su nombre y contamina la vida comunitaria. Doctrinalmente, este lenguaje enseña que el mal nunca es neutral ni aislado; cuando se tolera o se gestiona sin justicia, erosiona la identidad espiritual colectiva y distorsiona el testimonio del pueblo ante Dios y ante el mundo. Al mismo tiempo, la expresión protege a la víctima al trasladar la vergüenza del cuerpo herido al acto injusto cometido, afirmando que la deshonra pertenece al pecado, no a quien lo sufrió. Así, Génesis 34:7 afirma que el pueblo del convenio está llamado a una ética elevada donde la santidad incluye proteger a los vulnerables, nombrar el mal con claridad y responder de manera que honre la justicia divina, recordando que la fidelidad a Dios se demuestra tanto en la adoración como en la defensa activa de la dignidad humana.

Cuanto más buscamos anacronismos en el libro de Génesis, más encontramos. Jacob fue renombrado Israel por el Señor (Gén. 32:28). Desde una perspectiva cronológica, la expresión “una infamia en Israel” es interesante. Israel aún no es una nación; es poco probable que los hijos de Jacob usaran el nuevo nombre de su padre, Israel, en un sentido nacional o político.

¿Y qué importa? Es simplemente otro recordatorio de que el autor final de Génesis es algún escriba o sacerdote que vivió siglos después de los acontecimientos descritos. En consecuencia, su comprensión de Abraham, Isaac y Jacob refleja la Ley de Moisés y una visión nacionalista de Israel, más que un entendimiento profundo del evangelio de Abraham y de los convenios asociados con el sacerdocio patriarcal.

Génesis 34:9. — “Emparentad con nosotros; dadnos vuestras hijas, y tomad vosotros las nuestras”

Se revela doctrinalmente el peligro de confundir conciliación con concesión moral. La propuesta, presentada por Hamor en nombre de su casa, busca normalizar una injusticia previa mediante alianzas sociales y matrimoniales, como si la integración pudiera reparar la violación de la dignidad y el quebrantamiento del orden del convenio. Doctrinalmente, este versículo enseña que no toda paz es justa ni toda unión es correcta: el pueblo del convenio no puede resolver el pecado diluyendo sus principios ni intercambiando santidad por aceptación cultural. La oferta de “emparentar” intenta desplazar el centro del conflicto desde la justicia y la responsabilidad hacia la conveniencia y el beneficio mutuo, mostrando cómo el mundo suele proponer arreglos pragmáticos para evitar el arrepentimiento verdadero. Así, Génesis 34:9 afirma que la fidelidad a Dios exige discernimiento moral: la reconciliación auténtica comienza con verdad, responsabilidad y reparación, no con acuerdos que ignoran la gravedad del mal ni con vínculos que comprometen la identidad sagrada del pueblo del Señor.

Ni Abraham ni Isaac querían que sus hijos se casaran con las tribus vecinas (Gén. 24:3; 26:34). Jacob es un pacificador, pero conoce el peligro. Sería un problema que acosaría a sus descendientes durante siglos, lo que llevó al Señor a advertir:

“No emparentarás con ellas; no darás tu hija a su hijo, ni tomarás su hija para tu hijo; porque desviarán a tu hijo de en pos de mí, y servirán a dioses ajenos; y el furor de Jehová se encenderá contra vosotros y te destruirá pronto” (Deut. 7:3–4).

¿Habría permitido Jacob que sus hijos se mezclaran en matrimonio con los heveos? Nunca llegamos a conocer la respuesta, debido a la reacción precipitada de sus hijos vengativos.

Génesis 34:13. — “Respondieron los hijos de Jacob”

Se introduce doctrinalmente una respuesta que nace del dolor, la ira y el deseo de justicia, pero que pronto revelará la peligrosa línea entre defender la dignidad y actuar desde la venganza. Al tomar la palabra los hijos de Jacob, el texto muestra cómo el agravio sufrido por Diná es asumido como una herida familiar y comunitaria, y cómo el celo por el honor puede mezclarse con la astucia y el engaño. Doctrinalmente, este versículo enseña que la indignación ante el mal es comprensible y, en muchos casos, legítima; sin embargo, cuando la respuesta no es guiada por la rectitud ni sometida a la voluntad de Dios, corre el riesgo de reproducir el mismo patrón de injusticia que pretende corregir. La narración prepara al lector para ver que no toda respuesta airada es justicia divina, y que el pueblo del convenio debe aprender a distinguir entre el celo santo y la venganza humana. Así, Génesis 34:13 advierte que incluso una causa justa puede torcerse si se responde sin sabiduría, recordando que la verdadera justicia exige verdad, proporcionalidad y un corazón alineado con los principios de Dios, no solo con la emoción del momento.

“Probablemente encabezados por Simeón y Leví. Los demás pudieron haber asentido en silencio (véase Gén. 34:25)”. (The Torah: A Modern Commentary, ed. por W. Gunther Plaut [Nueva York: The Union of American Hebrew Congregations, 1981], 226)

Génesis 34:19. — “Era el más honorable de toda la casa de su padre”

Se plantea una enseñanza doctrinal penetrante al mostrar que la reputación social y el honor percibido no equivalen necesariamente a rectitud ante Dios. Al describir así a Siquem, el relato expone una paradoja inquietante: alguien considerado “honorable” dentro de su entorno puede, al mismo tiempo, haber cometido una grave injusticia. Doctrinalmente, este versículo enseña que el criterio divino para juzgar la conducta no se basa en prestigio, liderazgo o aprobación cultural, sino en la fidelidad a la ley moral y en el respeto a la dignidad ajena. La mención de su honor intensifica la gravedad del pecado, pues revela cómo el poder y la posición pueden distorsionar la conciencia y facilitar la impunidad cuando no están sometidos a principios eternos. Así, Génesis 34:19 afirma que el pueblo del convenio debe aprender a discernir entre el honor humano y la justicia divina, recordando que Dios no evalúa a las personas por su estatus, sino por la verdad de sus actos y la integridad de su corazón.

Este pasaje se refiere a Siquem. Resulta sorprendente que el registro lo describa como honorable. El que deshonró a Diná no debería ser llamado honorable. El texto parece indicar que su reputación entre su propio pueblo era mayor que la de Hamor o la de cualquier otro de la casa de su padre. En cuanto a su moralidad, quizá fue honorable antes de deshonrar a Diná, pero ciertamente no después. Con todo, no sería el primer hombre honorable que cae a causa de la belleza de una joven.

“Una visión de las Escrituras que espera que cada relato tenga una “moraleja” se ve frustrada por algunas historias de Génesis. Estas a veces parecen presentar personas con poco sentido de moralidad, ¡y mucho menos una moraleja! Las narraciones simples, como las fábulas de Esopo, presentan mensajes simples. Las narraciones bíblicas son más complejas: los fracasos de los héroes quedan a la vista. En las fábulas, los personajes son caricaturescos y su “virtud” se determina con facilidad. En la historia de Diná, por el contrario, Dios está ausente y nadie (excepto Jacob) actúa bien. El capítulo 38 de Génesis, sobre Tamar y Judá, podría titularse “Hombres comportándose mal”, y sin embargo trata del antepasado de la tribu de la cual descienden David y Jesús.

Esto no significa, sin embargo, que las historias bíblicas sean (como sugieren los críticos) inmorales o amorales. Leemos de las personas en estas ricas narraciones como si fueran personas reales. En nuestras respuestas y juicios sobre sus relatos nos capacitamos para juzgar nuestras propias historias”.. (Barry J. Beitzel, ed., Biblica: The Bible Atlas [Australia: Global Book Publishing, 2006], 122)

Génesis 34:22. — “Solo con esta condición consentirán los hombres…”

Se expone doctrinalmente el grave riesgo de instrumentalizar lo sagrado para fines injustos. La “condición” presentada —revestida de lenguaje religioso y de señal del convenio— no nace del arrepentimiento ni de la búsqueda sincera de justicia, sino del cálculo y el engaño, mostrando cómo los símbolos más santos pueden ser vaciados de su propósito cuando se separan de la rectitud del corazón. Doctrinalmente, este versículo enseña que los ritos y señales del convenio no son herramientas negociables ni monedas de intercambio para resolver conflictos morales; su poder reside en la obediencia humilde y en la coherencia ética que los acompaña. Al exigir una condición religiosa sin intención de paz verdadera, el relato denuncia una distorsión peligrosa: cuando la religión se usa para encubrir venganza o ventaja, se profana aquello que debía santificar. Así, Génesis 34:22 advierte que el pueblo del convenio debe guardar con celo la integridad de lo sagrado, recordando que Dios no honra acuerdos logrados mediante el engaño ni acepta que Sus ordenanzas sean empleadas sin justicia, verdad y misericordia.

Imagínate que eres un hombre de esta ciudad. Hamor y Siquem ofrecen un tratado de paz, una unión con la familia de Jacob. Suena bien. Siempre es agradable llevarse bien con los vecinos. Jacob es rico; tiene grandes rebaños, muchos siervos y (probablemente) muchas hijas. ¡Deberíamos comerciar con ellos, emparentar con ellos y llegar a ser un solo pueblo!

Entonces Hamor y Siquem describen los términos del acuerdo: todos los varones de la ciudad deben circuncidarse. Puedes imaginar la reacción: “¡En cuanto a mí y a mi casa, votamos NO!”. Hamor era un hombre influyente. Su hijo Siquem también debió ejercer gran influencia sobre sus conciudadanos; de ahí que se le describa como “el más honorable de toda la casa de su padre” (v. 19). Ciertamente, cualquier hombre capaz de convencer a todos los varones de circuncidarse solo para poder casarse con una mujer de una tribu vecina ejerce una influencia poderosa en la ciudad.

Génesis 34:25. — “Simeón y Leví, hermanos de Diná, tomaron cada uno su espada… y mataron a todos los varones”

Se presenta una advertencia doctrinal severa sobre cómo la indignación justa puede degenerar en violencia injustificable cuando se separa de la guía de Dios. Al nombrar a Simeón y Leví como “hermanos de Diná”, el texto reconoce el impulso protector frente a una afrenta real, pero al mismo tiempo expone el peligro de responder al mal con un mal mayor. Doctrinalmente, este versículo enseña que la justicia divina no se ejecuta mediante engaño ni desproporción, y que el uso de la fuerza sin mandato de Dios profana tanto la causa que pretende defender como los medios sagrados que se invocaron. La Escritura no celebra el acto; lo registra para mostrar sus consecuencias: la violencia indiscriminada rompe la comunión, trae culpa colectiva y siembra divisiones duraderas. Así, Génesis 34:25 afirma que el celo por la dignidad debe ir acompañado de rectitud, verdad y misericordia; cuando el dolor no es llevado ante Dios para ser sanado y dirigido, puede transformarse en venganza que hiere a inocentes y compromete el testimonio del pueblo del convenio.

“Pero lo que hicieron los hermanos, después de la negociación pacífica de su padre con el pueblo de Siquem, fue irrumpir en la ciudad blandiendo espadas. Mataron a todo varón, “y a todos sus niños y a sus mujeres tomaron cautivos” (Génesis 34:29). Esto de ninguna manera restauró el honor de Diná. La violencia fue egoísta y exaltadora del propio yo”.
(Dawn Hall Anderson y Marie Cornwall, eds., Women Steadfast in Christ [Salt Lake City: Deseret Book, 1992], 124)

Abraham, Isaac y Jacob sobresalieron en carácter, moralidad y justicia. Sin embargo, la tendencia no continúa con los hijos de Jacob. La mayoría de los relatos acerca de ellos los presentan bajo una luz desfavorable (con la excepción de José y Benjamín). Simeón y Leví masacran una ciudad vecina; Rubén se acuesta con la concubina de su padre (Gén. 35:22); Judá se acuesta con una ramera que resulta ser su nuera disfrazada (Gén. 38). La Biblia no los describe como hombres dignos de tener sus nombres escritos en las puertas de la ciudad eterna (Apoc. 21:12). Tal vez podamos consolarnos pensando que, si hay salvación para los hijos de Jacob, también puede haber esperanza para nosotros.

“Algunas personas creen que el Antiguo Testamento enseña y demuestra conceptos teológicos y éticos bastante toscos… Existen “malos ejemplos” entre los personajes del Antiguo Testamento simplemente porque siempre ha habido personas y prácticas malas junto a las buenas. Los escritores bíblicos fueron muy francos al describir a las personas y sus obras, buenas y malas.

En algunos casos de actos malvados, los escritores señalaron de inmediato las malas consecuencias de no seguir los caminos del Señor. En otros casos, no se da explicación… El relato de la violencia cometida por Leví y Simeón en Génesis 34:25–31 es un caso en el que las reacciones de las personas responsables no se revelan por completo hasta más adelante. Algunos de los sentimientos de Jacob respecto a sus actos y algunas indicaciones de sus consecuencias eternas se dan muchos capítulos después, en Génesis 49:5–7:

[Simeón y Leví son hermanos; instrumentos de crueldad hay en sus moradas.
En su consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía; porque en su furor mataron hombres, y en su soberbia desjarretaron bueyes.
Maldito su furor, que fue fiero; y su ira, que fue dura: yo los apartaré en Jacob, y los esparciré en Israel.]

Y hay, por supuesto, casos en que los escritores no regresan para relatar los resultados o consecuencias de actos violentos o inmorales. Lamentablemente, algunos lectores han supuesto que ese silencio implica tolerancia. Esa es una suposición equivocada. No hay razón para pensar que la inmoralidad de nadie haya sido jamás aprobada o tolerada por los profetas del Señor. Las leyes contra tales males eran conocidas antes, se enfatizan en los Diez Mandamientos, son reafirmadas por Jesús y reiteradas en la profecía moderna”. (Ellis T. Rasmussen, “The Unchanging Gospel of Two Testaments,” Ensign, oct. de 1973, 24)

Génesis 34:30. — “Me habéis turbado, haciéndome abominable entre los moradores de esta tierra”

Se expresa doctrinalmente la voz del liderazgo herido que reconoce las consecuencias públicas y espirituales de una respuesta violenta mal dirigida. Al hablar Jacob, el texto no minimiza la gravedad del agravio contra Diná, pero confronta la realidad de que la venganza desproporcionada ha comprometido la identidad y el testimonio del pueblo del convenio. Doctrinalmente, este lamento enseña que el pecado no se corrige con otro pecado, y que los medios importan tanto como las intenciones: cuando la justicia se persigue sin rectitud, el resultado es desorden, temor y descrédito ante los demás. Jacob percibe el peligro inmediato y el daño a largo plazo—no solo social, sino espiritual—porque la violencia ha hecho “abominable” al pueblo llamado a reflejar el carácter de Dios. Así, Génesis 34:30 afirma que la fidelidad al Señor exige respuestas que honren Su nombre aun en medio del dolor, recordando que la justicia divina protege la dignidad, preserva la paz y cuida el testimonio, y que el liderazgo responsable debe llamar a rendición de cuentas cuando el celo humano cruza la línea y pone en riesgo la misión sagrada del pueblo del convenio.

Con la excepción del relato de Caín, este es probablemente el primer ejemplo de usar la religión con fines violentos. Haría falta un gran historiador para catalogar todas las ocasiones en que motivos religiosos han sido utilizados como moneda de cambio para justificar actos inmorales de violencia. La idea se invocó ya en tiempos de Simeón y Leví.

Existe un conflicto que echa raíces en la mente deformada del violento. Su sentido innato del bien y del mal queda dañado. ¿Cómo pueden justificarse sus acciones cuando, en lo más profundo, saben que están equivocadas? En medio de este dilema psicológico, el maligno sugiere una motivación religiosa.

Ahora bien, Simeón y Leví no utilizan la doctrina de la circuncisión como justificación directa de su masacre —su justificación explícita es la defensa del honor de Diná—, pero usan la religión como instrumento para obtener lo que desean. Parecen actuar con las intenciones más santas un momento, y al siguiente se convierten en asesinos salvajes. Este patrón se ha repetido cientos de veces: desde las Cruzadas hasta la Inquisición; desde la ejecución de “herejes” religiosos hasta los juicios de brujas de Salem; desde la justificación de Hitler para el Holocausto hasta casi todos los demás relatos de genocidio; desde ataques a clínicas de aborto hasta los atentados suicidas y el terrorismo. A Satanás le encanta enseñar las filosofías de los hombres “mezcladas con las Escrituras”; también le encanta enseñar la violencia “mezclada con religión” para lograr sus fines. La violencia religiosa se convierte entonces en el grito de guerra del ateísmo.

“El saqueo de la ciudad por parte de [Simeón y Leví] y la toma de sus mujeres y de sus hijos, actos por los cuales no mostraron vergüenza ni arrepentimiento (34:30–31), harían que los descendientes de Simeón y Leví fueran dispersados entre Israel sin una asignación territorial definida, conforme a la declaración de su padre en su lecho de muerte (49:5–7)”. (The Apologetics Study Bible, T. Cabal [Nashville: Holman Bible Publishers, 2007], 57)