Génesis

Génesis 37


Introducción

“Génesis 37–50 suele llamarse la ‘Historia de José’, pero esto es, en cierto modo, un nombre inapropiado. Como deja claro la introducción de 37:2, esta es la historia de la familia de Jacob (en hebreo, ‘las generaciones de Jacob’). José es, por supuesto, un personaje clave del relato, pero también lo son sus hermanos y su anciano padre Jacob. Génesis 37–50 ha sido descrito como un ‘relato breve’ o ‘novela’. Contiene todos los elementos de una buena narración: un elenco de personajes con virtudes y defectos, la historia de cómo un israelita aparentemente insignificante alcanza el éxito en la escena internacional (lo que algunos llaman una trama de ‘de la pobreza a la riqueza’), abundante intriga y crisis dramáticas, y un desenlace poderoso. Pero lo más notable de este texto es cómo estos elementos han sido moldeados para convertirse en una poderosa ‘Torá’, es decir, una instrucción teológica sobre los caminos de Dios en nuestro mundo.” (Barry J. Beitzel, ed., Biblica: The Bible Atlas, [Australia: Global Book Publishing, 2006], 124)

Génesis 37:2. — José, siendo de diecisiete años… llevaba a su padre mala fama de ellos

Se introduce doctrinalmente el carácter temprano de José y el contexto relacional que prepara el escenario para su futura misión. Al presentar a José como joven y aún en formación, la Escritura muestra que Dios comienza a obrar en Sus siervos mucho antes de que sean conscientes del alcance de su llamamiento. El hecho de que informara a Jacob sobre la mala conducta de sus hermanos no se describe como heroísmo ni como traición, sino como un dato que revela tensiones familiares, inmadurez colectiva y una sensibilidad moral que, sin sabiduría plena, provoca resentimiento. Doctrinalmente, este versículo enseña que la rectitud inicial, cuando no va acompañada de prudencia y compasión, puede aislar al justo y aumentar la oposición, aun cuando la intención no sea maliciosa. Dios permite este contexto imperfecto porque será precisamente a través del rechazo, la incomprensión y el conflicto familiar que José será preparado para aprender humildad, paciencia y discernimiento. Así, Génesis 37:2 afirma que el Señor trabaja con personas reales y jóvenes en medio de dinámicas complejas, y que incluso las fricciones tempranas forman parte del proceso mediante el cual Dios forja a Sus instrumentos para cumplir propósitos mayores que todavía no se alcanzan a ver.

La edad de José en esta historia es importante. Carece aún de la madurez necesaria para percibir cómo sus acciones son vistas por sus hermanos. Es el mensajero, el muchacho enviado de un lado a otro mientras sus hermanos apacientan los rebaños. Al parecer, llevaba malas noticias a su padre. El informe probablemente reflejaba negativamente a sus hermanos mayores, quienes comenzaron a ver a José como un delator.

El patrón es similar al del joven David cuando fue al frente para visitar a sus hermanos. Al igual que José, la habilidad y la inteligencia de David fueron menospreciadas por ellos:

“Y oyéndole hablar Eliab, su hermano mayor, con aquellos hombres, se encendió en ira contra David, y dijo: ¿Para qué has descendido acá? ¿y con quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón; que para ver la batalla has venido.” (1 Samuel 17:28)

Génesis 37:3. — “Y amaba Israel a José más que a todos sus hijos”

Se revela doctrinalmente cómo el amor mal administrado puede convertirse en una prueba que expone debilidades humanas aun dentro del hogar del convenio. Al nombrar a Israel (Jacob) y a José, el texto muestra que este afecto preferencial nace de una historia de pérdida y esperanza —José es hijo de la vejez y de Raquel—, pero también que la parcialidad paterna siembra resentimiento y fractura la armonía familiar. Doctrinalmente, el pasaje enseña que Dios puede obrar Sus propósitos incluso a través de decisiones imperfectas, sin aprobarlas ni negarlas: el amor desigual no es presentado como virtud, sino como contexto formativo que precipita conflictos necesarios para el crecimiento y la misión futura de José. A la vez, revela que la elección divina no se confunde con el favoritismo humano; Dios elige para servir y sufrir antes que para ser exaltado prematuramente. Así, Génesis 37:3 afirma que el pueblo del convenio aprende, a veces por contraste doloroso, que el amor debe ser justo y sabio, y que aun cuando las relaciones se desordenan, Dios sigue dirigiendo la historia hacia la redención, usando incluso las tensiones del hogar para preparar a Sus siervos para propósitos mayores.

Evidentemente, José era el primogénito de su amada Raquel. Jacob amó más a Raquel que a Lea o a sus concubinas; por tanto, es natural que favoreciera a José y, más tarde, al segundo hijo de Raquel, Benjamín. Los puristas en cuanto a la paternidad podrían encontrar fallas en esta conducta, pero la Escritura está retratando personas reales, no personas perfectas, engrandecidas por las promesas que Dios les dio y por los convenios que guardaron. ¿No aspiramos nosotros a lo mismo, a pesar de nuestras imperfecciones?

Jacob amaba a José. Jesús amaba a Juan; por eso recibió el título de “Juan el amado”. Muchos sienten lástima por los otros hijos porque Jacob amaba especialmente a José. ¿Sienten también lástima por el resto de los apóstoles porque Jesús amaba a Juan? (Juan 13:23).

Además, la relación especial entre Jacob y José, al igual que la de Abraham e Isaac, es un tipo de la relación entre el Padre Celestial y Su Hijo amado, Jesucristo. Jacob también tuvo un hijo amado, en quien se complacía.

José como tipo de Cristo

“José de Egipto fue un tipo de Cristo, de José Smith y de la tribu de José de los últimos días (es decir, Efraín y Manasés).

“José sirvió como tipo de Cristo de las siguientes maneras:

  • Ambos recibieron un nuevo nombre: José fue llamado Zafnat-panea por Faraón (Gén. 41:45); el nombre divino de Jesús fue Cristo.
  • Ambos fueron buenos pastores.
  • Ambos fueron conocidos como los más amados de su padre.
  • Ambos fueron vestidos con autoridad y poder de su padre. José, por ejemplo, recibió la ‘túnica de muchos colores’ (Gén. 37:3), símbolo de autoridad del sacerdocio.
  • Ambos fueron reveladores y dieron a conocer cosas referentes al futuro (JST, Gén. 50:24–38; Mateo 24).
  • Ambos fueron plenamente obedientes a la voluntad y deseos de su padre y respondieron a Su llamado para servir, diciendo: ‘Heme aquí’ (Gén. 37:13; Abr. 3:27).
  • A ambos se les prometió soberanía futura, tanto temporal como eterna.
  • Ambos fueron traicionados por sus hermanos, y en ese momento fueron despojados de sus vestiduras.
  • Ambos fueron arrojados a un pozo: Cristo al mundo de los espíritus, José a una cisterna vacía.
  • Ambos fueron traicionados con la mayor hipocresía (Gén. 37:27; Juan 18:31).
  • Ambos fueron vendidos. Fue Judá quien vendió a José por veinte piezas de plata (Gén. 37:26–28), así como Judas (forma griega de Judá) vendió a Jesús por treinta piezas de plata (Mateo 26:15).
  • La túnica manchada de sangre de cada uno fue presentada a su padre. La túnica de muchos colores de José fue mojada en la sangre de un macho cabrío (Gén. 37:31–32); la sangre de Jesucristo, como la del chivo expiatorio, una ofrenda por el pecado, fue simbólicamente presentada al Padre.
  • Ambos bendijeron a aquellos con quienes trabajaron en prisión (Gén. 39:21–23; DyC 138).
  • Ambos fueron siervos, y como tales, todo lo que tocaron fue bendecido.
  • Ambos fueron tentados con gran pecado y ambos rechazaron sus insinuaciones (Gén. 39; Mateo 4:1–11).
  • Ambos fueron falsamente acusados: José por la esposa de Potifar, Cristo por falsos testigos.
  • Ambos se erigieron como fuente de conocimiento divino para su generación.
  • Ambos triunfaron, superándolo todo.
  • A ambos se les concedió dominio sobre todo (Gén. 41:40; 1 Pedro 3:22).
  • Ambos tenían treinta años cuando comenzaron la obra de su vida (Gén. 41:46; Lucas 3:23).
  • Ambos fueron salvadores para su pueblo, dándoles el pan de vida. José salvó a su familia con una salvación temporal; Cristo, como el Pan de Vida, salva a la familia humana con una salvación espiritual.
  • El rechazo de ambos trajo cautiverio sobre el pueblo.
  • Ambos no fueron reconocidos por su propio pueblo (Gén. 45:3–5; DyC 45:51–53).
  • Ambos serían reconocidos y aceptados por sus hermanos solo en la ‘segunda vez’ (Hechos 7:13; DyC 45:51–53).
  • Así como los hermanos de José se inclinaron ante él en cumplimiento de la profecía, así toda rodilla se doblará ante Cristo (Gén. 43:26–28; DyC 76:110).
  • Por medio de ambos se concede misericordia a un pueblo arrepentido. Así como los hermanos de José buscaron su perdón, así los hermanos de Cristo finalmente buscarán el suyo.
  • Después de la reconciliación, Israel es recogido. Tras manifestarse a sus hermanos, José les mandó regresar y traer a su padre y a sus familias a Egipto. Así será en los últimos días. Después de que Israel haya vuelto a su Dios, ellos, como los hermanos de José, serán enviados a traer a toda la familia de Israel al reino gobernado por Cristo.”

(Joseph Fielding McConkie y Donald W. Parry, A Guide to Scriptural Symbols [Salt Lake City: Bookcraft, 1990], 71–72)

Génesis 37:3. — “Le hizo una túnica de muchos colores”

Se encierra una enseñanza doctrinal sobre cómo los símbolos visibles pueden amplificar tanto la identidad como el conflicto cuando no van acompañados de sabiduría. Al confeccionar la túnica para José, Israel expresa un amor especial que, aunque comprensible por su historia familiar, se materializa en una señal pública de distinción. Doctrinalmente, la túnica representa favor, expectativa y estatus, pero también revela el riesgo de convertir el afecto en preferencia visible que hiere la equidad y provoca resentimiento. La Escritura no presenta la prenda como malvada en sí, sino como un catalizador que expone corazones: en José, una identidad aún inmadura; en los hermanos, celos latentes; y en el padre, una falta de discernimiento sobre las consecuencias del símbolo. Así, Génesis 37:3 enseña que Dios permite que los símbolos humanos precipiten crisis formativas, porque a través de ellas Él refina carácter y propósito; la túnica, destinada a honrar, se convierte en el umbral del sufrimiento que preparará a José para una vocación mayor, recordándonos que la elección divina suele pasar primero por pruebas que despojan de privilegios visibles para formar una fidelidad profunda.

La “túnica de muchos colores” de José se ha vuelto legendaria. Sin embargo, el lenguaje utilizado quizá no describa con precisión la prenda. De hecho, la palabra “vestidura” podría ser una mejor traducción. Un comentario moderno de la Torá ofrece traducciones alternativas tales como “túnica ornamentada”. [Aunque] el significado no es del todo claro. Otros traducen como “una túnica de muchos colores” o “una túnica con mangas” (W. Gunther Plaut, Torah: A Modern Commentary, p. 244).

No obstante, fuentes apócrifas indican que la prenda era “la vestidura de Adán”, la cual había sido transmitida de un patriarca a otro. Esto explica, en parte, la ira de los hermanos mayores de José cuando se enteraron de que él sería el receptor de la vestidura. Representaba el siguiente eslabón del sacerdocio patriarcal, y esta vez iba a pasar a José y no a Rubén.

“En Alma 46:21–24 leemos acerca de una ceremonia particular asociada con la historia de la vestidura de José. Dado que la tradición judía indica que la vestidura de José era la vestidura del sumo sacerdocio de Adán, este pasaje puede tener más significado del que antes se suponía.” (Donald W. Parry, Temples of the Ancient World, p. 695, nota 50)

Hugh Nibley. Aquí, la supervivencia de la vestidura de José garantiza y tipifica la supervivencia de José mismo (Alma 46:24).

En el siglo décimo de nuestra era, el mayor anticuario del mundo musulmán, Muhammad ibn-Ibrahim ath-Thaʿlabi, recopiló en Persia una gran cantidad de relatos y leyendas antiguas sobre los profetas de Israel. Entre otras cosas, Thaʿlabi relata varias historias —que no se encuentran en ninguna otra fuente— acerca de Jacob y la vestidura de José. En una de ellas, la vestidura de José tenía tres señales o marcas cuando fue llevada a su padre.

Según ad-Dahak, aquella vestidura estaba tejida con el diseño del paraíso, y en ella había el aliento del paraíso, de modo que nunca se corrompía ni se deterioraba en manera alguna, y eso era una señal. José entregó esa vestidura, la cual había pertenecido a Abraham y ya tenía una larga historia.

Obsérvese aquí que hubo dos restos de la vestidura de José: uno fue enviado por José a su padre como señal de que aún vivía (puesto que la vestidura no se había deteriorado), y el otro, rasgado y manchado de sangre, fue llevado por Judá a su padre como señal de que José había muerto. Moroni cita directamente a Jacob —“Ahora bien, he aquí, este fue el lenguaje de Jacob”— diciendo:

“Ahora bien, he aquí, esto da tristeza a mi alma; sin embargo, mi alma tiene gozo en mi hijo.”
(Alma 46:25–26)

Estos interesantes detalles son variaciones apócrifas típicas sobre un mismo tema, y el tema es el que menciona Moroni: la vestidura rasgada de José es el símbolo tanto de su sufrimiento como de su liberación, de su desgracia y de su preservación. (An Approach to the Book of Mormon, pp. 218–220)

Neal A. Maxwell. El Libro de Mormón nos proporciona una profecía de Jacob que no se encuentra en Génesis:

“Y Moroni les dijo: He aquí, nosotros somos un remanente de la posteridad de Jacob; sí, somos un remanente de la posteridad de José, cuya túnica fue rasgada por sus hermanos en muchos pedazos; sí, y ahora bien, acordémonos de guardar los mandamientos de Dios, o nuestras vestiduras serán rasgadas por nuestros hermanos, y seremos echados en prisión, o vendidos, o muertos.

Sí, preservemos nuestra libertad como un remanente de José; sí, recordemos las palabras de Jacob antes de su muerte; porque he aquí, él vio que una parte del remanente de la vestidura de José fue preservada y no se había deteriorado. Y dijo: Así como este remanente de la vestidura de mi hijo ha sido preservado, así será preservado un remanente de la posteridad de mi hijo por la mano de Dios y será tomado para sí, mientras que el resto de la posteridad de José perecerá, así como el resto de su vestidura.” (Alma 46:23–24)

Asimismo, aprendemos que el profético José no solo vio la hambruna que vendría sobre Egipto, sino que también “verdaderamente vio nuestros días” (2 Nefi 3:5). Dos veces exclamó con gozo acerca de la promesa de que el Señor levantaría un vidente de entre su posteridad (2 Nefi 3:16–18).

De hecho, las numerosas profecías de José en Egipto (que aún no hemos recibido) se describen así:

“Porque he aquí, verdaderamente profetizó concerniente a toda su posteridad; y las profecías que escribió no son pocas ni pequeñas. Y profetizó concerniente a nosotros y a nuestras futuras generaciones; y están escritas en las planchas de bronce.” (2 Nefi 4:2) (Plain and Precious Things [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1983], 82)

Génesis 37:5. — “José soñó un sueño”

Se introduce doctrinalmente el inicio de la revelación divina en la vida de José, mostrando que Dios puede comenzar a manifestar Su propósito mucho antes de que la persona esté preparada para comprenderlo o administrarlo plenamente. El sueño no es aún cumplimiento, sino promesa; no es exaltación inmediata, sino llamado que requerirá tiempo, prueba y refinamiento. Doctrinalmente, este versículo enseña que la revelación temprana es un don, pero también una responsabilidad: Dios revela para orientar, no para envanecer, y aquello que Él muestra primero en visión suele pasar después por el crisol del sufrimiento antes de hacerse realidad. El hecho de que José “soñara” subraya que el origen del propósito es divino, no ambición personal, aunque su inmadurez al comunicarlo genere conflicto. Así, Génesis 37:5 afirma que Dios inicia Su obra en silencio y esperanza, sembrando visiones en corazones jóvenes que aún deben aprender humildad, paciencia y confianza, recordándonos que todo sueño dado por Dios es primero una promesa que forma el carácter antes de convertirse en realidad manifiesta.

José llegó a ser un soñador profético. No solo recibía sueños, sino que también los interpretaba. Cada uno de nosotros recibe revelación de maneras distintas. Para José, una de las formas más comunes fue por medio de los sueños.

Marion G. Romney. “Ahora sé, hermanos y hermanas y amigos míos, y doy testimonio del hecho de que la revelación del Señor viene por medio de la palabra hablada, por visitación personal, por mensajeros del Señor, por medio de sueños y por medio de visiones, y por la voz del Señor que llega a la mente de uno. Sin embargo, con mayor frecuencia, la revelación nos llega por medio de la voz apacible y delicada.” (Ensign, mayo de 1978, 50)

Génesis 37:5–11

José tenía apenas diecisiete años cuando el Señor comenzó a hablarle por medio de sueños. No estaba en una posición de poder, no tenía autoridad familiar, ni experiencia, ni la aprobación de sus hermanos. Sin embargo, Dios ya lo estaba guiando e inspirando. Este detalle es profundamente doctrinal: la guía divina no depende de la edad, del rango ni de la aceptación social, sino de la fidelidad del corazón.

Los sueños de José no eran fantasías juveniles ni ambiciones personales; eran revelaciones que apuntaban al futuro cumplimiento de los propósitos de Dios. En ellos, el Señor le mostraba —de forma simbólica— que su vida tendría un significado mayor del que él mismo podía comprender en ese momento. José no pidió esos sueños, ni los buscó por vanidad; fueron una manifestación de que el Señor guía a los fieles aun cuando todavía no entienden el camino completo.

Sin embargo, la reacción de sus hermanos revela una verdad doctrinal importante: la inspiración divina no garantiza aceptación inmediata ni comprensión por parte de los demás. La guía del Señor puede, de hecho, provocar oposición. José fue fiel, pero esa fidelidad lo aisló. Fue inspirado, pero esa inspiración aumentó el rechazo. Esto enseña que la fidelidad no siempre produce comodidad, pero siempre produce dirección.

Incluso Jacob, su padre, muestra una respuesta mixta. Por un lado, lo reprende; por otro, “guarda el dicho”. Aquí vemos otro principio: la inspiración verdadera puede parecer imprudente o prematura a ojos humanos, pero deja una huella espiritual que no se puede ignorar. Jacob reconoce, aunque no lo diga abiertamente, que Dios podría estar obrando en la vida de su hijo.

José no sabía que esos sueños lo llevarían primero al pozo, luego a la esclavitud y después a la prisión. Pero el Señor sí lo sabía. La inspiración que José recibió no fue para evitar el sufrimiento, sino para sostenerlo a través de él. Los sueños fueron una promesa silenciosa: “Tu vida tiene propósito. Yo estoy guiando tu camino, aun cuando ahora no lo veas”.

Así, Génesis 37:5–11 enseña que cuando somos fieles, el Señor nos guía e inspira no siempre para revelarnos el destino final, sino para darnos la certeza de que Él va delante de nosotros. La inspiración no elimina las pruebas, pero les da significado. La guía divina no siempre explica el “cómo” ni el “cuándo”, pero afirma con poder el “quién”: Dios está al mando.

José aprendió —y nosotros con él— que la fidelidad precede a la comprensión, y que la inspiración del Señor suele llegar antes de que estemos listos para entenderla plenamente. Pero si permanecemos fieles, esa inspiración se convierte, con el tiempo, en una luz que guía cada paso del camino.

Génesis 37:8. — “¿Reinarás tú sobre nosotros, o tendrás dominio sobre nosotros?”

Se revela doctrinalmente cómo el orgullo herido y la envidia distorsionan la percepción de los propósitos de Dios. La pregunta, cargada de ironía y resentimiento, muestra que los hermanos interpretan los sueños de José no como una posible revelación divina, sino como una amenaza directa a su estatus y autonomía. Doctrinalmente, este versículo enseña que la revelación, cuando es recibida sin humildad —tanto por quien la comparte como por quien la escucha— puede convertirse en motivo de tropiezo. Los hermanos oyen “reinar” y “dominar” desde una lógica de poder humano, sin discernir que el liderazgo que Dios otorga suele comenzar en el servicio y pasar primero por el sufrimiento. Así, Génesis 37:8 afirma que los propósitos de Dios a menudo provocan resistencia antes de producir bendición, y que la oposición inicial no invalida el llamamiento; más bien, lo prepara, recordándonos que la verdadera autoridad que viene de Dios no se impone por ambición, sino que se forja en la paciencia, la fidelidad y la obediencia a través de pruebas que purifican el corazón.

Nadie quiere que su hermano menor gobierne sobre él. Lamán y Lemuel sabían bien cómo se sentía eso:

“Nuestro hermano menor piensa gobernarnos; y hemos tenido muchas pruebas por causa de él; por tanto, ahora matémoslo, para no ser afligidos más por sus palabras. Porque he aquí, no queremos que él sea nuestro gobernante; pues a nosotros, que somos los hermanos mayores, nos pertenece gobernar a este pueblo.”
(2 Nefi 5:3)

“Siendo la naturaleza humana como es, no era extraño que ellos se sintieran irritados. Podían justificarse a sí mismos el enojo que sentían acusando a su padre de injusto. Pero había una razón más sutil y menos consciente para su resentimiento. Debieron haber reconocido que José, con su espíritu brillante e imaginativo, era más atractivo que ellos. Quizá había una causa real para que su padre lo prefiriera; pero eso era precisamente lo que ellos no querían admitir.

Si hubieran sido hombres de un espíritu más magnánimo, habrían pensado y sentido de otra manera. Si no podían compartir el cariño especial de Jacob por su hermano menor, podrían haberlo tomado con humor; no había en ello nada que realmente les causara un daño serio…

Consideremos hoy a las familias en las que un hijo, generalmente dotado por Dios, despierta únicamente la hostilidad de los demás miembros de la familia porque estos no quieren crecer.” (The Interpreter’s Bible, ed. por G. A. Buttrick et al. [Nueva York: Abingdon Press, 1952], vol. 1, pp. 752–753)

Génesis 37:10–11. — “Su padre lo reprendió… pero su padre guardaba el dicho”

Se revela doctrinalmente la tensión entre la prudencia pastoral y el discernimiento espiritual cuando Dios comienza a obrar de manera aún incomprendida. La reprensión de Jacob (Israel) muestra responsabilidad y sabiduría: corrige la imprudencia de José para proteger la paz familiar y frenar la exaltación prematura; sin embargo, el hecho de “guardar el dicho” indica que, en lo profundo, Jacob percibe una huella de revelación que no puede desecharse. Doctrinalmente, el pasaje enseña que la fe madura sabe contener y esperar: no todo lo que proviene de Dios debe proclamarse de inmediato, ni todo lo que desconcierta debe rechazarse. Dios permite que las promesas convivan con la corrección, y que la revelación se custodie en silencio hasta que el tiempo y las pruebas la confirmen. Así, Génesis 37:10–11 afirma que el liderazgo espiritual discierne con humildad, corrige con amor y espera con paciencia, confiando en que lo que Dios ha sembrado en palabra o visión será aclarado y cumplido conforme a Su tiempo perfecto.

Jacob tiene sentimientos encontrados. Su primer impulso es reprender a José por su aparente insolencia. Después de todo, ¿quién cree José que es? Sin embargo, sus sentimientos cambian. A diferencia de sus otros hijos, Jacob es capaz de dar cierto crédito a José. Como María, que guardaba todas las cosas en su corazón (Lucas 2:51), Jacob recordó lo que José había dicho. Consideró posible su cumplimiento, por improbable que pareciera en ese momento.

Génesis 37:18–19. — “Antes que llegara cerca de ellos, conspiraron contra él para matarlo”

Se revela doctrinalmente hasta dónde puede descender el corazón humano cuando la envidia no confrontada se convierte en resentimiento deliberado. La conspiración contra José no surge de un arrebato momentáneo, sino de una decisión premeditada que muestra cómo el odio se organiza cuando la luz amenaza las sombras. Doctrinalmente, este pasaje enseña que los dones y promesas de Dios, mal comprendidos, pueden provocar oposición feroz antes de producir bendición, y que el rechazo al plan divino suele comenzar con el intento de silenciar al portador del mensaje. Sin embargo, la Escritura también deja entrever una verdad mayor: aunque los hombres conspiran para destruir, Dios gobierna incluso las intenciones perversas para encaminar Su propósito. Así, Génesis 37:18–19 afirma que el mal planificado no tiene la última palabra; la fidelidad de Dios puede transformar la traición en instrumento de salvación, recordándonos que cuando el justo es atacado sin causa, el cielo no está ausente, sino preparando una redención que aún no se ve.

Orson Hyde. “He aquí la inconsistencia de sus hermanos mayores. Si sus sueños eran de Dios, eso debía haber sido para ellos motivo de gran gozo, pues significaba que tendrían un gobernante designado divinamente; y por lo tanto, oponerse a él era algo peor que locura. Si sus sueños no eran de Dios, entonces no tenían motivo alguno para temer su elevación al poder.

Pero sus sueños eran de Dios, y los medios que ellos adoptaron para impedir su cumplimiento resultaron, bajo la mano dominante de la Providencia, ser precisamente los medios para llevar a cabo aquello que los sueños anunciaban.

No es raro que los planes y medidas concebidos con la mayor astucia, ingenio y sabiduría de los malvados contra los escogidos de Dios resulten ser los medios más impresionantes y felices para bendecir y exaltar a aquellos contra quienes se trazan tales planes.” (Journal of Discourses, 2:204)

Génesis 37:20. — “Matémosle… y veremos qué será de sus sueños”

Se expone doctrinalmente la confrontación directa entre la soberanía de Dios y la pretensión humana de anular Sus propósitos. Al proponer la muerte de José, los hermanos revelan la ilusión de control que nace del orgullo herido: creen que eliminando al soñador pueden cancelar los sueños. Doctrinalmente, este versículo enseña que la oposición al plan divino suele expresarse como burla y desafío —“veremos”—, pero también que ninguna conspiración humana puede deshacer lo que Dios ha decretado. La frase muestra cómo el pecado intenta redefinir la realidad desde la violencia y la negación, sin comprender que los sueños dados por Dios no dependen de la protección de los hombres para cumplirse. Así, Génesis 37:20 afirma una verdad central del evangelio: los propósitos del Señor avanzan aun cuando son resistidos, y con frecuencia se fortalecen precisamente a través de la adversidad, transformando la intención destructiva en el medio por el cual la promesa se preserva y, finalmente, se cumple.

“El impacto efectivo de la biografía de José se crea mediante el recurso de lo que Aristóteles llamó ‘reversión dramática’, la cual consideraba esencial para un buen drama y que se encuentra con frecuencia en la literatura griega. El destino frustra la voluntad del hombre al convertir el efecto de sus acciones en instrumentos de sus propios propósitos, y no de los del hombre.

José es vendido por sus hermanos para librarse del soñador, y sin embargo los sueños se cumplen; el esclavo llega a ser señor, el odio se transforma en amor, y el rechazado salva la vida de sus hermanos. En resumen, el hombre no puede alterar los propósitos supremos del poder divino.” (The Torah: A Modern Commentary, ed. por W. Gunther Plaut [Nueva York: The Union of American Hebrew Congregations, 1981], 242)

Génesis 37:21. — “Rubén oyó esto, y lo libró de sus manos; y dijo: No lo matemos”

Se ofrece una enseñanza doctrinal sobre cómo Dios puede obrar por medio de impulsos morales imperfectos para preservar la vida y encaminar Su propósito. Al intervenir Rubén, primogénito y responsable natural del grupo, el texto muestra que aun en un corazón dividido entre el temor, la culpa y el deseo de restaurar su lugar, puede surgir una voz que frene la violencia. Doctrinalmente, este versículo enseña que la providencia divina no siempre actúa mediante héroes impecables, sino a través de decisiones parciales que, sin resolver todo el mal, impiden el peor desenlace. Rubén no justifica a José ni corrige plenamente la injusticia, pero salva su vida, mostrando que decir “no” al asesinato es ya un acto de misericordia que Dios puede usar. Así, Génesis 37:21 afirma que el Señor preserva Sus designios incluso cuando la rectitud humana es incompleta, recordándonos que cada elección que detiene el mal —aunque no lo repare del todo— puede convertirse en un instrumento clave para que el plan de Dios continúe avanzando.

La historia no ha sido benigna con Rubén. Es bien conocida su transgresión con Bilha, la concubina de su padre. Más adelante, Jacob diría que Rubén era “impetuoso como las aguas” (Gén. 49:4). Sin embargo, este episodio es un punto luminoso en su vida. Él es quien intenta proteger a José. Detiene el derramamiento de sangre; considera el dolor de su padre; considera el destino de su hermano menor. Sin saber que Judá ya había decidido venderlo por dinero, Rubén vuelve a la cisterna con la clara intención de rescatarlo.

Merece todo el reconocimiento posible por haber salvado a José, pues al salvarlo, eventualmente también salvaría a sí mismo y a su familia.

“Dos cosas probablemente motivaron a Rubén a intentar salvar la vida de José. Primero, como el hijo mayor (35:23), era el más responsable ante su padre por la seguridad de su hermano menor. Segundo, después de haber tenido relaciones sexuales con Bilha, la concubina de su padre (35:22), Rubén sin duda intentaba recuperar el favor de Jacob.” (The Apologetics Study Bible, T. Cabal [Nashville: Holman Bible Publishers, 2007], 61)

Génesis 37:22. — “Vendieron a José… por veinte piezas de plata”

Se revela doctrinalmente cómo el pecado puede degradar el valor de una vida cuando el corazón se ha endurecido por la envidia y el resentimiento. Al reducir a José a una transacción económica, los hermanos cruzan un umbral moral decisivo: ya no buscan solo silenciar los sueños, sino despojar a su hermano de dignidad, libertad e identidad, tratándolo como mercancía. Doctrinalmente, este acto enseña que cuando se pierde de vista la imagen de Dios en el otro, la injusticia se racionaliza y el mal se normaliza bajo apariencias de conveniencia. Sin embargo, la Escritura también afirma una verdad redentora: lo que los hombres venden por desprecio, Dios lo rescata para salvación. El precio pagado subraya la ironía trágica del momento, pero también prepara el escenario donde la traición se convierte, por la providencia divina, en el medio para preservar vidas y cumplir promesas. Así, Génesis 37:22 proclama que la maldad humana no puede frustrar el plan de Dios; incluso cuando la injusticia parece triunfar, el Señor sigue obrando en silencio para transformar la pérdida en propósito y la humillación en el comienzo de una obra mayor.

Cristo fue traicionado por treinta piezas de plata —el precio de un esclavo. José también fue vendido por el precio de un esclavo, pero hubo una diferencia en el monto. Para esclavos menores de veinte años, el precio era solo de veinte piezas: “Veinte piezas de plata [era] el precio de redención para un varón de entre cinco y veinte años” (The Torah: A Modern Commentary, 246). José tenía diecisiete años en ese momento.

Tanto José como Jesús valían infinitamente más que veinte o treinta piezas de plata, pero la fuerza simbólica del rechazo público y de ser vendidos como esclavos afectó profundamente a ambos.

Génesis 37:23. — “Le despojaron a José de su túnica”

Se encierra una enseñanza doctrinal profunda sobre el despojo que precede a la verdadera formación espiritual. Al quitarle la túnica a José, los hermanos no solo le arrebatan una prenda, sino el símbolo visible de favor, identidad y expectativa que lo distinguía; es el acto mediante el cual se intenta borrar quién es y lo que representa. Doctrinalmente, este gesto enseña que Dios permite, en Su sabiduría, que los signos externos de privilegio sean removidos para que la fe no repose en símbolos, sino en carácter. La túnica, que había despertado celos y conflictos, debía caer para que José aprendiera a vivir sin apoyos visibles, dependiendo únicamente de Dios. Así, Génesis 37:23 afirma que el Señor a menudo inicia Sus obras más grandes mediante el despojo: antes de exaltar, humilla; antes de vestir con autoridad, desnuda de pretensiones; y antes de cumplir el sueño, quita aquello que podría impedir que el siervo confíe plenamente en Él.

Lo opuesto a ser vestido con ropas de justicia es ser despojado de la vestimenta. Así como Cristo fue despojado de su manto antes de la crucifixión, José es despojado de su túnica especial. Este acto simboliza ser despojado de autoridad, poder o posición.

¿Pensaban los hermanos que podían impedir para siempre que José ejerciera autoridad sobre ellos quitándole su túnica? Como los soldados romanos, los hermanos de José asumieron que tenían autoridad para despojarlo de su herencia, como si realmente tuvieran ese poder.

Pero cualquier protección que el hombre intente quitarle a José, Dios la restaurará. Como declaró Isaías:

“En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia” (Isaías 61:10).

Génesis 37:24. — “Le tomaron y le echaron en una cisterna”

Se ofrece una enseñanza doctrinal intensa sobre el aparente silencio de Dios en los momentos de abandono y la manera en que Él obra aun cuando todo apoyo humano desaparece. Al arrojar a José a una cisterna vacía, sus hermanos lo colocan en un espacio de oscuridad, inmovilidad y espera, símbolo de lo que sucede cuando el justo es despojado de voz, protección y control. Doctrinalmente, este versículo enseña que Dios permite descensos abruptos no como castigo, sino como preparación: la cisterna se convierte en un umbral donde mueren las seguridades humanas y nace una dependencia más profunda del Señor. Aunque el texto subraya que “no había agua”, indicando desolación total, también sugiere preservación: José no muere allí. Así, Génesis 37:24 afirma que los lugares más bajos del camino del convenio pueden ser, paradójicamente, los más formativos; cuando el cielo parece callar y el futuro se oscurece, Dios sigue gobernando, usando incluso la traición y el abandono para encaminar a Sus siervos hacia el cumplimiento de promesas que todavía no se pueden ver.

“José es arrojado por sus hermanos a una cisterna: un hecho físico terrible. Pero también, moral y espiritualmente, a menudo parece que el alma del hombre está en una cisterna. La conciencia de ello puede llegar con una rapidez estremecedora. En un momento José caminaba a la luz del sol con su túnica de muchos colores; al siguiente estaba sumido en una oscuridad sofocante.

En un momento parecía no necesitar nada; al siguiente tenía una necesidad angustiosa de todo. Así sucede con las almas humanas. De la autosuficiencia pueden ser lanzadas a una impotencia paralizante y a una desesperada necesidad de Dios.

Sin embargo, aun en el peor momento de José, había fuerzas invisibles moviéndose para su liberación. El propósito de Dios, actuando mediante sus propios instrumentos, llevaría su vida hacia la liberación y un gran destino. Más allá de este versículo de Génesis se escucha el eco del Salmo 40:2: ‘Me sacó del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña.’” (The Interpreter’s Bible, ed. por G. A. Buttrick et al. [Nueva York: Abingdon Press, 1952], vol. 1, pp. 754–755)

Génesis 37:26–27. — “Judá dijo… ¿qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano?… Venid, vendámosle a los ismaelitas”

Se ofrece una enseñanza doctrinal sobria sobre cómo el cálculo moral puede detener un mal mayor sin llegar todavía a la justicia plena. Al intervenir Judá, la violencia homicida se frena, pero es reemplazada por una injusticia “útil”, revelando que la conciencia puede apaciguarse con soluciones que parecen mejores, aunque sigan siendo pecado. Doctrinalmente, el pasaje enseña que la pregunta “¿qué provecho hay?” delata una ética utilitarista que valora la conveniencia por encima de la dignidad; salvar la vida de José es un bien real, pero venderlo reduce a la persona a medio para un fin. Sin embargo, la Escritura también muestra la providencia de Dios obrando en medio de decisiones imperfectas: el Señor usa incluso motivos mezclados para preservar la vida y encaminar Su propósito. Así, Génesis 37:26–27 afirma que Dios avanza Su plan aun cuando la rectitud humana es incompleta, recordándonos que detener el mal es necesario, pero que la justicia verdadera requiere ir más allá del provecho hacia la compasión, la verdad y el reconocimiento pleno del valor sagrado del otro.

El siguiente comentario no es políticamente correcto. Si alguien se siente fácilmente ofendido, se le invita a dejar de leer este párrafo. Para que conste, la idea de vender a José y obtener ganancia fue de Judá. Sus descendientes son famosos en los anales de la historia por el comercio y las ganancias. Como pueblo, han sido retratados con frecuencia —muchas veces de manera injusta— como más interesados en las ganancias que en los profetas. Aquí, Judá sienta el precedente para esta percepción histórica.

¿Debemos fomentar estereotipos? Por supuesto que no. Este simplemente sirve como un recurso narrativo para recordar qué hermano quiso sacar provecho económico de José.

“Los estereotipos sobre los judíos son representaciones caricaturescas y generalizadas, a menudo de naturaleza racista. [Los judíos] han sido estereotipados durante más de dos mil años como chivos expiatorios de una multitud de problemas sociales. El antisemitismo continuó a lo largo de los siglos y alcanzó un clímax en el Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial.

Los judíos siguen siendo estereotipados como avaros, mezquinos y obsesionados con el dinero, y con frecuencia se les representa en caricaturas, historietas y propaganda contando dinero o coleccionando diamantes. Películas tempranas como Cohen’s Advertising Scheme (1904, cine mudo) estereotipaban a los judíos como ‘comerciantes intrigantes’.” (Wikipedia, Stereotypes of Jews)

Génesis 37:28. — “Pasaron mercaderes madianitas… y vendieron a José a los ismaelitas”

Se enseña doctrinalmente cómo la providencia de Dios avanza a través de cruces inesperados de decisiones humanas, incluso cuando estas nacen del pecado. El paso de los mercaderes parece casual, pero en la economía divina se convierte en el medio por el cual José es preservado con vida y trasladado al escenario donde Dios cumplirá Sus promesas. Doctrinalmente, el versículo afirma que el Señor no aprueba la traición ni la venta de una persona, pero sí gobierna sobre ellas para redimir el mal y encaminarlo hacia el bien mayor; lo que los hombres ejecutan por envidia, Dios lo incorpora a Su propósito de salvación. La transacción deshumaniza a José, pero no puede despojarlo del cuidado divino ni del destino que Dios ya ha determinado. Así, Génesis 37:28 proclama que la soberanía de Dios no elimina la responsabilidad humana, pero sí asegura que ninguna injusticia, por calculada que sea, puede frustrar Su plan: aun en los cruces más oscuros del camino, el Señor sigue dirigiendo la historia hacia la vida, la preservación y el cumplimiento de Sus promesas.

“Los madianitas (25:2, 4) y los ismaelitas (25:12–18) estaban estrechamente relacionados como descendientes de Abraham (aunque no de Sara). En este tiempo, ambos pueblos debieron haber mantenido una relación comercial cercana, ya que sus nombres se usan de manera intercambiable.”
(The Apologetics Study Bible, T. Cabal [Nashville: Holman Bible Publishers, 2007], 62)

“Los madianitas eran un pueblo nómada dominante, descendiente de Madián (hijo de Abraham y Cetura), que habitaba principalmente en el norte de la península arábiga y aparecía ocasionalmente en la historia de Israel. José fue vendido a una caravana de madianitas por sus celosos hermanos (véase Gén. 37:28), y ese mismo grupo lo vendió posteriormente a manos egipcias (véase Gén. 37:36).

Cuando Moisés huyó de Egipto, vivió entre los madianitas y se casó con Séfora, hija de Reuel (o Jetro), príncipe de Madián (véase Éx. 2:11–21; 3:1; 4:19). Tras el Éxodo (véase Éx. 18:1), los madianitas guiaron a Moisés y a los israelitas en el desierto, actuando para ellos ‘en lugar de ojos’ (Núm. 10:31). A partir de entonces, la relación entre israelitas y madianitas estuvo marcada intermitentemente por conflictos severos.” (Unlocking the Old Testament, Ed Pinegar y Richard Allen [American Fork, UT: Covenant Communications, 2009], 58)

Génesis 37:31. — “Mataron un cabrito de las cabras y mojaron la túnica en la sangre”

Se ofrece una enseñanza doctrinal sobria sobre cómo el engaño intenta encubrir el pecado y cómo la mentira prolonga el dolor cuando se rehúsa la verdad. Al manchar la túnica de José con sangre, los hermanos fabrican una evidencia falsa que busca legitimar su traición y silenciar la conciencia, mostrando que el pecado rara vez se conforma con un solo acto, sino que exige nuevas falsedades para sostenerse. Doctrinalmente, este gesto revela la perversión del símbolo: la túnica, antes señal de amor y promesa, se convierte en instrumento de engaño y luto, enseñando que cuando se manipulan los signos para ocultar la verdad, se hiere profundamente a los inocentes. La sangre del cabrito no solo engaña a Jacob, sino que inaugura un período de duelo construido sobre una mentira, recordándonos que el encubrimiento nunca trae paz duradera. Así, Génesis 37:31 afirma que Dios permite que la verdad sea probada por el tiempo, y que toda falsedad, aunque parezca convincente, termina revelando su vacío; el camino del arrepentimiento y la sanación comienza cuando los símbolos dejan de ser manipulados y la verdad es restaurada con humildad y responsabilidad.

La sangre del cabrito prefigura la sangre del Cordero. La sangre representa el pecado. En el caso de los hermanos, representa su pecado al vender a José. En el caso de Cristo, representa los pecados del mundo. En ambos casos, el protagonista es inocente. En ambos casos, el protagonista salva a aquellos que derramaron sangre inocente. José salvaría a la casa de Israel; Jesús salvaría tanto a judíos como a romanos.

Génesis 37:33. — “José, sin duda, ha sido despedazado”

Se expresa doctrinalmente el dolor profundo que produce la mentira cuando se instala como verdad aparente y hiere el corazón de quien ama. Al pronunciar estas palabras, Jacob interpreta la evidencia manipulada desde el amor y el temor, no desde la realidad, mostrando cómo el engaño de otros puede distorsionar la percepción y conducir a un duelo devastador. Doctrinalmente, este versículo enseña que el pecado no solo afecta a quien lo comete, sino que irradia sufrimiento hacia inocentes, prolongando el dolor a través de conclusiones falsas que parecen inevitables. La certeza expresada —“sin duda”— subraya la tragedia: Jacob cree haber llegado al final de la historia cuando, en realidad, Dios sigue obrando silenciosamente para preservar la vida y cumplir Sus promesas. Así, Génesis 37:33 afirma que aun cuando el dolor humano alcanza su punto más oscuro y las conclusiones parecen definitivas, la obra de Dios no está detenida; lo que el hombre declara perdido, el Señor puede estar preparando para redención, recordándonos que la verdad divina supera las apariencias y que la esperanza puede existir incluso cuando el corazón está convencido de lo contrario.

¿Por qué Jacob concluyó que José había sido despedazado? El relato de Génesis solo indica que los hermanos mojaron la túnica en sangre, pero el Libro de Mormón nos dice que la túnica también fue rasgada en muchos pedazos para sugerir una muerte violenta. Moroni habló de “José, cuya túnica fue rasgada por sus hermanos en muchos pedazos” (Alma 46:23). Jacob simplemente asumió que José todavía estaba dentro de la túnica cuando esta fue despedazada.

Génesis 37:34. — “Jacob rasgó sus vestidos”

Se expresa doctrinalmente la legitimidad del duelo humano dentro de la vida del convenio y muestra que la fe verdadera no exige reprimir el dolor ante la pérdida. Al rasgar sus vestidos, Jacob manifiesta un lamento profundo y público, señal cultural de aflicción que revela cuánto amaba a José y cuán real consideraba su muerte. Doctrinalmente, este gesto enseña que Dios permite y reconoce el dolor sincero de Sus hijos; la espiritualidad no anula el sufrimiento, sino que lo atraviesa con honestidad. Jacob no peca al llorar ni al quebrantarse; su reacción muestra que el amor verdadero duele cuando cree haber perdido al ser amado. Al mismo tiempo, el pasaje recuerda que el duelo puede coexistir con la obra silenciosa de Dios: mientras Jacob llora una pérdida que cree definitiva, el Señor sigue obrando para cumplir Sus propósitos. Así, Génesis 37:34 afirma que el camino del convenio incluye momentos de quebranto real, y que aun cuando el corazón se desgarra por lo que parece irremediable, Dios sigue presente, sosteniendo al afligido y guiando la historia hacia una redención que todavía no se ve.

Rasgar o romper.

  1. En tiempos bíblicos, rasgar los vestidos era una señal de duelo (Gén. 37:34).
  2. También era una forma de expresar horror ante lo que se consideraba blasfemo o impío (Mateo 26:65; Hechos 14:14).
  3. Asimismo, estaba asociado con la toma de una decisión irrevocable.
    (Joseph Fielding McConkie, Gospel Symbolism [Salt Lake City: Bookcraft, 1999], 269)

Génesis 37:36. — “Los madianitas lo vendieron en Egipto a Potifar… capitán de la guardia”

Se marca doctrinalmente el paso decisivo en el que la traición humana es incorporada por Dios dentro de un escenario de propósito mayor. Al llegar José a Egipto y ser vendido a Potifar, el relato muestra que el descenso no es abandono, sino reposicionamiento providencial: Dios traslada a Su siervo desde el pozo del rechazo familiar al centro administrativo de una potencia mundial. Doctrinalmente, este versículo enseña que el Señor no solo preserva la vida del justo, sino que lo coloca estratégicamente donde sus dones y su carácter, aún en formación, serán probados y finalmente utilizados para bendecir a muchos. Aunque José llega como esclavo, el título de Potifar anticipa el entorno donde aprenderá gobierno, disciplina y responsabilidad, elementos esenciales para el cumplimiento de los sueños dados por Dios. Así, Génesis 37:36 afirma que la providencia divina puede transformar la injusticia en preparación, y que los caminos que parecen retrocesos pueden ser, en la mano de Dios, el inicio silencioso de una obra de salvación que alcanzará mucho más allá del sufrimiento inmediato.

L. Tom Perry. “Tomaron a su hermano de diecisiete años y lo vendieron como esclavo a una caravana que se dirigía a Egipto, una tierra extraña, donde se hablaba una lengua extraña y se seguían costumbres extrañas. Pero el Señor estaba con este joven extraordinario, y él nunca pareció desanimarse.

Aunque era extranjero y esclavo, su semblante debía irradiar un espíritu especial. Cuando fue puesto en venta, lo compró un capitán de la guardia del rey. No pasó mucho tiempo antes de que José se distinguiera de tal manera ante el capitán, que este lo puso por gobernante de su casa. En autoridad era el primer siervo; fue puesto como mayordomo sobre todo lo que el capitán tenía, y el capitán confió plenamente en José, poniendo en sus manos sus bienes y su hacienda.” (“Trust in the Lord”, Ensign, mayo de 1978, 51–52)