Génesis

Génesis 39


Génesis 39:1–20

José llega a Egipto como esclavo, despojado de su familia, de su herencia y de toda protección humana. Sin embargo, el relato comienza afirmando algo decisivo: “Jehová estaba con José”. Doctrinalmente, esta frase establece el marco de todo el capítulo. José no estaba solo en un ambiente moralmente hostil; la presencia del Señor no depende de las circunstancias externas, sino de la fidelidad interior.

La tentación que enfrenta José no surge de la debilidad, sino del éxito. El Señor lo prospera, y esa prosperidad lo vuelve visible. La esposa de Potifar fija sus ojos en él, y la tentación se vuelve persistente, directa y repetida. El texto es claro: no fue una prueba momentánea, sino diaria. Esto enseña un principio crucial: las tentaciones más peligrosas no suelen ser repentinas, sino insistentes.

José responde con palabras que revelan su doctrina personal. No comienza hablando de sí mismo, ni de las consecuencias sociales, ni siquiera del castigo legal. Dice:

“¿Cómo, pues, haría yo este grande mal y pecaría contra Dios?”

Aquí está el corazón del principio: José entiende que el pecado, antes que una falta contra otra persona, es una ruptura de su relación con Dios. Esta conciencia espiritual no nace en el momento de la tentación; es el resultado de una vida de fidelidad previa. Por eso, cuando la tentación llega, José no necesita deliberar largamente: su lealtad ya está decidida.

Pero la enseñanza más poderosa no está solo en lo que José dice, sino en lo que hace. Cuando la tentación se vuelve física e ineludible, José huye. No discute. No negocia. No intenta “resistir un poco más”. Sale corriendo, aun cuando eso implica perder su manto, su reputación y, finalmente, su libertad. Doctrinalmente, esto enseña que huir de la tentación no es cobardía espiritual, sino sabiduría inspirada.

El mundo podría interpretar el resultado como una injusticia: José hace lo correcto y termina en prisión. Pero el relato sagrado corrige esa lectura superficial. Aunque es encarcelado injustamente, el Señor sigue con él. La fidelidad no lo libró de las consecuencias terrenales inmediatas, pero sí lo preservó espiritualmente. José pierde su posición, pero no pierde la presencia de Dios. Y esa diferencia lo es todo.

Este pasaje enseña que la ayuda del Señor no siempre consiste en eliminar la prueba, sino en darnos el poder de salir de ella limpios. A veces, huir de la tentación implica aceptar pérdidas temporales para preservar bendiciones eternas. José confía en que Dios puede redimir incluso las consecuencias de una acusación falsa, pero sabe que ninguna bendición puede justificar la pérdida de la integridad.

Así, Génesis 39:1–20 testifica que con la ayuda del Señor podemos huir de la tentación, no porque seamos más fuertes que ella, sino porque Dios nos da claridad espiritual, convicción moral y la fuerza para actuar con decisión. José no fue salvado de la prisión en ese momento, pero fue salvado del pecado. Y en el plan de Dios, esa fue la verdadera victoria.

Génesis 39:3. — “Jehová hizo prosperar todo lo que él hacía en su mano”

Se enseña doctrinalmente que la prosperidad verdadera no depende de la posición externa, sino de la presencia de Dios acompañando al justo en cualquier circunstancia. Al afirmar esto respecto a José, el texto muestra que, aun siendo esclavo y lejos de su hogar, la bendición del Señor se manifiesta como favor, eficacia y confiabilidad en el trabajo cotidiano. Doctrinalmente, este versículo enseña que la prosperidad divina no siempre consiste en ascenso inmediato o liberación del sufrimiento, sino en la capacidad de producir bien, orden y bendición allí donde uno ha sido colocado. Dios prospera “lo que él hacía en su mano”, subrayando que la gracia no reemplaza el esfuerzo, sino que lo santifica: José trabaja con diligencia, y Dios multiplica el fruto. Así, Génesis 39:3 afirma que cuando una persona vive con integridad y fidelidad al Señor, la presencia divina convierte incluso los contextos de humillación en escenarios de crecimiento, preparando silenciosamente al siervo para responsabilidades mayores y mostrando que la bendición de Dios puede acompañar al creyente en todo lugar, aun antes de que cambien sus circunstancias.

L. Tom Perry. Tomaron a su hermano de diecisiete años y lo vendieron como esclavo a una caravana que se dirigía a Egipto, una tierra extraña, donde se hablaba una lengua extraña y se practicaban costumbres extrañas. Pero el Señor estaba con este notable joven, y parecía no desanimarse nunca. Aunque era un extranjero, un esclavo, su semblante debió irradiar un espíritu especial. Cuando fue puesto en venta, fue comprado por un capitán de la guardia del rey. No pasó mucho tiempo antes de que José se distinguiera tanto ante el capitán que éste lo hizo gobernador de su casa. En autoridad era el primer siervo; fue puesto por mayordomo sobre todo lo que el capitán tenía, y el capitán puso toda su confianza, sus bienes y sus ingresos en las manos de José. (“Trust in the Lord”, Ensign, mayo de 1978, págs. 51–52)

Génesis 39:7. — “Y la mujer de su amo puso sus ojos en José, y dijo: Duerme conmigo”

Se presenta doctrinalmente una prueba crucial donde la fidelidad al convenio se confronta directamente con el poder, el deseo y la oportunidad de pecado. Al describir la acción de la mujer de Potifar hacia José, el texto muestra que la tentación no siempre llega desde la necesidad, sino desde la ventaja aparente: autoridad que puede proteger, placer que parece inmediato y silencio que promete impunidad. Doctrinalmente, este versículo enseña que la integridad verdadera se prueba cuando nadie parece mirar y cuando ceder podría traer beneficios temporales; la santidad no depende de la vigilancia externa, sino de una conciencia alineada con Dios. La franqueza de la invitación subraya que el pecado suele ser directo y persistente, y que la fidelidad requiere decisiones claras antes de que la presión se intensifique. Así, Génesis 39:7 afirma que Dios permite pruebas morales reales para refinar el carácter de Sus siervos, y que la presencia del Señor no elimina la tentación, pero sí capacita para resistirla, preparando al creyente para confiar en Dios por encima del poder, el deseo y las consecuencias inmediatas.

Gordon B. Hinckley. Por alguna razón desconocida, aparece constantemente la falsa racionalización de que en algún tiempo lejano la virtud era fácil y que ahora es difícil. Me gustaría recordarles que nunca ha habido un tiempo desde la creación en que no hayan estado operando las mismas fuerzas que operan hoy. La proposición hecha por la esposa de Potifar a José en Egipto (Gén. 39:7) no es esencialmente diferente de la que enfrentan muchos jóvenes y jovencitas en nuestros días.

Las influencias actuales pueden ser más visibles y más seductoras, pero no son más apremiantes. No pueden ser protegidos completamente de estas influencias. Están a nuestro alrededor. Nuestra cultura está saturada de ellas. Pero el mismo tipo de autodisciplina ejercida por José producirá el mismo resultado beneficioso. A pesar de la llamada “nueva moralidad”, a pesar de los tan discutidos cambios en nuestras normas morales, no hay sustituto adecuado para la virtud. La norma antigua es desafiada en todos los campus de América, así como en Europa. Pero Dios no ha abrogado Sus mandamientos.

La violación de estos mandamientos, en esta como en cualquier otra época, produce sólo pesar, tristeza, pérdida del respeto propio y, en muchos casos, tragedia. La racionalización y la ambigüedad no borrarán la cicatriz corrosiva que marchita el respeto propio de un joven que toma una virtud que nunca podrá reemplazar. La autojustificación nunca sanará el corazón de una joven que ha caído en una tragedia moral. (Conference Report, octubre de 1964, págs. 116–119)

Génesis 39:9. — ¿Qué razones tuvo José para rechazar a la esposa de Potifar?

José rechaza a la esposa de Potifar por razones profundas y coherentes con una ética del convenio que integra lealtad humana y fidelidad divina. Primero, apela a la confianza delegada: Potifar le había entregado toda su casa, y traicionar esa confianza sería una grave injusticia y deslealtad. Segundo, reconoce el orden moral del matrimonio: la mujer “es su esposa”, y José entiende que el adulterio viola una relación sagrada, aun cuando la cultura o el poder parezcan permitirlo. Tercero y decisivo, sitúa la tentación ante Dios: “¿cómo, pues, haría yo este grande mal y pecaría contra Dios?”. Para José, el pecado no se define por la posibilidad de ser descubierto, sino por la ofensa a Dios mismo. Doctrinalmente, su rechazo muestra que la verdadera integridad se sostiene cuando la conciencia está alineada con Dios; la prosperidad y el favor no justifican el pecado, y el éxito no reemplaza la santidad. Así, José rechaza no solo por prudencia, sino por fidelidad al convenio, demostrando que la rectitud se elige incluso cuando el costo inmediato es alto y la recompensa visible parece tentadora.

La reacción de José ante las insinuaciones de la esposa de Potifar muestra su gran rectitud personal. El rey Benjamín dijo a los nefitas: “Cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios” (Mosíah 2:17). Si ese principio fuera expresado negativamente, diría: “Cuando pecáis contra vuestros semejantes, sólo estáis pecando contra vuestro Dios”. José entendía perfectamente este principio, y respondió a la esposa de Potifar señalando que sería terrible aprovecharse de su amo en esa forma. Dio el siguiente paso lógico al expresar: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9.)

Génesis 39:10. — “Y hablaba ella a José cada día”

Se enseña doctrinalmente que la tentación más peligrosa no siempre es la repentina, sino la persistente, aquella que insiste con el tiempo buscando desgastar la conciencia. Al señalar la repetición diaria, el texto muestra que la prueba de José no fue momentánea, sino prolongada, lo que eleva el valor espiritual de su fidelidad: resistir una vez es difícil; resistir constantemente requiere carácter arraigado en Dios. Doctrinalmente, este versículo enseña que la santidad se cultiva en decisiones repetidas, no en actos aislados, y que el enemigo suele intentar normalizar el pecado por insistencia cuando no logra imponerlo por sorpresa. La perseverancia de la tentación contrasta con la perseverancia de José, quien mantiene límites claros y coherentes porque su lealtad no depende de circunstancias cambiantes, sino de una convicción estable ante Dios. Así, Génesis 39:10 afirma que la verdadera integridad se prueba en la constancia: cuando la presión no cesa y nadie parece intervenir, el creyente fiel aprende a sostener su obediencia día tras día, confiando en que Dios ve, honra y fortalece a quienes permanecen firmes aun bajo asedio continuo.

Spencer W. Kimball. El caso de la esposa de Potifar es un ejemplo de los tentáculos sigilosos del pecado (Gén. 39:7–20). Aunque esta mujer intrigante no logró contaminar a José, su pecado fue sumamente grave. La intención estaba allí, así como el deseo, la lujuria y la codicia. Ella ya había “cometido adulterio con él en su corazón y en su mente…” al “poner sus ojos en José día tras día” (Gén. 39:7, 10).

La transgresión de esta mujer no comenzó cuando arrancó la ropa del cuerpo de este joven que huía. Su perfidia había nacido y se había nutrido en su mente y en su corazón en el “día tras día” de quererlo, provocarlo, desearlo, codiciarlo y lujuriar por él. Su pecado fue algo progresivo. Así también, para todas las numerosas personas que, como esta mujer seductora, albergan en sus corazones y mentes planes, deseos o codicias, el pecado profundo ya yace a sus puertas. (Conference Report, octubre de 1962, págs. 55–60)

Génesis 39:20. — “Tomó su amo a José y lo puso en la cárcel”

Se enseña doctrinalmente que la fidelidad a Dios no siempre produce vindicación inmediata, pero nunca queda fuera del gobierno divino. Al ser encarcelado por orden de Potifar, José experimenta la aparente injusticia de sufrir por hacer lo correcto, mostrando que la integridad puede conducir, temporalmente, a pérdidas visibles. Doctrinalmente, este versículo afirma que Dios permite pruebas donde la obediencia es probada sin recompensa inmediata para purificar la fe y desacoplarla de resultados externos; la cárcel no es señal de abandono, sino un nuevo escenario de formación. El texto no sugiere que Dios apruebe la falsedad que llevó a José allí, pero sí que Él gobierna incluso esas circunstancias para continuar Su obra. Así, Génesis 39:20 proclama que el camino del convenio puede incluir descensos inexplicables, y que la verdadera confianza en Dios se manifiesta cuando el creyente permanece fiel aun cuando la justicia humana falla, seguro de que el Señor sigue obrando —en silencio— para convertir la injusticia sufrida en preparación para un propósito mayor.

“La vida de José ilustra la verdad de que cuando el Señor quiere que algo se haga, hace nacer a un niño en particular que crecerá y lo hará. Esto ha sido cierto para todos los profetas y apóstoles, y también fue cierto en el caso de José. El Señor previó la necesidad de preservar la casa de Israel durante una hambruna generalizada y otros peligros, y tuvo a José esperando y preparado, capacitado para realizar la obra.

“El relato de José ejemplifica el conocimiento que el Señor tiene de la situación de todos Sus hijos y Su conciencia de las circunstancias individuales de cada uno. A menudo los prueba y los pone a prueba hasta el extremo, templándolos y fortaleciéndolos para llevar a cabo tareas muy difíciles. Quizá la prueba más significativa de la fidelidad y el amor de José hacia Dios vino a través de su experiencia con la esposa de Potifar, quien día tras día buscó que él ‘durmiera’ con ella en inmoralidad carnal.

“La respuesta de José fue que no lo haría, porque su amo, el esposo de ella, confiaba en él, y él no podía hacer esta gran maldad y pecar contra Dios. Entonces la mujer, frustrada en sus intentos de seducirlo, lo acusó falsamente de intentar seducirla, y fue arrojado a la cárcel (véase Gén. 39:3–20). Debió haber sido un giro muy desalentador de los acontecimientos ser tratado de esa manera por obedecer la ley de castidad del Señor.

“Las experiencias de José con sus hermanos mayores que lo vendieron como esclavo, la falsa acusación de la esposa de Potifar, su liderazgo en la prisión y, finalmente, la inspiración dada por Dios para interpretar el sueño del faraón, todo ello significa que el Señor no hace fáciles nuestros caminos, pero sí ayuda a aquellos que confían en Él. José no habría tenido la sabiduría, y quizá ni siquiera la oportunidad de usar esa sabiduría, si no hubiera sido bendecido por el Señor debido a su fidelidad en tiempos de adversidad. El Señor, que mira el corazón, conocía la integridad de José.” (Robert J. Matthews, Selected Writings of Robert J. Matthews: Gospel Scholars Series [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1999], págs. 165–166)

Génesis 39:21. — “Pero Jehová estaba con José… y le dio gracia ante los ojos del jefe de la cárcel”

Se enseña doctrinalmente que la presencia de Dios no se suspende por la injusticia humana, sino que se manifiesta con mayor claridad precisamente en los lugares de humillación. Al afirmar que el Señor estaba con José, el texto recalca que la compañía divina no depende de la libertad exterior ni del reconocimiento público; aun en la cárcel, Dios permanece activo, sosteniendo y guiando a Su siervo. La “gracia” concedida ante el jefe de la cárcel no es mera simpatía, sino evidencia de que Dios abre espacios de favor donde parece no haberlos, transformando un lugar de castigo en un escenario de preparación. Doctrinalmente, este versículo enseña que la fidelidad no garantiza ausencia de pruebas, pero sí asegura la presencia constante del Señor, quien obra en el corazón de otros y convierte los entornos más cerrados en oportunidades para crecer en carácter, liderazgo y confianza. Así, Génesis 39:21 afirma que cuando Dios está con alguien, ningún encierro puede detener Su propósito: aun detrás de rejas, el Señor sigue otorgando gracia, formando a Sus siervos y avanzando silenciosamente hacia el cumplimiento de Sus promesas.

Dallin H. Oaks. Un elemento común en muchas de mis historias bíblicas favoritas fue la manera en que el Señor protegió a Sus hijos rectos y fieles. Cuando era niño, esa era mi parte favorita de la historia de José…

En Egipto, José fue enviado injustamente a la cárcel. Pero aun allí sobresalió, y el Señor lo bendijo. Con el tiempo salió para interpretar el sueño del faraón, y fue hecho gobernador de todo Egipto. En esa poderosa posición, llegó a ser el instrumento para salvar a su pueblo de la hambruna y para amar y perdonar a los hermanos que le habían hecho mal. (Véase Gén. 40–45).

Cuando era niño, me emocionaban las aventuras de José y me impresionaba cómo el Señor lo había rescatado de los peligros del asesinato, la esclavitud y la prisión. La primera vez que leí el Libro de Mormón, encontré la declaración de que “José… que fue vendido en Egipto… fue preservado por la mano del Señor” (1 Nefi 5:14). En lecturas posteriores de las Escrituras, descubrí que este tipo de protección está disponible para todos. Por ejemplo, la Biblia declara que “Jehová guarda a los fieles” (Sal. 31:23) y que Dios “es escudo a los que en Él confían” (Prov. 30:5). (“Bible Stories and Personal Protection”, Ensign, noviembre de 1992, pág. 37)