Génesis

Génesis 40


Génesis 40:1–19. — La revelación divina administrada por Dios mediante Su siervo fiel

Se despliega una escena profundamente doctrinal en la que Dios continúa obrando en silencio mientras Sus propósitos avanzan a través de circunstancias humanas aparentemente ordinarias. José permanece encarcelado injustamente, pero el relato deja claro que la prisión no es un paréntesis en el plan divino, sino parte esencial de su formación espiritual y profética. La llegada del copero y del panadero del faraón —oficiales de alto rango— introduce una verdad clave: Dios entrelaza la vida de Sus siervos con la de otros según un diseño mayor, aun cuando ninguno de ellos comprende todavía el propósito de ese encuentro.

Ambos oficiales tienen sueños en la misma noche, lo que subraya que Dios es el origen común de la revelación, pero también muestra que la revelación sin interpretación produce inquietud en lugar de paz. La tristeza de los hombres al despertar revela una doctrina importante: el ser humano puede recibir manifestaciones divinas y aun así quedar confundido si carece de entendimiento espiritual. En este contexto, José actúa como mediador revelatorio, no por su posición social, sino por su rectitud y su comunión constante con Dios. Su declaración —“¿No son de Dios las interpretaciones?”— establece un principio doctrinal fundamental: la revelación pertenece a Dios, y el hombre solo la comprende plenamente cuando Él mismo concede la interpretación.

El copero relata primero su sueño, y José interpreta con claridad y autoridad, mostrando que el don espiritual no es vago ni ambiguo cuando proviene de Dios. La restauración del copero a su oficio enseña que el Señor es un Dios de orden, que puede restituir, sanar y devolver lo que se ha perdido conforme a Su voluntad. Sin embargo, este acto de restauración no es meramente individual; es parte de un plan mayor que, con el tiempo, abrirá el camino para la liberación de José. Doctrinalmente, el pasaje enseña que Dios bendice a otros a través de Sus siervos, aun cuando esos mismos siervos todavía no reciben su liberación inmediata.

La interpretación del panadero, en contraste, introduce una verdad doctrinal solemne pero necesaria: Dios no solo revela lo que es consolador, sino también lo que es justo. El mensaje para el panadero es de juicio, no de restauración, y José lo comunica con fidelidad, sin suavizar la verdad. Esto enseña que la verdadera revelación no se adapta a los deseos humanos; el profeta no selecciona el mensaje, sino que transmite lo que Dios revela, ya sea favorable o doloroso. La imparcialidad de José muestra que la autoridad espiritual se manifiesta en la obediencia completa, no en la conveniencia.

Narrativamente, el contraste entre los dos sueños y sus desenlaces refuerza la doctrina de la responsabilidad individual. Ambos hombres reciben revelación, ambos escuchan la interpretación, pero sus destinos difieren conforme a decisiones previas conocidas por Dios. El Señor se revela como un Dios justo, que honra la verdad y ejecuta Sus juicios con precisión perfecta. Al mismo tiempo, el pasaje subraya que la revelación divina no siempre produce resultados inmediatos para el profeta mismo; José sigue en prisión después de cumplir fielmente su ministerio.

En conjunto, Génesis 40:1–19 enseña que Dios gobierna la historia con soberanía silenciosa, que la revelación es un don concedido para bendecir y advertir, y que Sus siervos son preparados en lugares humildes antes de ser exaltados públicamente. La prisión de José se convierte en un aula sagrada donde aprende a declarar la palabra del Señor con exactitud, valentía y fe, anticipando el día en que esa misma voz profética resonará ante reyes y naciones.

Génesis 40:5–8 — La revelación y su interpretación pertenecen exclusivamente a Dios, y Él las concede mediante siervos fieles para traer entendimiento y paz, aun en medio de la aflicción.

Se presenta una escena rica en doctrina revelatoria: dos hombres, ambos siervos del faraón, reciben sueños en una misma noche, sueños cargados de significado pero envueltos en angustia porque no pueden comprenderlos. Este detalle enseña que la revelación divina, aunque puede llegar al individuo, no siempre viene acompañada de entendimiento pleno. Dios habla, pero el hombre necesita guía divina para interpretar correctamente Su voz. La tristeza del copero y del panadero no proviene solo del contenido de los sueños, sino de la ausencia de interpretación, mostrando que el conocimiento sin comprensión no produce paz. Doctrinalmente, esto establece que la revelación aislada, sin interpretación autorizada, puede generar confusión en lugar de consuelo.

La respuesta de José es profundamente instructiva: “¿No son de Dios las interpretaciones?” Con esta pregunta, José afirma una verdad fundamental del evangelio: toda interpretación verdadera de la voluntad divina procede únicamente de Dios. José no se presenta como la fuente del poder, sino como un siervo dependiente de la revelación, enseñando que los dones espirituales operan solo mediante humildad y dependencia del Señor. Su invitación —“contádmelos ahora”— no es arrogancia, sino fe; José sabe que su relación con Dios es tal que el Señor puede revelarle lo que otros no pueden comprender. Este pasaje enseña que el profeta no sustituye a Dios, sino que es Su portavoz, y que acudir al siervo del Señor es, en efecto, acudir al Señor mismo.

Además, este relato revela una doctrina consoladora: las circunstancias externas no limitan la obra de Dios. José está en prisión, injustamente encarcelado, sin embargo, la revelación fluye con poder en ese lugar de aparente abandono. Esto enseña que la autoridad espiritual y los dones del Espíritu no dependen de posición social, libertad física o reconocimiento humano, sino de rectitud personal y comunión con Dios. La prisión se convierte en un escenario sagrado donde Dios manifiesta Su conocimiento, mostrando que incluso en los momentos más oscuros de la vida, el Señor puede usar a Sus siervos para traer luz, dirección y propósito.

Finalmente, Génesis 40:5–8 testifica que Dios es un Dios que se comunica, que se interesa en los detalles de la vida humana y que prepara a Sus siervos mucho antes de su exaltación pública. Estos sueños no solo bendicen al copero y al panadero, sino que forman parte del proceso divino mediante el cual José es preparado para su futuro llamamiento. Doctrinalmente, el pasaje enseña que los dones espirituales se desarrollan en la fidelidad diaria, que la revelación es un don sagrado otorgado para bendecir a otros, y que el Señor gobierna los acontecimientos humanos con sabiduría perfecta, aun cuando Sus propósitos todavía no sean visibles para quienes los viven.

Génesis 40:8. — “¿No son de Dios las interpretaciones? Contádmelos ahora, os ruego.”

Se revela doctrinalmente el corazón teológico de José, quien, aun en prisión, afirma con claridad que la revelación pertenece a Dios y no al ingenio humano. Esta pregunta retórica no es duda, sino confesión de fe: José reconoce la soberanía divina sobre el conocimiento oculto y se posiciona humildemente como instrumento, no como fuente. Doctrinalmente, la frase enseña que los dones espirituales operan correctamente cuando se subordinan a Dios; la verdadera interpretación no se reclama como mérito, sino que se recibe como gracia para servir. Además, la invitación “contádmelos ahora” muestra confianza activa: José no presume saber, pero espera que Dios hable al ponerse a disposición. Así, Génesis 40:8 afirma que la revelación florece donde hay humildad, dependencia y servicio, y que Dios se complace en comunicar Su voluntad a través de quienes reconocen que toda luz, entendimiento y respuesta proceden de Él, aun en los lugares más inesperados.

¿Por qué el copero y el panadero le dirían sus sueños a José? Si las interpretaciones pertenecen a Dios, entonces deberían decírselos a Dios, no a José. Pero la petición de José refleja su relación con Dios. Él es un hombre de Dios. Dios es su amigo. Dios ciertamente le dará la interpretación, de modo que hablar con José era lo mismo que hablar con Dios.

En este episodio, José actúa como profeta para los siervos del faraón; ya sea por la propia voz de Dios o por la voz de José, es lo mismo (D. y C. 1:38).

Génesis 40:12. — “Entonces José le dijo: Esta es su interpretación.”

Se expresa doctrinalmente la madurez espiritual de José, quien reconoce que el don recibido no es posesión personal, sino mayordomía divina ejercida con humildad y servicio. Al decir “esta es su interpretación”, José no se atribuye autoridad propia ni sabiduría innata, sino que actúa como portavoz de la revelación que proviene de Dios, tal como lo había afirmado antes: “¿No son de Dios las interpretaciones?”. Doctrinalmente, esta frase enseña que los dones espirituales se manifiestan con mayor claridad cuando el siervo ha sido quebrantado por la prueba y refinado por la fidelidad; José interpreta desde la prisión, no desde el palacio, mostrando que la revelación no depende del estatus, sino de la comunión con Dios. Además, su disposición a interpretar sin exigir beneficio inmediato revela un corazón que sirve antes de ser vindicado. Así, Génesis 40:12 afirma que Dios confía revelación a quienes han aprendido a someter su talento a Su voluntad, y que la verdadera autoridad espiritual se ejerce cuando el creyente habla con certeza humilde, consciente de que no transmite opinión humana, sino luz concedida por el Señor para bendecir a otros, aun en medio de circunstancias adversas.

La interpretación de sueños es un don del Espíritu. Fácilmente podría incluirse en las listas escriturales de dones espirituales: A unos es dado hacer milagros; [a otros les es dada la interpretación de sueños;] y a otros les es dado profetizar… (D. y C. 46:21–22)

Sólo Dios podía haber dado a José la interpretación.

Parley P. Pratt. ¿Qué no han logrado los sueños? Los sueños y su interpretación sacaron al amado hijo de Jacob de su mazmorra, lo hicieron primer ministro de Egipto y salvador de una nación y de la casa de su padre.

Los sueños, y la interpretación de los sueños, elevaron a un Daniel desde la esclavitud o el cautiverio degradante en Babilonia para llevar una cadena real de oro y enseñar a la realeza cómo gobernar, mientras presidía sobre gobernadores y presidentes de más de cien provincias. (Véase Daniel 4.)

Los sueños, y la interpretación de los sueños, han abierto el futuro, señalado el curso de los imperios a través de todos los tiempos turbulentos de las edades sucesivas, hasta que los Santos gobiernen solos y sólo la inmortalidad perdure. (Key to the Science of Theology / A Voice of Warning [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1965], págs. 123–124)

Génesis 40:23. — “Y el jefe de los coperos no se acordó de José, sino que le olvidó.”

Se ofrece una enseñanza doctrinal profunda sobre el silencio de la espera y la fidelidad cuando la gratitud humana falla. El olvido de José no es un accidente narrativo, sino una prueba añadida: después de servir fielmente, interpretar con verdad y mostrar compasión, José queda nuevamente solo, sin recompensa ni reconocimiento. Doctrinalmente, este versículo enseña que Dios a veces permite que los instrumentos humanos fallen para que la esperanza del siervo no repose en favores terrenales, sino únicamente en Él. El retraso no invalida la promesa; la profundiza. El olvido del copero prolonga la prisión, pero también completa la preparación interior de José, enseñándole paciencia, constancia y confianza sin garantías visibles. Así, Génesis 40:23 afirma que el aparente silencio de Dios no es ausencia, sino proceso: cuando los hombres olvidan, Dios recuerda; cuando las puertas no se abren de inmediato, el Señor sigue obrando en lo oculto, afinando el carácter del justo para que, en el tiempo señalado, la liberación llegue no por gratitud humana, sino por la intervención soberana de Dios.

Puedes imaginar que José estaba muy emocionado cuando el copero fue restaurado a su antiguo puesto. Ciertamente usaría su influencia con el faraón para sacar a José de su encarcelamiento injusto. José no tenía razón para dudar de que sería liberado de inmediato. Debió pensar que el episodio del panadero y el copero había sido dispuesto por Dios para su liberación inmediata, pero la libertad no llegó enseguida.

¿Puedes imaginar cómo se sentía José? Ciertamente tuvo la oportunidad de quejarse, diciendo: “Señor, me diste poder para interpretar el sueño del copero y del panadero; ¿por qué entonces el copero me ha olvidado? ¿Por qué debo permanecer en esta prisión, acusado falsamente?”. José sufriría en la cárcel dos años más. Debió preguntarse, como el profeta José en la cárcel de Liberty:

Oh Dios, ¿dónde estás? ¿Y dónde está el pabellón que cubre tu escondite?
¿Hasta cuándo se detendrá tu mano…? (D. y C. 121:1–2)

“Josefo registra: ‘Ahora bien, José, encomendando todos sus asuntos a Dios, no se dispuso a presentar su defensa ni a dar cuenta exacta de las circunstancias del hecho, sino que soportó en silencio las cadenas y la aflicción en que se hallaba, creyendo firmemente que Dios, que conocía la causa de su aflicción y la verdad del asunto, sería más poderoso que aquellos que le infligían los castigos’ (Antigüedades de los judíos, Libro II, v:1).” (Arthur R. Bassett, “Joseph, Model of Excellence”, Ensign, septiembre de 1980, pág. 13)

Neal A. Maxwell. Cuando José Smith, hijo, recibió una bendición de su padre Smith en diciembre de 1834, una parte extensa de esa bendición informó al José moderno de su relación especial con el José antiguo. (Véase bendición de José Smith, padre, 9 de diciembre de 1834, Departamento de Historia de la Iglesia, 1:3–4.)

Las comparaciones entre los dos José, por supuesto, reflejan diversos grados de exactitud; sin embargo, son verdaderamente notables…

Ambos profetizaron de manera notable acerca del futuro de sus naciones y de los desafíos que enfrentarían sus gobiernos. (Véase Gén. 41:29–31; D. y C. 87.)

Ambos supieron lo que era ser acusados falsamente, y ambos fueron encarcelados.

Ambos, en sus extremidades, ayudaron a otros que compartían su encarcelamiento y que más tarde olvidaron a sus benefactores. En el caso del José antiguo, fue el jefe de los coperos. (Véase Gén. 40:20–23.) José Smith se preocupó por un compañero de celda enfermo, Sidney Rigdon, quien fue liberado en enero de 1839. El Profeta se regocijó. Tres meses después, el Profeta preguntó “por el élder Rigdon, si no nos ha olvidado”. (Writings, pág. 399.)

Ambos José fueron arrancados de sus familias, aunque el José antiguo sufrió esto durante mucho, mucho más tiempo.

Muy significativamente, ambos fueron “semejantes” en ser asombrosamente resilientes en medio de la adversidad. Esta es, en cada uno, una cualidad verdaderamente notable. (“A Choice Seer”, Ensign, agosto de 1986, págs. 11–12)