Génesis 42
Génesis 42:2. — “Hay trigo en Egipto”
La expresión comunica una doctrina profunda sobre la provisión divina preparada con anticipación y localizada donde menos se esperaba. Jacob no dice simplemente que hay comida, sino que señala un lugar específico donde la vida puede ser preservada en medio del hambre generalizada, enseñando que Dios no elimina necesariamente las crisis, sino que prepara refugios dentro de ellas. Doctrinalmente, esta frase revela que el Señor suele concentrar Sus recursos en sitios designados, gobernados por siervos fieles, y que la supervivencia espiritual y temporal requiere humildad para ir “a donde está el trigo”, aun cuando ese lugar implique dependencia, desplazamiento o reconciliación con un pasado doloroso. Egipto, símbolo de poder gentil y de lo ajeno al convenio, se convierte paradójicamente en el lugar de salvación para la casa de Israel, mostrando que Dios puede usar medios inesperados para cumplir Sus promesas. Así, “Hay trigo en Egipto” es un llamado a actuar, a descender, a obedecer y a confiar en que donde Dios ha puesto provisión, allí también ha puesto propósito, aun cuando el camino hacia ese trigo confronte nuestro orgullo, nuestros temores o nuestras heridas no resueltas.
Hay vino en Babilonia. Hay trigo en Egipto. Hay cedros en el Líbano. Hay casinos en Las Vegas.
Pero algún día —algún día— la gente dirá: “La gloria de Dios está en Sion”. (DyC 45:67)
Génesis 42:4. — “Benjamín… Jacob no lo envió”
La frase revela la doctrina del temor humano que nace del amor herido y de la dificultad de confiar después de la pérdida. Jacob, marcado por la aparente muerte de José, protege a Benjamín no solo como hijo menor, sino como el último vínculo vivo con Raquel, mostrando cómo el dolor no sanado puede transformarse en sobreprotección. Doctrinalmente, este acto enseña que el amor, cuando está gobernado por el miedo, tiende a inmovilizar y a retener, aun cuando el plan de Dios requiere movimiento, riesgo y fe. Jacob no actúa por falta de fe en Dios, sino por exceso de memoria del sufrimiento; teme que el pasado se repita y que la herida vuelva a abrirse. Sin embargo, el texto prepara el contraste: aquello que Jacob intenta preservar manteniendo a Benjamín en casa será precisamente lo que Dios pedirá más adelante para sanar a toda la familia. Así, el versículo declara que Dios no siempre evita lo que tememos, pero sí usa aquello que tememos para obrar reconciliación, redención y crecimiento, enseñándonos que la fe madura aprende a entregar incluso lo más amado en manos del Dios que ve el fin desde el principio.
La esposa favorita de Jacob era Raquel, y sus hijos favoritos eran los que tuvo con ella: José y Benjamín. Habiendo perdido a José, Jacob no podía soportar la idea de perder también a Benjamín.
Aunque no debemos juzgar a Jacob por tener favoritos, aprendemos la lección de que la rivalidad y los celos entre hermanos son un resultado natural dentro de la dinámica familiar.
Génesis 42:6, 9. — “Vinieron los hermanos de José y se inclinaron a él”
La escena en que “vinieron los hermanos de José y se inclinaron a él” proclama con fuerza la doctrina del cumplimiento inevitable de los propósitos de Dios, aun cuando estos tarden años en manifestarse. Aquellos hombres que una vez despreciaron los sueños de José y lo vendieron como esclavo ahora se postran ante él sin reconocerlo, mostrando que la palabra revelada no depende de la fe inmediata de quienes la escuchan, sino de la fidelidad de Dios que la pronuncia. Doctrinalmente, este momento enseña que el Señor no olvida Sus promesas ni Sus revelaciones, aunque parezcan enterradas por el tiempo, la injusticia o el sufrimiento; lo que Dios declara se cumple en Su debido orden. Para José, este acto no es motivo de venganza ni de orgullo, sino de reconocimiento silencioso de que Dios ha gobernado cada etapa de su vida, incluso las más dolorosas. Así, la inclinación de los hermanos no solo cumple un sueño antiguo, sino que marca el inicio de un proceso de arrepentimiento, reconciliación y redención familiar, enseñando que Dios cumple Su palabra no para humillar, sino para sanar, corregir y restaurar conforme a Su misericordioso plan eterno.
¿Recuerdas los sueños de José? Soñó con gavillas de grano en el campo. Cada gavilla representaba a uno de los hijos de Jacob, y todas las gavillas se inclinaban ante la gavilla de José. Cuando él contó inocentemente el sueño a sus hermanos, ellos preguntaron:
“¿Reinarás tú sobre nosotros?” (Gén. 37:8).
Lo que ninguno de ellos podía ver en ese momento era que José llegaría a ser el segundo al mando en todo Egipto. En efecto, se inclinarían ante su hermano menor. Su segundo sueño fue acerca de “el sol, la luna y once estrellas” que se inclinaban ante José. Todos los sueños de José se cumplirían cuando su padre y su madre vinieran y dependieran de José para sobrevivir. Cuando sus hermanos llegan, José recuerda y comprende todo de inmediato.
Génesis 42:13. — “Tus siervos somos doce hermanos, hijos de un mismo padre… y uno no existe”
La confesión revela la doctrina de la culpa persistente y de la verdad incompleta que el corazón pronuncia cuando el pecado no ha sido plenamente sanado. Al declarar que “uno no existe”, los hermanos de José repiten una versión aceptable de la historia, pero no la verdad redentora: José vive, y su vida es testimonio de la misericordia de Dios pese a la traición humana. Doctrinalmente, este versículo enseña que el pecado no confesado deforma el lenguaje y la memoria; se aprende a hablar sin mentir del todo, pero también sin arrepentirse del todo. La frase expone cómo el remordimiento puede convivir con la negación, y cómo el pasado no resuelto reaparece cuando Dios confronta al alma con circunstancias que exigen verdad. Para José, oírse declarado “inexistente” es una herida renovada; sin embargo, Dios usa esa confesión incompleta para iniciar un proceso pedagógico que llevará a sus hermanos del encubrimiento a la contrición. Así, el texto afirma que Dios no fuerza el arrepentimiento, pero sí crea espacios donde la verdad—primero parcial, luego plena—termina por salir, abriendo el camino a la reconciliación y a la restauración del pacto familiar.
¿Puedes imaginar lo que pasa por la mente de José cuando oye a su hermano hablar de él como si estuviera muerto? ¿Qué tan difícil debe haber sido escuchar eso? ¿Cómo puede un mortal no albergar sentimientos de rencor y resentimiento hacia quienes lo arrojaron al pozo? El dominio propio de José es extraordinario. Él mantiene la apariencia y desempeña el papel del cruel gobernador egipcio.
“Todo lo que sabemos del carácter de José hasta este punto, y a lo largo de todo este episodio, demuestra que el propósito de su trato aparentemente severo era llegar al corazón de sus hermanos, poner a prueba su afecto hacia Benjamín y llevarlos al arrepentimiento por la crueldad que habían mostrado hacia él”. (https://biblehub.com/commentaries/genesis/42-15.htm)
Génesis 42:17–24. — “Y los puso juntos en la cárcel por tres días”
La acción de “ponerlos juntos en la cárcel por tres días” revela la doctrina de la pedagogía divina del remordimiento que precede al arrepentimiento verdadero. José no actúa por venganza, sino por sabiduría espiritual: crea un espacio controlado de aflicción donde sus hermanos pueden enfrentar, sin distracciones, la memoria moral de su pecado. Doctrinalmente, estos tres días funcionan como un tiempo de reflexión forzada, semejante a un desierto o una tumba simbólica, en el que el hombre queda solo con su conciencia delante de Dios. Allí, los hermanos comienzan a interpretar su sufrimiento actual a la luz de su injusticia pasada, reconociendo por primera vez: “Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano”. El encierro no produce endurecimiento, sino sensibilidad espiritual; no genera odio, sino confesión. Mientras ellos hablan entre sí, José escucha y llora, mostrando que la corrección inspirada siempre va acompañada de compasión silenciosa. Así, este episodio enseña que Dios a veces permite períodos breves de restricción y dolor no para destruir, sino para despertar el alma, porque el arrepentimiento profundo rara vez nace en la comodidad, pero florece cuando el corazón es llevado a recordar, sentir y reconocer la justicia divina.
El plan de José es brillante. Él concluye que no hay ningún daño en dejarlos reflexionar en medio de su angustia. Intencionalmente les da tiempo para meditar en la justicia de Dios respecto al castigo del pecador. Habían pasado veintidós años desde que lo habían arrojado al pozo. José había pasado muchos años en prisión a causa de sus hermanos. ¿No era justo que ellos experimentaran por unos días el temor de Dios? Luego, José escucha atentamente su conversación, comprendiendo cada palabra de su idioma. Su corazón es tan grande que, en lugar de sentir deseos de venganza mientras ellos se angustian, él llora por amor y perdón.
Neal A. Maxwell observó: “Los múltiples llantos de José, previos a su reconocimiento final por parte de sus hermanos, nos dicen mucho acerca de este hombre extraordinario, quien es uno de los personajes más impresionantes de toda la historia registrada. José “no pudo contenerse” para revelar quién era realmente, después de haber mostrado una gran generosidad de espíritu hacia aquellos que lo habían afligido”. (That My Family Should Partake, p. 93)
Esta es la historia más grande de perdón en toda la Biblia. El Señor ha puesto este relato en las Escrituras para nosotros. Él sabe que vendrán siglos y milenios de conflictos familiares. José nos muestra cómo debemos actuar cuando somos heridos por quienes deberían ser nuestros mayores protectores. ¿Cómo podremos presentarnos ante Dios en el día del juicio quejándonos de nuestros padres o hermanos? ¿Seremos como el hombre que se acercó a Jesús diciendo:
“Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia”? (Lucas 12:13).
Dios no tiene paciencia con nuestras pequeñas disputas familiares. Podemos inflar el pecho, encerrarnos en nuestro orgullo herido y justificar cualquier represalia que deseemos, pero Dios no nos justificará. Simplemente dirá:
“¿Recuerdas a José, que fue vendido a Egipto por sus hermanos? ¿Alguna vez tu familia ha sido tan cruel contigo? ¿Puedes comparar tu pequeño malentendido con los años de sufrimiento que José soportó? ¿No recuerdas que José, después de todo lo que pasó, tuvo suficiente misericordia y amor en su corazón para perdonar y abrazar a su familia? Ahora, mi querido hijo o hija, ¿cuál es tu excusa? ¿Cómo puedes sentirte justificado en tu rencor? ¿No te he perdonado yo? Entonces, ¿cómo es que tú no puedes perdonar a tu propia familia?”.
¿Cuál será nuestra respuesta en ese día solemne? Es un pensamiento que invita a la reflexión. Dios nos ha dado a José para enseñarnos a perdonar y a amarnos unos a otros, especialmente a los miembros de nuestra propia familia.
Génesis 42:19. — “Si sois hombres honrados”
La expresión introduce la doctrina de la prueba moral como camino hacia la redención. José apela a la integridad de sus hermanos no porque dude de la verdad objetiva de los hechos, sino porque busca despertar en ellos una identidad moral distinta de la que mostraron en el pasado. Doctrinalmente, esta frase enseña que Dios no solo juzga lo que hemos sido, sino que nos confronta con la pregunta de quiénes elegimos ser ahora. La honra aquí no se define por palabras, sino por acciones verificables bajo presión: proteger al más vulnerable, cumplir la palabra dada y asumir responsabilidad por el bien del otro. Al decir “si sois hombres honrados”, José les ofrece una oportunidad de demostrar arrepentimiento mediante obediencia concreta, revelando que la gracia no anula la prueba, sino que la orienta hacia la transformación del carácter. Así, el versículo afirma que la verdadera honra nace cuando el corazón, probado por la adversidad, elige actuar conforme a la verdad, y que Dios utiliza estas pruebas no para humillar, sino para restaurar la dignidad moral perdida.
Tres veces José los ha acusado de ser espías. Están aterrados y desean, más que nada, demostrar su integridad. José, sabiendo esto, apela a su corazón con la frase: “Si sois hombres honrados…”. Es como si dijera: “Les estoy dando la oportunidad de probarse ante mí… veamos cómo lo hacen”.
Génesis 42:25. — “Llenad sus sacos de trigo, y… devolved el dinero de cada uno en su saco”
La orden revela la doctrina de la gracia inmerecida que desarma la culpa y prepara el corazón para el arrepentimiento profundo. José devuelve a sus hermanos no solo alimento para vivir, sino también el dinero que habían pagado, enseñando que la misericordia de Dios suele preceder a la confesión plena y no depender de ella. Doctrinalmente, este acto muestra que la bondad divina no siempre produce alivio inmediato, sino a veces inquietud santa: lo que debía traer seguridad provoca temor, porque el alma culpable sospecha del don gratuito. Al recibir trigo sin costo, los hermanos experimentan una gracia que no pueden explicar ni controlar, obligándolos a confrontar su pasado y a preguntarse por la justicia de Dios. Así, José actúa como instrumento de una misericordia que no encubre el pecado, sino que lo expone con ternura, revelando que Dios salva primero para luego transformar, y que la generosidad inesperada puede ser el medio más eficaz para quebrantar el corazón y conducirlo a la verdad.
Lo que José merecía de parte de sus hermanos era restitución, pero en lugar de eso, él les concede restitución cuando no la merecían. En otro ejemplo más de la grandeza de su corazón, les devuelve el dinero y les da trigo gratuitamente. El efecto inmediato de esta benevolencia es el escepticismo entre sus hermanos, quienes solo pueden imaginar que se trata de una trampa para acusarlos de ladrones la próxima vez que regresen a Egipto.
Tal vez haya aquí una anticipación profética. Cuando los hijos de Israel salgan de Egipto bajo el liderazgo de Moisés, despojarán a los egipcios. Saldrán de Egipto con “alhajas de plata, alhajas de oro y vestidos” (Éxodo 12:35). Que los hijos de Israel salgan de Egipto con las riquezas de los “impíos” es un tema que reaparece en profetas posteriores (véase Isaías 60). Es la voluntad de Dios dar a los descendientes de Jacob las riquezas de este mundo.
























