Génesis

Génesis 43


Génesis 43:2. — “cuando acabaron de comer el trigo que habían traído de Egipto”

La frase enseña la doctrina de la insuficiencia de las soluciones temporales frente a pruebas prolongadas dispuestas por Dios. El trigo que había salvado a la familia por un tiempo ya no existe, y con su agotamiento regresa la urgencia, revelando que Dios no permite que Sus propósitos se cumplan con provisiones a medias ni con decisiones postergadas. Doctrinalmente, este momento muestra que las bendiciones temporales, aunque reales y necesarias, no sustituyen la obediencia completa al plan divino; solo la adelantan hasta que el corazón esté dispuesto a dar el siguiente paso requerido. El fin del trigo obliga a Jacob y a sus hijos a enfrentar lo que habían evitado: regresar a Egipto y llevar a Benjamín, el punto sensible del alma familiar. Así, el Señor usa la escasez persistente no como castigo, sino como instrumento pedagógico que empuja a Sus hijos hacia la fe madura, enseñando que Dios no sostiene indefinidamente al hombre en estados intermedios, sino que permite que los recursos se agoten para moverlo a confiar plenamente en Él y a avanzar hacia la reconciliación, la obediencia y la sanidad completa.

Habían pasado menos de dos años de los siete años de hambre profetizados, pero ni Jacob ni sus hijos conocían el sueño de Faraón acerca de los siete años de escasez. Suponiendo que la hambruna terminaría pronto, imaginaron que solo necesitaban una provisión más para resistir. Su reserva de un año —y aun más— ya se había agotado.

Génesis 43:3. — “Judá le habló”

La sencilla pero decisiva frase revela la doctrina del liderazgo que nace del arrepentimiento y de la responsabilidad asumida. Judá, quien en el pasado propuso vender a José y así cargar con una culpa silenciosa durante años, es ahora el que da un paso al frente para hablar con su padre, no para excusarse, sino para enfrentar la realidad con verdad y compromiso. Doctrinalmente, este momento enseña que Dios puede levantar líderes no por perfección pasada, sino por disposición presente a responder con integridad cuando la situación lo exige. Judá no habla impulsivamente; habla con conciencia del peligro, con claridad sobre las condiciones impuestas por el gobernador de Egipto y con un sentido creciente de responsabilidad familiar. Su voz marca un cambio espiritual: el silencio cómplice del pasado es reemplazado por una palabra valiente que busca preservar vida, aun a riesgo personal. Así, “Judá le habló” señala el inicio de una transformación interior que culminará cuando esté dispuesto a ofrecerse a sí mismo por Benjamín, enseñando que el verdadero liderazgo en el plan de Dios surge cuando el hombre deja de huir de su historia y comienza a actuar conforme a la verdad, el sacrificio y el amor redentor.

Vemos la fortaleza de Rubén (Gén. 42:37) y de Judá al responder por la seguridad de Benjamín. Reconocemos el carácter de Judá al tomar la iniciativa para convencer a Jacob de permitirles regresar a Egipto, pero debe recordarle a su padre que no pueden volver sin Benjamín. Se encuentran en una situación muy difícil. No hay a dónde más ir. No se puede encontrar provisión alguna ni al norte ni al oriente. Egipto es su única opción. Mientras tanto, Simeón permanece preso en Egipto. Su destino pende de un hilo. Jacob ya ha perdido dos hijos a causa de Egipto; ahora teme perder a un tercero.

Génesis 43:7. — “¿Cómo íbamos a saberlo?”

La pregunta defensiva revela la doctrina de la limitada perspectiva humana frente a un plan divino que se despliega paso a paso. Los hijos de Jacob expresan una verdad parcial: no podían prever cada consecuencia futura; sin embargo, su respuesta también desnuda la tendencia humana a excusarse cuando la obediencia exige un costo mayor del esperado. Doctrinalmente, este momento enseña que Dios no siempre revela todo el itinerario desde el inicio, sino que pide fidelidad conforme a la luz recibida en cada etapa; la fe madura no se mide por saberlo todo, sino por responder con integridad a lo que ya se sabe. La pregunta, más que informar, intenta aliviar la tensión del riesgo presente—llevar a Benjamín—y muestra cómo el temor busca amparo en la imprevisibilidad. Así, el texto afirma que la ignorancia del futuro no absuelve la responsabilidad del presente, y que el Señor usa precisamente esas circunstancias no anticipadas para conducir a Sus hijos a una confianza más profunda, donde el “no sabíamos” cede lugar al “confiamos y obedecimos”.

Jacob se queja con sus hijos: “¿Por qué les dijeron acerca de Benjamín?”. Su respuesta se ha repetido millones de veces, de millones de hijos a millones de padres: “¿Cómo íbamos a saberlo?”. En este caso: ¿cómo íbamos a saber que pediría que Benjamín fuera llevado a Egipto? Es una discusión familiar típica, no diferente entonces de lo que es ahora: “¿Cómo íbamos a saberlo?”. “No me culpes”. “No es mi culpa”.

Génesis 43:10. — “si no nos hubiéramos detenido, ciertamente ya habríamos vuelto por segunda vez”

La afirmación revela la doctrina del costo espiritual de la demora nacida del temor. Judá reconoce que la indecisión, aunque comprensible, ha prolongado el sufrimiento innecesariamente y ha puesto en riesgo vidas que podían haberse preservado antes. Doctrinalmente, este versículo enseña que cuando Dios ya ha puesto delante de nosotros el camino a seguir, la vacilación no es neutral: retrasa bendiciones, intensifica pruebas y prolonga la angustia de otros. No se trata de imprudencia, sino de discernir el momento en que la fe debe traducirse en acción; la espera que no nace de revelación, sino del miedo, termina siendo una forma de desobediencia pasiva. Así, Judá verbaliza una verdad que resuena en toda experiencia de fe: muchas veces el problema no es la falta de provisión divina, sino la postergación humana, y el Señor nos invita a avanzar con confianza cuando ya ha hablado, sabiendo que la obediencia oportuna abre caminos que la cautela excesiva mantiene cerrados.

No olvidemos a Simeón. Él está atado en Egipto, esperando el regreso de sus nueve hermanos con Benjamín. Sin duda ha contado los días, las semanas y los meses. Sabe cuánto tiempo toma llegar a casa; sabe cuánto tiempo toma regresar. En prisión, no tiene nada más que calcular sino el tiempo, y el tiempo requerido ya ha pasado. Debe haberse preguntado la razón de la demora. Judá admite que ya habrían regresado por segunda vez si no hubieran tardado.

Neal A. Maxwell. El desafío para nosotros es confiar lo suficiente en Dios como para confiar también en Su tiempo. Si realmente creemos que Él tiene en cuenta nuestro bienestar, ¿no deberíamos permitir que Sus planes se desarrollen como Él considere mejor? (Even As I Am, 1982, p. 93)

Génesis 43:11–12. — “Tomad de lo mejor de la tierra… un presente… y llevad en vuestra mano el doble del dinero”

La instrucción expresa la doctrina de la fe que se manifiesta en integridad, humildad y reparación. Jacob, enfrentado a la necesidad ineludible, actúa con sabiduría espiritual: no presume derechos, no exige favores y no minimiza el pasado, sino que prepara a sus hijos para presentarse con respeto, generosidad y honestidad ante la autoridad que puede preservarles la vida. Doctrinalmente, este gesto enseña que la confianza en Dios no excluye la responsabilidad moral; por el contrario, la fe verdadera impulsa a hacer todo lo que está a nuestro alcance para obrar rectamente. Llevar “lo mejor” reconoce que Dios merece primicias y excelencia aun en la escasez; llevar “el doble del dinero” expresa un corazón dispuesto a restituir y a no beneficiarse de un posible error, mostrando que la justicia precede a la misericordia. Así, Jacob modela que la reconciliación y la bendición suelen abrirse paso cuando el hombre combina fe con honestidad activa, enseñándonos que Dios honra a quienes se acercan a Él y a Sus instrumentos con manos limpias, espíritu humilde y voluntad de reparar lo que pudo haber sido mal hecho.

Joseph L. Wirthlin. La honradez no puede convertirse en una virtud nacional ni mundial a menos que se convierta en una parte fundamental del pensamiento, de las acciones y del carácter del individuo. Tenemos ejemplos brillantes de honradez personal. Pienso en una abuela pionera que estaba en su lecho de muerte. Parecía reflexionar sobre los acontecimientos de su vida y, finalmente, llamó a su hijo a su lado y le dijo: “Todavía tengo una deuda. Le debo cinco centavos al lechero de la calle”.

Por supuesto, el lechero fue pagado de inmediato, pero en la mente de aquella abuela pionera, una obligación de cinco centavos era tan importante como si hubiera sido una obligación de varios miles de dólares.

Pienso en Jacob de la antigüedad, quien había enviado a sus hijos a la tierra de Egipto para comprar grano. Los sacos de grano regresaron y en la boca de cada saco se halló el dinero. Jacob quiso impresionar al gobernante de Egipto demostrando que era un hombre honrado, y por ello sus hijos regresaron llevando el doble del precio del grano. (Conference Report, octubre de 1949, págs. 98–102)

Génesis 43:13–14. — “Tomad también a vuestro hermano, y levantaos; volved a aquel varón”

La exhortación revela la doctrina de la fe que finalmente se rinde a la voluntad de Dios cuando ya no quedan seguridades humanas. Jacob, tras resistirse por temor y dolor acumulado, comprende que retener a Benjamín ya no preserva la vida, sino que la pone en riesgo, y decide actuar confiando lo más amado en manos del Señor. Doctrinalmente, este momento enseña que la obediencia madura suele llegar cuando el alma acepta que no controlar el resultado es parte del discipulado; levantarse implica dejar la inmovilidad del miedo y avanzar hacia lo desconocido con esperanza reverente. Al enviar a Benjamín, Jacob no demuestra ausencia de temor, sino prioridad correcta: elegir la fe sobre la parálisis, la vida sobre la protección excesiva, y la confianza en Dios sobre la memoria del sufrimiento pasado. Así, esta frase marca el tránsito de una fe defensiva a una fe entregada, enseñando que Dios no siempre quita el riesgo, pero sí acompaña y redime a quienes, aun temblando, se levantan y obedecen.

Finalmente, Jacob cede. La única esperanza que le queda es poner su confianza en Dios. Lo mismo sucede con todos nosotros, miembros de la casa de Israel: confiar en el Dios de Jacob cuando las cosas se ponen difíciles.
“Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia” (Proverbios 3:5).

Génesis 43:23. — “Vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os dio el tesoro en vuestros sacos”

La declaración enseña la doctrina de la gracia soberana de Dios que precede y sobrepasa el entendimiento humano. Los hermanos, temerosos por el dinero hallado en sus sacos, interpretan el don como una amenaza; sin embargo, el mayordomo reencuadra el hecho desde la fe, afirmando que la provisión no fue un error ni una trampa, sino un regalo divino. Doctrinalmente, este versículo revela que Dios puede bendecir aun cuando el corazón no esté en paz, y que Su generosidad no siempre coincide con nuestras expectativas de justicia inmediata. Al atribuir el tesoro a “vuestro Dios y el Dios de vuestro padre”, se afirma la continuidad del pacto y se enseña que las bendiciones actuales no anulan la responsabilidad pasada, pero sí anuncian misericordia en proceso. Así, el texto muestra que la gracia de Dios suele llegar antes del arrepentimiento pleno para conducir hacia él, y que aprender a reconocer los dones divinos—especialmente cuando incomodan—es parte esencial de la sanidad espiritual y de la restauración de relaciones rotas.

La humildad de José ha sido enseñada a su mayordomo de confianza. ¿No podría José afirmar que él les había dado el tesoro? ¿No podría el mayordomo decir que él había puesto el dinero en los sacos? Sin embargo, ni José ni su mayordomo cometen el error de atribuirse el mérito. Como en todas las cosas, hay aquí una lección de humildad. También hay una lección acerca de los dones divinos.

Si algo bueno nos sucede, es porque proviene del Señor. La frase “Dios os dio el tesoro” es una verdad para todos los que han buscado la perla de gran precio, para quienes han tenido hambre y sed de justicia, y para quienes han llevado almas a Dios (DyC 18:15). Mormón lo expresó de la mejor manera: “todo lo que es bueno viene de Dios” (Moroni 7:12). Esta verdad sencilla no es demasiado simple; en realidad, se aplica a los tesoros en nuestros sacos, al tesoro de nuestras familias, al tesoro de nuestros convenios y a todos los demás tesoros de la eternidad.

Génesis 43:28. — “Ellos inclinaron la cabeza y se postraron”

La acción descrita manifiesta la doctrina de la humillación inevitable del hombre ante los designios cumplidos de Dios. Sin saberlo, los hermanos de José repiten exactamente el gesto que años atrás despreciaron cuando él relató sus sueños, demostrando que la palabra revelada no necesita la aprobación humana para realizarse. Doctrinalmente, este momento enseña que Dios cumple Sus promesas no para humillar por humillar, sino para colocar al corazón humano en la postura correcta delante de la verdad. La inclinación externa refleja un proceso interno ya iniciado: el orgullo ha comenzado a ceder, la autosuficiencia se debilita y la conciencia reconoce, aunque aún sin palabras, que Dios ha estado gobernando desde el principio. Para José, esta postración no produce triunfo personal, sino confirmación silenciosa de que el Señor ha transformado el mal en bien. Así, el texto declara que toda resistencia humana termina rindiéndose ante la fidelidad divina, y que la verdadera adoración comienza cuando el hombre baja la cabeza, reconoce la mano de Dios y acepta que Su voluntad se cumple aun a través del tiempo, el dolor y la paciencia.

¡Con cuánta rapidez debieron volver los pensamientos de José a un sueño que había tenido años atrás! ¡Qué escena tan conmovedora! ¡Cuán diferente era ahora la dinámica familiar! Años antes, él había declarado:
“He aquí, yo he soñado un sueño; y he aquí que el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante mí… Y sus hermanos le tenían envidia” (Gén. 37:9–11).

Esos mismos hermanos, representados en su sueño como las once estrellas, ahora se inclinaban ante él tal como el sueño lo había profetizado.

Génesis 43:29–31. — “Alzó José sus ojos y vio a su hermano Benjamín”

La escena revela la doctrina de la compasión contenida y del amor redentor que lucha entre la emoción humana y el propósito divino. Benjamín no es solo un hermano menor; es el último vínculo vivo con Raquel, la madre amada, y al verlo, José se enfrenta al recuerdo concentrado de todo lo que perdió y de todo lo que Dios ha restaurado. Doctrinalmente, este momento enseña que el amor verdadero no se extingue con los años ni con la traición, sino que puede purificarse a través del sufrimiento hasta convertirse en misericordia madura. José debe apartarse para llorar, no por debilidad, sino porque la gracia que habita en él es más profunda que la dureza que aparenta; domina sus emociones no para negarlas, sino para servir al tiempo de Dios. Así, el texto muestra que la obra redentora del Señor no elimina la sensibilidad humana, sino que la santifica, y que el corazón que ha sido probado en la aflicción puede amar con más fuerza, con más ternura y con más dominio propio cuando llega el momento señalado para sanar y restaurar.

José tenía otros diez hermanos, pero técnicamente todos eran medio hermanos. Benjamín era el único hermano de sangre completa de José. No sabemos si esto influyó en el amor que sentía por él. José había llorado por sus medio hermanos en la visita anterior; ahora lloraría por Benjamín. Y no solo lloró: se desbordó en llanto, tan profundamente conmovido que tuvo que lavarse el rostro y recomponerse un poco para poder mantener la apariencia severa. Le resultaba difícil permanecer “en su papel” cuando sus entrañas se derretían de amor por Benjamín.