Génesis 44
Génesis 44:1–4. — “Llena los sacos de estos hombres de alimentos… y pon mi copa… en la boca del saco del menor”
La orden revela la doctrina de la prueba final que expone el corazón y completa el proceso de arrepentimiento. José no actúa por engaño malicioso, sino por discernimiento espiritual: recrea deliberadamente las condiciones del pecado pasado para ver si sus hermanos han cambiado. Doctrinalmente, este episodio enseña que Dios no solo perdona, sino que prueba la transformación; permite situaciones que confrontan antiguas inclinaciones para revelar si el alma responderá ahora con verdad, solidaridad y sacrificio. Al implicar a Benjamín—el más vulnerable—la prueba pone a los hermanos ante la misma tentación de antes: abandonar a uno para salvarse a sí mismos. La copa, objeto precioso y personal, intensifica la acusación y hace ineludible la decisión moral. Así, el texto afirma que la gracia prepara, la prueba confirma y la verdad libera: Dios permite pruebas cuidadosamente medidas no para destruir, sino para sellar el arrepentimiento con acciones nuevas que demuestran un corazón renovado.
José tiende una trampa a sus hermanos. En ocasiones, algunos santos se preguntan acerca de la moralidad de que José los prepare deliberadamente para caer. Está poniendo una trampa a sus hermanos y haciendo pasar a Benjamín como ladrón. ¿Es esto un abuso de poder? ¿Hay algo deshonesto en ello?
No en comparación con lo que ellos hicieron con él. Estuvo a punto de ser asesinado por sus hermanos; fue vendido como esclavo, lo que implicó trabajar como siervo, lo cual condujo a que José fuera falsamente acusado de conducta impropia con la esposa de Potifar. Pasó años en prisión. También fue separado de sus padres y de sus seres queridos durante muchos años.
No es un abuso de poder que José utilice un ardid temporal para ayudar a sus hermanos a sentir su dolor. Es un dolor que plenamente merecen experimentar. La diferencia es que José no tiene la intención de hacerlos sufrir por un período prolongado. Al igual que el Salvador, su plan es permitirles probar el dolor y el sufrimiento, pero luego quitar rápidamente su culpa ofreciendo un perdón completo. José está total y plenamente dentro de sus derechos como hermano, como gobernante y como seguidor de Dios al someter a sus hermanos a un susto momentáneo. No deberíamos cuestionar sus métodos. Él actúa con sabiduría y rectitud, de manera muy semejante a como Dios actúa al enviarnos a la tierra para ayudarnos a experimentar dolor y temor, pero proveyendo luego una vía de escape de nuestra situación.
Génesis 44:5. — ¿No es esta la copa en que bebe mi señor, y por la cual suele adivinar?
Génesis 44:5 presenta una afirmación deliberadamente provocadora —que, leída doctrinalmente, no enseña la práctica de la adivinación, sino el uso pedagógico de una apariencia para probar corazones y revelar intenciones. José, siervo de Dios, no atribuye poder a un objeto; más bien, emplea el lenguaje y las expectativas culturales de Egipto para establecer una prueba moral que desenmascara la disposición interior de sus hermanos. La copa se convierte así en un instrumento de discernimiento: no revela el futuro, sino el presente del alma. En contraste con las prácticas humanas de adivinación —que pretenden forzar conocimiento sin relación ni obediencia—, el relato subraya que el verdadero conocimiento procede de Dios y se concede para redimir, no para dominar. Al situar la copa en el saco de Benjamín, José crea un escenario donde la justicia aparente choca con la misericordia buscada: ¿abandonarán al hermano menor para salvarse, como hicieron antes, o asumirán responsabilidad y sacrificio? La respuesta que emergerá muestra que la revelación auténtica no depende de objetos ni técnicas, sino de un cambio de corazón; Dios “prueba” no para condenar, sino para invitar al arrepentimiento y restaurar relaciones rotas.
Se hace referencia a José como alguien que practica la adivinación; es decir, alguien que predice acontecimientos por medio de ciertos signos externos, sonidos o movimientos —en este caso, por el movimiento superficial del vino en una copa especial—. Esta práctica, llamada hidromancia por los griegos, era bien conocida en el antiguo Cercano Oriente, al igual que muchas otras formas de adivinación. La Biblia misma menciona varias: el sacudir flechas, la inspección de hígados y diversas formas de pronosticación astrológica (Ezeq. 21:26; Isa. 47:13; Jer. 10:2). …
Estas y otras formas de adivinación fueron severamente condenadas por la ley de la Torá y por los profetas, y fueron llamadas “prácticas abominables”. Deuteronomio advierte:
“‘No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni quien consulte a los espíritus, ni adivino, ni quien pregunte a los muertos’” (Deut. 18:10–11).
“La repetición frecuente de estas prohibiciones da testimonio de la continua popularidad de tales supersticiones. El Talmud enumera toda una serie de prácticas persistentes (y condenadas) de adivinación”. (The Torah: A Modern Commentary, ed. W. Gunther Plaut [Nueva York: The Union of American Hebrew Congregations, 1981], 278)
Adivinar por medio de una copa no es una forma apropiada de recibir revelación personal. El texto no prueba necesariamente que José realmente utilizara su copa para adivinación, pero sí demuestra que sus hermanos estaban familiarizados con la práctica egipcia de la adivinación. José afirma que la copa se usaba para adivinar con el fin de darle aún mayor valor. El valor de la plata es una cosa; el valor sentimental es otra; pero el hecho de que sea su copa especial para predecir el futuro la hace invaluable —al menos en la mente de los hermanos de José—. ¡Es un delito digno de muerte!
Génesis 44:8–9. — “He aquí, el dinero que hallamos en la boca de nuestros sacos”
Doctrinalmente, estos versículos muestran cómo la honestidad probada en lo pequeño se convierte en argumento moral frente a una acusación mayor. Los hermanos de José no solo niegan la culpa presente; fundamentan su defensa en una acción pasada de integridad voluntaria, evidenciando que el arrepentimiento verdadero no es meramente verbal, sino histórico y coherente en el tiempo. Sin embargo, su seguridad los lleva a pronunciar un juramento extremo —“el que fuere hallado con ella, morirá”— lo cual revela una verdad espiritual más profunda: el ser humano, aun cuando actúa rectamente, no siempre comprende la totalidad del plan divino y puede hablar con exceso de confianza. Dios permite esta declaración para confrontarlos con una justicia que ellos mismos invocan, enseñando que la autoconfianza moral, sin plena dependencia de la misericordia divina, puede volverse peligrosa. El pasaje, por tanto, equilibra dos principios doctrinales: Dios honra la integridad genuina, pero también enseña que la redención final no descansa en nuestra rectitud declarada, sino en nuestra disposición a someternos humildemente cuando Su propósito nos supera.
Ahora los hijos de Israel sabían que alguien había manipulado su equipaje. Tal como en su primer éxodo de Egipto, se habían colocado alimentos y dinero en sus sacos. Esto plantea claramente la posibilidad de que la copa de plata no hubiera sido robada, sino colocada allí. Aunque tenían razones para sospechar que había sido plantada, no estaban en posición de hacer tal acusación. Eso habría sido acusar a su benefactor de mala conducta.
A pesar de sus pecados pasados, los once hermanos eran hombres honrados. No eran ladrones. Su respuesta, como hombres íntegros, fue decir: “Castigad a quien haya hecho esta cosa”.
Génesis 44:13–16. — “Entonces ellos rasgaron sus vestidos, y cargó cada uno su asno, y volvieron a la ciudad”
Es un gesto antiguo que expresa dolor real, arrepentimiento y la conciencia de una pérdida que no puede ocultarse. Doctrinalmente, este acto marca el punto de inflexión donde los hermanos de José dejan de huir del peso de la culpa y eligen regresar voluntariamente al lugar del juicio, aun cuando la ciudad representa autoridad, consecuencia y posible condena. Rasgar los vestidos no es teatralidad; es la confesión visible de que el corazón ha sido quebrantado, condición esencial para que la gracia divina pueda obrar. La pregunta de José —“¿No sabíais que un hombre como yo sabe adivinar?”— mantiene la apariencia de poder humano, pero la respuesta de Judá revela una verdad superior: “Dios ha hallado la maldad de tus siervos”. Aquí se produce la confesión doctrinal clave: no se defienden, no culpan a Benjamín ni alegan azar; reconocen que Dios está obrando más allá del incidente inmediato, sacando a la luz pecados pasados no resueltos. Así, el pasaje enseña que el arrepentimiento auténtico no consiste solo en tristeza, sino en asumir responsabilidad colectiva, regresar cuando sería más fácil escapar, y someterse a la justicia divina confiando en que, aun en la aflicción, Dios está preparando el camino para la reconciliación y la restauración.
Piensa en este viaje de regreso a Egipto. Ellos no robaron la copa, pero empiezan a sentir el peso de la culpa por su traición a José. La naturaleza humana suele formular la pregunta: “¿Qué he hecho para merecer esto?”. En el caso de diez de los hermanos, había una respuesta clara: “No debimos haber vendido a nuestro hermano en manos de los ismaelitas”. Estos pensamientos debieron cruzar por su mente mientras regresaban para enfrentar a José. Se les permitió sentir el aguijón de un “claro recuerdo de toda [su] culpa” (Alma 11:43). Este sentimiento se expresa en la respuesta de Judá en el versículo 16: “Dios ha hallado la iniquidad de tus siervos”.
Génesis 44:18–34. — “Judá se ofrece a sí mismo para recibir el castigo de Benjamín como un tipo del Salvador”
Culmina el proceso de arrepentimiento con uno de los actos más elevados de sustitución moral en todo el Génesis: Judá, el mismo que años antes propuso vender a José, ahora se ofrece a sí mismo para recibir el castigo destinado a Benjamín, revelando un corazón completamente transformado. Doctrinalmente, este discurso no es solo una súplica elocuente, sino una figura tipológica del Salvador, en la que un inocente relativo se presenta voluntariamente para cargar una condena que no le pertenece, a fin de preservar la vida, la libertad y la esperanza de otro, y evitar el dolor de un padre afligido. Judá no apela a derechos, méritos ni justicia estricta; apela al amor, a la responsabilidad asumida y a la compasión, declarando implícitamente que la verdadera grandeza espiritual se manifiesta cuando uno está dispuesto a descender para que otro no sea destruido. En este acto se refleja el principio central de la expiación: la sustitución voluntaria motivada por amor, donde el castigo es asumido libremente para que otros no sean quebrantados. Además, Judá no solo intercede por Benjamín, sino también por Jacob, mostrando que la redención individual siempre tiene un alcance familiar y generacional. Así, este pasaje enseña que la redención no comienza con poder ni revelación externa, sino con un corazón dispuesto a decir: “permite que yo tome su lugar”, anticipando de manera conmovedora la obra del Salvador, quien descendió por debajo de todo para que otros no tuvieran que hacerlo.
Este es el momento más grande de Judá. Son sorprendidos con la copa de plata. Judá fue quien convenció a Jacob de permitirles regresar a Egipto con Benjamín. Ahora se encuentran en una situación crítica. Judá da un paso al frente para ofrecer una explicación.
En estos versículos vemos a Judá —de cuya descendencia habría de venir el Mesías— presentarse como un tipo del Redentor, ofreciéndose a sí mismo en favor de Benjamín. Él es el abogado de Benjamín ante el trono de la justicia. Es su intercesor y su protector. No comete el error de inventar una gran mentira para explicar la situación. Dice la verdad. Al hacerlo, demuestra su devoción hacia su padre. Admite que fue él quien convenció a Jacob de dejar ir a Benjamín y se presenta para recibir el castigo en lugar de él cuando declara:
“Permanezca ahora tu siervo en lugar del joven por siervo de mi señor”.
Yo seré tu esclavo, pero déjalo ir a él. Yo tomaré el castigo si tú muestras misericordia. Así como “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6), el antepasado del Mesías se ofreció a pagar el precio. Tal misericordia, tal amor, es profundamente instructiva y tuvo el efecto de derretir el corazón de José.
James E. Faust. Hace algunos años, el presidente Gordon B. Hinckley contó “algo así como una parábola” acerca de “una escuela de un solo salón en las montañas de Virginia, donde los muchachos eran tan rudos que ningún maestro había podido controlarlos”.
“Entonces, un día, solicitó el puesto un joven maestro sin experiencia. Se le advirtió que todos los maestros anteriores habían recibido terribles palizas, pero él aceptó el riesgo. El primer día de clases, el maestro pidió a los muchachos que establecieran sus propias reglas y el castigo por quebrantarlas. La clase propuso diez reglas, que se escribieron en la pizarra. Luego el maestro preguntó: “¿Qué haremos con quien quebrante las reglas?””.
““Golpearlo diez veces en la espalda sin el abrigo”, fue la respuesta”.
“Unos días después… el almuerzo de un estudiante grande, llamado Tom, fue robado. “Se encontró al ladrón: un pequeño muchacho hambriento, de unos diez años””.
“Cuando el pequeño Jim se acercó para recibir el castigo, suplicó que le permitieran quedarse con el abrigo. “Quítate el abrigo”, dijo el maestro. “¡Tú ayudaste a hacer las reglas!””.
“El niño se quitó el abrigo. No tenía camisa y dejó al descubierto un cuerpecito huesudo y lisiado. Cuando el maestro dudó con la vara en la mano, el gran Tom se puso de pie de un salto y se ofreció a recibir el castigo en lugar del niño”.
““Muy bien, hay una ley según la cual uno puede convertirse en sustituto de otro. ¿Están todos de acuerdo?”, preguntó el maestro”.
“Después de cinco golpes en la espalda de Tom, la vara se quebró. La clase estaba sollozando. “El pequeño Jim se había estirado y había rodeado el cuello de Tom con ambos brazos. ‘Tom, siento haber robado tu almuerzo, pero tenía mucha hambre. Tom, ¡te amaré hasta el día en que muera por haber recibido mi castigo! Sí, ¡te amaré para siempre!’””. (Conferencia General, octubre de 2001, La Expiación: nuestra mayor esperanza)
























