Génesis

Génesis 48


“Yo soy Padre para Israel, y Efraín es mi primogénito” (Jeremías 31:9)

Génesis 48:1. — “He aquí que tu padre está enfermo”

Introduce una doctrina de transición sagrada y preparación espiritual, donde la fragilidad física se convierte en el umbral de actos proféticos decisivos. Doctrinalmente, la enfermedad de Jacob no es presentada como mero deterioro, sino como una señal de que el tiempo de bendecir, ordenar y transmitir promesas ha llegado; la debilidad del cuerpo despierta la urgencia del espíritu. Al ser informado, José actúa con reverencia filial y prontitud, mostrando que el pueblo del convenio reconoce los momentos en que Dios llama a consolidar el legado antes de partir. Este versículo enseña que el Señor suele permitir la enfermedad al final de la vida no solo para humillar al hombre, sino para clarificar lo eterno, creando un espacio donde las prioridades se alinean, las relaciones se ordenan y las bendiciones se confieren con intención. Así, la escena afirma que, en el plan de Dios, incluso la enfermedad puede ser un instrumento de gracia: un llamado silencioso a reunir a los hijos, a recordar las promesas y a preparar el camino para que el convenio continúe más allá de una vida individual.

Algunos de los momentos más tiernos en una familia son aquellos que preceden al fallecimiento de un ser querido. Casi puede sentirse la ansiedad de José al desear que sus hijos reciban una bendición de manos de su padre Jacob. ¿Comprendía José que su padre llegaría a ser el padre de muchas naciones? ¿Entendía cuán central sería el nombre de su padre para identificar a los creyentes en el único Dios verdadero? ¡Dios es llamado el Dios de Israel o el Dios de Jacob! ¡Qué honor tan grande ser designado de ese modo! ¿Sabía José que el Salvador vendría de su linaje?

Génesis 48:5. — “Tus dos hijos… míos son; como Rubén y Simeón, serán míos”

Declara una doctrina profunda de adopción pactual y reordenamiento espiritual, donde la herencia del convenio no se transmite solo por primogenitura natural, sino por designio revelado. Doctrinalmente, Jacob actúa como patriarca profético al incorporar plenamente a Efraín y a Manasés en la línea del convenio, elevándolos al estatus de hijos directos y otorgándoles una porción equivalente a los primogénitos, lo que redefine la estructura familiar bajo la autoridad de Dios. Este acto enseña que el Señor puede ensanchar el convenio mediante adopción espiritual, integrando a quienes nacieron fuera del centro original para cumplir propósitos mayores. Al equipararlos con Rubén y Simeón, Jacob también anticipa un principio de justicia divina: la herencia no depende únicamente del orden de nacimiento, sino de la voluntad de Dios y del futuro servicio dentro de Su plan. Así, el pasaje afirma que el convenio es dinámico y generoso, capaz de reorganizar vínculos para preservar promesas, y que Dios, al adoptar, no reduce la herencia, sino que la multiplica, preparando a Su pueblo para crecer, bendecir y cumplir Su obra a través de generaciones.

Jacob adopta a sus nietos como hijos. A los hijos de José se les otorgarían las bendiciones del primogénito de Israel en lugar de Rubén y Simeón. Cuando los hijos de Israel salieran de Egipto e heredaran la tierra de Canaán, las tribus de Efraín y Manasés recibirían el mismo estatus que las tribus de Rubén y Simeón.

La tribu de Leví no heredó tierra; pero al dividirse la herencia de José en dos partes —Efraín y Manasés— se mantuvieron doce tribus con herencia territorial en Canaán. Así, Efraín y Manasés recibieron la misma condición que las otras diez tribus, como si fueran hijos y no nietos.

La tribu de Efraín llegaría a ser la tribu dominante. Después de los días de Salomón, Efraín lideró a las diez tribus del norte hasta que fueron llevadas cautivas por los asirios.

Erasmus Snow. Rubén fue el primogénito entre los doce hijos de Jacob (Gén. 49:3); pero se nos dice en Crónicas, capítulo 5, que Rubén perdió ese derecho de primogenitura a causa de su adulterio, y que Dios se lo quitó y lo confirió a los hijos de José (1 Crón. 5:1–2). Y de los hijos de José escogió a Efraín como el principal. Aunque el patriarca Jacob, como leemos en Génesis 48, adoptó en su propia familia a dos de los hijos de José, Efraín y Manasés (Gén. 48:5), colocó al menor, Efraín, por delante y le dio la bendición principal (Gén. 48:20; Jer. 31:9), diciendo que Manasés sería grande, pero Efraín sería mayor que él; que llegaría a ser una multitud en medio de la tierra (Gén. 48:19; 48:16).

Otra escritura también dice acerca de Israel esparcido que Efraín se ha mezclado con los pueblos (Oseas 7:8). Y al hablar de la reunión de Israel en la dispensación de los últimos días, el profeta Jeremías dijo que Dios reuniría a Israel y los guiaría como un pastor guía su rebaño, y dice: “Yo soy Padre para Israel, y Efraín es mi primogénito” (Jer. 31:9–10). (Journal of Discourses, 23:181)

Génesis 48:14. — “Israel extendió su mano derecha… guiando sus manos deliberadamente”

Enseña una doctrina de revelación consciente y elección intencional, donde la bendición no es accidental ni impulsiva, sino dirigida por discernimiento espiritual. Doctrinalmente, el texto subraya que Jacob actúa con plena lucidez profética: aun con la vista debilitada, su entendimiento está firme, y guía sus manos deliberadamente para alinear el acto físico con la voluntad revelada de Dios. Este detalle afirma que la autoridad espiritual no depende de la fuerza corporal ni de la percepción natural, sino de la comunión con Dios que permite ver lo que otros no ven. Al cruzar las manos, Jacob desafía la expectativa humana del orden natural y declara que el convenio avanza por elección divina, no por costumbre. Así, el pasaje enseña que las bendiciones del Señor son intencionales y específicas, conferidas conforme a propósito y futuro servicio, y que quienes bendicen en el nombre de Dios deben hacerlo con conciencia, fe y obediencia a la revelación recibida. En este acto deliberado se afirma que Dios guía incluso los gestos cuando el corazón está alineado con Su voluntad, asegurando que la bendición siga el camino que Él ha determinado.

John Taylor. De los dos hijos de José —Efraín y Manasés— el Señor dijo: Manasés será grande, pero Efraín será mayor que él; y llegará a ser multitud en la tierra (Gén. 48:19). Y cuando el patriarca estaba bendiciendo a los dos hijos de José, aunque estaba ciego, tuvo cuidado de cruzar sus manos al bendecir a los jóvenes. José, al observar lo que su padre hacía, le indicó que estaba poniendo la mano derecha sobre la cabeza del menor; pero el anciano respondió: “Lo sé, hijo mío”.

El Espíritu del Señor lo impulsó a actuar así, para conferir la mayor bendición sobre Efraín, el hermano menor (DyC 133:34). Por esta razón Dios habló por boca de Jeremías acerca de la reunión de Israel: “Yo soy Padre para Israel, y Efraín es mi primogénito” (Jer. 31:9). Esto es conforme a Sus propósitos. Dios reconoció y reafirmó este derecho de primogenitura sobre Efraín, el menor de los dos hijos de José, al referirse a la dispensación del cumplimiento de los tiempos y al inicio de su gran obra, cuando el Señor pondría Su mano para reunir a Su pueblo y ser Padre para Israel, incluso para Efraín Su primogénito (Jer. 31:9; Jer. 30:1–24; Jer. 31:1–40). (Journal of Discourses, 21:371–372)

Génesis 48:15. — “Dios… me sustentó en toda mi vida hasta el día de hoy”

Expresa una doctrina de providencia constante y fidelidad retrospectiva, donde un patriarca contempla su historia no como una sucesión de logros personales, sino como un testimonio continuo del cuidado divino. Doctrinalmente, Jacob reconoce que, a pesar de sus errores, luchas y aflicciones, ha sido sostenido —no solo protegido ocasionalmente, sino alimentado, guiado y preservado— por la mano de Dios en cada etapa de su peregrinaje. Esta confesión enseña que la vida del convenio no se define por la ausencia de pruebas, sino por la presencia ininterrumpida de Dios que acompaña y provee aun cuando el camino es incierto. Al decir “hasta el día de hoy”, Jacob une pasado y presente en un solo acto de gratitud, afirmando que la misma gracia que lo sostuvo en Harán, en Peniel y en Canaán, lo sostiene ahora en la vejez. Así, el versículo declara que la fidelidad de Dios no es episódica ni condicionada, sino diaria y perseverante, invitando a los hijos del convenio a confiar en que el Dios que ha sustentado el ayer continuará sosteniendo el mañana, hasta que Su obra en cada vida sea completada.

“La palabra traducida como sustentó significa “pastoreó”, y aquí, por primera vez, encontramos la hermosa metáfora tan característica de la Biblia. La bondad protectora de Dios tenía la vigilancia íntima de un pastor sobre su rebaño. Isaías 40:11 proclama: “Como pastor apacentará su rebaño”. En Jeremías 31:10 y Ezequiel 34:12 aparece la misma promesa. Aún más personal es el Salmo 23: “Jehová es mi pastor””. (The Interpreter’s Bible, ed. G. A. Buttrick et al. [Nueva York: Abingdon Press, 1952], vol. 1, p. 816)

Génesis 48:16. — “que vengan a ser multitud en medio de la tierra”

Expresa una doctrina de expansión pactual y fecundidad redentora, donde la bendición divina mira más allá del individuo para abarcar generaciones y propósitos universales. Doctrinalmente, Jacob invoca al Dios que lo redimió “de todo mal” para que esa obra de rescate se traduzca en crecimiento vivo y visible, enseñando que la redención no culmina en la preservación personal, sino en la multiplicación que bendice al mundo. Ser “multitud” no es solo aumentar en número; es prosperar en identidad, influencia y continuidad del convenio “en medio de la tierra”, es decir, entre las naciones y en contextos donde la fe debe vivirse y transmitirse. Así, el pasaje afirma que Dios bendice a Su pueblo para que crezca sin perder su nombre ni su misión, y que la verdadera fecundidad del convenio consiste en reproducir vida —espiritual y comunitaria— allí donde Dios coloca a Sus hijos. En esta promesa se enseña que la gracia que rescata también envía, y que el crecimiento que Dios concede tiene como fin último extender Su obra y Su luz a través de generaciones.

Las tribus de Efraín y Manasés crecieron hasta convertirse en grandes multitudes, primero al establecerse en la tierra de Canaán en los días de Josué. Esta profecía también se cumplió en los descendientes de Lehi e Ismael en el Libro de Mormón. El cumplimiento final se conocerá cuando las tribus perdidas —de las cuales Efraín y Manasés forman parte— traigan sus Escrituras a Sion en la presencia del Cordero (DyC 133:25–34).

Erastus Snow. Quienquiera que haya leído cuidadosamente el Libro de Mormón habrá aprendido que los restos de la casa de José habitaron en el continente americano (Alma 46:23–24; 3 Nefi 10:17; 3 Nefi 15:12–13), y que Lehi aprendió, al escudriñar los registros de sus padres escritos en las planchas de bronce, que era del linaje de Manasés (1 Nefi 5:14–16; Alma 10:3). El profeta José nos informó que el registro de Lehi estaba contenido en las 116 páginas que fueron primero traducidas y luego robadas, de las cuales se nos da un compendio en el primer libro de Nefi, que es el registro personal de Nefi, siendo él mismo del linaje de Manasés (Alma 10:3); pero que Ismael era del linaje de Efraín, y que sus hijos se casaron con la familia de Lehi, y los hijos de Lehi se casaron con las hijas de Ismael, cumpliéndose así las palabras de Jacob sobre Efraín y Manasés en el capítulo 48 de Génesis, donde dice:
“Y sea invocado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac; y multiplíquense en gran manera en medio de la tierra”.

Así, estos descendientes de Manasés y Efraín crecieron juntos en este continente americano, con una porción del linaje de Judá —descendiente de Mulek— quien salió de Jerusalén once años después de Lehi y fundó la colonia que después se conoció como Zarahemla, y que fue hallada por Mosíah, formando así una combinación y mezcla de Efraín y Manasés con los restos de Judá. (Journal of Discourses, 23:184–185)

Génesis 48:19–20. — “su hermano menor será mayor que él… y puso a Efraín antes que a Manasés”

Establece una doctrina de elección divina que trasciende el orden natural, donde Dios afirma que Su propósito no está limitado por la primogenitura ni por las expectativas humanas. Doctrinalmente, Jacob actúa con plena conciencia profética al cruzar las manos y declarar el futuro de los hijos de José, enseñando que la grandeza en el convenio no se hereda automáticamente, sino que se otorga conforme a la voluntad y previsión de Dios. La preferencia por Efraín no deshonra a Manasés; más bien, revela que Dios puede asignar responsabilidades y alcances distintos dentro de una misma familia sin negar valor ni bendición. Este patrón, repetido a lo largo de las Escrituras, muestra que el Señor elige instrumentos según Su diseño redentor, a menudo invirtiendo jerarquías humanas para manifestar que el poder procede de Él y no del linaje o la posición. Así, el pasaje enseña que el convenio avanza por revelación y propósito, no por costumbre, y que Dios prepara a ciertos descendientes para cargas mayores con miras al bienestar de muchos. En la colocación de Efraín antes que Manasés se afirma que la obra de Dios se mueve según Su sabiduría eterna, invitando a confiar en que Sus decisiones —aunque incomprendidas en el momento— siempre están orientadas a la expansión y preservación de Sus promesas.

Efraín llegó a ser la tribu dominante del reino de Israel en los días posteriores a Salomón. En esencia, su tribu asumió el liderazgo que de otro modo habría correspondido a Rubén. Podemos suponer que los descendientes de Efraín han permanecido como los líderes predominantes de las tribus perdidas, ya que Efraín era la tribu principal cuando los asirios destruyeron el reino de Israel alrededor del año 720 a. C. Cuando los registros de las diez tribus perdidas sean devueltos, entonces sabremos qué papel desempeñó Efraín en esa historia (2 Nefi 29:13).

Sin embargo, había sangre de Efraín en Jerusalén después de la caída del reino de Israel. Esa sangre corrió por las venas de Ismael y luego por las de los nefitas y lamanitas. Aunque la Restauración ocurrió en la nación gentil de los Estados Unidos, la sangre de Efraín corrió por las venas de los primeros líderes de la Iglesia y sigue corriendo por las venas del liderazgo actual. Los primeros hermanos solían referirse a la sangre de Efraín como “sangre creyente”. Loren C. Dunn dijo:
“Los que aceptan el evangelio de Jesucristo son la sangre de Israel, y característico de la casa de Israel es la capacidad de creer. Algunos se han referido a ello como “sangre creyente””. (Conference Report, abril de 1981, p. 25)

Erastus Snow. Dios está determinado a llevar a cabo una obra que será una obra maravillosa y un prodigio (Isaías 29:14)… Él ha declarado que en los últimos días Efraín será Su primogénito; a ellos los reuniría, y sobre ellos pondría Su santo sacerdocio, y los usaría como Sus siervos y como Sus instrumentos para empujar a los pueblos desde los extremos de la tierra.

Porque Moisés, al bendecir a la tribu de José antes de su muerte, dijo:
“Sus cuernos son como cuernos de unicornio; con ellos acorneará a los pueblos juntos hasta los confines de la tierra; y ellos son los diez millares de Efraín y los millares de Manasés” (Deuteronomio 33:13–17). (Journal of Discourses, 23:298–299)

Erastus Snow. El evangelio del reino debe ser predicado a todo pueblo, nación y lengua antes de que venga el fin (Mateo 24:14); y mediante la predicación de la palabra y la administración de las ordenanzas del evangelio, Israel es buscado entre las naciones entre las cuales se halla esparcido, especialmente la simiente de Efraín, a quien pertenecen las primeras promesas, la promesa de las llaves del sacerdocio (Gén. 48:1–20; Jer. 31:9; DyC 133:34).

Debe recordarse que, de toda la simiente de Abraham a la que el Señor escogió para portar las llaves pertenecientes a este santo orden del sacerdocio, la simiente de Efraín, hijo de José, fue la primera y principal. Aunque la tribu de Leví, a la cual pertenecieron Moisés y Aarón, fue encargada especialmente de administrar los asuntos del sacerdocio menor bajo la ley, Efraín —el hijo peculiar y escogido de José— fue aquel a quien el Señor nombró por Su propia boca y por medio de los profetas para heredar las llaves de presidencia de este sumo sacerdocio (DyC 107:9), conforme al orden del Hijo de Dios.

En esto también vemos el cumplimiento de los convenios y promesas de Dios; no porque José heredara esta bendición por derecho de nacimiento —pues Rubén fue el primogénito entre los doce hijos de Jacob— sino porque se nos dice en el capítulo 5 de Crónicas que Rubén perdió ese derecho por su adulterio, y que Dios se lo quitó y lo confirió a los hijos de José (1 Crónicas 5:1–2); y de los hijos de José escogió a Efraín como el principal. (Journal of Discourses, 23:183–184)

Wilford Woodruff. Todas las bendiciones que el viejo padre Jacob pronunció sobre José y sobre los hijos de Efraín, su hijo y sus nietos, han reposado sobre ellos hasta el día de hoy. José Smith provenía de ese linaje. En su juventud fue inspirado por Dios y ministrado por ángeles. Bajo su guía y consejo, puso los cimientos de esta obra y vivió lo suficiente para recibir todas las llaves necesarias para llevar adelante esta dispensación.

Vivió lo suficiente para que estos seres le ministraran: Juan el Bautista, Pedro, Santiago y Juan los apóstoles; Eliseo y Elías, quienes tenían las llaves de volver el corazón de los padres a los hijos y el corazón de los hijos a los padres; y Moroni, quien tenía las llaves del palo de José en manos de Efraín para salir a luz en los últimos días, ministró personalmente a José Smith y le dio estos registros, instruyéndolo en las cosas de Dios de tiempo en tiempo hasta que estuvo calificado y preparado para establecer los cimientos de esta obra. (Journal of Discourses, 15:9)

Brigham Young. Es a Efraín a quien he estado buscando todos los días de mi predicación, y esa es la sangre que corría por mis venas cuando acepté el Evangelio. Si hay personas de otras tribus de Israel mezcladas entre los gentiles, también las estamos buscando. Aunque los gentiles sean cortados, no supongan que no vamos a predicar el Evangelio entre las naciones gentiles, porque ellos están mezclados con la casa de Israel; y cuando enviamos a las naciones no buscamos a los gentiles, porque son desobedientes y rebeldes. Buscamos la sangre de Jacob, y la de su padre Isaac y Abraham, que corre por las venas de las personas. Hay una partícula aquí y otra allá, bendiciendo a las naciones tal como fue profetizado.

Tomen una familia de diez hijos, por ejemplo, y puede que encuentren nueve que sean puramente de linaje gentil, y un hijo o una hija en esa familia que sea puramente de la sangre de Efraín. Estaba en las venas del padre o de la madre, y se reprodujo en ese hijo o hija, mientras que el resto de la familia son gentiles. Puede parecer extraño, pero es cierto. Es la casa de Israel la que buscamos, y no nos importa si vienen del oriente, del occidente, del norte o del sur; de China, Rusia, Inglaterra, California, Norte o Sudamérica, o de cualquier otro lugar. Y es precisamente el joven sobre quien el padre Jacob puso sus manos el que salvará a la casa de Israel.

El Libro de Mormón vino a Efraín, porque José Smith era un efraimita puro, y el Libro de Mormón le fue revelado; y mientras vivió, hizo de ello su obra principal: buscar a los que creían en el Evangelio. (Journal of Discourses, 2:268–269)