Génesis 49
Introducción
José Smith. Dondequiera que se establezca la Iglesia de Cristo en la tierra, debe haber un Patriarca para beneficio de la posteridad de los Santos, como ocurrió con Jacob al dar su bendición patriarcal a sus hijos. (Enseñanzas del Profeta José Smith, 151)
James E. Faust. Una bendición patriarcal de un patriarca debidamente ordenado puede darnos una estrella que seguir, la cual es una revelación personal de Dios para cada individuo. Si seguimos esa estrella, es menos probable que tropecemos o seamos engañados. Nuestra bendición patriarcal será un ancla para nuestra alma, y si somos dignos, ni la muerte ni el diablo podrán privarnos de las bendiciones pronunciadas. Son bendiciones que podemos disfrutar ahora y para siempre.
Al igual que muchas otras bendiciones, las bendiciones patriarcales normalmente deben ser solicitadas por la persona que desea recibirla. La responsabilidad de recibir una bendición patriarcal recae principalmente en el individuo cuando él o ella tiene suficiente comprensión de la importancia de una bendición patriarcal. Aliento a todos los miembros de la Iglesia que tengan esta madurez a llegar a ser dignos y obtener sus bendiciones (https://www.churchofjesuschrist.org/study/general-conference/1995/10/priesthood-blessings?lang=eng)
Génesis 49:1. — “Reuníos, y os declararé lo que os ha de acontecer en los postreros días”
Introduce una doctrina de reunión pactual y revelación profética, donde el patriarca convoca a sus hijos no solo para despedirse, sino para situarlos dentro del horizonte eterno del plan de Dios. Doctrinalmente, el mandato “reuníos” enseña que la revelación más profunda se recibe en comunidad y bajo autoridad, cuando la familia del convenio se congrega para oír la palabra del Señor. Jacob no habla desde la nostalgia del pasado, sino desde la visión del futuro; sus palabras enlazan generaciones y muestran que las decisiones presentes tienen consecuencias que se extienden hasta “los postreros días”. Este pasaje afirma que Dios revela patrones, destinos y responsabilidades tribales para preparar a Su pueblo, no para satisfacer curiosidad, sino para orientar fidelidad y esperanza. Así, la escena enseña que el pueblo del convenio no camina a ciegas hacia el porvenir: Dios anuncia, advierte y promete, invitando a cada hijo a comprender su lugar en la historia sagrada. La reunión final de Jacob declara que la vida del convenio culmina mirando hacia adelante, con la certeza de que el Dios que habló a los padres sigue guiando a Sus hijos hasta el cumplimiento pleno de Sus promesas.
Tal como Adán reunió a su posteridad justa en un valle y luego “predijo cuanto había de sobrevenir a su posteridad hasta la última generación” (DyC 107:53–56), Jacob haría lo mismo. Adán fue el padre de toda la familia humana, y Jacob fue el padre de un subconjunto especial de los hijos de Adán: la casa de Israel, la familia de los creyentes, la familia del convenio, la familia de los fieles. Pero no todos serían fieles en ninguna de las dos familias. La posteridad de Jacob, a menudo como la nuestra, se apresuró a avergonzarlo con errores que quedaron reflejados en las bendiciones patriarcales que otorgó a sus hijos.
Jacob fue verdaderamente un profeta, pues dio a sus hijos bendiciones proféticas por el poder del Espíritu, o el espíritu de profecía.
Lorenzo Snow. Cuando entro en una familia, admiro ver al cabeza de esa familia ministrando en ella como un hombre de Dios, amable y gentil, lleno del Espíritu Santo y de la sabiduría y el entendimiento del cielo. Los hombres y las mujeres pueden aumentar su conocimiento espiritual; pueden mejorar a medida que se acumulan los años. Así fue, en cierta medida, con los antiguos profetas. Cuando se hallaban al borde de la tumba, listos para entregar el espíritu y pasar de esta vida a otra, estaban llenos del poder del Omnipotente, y podían poner las manos sobre la cabeza de sus hijos y decirles lo que les acontecería hasta las edades más remotas.
Los sumos sacerdotes y élderes de Israel deben cultivar este espíritu y vivir continuamente de tal manera que puedan tener las revelaciones del Omnipotente para guiarlos, a fin de que crezcan en sabiduría y bondad conforme avanza la edad. (Journal of Discourses, 12:148, 9 de octubre de 1867)
Génesis 49:3. — “Rubén… inestable como el agua, no serás el principal”
Enuncia una doctrina sobria sobre carácter, autocontrol y consecuencias espirituales, donde la primogenitura natural es desplazada por la evaluación moral delante de Dios. Doctrinalmente, Jacob no niega la posición inicial de Rubén como “primogénito” ni la fuerza potencial que esa herencia implicaba; más bien, revela que la falta de firmeza interior —comparada con el agua que no retiene forma ni dirección— incapacita para sostener responsabilidades sagradas. La inestabilidad no se presenta como debilidad momentánea, sino como un patrón de vida que erosiona la confianza necesaria para liderar en el convenio. Este pasaje enseña que Dios valora la constancia del alma por encima del privilegio heredado, y que el liderazgo espiritual requiere dominio propio, fidelidad y reverencia por lo santo. Así, la pérdida de preeminencia de Rubén no es venganza ni rechazo definitivo, sino una advertencia doctrinal: los dones sin carácter no se consolidan, y las oportunidades no sostenidas por integridad se transfieren a quienes están dispuestos a vivir con firmeza. En la voz final del patriarca se afirma que el lugar en el plan de Dios no se preserva por derecho de nacimiento, sino por una vida anclada en obediencia y estabilidad espiritual.
No sabemos mucho de la vida de cada uno de los hijos de Jacob, pero Rubén siempre será recordado por haberse acostado con la concubina de su padre y, por ello, haber perdido su herencia como primogénito (Gén. 35:22). En el capítulo anterior aprendimos que la primera bendición de Jacob fue dada en su lugar a Efraín (Gén. 48:19–22; Jer. 31:9).
Es una historia repetida un millón de veces: la tragedia del pecado sexual. Aunque Rubén es descrito como la “excelencia de dignidad y la excelencia de poder”, esas frases se refieren a su potencial, no a la realidad. ¿Cuántos han caído de la excelencia a la inestabilidad por la maldición del pecado sexual? Lamentablemente para Rubén, su pecado quedó registrado en el libro más famoso del mundo. Moisés pronunció una bendición sobre Rubén diciendo: “Viva Rubén, y no muera; y no sean pocos sus varones” (Deut. 33:6).
Robert D. Hales. Rubén era el primogénito y tenía el derecho de primogenitura: bendiciones especiales destinadas solo para él. Pero en su bendición, su padre dijo: “Tú eres… inestable como el agua, no serás el principal” (Génesis 49:3–4). Pensemos por un momento en lo que significa la frase inestable como el agua. Cuando el agua se calienta, se evapora; cuando se enfría, se congela; cuando no está canalizada, causa erosión y destruye todo lo que encuentra a su paso.
Como poseedores del Sacerdocio Aarónico, ustedes también tienen un derecho de nacimiento. Los desafío a ser obedientes y firmes. Los desafío a no dejar que su determinación se diluya ni que su compromiso de seguir al Salvador se evapore. Sean firmes como una roca al vivir el evangelio. (Informe de la Conferencia General, abril de 2007, p. 48)
Génesis 49:5. — “Simeón y Leví… instrumentos de crueldad”
Articula una doctrina severa sobre el uso desordenado del celo y la corrupción del poder moral, donde la pasión no santificada se convierte en violencia destructiva. Doctrinalmente, Jacob no condena la capacidad de sus hijos para sentir indignación ante la injusticia, sino la forma en que esa indignación fue canalizada: la crueldad revela un corazón que permitió que el enojo gobernara la acción, rompiendo los límites del convenio y deshonrando lo santo. Al llamar “instrumentos” a sus armas, el texto sugiere que el mal no solo reside en la intención, sino en la disposición a convertirse en medios de destrucción, perdiendo sensibilidad y autocontrol. Este pasaje enseña que el celo por lo correcto, cuando no es sometido a la voluntad de Dios, puede producir consecuencias opuestas a las que pretende, trayendo dispersión en lugar de unidad y pérdida de autoridad espiritual. Así, la reprensión profética de Jacob afirma que Dios no valida la violencia como expresión de justicia, y que el verdadero poder en el convenio se manifiesta cuando la fuerza es gobernada por la mansedumbre, la obediencia y el respeto por la vida. En esta palabra final se advierte que la ira desatada no edifica el reino de Dios, y que la santidad exige no solo rectitud de causa, sino pureza de medios.
Simeón y Leví habían decepcionado a su padre en el incidente de Siquem el heveo, que se encuentra en Génesis 34. El príncipe Siquem se había enamorado de Dina, la hija de Jacob, y se acostó con ella. Sus hermanos se indignaron de que este heveo hubiera deshonrado a su hermana. Cuando el padre de Siquem vino a Jacob para pedir a Dina para su hijo y solicitar además una alianza entre los israelitas y los heveos, Simeón y Leví aprovecharon la ocasión para vengarse. Exigieron que todos los varones de la ciudad se circuncidaran, con el engaño de que su religión así lo requería; y cuando los hombres estaban adoloridos por la circuncisión, mataron a todos los varones de la ciudad y se llevaron a los niños, a las mujeres y los rebaños de los heveos.
Jacob quedó horrorizado por las acciones de Simeón y Leví: “Me habéis turbado, haciéndome abominable a los moradores de la tierra… y se juntarán contra mí y me herirán, y seré destruido yo y mi casa” (Gén. 34:30).
Génesis 49:7. — “Los dividiré en Jacob, y los esparciré en Israel”
Declara una doctrina de consecuencia redentora y disciplina transformadora, donde el juicio de Dios no busca aniquilar, sino reordenar para preservar el convenio. Doctrinalmente, esta palabra pronunciada sobre Simeón y Leví no es un arrebato de enojo patriarcal, sino una sentencia profética que muestra cómo Dios responde a la violencia no santificada: no la perpetúa ni la concentra, sino que la disuelve mediante la dispersión. Ser “divididos” y “esparcidos” implica perder cohesión tribal y poder colectivo, enseñando que la unidad sin rectitud puede convertirse en peligro espiritual. Sin embargo, esta dispersión no es abandono definitivo; en el plan de Dios, la disciplina también puede convertirse en oportunidad de redención. Particularmente en el caso de Leví, el esparcimiento llegará a transformarse en un ministerio santo entre todas las tribus, mostrando que Dios puede consagrar incluso las consecuencias del pecado cuando hay arrepentimiento y obediencia posterior. Así, el versículo enseña que el Señor gobierna la historia con justicia y misericordia: limita aquello que puede dañar a Su pueblo y, al mismo tiempo, abre caminos para que la corrección produzca servicio, humildad y renovación dentro del convenio.
Cuando Josué introdujo a los israelitas en la tierra de Canaán para recibir su herencia, a los levitas no se les dio una porción específica de tierra. Como poseedores del sacerdocio levítico, fueron esparcidos por todo Israel, viviendo en las ciudades y sirviendo como sacerdotes locales.
“Así apartarás a los levitas de entre los hijos de Israel; y los levitas serán míos” (Núm. 8:14).
Ser divididos y esparcidos suele tener una connotación negativa; sin embargo, en el caso de Leví, la dispersión tuvo el propósito de cumplir una función sacerdotal. No ocurrió lo mismo con Simeón.
¿Y qué sucedió con la tribu de Simeón? Su territorio estaba dentro del territorio de Judá. Con el tiempo, parece que las tierras de Simeón fueron absorbidas por el reino de Judá:
“Porque la parte de los hijos de Judá era demasiado grande para ellos; así que los hijos de Simeón tuvieron su heredad dentro de la heredad de Judá” (Jos. 19:9).
No está del todo claro cómo se cumplió la profecía de que Simeón sería esparcido en Israel, pero sí es evidente que llegó a ser una fuerza menos significativa entre las tribus.
“En el desierto, los simeonitas disminuyeron de 59.300 a 22.200 hombres (Núm. 1:23; 26:14); y después de la conquista de Canaán fueron tan débiles que solo se les asignaron quince ciudades, dispersas en el territorio de Judá. Allí se diluyeron, siendo absorbidos por la tribu entre la cual habitaban o retirándose para vagar como nómadas en el desierto de Parán”.
En Deuteronomio 33, donde Moisés registra su bendición sobre cada una de las tribus, Simeón es omitido de manera inexplicable.
Génesis 49:8. — “Judá, a ti te alabarán tus hermanos”
Proclama una doctrina de liderazgo redimido y preeminencia nacida del arrepentimiento, donde la honra no surge del privilegio original, sino de una transformación moral probada. Doctrinalmente, Judá no es exaltado por fuerza ni por primogenitura, sino porque su carácter ha sido rehecho: pasó de vender a su hermano a ofrecerse a sí mismo por otro, y esa conversión interior lo capacita para recibir reconocimiento entre sus iguales. La alabanza de los hermanos no es adulación, sino consentimiento espiritual: el liderazgo verdadero es aquel que otros reconocen porque perciben sacrificio, responsabilidad y fidelidad. Este versículo enseña que Dios eleva a quienes han aprendido a cargar con otros, a asumir culpa y a interceder con amor; por eso, la preeminencia de Judá anticipa un liderazgo que reúne y protege, no que domina. Así, la palabra profética afirma que la honra en el convenio procede de un corazón quebrantado y fiel, y que cuando Dios exalta, lo hace para bendecir a la familia entera, estableciendo un linaje de liderazgo que culminará en un reino de justicia, servicio y paz.
“La vida de Jacob no ha sido feliz, y no puede evitar reflexionar sobre la profunda decepción que le causaron sus tres hijos mayores. Sin embargo, ahora, al acercarse la muerte, un futuro mejor se levanta ante su mirada interior. Ese futuro está ligado a Judá y a José”. (The Torah: A Modern Commentary, ed. W. Gunther Plaut, p. 311)
Judá fue un líder natural entre sus hermanos. Tomó la iniciativa al negociar con José cuando este aún no se había dado a conocer (Gén. 44). Además, la tribu de Judá llegaría a ser la tribu dominante después del reinado de Salomón. De Judá vendría el más grande Rey en la historia de Israel: Jesucristo. Y de Judá también vendría el segundo gran rey de Israel: David.
Génesis 49:9. — “Judá es cachorro de león”
Presenta una doctrina de poder en crecimiento y autoridad destinada, donde la fuerza no se impone de inmediato, sino que madura bajo el propósito de Dios. Doctrinalmente, la imagen del “cachorro” sugiere inicio, potencial y desarrollo progresivo: Judá no nace dominando, sino aprendiendo a ejercer poder con dominio propio, pasando de la impetuosidad juvenil a la firmeza del liderazgo responsable. El león, símbolo de realeza y valentía, no actúa aquí como depredador caótico, sino como guardián cuya autoridad inspira respeto y seguridad. Este pasaje enseña que Dios forja a Sus líderes a través del tiempo, permitiendo que el carácter crezca antes que el poder se consolide, y que la verdadera fortaleza espiritual sabe cuándo avanzar y cuándo reposar. Así, la metáfora afirma que el liderazgo en el convenio no surge de la violencia ni de la ambición, sino de una fuerza contenida y consagrada, preparada para bendecir y proteger a otros. En Judá, el “cachorro de león” anticipa un linaje en el que el poder será ejercido con justicia, señalando que Dios transforma el potencial en autoridad cuando el corazón ha sido refinado.
Moisés llama a la tribu de Dan “cachorro de león”, lo que sugiere que esta expresión era un modismo común en aquella época (Deut. 33:22). Aplicada a Judá, evoca a un animal enérgico y poderoso, el rey de la selva, por así decirlo: fuerte, intrépido, regresando de la presa con la satisfacción de haber sido saciado.
Este versículo parece describir tres etapas en la vida del león: el león joven, el león adulto y el león anciano. El león joven sube de la presa; el león adulto se encorva y se echa como dispuesto a saltar; y el león viejo duerme. Tomaremos cierta libertad interpretativa al definir estos tres leones:
- El león joven representa a la tribu de Judá en su apogeo: el gran reino bajo David, capaz de vencer a cualquier Goliat que se interpusiera en su camino.
- El león adulto representa al León del Señor, el Salvador Jesucristo. Como un león antes de atacar, estaba agazapado y oculto. Durante Su ministerio terrenal, Jesús poseía más poder del que jamás utilizó. Tenía poder sobre Su propia vida; poder para protegerse; poder para destruir a Sus enemigos. Sin embargo, reservó ese poder, aguardando la Segunda Venida. Esta imagen de Cristo como un león agazapado nos recuerda el poder que poseía mientras ministraba entre los galileos, permitiendo Su propia muerte a manos de judíos y romanos. Tenía la fuerza, pero nunca se abalanzó sobre Sus enemigos. Fue como cordero al matadero, conteniéndose de ejercer Su poder leonino para vengarse.
- El león viejo duerme bajo un árbol. ¿Quién despertará al viejo y adormecido león? ¿No podemos ver aquí a la nación judía en nuestros días, antes de la Segunda Venida? Como la religión viva más antigua de la tierra, el viejo león del judaísmo debe ser despertado para una nueva vida en la adoración del Mesías. Cuando despierte, veremos que aún hay fuerza en Judá.
Génesis 49:10–11. — “a Él [Silo] será congregado el pueblo”
Revela una doctrina mesiánica y de reunión universal, donde la promesa hecha a Judá trasciende lo tribal para señalar a un gobernante definitivo cuyo poder se funda en obediencia y paz. Doctrinalmente, “Silo” no describe solo un reinado político, sino a Aquel que tiene el derecho legítimo de gobernar y en quien se concentran las esperanzas del convenio; por eso, el pueblo no es forzado, sino congregado voluntariamente hacia Él. Esta reunión no depende de fronteras ni de linajes humanos, sino de una autoridad espiritual que atrae corazones y ordena naciones. Las imágenes de abundancia —el cetro firme, la vid fecunda, el vino que fluye— enseñan que Su dominio no produce escasez ni opresión, sino vida, descanso y plenitud. Así, el pasaje afirma que el fin último del liderazgo del convenio no es la supremacía, sino la reunión redentora, donde los dispersos hallan centro, los cansados reposo y los pueblos esperanza. En la profecía de Jacob se declara que la historia avanza hacia Aquel que reúne, gobierna con justicia y transforma la obediencia de los pueblos en una comunidad reconciliada bajo Su paz.
Puedes preguntar a tus amigos judíos acerca de estos versículos de la Torá: ¿qué significan? Sin duda son referencias crípticas, pero así es como les gusta (Jacob 4:14). Aquí tenemos la promesa del Mesías, Silo, como el objeto de la congregación de Israel. Se menciona la vid. Jesús declaró ser la vid: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos” (Juan 15:5).
La vid fue atada al asna y al pollino en la entrada triunfal, pues los discípulos “trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos, y Él se sentó encima” (Mat. 21:7).
“Lavó en vino sus vestidos, y en la sangre de uvas su manto”.
De Lucas sabemos que “estando en agonía… su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Luc. 22:44).
De Isaías: “¿Quién es este que viene de Edom, con vestidos rojos…?
¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que pisa en lagar?
He pisado yo solo el lagar… y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas”(Isa. 63:1–3).
Wilford Woodruff. Cuando Jesús llevó el Evangelio a la casa de Su Padre —los judíos— ellos lo rechazaron a Él y las palabras de vida que les enseñó. Estaban intensamente esperando la venida de su Silo (JST Gén. 50:24) en la figura de un rey, un gobernante con gran poder, suficiente para librarlos del yugo romano. Nunca imaginaron que aparecería entre ellos como el niño de Belén, nacido en un establo y acostado en un pesebre; un hombre de dolores, experimentado en quebranto (Isa. 53:3), que escogería como discípulos a pescadores iletrados y humildes.
Y aunque Él era su Rey Salvador, que habría de redimirlos, librarlos y darles el evangelio de paz y libertad, en su vanidad y orgullo lo despreciaron, lo persiguieron y finalmente derramaron Su sangre.
(Journal of Discourses, 19:357, 30 de junio de 1878)
Génesis 49:13. — “Zabulón habitará en puerto de mar; y será puerto para naves”
Presenta una doctrina de ubicación providencial y vocación de conexión, donde Dios asigna a una tribu un lugar que la convierte en punto de encuentro y tránsito para muchos. Doctrinalmente, el “puerto” no es solo geografía; es misión: Zabulón es llamado a vivir en la frontera entre lo propio y lo ajeno, facilitando intercambio, movimiento y apertura sin perder identidad. Al ser “puerto para naves”, su herencia implica recibir, proveer y servir de enlace, enseñando que en el plan de Dios algunos pueblos son bendecidos para conectar—personas, recursos y oportunidades—y así contribuir al bienestar colectivo. Este pasaje afirma que la prosperidad ligada al comercio y al contacto no es fin en sí misma, sino un medio para sostener a la familia del convenio y ampliar su influencia. Así, Zabulón encarna la verdad de que Dios coloca a Sus hijos estratégicamente: unos para custodiar, otros para cultivar, y otros para abrir caminos; y que cuando la vocación se vive con fidelidad, el lugar asignado se transforma en bendición para muchos.
Zabulón terminó asentándose tierra adentro del territorio costero del norte de Canaán, donde el comercio marítimo llegó a ser la principal industria. Las ciudades de Tiro y Sidón se hicieron famosas por sus mercaderes y su navegación muchos años después de que los israelitas fueran conquistados y esparcidos.
“No conocemos un cumplimiento literal claro de esta predicción, pero Moisés también habla de Zabulón e Isacar como tribus que “chuparán de la abundancia de los mares”. Es muy posible que, al vivir en la vecindad de los fenicios, participaran en actividades marítimas; y así, el sentido general de la bendición puede ser que Zabulón sería una tribu no de agricultores, sino de comerciantes”.
Génesis 49:14–15. — “Isacar… vio que el descanso era bueno, y la tierra que era deleitosa”
Enseña una doctrina de elección pragmática y vocación de servicio, donde la bendición se vive a través del trabajo constante más que de la preeminencia política. Doctrinalmente, Isacar discierne correctamente el valor del descanso y la bondad de la tierra, pero su respuesta revela que la comodidad puede orientar el destino: al inclinar el hombro para llevar la carga, acepta una vida de labor sostenida y sujeción, no como derrota, sino como contribución silenciosa al bienestar común. El texto no condena el amor por la paz ni por la tierra fértil; advierte, más bien, que las decisiones motivadas por la seguridad pueden definir el tipo de servicio que se prestará en el plan de Dios. Así, Isacar representa a quienes edifican sin protagonismo, sosteniendo a otros con su constancia y esfuerzo. Este pasaje afirma que el convenio necesita tanto líderes visibles como trabajadores fieles, y que Dios honra la diligencia perseverante cuando se somete a Su propósito, aun cuando el descanso deseado se alcance mediante sacrificio y responsabilidad compartida.
“La tribu recibió algunas de las tierras más ricas de Palestina, incluyendo la llanura oriental de Esdrelón, y tuvo dentro de sus fronteras varios lugares notables en la historia israelita, tales como Gilboa, Jezreel y Tabor”. (Diccionario Bíblico, Escrituras SUD)
Génesis 49:16–17. — “Dan juzgará a su pueblo… Dan será serpiente junto al camino”
Presenta una doctrina compleja sobre autoridad ambigua y poder ejercido desde la astucia, donde la capacidad de juzgar no siempre se acompaña de rectitud espiritual. Doctrinalmente, Dan recibe una función legítima —“juzgar a su pueblo”— que implica discernimiento, liderazgo y responsabilidad; sin embargo, la imagen de la serpiente introduce una advertencia: el poder puede ejercerse no solo con justicia abierta, sino también mediante estrategia, sorpresa y engaño, afectando el curso de otros sin enfrentamiento directo. Esta dualidad enseña que Dios reconoce habilidades reales en Sus hijos, pero también revela cómo el carácter determina el impacto de esas habilidades. La serpiente “junto al camino” no detiene por fuerza, sino que hiere desde lo oculto, mostrando que la influencia puede ser eficaz y, a la vez, moralmente peligrosa si no está sometida a la voluntad divina. Así, el pasaje advierte que el juicio sin santidad degenera en manipulación, y que la astucia sin verdad produce tropiezo. En la bendición de Dan se afirma que el convenio requiere no solo capacidad para gobernar, sino integridad para hacerlo, recordando que el poder que no se consagra a Dios puede volverse instrumento de caída tanto para otros como para quien lo ejerce.
El significado hebreo original del nombre Dan es “Dios es mi juez”, y hace referencia al sentimiento de validación de Raquel cuando su sierva Bilha dio a Jacob un hijo en un tiempo en que ella misma luchaba por concebir (Gén. 30:1–7). La tribu de Dan fue pequeña, pero se destacó por asentarse en la región más septentrional de Israel; de ahí la expresión bíblica “de Dan hasta Beerseba”, que significa de norte a sur. Sansón, famoso por su fuerza y sus hazañas contra los filisteos, provenía de Dan (Jueces 13:25).
Por razones que no se explican, la tribu de Dan es omitida de la lista de tribus en Apocalipsis 7.
Génesis 49:19. — “La tribu de Gad”
Declara una doctrina de conflicto persistente y resiliencia victoriosa, donde la vida del convenio no se define por la ausencia de batallas, sino por la capacidad de resistir y prevalecer. Doctrinalmente, Gad es presentado como una tribu marcada por la confrontación: atacada repetidas veces, puesta a prueba por fuerzas externas, pero no derrotada. La promesa “al fin” introduce esperanza escatológica y moral, enseñando que la fidelidad no siempre se ve recompensada de inmediato, pero sí culmina en superación. Este pasaje afirma que Dios permite que Su pueblo enfrente oposición para forjar fortaleza y dependencia, y que la victoria que Él concede suele llegar tras perseverancia y disciplina. Así, Gad representa a los que avanzan heridos pero firmes, mostrando que en el plan de Dios el combate no niega la bendición, sino que la prepara, y que quienes confían en el Señor pueden levantarse después de cada acometida para seguir adelante hasta alcanzar la promesa final.
“Después de la conquista de Canaán por las tribus israelitas alrededor del año 1200 a. C., Josué repartió la tierra entre las doce tribus. Sin embargo, en el caso de Gad, Rubén y la media tribu de Manasés, Moisés les asignó tierras al oriente del río Jordán y del mar Muerto” (Jos. 13:24–28).
Las dos tribus y media al oriente del Jordán hicieron un convenio con Moisés: sus soldados ayudarían a conquistar la tierra al occidente del Jordán. Cumplieron fielmente este compromiso (Jos. 22).
Su ubicación oriental dejó a los gaditas vulnerables a ataques de los amonitas al oriente y de los moabitas al sur; por ello, en las Escrituras posteriores se les llama a menudo galaaditas (Jueces 11; 1 Sam. 11). La profecía “una banda lo acometerá, mas él acometerá al fin” puede referirse al ataque de Nahás el amonita (1 Sam. 11), cuando Saúl reunió un gran ejército y derrotó a los amonitas, cumpliéndose que Gad vencería al final.
Génesis 49:20. — “Aser: su pan será sustancioso”
Proclama una doctrina de abundancia provista y bendición compartida, donde Dios concede prosperidad no para el acaparamiento, sino para el sustento y el gozo de muchos. Doctrinalmente, el “pan sustancioso” simboliza una herencia de fertilidad, estabilidad y suficiencia constante, indicando que Aser será bendecido con recursos que fortalecen y deleitan. Esta abundancia incluye “deleites reales”, sugiriendo que la provisión de Dios puede elevar la calidad de vida y contribuir al bienestar de la comunidad y aun de gobernantes, sin que ello implique orgullo o dependencia del lujo. El pasaje enseña que la prosperidad, cuando procede de Dios, tiene un propósito relacional: alimentar, servir y sostener, convirtiéndose en medio de bendición para otros. Así, Aser encarna la verdad de que Dios reparte dones diversos dentro del convenio, y que la riqueza consagrada se manifiesta en generosidad fiel, donde el pan abundante se transforma en fortaleza compartida y gratitud hacia el Dador de todo bien.
Aser se estableció en la costa al sur de Tiro, el gran puerto del Mediterráneo. La riqueza de esa ciudad seguramente benefició a los aseritas. A Aser se le prometió pan abundante y manjares de rey. Moisés dijo: “Bendito sea Aser con hijos… y moje en aceite su pie” (Deut. 33:24). El aceite —especialmente el de oliva— era tan abundante en la tierra de Aser que incluso se usaba de manera simbólica para expresar prosperidad.
Génesis 49:22. — “José es rama fructífera… junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro”
Proclama una doctrina de fecundidad sostenida por la gracia y expansión que trasciende límites, donde la vida del justo no solo sobrevive a la adversidad, sino que prospera y bendice más allá de su propio espacio. Doctrinalmente, la “fuente” señala el origen divino de la fortaleza de José: su fruto no procede de circunstancias favorables, sino de una nutrición constante de Dios, aun en tierra extraña. Los “vástagos” que se extienden “sobre el muro” enseñan que la bendición del convenio no queda confinada por barreras humanas —traición, cautiverio o fronteras—, sino que rebasa obstáculos para alcanzar a otros. Este pasaje afirma que Dios convierte la aflicción en suelo fértil, y que la fidelidad perseverante produce una influencia que cruza generaciones y geografías. Así, José encarna al siervo cuya vida, arraigada en la fuente divina, se multiplica en fruto visible y en alcance redentor, mostrando que cuando Dios sostiene, el crecimiento no solo es abundante, sino expansivo, destinado a dar vida más allá de los muros que pretendían contenerlo.
José recibió el derecho de primogenitura en Israel por dignidad y por derecho natural, después de que Rubén lo perdiera por transgresión (1 Crón. 5:1–2). Bendiciones especiales y profecías sobre José y su posteridad se encuentran en Génesis 48; 49:22–26; y Deuteronomio 33:13–17.
Las tribus de Efraín y Manasés formaron parte de las diez tribus del reino del norte y, por tanto, de las “tribus perdidas”. Una rama de los descendientes de José viajó a las Américas alrededor del 600 a. C. y dejó su registro en el Libro de Mormón. En los últimos días, ha sido principalmente a los descendientes de José a quienes el Señor ha llamado primero para llevar el evangelio a las naciones, conforme al convenio hecho con Abraham.
LeGrand Richards. “Al describir la tierra a la que iría la simiente de José —“una rama fructífera… cuyos vástagos se extienden sobre el muro”— es razonable suponer que el océano era el muro que José habría de cruzar, “hasta los confines de los collados eternos””.
(A Marvelous Work and a Wonder, 64)
Génesis 49:25. — “El Dios de tu padre… te ayudará, y te bendecirá con bendiciones de los cielos de arriba”
Articula una doctrina de ayuda divina personal y plenitud de bendición integral, donde la fidelidad heredada se convierte en sostén activo en el presente. Doctrinalmente, Jacob identifica a Dios no como una fuerza impersonal, sino como el Dios relacional del convenio, Aquel que acompañó a los padres y que ahora interviene para ayudar y bendecir de manera concreta. La promesa de “ayuda” reconoce la realidad de la lucha y la necesidad humana, mientras que las “bendiciones de los cielos de arriba” amplían el horizonte hacia dones que trascienden lo terrenal, incluyendo guía, revelación y favor espiritual. Este versículo enseña que Dios no bendice parcialmente: Su provisión abarca lo alto y lo profundo, lo visible y lo invisible, integrando cielo y tierra en la vida del justo. Así, la palabra final del patriarca afirma que la herencia del convenio no es solo memoria del pasado, sino asistencia viva y abundante en el presente, asegurando que quienes confían en el Dios de sus padres reciben fuerza para perseverar y bendiciones que descienden desde lo alto para sostener y fecundar toda su vida.
De Judá vendría el Mesías; de Judá vendrían David y Salomón; y de Judá vendría la Biblia. Por contraste, de José vendría el liderazgo del reino del norte antes de la dispersión y una rama que sobreviviría para traer el Libro de Mormón, instrumento clave de la Restauración. Por José vendría José Smith y los profetas de los últimos días con las llaves para bendecir a toda la humanidad (DyC 110:12).
Mormón. “Ciertamente ha bendecido la casa de Jacob, y ha sido misericordioso con la simiente de José… y de nuevo traerá a un remanente de la simiente de José al conocimiento del Señor su Dios… y conocerán a su Redentor, Jesucristo” (3 Nefi 5:21–26).
Génesis 49:27. — “Benjamín… arrebatará la presa”
Expresa una doctrina de vigor combativo y victoria concentrada, donde la bendición no se describe en términos de extensión territorial o abundancia visible, sino de eficacia y resolución. Doctrinalmente, la imagen del arrebatamiento señala rapidez, determinación y capacidad para prevalecer en escenarios de conflicto, enseñando que Dios concede a algunos un temperamento para enfrentar la oposición con firmeza y precisión. Esta fortaleza no se presenta como crueldad desmedida, sino como energía canalizada para proteger, conquistar y asegurar lo necesario en momentos decisivos. El reparto “por la mañana” y “a la tarde” sugiere constancia: la victoria no es esporádica, sino sostenida a lo largo del día, indicando disciplina y perseverancia. Así, Benjamín representa a quienes son llamados a tareas exigentes, donde la bendición del convenio se manifiesta como coraje activo y capacidad de respuesta. El pasaje enseña que el plan de Dios requiere diversidad de dones: junto a los que siembran y sostienen, están los que luchan y aseguran, y que cuando la fuerza se somete a la voluntad divina, se convierte en instrumento de preservación y avance del propósito eterno.
Benjamín fue una tribu pequeña, pero sobrevivió a los asirios en 721 a. C. y se integró estrechamente con Judá. De Benjamín procedieron figuras notables como el rey Saúl, Mardoqueo y el apóstol Pablo.
Génesis 49:29. — “Sepultadme con mis padres en la cueva… de Efrón el hitita”
Expresa una doctrina de identidad pactual que trasciende la muerte, donde el lugar de sepultura se convierte en una confesión final de fe. Doctrinalmente, Jacob no pide ser enterrado en Egipto, tierra de provisión y honra temporal, sino en la cueva comprada por Abraham, afirmando que su verdadera pertenencia no está donde terminó su vida, sino donde comenzó la promesa. Este mandato revela que la esperanza del convenio no se mide por comodidad presente, sino por lealtad a las promesas eternas, aun cuando estas aún no se hayan cumplido plenamente. Al elegir reposar con sus padres, Jacob declara que la muerte no rompe la continuidad del convenio, sino que la reafirma, uniendo generaciones en una misma esperanza. Así, el pasaje enseña que la fe auténtica ordena incluso nuestros últimos deseos conforme a lo eterno, y que el pueblo del convenio vive y muere mirando hacia adelante, confiando en que Dios cumplirá Su palabra más allá del tiempo, del lugar y de la vida mortal.
Abraham compró la cueva por 400 siclos de plata, insistiendo en pagar el precio completo para asegurar la propiedad legal y permanente del lugar. Esta compra es base en la ley judía para varias formas legales de adquisición de tierras.
La Cueva de Macpela (Santuario de los Patriarcas)
Es venerada como el lugar de sepultura de Abraham, Isaac, Jacob, Sara, Rebeca y Lea. El complejo fue cubierto por una gran estructura edificada por Herodes el Grande y modificada por culturas posteriores. Es uno de los lugares más sagrados del judaísmo y también un sitio venerado por musulmanes.
Génesis 49:31. — “Allí sepultaron a Abraham y a Sara su mujer”
Funciona como una afirmación solemne de memoria pactual y continuidad generacional, donde la fe se ancla en actos concretos que atraviesan el tiempo. Doctrinalmente, al recordar el lugar donde fueron sepultados Abraham y Sara, el texto no solo señala una tumba, sino un testimonio de promesas vividas y heredadas: allí descansan quienes recibieron el convenio, caminaron por fe y murieron sin ver su cumplimiento total, confiando plenamente en Dios. Esta referencia enseña que el pueblo del convenio no construye su identidad únicamente sobre experiencias personales, sino sobre una historia compartida de fidelidad, donde cada generación se enlaza con la anterior. La mención de Abraham y Sara une fe, matrimonio y promesa, mostrando que el convenio se vive en relaciones sagradas y se transmite mediante lealtad perseverante. Así, el pasaje afirma que recordar a los padres fieles no es nostalgia, sino un acto doctrinal: declarar que el Dios que obró en ellos es el mismo que seguirá obrando en sus descendientes, y que la esperanza del convenio permanece firme aun más allá de la muerte.
Hoy se puede visitar el sitio, pero los restos de Abraham no están allí. Abraham ha resucitado. El Señor reveló que Abraham “ha entrado en su exaltación y se sienta en su trono” (DyC 132:29). Lo mismo puede asumirse de Sara, Rebeca, Isaac, Jacob, Raquel y Lea, pues “los sepulcros fueron abiertos, y muchos cuerpos de santos… resucitaron” después de la resurrección de Cristo (Mat. 27:52–53).
























