Génesis

Génesis 7


Introducción: El Diluvio

“Muchos de nosotros tenemos gratos recuerdos de haber aprendido acerca de Noé y su arca durante nuestros años en el hogar y en la Primaria. Quizá nuestros padres y maestros nos mostraron una imagen de Noé predicando a personas que se reían y se burlaban de él mientras permanecía de pie frente al arca parcialmente construida, o tal vez nos enseñaron una ilustración del arca llena de animales sobre la cubierta mientras la gran embarcación reposaba sobre las aguas. Más adelante, nuestros maestros de la Escuela Dominical o del seminario ampliaron nuestro conocimiento de este gran hombre, de su rectitud, de su obra misional y de las revelaciones relacionadas con la construcción del arca. Como Santos de los Últimos Días, atesoramos este relato sagrado y verdadero de uno de los grandes profetas de Dios que vivió hace tanto tiempo.

“No obstante, no todas las personas del mundo moderno aceptan la historia de Noé y el Diluvio. Muchos la rechazan por completo, considerándola un simple mito o una ficción. Típico de algunos eruditos modernos, un autor descartó recientemente los acontecimientos del Diluvio utilizando términos como ‘inverosímil’, ‘inaceptable’ e ‘imposible’; afirmó que los creyentes que esperaran proporcionar pruebas geológicas u otro tipo de evidencia sobre la historicidad del Diluvio ‘no pueden tener garantía alguna de que su esfuerzo, por sostenido que sea, tendrá éxito’. Otro autor tituló su libro El disparate del arca de Noé, revelando así su incredulidad respecto a que el Diluvio realmente ocurriera.

“Otras personas aceptan solo partes del relato del Diluvio, reconociendo que pudo haber existido un predicador carismático local, como Noé, y una inundación localizada que cubriera únicamente una región específica del mundo, como el área de los ríos Tigris y Éufrates o quizá toda Mesopotamia. Sin embargo, estas personas no creen en un diluvio mundial o global. Ambos grupos —los que niegan totalmente la historicidad de Noé y el Diluvio, y los que aceptan solo partes del relato— se ven influidos en su incredulidad por la manera en que interpretan la ciencia moderna. Se apoyan en consideraciones geológicas y teorías que postulan que sería imposible que un diluvio cubriera las montañas más altas de la tierra, y que la evidencia geológica (principalmente en los campos de la estratigrafía y la sedimentación) no indica que haya ocurrido un diluvio mundial en ningún momento de la existencia de la tierra.

“Existe un tercer grupo de personas: aquellos que aceptan el mensaje literal de la Biblia con respecto a Noé, el arca y el Diluvio. Los Santos de los Últimos Días pertenecen a este grupo. A pesar de los argumentos del mundo en contra de la historicidad del Diluvio, y pese a la supuesta falta de evidencia geológica, nosotros, los Santos de los Últimos Días, creemos que Noé fue un hombre real, un profeta de Dios, que predicó el arrepentimiento y levantó una voz de advertencia, construyó un arca, reunió a su familia y a una multitud de animales en ella, y flotó a salvo mientras las aguas cubrían toda la tierra. Tenemos la certeza de que estos acontecimientos realmente sucedieron gracias a los múltiples testimonios de los profetas de Dios.” (Donald W. Parry, “El Diluvio y la Torre de Babel”, Ensign, enero de 1998, pág. 36)

Génesis 7:2. — “De todo animal limpio tomarás siete pares”.

Revela que, aun en medio del juicio inminente, Dios actúa con previsión, orden y un propósito redentor. La distinción entre animales limpios e inmundos —anterior a la ley mosaica— muestra que el Señor ya había establecido principios de santidad y adoración. Los animales limpios no solo eran aptos para la preservación de la vida después del Diluvio, sino también para el sacrificio, lo cual indica que la adoración a Dios y la expiación por medio del sacrificio debían continuar aun después de la destrucción. El número siete, símbolo bíblico de plenitud y perfección, sugiere abundancia suficiente no solo para sobrevivir, sino para restaurar y consagrar el nuevo comienzo de la tierra. Doctrinalmente, este mandamiento enseña que Dios siempre provee más que lo estrictamente necesario cuando Sus propósitos incluyen renovación espiritual. Noé no fue salvado únicamente para vivir, sino para adorar, obedecer y volver a establecer una relación correcta entre la humanidad y Dios. De la misma manera, el Señor no solo nos rescata del pecado y del juicio, sino que nos prepara para una vida consagrada después de la liberación. La salvación nunca es meramente escape; es preparación para una vida más santa. Así, los “siete pares” testifican que la gracia de Dios no solo preserva, sino que capacita para adorar, servir y edificar un mundo nuevo conforme a Su voluntad.

Generalmente pensamos que la Ley de Moisés fue la primera en introducir un código dietético estricto en el registro bíblico. Levítico 11 enumera los animales, peces y criaturas que eran considerados limpios o inmundos. Los hijos de Israel debían comer aquellos animales que rumiaban y tenían la pezuña hendida (Lev. 11:3). Sin embargo, aquí encontramos una descripción de animales limpios muchos siglos antes de Moisés. Como parte de la ley del sacrificio y de la ley superior del sacerdocio patriarcal, debió existir un código dietético cuyos detalles no han sobrevivido en el registro escritural. Algunos de estos animales limpios y de las aves tomadas de siete en siete serían utilizados como alimento durante el viaje.

Mark E. Petersen “Obsérvese que se hace referencia al alimento que Noé y su familia comerían, así como al alimento para los animales en el arca. Obsérvese también que de los animales limpios Noé tomó siete pares, mientras que de los inmundos tomó solo dos pares. Esto le permitiría ofrecer holocaustos al Señor tan pronto como el Diluvio cesara, sin interferir con la procreación de la vida para repoblar la tierra.” (Noah and the Flood, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982, págs. 52–53)

Génesis 7:5. — “E hizo Noé conforme a todo lo que Jehová le mandó”.

Declara con sencillez poderosa: “E hizo Noé conforme a todo lo que Jehová le mandó”. Esta frase resume una vida de obediencia íntegra y constante. Noé no obedeció selectivamente ni condicionó su fidelidad a la comprensión total del mandato; obedeció todo, aun cuando el encargo parecía incomprensible para su generación y requería años de esfuerzo sin evidencia inmediata de recompensa. Su obediencia fue una expresión de fe activa: confiar en Dios no solo cuando Sus mandamientos coinciden con la razón humana, sino también cuando desafían la lógica, la cultura y la presión social. Doctrinalmente, este versículo enseña que la salvación y la preservación espiritual están ligadas a la obediencia exacta y perseverante. Noé no fue salvado por la mera advertencia del diluvio, sino por actuar conforme a ella. Así también, el Señor no nos pide una obediencia parcial ni ocasional, sino una disposición completa del corazón. En una época de creciente confusión moral, este pasaje afirma que la verdadera seguridad no proviene de acomodar los mandamientos a las circunstancias, sino de alinear la vida entera con la voluntad revelada de Dios. La obediencia, como en el caso de Noé, se convierte en el medio por el cual la fe se transforma en salvación.

Este versículo resume la grandeza espiritual de Noé con una sencillez poderosa: obedeció todo lo que el Señor le mandó. Su obediencia no fue parcial ni condicionada por la aceptación social. Durante años, Noé fue objeto de burla y desprecio por una generación incrédula, pero permaneció firme. La fe verdadera, como se ve aquí, no depende de la aprobación humana, sino de la confianza absoluta en la palabra de Dios. La obediencia de Noé fue activa, costosa y persistente; construyó el arca antes de ver una sola gota de lluvia.

Los profetas han señalado que Noé no solo construyó el arca, sino que también predicó el arrepentimiento durante ese tiempo. Como enseñó Wilford Woodruff, aunque solo ocho personas aceptaron su mensaje, Noé cumplió plenamente su mayordomía. Su ejemplo enseña que el éxito ante Dios no se mide por números ni popularidad, sino por la fidelidad a los mandamientos divinos.

Génesis 7:6. — “Era Noé de seiscientos años cuando el diluvio de las aguas vino sobre la tierra”.

Se subrayando que los propósitos de Dios se desarrollan conforme a Su propio calendario y no al ritmo de la impaciencia humana. La edad de Noé no es un dato incidental; revela una vida larga de preparación, paciencia y fidelidad sostenida. Durante siglos, Noé caminó con Dios, predicó justicia y trabajó sin ver el cumplimiento inmediato de las promesas. El juicio no llegó de forma apresurada, sino después de un prolongado período de misericordia y advertencia, lo que demuestra que Dios es lento para la ira y abundante en longanimidad. Doctrinalmente, este versículo enseña que la fe verdadera se prueba en la constancia a lo largo del tiempo. Noé no fue hallado fiel en un momento aislado, sino tras una vida entera de obediencia. De igual manera, el Señor a menudo permite que Sus promesas se cumplan después de largos intervalos, para refinar la fe, purificar los motivos y formar carácter espiritual. La salvación, como en los días de Noé, no es un acto repentino desligado del pasado, sino el fruto de una relación sostenida con Dios. Así, los seiscientos años de Noé testifican que la paciencia, unida a la obediencia perseverante, prepara al justo para estar firme cuando finalmente llegan los días decisivos.

La mención de la edad de Noé subraya la larga paciencia y misericordia de Dios. Durante décadas —tradicionalmente entendidas como unos 120 años— el Señor dio tiempo suficiente para que aquella generación se arrepintiera. El Diluvio no fue un acto impulsivo de destrucción, sino el resultado de una prolongada oportunidad rechazada. La cronología bíblica sitúa este acontecimiento alrededor del año 2344 a.C., si se asume una caída de Adán cerca del 4000 a.C.

Doctrinalmente, este versículo también recuerda que Dios actúa en el tiempo señalado por Él, no por el hombre. Noé vivió lo suficiente para ver cumplidas tanto las advertencias como las promesas del Señor. Así, Génesis 7:6 marca el momento en que la fe obediente es vindicada y comienza una nueva etapa en la historia de la humanidad.

Génesis 7:7. — Y entró Noé, y sus [familiares]… en el arca.

Es marcando el momento decisivo en que la fe se convierte en acción irrevocable. Durante años, Noé había creído, predicado y trabajado; ahora debía entrar. Este acto no fue solo físico, sino espiritual: significó confiar plenamente en la palabra de Dios y separarse definitivamente de un mundo que había rechazado el arrepentimiento. Entrar en el arca implicó dejar atrás lo familiar y visible para abrazar lo prometido pero aún invisible. Así, el arca se convierte en un símbolo del refugio divino que solo se halla mediante la obediencia. Doctrinalmente, este versículo enseña que llega un momento en que la fe debe expresarse mediante decisiones concretas. No bastaba con construir el arca ni con creer en el Diluvio; era necesario entrar cuando Dios lo indicó. Asimismo, la salvación es personal, pero también familiar: Noé entró con los suyos, mostrando que la rectitud de uno puede bendecir y preservar a muchos. En un sentido más amplio, entrar en el arca representa escoger a Cristo como refugio frente al juicio, aceptando Su invitación antes de que se cierre la puerta. La seguridad no está en permanecer observando desde fuera, sino en responder con obediencia cuando el Señor dice: “entra”.

“Estudiosos de la Biblia de muy diversos trasfondos han visto el arca como un símbolo, además de una realidad física. Andrew Jukes, un destacado erudito bíblico, dice: ‘Si hay un tipo en la Biblia, el arca es sin duda un tipo de Cristo, pero de Cristo visto dispensacionalmente. Cristo es el Arca, que lleva a la familia escogida desde el mundo de juicio hasta los nuevos cielos y la nueva tierra’.

“Aquí, pues, vemos una representación literal de una gran verdad simbólica que nos afecta a todos: así como Dios proveyó un medio (el arca) para que la familia de Noé escapara de las aguas (la muerte) y llegara a una gloriosa tierra prometida, también ha provisto un camino para que nosotros escapemos de la muerte espiritual y física y alcancemos una tierra de promesa.” (L. H. Read, “The Ark of the Covenant: Symbol of Triumph”, Ensign, junio de 1980, p. 23)

Génesis 7:11. Aquel mismo día fueron rotas todas las fuentes del gran abismo.

Es señalando que el juicio divino llegó de manera súbita y total, exactamente conforme a la palabra previamente revelada. No fue un acontecimiento gradual ni ambiguo: en un día señalado por Dios, las fuerzas que sostenían el orden natural fueron liberadas. Doctrinalmente, esto enseña que el Señor gobierna no solo los cielos, sino también las profundidades; tanto lo visible como lo oculto están bajo Su dominio. El “gran abismo” simboliza poderes contenidos por la misericordia divina durante largo tiempo, pero que finalmente son soltados cuando la iniquidad alcanza su colmo y el tiempo del arrepentimiento concluye. Este versículo también subraya una verdad solemne: la paciencia de Dios no anula Su justicia. Durante años hubo advertencia y oportunidad; cuando llegó el día, la obediencia previa fue lo único que distinguió salvación de destrucción. Así ocurre espiritualmente: las fuerzas del caos no prevalecen mientras el Señor contiene, ordena y llama al arrepentimiento; pero cuando Su palabra se cumple, nada puede detenerla. Las “fuentes del gran abismo” recuerdan que el juicio no es caprichoso, sino la consecuencia inevitable de rechazar persistentemente la luz. Al mismo tiempo, testifican que para los obedientes, aun el colapso del mundo se convierte en el escenario donde Dios manifiesta Su poder para salvar.

“El diluvio universal de la época de Noé ha sido aceptado como un acontecimiento histórico fundamental por judíos y cristianos durante miles de años, y tradiciones similares aparecen entre los griegos, los mesopotámicos y algunas tribus de indios americanos. Sin embargo, hoy en día el relato es considerado con escepticismo en nuestro mundo secular. La mayoría de los textos modernos de geología ignoran el Diluvio, lo ridiculizan o lo utilizan como ejemplo de superstición precientífica.

“En consecuencia, los Santos de los Últimos Días y otros cristianos a veces encuentran desconcertante el aparente conflicto entre su fe en las Escrituras y su educación. El relato del diluvio de Noé es una ilustración típica de las diferencias que se producen entre la información de las Escrituras y las enseñanzas seculares modernas acerca de la historia del mundo.” (F. Kent Nielsen, “The Gospel and the Scientific View: How Earth Came to Be”, Ensign, septiembre de 1980, p. 67)

Uno de los puntos de controversia para los “pensadores modernos” es que no hay suficiente agua en la atmósfera terrestre como para siquiera acercarse a cubrir completamente la superficie de la tierra con agua. Su argumento es válido. Sin embargo, hay suficiente agua en los canales subterráneos de la tierra como para cambiar drásticamente ese panorama. De ahí que la idea de que las fuentes del gran abismo fueron rotas llegue a ser de importancia crucial. De alguna manera, Dios manipuló las aguas oceánicas y los mantos acuíferos subterráneos de tal forma que la superficie de la tierra quedó cubierta, completamente cubierta.

Aquellos que no creen que Dios posea tan grande poder carecen fundamentalmente de fe. ¿Qué es más fácil: crear la tierra o bautizarla con agua? Si Dios puede crear la tierra, entonces ciertamente puede cubrirla con un diluvio. Tal vez quienes no creen en el Diluvio queden más convencidos cuando la tierra sea bautizada por fuego.

Joseph Fielding Smith. Estoy agradecido de haber nacido con un corazón y un espíritu que entienden y creen. Nunca me resulta difícil aceptar aquello que está escrito y confirmado por revelación. Estoy seguro de que el Señor tiene la razón, aun cuando yo no sea capaz de comprender las respuestas. En el caso del diluvio, la respuesta es clara y sencilla.

Nuestro hermano, al negar el relato del diluvio, declara: “No existe suficiente agua en la tierra y en su atmósfera para inundar la tierra de modo que todas las montañas queden cubiertas”.

Además, dice: “En el caso de que el agua fuese introducida desde el espacio exterior, la masa de la tierra se alteraría de tal manera que sus constantes astronómicas se verían afectadas, por ejemplo, el tiempo que tarda en recorrer su órbita, la distancia al sol, etc. Tal cantidad de agua no se evaporaría en el tiempo especificado de 150 días sin hervir violentamente, momento en el cual ninguna vida podría existir”.

Mi respuesta a todo esto es que se trata simplemente de especulación. El Señor, que creó la tierra, ciertamente la controla. ¿Por qué tratar de negarle ese poder?… La tierra ha mantenido su curso constante y “obedece la ley” que le fue dada. (Doctrines of Salvation, 3 vols., editado por Bruce R. McConkie [Salt Lake City: Bookcraft, 1954–1956], 2:315–316.)

Génesis 7:19. — Todas las altas montañas que estaban debajo de todo el cielo fueron cubiertas.

Es  subrayando el carácter total e ineludible del Diluvio. No quedaron refugios naturales ni alturas suficientes para escapar; aquello en lo que el ser humano podría haber confiado —las montañas, símbolos de estabilidad, seguridad y permanencia— fue también cubierto por las aguas. Doctrinalmente, este versículo enseña que cuando el juicio de Dios llega, ninguna fortaleza terrenal puede sustituir la obediencia. La salvación no dependió de la elevación del terreno, sino de estar dentro del arca preparada conforme al mandato divino. Este pasaje también enseña que Dios no deja espacios ambiguos entre Su justicia y Su misericordia. El Diluvio fue universal porque el rechazo al arrepentimiento había sido persistente y generalizado; sin embargo, la provisión para salvar fue igualmente clara y suficiente. Espiritualmente, las “altas montañas” representan los falsos apoyos —orgullo, poder, conocimiento humano o autosuficiencia— que parecen firmes, pero que no resisten cuando Dios actúa. Solo el refugio que Él provee puede sostenernos cuando todo lo demás queda cubierto. Así, este versículo testifica que la verdadera seguridad no está en elevarnos por encima de otros, sino en someternos humildemente a la voluntad revelada del Señor.

“Génesis 7:19–20 declara: ‘Todas las altas montañas que estaban debajo de todo el cielo fueron cubiertas…; y las montañas fueron cubiertas’. Estos versículos afirman explícitamente que todas las altas montañas de la tierra (aquí ‘collados’ debería leerse ‘montañas’; hebreo harim) fueron cubiertas por las aguas. Para que nadie suponga que la expresión ‘debajo de todo el cielo’ es figurativa y puede leerse o interpretarse de distintas maneras, una búsqueda en las Escrituras a lo largo de todo el Antiguo Testamento revela que la frase se usa en otros pasajes únicamente en un sentido universal, tal como aquí; la frase no se refiere a un área geográficamente restringida (véase Deut. 2:25; Deut. 4:19; Job 28:24; Job 37:3; Dan. 9:12). Por ejemplo, Job 28:24 también emplea esta expresión al referirse a la omnisciencia de Dios, la cual ciertamente no está restringida a una región geográfica específica de la tierra.

“El versículo 9 declara: ‘Las aguas estaban sobre la faz de toda la tierra’. La frase ‘sobre la faz de toda la tierra’ se refiere a un diluvio mundial (véase Gén. 1:29; Gén. 11:4, 8, 9).

“Tomadas en conjunto, estas declaraciones deberían convencer a todo creyente en la Biblia de que el gran Diluvio fue un acontecimiento mundial, no una inundación localizada que llenó únicamente Mesopotamia u otra región.” (Donald W. Parry, “The Flood and the Tower of Babel”, Ensign, enero de 1998, p. 37)

Génesis 7:20. — El bautismo de la tierra

Al describir que las aguas prevalecieron hasta cubrir aun las cumbres más elevadas, se comprende doctrinalmente como parte del bautismo de la tierra. Así como los hijos de Dios son bautizados por agua como símbolo de limpieza, muerte al pecado y nuevo nacimiento, la tierra misma pasó por un acto purificador. El Diluvio no fue solo un juicio, sino una ordenanza simbólica a escala cósmica: la tierra, corrompida por la violencia y la iniquidad, fue sumergida completamente para ser limpiada y preparada para un nuevo comienzo. El hecho de que las aguas cubrieran incluso las montañas indica que la purificación fue total; nada quedó fuera del alcance de ese acto redentor. Doctrinalmente, este pasaje enseña que Dios obra la renovación mediante patrones eternos. La tierra fue creada, cayó bajo corrupción, fue bautizada por agua y, según las Escrituras, será bautizada nuevamente por fuego antes de recibir su gloria celestial. De este modo, la historia del Diluvio testifica que toda salvación verdadera implica muerte y renovación: morir a un estado anterior para surgir a uno más santo. El bautismo de la tierra anticipa el destino glorioso de la creación y recuerda que Dios no destruye sin propósito, sino que purifica para redimir. Así como el arca preservó la vida durante el bautismo de la tierra, Cristo preserva a Sus hijos mientras pasan por las aguas del juicio hacia una vida nueva.

Al contemplar el simbolismo del bautismo de la tierra por medio del Diluvio, advertimos que existen muchos paralelos entre la tierra y los hijos justos del Señor. Ambos fueron creados espiritualmente antes de ser creados temporalmente. Ambos fueron creados en un estado paradisíaco y sufrieron las consecuencias de la Caída. Ambos deben ser bautizados con agua y con fuego (DyC 45:32). Ambos morirán (DyC 29:25). Ambos resucitarán para heredar una gloria celestial.

Orson F. Whitney. A Noé también le llegó una dispensación del Evangelio. En su día la tierra fue bautizada con agua, prefigurando el bautismo de fuego que nuestro planeta está destinado a experimentar antes de su glorificación. “Porque como fue en los días de Noé, así será en los días de la venida del Hijo del Hombre”. (Conference Report, abril de 1908, reunión al aire libre, p. 91.)

Orson Pratt. [La tierra] fue bautizada por agua. Un gran torrente de agua vino; el gran abismo fue roto, las ventanas de los cielos se abrieron desde lo alto, y las aguas prevalecieron sobre la faz de la tierra, barriendo toda maldad y transgresión: una semejanza del bautismo para la remisión de los pecados. Dios requiere que los hijos de los hombres sean bautizados. ¿Para qué? Para la remisión de los pecados. Así también requirió que nuestro globo fuese bautizado por un torrente de agua, y todos sus pecados fueron lavados, sin que quedara ni uno solo. (Mark E. Petersen, Noah and the Flood [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1982], p. 56.)

Génesis 7:21. — Y murió toda carne que se movía sobre la tierra, así de aves como de ganados… y todo hombre.

Es enfatizando la seriedad de las consecuencias del pecado cuando el arrepentimiento es rechazado persistentemente. Este versículo no se deleita en la destrucción, sino que testifica que la vida apartada de Dios conduce inevitablemente a la muerte espiritual y, en este caso excepcional, también a la muerte física. Doctrinalmente, el Diluvio revela que Dios es perfectamente justo: Su paciencia se extiende por largo tiempo, pero no anula la responsabilidad moral. Cuando la corrupción llega a ser total y la violencia domina la creación, el juicio se convierte en un acto necesario para detener la expansión del mal y preservar el futuro de la vida. Al mismo tiempo, este pasaje debe leerse a la luz de la misericordia divina. La muerte de “toda carne” no fue arbitraria, sino el resultado de años de advertencia profética y oportunidades de arrepentimiento. Dios no se complace en la destrucción de Sus hijos; más bien, actúa para proteger Su plan eterno de salvación. Así, Génesis 7:21 enseña que el juicio de Dios nunca está separado de Su amor: aun cuando permite la muerte, lo hace con miras a la redención futura. El Diluvio recuerda que Dios corta lo que es irremediablemente corrupto no por crueldad, sino para que la vida, la rectitud y la esperanza puedan continuar y florecer de nuevo.

“He aquí, el poder de Satanás estaba sobre toda la faz de la tierra…
Y aconteció que el Dios del cielo miró al resto del pueblo, y lloró…
Y el Señor dijo a Enoc: He aquí estos tus hermanos; ellos son la hechura de mis propias manos…
Y a tus hermanos les he dicho, y también he dado mandamiento, que se amen unos a otros, y que me escojan a mí, su Padre; pero he aquí, están sin afecto, y aborrecen su propia sangre;
Y el fuego de mi indignación se ha encendido contra ellos; y en mi ardiente disgusto enviaré los diluvios sobre ellos, porque se ha encendido mi feroz ira contra ellos.” (Moisés 7:24–34)

Hugh Nibley. Según escritos apócrifos, Abraham, Esdras y Baruc, entre otros, cuestionaron la sabiduría y la misericordia de enviar una destrucción total sobre la raza humana. “¿Piensas tú —dice el Señor a Baruc— que en estas cosas se regocija el Altísimo o que su nombre es glorificado?… Ve, pues… e instruye en la medida de tus posibilidades, para que aprendan a fin de no morir al final, sino que aprendan para que puedan vivir en los postreros tiempos”. A Esdras Dios le da una suave reprensión: “¡Te quedas muy corto al pensar que puedes amar a mis criaturas más que yo!”. Y, como hemos visto, Enoc, en el relato de José Smith, da el testimonio más poderoso de todos: ¡vio realmente a Dios llorar! (Moisés 7:28.)

Todos los que estuvieron dispuestos a arrepentirse fueron debidamente trasladados a un lugar de seguridad; solo aquellos que se negaron obstinadamente a escuchar durante un período de años —el inicuo “resto del pueblo”— tuvieron que ser dejados atrás para perecer. (“A Strange Thing in the Land: The Return of the Book of Enoch, Part 12”, Ensign, junio de 1977, pp. 86–87)

John Taylor. Supongamos que tú y yo estuviésemos allí como espíritus, esperando el privilegio de tomar cuerpos, y que pudiéramos ver la maldad y la corrupción que se extendían sobre la tierra; y que viéramos a profetas yendo de un lugar a otro enseñando los principios de la rectitud y advirtiendo al pueblo de los juicios que habrían de venir, del diluvio que los cubriría, y de las prisiones preparadas en las cuales los impíos serían arrojados. Y decimos: “Padre, tú ves al pueblo de la tierra, que es malvado y depravado, caído y corrupto. ¿Es justo y recto que nosotros, que no hemos hecho mal alguno, tengamos que entrar en cuerpos tan corruptos y participar de las influencias que los rodean?” “No”, dice el Padre, “no es justo; y los cortaré; haré que los diluvios vengan sobre ellos para destruirlos, y enviaré a esos espíritus malvados y desobedientes a prisión”, lo cual hizo.

Aquí hubo un acto de justicia. Algunos hombres que se consideran muy sabios piensan que Dios fue injusto al destruir así a tantos de Sus hijos. No saben nada al respecto porque no comprenden la ley de Dios ni los propósitos de Dios. Fue un acto de justicia y de rectitud conforme a la justicia eterna que mora en el seno del Padre. (The Gospel Kingdom: Selections from the Writings and Discourses of John Taylor, seleccionado, ordenado y editado, con introducción de G. Homer Durham [Salt Lake City: Improvement Era, 1941], p. 99.)

Génesis 7:21–23 — Quiasmo en Génesis.

Se presenta la destrucción del Diluvio mediante un quiasmo, una estructura literaria cuidadosamente equilibrada que refleja orden divino aun en medio del juicio. La repetición invertida —desde la muerte de toda carne hasta el énfasis final en que todo fue borrado de la tierra— conduce al lector hacia el centro del mensaje: la realidad ineludible de la muerte como consecuencia del pecado y de la separación de Dios. Este recurso no es meramente estético; doctrinalmente, enseña que el juicio de Dios no es caótico ni arbitrario. Incluso cuando la vida es quitada, el relato está gobernado por un orden moral y teológico que subraya responsabilidad, consecuencia y verdad eterna. Al mismo tiempo, el quiasmo prepara el contraste inmediato con la preservación de Noé en el versículo siguiente, mostrando que la justicia y la misericordia operan juntas dentro del plan divino. Todo muere, pero no todo se pierde; todo es borrado, pero no sin dejar un remanente. Doctrinalmente, esta estructura enseña que el juicio de Dios tiene límites y propósito: elimina lo corrupto para preservar lo que puede ser redimido. Así, el quiasmo de Génesis 7:21–23 testifica que aun los actos más severos de Dios están envueltos en orden, intención y esperanza futura, y que la destrucción nunca es el punto final, sino un paso doloroso hacia la renovación y la vida nueva.

“Algunos quiasmos son relativamente sencillos, como el ejemplo de Génesis 7:21–23 (traduciendo literalmente del hebreo):

a   Murió sobre la tierra
      b   toda ave,
            c   el ganado
                  d   las bestias y los reptiles,
                        e   el hombre;
                              f   toda vida
                                    g   murió
                                    g   y fue destruida.
                              f   Todo ser viviente
                        e   así el hombre,
                  d   los reptiles,
            c   el ganado,
      b   las aves,
a   fueron destruidos de sobre la tierra.”
(John W. Welch, “Chiasmus in the Book of Mormon”, New Era, febrero de 1972, p. 6)

Génesis 7:23. — Y quedó solamente Noé con vida, y los que estaban con él en el arca.

Es estableciendo con claridad el principio del remanente justo. En medio de una destrucción total, Dios preserva a quienes responden con fe y obediencia. Noé no fue salvado por aislamiento ni por superioridad humana, sino por haber confiado en la palabra de Dios y haber entrado en el refugio que Él proveyó. El arca se convierte así en el símbolo de la misericordia divina en acción: mientras el mundo perece fuera, dentro reina la vida sostenida por la gracia y el poder de Dios. Doctrinalmente, este versículo enseña que la salvación siempre es relacional y pactal. Noé fue preservado con “los que estaban con él”, mostrando que la rectitud personal puede extender bendiciones de preservación a la familia y a otros que aceptan el refugio del Señor. Asimismo, enseña que Dios no mide la verdad por mayorías; aun cuando solo quede uno fiel, Él honra la obediencia. En términos espirituales, quedar “en el arca” equivale a permanecer en Cristo y dentro de los convenios que Él ofrece. Cuando todo lo demás es barrido, la vida permanece únicamente allí donde Dios ha prometido sostenerla.

“Todos necesitamos edificar un arca personal, para fortificarnos contra esta creciente marea de maldad, para protegernos a nosotros mismos y a nuestras familias contra las aguas del diluvio de iniquidad que nos rodean. Y no debemos esperar hasta que empiece a llover, sino prepararnos con anticipación. Este ha sido el mensaje de todos los profetas en esta dispensación… así como de los profetas de la antigüedad.

“Lamentablemente, no siempre prestamos atención a las claras advertencias de nuestros profetas. Avanzamos despreocupadamente hasta que sobreviene la calamidad, y entonces entramos en pánico.

“Cuando empieza a llover, ya es demasiado tarde para comenzar a construir el arca. Sin embargo, sí necesitamos escuchar a los portavoces del Señor. Necesitamos seguir adelante con calma y prepararnos para lo que con certeza vendrá. No hay necesidad de entrar en pánico ni de temer, porque si estamos preparados, espiritual y temporalmente, nosotros y nuestras familias sobreviviremos a cualquier diluvio. Nuestras arcas flotarán sobre un mar de fe si nuestras obras han estado preparándonos constante y firmemente para el futuro.” (W. Don Ladd, “Make Thee an Ark”, Ensign, noviembre de 1994, p. 29)

Ezra Taft Benson. Viviremos en medio de inestabilidad económica, política y espiritual. Cuando se observen estas señales —evidencias inequívocas de que Su venida está cercana— no debemos turbarnos, sino “estad en lugares santos, y no seáis movidos, hasta que venga el día del Señor” (DyC 87:8). Hombres y mujeres santos permanecen en lugares santos, y estos lugares santos consisten en nuestros templos, nuestras capillas, nuestros hogares y las estacas de Sion, las cuales son, como declara el Señor, “para defensa y para refugio contra la tempestad, y contra la ira cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra” (DyC 115:6). Debemos prestar atención al consejo del Señor a los Santos de esta dispensación: “Preparaos para el gran día del Señor” (DyC 133:10).

Esta preparación debe consistir en algo más que una membresía casual en la Iglesia. Debemos ser guiados por la revelación personal y por el consejo del profeta viviente para no ser engañados. Nuestro Señor ha indicado quiénes, entre los miembros de la Iglesia, permanecerán firmes cuando Él aparezca: “En aquel día, cuando venga en mi gloria, se cumplirá la parábola que hablé acerca de las diez vírgenes” (DyC 45:56). (Come unto Christ, pp. 115–116)

Hay un verdadero proceso de selección que está teniendo lugar en la Iglesia, y se volverá más pronunciado con el paso del tiempo. Separará el trigo de la cizaña, porque enfrentamos días difíciles, como nunca antes los hemos experimentado en nuestra vida. Y esos días requerirán fe, testimonio y unidad familiar como nunca antes hemos tenido. (The Teachings of Ezra Taft Benson [Salt Lake City: Bookcraft, 1988], pp. 106–107.)