Josué

El libro de Josué marca una transición decisiva en la historia de Israel: del peregrinaje a la posesión, de la promesa a su cumplimiento parcial. Después de la muerte de Moisés, Josué es llamado por Jehová para guiar al pueblo a la tierra prometida. El libro muestra que la obra de Dios no depende de un solo líder, sino de Su fidelidad al convenio establecido con Abraham, renovado con Moisés y ahora llevado adelante bajo una nueva dirección.

Teológicamente, Josué es un libro profundamente covenantal. La conquista de Canaán no se presenta como una empresa imperialista, sino como la ejecución del juicio divino y el cumplimiento de una promesa antigua. La posesión de la tierra está condicionada a la obediencia, la santidad y la dependencia continua de Jehová. Cada victoria o derrota revela una verdad espiritual: cuando Israel camina conforme al mandato divino, Jehová pelea por ellos; cuando se apartan del convenio, aun los enemigos pequeños prevalecen.

El libro también subraya la centralidad de la presencia de Dios. El arca del convenio guía al pueblo, los milagros confirman el liderazgo de Josué, y los memoriales (como las doce piedras en Gilgal) enseñan que recordar las obras de Jehová es esencial para preservar la fe entre generaciones. Josué no solo conquista territorios; construye memoria espiritual, renueva el convenio y establece la ley como fundamento de la vida nacional.

Desde una perspectiva doctrinal más amplia, Josué enseña que la promesa de Dios siempre requiere una respuesta humana fiel. La tierra es dada por gracia divina, pero debe ser poseída mediante obediencia, valentía y perseverancia. Así, el libro de Josué testifica que Jehová es fiel a Su palabra, que pelea por Su pueblo y que conduce Su obra conforme a Su tiempo y propósito, invitando a Israel —y a todo lector— a confiar plenamente en Él.

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Josué 1 


Introducción

Howard W. Hunter: Varias experiencias en la vida de Josué son instructivas para nosotros hoy en cuanto a la importancia que el Señor da a cumplir los compromisos y a estar comprometidos a seguir los mandamientos y la dirección que Él ha dado.

Josué es recordado como aquel que, a la muerte de Moisés, tomó el mando y completó la tarea de dar liderazgo a las tribus de Israel. Quizá para consolar a Josué, quien ahora tenía la responsabilidad de los hijos de Israel —que aún no tenían una patria—, y quizá para consolar a ese gran pueblo que acababa de perder a su líder de más de cuarenta años, el Señor habló a Josué y le dijo:

Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te desampararé.
Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra que juré a sus padres que les daría. (Josué 1:5–8)

…Finalmente, tenemos esta última reiteración del Señor de lo que ya había dicho anteriormente, para consolar y recordar a Josué la relación entre las bendiciones del cielo y la obediencia a la ley divina:

¿No te lo he mandado yo? Esfuérzate y sé valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas. (Josué 1:9)

Josué necesitaría valor para lo que debía hacer. Necesitaría la ayuda del Señor en cada paso. Aquí hay un compromiso del Señor de proveer esa ayuda. Con fe en el Señor, Josué podía ahora avanzar, sabiendo que el Señor lo dirigiría por el camino que debía seguir. Josué sabía que su obediencia traería éxito, y aunque no sabía exactamente cómo lo lograría, ahora tenía confianza en el resultado. (“Commitment to God”, Ensign, noviembre de 1982, p. 57)


Josué 1:2 — “Mi siervo Moisés ha muerto; levántate pues ahora…”

La obra de Dios no se detiene con la muerte de Sus siervos. El liderazgo cambia, pero el propósito divino continúa. Dios levanta nuevos instrumentos para cumplir promesas antiguas.

Este versículo marca una de las transiciones más significativas en la historia sagrada. La muerte de Moisés —el gran libertador, legislador y profeta— podría haber significado incertidumbre, pausa o temor; sin embargo, Dios declara con claridad que Su obra no depende de la permanencia de un solo hombre. Aunque los siervos fieles mueren, el propósito divino permanece inalterable.

El mandato “levántate” revela que el duelo no debe convertirse en parálisis espiritual. Dios honra a Sus siervos, pero no permite que Su pueblo quede anclado en el pasado. La revelación continúa, el convenio sigue vigente y las promesas hechas a los padres aún deben cumplirse. Josué no es una copia de Moisés; es un nuevo instrumento para una nueva etapa, sostenido por el mismo Dios.

Doctrinalmente, este pasaje enseña que Dios gobierna Su obra por medio de relevos ordenados, no por dependencia personal. El liderazgo cambia, pero la autoridad divina, las promesas del convenio y la dirección del Señor continúan. Así, el pueblo aprende a confiar no en la figura del líder, sino en el Dios que lo llama.

En un sentido más amplio, Josué 1:2 afirma que el plan de Dios trasciende generaciones, y que cada siervo es llamado a levantarse en su tiempo para cumplir una parte de una obra mayor, eterna e ininterrumpida.


Josué 1:3 — “Todo lugar que pise la planta de vuestro pie…”

Las promesas divinas requieren acción humana. Dios da la tierra, pero Israel debe caminar sobre ella. La fe se manifiesta en obediencia activa.

Este versículo establece una verdad doctrinal fundamental: las promesas de Dios, aunque seguras, requieren la participación activa del ser humano. El Señor declara que la tierra ya ha sido entregada, pero el acto de “pisarla” simboliza la obediencia, la fe y la acción deliberada. La herencia es un don divino, pero su posesión se concreta a través del caminar fiel.

La imagen de la planta del pie tocando la tierra revela que la fe bíblica no es pasiva ni meramente confesional. Dios no llama a Israel a contemplar la promesa desde lejos, sino a avanzar hacia ella. Cada paso dado en obediencia convierte la promesa en experiencia vivida. Así, la fe se expresa en movimiento, decisión y compromiso.

Doctrinalmente, este principio enseña que Dios provee el poder y la promesa, pero el pueblo responde con acción. La iniciativa divina y la responsabilidad humana trabajan juntas dentro del marco del convenio. La gracia abre el camino; la obediencia lo recorre.

En un sentido espiritual más amplio, Josué 1:3 invita a reconocer que muchas bendiciones ya han sido prometidas, pero esperan ser reclamadas mediante una vida de fidelidad. Caminar conforme a la voluntad de Dios es el medio por el cual Sus promesas se hacen realidad en la vida personal y comunitaria.


Josué 1:5 — “Como yo estuve con Moisés, estaré contigo…”

La presencia de Dios no depende de la grandeza del siervo, sino de la fidelidad de Dios mismo. La continuidad del convenio asegura Su compañía constante.

Este versículo afirma una de las doctrinas más consoladoras de las Escrituras: la presencia de Dios no depende de la grandeza del siervo, sino de la fidelidad inmutable de Dios. Al asegurar a Josué que estará con él como estuvo con Moisés, el Señor no equipara a los hombres, sino que revela la constancia de Su propio carácter.

La promesa “no te dejaré, ni te desampararé” establece la continuidad del convenio. Dios no abandona a Su pueblo cuando cambia el liderazgo; Su acompañamiento no está ligado a una persona específica, sino a la relación de convenio que Él mismo ha establecido. Así, Josué no hereda la estatura profética de Moisés, pero sí recibe la misma presencia divina que sostiene, guía y protege.

Doctrinalmente, este pasaje enseña que la autoridad y el éxito espiritual provienen de la cercanía de Dios, no de la capacidad humana. La promesa de compañía divina elimina el temor, fortalece al líder y confirma que el poder real de la obra del Señor reside en Él, no en Sus instrumentos.

En una aplicación más amplia, Josué 1:5 recuerda que Dios camina con cada generación de creyentes. Las circunstancias cambian, los líderes pasan, pero el Dios del convenio permanece fiel, acompañando a quienes aceptan Su llamado y confían en Su palabra.

Thomas S. Monson: La lista es interminable. En el mundo actual existe, en ocasiones, una tendencia a sentirnos distantes —incluso aislados— del Dador de todo buen don. Nos preocupa pensar que caminamos solos. Uno pregunta: “¿Cómo podemos sobrellevarlo?”. Lo que nos brinda consuelo supremo es el evangelio.

Desde el lecho del dolor, desde la almohada empapada de lágrimas, somos elevados hacia el cielo por esa seguridad divina y esa promesa preciosa: “No te dejaré ni te desampararé”.

Tal consuelo no tiene precio mientras transitamos por la senda de la mortalidad, con sus muchas bifurcaciones y giros. Rara vez esa seguridad se comunica mediante una señal luminosa o una voz fuerte. Más bien, el lenguaje del Espíritu es apacible, silencioso, edificante para el corazón y calmante para el alma. (“Look to God and Live”, Ensign, mayo de 1998, p. 53)


Josué 1:6 — “Esfuérzate y sé valiente…”

El cumplimiento de las promesas está ligado a la fortaleza espiritual. El valor no es solo militar, sino moral y covenantal: confiar en Dios frente a la incertidumbre.

Este mandato no es una simple exhortación al coraje humano, sino una invitación a la fortaleza espiritual que nace del convenio con Dios. La valentía que el Señor exige de Josué no se limita al ámbito militar; es un valor moral, interior y profundamente espiritual, necesario para cumplir una misión que supera la capacidad humana.

El contexto revela que Josué no debe confiar en su propia fuerza, sino en la promesa jurada por Dios a los padres. Su responsabilidad es repartir la herencia conforme al convenio, y para ello necesita firmeza de carácter, obediencia constante y confianza plena en la palabra divina. El “esfuérzate” implica perseverancia; el “sé valiente” implica fidelidad frente a la incertidumbre y el cambio.

Doctrinalmente, este versículo enseña que el cumplimiento de las promesas divinas está inseparablemente ligado a la fortaleza espiritual del siervo. Dios garantiza la herencia, pero requiere líderes y pueblos dispuestos a actuar con fe, aun cuando el camino sea desconocido.

En una aplicación más amplia, Josué 1:6 muestra que la verdadera valentía consiste en confiar en Dios cuando las circunstancias parecen abrumadoras, y avanzar con obediencia incluso cuando no se tiene control total del resultado. Esa es la valentía que sostiene la obra de Dios generación tras generación.


Josué 1:7 — “Cuidar de hacer conforme a toda la ley…”

La prosperidad bíblica no es materialista, sino relacional y espiritual. Obedecer la ley del Señor trae dirección, estabilidad y éxito conforme a Su voluntad.

Este versículo define con precisión el fundamento de la prosperidad bíblica. El Señor no promete éxito por astucia humana ni por fuerza militar, sino por obediencia fiel a la ley revelada. La instrucción de no apartarse “ni a la derecha ni a la izquierda” subraya la necesidad de una lealtad total, constante y sin concesiones al convenio.

La prosperidad que Dios promete no es meramente económica o visible, sino relacional y espiritual. Consiste en vivir alineado con la voluntad divina, caminar con claridad moral y experimentar estabilidad interior. El “prosperar” bíblico implica avanzar por el camino correcto, con la aprobación de Dios y bajo Su dirección.

Doctrinalmente, este pasaje enseña que la ley del Señor no restringe, sino orienta. La obediencia no es un obstáculo para el progreso, sino el medio por el cual la vida adquiere coherencia, propósito y fruto duradero. Apartarse de la ley conduce a confusión; aferrarse a ella conduce a éxito conforme al plan de Dios.

En un sentido más amplio, Josué 1:7 afirma que la fidelidad sostenida es más importante que los logros inmediatos. La verdadera prosperidad se mide por la constancia en el camino del Señor, no por los resultados momentáneos que el mundo considera éxito.


Josué 1:8 — “Este libro de la ley nunca se apartará de tu boca…”

La meditación constante en la palabra de Dios es la fuente de sabiduría, prosperidad y rectitud. La revelación escrita guía la acción diaria.

Este versículo presenta uno de los principios más claros sobre la relación entre la revelación escrita y la vida diaria del creyente. Dios no instruye a Josué únicamente a poseer el libro de la ley, sino a mantenerlo constantemente en su boca, en su mente y en su corazón. La palabra divina debe ser hablada, meditada y vivida.

La meditación “de día y de noche” implica una reflexión continua, deliberada y transformadora. No se trata de repetición mecánica, sino de una internalización profunda que orienta decisiones, acciones y actitudes. La ley revelada se convierte así en una guía constante que moldea el carácter y dirige el camino.

Doctrinalmente, Josué 1:8 enseña que la prosperidad y el éxito verdadero fluyen de una vida alineada con la palabra de Dios. El orden es significativo: primero la meditación, luego la obediencia, y como resultado, el progreso conforme a la voluntad divina. La revelación escrita no sustituye la acción, sino que la ilumina.

En un sentido más amplio, este pasaje afirma que la palabra de Dios es un medio vivo de dirección continua. Cuando el creyente permite que la Escritura gobierne su pensamiento y su conducta, su camino se vuelve recto y fructífero, no necesariamente según los estándares del mundo, sino conforme al propósito eterno de Dios.

El élder D. Todd Christofferson describió la manera en que podemos meditar en las Escrituras: “A veces te imagino leyendo algunos versículos, deteniéndote a meditar en ellos, volviéndolos a leer con detenimiento y, al pensar en lo que significan, orando para recibir entendimiento, haciéndote preguntas en tu mente, esperando recibir impresiones espirituales y anotando las impresiones e ideas que recibas para recordarlas y aprender más. Al estudiar de este modo […], harás lugar en tu corazón a la palabra de Dios, y Él se dirigirá a ti”. (“Cuando te hayas convertido”, Liahona, mayo de 2004)

Ezra Taft Benson: Escudriñar las Escrituras no es una carga que el Señor haya puesto sobre [nosotros], sino una bendición y una oportunidad maravillosas. Observemos lo que el Señor mismo ha dicho acerca de los beneficios de estudiar Su palabra. Al gran profeta y líder Josué, le dijo:

“Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.” (Josué 1:8; cursivas añadidas.)

El Señor no estaba prometiendo a Josué riquezas materiales ni fama, sino que su vida prosperaría en rectitud y que tendría éxito en lo que más importa en la vida, a saber, la búsqueda de hallar el gozo verdadero. (Véase 2 Nefi 2:25).

Hoy el mundo está lleno de ideas seductoras y atractivas que pueden llevar incluso a los mejores de nuestros miembros al error y al engaño… El éxito en la rectitud, el poder para evitar el engaño y resistir la tentación, la guía en nuestra vida diaria, la sanación del alma: estas son solo algunas de las promesas que el Señor ha dado a quienes acudan a Su palabra. ¿Acaso el Señor promete y no cumple? Ciertamente, si Él nos dice que estas cosas vendrán a nosotros si nos aferramos a Su palabra, entonces las bendiciones pueden ser nuestras. Y si no lo hacemos, entonces las bendiciones pueden perderse. Por muy diligentes que seamos en otras áreas, hay ciertas bendiciones que se encuentran únicamente en las Escrituras, únicamente al acudir a la palabra del Señor y aferrarnos a ella mientras avanzamos a través de las brumas de oscuridad hacia el árbol de la vida. (“El poder de la palabra”, Ensign, mayo de 1986, págs. 81–82)

Marion G. Romney: Obsérvese que Josué debía “meditar en ella [en la ley] de día y de noche”, un paso importante para comprender las Escrituras.

—La historia de Israel es una larga sucesión de alturas y profundidades, de luces y sombras. Tanto el pueblo como su civilización ascienden y caen conforme buscan y obedecen, o descuidan y rechazan, la ley contenida en las Escrituras.

Tras el cautiverio babilónico, una de las primeras cosas que hicieron los judíos humillados al regresar a Jerusalén fue reunirse y “[mandar] a Esdras, escriba, que trajese el libro de la ley de Moisés… ante la congregación… Y él leía… en la ley de Dios claramente, y ponía el sentido, de modo que entendiesen la lectura” (Nehemías 8:1–3, 8).

—El consejo de Isaías fue poner a prueba a los espíritus familiares y a los adivinos mediante las enseñanzas de las Escrituras:

“¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:19–20). (“Registros de gran valor”, Ensign, septiembre de 1980, p. 4)


Josué 1:9 — “No temas ni desmayes…”

El mandato de no temer se fundamenta en la presencia divina. El valor cristiano surge de saber que Dios acompaña al creyente “dondequiera que vaya”.

Este versículo revela que el mandato divino de no temer no se basa en la ausencia de peligros, sino en la certeza de la presencia de Dios. El Señor no niega las dificultades que Josué enfrentará; más bien, redefine la fuente del valor verdadero. La valentía bíblica no surge de la autosuficiencia, sino de la confianza en que Dios camina con Su siervo.

La expresión “dondequiera que vayas” extiende la promesa más allá de un momento específico o un territorio determinado. Dios no acompaña solo en los actos solemnes o en los triunfos visibles, sino en cada paso del camino, incluso en lo desconocido y lo ordinario. Esta presencia constante transforma el temor en firmeza y el desaliento en perseverancia.

Doctrinalmente, Josué 1:9 enseña que el valor espiritual es una respuesta a la compañía divina. Cuando el creyente reconoce que no camina solo, el miedo pierde su dominio. No se trata de eliminar la emoción humana del temor, sino de impedir que gobierne las decisiones y debilite la fe.

En una aplicación más amplia, este pasaje afirma que la obediencia y el valor están profundamente conectados. Dios manda no temer porque Él promete estar presente. Así, el creyente aprende a avanzar con confianza, no porque controle el futuro, sino porque confía en Aquel que ya está allí.

D. Todd Christofferson: Al preparar estas palabras, escribí las palabras del Señor a Josué tal como se encuentran en la versión del Rey Santiago de la Biblia, y la función de corrección gramatical de mi computadora trató de “arreglar” una frase en particular. Jehová, al tranquilizar a Josué asegurándole que siempre estaría con él y lo fortalecería, hace esta pregunta: “¿No te lo he mandado yo?” Mi computadora quiso “corregir” “Have not I” por “Have I not”. Tal vez piensen que es una distinción sin diferencia, pero yo sigo prefiriendo la forma en que lo expresa mi Biblia.

Cuando habla mi computadora, el énfasis está en “mandado”: “¿No he mandado yo?” Cuando habla la Biblia, el enfoque está en el hecho de que es Jehová, el Señor, quien está dando el mandamiento (o, mejor dicho, el llamamiento). Jehová está recalcando a Josué que su llamamiento vino de lo alto: “¿No es cierto que yo, Jehová, te he puesto donde estás? No es tu buena idea ni la buena idea de alguien más. Yo, Jehová, he hecho esto; es mi idea; por lo tanto, puedes contar conmigo para ayudarte y para llevarte hasta el final.”

¿De quién fue la idea de que vinieras a este mundo caído, obtuvieras un cuerpo físico y tuvieras una experiencia mortal? ¿De quién fue la idea de que nacieras donde naciste y ahora, en esta dispensación? Tú no ideaste este plan ni pusiste en marcha las cosas necesarias para que funcionara.

Dios dice a cada uno de nosotros: “Yo planifiqué, yo creé, yo mandé, yo te llamé para este tiempo y este lugar.” Sí, tú tuviste que aceptar. Tuviste que estar de acuerdo. Dios no podía, no puede ni forzó nada de esto sobre ti. Pero tú aceptaste, y ahora estás aquí por el mandamiento o el llamamiento de Dios hacia ti.

¿No te está diciendo el Señor, como le dijo a Josué: “Tú y tu vida son parte de mi plan divino; por lo tanto, estaré contigo ‘dondequiera que vayas’, incluso en BYU–Idaho”?
P. D.: “Solamente esfuérzate y sé muy valiente.” (D. Todd Christofferson, “Be Strong and of a Good Courage”, devocional de BYU–Idaho, 16 de mayo de 2023).

Presidencia General de las Mujeres Jóvenes

El lema de 2010 nos invita a “esforzarnos y ser valientes” (Josué 1:9). La fortaleza y el valor son atributos de los líderes. Como miembro de la Iglesia, eres un líder en la causa de la virtud y la rectitud.

Nuestro profeta, el presidente Thomas S. Monson, nos ha llamado a tener valor:

“Se requerirá gran valor al permanecer castos y virtuosos en medio del pensamiento aceptado de nuestra época.

“En la visión del mundo actual hay poca expectativa de que los jóvenes y las jovencitas permanezcan moralmente limpios y puros antes del matrimonio. ¿Hace esto aceptable el comportamiento inmoral? ¡Por supuesto que no!”

Tu valor para liderar vendrá al vivir las normas, tomar decisiones correctas y seguir al profeta. Tu fortaleza vendrá al esforzarte cada día por aumentar tu testimonio del Salvador mediante la oración y la lectura del Libro de Mormón. Tu fortaleza para guiar a otros vendrá al vivir las normas que se encuentran en el folleto Para la fortaleza de la juventud. Al hacer estas cosas, te sentirás bien contigo mismo. Tendrás confianza y crecerás en fortaleza espiritual.

¡Y no olvides sonreír! Ten una actitud positiva. “Hagamos, pues, alegremente todas las cosas que estén a nuestro alcance; y entonces podremos estar quietos, con la mayor confianza, para ver la salvación de Dios” (DyC 123:17). Siempre es posible saber lo que está bien y lo que está mal (véase Moroni 7:16), y se te promete que el Espíritu Santo te dirá “todas las cosas que debáis hacer” (2 Nefi 32:5). Al estudiar, escucha la guía de la voz apacible y delicada. Tienes la promesa de que “por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5).

Sean cuales sean tus circunstancias, naciste para liderar en tu familia, en tu escuela y en tu comunidad. Así que este año, sé fuerte, ten valor y marca una diferencia en el mundo. No estás solo. El Padre Celestial escuchará y contestará tus oraciones y guiará tus acciones conforme permanezcas puro y digno de la compañía constante del Espíritu Santo. (“Have Courage: Lead Out in the Cause of Virtue!”, New Era, enero de 2010, p. 6)

Presidencia General de los los Hombres Jóvenes

¿Alguna vez te has preocupado por estar a la altura de una responsabilidad? Imagina cómo pudo haberse sentido Josué al suceder al gran profeta Moisés. La enorme responsabilidad de guiar al pueblo de Israel a la tierra prometida recayó sobre Josué. Recuerda que la tierra prometida estaba ocupada por numerosas naciones cananeas, muchas de ellas temibles y belicosas. ¿Puedes imaginar que Josué quizá se sintiera inseguro de su capacidad para cumplir una tarea tan abrumadora, quizá incluso con temor?

En el espacio de cuatro versículos del primer capítulo de Josué, el Señor le manda a Josué que sea fuerte y valiente ¡tres veces! (véanse los versículos 6–9). Luego, el Señor le promete que tendrá éxito al llevar a los israelitas a la tierra de su heredad; que la fortaleza y el valor vendrían a él por su obediencia a toda la ley; y —lo más significativo— que el Señor estaría con él dondequiera que fuera.

El lema de Mutual de 2010 es la tercera ocasión en que el Señor llama a Josué a “esforzarse y ser valiente” (Josué 1:9). Ese mismo llamado al valor es para ti, y las mismas promesas también son tuyas. Con la ayuda del Salvador, tú también tendrás éxito en tus llamamientos y en tu vida. Tendrás fortaleza para resistir cualquier tentación conforme obedezcas los mandamientos y guardes las normas que se encuentran en Para la fortaleza de la juventud. Al honrar el sacerdocio y renovar cada semana los convenios que hiciste al bautizarte, puedes tener el Espíritu del Salvador contigo—siempre.

Había muchos aspectos desconocidos ante Josué. No sabía cómo lograría llevar a los hijos de Israel a la tierra prometida, pero confió en el Señor. Tú enfrentas desafíos en tu vida. Tal vez seas uno de los pocos miembros de la Iglesia en tu escuela o incluso en tu familia. Tal vez te sientas aislado, desanimado o con temor. Tal vez te sientas incierto acerca de tu futuro en estos tiempos difíciles. Pero sé valiente. El Señor está contigo. Puedes confiar en Él. Él te ayudará a tener éxito. (“Facing Challenges with Courage”, New Era, enero de 2010, p. 7)


Josué 1:11 — “Preparad provisiones…”

La fe verdadera se acompaña de preparación responsable. Confiar en Dios no excluye la diligencia ni la organización.

Este mandato introduce una enseñanza doctrinal esencial: la fe genuina no es pasiva ni desordenada, sino previsora y responsable. Aunque Dios ha prometido entregar la tierra y acompañar a Su pueblo, Josué ordena que se preparen provisiones. La confianza en la intervención divina no elimina la necesidad de planificación humana.

El pueblo ya ha recibido promesas claras, pero aún debe organizarse, anticiparse y actuar con sabiduría práctica. La preparación no contradice la fe; la confirma. Dios obra a través de personas que actúan con diligencia, disciplina y sentido de responsabilidad.

Doctrinalmente, este versículo enseña que la obediencia incluye tanto la confianza espiritual como la acción organizada. La fe sin preparación puede convertirse en presunción; la preparación sin fe, en autosuficiencia. El equilibrio correcto honra a Dios y fortalece al pueblo.

En una aplicación más amplia, Josué 1:11 muestra que Dios espera que Su pueblo esté listo para recibir las bendiciones prometidas. Prepararse es una forma de creer que el cumplimiento está cercano. Así, la diligencia se convierte en una expresión tangible de fe viva.


Josué 1:13 — “Jehová vuestro Dios os ha dado reposo…”

El reposo es un don del convenio. Dios no solo promete tierra, sino descanso, estabilidad y plenitud tras la prueba.

Este versículo introduce una dimensión profunda del cumplimiento del convenio: el reposo como don divino. Dios no promete únicamente territorio físico, sino una condición de vida marcada por estabilidad, seguridad y paz tras un largo período de prueba y peregrinaje. El reposo es señal de que el Señor ha comenzado a cumplir plenamente lo que juró a Su pueblo.

El texto muestra que el reposo no es inactividad, sino orden, asentamiento y plenitud dentro del marco del convenio. Las tribus que ya han recibido herencia reconocen que ese descanso proviene de Dios, no de su propia fuerza. La tierra y el reposo son expresiones visibles de la fidelidad divina.

Doctrinalmente, Josué 1:13 enseña que Dios recompensa la obediencia sostenida con descanso espiritual y estabilidad. El reposo representa la transición de la promesa a la posesión, del camino incierto a la seguridad concedida por el Señor.

En una aplicación más amplia, este pasaje recuerda que el propósito final de Dios no es mantener a Su pueblo en prueba constante, sino conducirlo a una vida de plenitud bajo Su cuidado. El reposo del convenio anticipa una paz más profunda y duradera que proviene de vivir en armonía con la voluntad divina.


Josué 1:15 — “Hasta que Jehová les haya dado reposo a vuestros hermanos…”

El convenio es comunitario. Nadie disfruta plenamente de la herencia mientras otros aún luchan. La fidelidad incluye solidaridad y servicio mutuo.

Este versículo revela una verdad esencial del convenio: la herencia prometida por Dios tiene una dimensión profundamente comunitaria. Aunque algunas tribus ya habían recibido su territorio y reposo, no se les permite desligarse de la lucha de sus hermanos. El descanso personal no justifica la indiferencia hacia el esfuerzo colectivo.

Dios establece que el reposo pleno solo se alcanza cuando todo el pueblo participa del cumplimiento de la promesa. La fidelidad al convenio exige sacrificio continuo, solidaridad y disposición a servir incluso después de haber recibido bendiciones propias. La herencia no se disfruta aisladamente, sino en comunión.

Doctrinalmente, Josué 1:15 enseña que la obediencia auténtica incluye responsabilidad hacia los demás. El pueblo de Dios no avanza como individuos independientes, sino como una comunidad unida por promesas compartidas. El bienestar de uno está ligado al bienestar de todos.

En una aplicación más amplia, este pasaje invita a reconocer que las bendiciones del Señor conllevan deberes adicionales. Quien ha recibido reposo está llamado a ayudar a otros a alcanzarlo. Así, el servicio mutuo se convierte en una expresión tangible de fidelidad al convenio y amor al prójimo.


Josué 1:16–17 — “De la manera que obedecimos a Moisés…”

La obediencia al liderazgo escogido por Dios es parte del orden divino. El pueblo reconoce la autoridad legítima cuando Dios la confirma con Su presencia.

La respuesta del pueblo a Josué marca un momento crucial de confirmación comunitaria. Israel reconoce que la transición de liderazgo no rompe el orden divino, sino que lo continúa. Al declarar que obedecerán a Josué como obedecieron a Moisés, el pueblo afirma que la autoridad no reside en la persona, sino en el llamamiento que Dios respalda.

La condición expresada —“solamente que Jehová tu Dios esté contigo”— revela un principio doctrinal clave: la obediencia fiel se fundamenta en la presencia confirmadora de Dios. El pueblo no rinde lealtad ciega a un hombre, sino que reconoce la legitimidad del liderazgo cuando es sostenido por la compañía divina, tal como ocurrió con Moisés.

Doctrinalmente, este pasaje enseña que la obediencia al liderazgo escogido por Dios es parte del orden establecido por Él para guiar a Su pueblo. La unidad, la estabilidad y el progreso espiritual dependen de este reconocimiento colectivo del llamamiento divino.

En una aplicación más amplia, Josué 1:16–17 muestra que la obediencia y la fe comunitaria fortalecen al líder. El respaldo del pueblo, unido a la presencia de Dios, crea un entorno donde la obra divina puede avanzar con poder y armonía.


Josué 1:18 — “Solamente esfuérzate, y sé valiente.”

La valentía es tanto un mandamiento divino como una expectativa comunitaria. El pueblo sostiene a su líder exhortándolo a confiar en Dios.

Este versículo finaliza el capítulo con una inversión significativa: el mismo mandato que Dios dio a Josué ahora es reafirmado por el pueblo. La exhortación a ser fuerte y valiente deja de ser solo una orden divina para convertirse también en una expectativa comunitaria. Así, la valentía se establece como un valor compartido que sostiene la obra de Dios.

El pueblo reconoce que el liderazgo de Josué implica cargas, riesgos y decisiones difíciles. Al exhortarlo a esforzarse y ser valiente, no solo le expresan obediencia, sino también apoyo espiritual y compromiso colectivo. La comunidad se convierte en un medio por el cual Dios fortalece a Su siervo.

Doctrinalmente, Josué 1:18 enseña que la valentía es indispensable para cumplir la voluntad de Dios y que no es responsabilidad exclusiva del líder. El pueblo fiel anima, sostiene y refuerza la confianza del que preside, creando una relación de mutua responsabilidad dentro del convenio.

En una aplicación más amplia, este pasaje muestra que Dios edifica Su obra mediante líderes valientes y comunidades que los apoyan con fe. Cuando el pueblo exhorta al líder a confiar en Dios, se convierte en participante activo del cumplimiento de las promesas divinas.