Josué

Josué 2 


Josué 2:1 — “Josué… envió desde Sitim dos espías secretamente…”

La fe no excluye el uso de medios prudentes. Dios dirige Su obra, pero espera que Sus siervos actúen con sabiduría, discernimiento y responsabilidad. La planificación es compatible con la confianza en el Señor.

Este versículo establece un principio doctrinal fundamental: la fe verdadera no elimina la necesidad de actuar con prudencia. Aunque Dios ya ha prometido entregar la tierra a Israel, Josué envía espías para reconocer el territorio y evaluar la situación. La confianza en la palabra del Señor no conduce a la pasividad, sino a una acción sabia y responsable.

El envío secreto de los espías muestra discernimiento y liderazgo maduro. Josué no repite el error del pasado —cuando la incredulidad de los espías produjo temor—, sino que actúa con discreción, propósito claro y fe firme. La exploración no busca decidir si obedecer, sino cómo obedecer mejor.

Doctrinalmente, este pasaje enseña que Dios dirige Su obra a través de personas que piensan, planifican y actúan. La revelación divina y la responsabilidad humana no se oponen; se complementan. La planificación no reemplaza la fe, sino que la expresa de manera concreta.

En una aplicación más amplia, Josué 2:1 recuerda que confiar en Dios no significa ignorar la realidad, sino enfrentarla con sabiduría y dependencia del Señor. La fe madura se manifiesta en decisiones bien consideradas, tomadas con oración, discernimiento y diligencia.


Josué 2:9 — “Sé que Jehová os ha dado esta tierra…”

La fe puede surgir aun fuera del pueblo del convenio. Rahab reconoce la acción soberana de Dios antes de que la conquista ocurra. La promesa divina ya es una realidad en el plan de Dios, aunque aún no se manifieste plenamente.

Esta declaración de Rahab es doctrinalmente sorprendente y profundamente reveladora. Antes de que Israel cruce el Jordán y antes de que Jericó caiga, una mujer extranjera afirma con convicción que Dios ya ha entregado la tierra. Su fe no se basa en lo visible, sino en el reconocimiento de la acción soberana de Jehová en la historia.

Rahab habla en tiempo cumplido (“os ha dado”), no en futuro. Esto enseña que las promesas divinas son una realidad en el plan de Dios aun antes de manifestarse plenamente en el tiempo humano. Lo que Dios ha decretado es tan seguro que puede ser confesado como hecho consumado.

Doctrinalmente, este versículo afirma que la fe puede surgir fuera de los límites formales del pueblo del convenio. Rahab no pertenece a Israel, pero discierne con claridad quién es Dios y qué está haciendo. Su fe contrasta con la incredulidad previa de Israel en el pasado y demuestra que el conocimiento verdadero de Dios produce confianza, aun en contextos adversos.

En una aplicación más amplia, Josué 2:9 enseña que reconocer la mano de Dios antes del cumplimiento visible es una señal de fe madura. Quienes confían en el Señor aprenden a ver la realidad no solo como es, sino como Dios la ha prometido. Así, la fe se convierte en una certeza anclada en el carácter fiel de Dios, no en las circunstancias presentes.


Josué 2:10 — “Hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del mar Rojo…”

Los actos poderosos de Dios dan testimonio duradero entre las naciones. La memoria de la liberación fortalece la fe y debilita el temor del enemigo. Dios es conocido por Sus obras redentoras.

Este versículo muestra que los actos redentores de Dios trascienden generaciones y fronteras. Décadas después del éxodo, las naciones aún recuerdan lo que Jehová hizo en el mar Rojo. La obra salvadora de Dios no queda confinada al momento en que ocurre; se convierte en testimonio permanente de Su poder y fidelidad.

La expresión “hemos oído” revela que la fe de Rahab y el temor de los cananeos nacen del recuerdo de la liberación. La memoria de lo que Dios ha hecho fortalece la fe de unos y debilita la resistencia de otros. Dios no solo libera a Su pueblo, sino que hace de esa liberación una señal visible para las naciones.

Doctrinalmente, este pasaje enseña que Dios se da a conocer por Sus obras redentoras. No es un dios oculto o abstracto, sino un Dios que actúa en la historia, interviene en favor de los oprimidos y manifiesta Su soberanía con poder. La redención se convierte en proclamación.

En una aplicación más amplia, Josué 2:10 invita a valorar la memoria espiritual. Recordar cómo Dios ha obrado en el pasado fortalece la confianza para enfrentar el presente. Así como Israel fue conocido por la liberación del mar Rojo, el pueblo de Dios hoy es llamado a vivir de tal manera que sus experiencias con el Señor den testimonio vivo de Su poder salvador.


Josué 2:11 — “Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra.”

Esta es una de las confesiones más claras del monoteísmo bíblico en boca de una extranjera. Rahab reconoce la soberanía absoluta de Dios sobre todo el cosmos. La verdadera fe comienza con el reconocimiento de quién es Dios.

Esta declaración de Rahab constituye una de las confesiones más claras y completas del monoteísmo bíblico, y resulta especialmente significativa porque procede de una mujer extranjera, fuera del pueblo del convenio. En una sola frase, Rahab reconoce la soberanía absoluta de Jehová sobre todo el cosmos: lo celestial y lo terrenal, lo visible y lo invisible.

Su confesión no es meramente intelectual; es el resultado de haber discernido las obras de Dios en la historia. Al afirmar que Jehová es Dios “arriba” y “abajo”, Rahab rechaza implícitamente la cosmovisión politeísta de Canaán y afirma que no hay poder rival ni autoridad equivalente. Jehová no es un dios local de Israel, sino el Señor universal.

Doctrinalmente, este versículo enseña que la fe verdadera comienza con una correcta comprensión de quién es Dios. Antes de pedir salvación, Rahab reconoce la identidad y supremacía divina. La obediencia, la confianza y la conversión auténtica fluyen de este reconocimiento fundamental.

En un sentido más amplio, Josué 2:11 demuestra que Dios revela Su identidad aun a quienes están fuera del convenio, y que el acceso a la fe comienza con la humildad de reconocer Su señorío. La confesión de Rahab anticipa una verdad central de toda la Escritura: que el Dios de Israel es el único Dios verdadero, soberano sobre todas las naciones y generaciones.


Josué 2:12 — “Como he hecho misericordia con vosotros…”

La misericordia genera misericordia. Rahab actúa con bondad y apela al principio del convenio: la fidelidad es respondida con fidelidad. Dios honra los actos de fe expresados mediante obras.

Este versículo articula un principio central del convenio bíblico: la misericordia recibida crea una obligación moral de misericordia correspondida. Rahab no solo protege a los espías; interpreta su acción como un acto de ḥéṣed (lealtad amorosa) y apela a ese mismo principio para pedir protección para su familia. La fidelidad, en el marco del convenio, es recíproca y vinculante.

Rahab entiende que la fe auténtica no se limita a palabras. Ella actúa con bondad y riesgo personal, y luego solicita una promesa sellada “por Jehová”. Su petición reconoce que Dios honra los actos de fe que se expresan mediante obras concretas. La misericordia no es abstracta: se manifiesta en decisiones valientes que buscan preservar la vida.

Doctrinalmente, este pasaje enseña que Dios responde a la fe activa con fidelidad constante. Quien muestra misericordia conforme a la verdad que ha recibido puede apelar, con humildad, a la fidelidad de Dios. El convenio no es un intercambio utilitario, sino una relación basada en lealtad, palabra empeñada y confianza mutua bajo el nombre del Señor.

En una aplicación más amplia, Josué 2:12 recuerda que la fe salvadora produce obras de misericordia, y que dichas obras se convierten en testimonio visible de una relación real con Dios. Así, la bondad practicada en momentos decisivos se transforma en un canal por el cual Dios extiende Su gracia y preserva la vida.


Josué 2:13 — “Salvaréis la vida a mi padre y a mi madre…”

La fe auténtica no es solo personal, sino intercesora. Rahab busca salvación no solo para sí misma, sino para su familia. La redención bíblica tiene un fuerte énfasis familiar y comunitario.

Este versículo revela una faceta esencial de la fe bíblica: la fe auténtica es intercesora y se extiende más allá del interés personal. Rahab, al pedir salvación, no se limita a su propia vida; su preocupación inmediata es la preservación de su familia. Su fe reconoce que la misericordia de Dios puede y debe alcanzar a otros.

La petición de Rahab muestra una comprensión profunda del obrar divino. Ella sabe que la salvación prometida por Jehová no es individualista, sino que tiene una dimensión familiar y comunitaria. Al reunir a su padre, madre, hermanos y hermanas, Rahab actúa como mediadora de esperanza para los suyos.

Doctrinalmente, Josué 2:13 enseña que Dios honra la fe que intercede por otros. La redención bíblica a menudo se manifiesta dentro de estructuras familiares, donde la obediencia y la fe de uno pueden convertirse en bendición para muchos. La salvación no elimina la responsabilidad personal, pero frecuentemente se ofrece dentro del marco relacional.

En una aplicación más amplia, este pasaje invita a reconocer que la fe madura busca el bien de los demás. Quien ha reconocido la soberanía de Dios desea que otros participen de esa misma protección y gracia. Así, la fe de Rahab se convierte en un modelo de amor, intercesión y responsabilidad espiritual hacia la familia y la comunidad.


Josué 2:13 — “Salvad la vida a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas… y librad nuestras vidas de la muerte”.

¿Es el relato de Rahab solo historia, o hay lecciones que aprender aquí? En verdad, Rahab es simbólica en muchos sentidos. Como mujer, gentil y ramera, representa aquello que, según la tradición judía antigua, era considerado lo menos digno de ser salvado. ¿Por qué habrían de perdonarle la vida los soldados? Era solo otra ramera en Canaán. Hubo miles antes que ella y habría miles después. ¿Qué hacía a Rahab diferente?

Resulta notable que, al comenzar los hijos de Israel su entrada en la tierra de Canaán, una persona aparentemente indigna sea la clave del éxito de los espías en Jericó. Con el paso de los siglos, Satanás distorsionaría el nacionalismo israelita hasta convertirlo en un egocentrismo etnocéntrico que rechazaba a todo extranjero. Sin embargo, la historia de Israel en la tierra prometida comienza con una historia de redención: la salvación de una mujer cananea pecadora.

¿Recordarían a Rahab? ¿Recordarían su fe? ¿Recordarían su acto de bondad? ¿Creían realmente que un alma así era digna de salvación? ¿Comprendían cómo se sentía Jehová respecto a las naciones no israelitas? ¿Se dieron cuenta de que, como mortal, Jehová buscaría y salvaría a muchas más Rahabs? ¿Podían anticipar el ministerio del Mesías entre publicanos y pecadores? ¿Podían prever el reconocimiento apostólico de Rahab en los libros de Hebreos y Santiago (Hebreos 11:31; Santiago 2:25)?

Los justos en su propia opinión deben tener cuidado. Los israelitas confiaban en la rectitud nacional más que en la rectitud individual. Algunos miembros de la Iglesia cometen el mismo error: piensan que el bautismo y una obediencia superficial son suficientes. El Señor perdona con mayor facilidad al pecador arrepentido que al pseudosanto autosuficiente:

“De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios. Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle” (Mateo 21:31–32).

Esta historia es para todos los que se sienten más como Rahab que como Josué. Hay muchos de ambos en la Iglesia. El Señor ama a ambos y ha preparado una salvación para cada uno. Recordemos que la fe de Rahab salvó no solo su propia vida, sino también la de su padre, su madre, sus hermanos, sus hermanas y “todo lo que tenían”.

Matthias F. Cowley: Hay cierta clase de hombres piadosos entre nosotros a quienes llamo hipócritas. Son “demasiado buenos” para hacer cualquier cosa que no sea considerada correcta por el mundo, ya sea correcta o no a la vista de Dios. Son del mismo orden de hombres que, en los días de Jesús, procuraron desacreditarlo e incluso pusieron en duda el honor de Su nacimiento, porque no lo comprendían. Son la clase de hombres que condenaron a Rahab, la ramera, porque escondió a los espías.

¿Por qué los escondió? ¿Fue para infringir los derechos del pueblo de Jericó al ocultarlos y preservarlos de aquellos miserables esbirros de la ley? No; lo hizo por causa de la rectitud, para proteger a hombres inocentes en su libertad. ¿Qué dice el apóstol Pablo acerca de esa mujer? Dijo que le fue contado por justicia…

Hermanos y hermanas, no queremos ser hipócritas. (Conference Report, octubre de 1900, sesión de la tarde, págs. 21–22)


Josué 2:14 — “Nosotros te trataremos con misericordia y lealtad.”

La salvación se enmarca dentro de un juramento sagrado. La lealtad (ḥéṣed) es un principio del convenio: fidelidad constante, no circunstancial. Dios obra mediante promesas vinculantes.

Este versículo sitúa la salvación de Rahab dentro del marco solemne de un juramento hecho en el nombre de Jehová. No se trata de una promesa informal ni de una decisión circunstancial; es una palabra empeñada bajo autoridad divina. La salvación, en la Escritura, suele venir acompañada de pactos claros y compromisos verificables.

La expresión “misericordia y lealtad” apunta al concepto hebreo de ḥéṣed, una fidelidad amorosa, constante y confiable. Esta lealtad no depende de emociones pasajeras ni de conveniencia, sino del compromiso sostenido que caracteriza al Dios del convenio y a quienes actúan conforme a Su carácter. Al invocar ḥéṣed, los espías reconocen que están obligados a actuar con la misma fidelidad que Rahab mostró.

Doctrinalmente, Josué 2:14 enseña que Dios obra mediante promesas vinculantes, y que la salvación se desarrolla dentro de relaciones de palabra dada, responsabilidad mutua y fidelidad perseverante. La gracia no es arbitraria; se manifiesta a través de compromisos santos que reflejan el carácter fiel de Dios.

En una aplicación más amplia, este pasaje recuerda que la fe verdadera descansa en promesas confiables. Así como Rahab confió su vida a un juramento hecho en el nombre del Señor, el creyente aprende a confiar en un Dios que cumple lo que promete. La lealtad del convenio se convierte así en fundamento de esperanza, seguridad y redención duradera.


Josué 2:18 — “Atarás este cordón de grana a la ventana…”

El cordón de grana actúa como señal visible de fe y obediencia. La salvación prometida requiere una respuesta concreta. La fe bíblica se expresa mediante actos externos que reflejan confianza interior.

El cordón de grana funciona como una señal visible del convenio establecido entre Rahab y los espías. No es un objeto mágico ni un simple distintivo externo; es un acto consciente de fe y obediencia. La salvación prometida por Dios requiere una respuesta concreta que haga visible la confianza interior.

Esta señal cumple varias funciones doctrinales. En primer lugar, identifica el lugar de protección en medio del juicio. En segundo lugar, exige una acción previa y perseverante: el cordón debe ser atado y permanecer allí. La fe de Rahab no se limita a creer en silencio; se manifiesta públicamente, aun con riesgo personal.

Doctrinalmente, Josué 2:18 enseña que Dios suele unir Sus promesas a señales de obediencia. La salvación es por la gracia divina, pero se recibe dentro del marco de la respuesta humana fiel. La fe bíblica no es meramente interior o abstracta; se traduce en actos visibles que confirman la confianza en la palabra de Dios.

En un sentido más amplio, este pasaje recuerda que la obediencia sostenida es parte esencial de la fe salvadora. El cordón de grana, colgado a la vista de todos, declara que Rahab ha elegido confiar en Jehová por encima de su antigua identidad y de su entorno. Así, una acción sencilla se convierte en testimonio poderoso de una fe viva.


Josué 2:19 — “Cualquiera que esté en casa contigo…”

La salvación está ligada al permanecer dentro del ámbito del convenio. Hay protección donde Dios ha establecido límites claros. Permanecer es tan importante como creer.

Este versículo establece con claridad que la salvación prometida está ligada a permanecer dentro de los límites que Dios ha fijado. La casa de Rahab, señalada por el cordón de grana, se convierte en un espacio de protección definido por el convenio. No basta con conocer la promesa; es necesario habitar en el lugar donde esa promesa opera.

El texto introduce una distinción solemne entre estar “dentro” y “fuera”. Quien decide salir del ámbito señalado asume la responsabilidad de su elección. Así, la protección divina no es arbitraria, sino relacional: se disfruta donde hay obediencia continua y permanencia fiel. Permanecer es un acto sostenido de confianza, no un gesto momentáneo.

Doctrinalmente, Josué 2:19 enseña que creer y permanecer son inseparables. La fe inicial abre la puerta a la salvación, pero la perseverancia dentro del marco del convenio preserva esa protección. Dios ofrece seguridad real, pero espera que Su pueblo respete los límites que Él, en Su misericordia, ha establecido.

En una aplicación más amplia, este pasaje recuerda que la vida del convenio implica constancia. Permanecer en el camino del Señor, en Sus mandamientos y en Su comunidad es tan crucial como el acto inicial de creer. Allí donde Dios ha puesto Su nombre y Su promesa, allí también ha puesto Su resguardo.


Josué 2:21 — “Ella ató el cordón de grana a la ventana.”

La obediencia inmediata confirma la fe verdadera. Rahab no pospone ni cuestiona; actúa. La fe salvadora se manifiesta en decisiones oportunas.

Este breve acto encierra una enseñanza doctrinal profunda: la obediencia inmediata confirma la autenticidad de la fe. Rahab no demora su respuesta ni busca garantías adicionales; actúa conforme a la palabra recibida. Su fe no queda en intención o emoción, sino que se traduce en una decisión concreta y visible.

Atar el cordón de grana “de inmediato” demuestra confianza plena. Rahab asume el riesgo y se alinea sin reservas con la promesa hecha en el nombre de Jehová. La fe salvadora, según este pasaje, no es reactiva ni condicionada, sino pronta y decidida. Donde hay verdadera convicción, hay acción oportuna.

Doctrinalmente, Josué 2:21 enseña que la obediencia no es un complemento opcional de la fe, sino su expresión natural. La salvación prometida se recibe en el contexto de una respuesta fiel que honra la palabra dada. La prontitud de Rahab revela que su confianza ya ha cambiado su lealtad y su identidad.

En una aplicación más amplia, este versículo invita a reconocer que las decisiones tomadas en el momento correcto pueden marcar la diferencia entre creer y perseverar. La fe que salva es la que responde cuando Dios habla, sin posponer ni negociar. Así, una acción sencilla se convierte en testimonio duradero de una fe viva y eficaz.


Josué 2:24 — “Jehová ha entregado toda la tierra en nuestras manos…”

La fe del pueblo se fortalece al reconocer la mano de Dios antes del cumplimiento total. La victoria se declara primero por fe y luego se confirma en los hechos.

Este versículo concluye el capítulo con una declaración de fe madura. Los espías no informan únicamente sobre datos militares o geográficos; dan testimonio de la mano de Dios obrando antes del cumplimiento visible. La conquista aún no ha comenzado, pero la victoria ya es confesada como realidad segura.

La expresión “Jehová ha entregado” revela una perspectiva espiritual transformada. El pueblo aprende a ver el futuro desde la promesa divina, no desde la incertidumbre humana. La fe se fortalece cuando se reconoce que Dios ya está actuando, aun cuando el proceso todavía se esté desarrollando.

Doctrinalmente, Josué 2:24 enseña que la victoria espiritual se afirma primero por fe y luego se confirma por los hechos. Esta convicción contrasta con la experiencia anterior de Israel, donde el temor precedió a la acción. Ahora, la fe precede al avance.

En una aplicación más amplia, este pasaje recuerda que la obra de Dios avanza con mayor poder cuando Su pueblo aprende a interpretar la realidad a la luz de Sus promesas. Declarar la fidelidad de Dios antes del desenlace final no es presunción, sino confianza en Su carácter. Así, Josué 2 termina reafirmando que el Señor ya ha preparado el camino para el cumplimiento total de lo que ha prometido.