Josué 3
Josué 3:1 — “Vinieron hasta el Jordán… y reposaron allí antes de pasarlo.”
Antes de los grandes actos de fe, Dios permite momentos de espera y preparación. El reposo previo no es demora, sino disposición espiritual para lo que está por venir.
Este versículo introduce un principio espiritual profundo: los grandes actos de fe suelen estar precedidos por momentos de quietud y preparación. Aunque Israel está al borde del cumplimiento de una promesa largamente esperada, Dios permite un tiempo de reposo antes del avance decisivo. La espera no es señal de duda ni de retraso, sino parte del diseño divino.
El reposo junto al Jordán funciona como un espacio de transición. El pueblo ha salido del desierto, pero aún no ha entrado en la tierra prometida. En ese umbral, Dios invita a Su pueblo a detenerse, observar y disponerse interiormente. La fe madura aprende a esperar sin ansiedad, confiando en que el tiempo de Dios es perfecto.
Doctrinalmente, Josué 3:1 enseña que la preparación espiritual es tan importante como la acción visible. Antes de cruzar, el pueblo descansa; antes del milagro, se aquieta. Este patrón revela que la obediencia incluye saber cuándo avanzar y cuándo esperar.
En una aplicación más amplia, este pasaje recuerda que los momentos de pausa en la vida espiritual no siempre son estancamiento. A menudo son espacios de alineación interior, donde Dios fortalece la fe, ordena el corazón y prepara al creyente para lo que viene. El reposo previo es, en realidad, una forma de confianza activa en el Señor.
Josué 3:3 — “Cuando veáis el arca del convenio de Jehová…”
La presencia de Dios guía el avance del pueblo. Israel no se mueve por impulso humano, sino siguiendo el símbolo del convenio. El progreso verdadero comienza cuando Dios va delante.
Este versículo establece con claridad quién dirige el avance del pueblo de Dios. Israel no se mueve por cálculo humano, impulso colectivo o iniciativa militar; se mueve cuando la presencia de Dios va delante. El arca del convenio no es un simple objeto ceremonial, sino el símbolo visible de que Jehová mismo guía el camino.
El mandato de partir solo cuando el arca avanza enseña que el progreso verdadero comienza con obediencia a la dirección divina. Israel no decide el momento ni la ruta; observa, discierne y sigue. De este modo, el pueblo aprende que la seguridad no está en la fuerza numérica ni en la estrategia, sino en caminar tras la presencia del Señor.
Doctrinalmente, Josué 3:3 enseña que la vida del convenio se define por seguir a Dios, no por adelantarse a Él. El arca al frente recuerda que Dios abre camino donde no lo hay, y que el pueblo es llamado a confiar incluso cuando no ve aún el resultado.
En una aplicación más amplia, este pasaje invita a examinar qué es lo que guía nuestras decisiones. El creyente avanza con seguridad cuando permite que Dios vaya delante, marcando el ritmo y la dirección. Allí donde el Señor guía, el progreso no solo es posible, sino seguro.
Josué 3:4 — “Por cuanto vosotros no habéis pasado antes por este camino.”
Dios guía especialmente cuando el camino es desconocido. La distancia reverente con el arca enseña que la dirección divina no debe ser controlada ni apresurada.
Este versículo reconoce explícitamente la condición humana frente a lo desconocido. Israel está a punto de recorrer un camino nuevo, sin precedentes para ellos, y Dios mismo establece la manera en que deben avanzar. Cuando el camino es desconocido, la guía divina se vuelve indispensable.
La distancia ordenada entre el pueblo y el arca no es separación, sino enseñanza. Mantener un espacio reverente recuerda que la presencia de Dios no debe ser controlada, manipulada ni apresurada. El pueblo no conduce el arca; el arca conduce al pueblo. Así, la dirección divina permanece clara y visible para todos.
Doctrinalmente, Josué 3:4 enseña que Dios guía con claridad cuando el creyente reconoce sus límites. La reverencia protege al pueblo de la presunción espiritual y fomenta la confianza. Caminar detrás del arca es aceptar que Dios ve más lejos, conoce mejor el camino y marca el ritmo correcto.
En una aplicación más amplia, este pasaje invita a cultivar paciencia y humildad en tiempos de transición. Cuando la vida conduce por rutas no transitadas, la fe madura aprende a no adelantarse a Dios, a mantener distancia reverente y a seguir Su dirección con confianza tranquila. Allí donde el camino es nuevo, Dios se revela como guía fiel.
Josué 3:3–4 — “Cuando veáis el arca del convenio… iréis en pos de ella. Pero entre vosotros y ella haya distancia.”
El arca del convenio representaba la presencia del Señor. En una ocasión, cuando Moisés habló con el Señor en el monte Sinaí, el pueblo debía observar desde lejos y no acercarse al monte (Éxodo 19:10–13). La distancia requerida del monte sugería que no estaban lo suficientemente santificados como para soportar la presencia de Jehová.
La distancia entre el arca y los hijos de Israel en este pasaje representa el mismo principio: debían seguir al Señor, pero aún no estaban preparados para entrar plenamente en Su presencia. Ninguno de ellos —salvo el sumo sacerdote— podía entrar en aquella parte del tabernáculo de Moisés que representaba el reino celestial y la presencia de Dios.
“El arca fue transportada desde el Sinaí hasta la tierra de promisión. El cruce milagroso del río Jordán (Josué 3:3–17) y la caída de la ciudad de Jericó (Josué 6:1–21) evidencian la importancia del arca del Señor para los israelitas. Una vez en la tierra prometida, el arca fue cuidada en diversos lugares hasta que se construyó su lugar de reposo permanente: el templo. Durante el período de los Jueces, el arca se hallaba en la ciudad de Betel (Jueces 20:27). Mientras Samuel fue profeta y hasta la guerra con los filisteos, el arca estuvo en Silo (1 Samuel 1:9; 3:3); durante la guerra fue llevada al campo de batalla llamado Eben-ezer, donde fue capturada. Durante siete meses los filisteos fueron plagados y severamente castigados a causa de su posesión no autorizada del arca. Esto los llevó a devolverla a los israelitas, lo cual hicieron en la aldea de Quiriat-jearim (1 Samuel 4–6). Allí permaneció unos veinte años, ignorada por el rey Saúl, salvo en una batalla en la que se solicitó su presencia. Finalmente, el rey David llevó el arca a Jerusalén y, después de algunos años, su hijo Salomón construyó el tan esperado templo.” — Edward J. Brandt, “Q&A: Questions and Answers”, New Era, mayo de 1973, p. 50.
Josué 3:5 — “Santificaos, porque Jehová hará mañana maravillas…”
Las maravillas de Dios van precedidas de santificación. La preparación espiritual del pueblo abre el camino para la manifestación del poder divino.
Este versículo revela un principio constante en la obra de Dios: las maravillas divinas suelen ir precedidas de preparación espiritual. Antes de dividir las aguas del Jordán, el Señor llama a Su pueblo a santificarse. El milagro no ocurre en un vacío espiritual, sino en un contexto de consagración consciente.
La santificación implica más que pureza ritual; señala una disposición interior de obediencia, reverencia y alineación con la voluntad de Dios. Al santificarse, el pueblo reconoce que está a punto de presenciar algo que solo Dios puede hacer y se prepara para recibirlo con fe y humildad.
Doctrinalmente, Josué 3:5 enseña que Dios obra con poder entre un pueblo dispuesto a apartarse para Él. La preparación espiritual no fuerza el milagro, pero prepara el corazón para reconocerlo, recibirlo y responder correctamente a él. El orden es significativo: primero la consagración, luego la manifestación.
En una aplicación más amplia, este pasaje recuerda que los momentos decisivos de la vida espiritual requieren preparación deliberada. Dios sigue obrando maravillas, pero espera corazones atentos, limpios y dispuestos. La santificación abre el camino no solo para ver el poder de Dios, sino para caminar dignamente a la luz de lo que Él hará.
Josué 3:7 — “Como estuve con Moisés, así estaré contigo.”
Dios confirma públicamente a Sus siervos escogidos. El liderazgo legítimo es respaldado por la presencia continua del Señor, no por títulos humanos.
Este versículo marca un momento decisivo de confirmación pública del liderazgo de Josué. Dios no solo llama a Sus siervos en privado, sino que, en el momento oportuno, los respalda abiertamente ante Su pueblo. La autoridad espiritual de Josué no descansa en su cercanía previa a Moisés ni en su experiencia personal, sino en la presencia activa del Señor con él.
Al declarar que estará con Josué como estuvo con Moisés, Dios no iguala las personas, sino que afirma la continuidad de Su propia fidelidad. El liderazgo cambia, pero la fuente del poder, la guía y la autoridad permanece inalterable. Así, el pueblo aprende a confiar no en la figura del líder, sino en el Dios que lo acompaña.
Doctrinalmente, Josué 3:7 enseña que el liderazgo legítimo es confirmado por la presencia continua del Señor, no por títulos humanos, carisma o reconocimiento social. Dios mismo establece y sostiene a quienes Él llama, y Su respaldo se manifiesta en el cumplimiento de Su palabra.
En una aplicación más amplia, este pasaje recuerda que la obra de Dios avanza cuando Su pueblo reconoce a los líderes que Él respalda. La confianza colectiva se fortalece cuando se percibe claramente que Dios está con Su siervo, guiando y sosteniendo Su obra de generación en generación.
Josué 3:8 — “Cuando hayáis entrado… os detendréis en el Jordán.”
La fe requiere dar el primer paso antes de ver el milagro. Dios no siempre remueve el obstáculo primero; a menudo espera obediencia inicial.
Este mandato revela un patrón recurrente en la obra de Dios: la fe auténtica da el primer paso antes de que el milagro sea visible. Dios no ordena a los sacerdotes esperar a que las aguas se detengan, sino entrar primero en el río. La obediencia precede a la intervención divina.
La instrucción de detenerse en medio del Jordán intensifica el acto de fe. No se trata solo de avanzar, sino de permanecer firmes dentro del obstáculo, confiando plenamente en la palabra del Señor. Dios, en Su sabiduría, no siempre elimina el desafío de antemano; con frecuencia espera una respuesta obediente que manifieste confianza real.
Doctrinalmente, Josué 3:8 enseña que la fe no reacciona al milagro, sino que lo anticipa. El paso inicial no es imprudencia, sino obediencia informada por la revelación divina. Allí donde Dios ha hablado, el creyente puede avanzar aun sin ver el resultado inmediato.
En una aplicación más amplia, este pasaje invita a reflexionar sobre los momentos en que Dios nos llama a actuar sin garantías visibles. La fe madura confía en la palabra de Dios más que en las circunstancias, y aprende que el poder divino suele manifestarse en respuesta a una obediencia valiente y perseverante.
Josué 3:10 — “En esto conoceréis que el Dios viviente está en medio de vosotros.”
El milagro tiene como propósito principal revelar la presencia del Dios viviente. Dios actúa no solo para liberar, sino para que Su pueblo lo reconozca como presente y activo.
Este versículo declara explícitamente el propósito principal del milagro del Jordán: revelar la presencia real y activa del Dios viviente entre Su pueblo. El acto sobrenatural no es un espectáculo ni un fin en sí mismo, sino una señal destinada a fortalecer la fe y el conocimiento espiritual de Israel.
La expresión “Dios viviente” contrasta a Jehová con los ídolos inertes de las naciones. No es un dios distante ni pasivo, sino uno que actúa, guía y cumple Sus promesas en tiempo real. El milagro confirma que Dios no solo habló en el pasado, sino que está presente y obrando ahora, en medio de Su pueblo.
Doctrinalmente, Josué 3:10 enseña que los milagros tienen una función reveladora: ayudan al pueblo a reconocer quién es Dios y dónde está. La liberación y la victoria son importantes, pero más importante aún es que el pueblo conozca que Dios camina con ellos y pelea sus batallas.
En una aplicación más amplia, este pasaje invita a ver las intervenciones de Dios como oportunidades para profundizar la relación con Él. Cada acto poderoso del Señor apunta a una verdad mayor: que Él está presente, es fiel y sigue actuando en favor de quienes confían en Su palabra.
Josué 3:11 — “El arca del convenio del Señor de toda la tierra…”
Jehová no es un dios tribal, sino el Señor de toda la tierra. El cruce del Jordán afirma Su soberanía universal sobre pueblos, ríos y territorios.
Este versículo eleva el significado del cruce del Jordán más allá de un evento nacional. Al llamar a Jehová “el Señor de toda la tierra”, el texto afirma que Dios no es un dios local o tribal limitado a Israel, sino el soberano absoluto sobre pueblos, ríos, territorios y la creación entera. El Jordán no se divide por casualidad ni por poder humano, sino porque el Dueño de toda la tierra así lo ordena.
El arca del convenio, portadora del nombre y la presencia de Dios, va delante del pueblo como señal de que la soberanía divina precede y gobierna la historia. El cruce del río confirma que ningún límite natural ni frontera política puede resistir la voluntad del Señor. Donde Él reina, la creación obedece.
Doctrinalmente, Josué 3:11 enseña que la fidelidad del convenio se apoya en la autoridad universal de Dios. Las promesas hechas a Israel no se sostienen por superioridad humana, sino por el señorío de Aquel que gobierna toda la tierra. El Dios que cumple Su palabra a Israel es el mismo que domina cielos y tierra.
En una aplicación más amplia, este pasaje invita a reconocer que la fe descansa con seguridad cuando se confía en un Dios soberano sobre todo. Las circunstancias, los obstáculos y los límites aparentes están bajo Su dominio. El cruce del Jordán proclama que el Señor del convenio es, al mismo tiempo, el Rey universal que abre camino a Su pueblo.
Josué 3:13 — “Cuando las plantas de los pies… se asienten sobre las aguas…”
La intervención divina ocurre en respuesta a la fe obediente. El milagro comienza cuando el pueblo actúa confiando en la palabra de Dios.
Este versículo define con precisión el punto de encuentro entre la promesa divina y la respuesta humana. El milagro no precede a la acción; ocurre cuando la fe obediente se pone en movimiento. Dios no espera que el pueblo crea después de ver, sino que confíe antes de comprender plenamente.
El detalle de “las plantas de los pies” subraya que la fe se expresa en acciones concretas, no en intenciones abstractas. Los sacerdotes deben avanzar hasta tocar el agua, exponiéndose al riesgo, sosteniendo el arca del convenio, y confiando únicamente en la palabra del Señor. La intervención divina comienza en el punto exacto donde la obediencia se vuelve real.
Doctrinalmente, Josué 3:13 enseña que Dios responde a la fe que actúa conforme a Su palabra. El poder de Dios no se activa por presunción ni por impulso, sino por una obediencia informada por la revelación. El milagro no anula la responsabilidad humana; la honra.
En una aplicación más amplia, este pasaje recuerda que muchas bendiciones esperan al otro lado del primer paso de fe. El creyente no siempre ve el camino despejado antes de avanzar; a menudo, el camino se abre mientras camina. Así, Josué 3:13 proclama que la fe viva confía lo suficiente como para mojarse los pies antes de ver el Jordán dividido.
Josué 3:13 — “el arca de Jehová, el Señor de toda la tierra”
Mark E. Petersen: Entonces el Señor dio instrucciones para que los sacerdotes que llevaban el arca del convenio se acercaran primero al río. Al anunciarlo Josué, volvió a recalcar al pueblo que el arca pertenecía al Dios verdadero y viviente. Al referirse a ella dijo: “el arca de Jehová—el Señor de toda la tierra” (Josué 3:13).
Él estaba decidido a no permitir que olvidaran el mandamiento recibido en el Sinaí: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3).
Cuando olvidaban la ley, adoraban ídolos. Eran así de inconstantes. Resulta espantoso pensar en la fuerte atracción que realmente ejercía la idolatría. Dudamos en colocar al antiguo Israel entre los idólatras, pero la idolatría de aquel tiempo sí atrajo a muchos, principalmente porque era una religión sensual, que invitaba a prácticas licenciosas.
El hecho de que la sensualidad estuviera bastante extendida en Israel se evidencia en las leyes divinas contra el pecado sexual en todas sus formas, tal como se establecen en Levítico (véanse los capítulos 18 al 21). Las personas con esas inclinaciones perversas podían ser persuadidas con mucha facilidad a seguir las atracciones de la carne, y para ellas las prácticas de los cananeos debieron de haber sido muy seductoras.
El mandamiento de cruzar el Jordán se dio cuando todo estaba preparado. Los sacerdotes que llevaban el arca fueron primero, conforme al plan. Cuando sus pies entraron en el río, las aguas se detuvieron desde arriba —no solo en el lugar del cruce, sino desde más arriba— y se amontonaron (Josué 3:8–17).
Esto es interesante a la luz de algunas especulaciones que sugieren que el cruce ocurrió en la estación seca y que la corriente quizá ya se había secado, o que un viento fuerte llegó en el momento oportuno y apartó las aguas del lugar del cruce. ¿Por qué la humanidad no acepta el hecho de que Dios es un Dios de milagros? ¿Por qué no admiten que aquí ocurrió un milagro, tal como había sucedido en el mar Rojo? (Joshua: Man of Faith [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1978], p. 41).
Josué 3:14–17 — ¿Qué podemos aprender de los sacerdotes que entraron en el río Jordán?
El pueblo avanzaba desde sus tiendas cuando llegó a la orilla del río Jordán. El agua estaba crecida, ruidosa, imponente. No había un puente ni un sendero visible, solo una corriente que parecía decir: no se puede pasar. Entonces los sacerdotes, cargando el arca del pacto, dieron un paso al frente. No esperaron a que el río se calmara; caminaron directo hacia él. Sus pies tocaron el agua y, en ese mismo instante, el Jordán comenzó a detenerse, como si obedeciera a una fe que ya había decidido avanzar.
Allí quedaron, de pie, en medio del cauce seco, sosteniendo lo sagrado mientras el pueblo cruzaba delante de ellos. No retrocedieron, no se apresuraron; permanecieron firmes hasta que el último israelita estuvo a salvo en la otra orilla. El milagro no ocurrió para su comodidad, sino para el bien de todos.
De los sacerdotes aprendemos que la fe no espera garantías, sino que confía lo suficiente como para dar el primer paso. Aprendemos que el verdadero liderazgo espiritual no busca protagonismo, sino abrir camino. Y aprendemos que sostener la presencia de Dios en medio de la incertidumbre —aunque el agua aún moje los pies— puede convertirse en el punto exacto donde el cielo interviene y el camino se abre.
El élder David A. Bednar enseñó: “Curiosamente, las aguas no se dividieron cuando los hijos de Israel estaban en la ribera del río aguardando a que sucediera algo; más bien, las plantas de sus pies estaban mojadas antes de que se dividieran las aguas. La fe de los israelitas se manifestó en el hecho de que entraron en las aguas antes de que se dividieran.” (“Buscar conocimiento por la fe”, Liahona, septiembre de 2007.)
Josué 3:15 — “Porque el Jordán suele desbordarse…”
Dios actúa cuando el obstáculo es mayor, no menor. El desbordamiento del Jordán magnifica el milagro y elimina toda explicación puramente humana.
Este detalle narrativo no es incidental; cumple una función doctrinal clave. El texto aclara que el Jordán estaba en su punto más peligroso y difícil de cruzar. Dios no espera a que el obstáculo sea manejable; actúa cuando es mayor, de modo que Su intervención no pueda atribuirse a habilidad humana ni a circunstancias favorables.
El desbordamiento del río elimina toda explicación naturalista del milagro. No hay estrategia, fuerza ni coincidencia estacional que pueda justificar lo ocurrido. Así, la gloria del acto pertenece exclusivamente a Dios. El Señor escoge el momento de máxima dificultad para manifestar Su poder con mayor claridad.
Doctrinalmente, Josué 3:15 enseña que Dios permite que los desafíos alcancen su punto crítico para revelar Su soberanía. La fe del pueblo no se apoya en condiciones seguras, sino en la certeza de que Dios gobierna aun cuando las circunstancias parecen imposibles.
En una aplicación más amplia, este pasaje invita a reinterpretar los momentos de mayor presión y dificultad. El desbordamiento no es señal de abandono, sino escenario para la intervención divina. Cuando el camino parece cerrado por completo, Dios demuestra que sigue siendo Señor de los ríos, de las crisis y del futuro de Su pueblo.
Josué 3:15–16 — “los pies de los sacerdotes que llevaban el arca fueron mojados a la orilla del agua”
Neal A. Maxwell: A veces debemos hacer primero las cosas difíciles que se nos han pedido antes de recibir la bendición. Josué y sus sacerdotes, en una repetición poco comentada de la separación y el cruce del mar Rojo, atravesaron el Jordán crecido mediante otro milagro. Pero el milagro no comenzó para el antiguo Israel sino hasta después de que Josué y los sacerdotes se mojaron las plantas de los pies. (Josué 3:15–17). (All These Things Shall Give Thee Experience, págs. 44–45).
Neal A. Maxwell: Todos tenemos la necesidad de comprender que debemos caminar hasta el borde de la luz, obedeciendo y avanzando tan lejos como el Señor nos haya indicado, antes de esperar que Él nos ayude con el siguiente paso. En este contexto, conviene relacionar el cruce del mar Rojo —más conocido y mucho más dramático— con el episodio de Josué y los hijos de Israel cuando llegó el momento de cruzar el Jordán desbordado. Obsérvese que, en este último caso, el Señor les pidió que primero se mojaran las plantas de los pies, antes de detener de manera tan impresionante las aguas del Jordán crecido.
(“Teaching Opportunities from the Old Testament”, Ensign, abril de 1981, p. 60).
Josué 3:17 — “Los sacerdotes… permanecieron firmes en tierra seca…”
La presencia de Dios sostiene al pueblo hasta que todos han pasado. El liderazgo fiel permanece firme en medio del desafío hasta que la obra se completa.
Este versículo culmina el relato del cruce del Jordán con una imagen profundamente doctrinal: los sacerdotes, portadores del arca del convenio, permanecen firmes en medio del río hasta que todo Israel ha pasado. El milagro no consiste únicamente en la división de las aguas, sino en la constancia sostenida de la presencia divina mientras la obra de Dios se completa.
Desde una perspectiva del sacerdocio, los sacerdotes representan a aquellos que actúan con autoridad delegada de Dios. Ellos no abren el Jordán por su propio poder; el río se detiene porque el arca —símbolo del convenio y de la presencia del Señor— permanece en su lugar. En términos doctrinales, esto enseña que el poder salvador de Dios opera dentro de un orden establecido, y que quienes ministran deben permanecer firmes, aun cuando otros avanzan hacia la seguridad.
El hecho de que los sacerdotes se mantengan en medio del Jordán “hasta que todo el pueblo hubo acabado de pasar” subraya una doctrina clave muy apreciada en la teología de los Santos de los Últimos Días: Dios no abandona Su obra a la mitad. Así como el Señor promete llevar a cabo Su obra y Su gloria, también sostiene a Su pueblo hasta que el último ha cruzado. La salvación no es apresurada ni incompleta; es total y ordenada.
Este pasaje también ilumina la naturaleza del liderazgo fiel. Los sacerdotes no buscan cruzar primero para asegurar su propia seguridad, ni se mueven antes de tiempo. Permanecen donde Dios los ha colocado, confiando en que Él los sostendrá mientras sirven a los demás. Esto refleja el principio de que quienes presiden y ministran lo hacen para facilitar el progreso espiritual de otros, no para adelantarse a ellos.
Desde una aplicación más amplia, Josué 3:17 enseña que la perseverancia es parte esencial del convenio. En el evangelio restaurado, no solo se entra por la puerta, sino que se persevera fielmente hasta el fin. La firmeza de los sacerdotes en medio del Jordán simboliza esa constancia: permanecer fiel en medio de la prueba hasta que la obra que Dios ha asignado esté plenamente cumplida.
Así, este versículo proclama una verdad consoladora: la presencia de Dios no solo abre caminos imposibles, sino que permanece con Su pueblo hasta que todos han llegado al otro lado. Donde el Señor manda servir, también promete sostener.
Josué 3:17 — “los sacerdotes… estuvieron firmes en seco en medio del Jordán, y todo Israel pasó en seco”
Habían pasado cuarenta años desde que los israelitas escaparon del ejército de Faraón al cruzar el mar Rojo. Solo los miembros más ancianos del grupo —quienes habían sido niños o jóvenes entonces— podían recordar aquel milagro. La gran mayoría de la congregación no tenía memoria personal de ese acontecimiento. El Señor no iba a privar a la nueva generación: tendrían un profeta semejante a Moisés; tendrían un milagro semejante a la apertura del mar Rojo; verían el poder de Dios dividir las aguas “como en un montón.”
Spencer W. Kimball: Israel… estaba listo para cruzar a la tierra prometida, cuya productividad y belleza probablemente podían verse desde las colinas más altas. Pero ¿cómo llegar allí? No había puentes ni transbordadores para cruzar el Jordán desbordado. Demasiado profundo para cruzarlo en tiempos normales, ahora, en tiempo de la siega, era imposible vadearlo. Un gran profeta, Josué, recibió la voluntad del Señor y dio el mandamiento, y otro milagro nació de la fe (véase Josué 3:15–17).
Los elementos encuentran su control por medio de la fe. El viento, las nubes, los cielos obedecen la voz de la fe…
Si se descartan estos milagros del Antiguo Testamento, ¿cómo se puede aceptar el Nuevo Testamento? (LDS Church News, 26 de marzo de 1994).
Mark E. Petersen: El río fue dividido de manera similar en otras dos ocasiones. Ambas fueron milagros, tal como lo fue el caso mencionado anteriormente.
Cuando Elías y Eliseo necesitaron cruzar el río juntos, “Elías tomó su manto, lo dobló y golpeó las aguas, las cuales se apartaron a uno y otro lado, y ambos pasaron por seco” (2 Reyes 2:8).
Después de esto, Elías fue llevado al cielo en el carro de fuego. Cuando Eliseo regresó de esa experiencia, tuvo que cruzar nuevamente el río para llegar a su hogar: “Tomó el manto de Elías que se le había caído, golpeó las aguas y dijo: ¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías? Y al golpear las aguas, se apartaron a uno y otro lado, y Eliseo pasó” (2 Reyes 2:14).
En ninguna circunstancia podrían los críticos afirmar que en estos casos un viento oportuno secó el cauce, o que los profetas cruzaron durante una severa sequía. ¡Fueron milagros! ¿Por qué no admitirlo? (Joshua: Man of Faith [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1978], p. 45).
























