Josué 4
Josué 4:1 — “Cuando toda la gente hubo acabado de pasar el Jordán…”
Dios actúa con orden y plenitud. No se adelanta a cerrar el milagro hasta que todos han cruzado. El cuidado divino es inclusivo y completo.
Este versículo, aparentemente transicional, encierra una doctrina profunda sobre la manera en que Dios lleva a cabo Su obra: con orden, plenitud y cuidado absoluto por cada alma. El relato subraya que la instrucción divina para levantar memoriales no se da sino hasta que toda la gente ha cruzado. El milagro no se interrumpe, ni se da por concluido, mientras alguien permanezca aún en peligro.
Desde una perspectiva del evangelio restaurado, este detalle armoniza con la doctrina de que la obra de Dios es colectiva e inclusiva, no selectiva ni apresurada. El Señor no rescata solo a los fuertes, a los líderes o a los primeros; espera hasta que todos hayan pasado. Esto refleja un principio central del plan de salvación: Dios “no hace acepción de personas” y Su propósito es llevar a cabo la salvación del ser humano de manera completa y ordenada.
En términos del sacerdocio y de la administración divina, Josué 4:1 enseña que los milagros del Señor se sostienen el tiempo necesario para cumplir Su propósito total. El Jordán no vuelve a su curso hasta que el último israelita ha cruzado. Así también, en la doctrina de los Santos de los Últimos Días, el Señor ha provisto ordenanzas vicarias, ministerio continuo y revelación persistente para asegurar que nadie quede excluido de Su oferta de salvación por falta de oportunidad.
Este pasaje también ilumina el carácter del liderazgo bajo dirección divina. Josué no apresura el momento ni presume que la obra está terminada antes de tiempo. Aprende a actuar en sincronía con el ritmo de Dios, no con la urgencia humana. La obediencia fiel incluye saber esperar hasta que el Señor indique que la obra está completa.
En una aplicación doctrinal más amplia, Josué 4:1 testifica que Dios no cierra el camino hasta que todos los que desean cruzar han tenido la oportunidad de hacerlo. Esto prefigura una verdad consoladora del evangelio restaurado: el Señor persevera con Su pueblo, sostiene el milagro el tiempo que sea necesario y completa Su obra “línea por línea” hasta que cada alma haya sido considerada.
Así, este versículo proclama silenciosamente una doctrina poderosa: el cuidado divino es total, el orden de Dios es perfecto y Su obra no se declara terminada hasta que todos han sido llevados con seguridad al otro lado.
Josué 4:2–3 — “Tomad… doce piedras…”
Dios manda establecer memoriales físicos para preservar la memoria espiritual. La fe no debe depender solo de experiencias momentáneas, sino de recuerdos anclados en actos concretos.
Estos versículos revelan una doctrina profundamente coherente con el modo en que Dios obra con Su pueblo a lo largo de todas las dispensaciones: el Señor manda establecer memoriales físicos para preservar verdades espirituales eternas. Las doce piedras no son un adorno conmemorativo, sino un instrumento divinamente ordenado para proteger la memoria del convenio.
Desde una perspectiva del evangelio restaurado, esto enseña que la fe no está diseñada para sostenerse únicamente sobre experiencias espirituales momentáneas, por muy poderosas que estas sean. Incluso los milagros más impresionantes —como cruzar el Jordán en seco— pueden desvanecerse en la memoria humana si no se anclan en recordatorios tangibles y repetidos. Dios, que conoce la fragilidad de la memoria humana, provee medios visibles para sostener la fe a largo plazo.
El hecho de que las piedras se tomen del mismo lugar donde ocurrió el milagro, “de en medio del Jordán”, es doctrinalmente significativo. La memoria auténtica del poder de Dios no es abstracta ni idealizada; está vinculada a experiencias reales, a lugares concretos donde el Señor actuó. Así, las piedras se convierten en testigos silenciosos de que Dios intervino verdaderamente en la historia del pueblo.
En armonía con la doctrina de los Santos de los Últimos Días, estos memoriales anticipan prácticas sagradas como:
- el uso de símbolos y ordenanzas que ayudan a recordar convenios,
- la repetición deliberada del recuerdo en la vida familiar,
- y la instrucción constante para no olvidar lo que Dios ha hecho.
Doctrinalmente, Josué 4:2–3 enseña que recordar es un acto de obediencia, no solo un ejercicio mental. Dios no deja la memoria espiritual al azar; la estructura, la ordena y la institucionaliza para proteger a Su pueblo del olvido, que en las Escrituras es una de las principales causas de apostasía.
En una aplicación más amplia, este pasaje testifica que la fe duradera se construye sobre recuerdos consagrados, no solo sobre emociones pasajeras. El Señor sabe que vendrán días de prueba, duda o rutina, y por ello establece memoriales que hablen cuando la emoción ya no esté presente. Así, las doce piedras proclaman que el Dios que obró una vez sigue siendo digno de confianza hoy y mañana.
Este mandamiento divino nos recuerda una verdad central del evangelio restaurado: Dios quiere que Su pueblo recuerde, enseñe y transmita Sus obras de generación en generación, para que la fe no dependa de experiencias aisladas, sino de una memoria sagrada cuidadosamente preservada.
Josué 4:6–7 — “Para que esto sea señal entre vosotros…”
La memoria del poder de Dios debe ser enseñada intencionalmente a la siguiente generación. Las preguntas de los hijos son parte del diseño divino para transmitir la fe.
Estos versículos revelan que la memoria del poder de Dios no debe depender del azar ni de la curiosidad espontánea, sino de un diseño divino deliberado. El Señor manda levantar las piedras con un propósito pedagógico claro: provocar preguntas futuras y crear oportunidades sagradas de enseñanza. La fe no se hereda automáticamente; se transmite mediante instrucción intencional.
Desde una perspectiva del evangelio restaurado, este pasaje armoniza plenamente con la doctrina de que el hogar es el primer lugar de enseñanza del evangelio. Dios anticipa el momento en que los hijos preguntarán: “¿Qué significan estas piedras?”, y asigna a los padres la responsabilidad de responder. Las preguntas de los hijos no son interrupciones, sino parte del plan de Dios para perpetuar la fe.
Doctrinalmente, Josué 4:6–7 enseña que recordar las obras del Señor es un acto comunitario y educativo, no meramente personal. El milagro del Jordán no fue dado solo para quienes lo vivieron, sino también para quienes nacerían después. Así, la experiencia espiritual se convierte en herencia doctrinal cuando es narrada, explicada y repetida.
En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en prácticas como:
- la enseñanza continua en el hogar,
- el énfasis en contar y volver a contar las obras del Señor,
- y la responsabilidad de los padres de testificar activamente a sus hijos.
El Señor sabe que una fe que no se recuerda ni se enseña se debilita con el tiempo. Por ello, convierte la memoria en una señal visible y la enseñanza en un deber sagrado. Las piedras no hablan por sí solas; necesitan voces fieles que expliquen su significado.
En una aplicación doctrinal más amplia, Josué 4:6–7 testifica que Dios obra pensando en generaciones futuras. La revelación no solo responde a necesidades inmediatas, sino que prepara al pueblo para permanecer fiel cuando los testigos oculares ya no estén. Así, la fe se conserva no por milagros constantes, sino por una memoria enseñada con amor, convicción y repetición.
Este pasaje proclama una verdad central del evangelio restaurado: el Señor espera que Su pueblo enseñe activamente a la siguiente generación quién es Él y qué ha hecho, para que cada generación pueda decir con conocimiento propio: “El Dios que obró entonces sigue siendo nuestro Dios hoy”.
Josué 4:6–7 — “estas piedras serán por memorial a los hijos de Israel para siempre”
Howard W. Hunter: Los padres han estado dejando memoriales para sus hijos, y los hijos han estado erigiéndolos para sus padres, desde que el tiempo comenzó. En Temple Square nos hemos rodeado deliberadamente de tales memoriales: la antigua campana de Nauvoo, el Monumento a las Gaviotas, las estatuas de la Restauración, el Christus de Thorvaldsen, por mencionar solo algunos. Estos sirven para unir generación con generación, preservando en una larga e ininterrumpida cadena los acontecimientos importantes de nuestra herencia común.
El paso del tiempo y el crecimiento de nuestras instituciones con frecuencia tienden a separarnos no solo unos de otros, sino también de nuestros propósitos comunes. A lo largo de la historia se nos ha mandado construir memoriales, o celebrar la Pascua, o convocar conferencias generales, a fin de preservar el poder de nuestra fe unida y recordar los mandamientos de Dios al procurar alcanzar nuestras metas eternas e inmutables.
Sin embargo, para reforzar nuestra fortaleza y preservar nuestra unidad se requiere algo más que monumentos y festivales. De manera muy semejante a lo que hizo Josué hace años, los constructores del imponente Washington Monument reunieron piedras de cada uno de los estados de la unión y las colocaron dentro del interior de ese obelisco de 555 pies de altura —el edificio de mampostería más alto del mundo— como tributo no solo al primer presidente y padre de nuestra nación, sino también a nuestra unidad nacional. (That We Might Have Joy [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1994], p. 48).
Josué 4:7 — “Serán un monumento conmemorativo… para siempre.”
Las obras de Dios no están destinadas al olvido. Recordar es un acto de fidelidad. El convenio se fortalece cuando el pueblo recuerda lo que Dios ha hecho.
Este versículo declara con claridad que las obras de Dios no están destinadas al olvido, sino a ser recordadas de manera permanente y significativa. El mandato de erigir un monumento “para siempre” revela que, en el plan divino, recordar no es opcional, sino un deber espiritual. La memoria sagrada es un medio por el cual el pueblo permanece fiel al convenio.
Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este principio armoniza con la enseñanza de que olvidar a Dios es uno de los primeros pasos hacia la apostasía, mientras que recordar Sus obras fortalece la fe y la obediencia. El monumento no reemplaza la fe, pero la sostiene; no sustituye la revelación, pero prepara el corazón para recibirla nuevamente.
Doctrinalmente, Josué 4:7 enseña que recordar es un acto de fidelidad activa. No se trata de nostalgia espiritual, sino de un ejercicio deliberado de reconocimiento del poder, la misericordia y la constancia de Dios. Al recordar lo que el Señor ha hecho, el pueblo reafirma su confianza en lo que Él aún hará.
En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en:
- la renovación constante de convenios,
- el énfasis en “recordar” al Señor en las ordenanzas,
- y la repetición consciente de la historia sagrada personal y colectiva.
El convenio se fortalece cuando la memoria se mantiene viva. Las piedras en Gilgal se convierten en testigos silenciosos de que Dios actuó realmente en favor de Su pueblo y de que Su fidelidad no cambia con el tiempo. Así, el pasado se transforma en ancla espiritual para el presente y el futuro.
En una aplicación más amplia, Josué 4:7 proclama que Dios desea un pueblo que recuerde intencionalmente. Cuando las experiencias sagradas se recuerdan y se transmiten, la fe deja de depender de emociones momentáneas y se apoya en una historia compartida de redención. Recordar lo que Dios ha hecho es, en sí mismo, una forma de permanecer en el convenio.
Este versículo testifica una verdad central del evangelio restaurado: Dios no solo salva, sino que manda recordar la salvación, para que Su pueblo persevere fiel hasta el fin, sostenido por una memoria viva de Su poder y Su gracia.
Josué 4:9 — “Josué también levantó doce piedras en medio del Jordán…”
Hay memorias visibles y memorias ocultas. Algunas obras de Dios quedan como testimonio público; otras permanecen en lo profundo, conocidas por quienes estuvieron allí. Ambas son sagradas.
Este versículo introduce una distinción doctrinal profundamente significativa: no todas las obras de Dios están destinadas a ser vistas por todos. Además del memorial erigido en Gilgal —visible, didáctico y accesible—, Josué levanta doce piedras en medio del Jordán, en el mismo lugar donde estuvieron firmes los pies de los sacerdotes. Estas piedras quedan ocultas bajo las aguas, fuera de la vista cotidiana del pueblo.
Desde una perspectiva del evangelio restaurado, esto enseña que hay memorias públicas y memorias sagradas privadas, y ambas son igualmente válidas ante Dios. Algunas experiencias espirituales están destinadas a fortalecer a la comunidad y a ser enseñadas de generación en generación; otras quedan reservadas para quienes las vivieron, como testimonio íntimo entre el alma y el Señor.
Doctrinalmente, Josué 4:9 enseña que Dios obra tanto en lo visible como en lo profundo. Las piedras sumergidas representan experiencias espirituales que no pueden exhibirse ni explicarse plenamente, pero que sostienen la fe de manera duradera. En la vida de los Santos de los Últimos Días, esto se refleja en revelaciones personales, confirmaciones silenciosas del Espíritu y momentos sagrados que no siempre se comparten públicamente, pero que anclan el testimonio.
También es significativo que estas piedras se coloquen en el lugar exacto del milagro, donde el Jordán se detuvo. Aunque el río vuelve a su curso y oculta el memorial, la obra de Dios no se pierde. Esto enseña que el retorno a la normalidad no anula la santidad de lo ocurrido. Dios no necesita que Sus milagros permanezcan visibles para que sigan siendo reales y eficaces.
Desde una perspectiva covenantal, este pasaje armoniza con la doctrina de que el Señor recuerda lo que Su pueblo recuerda, aun cuando otros no lo vean. El memorial oculto da testimonio de que Dios valora la fidelidad silenciosa, la obediencia que no busca reconocimiento y la fe que se sostiene aun cuando no hay señales externas.
En una aplicación más amplia, Josué 4:9 proclama una verdad consoladora: no toda obra de Dios en nuestra vida necesita ser entendida, validada o vista por otros para ser sagrada. Algunas de las experiencias más formativas permanecen “en medio del Jordán”, profundas, personales y silenciosas. Y ante Dios, esas memorias ocultas son tan preciosas como los monumentos visibles.
Este versículo testifica una doctrina clave del evangelio restaurado: Dios obra en lo público para edificar a Su pueblo, y en lo secreto para edificar al alma, y ambos tipos de memoria forman parte de Su plan perfecto.
Josué 4:10 — “Los sacerdotes… se quedaron de pie en medio del Jordán…”
El liderazgo fiel permanece firme hasta que la voluntad de Dios se cumple por completo. La obediencia perseverante sostiene al pueblo mientras el milagro está en curso.
Este versículo profundiza y refuerza una doctrina esencial ya anticipada en el capítulo anterior: el liderazgo fiel no se retira hasta que la voluntad de Dios se ha cumplido plenamente. Los sacerdotes, portadores del arca del convenio, permanecen firmes en medio del Jordán mientras el pueblo cruza apresuradamente hacia la seguridad. El milagro continúa activo porque ellos permanecen obedientes en el lugar que Dios les ha asignado.
Desde la perspectiva del evangelio restaurado, los sacerdotes representan a quienes sirven bajo autoridad del sacerdocio, actuando no por iniciativa propia, sino conforme a la palabra revelada. Ellos no controlan el milagro, pero lo sostienen mediante obediencia perseverante. El río no se abre por un momento; permanece detenido porque los siervos del Señor permanecen firmes.
Doctrinalmente, Josué 4:10 enseña que la obediencia no es solo iniciar correctamente, sino perseverar fielmente hasta que la obra esté completa. El milagro requiere constancia, no solo fe inicial. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la doctrina de “perseverar hasta el fin”, que implica mantenerse fiel aun cuando la tarea parece prolongada o el riesgo persiste.
Es especialmente significativo que el pueblo “se dio prisa y pasó”. Mientras el pueblo avanza rápidamente, los sacerdotes esperan con paciencia y firmeza, mostrando que el liderazgo espiritual no siempre consiste en avanzar primero, sino en sostener el camino para que otros puedan avanzar con seguridad. Esta es una imagen poderosa del ministerio: permanecer en el lugar de responsabilidad mientras otros reciben las bendiciones del milagro.
Desde una perspectiva pastoral y covenantal, este pasaje testifica que Dios sostiene a Su pueblo mediante siervos constantes, que no abandonan su puesto cuando el proceso se vuelve largo o exigente. El Señor honra esa fidelidad prolongando Su poder hasta que el último ha cruzado.
En una aplicación más amplia, Josué 4:10 enseña que las bendiciones colectivas a menudo dependen de la fidelidad silenciosa de unos pocos que permanecen firmes. La obediencia perseverante —aunque no siempre visible ni celebrada— es uno de los medios por los cuales Dios cumple Sus propósitos redentores.
Este versículo proclama una verdad central del evangelio restaurado: el Señor completa Su obra a través de siervos que permanecen fieles en medio del desafío, sosteniendo al pueblo hasta que la voluntad divina se cumple plenamente.
Josué 4:14 — “Jehová engrandeció a Josué ante los ojos de todo Israel.”
Dios confirma a Sus siervos mediante Su poder manifiesto. El liderazgo legítimo se reconoce cuando el Señor respalda públicamente a quien Él ha llamado.
Este versículo declara un principio doctrinal clave sobre el liderazgo en la obra de Dios: el Señor mismo es quien confirma públicamente a Sus siervos escogidos. Josué no se engrandece a sí mismo, ni es exaltado por estrategias humanas o carisma personal; es Jehová quien lo “engrandece” mediante la manifestación inequívoca de Su poder.
Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este principio armoniza con la doctrina de que la autoridad legítima procede del llamamiento divino y es ratificada por la revelación y el poder del Espíritu. El liderazgo en el reino de Dios no se establece por popularidad ni por imposición humana, sino por el respaldo visible del Señor a través de Sus obras.
El contexto es doctrinalmente significativo: el engrandecimiento de Josué ocurre después de que el pueblo ha cruzado el Jordán en seco. Es decir, la confirmación del liderazgo viene acompañada de frutos visibles de obediencia, milagro y cumplimiento de promesas. Dios no solo declara que Josué es Su siervo; lo demuestra ante los ojos de toda la comunidad.
El texto añade que Israel “le temió, como habían temido a Moisés”. Este “temor” no es miedo, sino reverencia y reconocimiento espiritual. El pueblo aprende a ver en Josué a un líder sostenido por la misma presencia divina que acompañó a Moisés. Así, se preserva la continuidad del convenio: cambian los siervos, pero no el Dios que los respalda.
Doctrinalmente, Josué 4:14 enseña que el reconocimiento del liderazgo verdadero es una experiencia colectiva guiada por Dios, no una construcción meramente institucional. El Señor prepara tanto al líder como al pueblo para que haya unidad, confianza y orden en Su obra.
En la teología de los Santos de los Últimos Días, este pasaje refleja la forma en que Dios confirma a Sus profetas y líderes:
- mediante revelación continua,
- mediante el poder manifiesto de Su obra,
- y mediante el testimonio espiritual del pueblo.
El liderazgo se sostiene cuando el pueblo puede decir, con convicción espiritual, que el Señor está con Su siervo.
En una aplicación más amplia, este versículo testifica que Dios no deja a Su pueblo sin confirmación. Cuando Él llama a alguien a presidir o a guiar, también provee las evidencias espirituales necesarias para que ese liderazgo sea reconocido y sostenido con fe. Así, la obra de Dios avanza en orden, unidad y confianza.
Josué 4:14 proclama una verdad central del evangelio restaurado: Dios engrandece a Sus siervos no para su gloria personal, sino para bendición y seguridad de todo Su pueblo, asegurando que la obra continúe bajo Su dirección divina.
Josué 4:18 — “Las aguas del Jordán volvieron a su lugar…”
El milagro no es permanente, pero su significado sí lo es. Dios abre caminos cuando es necesario y luego restablece el orden, enseñando a vivir por fe y memoria, no por señales continuas.
Este versículo enseña una doctrina esencial sobre la manera en que Dios obra: los milagros cumplen un propósito específico y luego dan paso nuevamente al orden establecido. El Jordán se abre para permitir el cruce del pueblo, pero una vez cumplida la voluntad divina, las aguas regresan a su curso natural. El milagro no se prolonga innecesariamente, porque su función no es reemplazar la fe, sino despertarla y afirmarla.
Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este patrón armoniza con la enseñanza de que Dios no gobierna Su obra mediante señales constantes, sino mediante convenios, revelación y fe perseverante. El Señor abre caminos imposibles cuando es necesario para el progreso espiritual de Su pueblo, pero no sostiene indefinidamente lo extraordinario. Después del milagro, el pueblo es llamado a caminar por fe, sostenido por el recuerdo de lo que Dios ya ha hecho.
Doctrinalmente, Josué 4:18 enseña que la normalidad restaurada no implica ausencia de Dios. El regreso de las aguas no significa que el Señor se haya retirado, sino que Su propósito inmediato ha sido cumplido. En la vida espiritual, muchas experiencias sagradas no se repiten continuamente; su poder reside en el significado que dejan, no en su repetición.
En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja claramente en la vida del convenio. Las ordenanzas, las revelaciones personales y las experiencias espirituales intensas no siempre se manifiestan con la misma fuerza emocional a lo largo del tiempo, pero su validez y efecto permanecen. El creyente maduro aprende a apoyarse en la memoria espiritual, no en la búsqueda constante de nuevas señales.
Este versículo también enseña que Dios es un Dios de orden. Él suspende temporalmente las leyes naturales para cumplir Sus designios, pero luego las restablece. Esto refuerza la confianza en que el mundo no es caótico ni arbitrario, sino gobernado por un Dios que actúa con propósito, medida y sabiduría perfecta.
En una aplicación más amplia, Josué 4:18 invita a comprender que la fe verdadera no exige milagros continuos para permanecer firme. El pueblo de Dios avanza recordando lo que el Señor ya ha hecho, renovando convenios y confiando en que el mismo Dios que abrió el Jordán sigue guiando el camino, aun cuando las aguas vuelvan a fluir como antes.
Así, este versículo proclama una verdad profunda del evangelio restaurado: Dios da milagros para iniciar el camino, memoriales para recordarlo y fe para recorrerlo hasta el fin.
Josué 4:19–20 — “Acamparon en Gilgal… y Josué erigió las doce piedras.”
Los lugares donde Dios actúa se convierten en espacios sagrados de recuerdo. Gilgal será un centro espiritual porque allí se recuerda el poder del Señor.
Estos versículos muestran cómo la acción salvadora de Dios consagra el espacio. Gilgal no era sagrado por su geografía, sino porque allí el pueblo recordó deliberadamente lo que Dios había hecho. Al erigir las doce piedras, Josué transforma un lugar ordinario en un centro espiritual de memoria, donde el poder del Señor puede ser recordado, enseñado y renovado.
Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este acto ilustra que Dios santifica lugares a través de convenios y recuerdos sagrados. Así como templos, capillas y hogares llegan a ser espacios santos por lo que allí se recuerda y se promete, Gilgal se convierte en un punto de referencia espiritual porque el pueblo decide anclar allí su memoria del milagro del Jordán.
Doctrinalmente, Josué 4:19–20 enseña que la fe necesita puntos de referencia. El pueblo no puede vivir continuamente en el Jordán abierto; debe avanzar. Pero Dios provee lugares como Gilgal para volver mental y espiritualmente al momento en que Su poder se manifestó. La memoria se institucionaliza para sostener la fidelidad futura.
Es significativo que Gilgal se convierta, a partir de este momento, en un lugar recurrente en la historia de Israel. Esto enseña que los lugares donde Dios actúa con poder suelen convertirse en centros de renovación espiritual. No porque el poder quede atrapado allí, sino porque el recuerdo compartido fortalece la identidad del pueblo del convenio.
En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la práctica de recordar convenios en lugares designados, donde el Espíritu testifica repetidamente de verdades ya recibidas. El poder no reside en la piedra, sino en el Dios que actuó; sin embargo, la piedra ayuda al pueblo a no olvidar.
En una aplicación más amplia, Josué 4:19–20 invita a reconocer que cada persona y cada familia necesita “Gilgales” espirituales: momentos, lugares y recuerdos donde la mano del Señor fue clara. Volver a esos recuerdos no es vivir en el pasado, sino renovar la fe para seguir avanzando.
Estos versículos proclaman una verdad central del evangelio restaurado: Dios no solo guía a Su pueblo hacia adelante, sino que le provee espacios sagrados donde recordar, enseñar y fortalecer la fe, para que el camino futuro se recorra con confianza renovada.
Josué 4:20 — “Entonces haréis saber a vuestros hijos, diciendo: Israel pasó este Jordán en seco.”
B. H. Roberts: El Señor parecía estar deseoso de que hubiese un testimonio en piedra, un monumento perdurable de la manifestación de Su poder en favor de Israel. Creo percibir el mismo espíritu en las experiencias del Israel moderno. Desde hace muchos años, con gran gozo, he contemplado este magnífico Templo de Salt Lake en este terreno, como un testimonio colectivo en piedra de la presencia, el poder y la salvación de Dios entre los Santos de los Últimos Días, quizá más poderoso que el testimonio verbal de cualquier hombre, porque puede ser visto por tantos, permanece inmóvil a lo largo de muchas generaciones y ha sido establecido por las pequeñas contribuciones colectivas de una comunidad. Han edificado un monumento de testimonio en piedra de que Dios ha dado mandamientos a esta generación. (Conference Report, octubre de 1913, sesión de la tarde, págs. 25–26).
Josué 4:21–22 — “Cuando mañana pregunten vuestros hijos…”
La fe se preserva cuando los padres enseñan activamente a los hijos. La historia sagrada se transmite mediante el relato intencional de lo que Dios ha hecho.
Estos versículos enseñan una doctrina central del convenio: la fe se preserva cuando es enseñada activamente dentro del hogar. Dios no deja la continuidad espiritual del pueblo al azar ni a instituciones externas; coloca la responsabilidad directamente sobre los padres. La historia sagrada no se hereda por osmosis espiritual, sino por relato intencional, repetido y consciente.
Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este pasaje armoniza profundamente con la doctrina de que los padres son los principales maestros del evangelio. El Señor anticipa las preguntas naturales de los hijos y las convierte en oportunidades sagradas para enseñar. La curiosidad infantil no es un obstáculo, sino un medio divino para transmitir fe, identidad y propósito.
Doctrinalmente, Josué 4:21–22 enseña que recordar las obras de Dios requiere voz, explicación y testimonio. Las piedras no hablan por sí solas; necesitan padres que expliquen su significado. Así, la memoria del milagro se transforma en enseñanza viva, y el evento histórico se convierte en fundamento espiritual para una nueva generación.
En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en prácticas como:
- la enseñanza constante en el hogar,
- el énfasis en compartir testimonios personales y familiares,
- y la invitación a narrar cómo Dios ha obrado en la vida propia y colectiva.
El Señor sabe que una fe que no se explica se debilita, y que una historia sagrada que no se cuenta termina siendo olvidada. Por ello, convierte el recuerdo en un deber activo y la enseñanza en una expresión de fidelidad al convenio.
En una aplicación más amplia, estos versículos invitan a los padres y líderes a reconocer que cada generación necesita oír, con palabras claras, lo que Dios ha hecho. No basta con asumir que los hijos “sabrán” o “recordarán”. El Señor establece un patrón: preguntar, explicar, testificar.
Josué 4:21–22 proclama una verdad fundamental del evangelio restaurado: la fe se transmite cuando los padres hablan deliberadamente de Dios en el contexto de la vida diaria, convirtiendo la historia sagrada en una herencia viva que sostiene al pueblo del convenio de generación en generación.
Josué 4:23 — “Como Jehová lo había hecho en el mar Rojo…”
Dios actúa con coherencia a lo largo del tiempo. El mismo Dios que salvó a una generación sigue obrando con poder en la siguiente. La historia refuerza la confianza presente.
Este versículo establece deliberadamente un vínculo teológico entre dos generaciones y dos milagros fundamentales: el cruce del mar Rojo y el cruce del Jordán. Al hacerlo, la Escritura enseña que Dios actúa con coherencia a lo largo del tiempo. El Señor no cambia Su carácter ni Su poder según la generación; el mismo Dios que redimió a los padres es el Dios que introduce a los hijos en la promesa.
Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este paralelismo es profundamente significativo. Refuerza la doctrina de que Dios es el mismo “ayer, hoy y para siempre”, y que Su obra se despliega por dispensaciones conectadas, no como eventos aislados. Cada generación recibe su propio testimonio, pero ese testimonio se apoya en una historia sagrada coherente y acumulativa.
Doctrinalmente, Josué 4:23 enseña que la fe presente se fortalece al recordar la fidelidad pasada de Dios. El Señor no espera que cada generación crea en un vacío histórico; les da relatos, memoriales y comparaciones para que reconozcan patrones divinos. El milagro del Jordán no reemplaza al del mar Rojo; lo confirma y lo extiende.
En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la manera en que se enseña la historia sagrada:
- los actos poderosos de Dios en dispensaciones anteriores fortalecen la fe actual,
- los convenios antiguos iluminan los convenios presentes,
- y la memoria colectiva sostiene la confianza en la revelación continua.
El Señor actúa de forma coherente para que Su pueblo aprenda a confiar no solo en un evento aislado, sino en Su carácter constante.
Este versículo también enseña que cada generación debe experimentar su propio “mar Rojo” y su propio “Jordán”. Aunque los milagros no se repiten exactamente de la misma forma, el poder que los produce es el mismo. Así, los hijos no viven solo de la fe de sus padres, pero tampoco comienzan desde cero; heredan una historia que apunta hacia un Dios fiel.
En una aplicación más amplia, Josué 4:23 invita al creyente a interpretar el presente a la luz del pasado sagrado. Cuando las circunstancias actuales parecen inciertas, recordar cómo Dios obró antes renueva la confianza en que Él seguirá obrando ahora. La historia no es solo registro; es testimonio vivo.
Este versículo proclama una verdad central del evangelio restaurado: el Dios que salva es coherente, fiel y constante, y Su obra a lo largo del tiempo es una invitación continua a confiar en Él hoy con la misma fe con que otros confiaron ayer.
Josué 4:24 — “Para que todos los pueblos… y para que temáis a Jehová…”
Los milagros de Dios tienen un doble propósito:
- Testimonio externo a las naciones
- Reverencia y fidelidad interna del pueblo
Dios obra para ser conocido y para ser temido (reverenciado) por Su pueblo.
Este versículo concluye el relato del Jordán declarando explícitamente el doble propósito de las obras poderosas de Dios. El milagro no está dirigido únicamente a Israel ni se limita a una experiencia interna del pueblo del convenio; tiene una dimensión misional externa y una dimensión formativa interna. Dios obra para ser conocido por las naciones y para ser reverenciado por Su pueblo.
En primer lugar, el texto afirma que los milagros sirven como testimonio externo: “para que todos los pueblos de la tierra conozcan que la mano de Jehová es poderosa”. Desde la perspectiva del evangelio restaurado, esto armoniza con la doctrina de que Dios siempre ha tenido un propósito universal. Aunque obra con un pueblo específico, Sus actos apuntan al mundo entero. Israel no es elegido para encerrar la luz, sino para reflejarla. El cruce del Jordán proclama a las naciones que Jehová es el Dios vivo y soberano.
En segundo lugar, el versículo declara un propósito igualmente crucial: “para que temáis a Jehová vuestro Dios todos los días”. Este “temor” no implica pavor, sino reverencia profunda, lealtad constante y fidelidad al convenio. El milagro no busca producir dependencia de señales continuas, sino una vida sostenida de obediencia. Dios desea que Su pueblo viva recordando quién es Él y actuando conforme a ese conocimiento.
Doctrinalmente, Josué 4:24 enseña que la revelación poderosa sin reverencia conduce a la superficialidad, y que la reverencia sin testimonio conduce al aislamiento. Dios mantiene ambos en equilibrio: muestra Su poder al mundo y forma el carácter espiritual de Su pueblo. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la misión dual de la Iglesia: proclamar el evangelio al mundo y edificar a los santos en fidelidad diaria.
Este versículo también revela que la memoria del milagro debe producir una vida transformada, no solo asombro momentáneo. El temor reverente “todos los días” indica constancia. La obra poderosa de Dios en un momento específico está diseñada para sostener la obediencia durante toda la vida. Así, el milagro se convierte en fundamento ético y espiritual, no en un evento aislado.
En una aplicación más amplia, Josué 4:24 invita al creyente a evaluar cómo responde a las bendiciones y manifestaciones del Señor. Dios obra para ser conocido, pero también para ser obedecido. Cuando Su poder es recordado correctamente, produce humildad, compromiso y perseverancia.
Este versículo proclama una verdad central del evangelio restaurado: Dios manifiesta Su poder para invitar al mundo a conocerlo y para enseñar a Su pueblo a caminar con Él en reverencia constante. La mano poderosa que abre el Jordán es la misma que llama a una vida de fidelidad diaria.
























