Josué

Josué 5 


Josué 5:1 — “Desfalleció su corazón, y no hubo más ánimo en ellos…”

Dios prepara el camino antes de la batalla. El temor de los enemigos no es producto de la fuerza de Israel, sino del poder manifiesto de Jehová. Dios pelea primero en el corazón de las naciones.

Este versículo revela una verdad doctrinal fundamental: Dios prepara el camino de Su pueblo antes de que este dé el primer paso visible en la batalla. La derrota de los enemigos comienza mucho antes del enfrentamiento militar; empieza en el corazón. El texto deja claro que el temor de las naciones no surge de la fuerza bélica de Israel, sino del poder manifiesto de Jehová al secar las aguas del Jordán.

Desde una perspectiva del evangelio restaurado, este pasaje enseña que la obra del Señor avanza primero en el ámbito espiritual y luego en el físico. Antes de que Israel levante espada alguna, Dios ya ha obrado sobre la mente, la voluntad y el ánimo de los pueblos de Canaán. La verdadera victoria no se gana únicamente en el campo de batalla, sino en el reconocimiento —voluntario o forzado— de la soberanía divina.

Doctrinalmente, Josué 5:1 enseña que Dios pelea primero por Su pueblo. Él no espera pasivamente a que Sus siervos enfrenten obstáculos imposibles; interviene anticipadamente para debilitar la resistencia, abrir caminos y cumplir Sus promesas. Esta verdad armoniza con la doctrina restaurada de que el Señor “irá delante” de Su pueblo y preparará los corazones conforme a Su propósito.

Es significativo que el texto diga que “desfalleció su corazón”. En las Escrituras, el corazón representa el centro de la decisión, el valor y la voluntad. Cuando Dios obra allí, la fuerza exterior pierde su eficacia. Así, el Señor demuestra que ninguna fortaleza humana puede sostenerse cuando Él retira el ánimo y revela Su poder.

En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja también en la obra misional y en la vida espiritual personal. El Señor prepara corazones antes de que Sus siervos hablen, enseñen o actúen. El éxito no depende únicamente del esfuerzo humano, sino de la acción previa del Espíritu en quienes han de recibir la obra de Dios.

En una aplicación más amplia, Josué 5:1 invita a confiar en que Dios ya está obrando incluso cuando el conflicto aún no ha comenzado. Los desafíos aparentes no siempre reflejan la realidad espiritual. El Señor puede estar debilitando resistencias invisibles y preparando el terreno para que Sus propósitos se cumplan con menor oposición de la que se teme.

Este versículo proclama una verdad central del evangelio restaurado: el Señor no solo acompaña a Su pueblo en la batalla; Él va delante, pelea primero y prepara la victoria conforme a Su poder soberano. Cuando Dios actúa, incluso los corazones de las naciones responden, y el camino se abre antes de que el pueblo avance.


Josué 5:2 — “Vuelve a circuncidar por segunda vez a los hijos de Israel.”

Antes de la conquista externa, Dios exige renovación interna del convenio. La obediencia ritual precede a la victoria militar. El pueblo debe volver a ser un pueblo del convenio antes de poseer la tierra.

Este mandato sorprende por su prioridad espiritual. Justo cuando Israel se encuentra estratégicamente frente a Jericó, con los enemigos desalentados y el camino aparentemente despejado, Dios no ordena avanzar militarmente, sino detenerse para renovar el convenio. Antes de cualquier conquista externa, el Señor exige una transformación interna.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este pasaje enseña una doctrina clave: las promesas de Dios se heredan dentro del marco del convenio, no fuera de él. La tierra prometida no puede ser poseída legítimamente por un pueblo que no esté espiritualmente alineado con el Dios que la concede. La circuncisión, como señal del convenio abrahámico, reafirma la identidad del pueblo como herederos de las promesas divinas.

El texto dice “por segunda vez”, no porque se repita el mismo acto sobre los mismos individuos, sino porque una nueva generación entra ahora plenamente en el convenio. Los hijos nacidos en el desierto no habían sido circuncidados; habían sido sostenidos por Dios, pero aún no habían formalizado su relación covenantal. Esto enseña que el sostén divino no sustituye la obediencia, y que cada generación debe asumir personalmente su compromiso con el Señor.

Doctrinalmente, Josué 5:2 enseña que la obediencia ritual —cuando es ordenada por Dios— no es formalismo vacío, sino preparación espiritual profunda. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la importancia de las ordenanzas: no son meros símbolos externos, sino actos que confirman identidad, autoridad y pertenencia al convenio.

También es significativo que esta renovación ocurra antes de la batalla. Humanamente, parece imprudente debilitar al pueblo en vísperas del conflicto; espiritualmente, es indispensable. Dios enseña que la seguridad verdadera no proviene de la preparación militar, sino de la fidelidad al convenio. Un pueblo consagrado, aunque momentáneamente vulnerable, está más protegido que un pueblo fuerte pero espiritualmente desalineado.

En una aplicación más amplia, este pasaje testifica que Dios no apresura Sus promesas cuando la santidad no está completa. Él prefiere detener el avance externo para asegurar la rectitud interna. La victoria duradera no se construye sobre la urgencia, sino sobre la obediencia.

Josué 5:2 proclama una verdad central del evangelio restaurado: antes de poseer las bendiciones prometidas, el pueblo debe renovarse como pueblo del convenio. La tierra se conquista con la espada, pero se hereda por fidelidad. Dios no solo quiere que Su pueblo gane batallas; quiere que pertenezca plenamente a Él.


Hay dos puntos principales en cuanto a la circuncisión de los hijos de Israel en este momento. El primero es que los israelitas no habían guardado esta práctica mientras estuvieron en el desierto. La circuncisión es una señal del convenio de Abraham, no una señal de la ley de Moisés. Sin embargo, en el meridiano de los tiempos, la circuncisión llegaría a equipararse con la ley. El apóstol Pablo tuvo que luchar con judaizantes convertidos que exigían falsamente que los conversos gentiles se circuncidaran. “Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos”, enseñaban ellos (Hechos 15:1). Pero los judíos habían malentendido la señal: esta pertenecía más al convenio de Abraham que a la ley de Moisés. ¡Los israelitas vagaron por el desierto durante cuarenta años y ni siquiera practicaron la circuncisión! Pablo enseñó que la salvación no podía venir por medio de la circuncisión, diciendo: “Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra” (Romanos 2:28–29).

En segundo lugar, la reinstitución de la circuncisión proporcionó un tiempo para restablecer la relación de convenio con el Señor. La entrada en la tierra prometida fue simbólica para los israelitas. El élder Gerald N. Lund señaló:
“Una vez que entraron en la tierra prometida, a Josué se le mandó realizar la ordenanza de la circuncisión entre los israelitas (véase Josué 5:2–7). Mientras vagaban por el desierto, esta señal del convenio abrahámico no se había practicado. Ahora que se habían santificado y habían seguido a Jesús (visto en los tipos de Josué y el arca del convenio) hacia la tierra prometida, volvieron a ser el verdadero pueblo del convenio y, por lo tanto, la señal fue reinstituida”. (Jesucristo: Clave del Plan de Salvación [Salt Lake City: Deseret Book, 1991], 75).

Los pioneros de los últimos días también sintieron que estaban entrando en la tierra prometida cuando llegaron al Valle del Lago Salado. Aunque aún no era una tierra que fluyera leche y miel, representaba paz y el privilegio de adorar al Señor. Este simbolismo no pasó desapercibido para Brigham Young, quien mandó que los santos fueran rebautizados.

Joseph Fielding Smith: Después de la llegada de los pioneros al Valle del Lago Salado, y durante un período considerable posteriormente, todos los que entraban al valle eran bautizados nuevamente a petición del presidente Brigham Young, quien, junto con el Consejo de los Doce, dio el ejemplo al pueblo que se congregaba desde todas partes del mundo.

Hubo varias razones para esta acción por parte del presidente Young y de los principales hermanos. Ellos declararon que era para la “renovación de sus convenios”. Llegaron al valle regocijándose después de muchas pruebas e incontables dificultades, procedentes de una tierra donde habían estado sujetos a la violencia de turbas y a la imposición de enemigos que les negaban el privilegio garantizado por la Constitución de nuestra nación de adorar a Dios conforme a los dictados de la conciencia.

Después de su llegada a esta tierra occidental, quedaron libres de persecución y, con humildad, se acercaron al Señor, no a causa de transgresión, sino por gratitud por su liberación de enemigos inicuos. Y, no conociendo una mejor manera de expresar su agradecimiento, decidieron hacer convenio con el Señor de que, desde ese momento en adelante, le servirían y guardarían Sus mandamientos. Como señal de este convenio entraron en el agua y fueron bautizados y confirmados, renovando sus convenios y obligaciones como miembros de la Iglesia. (Doctrinas de Salvación, 3 vols., editado por Bruce R. McConkie [Salt Lake City: Bookcraft, 1954–1956], 2:334).


Josué 5:6 — “Por cuanto no obedecieron la voz de Jehová…”

La desobediencia retrasa, pero no cancela, las promesas de Dios. Una generación puede perder bendiciones por incredulidad, pero Dios levanta otra para cumplir Su palabra.

Este versículo articula con sobriedad una doctrina fundamental del plan de Dios: la desobediencia tiene consecuencias reales y generacionales, pero no invalida las promesas eternas del Señor. La generación que salió de Egipto fue testigo de milagros extraordinarios, pero su incredulidad y resistencia a la voz de Jehová les impidieron entrar en la tierra prometida. Dios no revoca Su palabra; permite que la agencia humana determine quién participa de su cumplimiento.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este pasaje enseña que las bendiciones del convenio están condicionadas a la obediencia, mientras que las promesas mismas descansan en la fidelidad de Dios. El Señor cumple lo que promete, pero no fuerza a nadie a recibirlo. Así, una generación puede perder privilegios por falta de fe, sin que ello signifique el fracaso del plan divino.

Doctrinalmente, Josué 5:6 muestra que Dios trabaja a lo largo del tiempo, no solo con individuos aislados. Cuando una generación rechaza la obediencia, el Señor levanta a otra que sí esté dispuesta a confiar y a seguir Su voz. Esto armoniza con la doctrina de que la obra de Dios es continua y que Su propósito no puede ser frustrado, aunque los seres humanos puedan retrasar su propio progreso.

Este principio es particularmente significativo en la teología de los Santos de los Últimos Días, donde se enseña que la agencia es inviolable. Dios no obliga a creer ni a obedecer; permite que cada persona —y cada generación— elija. Sin embargo, Él sigue avanzando Su obra, asegurando que las promesas hechas a los padres se cumplan en los hijos que estén dispuestos a recibirlas.

En una aplicación más amplia, Josué 5:6 invita a una reflexión personal y colectiva: la incredulidad no destruye el plan de Dios, pero sí puede excluir al individuo de ciertas bendiciones. Al mismo tiempo, ofrece esperanza: el fracaso de una generación no condena a la siguiente. Dios es paciente, persistente y fiel, y siempre prepara un pueblo dispuesto a escuchar Su voz.

Este versículo proclama una verdad central del evangelio restaurado: Dios cumple Sus promesas, pero espera un pueblo que esté dispuesto a obedecerlas. La historia de Israel en el desierto no es solo advertencia, sino también testimonio de que el Señor nunca abandona Su propósito, aunque cambien los instrumentos humanos mediante los cuales lo lleva a cabo.


Josué 5:8 — “Se quedaron… hasta que sanaron.”

La consagración requiere tiempo de sanidad y reposo. Dios no apresura a Su pueblo después de una renovación espiritual; permite restauración antes del conflicto.

Este versículo enseña una doctrina profundamente pastoral y a la vez exigente: la verdadera consagración requiere tiempo de sanidad y reposo antes de la acción. Después de la circuncisión —acto de renovación del convenio— el pueblo no es enviado inmediatamente al combate. Dios permite, e incluso dispone, un período de recuperación. La obediencia ha sido cumplida; ahora viene la restauración.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este detalle revela que Dios no trata la consagración como un acto mecánico, sino como un proceso que involucra al cuerpo, al corazón y al espíritu. La renovación espiritual auténtica puede dejar al creyente vulnerable, sensible o fatigado; por ello, el Señor no apresura a Su pueblo hacia el conflicto, sino que lo protege mientras sana.

Doctrinalmente, Josué 5:8 enseña que Dios honra el sacrificio dando tiempo para la fortaleza. La sanidad no es señal de debilidad, sino parte del proceso divino. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio armoniza con la doctrina de que el Señor “da mandamientos línea por línea” y acompaña cada exigencia con gracia suficiente para cumplirla.

Es también significativo que este reposo ocurra en territorio enemigo, cerca de Jericó. Humanamente, parecería el momento menos prudente para detenerse; espiritualmente, es el momento exacto. Dios enseña que la seguridad verdadera no proviene de la prisa ni de la fuerza, sino de estar alineados con Él. Un pueblo sanado espiritualmente, aunque momentáneamente inmóvil, está más protegido que un pueblo apresurado pero no restaurado.

En una aplicación más amplia, Josué 5:8 ofrece una enseñanza consoladora: Dios no exige avance inmediato después de una renovación espiritual profunda. Tras el arrepentimiento, la renovación de convenios o decisiones de consagración, el Señor concede espacio para que el alma sane, se fortalezca y se afirme antes de enfrentar nuevas pruebas.

Este versículo proclama una verdad central del evangelio restaurado: Dios es tan cuidadoso con la sanidad de Su pueblo como con su obediencia. Él no solo llama a consagrarse, sino que acompaña ese llamado con reposo, protección y tiempo, preparando a Su pueblo no solo para ganar batallas, sino para permanecer fiel después de ellas.


Josué 5:9 — “Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto.”

El convenio renueva la identidad. Dios quita la vergüenza del pasado y redefine al pueblo según Su promesa, no según su esclavitud anterior.

Esta declaración divina marca uno de los momentos más profundos de renovación identitaria en todo el libro de Josué. El “oprobio de Egipto” no se refiere solo a la esclavitud física pasada, sino a la marca espiritual, psicológica y covenantal de una identidad anterior. Al renovar el convenio mediante la circuncisión, Dios proclama que ese pasado ya no define a Su pueblo.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este versículo enseña que el convenio no solo promete bendiciones futuras, sino que redime el pasado. Dios no se limita a liberar a Israel de Egipto; ahora declara oficialmente que la vergüenza asociada con esa vida anterior ha sido quitada. El pueblo deja de ser “ex–esclavo” y pasa a ser, plenamente, pueblo del convenio.

Doctrinalmente, Josué 5:9 revela que la identidad espiritual se define por la relación con Dios, no por la historia previa. Aunque Israel había salido de Egipto hacía décadas, todavía cargaba con el oprobio simbólico de esa etapa. Dios espera hasta que la nueva generación entra en la tierra prometida y renueva el convenio para declarar: hoy —no antes— ese oprobio ha sido quitado. La liberación física ocurrió en el éxodo; la redefinición espiritual ocurre en el convenio renovado.

En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio es central al arrepentimiento y a las ordenanzas del evangelio. El Señor no solo perdona el pecado; quita la vergüenza. No solo corrige la conducta; redefine la identidad. El pasado puede explicar, pero no determina, quién es una persona cuando entra o renueva un convenio con Dios.

El nombre del lugar, Gilgal (“rodar” o “quitar”), refuerza esta doctrina: Dios “rueda” lejos el oprobio. No lo minimiza ni lo ignora; lo quita activamente. Esto armoniza con la enseñanza restaurada de que Cristo no solo limpia, sino que sana y restaura plenamente, permitiendo que el creyente avance sin cargar con una identidad antigua que ya no le pertenece.

En una aplicación más amplia, Josué 5:9 testifica que Dios define a Su pueblo por Sus promesas, no por sus cadenas pasadas. La vergüenza, cuando el convenio es renovado sinceramente, no tiene derecho permanente sobre el alma. El Señor declara un “hoy” redentor en la vida de quienes se consagran a Él.

Este versículo proclama una verdad central del evangelio restaurado: cuando Dios quita el oprobio, lo hace completamente, y cuando redefine a Su pueblo, lo hace conforme a lo que pueden llegar a ser por medio de Sus promesas, no conforme a lo que fueron bajo esclavitud. El convenio no solo cambia el destino; cambia el nombre espiritual del pueblo.


Josué 5:10 — “Celebraron la Pascua…”

El pueblo recuerda la redención antes de iniciar la conquista. La Pascua conecta la liberación pasada con la esperanza futura. La victoria comienza con adoración y memoria.

Este versículo establece una prioridad doctrinal clara: antes de iniciar la conquista, el pueblo recuerda la redención. Israel no comienza la posesión de Canaán con estrategias militares, sino con adoración. La Pascua, memorial del éxodo, conecta el pasado de liberación con el futuro de promesa, enseñando que la historia sagrada es la base de la confianza presente.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, la Pascua representa más que un recuerdo histórico; es una renovación de identidad espiritual. Al celebrarla en Gilgal, Israel declara que el Dios que los salvó de Egipto sigue siendo el mismo que ahora los introduce en la tierra prometida. La victoria no se fundamenta en la fuerza del pueblo, sino en la fidelidad constante del Redentor.

Doctrinalmente, Josué 5:10 enseña que la adoración precede a la acción. Dios desea que Su pueblo avance con el corazón alineado con Él, lleno de gratitud y memoria, no impulsado solo por urgencia o valentía humana. Recordar la redención pasada fortalece la fe para enfrentar desafíos futuros.

En una aplicación más amplia, este pasaje testifica que la verdadera victoria comienza con memoria y reverencia. Quien recuerda cómo Dios ya ha salvado aprende a confiar en cómo Él seguirá guiando. Así, la Pascua en Gilgal enseña que el camino hacia las promesas de Dios se recorre mejor cuando se inicia con adoración y recuerdo consciente de Su gracia redentora.

Gerald N. Lund: El arca del convenio entrando en la tierra prometida. El arca del convenio, que simbolizaba la presencia de Jehová, iba delante del campamento de Israel y guiaba el camino hacia la nueva tierra (véase Josué 3:11). Al igual que al pasar por el mar Rojo, Israel volvió a pasar por en medio de las aguas para entrar en la tierra prometida (véase Josué 3:15–17). El Señor vinculó específicamente ambos acontecimientos al mandar que se edificara un monumento conmemorativo (véase Josué 4:20–24). El cruce de Israel hacia la nueva tierra también se realizó en el primer día de la Pascua (véase Josué 4:19; Éxodo 12:2–3), invocando nuevamente la tipología de la liberación de la esclavitud y de la muerte…

Así, vemos que tanto el Éxodo, incluida la Pascua, como la entrada en Canaán poseen un gran significado tipológico. En realidad, todo el éxodo desde la esclavitud hasta la entrada en la tierra prometida proporciona un tipo o una semejanza de lo que debe sucederle a cada individuo si ha de “despojarse del hombre natural y llegar a ser santo por medio de la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19). (Jesucristo: Clave del Plan de Salvación [Salt Lake City: Deseret Book, 1991], 75).


Josué 5:11–12 — “Comieron del fruto de la tierra… y el maná cesó.”

Dios adapta Su provisión a la madurez del pueblo. El maná fue suficiente para el desierto, pero no para la tierra prometida. La fe madura implica asumir nuevas responsabilidades.

Estos versículos marcan una transición espiritual decisiva: Dios cambia la forma de Su provisión conforme el pueblo madura y avanza en el convenio. El maná, símbolo de dependencia diaria y cuidado milagroso en el desierto, cesa precisamente cuando Israel entra en una nueva etapa de su relación con Dios. La provisión divina no desaparece; se transforma.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este cambio enseña que Dios no trata a Su pueblo de la misma manera en todas las etapas de su progreso espiritual. El maná fue perfectamente adecuado para un pueblo en formación, aprendiendo a confiar día a día. Sin embargo, en la tierra prometida, Dios espera que Israel participe activamente en la obtención de su sustento. La fe madura no elimina el esfuerzo; lo ennoblece.

Doctrinalmente, Josué 5:11–12 revela que algunas bendiciones temporales cesan no por castigo, sino por crecimiento. El cese del maná podría parecer una pérdida, pero en realidad es una señal de avance. Dios ya no sostiene a Su pueblo únicamente mediante milagros visibles, sino que lo invita a ejercer mayordomía, responsabilidad y gratitud por los recursos de la tierra prometida.

En una aplicación más amplia, este pasaje enseña que la fe madura implica aceptar nuevas responsabilidades espirituales y temporales. El creyente aprende que Dios sigue proveyendo, aunque no siempre de la misma forma. El mismo Señor que envió maná ahora bendice el trabajo del pueblo. Así, Josué 5:11–12 testifica que el progreso espiritual no consiste en recibir menos de Dios, sino en recibir Sus bendiciones de una manera más elevada y participativa.


Josué 5:12 — “Nunca más tuvieron maná…”

Algunas bendiciones temporales cesan cuando Dios introduce bendiciones mayores. La ausencia del maná no es abandono, sino progreso espiritual.

Este versículo marca un punto de inflexión espiritual: una bendición milagrosa que había acompañado al pueblo durante años cesa definitivamente. El maná, provisión diaria y visible del cuidado de Dios en el desierto, ya no es necesario en la tierra prometida. Su desaparición no indica pérdida de favor divino, sino el cierre deliberado de una etapa formativa.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este cambio enseña que Dios adapta Sus dones a la condición espiritual y a la misión de Su pueblo. El maná fue esencial para un pueblo dependiente, sin tierra ni recursos propios. En Canaán, Dios introduce bendiciones mayores: estabilidad, herencia y la oportunidad de ejercer mayordomía. La fe madura no se define por recibir milagros constantes, sino por aprender a vivir fielmente sin ellos.

Doctrinalmente, Josué 5:12 revela que la ausencia de una bendición conocida no siempre es señal de abandono, sino con frecuencia evidencia de progreso. Dios no retira Su cuidado; lo eleva. El pueblo pasa de recibir diariamente lo necesario a trabajar la tierra prometida, confiando en que el mismo Dios que proveyó maná ahora bendice el esfuerzo, la constancia y la responsabilidad.

En una aplicación más amplia, este pasaje enseña que el crecimiento espiritual suele implicar despedirse de apoyos temporales que fueron adecuados en etapas anteriores. Dios guía a Sus hijos hacia una fe más profunda, menos dependiente de señales visibles y más anclada en convenios y confianza duradera. Así, Josué 5:12 testifica que avanzar con Dios no siempre significa recibir más milagros, sino aprender a caminar con Él con mayor madurez y compromiso.

Bruce R. McConkie: Hizo llover maná del cielo sobre todo Israel, seis días a la semana durante cuarenta años, para que no perecieran por falta de pan; pero el maná cesó al día siguiente de haber comido del grano tostado de Canaán. Entonces se les requirió que proveyeran su propio alimento (véase Éxodo 16:3–4, 35).

Durante cuarenta años en el desierto, la ropa que vestía todo Israel no se envejeció ni sus zapatos se gastaron; pero cuando entraron en la tierra prometida, entonces el Señor les exigió que proveyeran su propio vestido (véase Deuteronomio 29:5). (“Sed independientes por encima de todas las demás criaturas”, Ensign, mayo de 1979, 93).


Josué 5:13 — “Vio a un varón… con una espada desenvainada.”

La verdadera batalla es espiritual antes que militar. Josué aprende que no dirige la guerra; Dios ya está en el campo de batalla.

Este versículo introduce un cambio decisivo en la comprensión de Josué sobre la naturaleza del conflicto que tiene delante. En vísperas de la caída de Jericó, Josué no recibe primero instrucciones militares, sino una revelación. La figura armada que aparece ante él indica que la verdadera batalla ya está en marcha, y que su centro no es estratégico, sino espiritual.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este encuentro enseña que Dios no entra en las batallas humanas; más bien, los seres humanos deben alinearse con la batalla de Dios. Josué, aunque es el líder designado de Israel, descubre que no es el comandante supremo. La espada desenvainada simboliza que el Señor ya está actuando, ya ha tomado posición, y que Su obra no espera a la iniciativa humana.

Doctrinalmente, Josué 5:13 revela que el conflicto espiritual precede al conflicto visible. Antes de que caigan los muros de Jericó, Josué debe aprender quién dirige realmente la guerra. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la enseñanza de que las mayores batallas se libran en el corazón, en la lealtad y en la obediencia a la voluntad divina, no solo en acciones externas.

En una aplicación más amplia, este pasaje invita al creyente a reconocer que Dios ya está presente en los desafíos que enfrentamos. No se trata de pedirle que se una a nuestros planes, sino de discernir dónde y cómo Él ya está obrando. Josué 5:13 testifica que la victoria comienza cuando el siervo de Dios comprende que la obra no le pertenece, sino que es invitado a participar humildemente en lo que el Señor ya ha iniciado.


Josué 5:14 — “He venido como Príncipe del ejército de Jehová.”

Israel no lucha por Dios; Dios lucha por Israel. La autoridad suprema pertenece al Señor. Josué no es el comandante final; es un siervo bajo dirección divina.

Esta declaración redefine por completo la naturaleza del conflicto que Israel está por enfrentar. El personaje no responde alineándose con los bandos humanos; más bien, afirma una autoridad superior. La guerra no pertenece a Israel, sino a Jehová. El título “Príncipe del ejército de Jehová” proclama que el Señor mismo es el Comandante supremo y que toda victoria procede de Su voluntad y poder.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este momento enseña que Israel no lucha para ganar el favor de Dios; lucha porque Dios ya está obrando a su favor. Josué, aunque es el líder elegido, aprende que su papel no es dirigir a Dios, sino someterse a Él. La autoridad legítima en el reino de Dios siempre fluye de arriba hacia abajo: Dios manda, y Sus siervos obedecen.

Doctrinalmente, Josué 5:14 afirma que la verdadera seguridad no proviene del liderazgo humano, sino de la dirección divina. El hecho de que Josué se postre en adoración muestra que reconoce inmediatamente esa autoridad. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la comprensión de que los líderes son instrumentos del Señor; no reemplazan Su voz, sino que actúan bajo Su dirección revelada.

En una aplicación más amplia, este versículo invita al creyente a evaluar su propia actitud frente a los desafíos. No se trata de pedir que Dios respalde nuestros planes, sino de discernir y seguir los Suyos. Josué 5:14 testifica que la victoria llega cuando el siervo reconoce que no es el comandante final, sino un colaborador obediente en la obra del Señor, quien ya ha salido al campo de batalla en favor de Su pueblo.

Bruce R. McConkie: Cristo mismo es el principal soldado en Su propio ejército; como Comandante, lleva el título de Príncipe del ejército de Jehová. Con este nombre se apareció a Josué, quien, al verlo “con su espada desenvainada en su mano”, y al oírle decir: “Como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora…”, “Josué se postró sobre su rostro en tierra, y adoró, y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? Y el Príncipe del ejército de Jehová dijo a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo” (Josué 5:13–15). Qué otras instrucciones se le dieron entonces no han sido preservadas para nosotros.

Es provechoso comparar esta aparición de nuestro Señor a Josué con Su aparición a Moisés en la zarza ardiente, ocasión en la cual el suelo también fue santificado por la presencia personal de la Deidad (Éxodo 3); y asimismo compararla con el ministerio del ángel a quien Juan intentó adorar, pero fue detenido con el mandato: “Mira, no lo hagas; adora a Dios” (Apocalipsis 19:9–11). Entre los mensajeros justos de los mundos espirituales, nadie excepto la Deidad acepta adoración de los mortales, y nadie excepto el Señor mismo santifica un lugar de tal manera que se mande a los mortales quitarse el calzado. (Doctrina Mormona, 2.ª ed. [Salt Lake City: Bookcraft, 1966], 112).


Josué 5:15 — “Quita el calzado… porque el lugar es santo.”

La guerra del Señor es santa. Donde Dios se manifiesta, el terreno se consagra. La victoria comienza con reverencia, humildad y obediencia.

Este mandato sitúa la inminente conquista dentro de un marco profundamente sagrado. Antes de cualquier acción militar, Josué es llamado a reconocer la santidad del momento y del lugar. La guerra que se avecina no es simplemente un conflicto humano, sino una obra dirigida por Dios. Donde el Señor se manifiesta, incluso un campo de batalla se convierte en terreno santo.

Desde la perspectiva del evangelio restaurado, este episodio enseña que la presencia de Dios consagra el espacio y redefine la situación. Quitar el calzado es un acto de humildad, sumisión y reverencia, señal de que Josué reconoce que está ante una autoridad suprema. Así como Moisés en la zarza ardiente, Josué aprende que la santidad no depende del entorno físico, sino de la manifestación divina.

Doctrinalmente, Josué 5:15 afirma que la obra del Señor no puede llevarse a cabo sin santidad personal. Antes de derribar muros externos, el siervo de Dios debe colocarse en una postura interior correcta: obediente, reverente y dispuesto a escuchar. En la teología de los Santos de los Últimos Días, este principio se refleja en la preparación espiritual requerida para participar en las cosas sagradas del Señor, donde la actitud del corazón es tan importante como la acción exterior.

En una aplicación más amplia, este versículo enseña que la victoria comienza con reverencia. No se gana primero con fuerza, estrategia o iniciativa humana, sino con obediencia humilde a la voluntad de Dios. Josué 5:15 testifica que cuando el pueblo reconoce la santidad de la obra del Señor y se somete a Su dirección, Dios transforma incluso los escenarios más difíciles en lugares donde Su poder y Su propósito se manifiestan plenamente.