Capítulo 10
Honestidad — Regocijo En La Verdad
“Un hombre honrado es la obra más notable de Dios.” — Alexander Pope
“Preferiría tener la razón a ser presidente.” — Henry Clay
“Una línea recta es el camino más corto en la moral tanto como en la geometría.” — Anónimo
“No daría ni un céntimo por un hombre que clavara un clavo de mala gana, porque no se le iba a pagar extra por hacerlo.” — George Eliot
“Y sobre todo, esto: sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no podrás ser falso con nadie.” — Hamlet, Acto I, Escena III
La palabra “verdad” es una de las más usadas en nuestro lenguaje. Superficialmente, parece un concepto muy simple. Pero, reflexionando más profundamente y tratando de definirla, invariablemente se llega a la conclusión de que, en todas sus deducciones, es un concepto complejo. Aquellos que intentan sondear el significado total de lo que encierra la palabra verdad no son capaces de llegar a una conclusión definitiva.
La dificultad para alcanzar una comprensión plena de la verdad está bien ilustrada en un incidente ocurrido durante el juicio de Jesucristo ante Pilato (Juan 18:37–39). Jesús dijo a Pilato:
“Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.” Pilato respondió con una pregunta: “¿Qué es la verdad?” A lo que Jesús no dio respuesta alguna. Hasta ahora, no sabemos si su respuesta fue otra que el silencio.
El profeta José Smith también se interesó por esta misma pregunta, y el Señor le dio una revelación en la que declaró: “Vosotros también estuvisteis en el principio con el Padre; lo que es Espíritu, aun el Espíritu de verdad; y la verdad es el conocimiento de las cosas como son, como fueron, y como han de ser; y lo que fuere más que esto o menos que esto es el espíritu de aquel inicuo que fue mentiroso desde el principio.” (Doctrina y Convenios 93:23–25)
Esta definición de la verdad es clara, concisa y significativa; una que hace accesible el entendimiento de este término a todos los niveles de discernimiento intelectual. El élder B. H. Roberts, uno de los grandes intelectuales del Evangelio Restaurado, se ha referido a esta definición como una de las grandes contribuciones filosóficas traídas por medio del profeta José Smith (véase Historia Comprensiva de la Iglesia, 2:383–387).
Sin embargo, mucho más importante que comprender completamente todo lo que la palabra verdad encierra, es la búsqueda de la verdad y su práctica en nuestras vidas; ya que la Buena Vida debe incluir esta búsqueda y debe comprometerse siempre con las prácticas asociadas a la verdad. De lo contrario —recordando lo que está escrito más arriba—: “… lo que fuere más que esto o menos que esto es el espíritu de aquel inicuo que fue mentiroso desde el principio.”
Quien se regocija en la verdad puede decirse también que es honesto, o que posee la cualidad personal de la honestidad. De allí el título de esta lección. De acuerdo con el diccionario inglés, sinónimos de honestidad son: cándido, equitativo, honrado, fiel, de corazón recto, verdadero, digno de confianza, leal, recto.
Así vemos que la honestidad está muy relacionada con la regla de oro (ver Mateo 7:12). En efecto, un hombre honesto sólo puede serlo si vive escrupulosamente guiado por la regla de oro.
La importancia de la honestidad en la Buena Vida se refleja en el hecho de que dos de los Diez Mandamientos, entregados por Dios a Moisés en el Sinaí —el octavo y el noveno— se refieren a esta virtud. El decimotercer Artículo de Fe del Evangelio Restaurado encomienda a los Santos de los Últimos Días a ser honestos y verdaderos. El apóstol Pablo repite constantemente el énfasis en la honestidad y la verdad en sus epístolas, y los profetas de los últimos días ordenan a todos los que siguen el Evangelio de Jesucristo que practiquen la virtud de hablar y actuar con verdad (véase Doctrina y Convenios 18:21).
Brigham Young declaró: “¡Ay de aquellos que declaran ser santos y no sean honestos!” (Journal of Discourses, 2:53).
El presidente Stephen L. Richards también dijo: “No podemos ser Santos de los Últimos Días sin ser honestos; honestos con nosotros mismos, con nuestros vecinos, con nuestra patria, con nuestro Dios.” (¿Dónde está la Sabiduría?, Deseret Book Company, pág. 404)
La importante virtud humana de la honestidad está magníficamente expuesta en la famosa y desafiante obra de William George Jordan, El poder de la verdad, en la que, en parte, se dice lo siguiente: La verdad es la roca sobre la cual se funda todo carácter grande. Es lealtad a lo justo tal como lo vemos; es vivir con coraje nuestras vidas en armonía con nuestros ideales; es siempre poder.
La verdad desprecia cualquier definición completa… Es el ámbito del alma, el guardián de la conciencia, el toque final de lo cierto. La verdad es la revelación de lo ideal, pero también es una inspiración para comprender el verdadero sentido del ideal, un constante impulso para vivirlo.
Mentir es uno de los más antiguos vicios del mundo: hizo su debut en la primera conversación registrada en la historia, en una famosa entrevista en el Jardín del Edén. Mentir es el sacrificio del honor para crear una falsa impresión. La verdad puede sostenerse sola; no necesita acompañante ni escolta. Mentir es el socio y cómplice de todos los demás vicios. Es el cáncer de una moral degenerada en la vida individual.
La verdad es la más antigua de todas las virtudes; es anterior al hombre. Existió antes de que hubiera un ser humano que la percibiera o que la aceptara. Cuando un hombre descubre una gran verdad en la naturaleza, tiene en sus manos la llave para entender millones de fenómenos. Cuando se apodera de una gran verdad en la moral, tiene en ella la llave para una recreación espiritual. Si conocemos la verdad y no la vivimos, nuestra vida es una mentira.
En las conversaciones, el que hace de la verdad su santo y seña es cuidadoso con sus palabras, procura ser exacto, sin quitarle ni añadirle nada a lo que dice. Nunca declara como verdadero aquello de lo que no está seguro. Sus promesas se cuentan como verdaderas; uno las acepta con la seguridad de que son tan buenas como su palabra. Su honestidad no es política. El hombre que es honesto solo porque “es buena política” no es honesto, es solamente un buen político.
La verdad es siempre fuerte; tiene coraje, es viril, bondadosa, gentil, sosegada y tranquila. Hay una vital diferencia entre el error y la falsedad. Un hombre puede vivir en el error y ser valiente en él; pero aquel que es falso en su vida, conoce la verdad y la niega. El primero es leal a lo que cree; el segundo, es un traidor a lo que conoce.
Si nosotros vivimos la verdad que conocemos, y buscamos conocer más, nos hemos colocado en una actitud espiritual de recepción, para conocer la verdad en la totalidad de su poder.
El hombre que hace de la adquisición del bienestar económico una meta y ultimátum de la vida —viéndolo como un fin en sí mismo y no como un medio hacia el fin— no es verdadero.
El hombre es, generalmente, leal a aquello que desea. El que miente para guardar un centavo simplemente declara que estima más ese centavo que su propio honor.
Un comerciante que miente, engaña, seduce y cobra de más, y que después intenta justificarse ante su anémica conciencia diciendo: “Mentir es absolutamente necesario en los negocios”, es tan infiel a sus palabras como lo es a sus actos. Se justifica a sí mismo con la más pobre de las defensas, similar a la del ladrón que afirma que es necesario robar para subsistir.
La prosperidad permanente en los negocios —ya sea de un individuo, una ciudad o una nación— depende finalmente de la integridad comercial, a pesar de todo lo que puedan decir los cínicos o de las excepciones cuyo triunfo temporal puede seducir a otros.
El político que siempre vacila, que se somete a las circunstancias, tergiversa, y orienta sus velas en dirección de cualquier soplo de popularidad, es un embaucador, y su aparente triunfo dura solo hasta que es descubierto. Una mentira nunca vive por su propia vitalidad; simplemente continúa existiendo porque simula la verdad. Pero una vez que es desenmascarada, muere…
Donde hay falsedad, hay conflicto, discrepancia, imposibilidad. Si todas las verdades de la vida y la experiencia pudieran reunirse, habría una armonía perfecta. Pero si dos mentiras se encuentran, pelean entre sí y buscan la destrucción una de la otra.
El hombre que olvida su promesa es falso. Cultivemos ese verdadero honor que hace que nuestras palabras sean tan altas y sagradas, que olvidarlas parezca un crimen.
Aquel que no cumple con sus compromisos, que los rompe descuidadamente o simplemente los ignora, es el atolondrado ladrón de nuestros tiempos. Revela egoísmo, descuido y falta de moral en los negocios. Es falso frente a la más básica forma de justicia en la vida.
Hombres que inducen al robo con palabras astutas —que, por escrito, parecen verdaderas, pero cuya intención deliberada es crear una impresión falsa— son falsos en la forma más cobarde.
El padre que enseña a su hijo el honor y luego da estadísticas falsas al conductor para evitar pagar el pasaje completo del niño, con tal de ahorrar un centavo, no es verdadero.
El que guarda su religión en alcanfor durante la semana y la saca solo el domingo, no es verdadero. Aquel que pretende recibir el sueldo más alto haciendo lo menos posible para merecerlo, tampoco lo es.
Los fundamentos de la verdad deben enseñarse desde la infancia. Es entonces cuando los padres deben inculcar en las mentes jóvenes una inclinación automática hacia la verdad, creando una atmósfera constante de integridad en la mente y en la vida. Deben enseñarles que “la verdad, ante todo” debe ser el lema de vida.
Los padres deben vivir en la verdad, o sus hijos no la vivirán. El niño percibirá rápidamente las contradicciones en la conducta de los padres. Descubrirá con asombrosa rapidez cualquier falsedad disfrazada de enseñanza moral. Justificará sus propias faltas recurriendo a alguna mentira escuchada a escondidas, dicha por un adulto que suponía que el niño no oía —o no comprendía—, subestimando sus capacidades mentales incluso en la teoría, aunque no lo haya hecho explícitamente con palabras.
Y si la verdad ha sido la roca sobre la que se fundó el carácter del niño, como hecho y no como mera teoría, el futuro del niño está tan completamente asegurado como le es posible al ser humano garantizar.
El poder de la verdad, en su fase más alta, rara y exaltada, se sostiene firmemente sobre cuatro líneas fundamentales de relación:
— el amor por la verdad,
— la búsqueda de la verdad,
— la fe en la verdad,
— y el trabajo por la verdad.
La fe en la verdad es tan esencial como la verdad misma; es su compañera perfecta. El individuo debe tener una confianza plena en el triunfo final de la verdad, el orden y la justicia, y debe creer que todas las cosas se encaminan hacia esa divina consumación, sin importar cuán oscura o triste parezca la vida en el día a día.
Ningún triunfo real, ni felicidad verdadera pueden existir, sino los que están cimentados sobre la roca de la verdad. No importa cuánto tenga que pagar un hombre por obtener la verdad —siempre será poco.
La forma más eficaz en que el hombre puede dirigir el poder de la verdad en el mundo es viviéndola en todo tiempo y lugar, en pensamiento, palabra y deseo: convirtiéndose en un sol que irradie verdad, dejando que su influencia silenciosa hable por sí misma, y que sus actos lo glorifiquen al máximo dentro de su esfera de acción.
Que primero sea, antes de buscar enseñar o hacer, en cualquier senda de crecimiento moral.
La verdad no es simplemente la ausencia de vicios. Eso es solo vacío moral. La verdad es el latido, el impulso y el aliento de todas las virtudes de la vida. Refrenarse de hacer el mal es como mantener las malezas fuera del jardín de nuestra existencia; pero a esto debe seguir la siembra activa de las semillas del bien, si queremos asegurar las flores de una vida verdadera.
A los mandamientos negativos del Decálogo deben añadirse los positivos de las Bienaventuranzas. Uno condena, los otros recomiendan; uno prohíbe, los otros inspiran; uno da énfasis al acto, el otro al espíritu detrás del acto. La verdad completa no depende de uno u otro, sino de ambos juntos.
Un hombre no puede creer verdaderamente en Dios sin creer en el inevitable triunfo final de la verdad. Si uno posee la verdad, podrá atravesar el oscuro valle de la calumnia, la falsedad, el abuso, impávido, como si llevara un traje mágico que ni las balas pudieran atravesar ni las flechas penetrar.
Sabría que todo saldrá bien al final, que la verdad vendrá, que el error huirá ante la luz blanca de la verdad, tal como la oscuridad se disuelve ante los primeros rayos del sol al amanecer.
El premio por una vida dedicada a la búsqueda, al amor y al vivir en la verdad fue testificado por el presidente Joseph F. Smith en las siguientes palabras:
“Si uno ama la verdad, si uno ha recibido el evangelio en su corazón y lo ha amado, su inteligencia crecerá aún más, su entendimiento de la verdad se expandirá y se hará más grande que de cualquier otra forma. Sobre todas las cosas en el mundo, la verdad es lo más grande, porque hace que los hombres sean libres: libres de la indolencia y el atolondramiento, libres de las temidas consecuencias de la negligencia —porque habrá una consecuencia temida si somos negligentes en nuestras obligaciones para con el Dios viviente.
Si aprendemos la verdad y caminamos en la luz de la verdad, seremos liberados de los errores de los hombres y de sus astucias; estaremos muy por encima de la sospecha y del hacer el mal en todos nuestros actos.
Dios nos dará su aprobación y nos bendecirá a nosotros y a nuestros herederos, y hará que prosperemos y florezcamos como un laurel verde.” (Doctrina del Evangelio, 4ª edición, pág. 12)
























