Capítulo 18
Características de un adulto maduro y de un templado santo de los últimos días
En el capítulo anterior hemos considerado algunas de las cosas que forman la vida buena; y ahora nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Cómo podemos sacar provecho de vivir esta vida? Como miembros de la Clase de Doctrina del Evangelio, ¿nos hemos convertido en adultos maduros? ¿Nos hemos convertido en experimentados Santos de los Últimos Días?
Ahora trataremos de describir las características de tales personas; y esta descripción nos servirá de guía para hacer una comparación y valorar nuestro propio progreso hacia el ideal de la vida buena.
Los psicólogos recientemente han dedicado una cantidad considerable de tiempo a establecer esta descripción. Primero daremos el punto de vista de los psicólogos, y seguidamente el punto de vista del Santo de los Últimos Días. Se verá que en cada caso, el vivir y practicar la vida buena tal como la entienden los Santos de los Últimos Días nos conduce naturalmente a las características que los psicólogos describen como representativas de un adulto maduro.
Muchos psicólogos creen que, mientras los niños se desarrollan hacia la madurez, adquieren reflejos condicionados. Es decir, desarrollan un modelo de comportamiento ante las circunstancias y situaciones de la vida. Este modelo (reflejo condicionado) ante una situación dada, difiere según el tipo de formación que haya recibido la persona.
Así, el hijo de un Santo de los Últimos Días que ha sido criado en un hogar por padres fieles, y guiado además por las organizaciones de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desarrollará un comportamiento modelado que es típico en aquellos que viven su fe. Por consiguiente, habrá una diferencia evidente en su comportamiento bajo condiciones similares, respecto de aquellos que han sido formados de otra manera.
Por ejemplo, un joven mormón, si está en una fiesta, rechazará el licor, mientras que otros, formados en contextos distintos, lo aceptarán libremente y sin restricciones. Aún en muchos otros aspectos, un mormón es diferente: posee un conjunto único de reflejos condicionados. Y lo mismo puede decirse de los miembros de cualquier otra fe religiosa: su formación influye poderosamente en su manera de reaccionar ante las situaciones de la vida.
Otra de las cosas en las que creen los psicólogos es que, aunque es difícil, un individuo puede cambiar su conjunto de reflejos condicionados. (Un perro viejo puede aprender nuevos trucos). Esto sucede, por ejemplo, cuando un adulto se une a la Iglesia Mormona como converso. También ocurre cuando alguien que ha sido entrenado desde la niñez y juventud reconoce que posee reflejos condicionados típicos de un miembro de la fe de los Santos de los Últimos Días, pero que estos se convierten en un estorbo en su nuevo ambiente. En tales casos, con plena intención, esa persona puede optar por volverse más parecido a aquellos del mundo que recientemente ha elegido para proseguir su vida.
El psicólogo se interesa en determinar en qué posición se encuentra el individuo con respecto a sus reacciones ante la vida. En La Mente Madura, el Dr. H. A. Overstreet recalca que el niño comienza la vida siendo ignorante, irresponsable y falto de paciencia; es decir, en términos psicológicos, «deficiente en los caminos de la vida real». Un adulto maduro, por el contrario, es una persona desarrollada, alguien que se adapta continuamente a su entorno, guiado —al menos en parte— por ideales, objetivos y una filosofía de vida. Es alguien que constantemente forma vínculos entre sí mismo y el mundo en que vive.
La comparación entre los conceptos de los psicólogos y los principios del Evangelio, aplicados a la naturaleza de la madurez, resulta sumamente instructiva.
Conocimiento
Contrariamente a un niño ignorante, dicen los psicólogos, un adulto debe conocer tanto las cosas como a las personas. No se trata simplemente de dominar una u otra verdad aislada, sino de tener la capacidad de conectar el conocimiento con su aplicación práctica en la vida. Esta «vida» no se limita al campo reducido donde una persona gana su sustento, sino que debe basarse en una educación amplia.
Recordemos que el aumento del conocimiento es un proceso continuo que acompaña todas las edades de la vida y, según creemos los Santos de los Últimos Días, también se extiende al futuro eterno. Las personas ancianas pueden aprender nuevos trucos, y deben hacerlo, si desean alcanzar la madurez. Esta idea concuerda con el concepto de los Santos de los Últimos Días de que una de las primeras características de un adulto maduro es la adquisición del conocimiento.
Nuestras escrituras enseñan lo siguiente: “La gloria de Dios es la inteligencia…” “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
Tal como diría un psicólogo, estamos condicionados por estas grandes verdades desde la cuna hasta la tumba. ¿Es acaso de extrañarse que los Santos de los Últimos Días triunfen al adquirir esta primera característica de un adulto maduro? ¡La gloria de Dios es la inteligencia!
“Así como el hombre es, Dios una vez fue; y como Dios es, el hombre puede llegar a ser.”
Por lo tanto, si uno está en el camino hacia la divinidad, debe convertirse esencialmente en un maestro de todo conocimiento: de las ciencias físicas, las ciencias sociales, las humanidades, las artes y todas las cosas espirituales. Cuanto más se aprenda en esta vida, tanto más se progresará en la existencia venidera.
Comunicación
El psicólogo dice: nacemos inarticulados, y por eso el proceso de maduración también consiste en adquirir formas y maneras de comunicar nuestro conocimiento a los demás. El discurso es nuestro principal medio de comunicación.
Contrariamente a un bebé recién nacido, que no puede hablar, un adulto maduro dice lo que desea con confianza, precisión y belleza, y expresa ideas que están de acuerdo con la ocasión. El tema de la comunicación es, por cierto, uno muy extenso; aprender a hablar y a escribir es solo una parte de él. La fase más importante de la profesión del educador consiste en desarrollar los mejores medios de comunicación entre el profesor y los alumnos. Nuestras vidas están en buen orden solo cuando el puente de comunicación entre nosotros y el mundo está bien desarrollado y mejora continuamente.
¿Cuál es el punto de vista de los Santos de los Últimos Días respecto a esta materia? ¿Nos ayudan nuestras actividades en la Iglesia a adquirir este indispensable puente?
Desde que un hijo de un Santo de los Últimos Días entra al kindergarten hasta que llega a la madurez, se le enseña y se le hace practicar el hablar en público, y se le anima a participar en discusiones de grupo. Casi todos los Santos de los Últimos Días tienen la oportunidad, alguna vez en la vida, de ser profesores. Los discursos de dos minutos y medio en la Escuela Dominical permiten que un gran número aprenda a comunicar sus pensamientos a un grupo.
Las personas que no han sido formadas de este modo ni han tenido esa oportunidad, se sorprenden al ver la habilidad de nuestra juventud para expresarse. Se nos enseña no solo a comunicarnos unos con otros, sino también a comunicarnos con Dios. La oración es una actividad espiritual vital, y requiere más que frases bonitas para poder comunicar sinceramente nuestros deseos y esperanzas a nuestro Hacedor.
Responsabilidad
Los psicólogos enseñan que un niño nace irresponsable y no puede hacer nada por sí mismo, ni por los demás. Por esta razón, el mundo tiene el deber de sostenerlo. Pero cuando un adulto reclama ese mismo trato de parte de la sociedad, demuestra que sigue siendo, en muchos aspectos, un niño que está muy lejos del papel que le corresponde como ciudadano del mundo. La experiencia humana es una experiencia compartida, y el adulto maduro sabe que esto es cierto.
Tal como dice el Dr. H. A. Overstreet:
“Algunos se describen como distraídos: van a todas partes al mismo tiempo y no llegan a ninguna. Otros van de un lugar a otro, siempre haciendo algo mal.
Otros, siempre se están disculpando —ustedes ya los conocen: relojes descompuestos, tránsito congestionado, llamadas de larga distancia… etc.”
Otros lo dramatizan todo —usted ya los ha visto—, siempre están alrededor, llamando la atención. Pero uno debe pasar de la irresponsabilidad a la responsabilidad para poder considerarse un adulto maduro. (La Mente Madura, W. W. Norton y Cía. Inc.)
¿Están los Santos de los Últimos Días entrenados en este principio? A lo largo de toda nuestra niñez se nos ha enseñado, por precepto y por práctica, el significado de la responsabilidad. La siguiente pequeña máxima es típica de esta enseñanza:
“Antes de hacer una promesa, consideremos bien su importancia; y cuando esta sea hecha, insértela en su corazón.”
Cuando uno es designado a cualquiera de los numerosos oficios necesarios en la Iglesia, es “escogido” por la imposición de manos de aquellos que poseen el sacerdocio. De este modo, el ser llamado a un deber hace que uno sienta la responsabilidad tanto ante Dios como ante los miembros de la organización en la cual va a servir.
Esta responsabilidad dual ha contribuido al desarrollo del alto sentido del deber que caracteriza a muchos miembros de nuestra Iglesia. Es lamentable que no todos hayan adquirido esta cualidad esencial en la vida adulta. A estos debemos ayudar y fortalecer. Es importante triunfar en cualquier empresa en la que se haya depositado el más alto sentido de responsabilidad.
Docilidad
Todos conocemos a aquella persona que cree saberlo todo. Menciónese cualquier tema y él acapara toda la conversación; nadie más puede decir una palabra.
“Una lechuza se paró en un roble; mientras más escuchaba, menos hablaba; mientras menos hablaba, más escuchaba. ¿Por qué no podemos ser como ese sabio pájaro?”
Elbert Hubbard dijo:
“Es mejor quedarse callado y dejar que los demás piensen que uno es tonto, que hablar y dejarlo en evidencia.”
Si uno escucha, puede aprender de todos los que lo rodean, incluso de los niños pequeños. Y cuando llegue su turno de hablar, debe decir algo que valga la pena. Cuando uno es capaz de hacer esto, es capaz de alcanzar la madurez.
¿Estamos de acuerdo nosotros, como Santos de los Últimos Días? Un caballero cristiano, según el apóstol Pablo, es aquel que “no presume, no se ensalza”, y se caracteriza siempre por la humildad.
“Bienaventurados los pobres en espíritu”, y no los soberbios ni orgullosos, “porque de ellos es el reino de los cielos.”
Si realmente somos hermanos y hermanas, ¿por qué deberíamos sentirnos superiores o creer que nadie nos puede enseñar? Las personas formadas por los humildes maestros de barrio no llegan a ser verdaderos Santos experimentados ni adultos maduros si no aprenden la docilidad.
Sí, un buen Santo de los Últimos Días debe ser dócil.
Empatía
El alejamiento de la conciencia centrada en uno mismo y el enfoque hacia la observación de lo que otros están pensando y sintiendo es parte de esta característica llamada empatía. Sin embargo, la empatía es más que simple observación: es también la proyección de uno mismo hacia la personalidad del otro, para poder sentir y pensar lo que esa persona siente y piensa.
Para ilustrarlo, consideremos a una persona que observa, entusiasmada, a un atleta en una competencia de salto con garrocha. Mientras el saltador intenta superar la barra, el espectador se descubre apretando los puños y tensando los músculos junto con él. Esta es una expresión de empatía.
La empatía también incluye la conciencia de que todos los individuos del mundo están unidos entre sí por lazos sociales. Con frecuencia, una persona empática reconoce que todo lo que haga afectará, en alguna medida, a la comunidad. Tal persona posee empatía.
¡Oh, si pudiéramos vernos como nos ven los demás, y ver en los otros lo que ellos ven en sí mismos!
¿Nosotros, como Santos de los Últimos Días, consideramos que esta cualidad es digna? El Salvador nos mandó: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, y ese “prójimo” incluye a todos con quienes tenemos contacto. Debemos aprender a compartir las alegrías y las penas, como verdaderos hermanos y hermanas.
Para ayudar eficazmente a los necesitados, las hermanas de la Sociedad de Socorro deben poseer esta cualidad: empatía. Deben sentir y pensar como aquellos a quienes están tratando de ayudar. De lo contrario, la ayuda no sería completa.
Escuche a sus antecesores espirituales
Debemos buscar la sabiduría de los grandes hombres y mujeres de las edades: Shakespeare, Milton, Gandhi, Emerson, Platón, Sócrates, Isaías, y los otros profetas; Pablo, y por encima de todos, el humilde Hombre de Galilea.
La señal de un niño o de una persona inmadura es ignorar a sus antepasados espirituales, pensando que están pasados de moda y creyendo que puede comenzar un nuevo orden sin fundamento. Solo cuando uno se detiene a escuchar los grandes legados del pasado, muestra verdaderos signos de madurez.
¿Está de acuerdo con esto un Santo de los Últimos Días? Por supuesto. Busque en las Escrituras: en ellas está el camino a la vida eterna. Escuche al sabio, a los líderes inspirados de la Iglesia de Dios. Considere las consecuencias antes de actuar en contra de sus consejos.
“Y por cuanto no todos tienen fe, buscad diligentemente; enseñaos unos a otros palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento tanto por el estudio como por la fe.”
(Doctrina y Convenios 88:118)
Sí, se nos enseña desde la juventud a escuchar a nuestros antecesores.
Fe
Puede que a algunos les sorprenda, pero los psicólogos enumeran la fe como otra característica de un adulto maduro. Dicen que debe tener fe en un solo Dios, que tenga un propósito sólido y coherente para la raza humana, y no fe en varios dioses con propósitos en conflicto. Debe también tener una fe firme en que la vida es digna de ser vivida.
Es cierto que algunas personas —aun aquellas que poseen una mente muy brillante— llegan a la conclusión de que la vida no es digna de ser vivida. Esto llamó profundamente mi atención debido al siguiente incidente que ocurrió en los Laboratorios Telefónicos Bell.
Unos cuantos de nosotros estábamos sentados alrededor de una mesa, participando en una conferencia en la que se propondría un programa de investigación. Uno de los participantes de la sesión de la mañana era un joven muy inteligente, que había contribuido mucho a nuestras discusiones con ideas y sugerencias. Levantamos la sesión para ir a almorzar, y él se excusó con el pretexto de tener un compromiso. Cuando regresamos para continuar la conferencia, él no estaba. Aproximadamente una hora más tarde, nos informaron que, durante la hora del almuerzo, había ido a un hotel cercano y se había suicidado.
Ciertamente, no era un adulto maduro: le faltaba esa característica esencial llamada fe, esa seguridad interior de que la vida vale la pena ser vivida.
Los adultos maduros deben poseer no solamente fe en Dios, sino también fe en que la vida es valiosa, y tener una filosofía satisfactoria de la existencia. Esta filosofía puede tomar diferentes formas, dependiendo de la formación y el pensamiento de cada persona, pero antes de poder ser llamado un adulto maduro, debe tener una fe sólida en alguna filosofía que le oriente y le dé sentido a su vida.
¿Se empeñan los Santos de los Últimos Días en adquirir esta fe, tan importante característica de un adulto maduro? Como todos sabemos, el primer principio del Evangelio es la fe; es la base de todas nuestras acciones. Fe en el Dios viviente; fe en Su Hijo, Jesucristo, como el Redentor del mundo; fe en la dirección actual de la Iglesia de Dios —estas son verdades eternas.
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3)
También, como hemos visto, el propósito de vivir es alcanzar gozo y felicidad, y estas pueden obtenerse al vivir la vida buena que se ha descrito en estas lecciones. Por esto, un Santo de los Últimos Días maduro experimenta gran alegría de vivir, y sin duda tiene fe en que la vida vale la pena.
Podemos resumir que las características de un adulto maduro, descritas por el Dr. H. A. Overstreet y otros psicólogos, son las siguientes:
- Conocimiento
- Poder de comunicación
- Sentido de la responsabilidad
- Docilidad
- Empatía
- Deseo de escuchar a los antecesores espirituales
- Fe
Y se ha demostrado que vivir como un verdadero Santo de los Últimos Días conduce naturalmente a adquirir estas cualidades.
























