Capítulo 19
Equilibrio Espiritual ― Fe ― La naturaleza ondulante de la fe
Un objeto físico, según un físico, está en equilibrio cuando todas las fuerzas que actúan sobre él están equiparadas de modo que no producen movimiento. Está en equilibrio estable cuando, al provocar un pequeño cambio en su posición de descanso y luego soltarlo, este vuelve a su posición de reposo original.
Ejemplos de equilibrio estable son:
(1) un peso sostenido de un hilo: si balanceamos el peso desde la posición de reposo, oscilará de un lado a otro hasta volver a su posición de descanso;
(2) una silla o cualquier otro mueble que tenga tres o más patas: si la ladeamos un poco, esta vuelve a su posición de descanso.
Se podría sostener la silla en una sola pata si estuviera bien balanceada, pero cualquier movimiento la haría caer. Cuando un pequeño movimiento produce esto, el equilibrio se llama inestable. Un leve desplazamiento hace que un objeto con equilibrio inestable se mueva hasta que encuentra un equilibrio estable.
Estos términos físicos han sido descritos porque deseo hacer una analogía entre las cosas espirituales y un banquillo de tres patas. Llamaremos “fe”, “amor” y “trabajo” a las tres patas del banquillo. Vivir nuestra religión desarrollando solo una de estas patas es como intentar sostener el banquillo sobre una sola.
Aun si las otras dos no están desarrolladas por completo —es decir, si representan patas cortas— el banquillo quedará ladeado y cualquier movimiento podría provocar su caída.
Así sucede en nuestras vidas espirituales. Las actividades y actitudes representadas por estas tres importantes palabras —“fe”, “amor” y “trabajo”— deben desarrollarse juntas si queremos adquirir un equilibrio espiritual con el cual podamos soportar los golpes que sobrevengan durante las experiencias de la vida.
Algunos estudiantes que asisten al colegio realizando muchos gastos piensan que no deben hacer otra cosa que trabajar, y que pueden dejar las buenas acciones y la ayuda a los demás de lado por el momento. También se olvidan de su labor en la Iglesia por las mismas razones. Así es como las patas de la “fe” y el “amor” se acortan, y el banquillo espiritual se inclina peligrosamente hacia un lado.
Cuando un estudiante está en este precario equilibrio, pueden presentarse nuevos factores que parecen contradecir todo su entrenamiento religioso, y lo hacen caer. O, cuando menos lo espera, uno de sus hijos o su esposa son llamados por la muerte; una vez más queda espiritualmente desequilibrado y se tambalea de un lado a otro por un tiempo, hasta alcanzar otra posición de equilibrio.
La pregunta que debemos considerar, entonces, es: ¿Cómo podemos cultivar las tres cualidades mencionadas para que siempre tengamos equilibrio espiritual? Estas cualidades no son independientes, sino que reaccionan entre sí. A veces comparo esta reacción con el circuito generativo en electrónica. Esto se ilustra en el primer diagrama.
Comenzamos con un poco de fe en Dios y en la humanidad. Esto nos anima a trabajar tanto en la Iglesia como en nuestra vida diaria. Ese tipo de trabajo nos da satisfacción y nos hace sentir bien —tanto que salimos a hacer buenas acciones por los demás, decimos una palabra amable a nuestra esposa y, en general, realizamos aquellas cosas que se describen como labores del amor. Esto, a su vez, aumenta nuestra fe en las cosas buenas de la vida, lo que también implica un aumento de la fe en Dios, el dador de todas las cosas buenas.
Así iniciamos el segundo paso alrededor del circuito: un aumento de la fe, seguido por un incremento de buenas obras, que nuevamente nos anima a realizar más actos de amor. Y así llegamos al final de ese segundo ciclo con aún más fe. Este proceso continúa hasta que hemos alcanzado un equilibrio espiritual.
Este es el estado en el cual Dios desea vernos, ya que convierte la vida en un gozo digno de vivirse, y nos coloca en posición de usar nuestros talentos para el mejoramiento de la raza humana. Según la magnitud con la que esto se logre, será la medida de nuestro triunfo en la vida.
De un modo parecido, si no tenemos cuidado, podemos perder la fe, movernos hacia un equilibrio inestable o caer en la miseria y la desesperación, como se ilustra en el segundo diagrama. Comenzamos con la misma fe que en el primer ejemplo. Pero si empezamos a olvidarnos de la Iglesia, a faltar a nuestras oraciones familiares, etc., el alma comienza a encogerse; ya no nos sentimos tan amables hacia nuestra familia ni hacia nuestros prójimos, y llegamos al final del primer circuito con menos fe que al comenzar.
Así, cada paso nos encuentra con menos fe, menos buenas acciones y menos actos de amor, hasta que nos encontramos sin testimonio y con malos sentimientos en el corazón hacia la raza humana. Trabajamos solo porque necesitamos alimentos para comer, ropa para vestir y un lugar donde resguardarnos del clima. Entonces empezamos a preguntarnos si la vida realmente vale la pena.
Reconozco que esto es solamente una analogía y que la vida no es tan simple como la he descrito aquí; pero espero que esta comparación nos ayude a entender el proceso que nos guía hacia la felicidad y la paz, así como también nos alerte sobre el camino contrario que lleva a la desesperación.
Si una persona se encuentra a sí misma entrando en la espiral descendente, ¿qué puede hacer para romper ese ciclo y provocar el proceso contrario? A veces es necesaria una manifestación milagrosa, como ocurrió con Pablo y con los hijos de Alma. Pero el primer paso para cambiar la dirección de la espiral es saber con certeza que uno se encuentra en ese descenso. Probablemente el siguiente paso sea aumentar la cantidad de trabajo diario y también su actividad en la Iglesia. Entonces, por medio de su fuerza de voluntad, puede comenzar a realizar actos bondadosos: ser más cortés, aumentar su pago de diezmos, participar más en las actividades de la Iglesia y abstenerse de toda práctica de maldad. Pronto la espiral cambiará de dirección.
Esto requiere esfuerzo y fuerza de voluntad, pero las recompensas son abundantes, porque así la vida se vuelve significativa y gozosa. Dios quiso que así fuera cuando creó nuestros espíritus.
La Naturaleza Ondulante De La Fe
En todas estas discusiones he usado la palabra “fe” como “fe en Dios”. Algunos creen que uno tiene fe o no la tiene, y eso es todo. Para ellos, es todo o nada; por lo tanto, no consideran que exista una medida gradual de la fe. Esta idea es contraria tanto a nuestra experiencia como a las Escrituras. Tenemos períodos en la vida en los que poseemos más fe, y otros en los que tenemos menos.
En este diagrama hay tres líneas que representan la vida de la fe, mostrando las opiniones de las personas respecto a los distintos grados de fe.
La primera línea (1) muestra la trayectoria de un convertido durante una reunión de renovación espiritual. Él no tenía fe antes del evento, y después —según esta visión— adquiere una fe perfecta, la cual mantiene de allí en adelante, lo que significaría que está salvado desde esa reunión hasta la eternidad. Uno difícilmente puede creer que haya un cambio tan repentino y permanente en la fe de una persona.
La línea (2) representa lo que muchos miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días consideran como el desarrollo normal de la fe. Creen que nuestra fe comienza cuando somos pequeños y que crece gradualmente hasta alcanzar la perfección, a medida que nos volvemos mayores y más sabios.
En mi opinión, si una persona fuera perfectamente sincera consigo misma, se daría cuenta de que su fe fluctúa, sube y baja, como se muestra en la línea (3), siendo influenciada por las experiencias de la vida. Un análisis más detallado nos mostraría que, para la mayoría de nosotros, la fe tiende a fortalecerse los domingos y a disminuir gradualmente durante la semana, a menos que tengamos una experiencia espiritual inusual que la impulse hacia arriba o, por el contrario, la deprima.
Como ilustración, les voy a dar, en forma gráfica, mi propia opinión sobre la fe en varias etapas de mi vida. Este gráfico muestra la naturaleza ondulante de mi fe. No tengo ninguna forma de saber si este es o no un modelo típico, pero estoy seguro de que la depresión durante mi etapa de estudios en el colegio y la universidad fue real.
Si este modelo es típico, es muy importante reconocerlo y hacer algo para cambiar esta condición. Por eso, el principal deseo de la Iglesia es mantener la línea de la fe en todos los estados de la vida.
Un buen ejemplo del carácter ondulante de la fe se encuentra en la vida de Pedro, descrita en los Evangelios y en el libro de los Hechos del Nuevo Testamento. Su fe fluctuante fue advertida cuando Jesús le dijo: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte.” (Lucas 22:31–32).
Los siguientes pasajes del Evangelio de Marcos —quien, según la tradición, aprendió el Evangelio directamente de las palabras de Pedro— nos muestran otros períodos de fe débil y de fe firme:
“Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red al mar, porque eran pescadores. Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres. Y dejando luego las redes, le siguieron.” (Marcos 1:16–18).
Pedro le siguió sin dudar, porque creía que Jesús era un gran líder. Las palabras “Todos te buscan” (Marcos 1:37) lo demuestran.
Pero los conflictos comenzaron a surgir en la mente de Pedro: ¿Cómo podría este humilde nazareno llegar a ser el rey de los judíos? Incluso reprendió al Salvador por decir que Él tendría que sufrir y morir, pues aparentemente Pedro creía que el Salvador debía ser maestro de todos los hombres tanto en un sentido físico como espiritual. El Salvador le replicó:
“…Porque no pones la mirada en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.” (Marcos 8:31–33).
Esta misma declaración podría aplicarse a nosotros en muchas de nuestras experiencias. Cuando esto ocurre, nuestra fe decae.
Aun en la maravillosa experiencia espiritual de la transfiguración (Marcos 9:2–6), Pedro estaba descarriado y “espantado”. Pero luego, nuevamente, encontramos la firme declaración de Pedro sobre su fe en Jesús: “Aunque todos se escandalicen, yo no.” El Salvador percibía que Pedro aún no estaba lo suficientemente firme como para respaldar esas palabras, y le dijo que, antes de que la noche siguiente pasara, lo negaría tres veces. Marcos nos relata de forma vívida cómo se cumplió esta predicción (Marcos 14:66–72).
Aun después de que el Jesús resucitado se apareció a sus discípulos, la fe de Pedro se debilitó, y volvió a la pesca junto con otros seis, incluyendo a Santiago y Juan (Juan 21:1–17). No fue sino hasta que Pedro tuvo varias experiencias con el Cristo resucitado y recibió el derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, que su fe se fortaleció al punto de iniciar su misión como predicador del Evangelio de Jesucristo con vigor y profunda convicción.
En su sermón del día de Pentecostés (Hechos 2:1–36), Pedro mostró que el conflicto interno respecto al aparente fracaso del Salvador en triunfar sobre los hombres había desaparecido. Comprendió que tanto la muerte del Salvador como su resurrección habían sido profetizadas, y su fe se elevó a lo más alto. Solo entonces pudo hacer muchas de las cosas milagrosas que había visto hacer al Salvador: sanar a los enfermos, efectuar liberaciones milagrosas de prisión, etc.
Sin embargo, por creer que el Evangelio era solo para los judíos, nuevos conflictos surgieron en relación con la conversión de los gentiles. Fue necesaria una visión para convencerlo de la universalidad del Evangelio. Aun así, su actitud hacia los gentiles no cambió de manera inmediata. Pero las epístolas de Pedro nos muestran que, en la última parte de su vida, estaba en completa armonía con la filosofía paulina: que el mensaje del Evangelio era para todo el mundo. Su trabajo y su maravillosa devoción a la causa de la conversión del mundo al cristianismo dan testimonio de su fe, y de que finalmente había resuelto los conflictos de la vida que tienden a debilitar nuestra fe.
Cuando comprendemos la naturaleza ondulante de la fe, podemos apreciar la gran sabiduría de nuestro Padre Celestial al instituir el Día de Reposo y sus reuniones sacramentales, así como la oración familiar e individual, etc. Necesitamos experiencias espirituales constantes para mantener nuestra fe en un nivel elevado.
























