Levítico

El libro de Levítico enseña que Dios es santo y que Su pueblo está llamado a vivir en santidad. Más que un manual ritual, Levítico es una guía espiritual que muestra cómo un Dios santo puede morar en medio de un pueblo imperfecto. A través de leyes, sacrificios, ritos de purificación y normas de vida diaria, el Señor instruye a Israel a distinguir entre lo santo y lo común, lo limpio y lo inmundo.

Levítico revela que la santidad no es solo un ideal interior, sino una forma concreta de vivir que abarca adoración, liderazgo, relaciones humanas, cuerpo, hogar y comunidad. Al mismo tiempo, el libro subraya la misericordia divina: Dios no solo exige pureza, sino que provee expiación, restauración y caminos de regreso para quienes han sido contaminados o separados.

En conjunto, Levítico enseña que la cercanía con Dios requiere orden, obediencia y expiación, pero también que el propósito final de la ley es la comunión, no la exclusión. Su mensaje central puede resumirse en una sola invitación divina:
“Sed santos, porque yo soy santo.”

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Levítico 1


Introducción

Una ley de ceremonias y ordenanzas
Sacrificios y ofrendas


Al comenzar el estudio de Levítico 1–10, es fácil caer en la tentación de considerar estos capítulos como una recopilación extensa de rituales antiguos, sacrificios sangrientos y normas ceremoniales que parecen distantes de la vida espiritual moderna. Sin embargo, esta percepción superficial oculta una de las revelaciones más profundas del Antiguo Testamento sobre el arrepentimiento, la expiación y la manera en que Dios guía pacientemente a un pueblo espiritualmente inmaduro hacia Cristo.

La ley de Moisés no fue dada como un castigo arbitrario ni como una mera represión divina. Dios no impone mandamientos para humillar o limitar a Su pueblo, sino para elevarlo. Como enseñó Moisés, los mandamientos del Señor son dados “para que nos vaya bien” (Deuteronomio 6:24). En ese sentido, la ley de Moisés fue menor no porque fuera mala, sino porque Israel no estaba preparado para recibir algo mayor. Aun así, fue un instrumento misericordioso y cuidadosamente diseñado para llevar al pueblo, paso a paso, hacia la redención.

Cuando Israel salió de Egipto, su condición espiritual era frágil. Habían perdido el espíritu de profecía, estaban profundamente influidos por la idolatría egipcia y carecían de una relación viva de convenio con Jehová. Aunque el Señor les mandó abandonar sus ídolos, muchos no lo hicieron. En lugar de destruirlos con justicia, Dios actuó con misericordia y les dio una ley adaptada a su estado espiritual: una ley que enseñaba mediante símbolos, rituales y actos visibles lo que todavía no podían comprender plenamente en términos espirituales.

Levítico 1–10 presenta el corazón de esa ley preparatoria. En estos capítulos, los sacrificios y ofrendas no son fines en sí mismos, sino medios pedagógicos divinos. Cada animal ofrecido, cada derramamiento de sangre, cada acción del sacerdote y cada detalle del altar enseñaban verdades eternas: que el pecado trae muerte, que el arrepentimiento requiere reconocimiento y confesión, que la expiación demanda un sacrificio vicario, y que la reconciliación con Dios solo es posible mediante sangre inocente. Todo ello señalaba hacia el sacrificio futuro de Jesucristo.

Además, estos capítulos revelan que la ley de Moisés contenía los principios fundamentales del evangelio: fe, arrepentimiento, convenios, ordenanzas, ministración de ángeles y una relación continua con Dios. Por eso las Escrituras la llaman un “evangelio preparatorio” (DyC 84:26). Aunque carecía de la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec, la ley estaba diseñada para conservar vivo en el pueblo el recuerdo de Dios y su deber hacia Él, hasta que llegara el Mesías.

Comprender Levítico 1–10 requiere mirar más allá de la letra del ritual y aprender a leer con el espíritu de profecía, que es el testimonio de Jesucristo. Solo entonces se revela el verdadero propósito de la ley: no producir una obediencia mecánica, sino formar un corazón quebrantado, un espíritu contrito y una fe viva en el Redentor venidero. Como enseñó Amulek, “todo ápice” de la ley señalaba al gran y postrer sacrificio (Alma 34:14).

Así, Levítico 1–10 no es un retroceso espiritual, sino un puente divino entre un pueblo caído y un Salvador perfecto. Es una invitación a ver cómo Dios utiliza leyes, símbolos y ordenanzas para transformar gradualmente a Sus hijos, preparándolos para recibir la plenitud del evangelio de Jesucristo.

Quizás ningún libro de las Escrituras parezca menos interesante para el lector moderno que Levítico. Lleno de estatutos y ordenanzas del templo que parecen ya no ser relevantes, el libro da la impresión de ser más una viñeta histórica que una obra que nos ayude a comprender a Dios. Sin embargo, esa evaluación sería tanto superficial como incorrecta.

“Por lo tanto, Levítico es más que una descripción de acontecimientos históricos pasados y más que una recopilación de leyes anticuadas. Nos habla del carácter y de la voluntad de Dios, que se expresaron en Su trato con Israel y en las leyes que les dio. Aquellos que creen que Dios el Señor ‘es el mismo ayer, hoy y por los siglos’ pueden recurrir a la teología de este libro para obtener ideas que aún son válidas y relevantes”. (El libro de Levítico, Gordon J. Wenham [Grand Rapids: Eerdmans Publishing Co., 1979], pág. 16)

“Levítico es un antiguo manual del sacerdocio dividido en tres partes: (1) ofrendas, (2) leyes y (3) festividades”. (Edward J. Brandt, Ensign, enero de 1990, pág. 36)


Levítico 1


Levítico 1:1–2 — “Y llamó Jehová a Moisés, y habló con él desde el tabernáculo de reunión”

Establece una verdad doctrinal fundamental: Dios se revela desde el lugar que Él mismo santifica, y lo hace mediante un profeta a quien ha llamado. El hecho de que “Jehová llamó a Moisés” subraya que la revelación no es iniciativa humana, sino un acto soberano de Dios, quien toma la iniciativa de hablar y de instruir a Su pueblo. Que el Señor hablara “desde el tabernáculo de reunión” enseña que la comunicación divina está íntimamente ligada al convenio y a la adoración ordenada; el tabernáculo no era solo una estructura ritual, sino el espacio donde el cielo y la tierra se encontraban, donde Dios hacía saber Su voluntad. Moisés no habla por sí mismo ni desde su propia autoridad: él recibe la palabra en el contexto sagrado establecido por Dios y la transmite fielmente al pueblo. Doctrinalmente, este pasaje enseña que el Señor gobierna Su reino mediante revelación, que los mandamientos nacen del amor y del deseo divino de guiar y reconciliar, y que el templo —o casa del Señor— es el lugar privilegiado donde Dios enseña cómo acercarse a Él. Así, antes de cualquier sacrificio o ley ceremonial, Levítico afirma que toda obediencia verdadera comienza con un Dios que habla y con un profeta que escucha.

Veamos: ¿qué tan relevante es la idea de que Dios habló a Su profeta en el templo? ¿Que dio leyes a Su pueblo por medio de Su siervo escogido? Moisés llega a ser el gran prototipo del profeta legislador del Antiguo Testamento. Para la época de Jesús, era visto como un ícono, una especie de superhéroe religioso. Parte de ello se debe a que fue claramente el receptor de la ley proveniente de Jehová.

José Smith: Cuando los hijos de Israel fueron escogidos, con Moisés a la cabeza, debían ser un pueblo peculiar, entre quienes Dios colocaría Su nombre; su lema era: “Jehová es nuestro legislador; Jehová es nuestro juez; Jehová es nuestro rey, y Él reinará sobre nosotros”. Mientras se encontraban en ese estado, podían decir con verdad: “Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová”. Su gobierno era una teocracia; tenían a Dios para hacer sus leyes, y a hombres escogidos por Él para administrarlas; Él era su Dios, y ellos eran Su pueblo. Moisés recibió la palabra del Señor de Dios mismo; él fue la boca de Dios para Aarón, y Aarón enseñó al pueblo, tanto en asuntos civiles como eclesiásticos; ambos eran uno, no había distinción. Así será cuando los propósitos de Dios se hayan cumplido: cuando “Jehová sea Rey sobre toda la tierra” y “Jerusalén Su trono”. “Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová”. (Historia de la Iglesia, 5:64)


Levítico 1:2 — “Cuando alguno de vosotros ofreciere ofrenda a Jehová”

Introduce una doctrina profunda al comenzar con las palabras “Cuando alguno de vosotros ofreciere ofrenda a Jehová”, pues el Señor no impone el sacrificio como un acto mecánico, sino que invita al individuo a acercarse voluntariamente a Él. La frase “cuando alguno” enseña que la adoración verdadera es personal: nadie puede ofrecer por otro el corazón, la intención o la entrega que Dios requiere. Doctrinalmente, esto revela que el sacrificio no existe porque Dios lo necesite, sino porque el ser humano lo necesita para reconocer su dependencia del Creador, expresar gratitud y someter su voluntad a la de Dios. La ofrenda es un acto de fe consciente, una decisión de entrar en la presencia divina reconociendo que todo lo que se posee proviene del Señor. Así, antes de describir el tipo de animal, el altar o el ritual, el texto establece que el principio central del sacrificio es la disposición interior del adorador. Levítico enseña que Dios no comienza transformando al hombre desde afuera mediante ritos, sino desde adentro mediante una invitación: acercarse libremente a Él, con un corazón dispuesto a entregar algo valioso como símbolo de obediencia, humildad y deseo de comunión con Jehová.

Dios no desea que hagamos ofrendas porque Él las necesite. No está tratando de aumentar el número de ganado espiritual en el mundo de los espíritus. La ofrenda no se trata de Dios; se trata del hombre que la presenta. Sacrificar algo a Dios demuestra reverencia y deferencia hacia Él como Hacedor, Creador y Benefactor. Es una expresión externa de un compromiso interno con el Santo. Todo sacrificio santifica más al que lo da que al que lo recibe. Aunque hoy adopta una forma diferente, la ley del sacrificio es tan importante ahora como siempre lo ha sido.


Levítico 1:3 — “Ofrecerá un macho sin defecto; de su voluntad lo ofrecerá”

Enseña que el sacrificio aceptable ante Dios debe unir pureza y voluntad, pues recordar que se debía ofrecer “un macho sin defecto” establece que el Señor no acepta lo que es dañado, sobrante o corrupto, sino lo mejor, lo íntegro, lo que refleja totalidad y consagración. Doctrinalmente, esta exigencia apunta a Jesucristo, el sacrificio perfecto y sin mancha, pero también enseña que Dios espera integridad en el corazón del adorador. Al mismo tiempo, la frase “de su voluntad lo ofrecerá” revela que la obediencia forzada no tiene poder redentor; el sacrificio solo santifica cuando nace del albedrío. El Señor no busca actos externos realizados por presión social, temor o costumbre religiosa, sino una entrega libre que refleje amor, fe y deseo genuino de acercarse a Él. Así, este versículo une dos principios esenciales del Evangelio: Dios requiere lo mejor que tenemos, y solo acepta aquello que entregamos voluntariamente. El sacrificio verdadero no es la pérdida del animal, sino la rendición consciente de la voluntad humana ante la voluntad divina.

Evidentemente, el macho sin defecto prefigura la perfección del Hijo de Dios, quien fue ofrecido por los pecados del mundo. Que la ofrenda fuera voluntaria es otra evidencia de que esta práctica tenía como propósito fomentar la santificación voluntaria del individuo. Cualquier don dado al Señor bajo coacción no le es contado para justicia.

Porque he aquí, Dios ha dicho que un hombre siendo malo no puede hacer lo que es bueno; pues si ofrece una dádiva o ora a Dios, si no lo hace con verdadera intención, de nada le aprovecha.

Porque he aquí, no le es contado para justicia.

Porque he aquí, si un hombre siendo malo ofrece una dádiva, la hace de mala gana; por lo tanto, le es contado como si hubiera retenido la dádiva; por consiguiente, es contado como malo ante Dios. (Moroni 7:6–8)


Levítico 1:4 — “Y será aceptado para hacer expiación por él”

Declara una de las doctrinas más profundas del sistema de sacrificios al afirmar que la ofrenda “será aceptada para hacer expiación por él”, enseñando que Dios mismo provee un medio mediante el cual el pecador puede volver a ser recibido en Su presencia. La imposición de manos y la aceptación divina revelan que la expiación no es un acto automático ni mágico, sino un proceso relacional en el que el Señor acepta un sacrificio vicario cuando va acompañado de fe y arrepentimiento. Doctrinalmente, este versículo enseña que el pecado crea una separación real entre el hombre y Dios, y que esa brecha solo puede cerrarse mediante sangre inocente ofrecida conforme a la voluntad divina. Aunque la sangre de los animales no tenía poder intrínseco para borrar el pecado, Dios la aceptaba como símbolo anticipado del sacrificio perfecto de Jesucristo. Así, la aceptación de la ofrenda señala hacia el Hijo de Dios, cuya expiación haría posible una reconciliación plena y eterna. Levítico 1:4 enseña que la expiación no es iniciativa humana para apaciguar a Dios, sino una provisión misericordiosa del propio Dios para que el hombre, mediante obediencia y fe, pueda ser nuevamente aceptado, limpio y reconciliado con Él.

¿Puede la sangre de los animales hacer expiación por los pecados de un hombre? No, pero el sacrificio del Hijo de Dios —que aún no había sido ofrecido— sí tendría poder para efectuar la expiación. Curiosamente, la palabra expiación aparece solo una vez en el Nuevo Testamento (Romanos 5:11), pero está presente en todas las páginas del Antiguo Testamento. Imagina a un hombre llevando su sacrificio al templo, ofreciendo la bestia y luego entregando el cuerpo a los sacerdotes. Para él, esto era el sacramento; era su ordenanza para recordar el sacrificio del Hijo de Dios y recibir el perdón de los pecados. El intercambio de Enós con el Señor capta esta idea de manera perfecta:

Y vino a mí una voz, diciendo: Enós, tus pecados te son perdonados, y serás bendecido.

Y yo, Enós, supe que Dios no podía mentir; por lo cual, mi culpa fue borrada.

Y dije: Señor, ¿cómo se hace esto?

Y Él me dijo: Por tu fe en Cristo, a quien nunca antes has oído ni visto; y muchos años pasarán antes de que Él se manifieste en la carne; por tanto, ve, tu fe te ha sanado. (Enós 1:5–8)


Levítico 1:5. — La vida entregada como medio de reconciliación con Dios.

Levítico enseña que el pecado produce separación y muerte, y que Dios, en Su misericordia, provee un medio de reconciliación mediante un sacrificio vicario en el que la sangre —símbolo de vida inocente ofrecida— satisface la justicia y abre el camino al perdón, anticipando plenamente la Expiación de Jesucristo.

Se hace tanto hincapié en la sangre porque, doctrinalmente, la sangre representa la vida misma y declara una verdad ineludible: el pecado produce muerte y solo la entrega de una vida inocente puede satisfacer las demandas de la justicia divina. El Señor enseñó claramente que “la vida de la carne en la sangre está” y que Él la dio “para hacer expiación por vuestras almas” (Levítico 17:11), de modo que cada derramamiento de sangre grababa en la conciencia del adorador que el pecado no es abstracto ni trivial, sino una ruptura real que exige un precio real. La sangre del sacrificio no tenía poder propio para borrar pecados, pero Dios la aceptaba como símbolo profético de la sangre de Jesucristo, el único sacrificio verdaderamente eficaz. Así, el énfasis constante en la sangre enseñaba que el perdón no es sentimental ni automático, sino costoso; que la vida debe responder por la vida; y que sin derramamiento de sangre no hay remisión. Cada sacrificio preparaba espiritualmente a Israel para comprender que la reconciliación con Dios solo sería posible cuando el Hijo de Dios entregara Su propia sangre, no como símbolo, sino como realidad eterna, haciendo posible que la justicia y la misericordia se encontraran plenamente en la Expiación.

De todos los elementos usados en la ordenanza del sacrificio, ninguno desempeñaba función más prominente que la sangre de la ofrenda. La forma de ofrecerla fue dada en detalle por el Señor. Según la ofrenda, la sangre debía ser rociada sobre los cuernos del altar, salpicada o derramada sobre los cuatro lados del altar, o volcada en la base del mismo.

El Señor eligió la sangre para representar las consecuencias del pecado y lo que entraba en juego en el proceso del perdón y de la reconciliación. Por lo tanto, la sangre simbolizaba la vida (véase Levítico 17:11) y la entrega de la vida. La muerte es la consecuencia del pecado, y por ello el animal era muerto para mostrar lo que sucede cuando el hombre peca. Además, el animal era un símbolo de Cristo. Mediante la entrega de la vida por el hombre, por el derramamiento de su sangre, aquel que está espiritualmente muerto por causa del pecado puede encontrar nueva vida. De esta verdad surge un paralelo espiritual: “De la misma manera que en Adán, o por la naturaleza humana, todos los hombres caen y están sujetos a la muerte espiritual, así en Cristo y por su sacrificio expiatorio, todos tienen el poder de alcanzar la vida eterna (véase 1 Corintios 15:22)” (McConkie, The Promised Messiah, pág. 259.)

El propósito del derramamiento de sangre era efectuar la expiación (véase Lv. 17:11; Hebreos 9:22). Tal como se destaca en el encabezamiento 14-5, el verbo hebreo que se ha traducido como expiación significa “cubrir”. De ahí que al salpicar, derramar o volcar la sangre, se cubría los pecados de los hombres y así se producía la expiación. En la idea de que los justos son aquellos “cuyos vestidos son hechos blancos mediante la sangre del Cordero” (Eter 13:10; Alma 5:21), hay una hermosa paradoja: lo que cubre los pecados es la sangre de Cristo y hace que el hombre sea puro a fin de poder recibir expiación y comunión con Dios.

De este modo la sangre era un símbolo de todo el procedimiento mediante el cual el hombre se reconcilia con Dios. “De todo esto sacamos que es evidente que aquellos en Israel que estaban iluminados espiritualmente sabían y entendían que sus ordenanzas de sacrificios eran una semajanza de la muerte futura de Aquel cuyo nombre usaban para adorar al Padre, y que no era la sangre que estaba sobre sus altares lo que producía la remisión de los pecados sino la sangre que sería derramada en Getsemaní y en el Calvario” (McConkie, The Promised Messiah, pág. 258.)


Levítico 1:4–6 — “Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto… y degollará el becerro delante de Jehová”

Presenta con sobriedad una doctrina poderosa al describir que el oferente pone su mano sobre la cabeza del holocausto y luego degüella el becerro delante de Jehová, enseñando que el arrepentimiento verdadero implica identificación personal con el sacrificio y reconocimiento consciente de la gravedad del pecado. Al imponer la mano, el adorador transfiere simbólicamente su culpa, aceptando que la muerte que está a punto de ocurrir es consecuencia de su propia condición caída; no delega esa responsabilidad en el sacerdote, sino que participa directamente en el acto, aprendiendo que el pecado siempre demanda un precio. Degollar el animal “delante de Jehová” subraya que el arrepentimiento no es privado ni superficial, sino una confesión hecha ante Dios, con plena conciencia de que la vida inocente se pierde a causa del pecado humano. Doctrinalmente, este pasaje enseña la relación inseparable entre pecado y muerte, pero también anticipa la misericordia divina: Dios permite que la muerte recaiga sobre un sustituto, señalando proféticamente al sacrificio vicario de Jesucristo. Así, el holocausto no solo enseñaba que el pecado mata, sino que Dios, en Su gracia, provee un medio para que la culpa no recaiga finalmente sobre el pecador, preparando al corazón humilde para comprender y aceptar la Expiación del Hijo de Dios.

Hasta preparar este comentario, el autor asumía que era el sacerdote quien mataba y preparaba el sacrificio. No era así; era el hombre que presentaba la ofrenda quien lo hacía. Adán tuvo que matar su propio sacrificio. Noé tuvo que hacer lo mismo. Abraham no tuvo un sacerdote que ofreciera a Isaac por él. Esto coloca al hombre que ofrece el sacrificio en la posición de comprender que es a causa de sus pecados —no de los del sacerdote— que el Hijo del Hombre vino a redimir. No se trata solo de entregar el animal a Dios, de devolver algo al Creador a quien siempre estamos en deuda; se trata de entender que la única razón por la que el animal debe morir es porque el hombre caído comete pecado, y que un sacrificio redentor es necesario para que podamos llegar a ser uno con Dios (o ser reconciliados con Él).

Simbólicamente, es el sacerdote quien maneja la sangre y la carne del sacrificio. Vemos esto cada semana cuando los poseedores del Sacerdocio Aarónico preparan, bendicen y presentan la Santa Cena. El sacerdote actúa como intermediario entre el sacrificio santo y el receptor. Ya sea el pan y el agua del servicio sacramental actual, o la carne y la sangre del holocausto, el simbolismo es el mismo. Por lo tanto, Cristo ofrece el sacramento, pero hay apóstoles, profetas, obreros del templo, sumos sacerdotes, élderes y sacerdotes que actúan como intermediarios al administrar las ordenanzas salvadoras.


Levítico 1:9 — “Ofrenda encendida, de olor grato para Jehová”

Revela que el sacrificio aceptable no solo cumple una forma ritual, sino que produce agrado en Dios, al describirlo como “ofrenda encendida, de olor grato para Jehová”. Este lenguaje no sugiere que Dios se complazca en el humo o en la quema literal, sino que enseña una verdad espiritual más profunda: cuando una ofrenda se presenta con fe, obediencia y un corazón contrito, es recibida por Dios como algo placentero y aceptable. Doctrinalmente, el “olor grato” simboliza que el arrepentimiento sincero y la entrega voluntaria ascienden a Dios como una oración viva, testificando que el oferente desea reconciliarse con Él. El fuego, por su parte, representa purificación y transformación, mostrando que lo que se entrega a Dios es consumido y cambiado conforme a Su voluntad. Este versículo apunta finalmente a Jesucristo, cuyo sacrificio fue el holocausto perfecto y plenamente aceptado por el Padre, no solo por Su sufrimiento, sino por Su obediencia total y Su amor perfecto. Así, Levítico 1:9 enseña que Dios se deleita no en el acto externo del sacrificio, sino en el corazón que se rinde plenamente a Él, y que toda ofrenda ofrecida con fe se convierte en un acto de adoración que Él recibe con agrado.

La imagen aquí es que el olor del sacrificio quemado es agradable al Señor; que despierta en Dios el placer de la misericordiosa remisión. Quizás olvidamos la imagen del incienso en Apocalipsis: que las oraciones de los santos ascienden como incienso para agradar y aplacar a Dios. Había copas de oro llenas de incienso, “que son las oraciones de los santos”. “Y otro ángel vino… y se le dio mucho incienso, para que lo ofreciese con las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y el humo del incienso… las oraciones de los santos, subió delante de Dios de la mano del ángel” (Ap. 5:8; 8:3–4; véase también Sal. 141:2).

Siglos más tarde, los israelitas ofendieron a Dios porque el único olor que ascendía desde Jerusalén era el del incienso ofrecido a Baal. No era un “olor grato para Jehová”. “Porque según el número de tus ciudades fueron tus dioses, oh Judá; y según el número de las calles de Jerusalén pusisteis altares para quemar incienso a Baal… Por tanto, no ruegues tú por este pueblo… porque han obrado contra sí mismos para provocarme a ira, ofreciendo incienso a Baal” (Jer. 11:13–17).


Levítico 1:10, 14 — “De las ovejas o de las cabras… de tórtolas o de palominos”

Amplían la doctrina del sacrificio al permitir que la ofrenda provenga “de las ovejas o de las cabras… de tórtolas o de palominos”, enseñando que el Señor es a la vez justo y misericordioso, y que Su ley no excluye a nadie por su condición económica o social. Doctrinalmente, este pasaje revela que el valor del sacrificio no reside en el tamaño o costo de la ofrenda, sino en la sinceridad del corazón que la presenta. Dios no exige a todos lo mismo en términos materiales, sino que pide a cada uno conforme a su capacidad, de modo que ricos y pobres puedan acercarse igualmente a Él. Al permitir distintos niveles de ofrenda, la ley enseña que todos son responsables ante Dios, pero también que todos son igualmente invitados a participar del proceso de expiación y reconciliación. Este principio prepara el camino para la doctrina enseñada por Jesucristo, quien valoró la ofrenda de la viuda más que los dones abundantes de los ricos, y declara que el sacrificio aceptable es aquel que representa una entrega real y significativa para quien lo ofrece. Así, Levítico 1:10 y 1:14 afirman que el Dios de Israel es un Dios accesible, que adapta Su ley para salvar y santificar a todos Sus hijos, sin acepción de personas.

Tenemos tres niveles diferentes de ofrendas sacrificiales. La mayor era el becerro; luego estaban las ovejas o las cabras del rebaño; y finalmente, las tórtolas o los palominos. Estos tres niveles representan la variedad de ofrendas que una persona podía presentar. La ofrenda de María y José por el niño Jesús pertenecía a la tercera categoría porque eran jóvenes y pobres (Luc. 2:24). Un hombre rico, con mucho ganado, debía ofrecer un becerro. Un hombre de recursos medianos podía ofrecer una oveja o una cabra. El principio es que toda ofrenda debe ser “cada uno conforme a su capacidad” (Hch. 11:29), y no la escena desequilibrada que el Salvador criticó, cuando los ricos daban poco y la viuda lo daba todo (Luc. 21:1–4).


Levítico 1:11 — “La degollará al lado del altar, hacia el norte, delante de Jehová”

Enseña, mediante un detalle aparentemente técnico, una verdad espiritual profunda al indicar que el sacrificio debía hacerse al lado del altar, hacia el norte, delante de Jehová”, recordando que toda ofrenda verdadera se presenta con orientación consciente hacia Dios y bajo Su mirada. El acto ocurre “delante de Jehová”, subrayando que el sacrificio no es un rito oculto ni meramente cultural, sino una acción realizada en plena presencia divina, con responsabilidad espiritual y reverencia. La referencia al “lado norte” sugiere orden, constancia y dirección fija, enseñando que la adoración no es caótica ni arbitraria, sino guiada por instrucciones divinas precisas. Doctrinalmente, este versículo afirma que el arrepentimiento y la consagración deben hacerse conforme al orden de Dios y con un enfoque claro en Él como punto de referencia. El oferente no decide el lugar ni la manera según su preferencia personal; se somete al patrón revelado, aprendiendo que acercarse a Dios requiere obediencia consciente y alineación con Su voluntad. Así, Levítico 1:11 enseña que el sacrificio aceptable no solo depende de la intención del corazón, sino también de la disposición a ofrecerlo en el lugar, la forma y la dirección que Dios ha establecido, reconociendo que Él es el centro y la autoridad de toda verdadera adoración.

Dios es nuestro verdadero norte, nuestra estrella guía y punto de referencia para toda la mortalidad. Nuestras ofrendas deben darse con ese enfoque fijo en mente.

Gordon B. Hinckley: Cuando yo era niño, vivíamos en una granja durante el verano. Estaba en el campo, donde las noches eran oscuras. No había alumbrado público ni nada parecido. Mi hermano y yo dormíamos al aire libre. En las noches despejadas —y la mayoría lo eran, con aire limpio— nos acostábamos boca arriba y mirábamos las miríadas de estrellas en los cielos. Podíamos identificar algunas constelaciones y otras estrellas tal como aparecían ilustradas en nuestra enciclopedia. Cada noche trazábamos la Osa Mayor, el mango y el cuenco, para encontrar la Estrella del Norte.

Llegamos a conocer la constancia de esa estrella. A medida que la tierra giraba, las demás parecían moverse durante la noche, pero la Estrella del Norte mantenía su posición alineada con el eje de la tierra. Por eso llegó a conocerse como la Estrella Polar. Durante siglos, los marineros la usaron para guiarse en sus viajes. Calculaban sus rumbos por su constancia, evitando así viajar en círculos o en la dirección equivocada mientras cruzaban los vastos mares sin señales.

…Grande más allá de toda comprensión es el amor de Dios. Él es nuestro amoroso Padre Eterno. Por Su amor hacia nosotros, nos ha dado un plan eterno que, cuando se sigue, conduce a la exaltación en Su reino. Por Su amor hacia nosotros, envió a Su Primogénito al mundo, quien, por Su propio amor divino, se ofreció a Sí mismo como sacrificio por cada uno de nosotros. Fue un don incomparable de amor a un mundo que en gran medida lo rechazó. Él es nuestro gran ejemplo. Debemos permitir que el amor sea la estrella guía de nuestras vidas, con la absoluta seguridad de que, gracias al amor de Dios nuestro Padre Eterno y de Su amado Hijo, nuestra salvación de las ataduras de la muerte es segura y nuestra oportunidad de exaltación eterna es cierta. Que ese amor divino, derramado sobre nosotros, se refleje desde nuestras vidas hacia los demás hijos de nuestro Padre. (“Que el amor sea la estrella guía de tu vida”, Ensign, mayo de 1989, pág. 66)


Levítico 1:15 — “El sacerdote lo traerá al altar, y le arrancará la cabeza”

Presenta una imagen fuerte pero doctrinalmente instructiva al declarar que “el sacerdote lo traerá al altar, y le arrancará la cabeza”, enseñando que la expiación requiere una separación real entre la vida y la muerte, y que esa separación es administrada bajo autoridad divina. Aunque el acto es severo, el texto no busca provocar horror, sino grabar en la mente del adorador una verdad espiritual: el pecado no es trivial y la reconciliación con Dios no ocurre sin un costo real. Doctrinalmente, el hecho de que el sacerdote realice este acto subraya el papel de la autoridad autorizada como mediadora entre Dios y el hombre, recordando que el perdón no se obtiene por iniciativa privada, sino conforme al orden que Dios ha establecido. El altar representa el punto de encuentro entre la justicia y la misericordia, y la muerte del ave —la ofrenda del pobre— enseña que aun el sacrificio más pequeño es aceptado cuando se ofrece conforme a la ley divina. Así, este versículo prepara el entendimiento para el ministerio de Jesucristo, el Sumo Sacerdote perfecto, quien asumiría plenamente el peso de la muerte vicaria para que, mediante autoridad, orden y misericordia, incluso el más humilde pudiera ser reconciliado con Dios.

¡Qué escena debió de haber sido! El sacerdote, con sus vestiduras blancas del templo, arrancando la cabeza de la pobre palomita. El sacrificio de animales no era para los débiles de corazón. Nuestra generación, más amable y delicada, ha llegado a atribuir tanto cuidado a los animales como a la suprema creación de Dios; pero al principio, el hombre tenía dominio. Podía sacrificar sus animales. Podía ofrecer sacrificios sin que nadie se preocupara por la tórtola. Los amantes de los animales deben cuidarse de no juzgar a Dios, porque Dios es el juez. Más tiempo de la existencia de la tierra ha transcurrido bajo la ley del sacrificio que bajo la ley del Evangelio. No se puede hallar falta en la ley del sacrificio sin, en algún nivel, hallar falta en el Dios que la dio.

Nuestra perspectiva es muy diferente. En los días de Moisés, si comías pollo para la cena era porque habías cortado la cabeza y desplumado el ave más temprano ese día. Si comías carne de res, era porque habías sacrificado el becerro. Si matabas un animal y lo dabas al Señor en lugar de consumirlo tú mismo, ¡era un verdadero sacrificio!

Finalmente, observa que en el caso de una ofrenda de ave, es el sacerdote quien mata la tórtola, mientras que en el caso del becerro o de las ovejas y cabras, la muerte sacrificial la realiza la persona que ofrece el animal. No se da ninguna razón para esta diferencia, pero probablemente se debía a una cuestión de conveniencia práctica. Un peticionario podía degollar un becerro a la puerta del tabernáculo, en el lado oriental; otro podía degollar una oveja en el lado norte; y otro más podía hacer que el sacerdote degollara las tórtolas en el propio altar: tres ubicaciones distintas para lograr eficiencia en la obra del templo.