Levítico 2
Simbolismo de Levítico 2
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Ofrendas sacrificiales |
Gratitud y obediencia |
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Harina o grano |
Jesucristo es el Pan de Vida |
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Aceite |
El Espíritu Santo |
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Incienso |
Fragancia de las oraciones que ascienden al cielo |
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Levadura |
Impureza / pecado |
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Sal |
Convenio con Dios |
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Primicias |
Resurrección de Cristo |
Levítico 2:1–11 — “Cuando alguno ofreciere ofrenda vegetal a Jehová”
Introduce la ofrenda vegetal con la invitación “Cuando alguno ofreciere ofrenda vegetal a Jehová”, enseñando que la adoración no se limita al derramamiento de sangre, sino que también incluye la consagración de los frutos del trabajo diario. Doctrinalmente, esta ofrenda revela que Dios acepta aquello que sostiene la vida —harina, aceite e incienso— como símbolo de gratitud, obediencia y dependencia continua del Señor. La harina fina representa pureza e integridad; el aceite señala la presencia santificadora del Espíritu; y el incienso expresa que una vida ofrecida con rectitud asciende a Dios como oración aceptable. La prohibición de la levadura y la miel enseña que nada corrupto, artificial o engañoso debe mezclarse con lo que se presenta ante Dios, mientras que la sal del convenio afirma que toda ofrenda está ligada a una relación permanente y fiel con Él. Así, Levítico 2 enseña que la consagración no ocurre solo en momentos de culpa o arrepentimiento, sino también en la vida cotidiana, cuando el creyente ofrece voluntariamente lo que produce y lo que es, reconociendo que toda vida sostenida por Dios debe ser vivida en pureza, gratitud y fidelidad al convenio.
Cada vez que veas el término ofrenda de cereal (traducido en versiones antiguas como ofrenda de harina o ofrenda vegetal) en el Antiguo Testamento, piensa en ello como una ofrenda de alimento. Es pan o harina con aceite; no se refiere a la carne de ganado, ovejas o aves, como hoy solemos entender la palabra “carne”. Ciertamente, los sacerdotes ofrecían la carne de bueyes, ovejas y aves, pero en el inglés antiguo el término meat offering tenía un significado distinto al actual.
Levítico 2:1 — “Su ofrenda será de flor de harina; y derramará sobre ella aceite, y pondrá sobre ella incienso”
Enseña que lo que se ofrece a Dios debe reflejar pureza, consagración y devoción interior, al declarar que la ofrenda sería “de flor de harina”, sobre la cual se derramaba aceite y se colocaba incienso. La flor de harina, el producto más fino y cuidadosamente preparado, simboliza integridad y rectitud, indicando que Dios no recibe lo tosco ni lo descuidado, sino lo mejor que el adorador puede presentar. El aceite representa la presencia y el poder santificador del Espíritu Santo, enseñando que ninguna ofrenda es aceptable si no va acompañada de la influencia divina que consagra tanto el don como al dador. El incienso, por su fragancia, señala que una vida ofrecida con fe asciende a Dios como una oración agradable, recordando que la verdadera adoración nace del corazón y no solo del acto externo. Doctrinalmente, este versículo afirma que acercarse a Dios implica ofrecer una vida refinada por la obediencia, ungida por el Espíritu y elevada por la oración, preparando al creyente para una comunión más profunda y constante con Jehová.
La harina por sí sola no sirve de mucho si no se mezcla con aceite para hacer pan. El incienso, sin embargo, probablemente se añadía para producir un aroma agradable, continuando el tema de que el olor del sacrificio debía elevarse como una oración al cielo, un olor grato para el Señor.
Pero no se permitía ninguna levadura. La levadura representaba impureza, algo que no se permitía al sacerdote. Tampoco podía ofrecerse nada impuro a Dios; porque ninguna cosa inmunda puede entrar en Su presencia, ni Dios puede mirar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia (DyC 1:31). Este simbolismo nos recuerda que todas nuestras ofrendas a Dios deben estar libres de la más mínima impureza: es decir, sin reservas, sin resentimiento, sin engaño y sin albergar pecados ocultos.
Levítico 2:2–3 — “Lo que reste de la ofrenda será de Aarón y de sus hijos”
Enseña una doctrina sutil pero profunda al declarar que “lo que reste de la ofrenda será de Aarón y de sus hijos”, revelando que Dios provee para Sus siervos por medio de las ofrendas voluntarias de Su pueblo. El Señor no solo recibe la porción simbólica presentada sobre el altar, sino que dispone que el resto sostenga a quienes ministran en Su casa, mostrando que el servicio sacerdotal no es autosuficiente ni independiente del convenio comunitario. Doctrinalmente, este principio establece que la adoración verdadera une al pueblo y al sacerdocio en una relación de mutua dependencia: el pueblo ofrece con fe, y Dios, a través de esa ofrenda, sustenta a quienes actúan en Su nombre. Al mismo tiempo, el hecho de que la porción del sacerdote provenga de una ofrenda consagrada enseña que el sustento espiritual y temporal del siervo de Dios está ligado a la santidad de su ministerio. Así, Levítico 2:2–3 revela que en el reino del Señor no hay separación entre lo sagrado y lo cotidiano: las ofrendas elevan al adorador y, a la vez, sostienen a quienes han sido llamados a servir continuamente ante Dios.
Los sacerdotes eran sostenidos con el dinero y los alimentos ofrecidos por quienes acudían al templo. Solo ofrecían una pequeña porción de la harina con aceite o del pan como memorial delante del Señor; el resto les pertenecía para su sustento. Seguramente llegaron a amar las tortillas y el pan sin levadura, porque era lo único que podían preparar sin usar levadura.
José Smith: Es una opinión muy extendida que los sacrificios que se ofrecían eran consumidos en su totalidad. No era así; si leen Levítico 2:2–3, observarán que los sacerdotes tomaban una parte como memorial y la ofrecían delante del Señor, mientras que el resto se guardaba para el sustento de los sacerdotes; de modo que las ofrendas y sacrificios no eran consumidos por completo sobre el altar, sino que se rociaba la sangre y se consumían la grasa y ciertas otras porciones.
Estos sacrificios, así como toda ordenanza perteneciente al sacerdocio, cuando el templo del Señor sea edificado y los hijos de Leví sean purificados, serán plenamente restaurados y atendidos con todo su poder, ramificaciones y bendiciones. Esto siempre ha existido y siempre existirá cuando los poderes del Sacerdocio de Melquisedec se manifiesten suficientemente; de lo contrario, ¿cómo podría llevarse a cabo la restitución de todas las cosas de la que hablaron los santos profetas? (Discursos del Profeta José Smith, recopilados por Alma P. Burton [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1977], págs. 57–58)
Levítico 2:4–7 — “Ofrenda vegetal cocida en horno”
Enseña que, aunque la forma externa de la ofrenda vegetal podía variar —cocida en horno, en sartén o en caldero—, el principio espiritual permanecía constante: lo que se ofrece a Dios debe representar una vida consagrada y sostenida por Él. Doctrinalmente, esta flexibilidad muestra que el Señor no exige uniformidad mecánica en la expresión externa de la adoración, sino fidelidad al significado interno del sacrificio. El pan, preparado de distintas maneras, simboliza al Pan de Vida, Jesucristo, quien sostiene espiritualmente a todos, independientemente de las circunstancias o capacidades personales. La ausencia de levadura y la presencia del aceite recalcan que la ofrenda debía estar libre de corrupción y llena de la influencia del Espíritu, enseñando que Dios mira más allá del método y evalúa la pureza, la intención y la consagración del corazón. Así, Levítico 2:4–7 afirma que la verdadera adoración no depende de la forma exacta en que se presenta la ofrenda, sino de que lo que se ofrece sea limpio, preparado con cuidado y presentado con un espíritu recto, recordando que Dios acepta diversas expresiones de obediencia cuando todas apuntan a Cristo y a una vida sostenida por Él.
Aparentemente, la manera en que se cocinaba la ofrenda de pan no era lo importante.
¿Quieres hornearla en el horno? Puedes hornearla en el horno.
¿Quieres cocinarla en una sartén? Puedes cocinarla en la sartén.
¿Quieres freírla en la sartén? Puedes freírla en la sartén.
Lo importante es que el pan ofrecido representa al Pan de Vida. Jesús dijo:
“Yo soy el pan de vida… si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo”
(Juan 6:48, 51).
Por ello, la harina debía ser fina, para representar la pureza de la ofrenda.
¿Y qué hay del aceite? El aceite casi siempre representa al Espíritu, y significa el don del Espíritu Santo que Jesús prometió a Sus discípulos después de Su resurrección (Juan 14:26).
“Como era de esperarse, el ritual está lleno de simbolismo. Esta ofrenda de pan representaba claramente a Cristo como el pan de vida. La flor de harina, o grano molido como lo llamó Isaías (Isaías 28:28), representaba a Cristo en lo más profundo de Su sufrimiento. También puede indicar que no hay desigualdad en Él. El aceite era el emblema constante del Espíritu Santo. Así como el aceite se derramaba sobre la harina, el Espíritu Santo descendería sobre el Mesías o Ungido al comenzar Su ministerio. El incienso añadía dulzura y fragancia a la ofrenda. Todo estaba inseparablemente mezclado. La miel y la levadura estaban prohibidas, pues son agentes de corrupción, y nada de eso debía tocar el símbolo de nuestra salvación. El último ingrediente era la sal, que se oponía a la miel y a la levadura como agente de preservación”. (Joseph Fielding McConkie, Gospel Symbolism [Salt Lake City: Bookcraft, 1999], pág. 88)
Levítico 2:11 — “Ninguna levadura ni miel en ninguna ofrenda”
Enseña que nada corrupto ni artificial debe mezclarse con lo que se ofrece a Dios, al declarar que no se permita “ni levadura ni miel en ninguna ofrenda”. Doctrinalmente, la levadura representa aquello que, aunque pequeño y oculto, se infiltra y altera toda la masa, simbolizando el pecado, la hipocresía o la corrupción interior que distorsiona la adoración verdadera. La miel, aunque naturalmente dulce, fermenta y se descompone, enseñando que incluso lo que parece placentero o atractivo puede introducir corrupción cuando se presenta como sustituto de la santidad. Así, el Señor instruye que la adoración no debe apoyarse en emociones superficiales, excesos sensoriales o mezclas humanas que desvíen el enfoque espiritual. Este versículo afirma que Dios busca una devoción pura, sin contaminación moral ni adornos engañosos, donde el corazón no esté dividido ni disfrazado. En conjunto, Levítico 2:11 enseña que la consagración auténtica requiere pureza interior, sinceridad y reverencia, recordando que Dios no acepta ofrendas endulzadas por conveniencia ni fermentadas por compromisos con el mundo, sino una entrega limpia, íntegra y centrada únicamente en Él.
“Algunos piensan que la razón principal por la que estas dos cosas, la levadura y la miel, estaban prohibidas, era porque los gentiles las usaban mucho en sus sacrificios, y el pueblo de Dios no debía aprender ni usar las costumbres de los paganos, sino que su servicio debía ser lo opuesto a los servicios idólatras; véase Deuteronomio 12:30–31. Algunos aplican esta doble prohibición de la siguiente manera: la levadura significa tristeza y aflicción del espíritu (Salmos 73:21: ‘se llenó de amargura mi corazón’); la miel significa placer sensual y alegría mundana. En nuestro servicio a Dios, ambos extremos deben evitarse, y debe mantenerse un equilibrio entre ellos; porque la tristeza del mundo produce muerte, y el amor a los placeres de los sentidos es un gran enemigo del amor santo”. (Comentario de Matthew Henry)
Levítico 2:12–13 — “Toda ofrenda de las primicias… sazonarás con sal”
Enseña que toda relación de convenio con Dios debe estar marcada por fidelidad, permanencia y consagración consciente, al declarar que las primicias se ofrecerían al Señor y que toda ofrenda debía ser “sazonada con sal”. Doctrinalmente, las primicias representan reconocer a Dios como el origen de toda bendición antes de disfrutar plenamente de ella; ofrecer lo primero es un acto de fe que afirma que la provisión futura depende del Señor y no solo del esfuerzo humano. La sal, por su naturaleza preservadora e incorruptible, simboliza la durabilidad del convenio: así como la sal evita la descomposición, el convenio con Dios preserva espiritualmente al creyente y lo mantiene firme frente a la corrupción del mundo. Al exigir que ninguna ofrenda careciera de “la sal del convenio”, el Señor enseña que la adoración verdadera no es momentánea ni emocional, sino constante, comprometida y sostenida en el tiempo. Este pasaje apunta finalmente a Jesucristo, las verdaderas primicias de la resurrección, y afirma que toda ofrenda aceptable debe estar vinculada a una relación viva y fiel con Dios, una relación que no se disuelve con las circunstancias, sino que permanece firme por la lealtad del corazón y la constancia del convenio.
Las primicias habrían incluido grano, uvas, higos, dátiles, etc. Los sacerdotes debieron apreciar estas ofrendas como una bienvenida alternativa al pan sin levadura.
También se requería que los judíos trajeran las primeras gavillas de las cosechas como ofrenda al Señor. Parte de ellas se ofrecía como holocausto y el resto era para los sacerdotes. La sal era obligatoria en toda ofrenda como conservante. Los judíos de Galilea entendían esto cuando el Maestro les enseñó:
“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres”
(Mateo 5:13).
El término primicias vuelve a señalar a Cristo como “las primicias de los que durmieron”. Como dijo Pablo:
“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho”
(1 Corintios 15:20).
Levítico 2:13 — “La sal del convenio de tu Dios… con todas tus ofrendas ofrecerás sal”
Declara que “la sal del convenio de tu Dios” debía acompañar toda ofrenda, enseñando que ninguna adoración es completa si no está anclada en un convenio duradero con el Señor. Doctrinalmente, la sal simboliza permanencia, fidelidad y preservación: así como la sal evita la corrupción, el convenio con Dios preserva espiritualmente al creyente y lo guarda firme en medio de un mundo cambiante. Al exigir que todas las ofrendas llevaran sal, el Señor afirma que cada acto de consagración —grande o pequeño— debe expresar lealtad constante y compromiso sostenido, no devoción ocasional. La “sal del convenio” recuerda que Dios no busca gestos aislados, sino una relación viva y perseverante, en la que el adorador se compromete a permanecer fiel incluso cuando el sacrificio cuesta. Este principio apunta a Jesucristo, en quien los convenios hallan su cumplimiento, y enseña que toda ofrenda aceptable es aquella que se presenta con un corazón decidido a permanecer, a guardar y a perseverar en la alianza santa con Dios.
“En el mundo antiguo, ingerir sal era una manera de hacer un acuerdo legalmente vinculante. Si dos partes entraban en un acuerdo, comían sal juntas en presencia de testigos, y ese acto sellaba el contrato. El discurso del rey Abías en 2 Crónicas 13:5 menciona precisamente un convenio de sal: ‘¿No sabéis vosotros que Jehová, Dios de Israel, dio el reino a David y a sus hijos para siempre, bajo pacto de sal?’. Aquí, Abías se refiere a la promesa firme y legalmente vinculante de Dios de dar Israel a David y a sus descendientes para siempre.
“La ley del Antiguo Testamento manda usar sal en todas las ofrendas de grano y deja claro que la ‘sal del convenio’ no debía faltar en ellas (Levítico 2:13). Como los sacerdotes levíticos no tenían tierras propias, Dios prometió proveerles por medio de los sacrificios del pueblo, y llamó a esta promesa de provisión un ‘convenio de sal’ (Números 18:19). La sal siempre ha sido conocida por sus propiedades conservadoras, y también es posible que Dios instruyera su uso para que la carne durara más tiempo y tuviera mejor sabor, aumentando así su valor para los sacerdotes que dependían de ella para su alimento diario.
“La idea de un convenio de sal tiene un gran significado debido al valor de la sal. Hoy en día, la sal es fácil de conseguir y no la necesitamos como conservante debido a la refrigeración. Pero para la gente de la época de Jesús, la sal era un recurso importante y valioso. Por eso, cuando Jesús dijo a Sus discípulos que ellos eran ‘la sal de la tierra’, quiso decir que los creyentes tienen valor en este mundo y deben ejercer una influencia preservadora (Mateo 5:13).
“El convenio de sal no se define explícitamente en la Biblia, pero podemos inferir, a partir del valor de la sal y de los contextos en los que se menciona, que tiene mucho que ver con el cumplimiento de las promesas y con la buena voluntad de Dios hacia el hombre”.
























