Levítico 4
Introducción
¿Solo otro capítulo aburrido de Levítico? ¿Es eso lo que estás pensando? Espera un momento. Este capítulo es grande, muy grande. Nos enseña más acerca de la absolución del pecado que cualquier clase de Escuela Dominical a la que hayamos asistido. Normalmente pensamos en el perdón basándonos en un modelo que mira hacia atrás, hacia la Expiación de Cristo. Este capítulo nos brinda la oportunidad de considerar el perdón desde un modelo completamente diferente: uno que mira hacia adelante, anticipando la Expiación de Cristo. Sí, es crudo; es sangriento; pero contiene lecciones profundas sobre la relación entre el pecado y la muerte, entre el arrepentimiento y la sangre, sobre la justificación por el Espíritu, sobre el papel del sacerdote en el proceso del arrepentimiento y sobre la Expiación de Jesucristo.
Levítico 4:3 — “Un becerro sin defecto… para expiación por el pecado”
Enseña que el pecado, especialmente cuando procede de quien ha sido llamado a servir en autoridad sagrada, requiere una expiación que refleje la seriedad de la transgresión y la santidad del llamamiento, al mandar ofrecer “un becerro sin defecto… para expiación por el pecado”. Doctrinalmente, el becerro —la ofrenda más costosa— subraya que a mayor luz, mayor responsabilidad, y que el pecado cometido con conocimiento contamina no solo al individuo, sino a la comunidad que representa. El requisito de que sea “sin defecto” reafirma que la expiación solo puede realizarse mediante algo puro e inocente, anticipando al sacrificio perfecto de Jesucristo, quien, sin pecado alguno, tomaría sobre Sí las culpas de otros. Este versículo enseña que el arrepentimiento verdadero no minimiza la falta ni busca atajos; reconoce el peso del pecado, acepta el costo de la reconciliación y se somete humildemente al medio que Dios ha provisto. Así, Levítico 4:3 afirma que la expiación no es un gesto simbólico superficial, sino una provisión misericordiosa y exigente que prepara al corazón para comprender la necesidad absoluta del sacrificio santo y perfecto del Hijo de Dios.
Antes de poder presentar el sacrificio, primero debes reconocer que has cometido pecado; el reconocimiento es el primer paso. Poner el pecado simbólicamente sobre la cabeza del animal quita el peso del pecado de tus hombros. Matar el animal a la puerta del tabernáculo equivale a una confesión, una manera de decir: “He cometido pecado y necesito arrepentirme. Reconozco mi transgresión delante de todo Israel, delante del sacerdote y delante de Dios”.
La ordenanza demuestra la importancia del reconocimiento, la confesión y el recuerdo, pues “en esos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados” (Hebreos 10:3). Como dijo Pablo:
“Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:20–21).
Levítico 4:3 — “Si el sacerdote ungido pecare”
Declara con sobriedad que “si el sacerdote ungido pecare”, enseñando que ningún llamamiento, por sagrado que sea, coloca a una persona por encima de la ley de Dios ni la exime de responsabilidad espiritual. Doctrinalmente, este pasaje afirma que cuanto mayor es la autoridad y la luz recibidas, mayor es también el impacto del pecado y, por tanto, mayor la necesidad de arrepentimiento humilde y público. El pecado del sacerdote no era solo una falta personal, sino una contaminación que afectaba al pueblo al que representaba, revelando que el liderazgo espiritual implica una mayordomía moral profunda. Lejos de minimizar la debilidad humana, la ley reconoce que incluso los ungidos pueden errar, pero enseña que Dios ha provisto un camino de expiación también para ellos. Así, este versículo une justicia y misericordia: exige rendición de cuentas a quienes presiden en lo sagrado y, al mismo tiempo, testifica que el Señor no abandona a Sus siervos cuando fallan, sino que los llama al arrepentimiento para que aprendan que toda autoridad verdadera se sostiene únicamente en la santidad, la humildad y la dependencia constante de la gracia divina.
La ley de Moisés exigía un estándar más alto al sacerdote ungido que al miembro común del pueblo (véase vv. 27–35). Esto concuerda con el principio:
“Porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará” (Lucas 12:48; DyC 82:3).
“La gravedad del pecado del sumo sacerdote se subraya aún más en los versículos 4–7, tanto por el animal de gran valor que debía ofrecer como por la disposición de rociar su sangre sobre el velo y el altar del incienso. El becerro es el animal más grande jamás prescrito para la ofrenda por el pecado. La única otra ocasión en que se requería era cuando toda la nación había pecado. El rociar la sangre dentro del Lugar Santo indica que la contaminación causada por el pecado del sacerdote era más grave que la de un laico, cuyo pecado solo requería la purificación del altar del holocausto”. (Gordon J. Wenham, The Book of Leviticus, 1979, p. 97)
Levítico 4:6 — “Rociará de aquella sangre siete veces delante de Jehová, delante del velo del santuario”
Enseña de manera profundamente simbólica que el pecado crea una separación real entre el hombre y la presencia de Dios, al requerir que la sangre sea rociada “siete veces delante de Jehová, delante del velo del santuario”. Doctrinalmente, el velo representa la barrera que impide el acceso directo a la presencia divina, una barrera que existe a causa del pecado; el hecho de que la sangre se rocíe delante del velo —y no más allá de él— recuerda que el hombre no puede atravesar por sí mismo esa separación. El número siete, símbolo de plenitud y totalidad, enseña que la expiación debe ser completa conforme al orden divino, no parcial ni improvisada. La sangre, símbolo de vida inocente entregada, declara que solo mediante sacrificio vicario puede comenzarse el proceso de reconciliación. Este acto anticipa poderosamente a Jesucristo, cuya sangre sería el único medio capaz de rasgar el velo y abrir el camino a la presencia del Padre. Así, Levítico 4:6 afirma que el perdón no ignora la distancia creada por el pecado, sino que la enfrenta con justicia y misericordia, enseñando que solo por medio de la sangre aceptada por Dios puede restaurarse el acceso a Su presencia.
La sangre de la ofrenda por el pecado era llevada por el sacerdote desde la puerta del tabernáculo, pasando el altar, hasta el Lugar Santo —donde estaban el altar del incienso, el candelabro y la mesa de los panes de la proposición— y hasta el velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo. Allí se rociaba la sangre delante del velo, como para recordar al sacerdote que sus pecados son la razón por la cual existe el velo en primer lugar. El velo, al igual que el pecado, nos separa de la presencia de Dios. La sangre de Cristo se convierte en el único medio para atravesar el velo.
Mientras el sacerdote rociaba la sangre delante del velo, bien podría recordarse la siguiente súplica del Redentor:
“Padre, he aquí los padecimientos y la muerte de aquel que no cometió pecado, en quien tú te complaciste; he aquí la sangre de tu Hijo que fue derramada, la sangre de aquel a quien diste para que tú mismo fueses glorificado; por tanto, Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida eterna” (DyC 45:4–5).
Levítico 4:12 — “Todo el becerro sacará fuera del campamento… y lo quemará al fuego”
Enseña de forma solemne que el pecado debe ser removido completamente del ámbito de lo santo, al mandar que “todo el becerro” sea sacado fuera del campamento y quemado al fuego. Doctrinalmente, este acto declara que el pecado no puede permanecer donde Dios habita ni influir en la comunidad del convenio; debe ser separado, expuesto y destruido. Sacar el sacrificio fuera del campamento simboliza la purificación del pueblo y la limpieza del espacio sagrado, enseñando que el arrepentimiento verdadero no tolera restos ocultos ni compromisos parciales. Al mismo tiempo, este gesto apunta proféticamente a Jesucristo, quien cargaría con el pecado del mundo y sufriría fuera de la ciudad, rechazado y apartado, para que el pueblo pudiera ser santificado. Así, Levítico 4:12 une justicia y misericordia: el pecado es tratado con severidad absoluta, pero el pecador es preservado por medio de un sustituto. El fuego que consume el sacrificio enseña que Dios no solo cubre el pecado, sino que lo elimina, preparando al creyente para comprender que la expiación verdadera no consiste en ocultar la culpa, sino en permitir que Dios la quite por completo y restaure la santidad del corazón y de la comunidad.
Simbolismo #1: El sacerdote debía limpiar el campamento del pecado, sacar el pecado fuera del campamento para que no influyera ni afectara a los justos, purificando así el interior del pueblo.
Simbolismo #2: Cuando Cristo sufrió por el pecado, fue crucificado fuera de los muros de la ciudad y lejos del santo templo, como si no fuera digno.
“Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:12–13).
Levítico 4:15 — “Será degollado el becerro delante de Jehová”
Declara con gravedad que el pecado no es una abstracción espiritual ni una simple falta administrativa, sino una realidad que exige una respuesta seria ante la justicia divina. Doctrinalmente, el hecho de que la muerte ocurra delante de Jehová subraya que el arrepentimiento verdadero se lleva a cabo en la plena conciencia de la presencia de Dios, sin excusas ni ocultamientos. La vida que se quita al animal inocente testifica que la paga del pecado es muerte, y que toda transgresión, si no fuera por la provisión divina, recaería finalmente sobre el pecador mismo. Este acto no pretendía endurecer el corazón, sino despertarlo: grabar en la mente del pueblo que el pecado siempre cobra un precio real. Sin embargo, al permitir que la muerte recaiga sobre un sustituto, Dios revela Su misericordia y anticipa la Expiación de Jesucristo, quien sería el sacrificio definitivo ofrecido delante del Padre. Así, Levítico 4:15 enseña que la justicia de Dios no se suspende, pero sí es satisfecha por medio de un sacrificio vicario, preparando al creyente para comprender que la vida reconciliada con Dios solo es posible porque Otro estuvo dispuesto a morir en nuestro lugar.
A quienes enfatizan la misericordia suele resultarles difícil aceptar la matanza de animales bajo la ley del sacrificio. Sin embargo, la brutalidad de la muerte enseña un principio olvidado acerca del pecado. Como enseñó Pablo:
“La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).
Para enseñar este principio, el Señor mandó que el castigo por varios pecados fuera la muerte:
- El que hiriere a alguno y causare su muerte… ciertamente morirá (Éxodo 21:12).
- El que hiriere a su padre o a su madre… ciertamente morirá (Éxodo 21:15).
- El que maldijere a su padre o a su madre… ciertamente morirá (Éxodo 21:17).
- El que robare a un hombre y lo vendiere… ciertamente morirá (Éxodo 21:16).
- El que sacrificare a otros dioses, excepto a Jehová… será destruido (Éxodo 22:20).
“El ocuparse de la carne es muerte” (Romanos 8:6).
Jacob enseñó lo que sucedería si no existiera la Expiación. Sin ella, todos quedaríamos sujetos a las consecuencias del pecado: la muerte y el infierno. Afortunadamente, Dios, mediante la Expiación, “libra a sus santos del terrible monstruo, el diablo, y de la muerte y el infierno” (2 Nefi 9:19).
Como pecadores, no tenemos forma de solucionar el problema que nuestros pecados han creado. Nunca podríamos pagar la deuda que tenemos con Dios. ¿Cómo podríamos hacerlo sin una expiación? Lo más cercano sería presentarnos ante Dios y decir: “Toma mi vida, Padre, porque he pecado. Permite que mi mancha sea borrada mediante el derramamiento de mi sangre delante de ti. ¿Qué puedo dar a cambio de mi pecado? Nada, excepto mi propia vida. Y aun eso no es suficiente, porque tú me has dado todas las cosas, incluso la vida misma. Dios da y Dios quita. Tú me concediste la vida; por tanto, quítala para pagar mi deuda a la justicia”.
En lugar de lo que nosotros —o los hijos de Israel— merecíamos, es decir, la pena de muerte por el pecado grave, Dios fue misericordioso y permitió que los pecados fueran colocados sobre la cabeza del becerro. En este caso, se trataba de los pecados de toda la congregación puestos sobre un solo animal para hacer expiación por todo el grupo. Matar al becerro resultaba mucho mejor que la ejecución de cada pecador en el campamento de Israel.
Levítico 4:20 — “Y el sacerdote hará expiación por ellos, y les será perdonado”
Proclama una verdad central del Evangelio al declarar que “el sacerdote hará expiación por ellos, y les será perdonado”, enseñando que el perdón no es un sentimiento subjetivo ni una autojustificación, sino un don divino otorgado conforme al orden que Dios ha establecido. Doctrinalmente, el versículo une tres realidades inseparables: la autoridad sacerdotal, el sacrificio expiatorio y el acto misericordioso del perdón. El sacerdote actúa como mediador autorizado, no como fuente del perdón, mostrando que la reconciliación con Dios ocurre cuando el pecador se somete humildemente al camino revelado por el Señor. La frase “les será perdonado” es una declaración objetiva y segura: el arrepentimiento sincero, acompañado de fe y obediencia, produce un resultado real ante Dios. Este pasaje apunta directamente a Jesucristo, el gran Sumo Sacerdote, quien realizaría la expiación perfecta y definitiva, haciendo posible que el perdón no fuera solo ritual o temporal, sino completo y eterno. Así, Levítico 4:20 enseña que Dios no solo señala el pecado, sino que provee activamente el medio para borrarlo, revelando a un Dios justo que exige orden y a la vez misericordioso que desea restaurar plenamente a Su pueblo.
La palabra expiación aparece solo una vez en todo el Nuevo Testamento (Romanos 5:11), pero aparece tres veces solo en este capítulo. En los tres casos, es el sacerdote quien, por medio de la ordenanza de la ofrenda por el pecado, hace expiación por el pecador. Cada vez, el texto declara: “les será perdonado” (vv. 20, 26, 35).
Expiación significa llegar a ser uno con Dios, cerrar la brecha causada por el pecado, pagar la deuda, ser limpiado del pecado al colocar vicariamente el pecado sobre la cabeza del animal. Todo este sistema de perdón apunta al Sumo Sacerdote definitivo, Jesucristo, quien se ofreció a Sí mismo como sacrificio por el pecado.
“Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2).
“Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos… porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados… [sin embargo] somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero este (Jesús), habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados…” (Hebreos 9:28–10:12).
Charles W. Penrose: ¿No sufrió Jesucristo por todos conforme al principio de una expiación vicaria? Sobre este principio de sustitución descansa todo el plan de la redención humana. Sin ese principio, cada persona tendría que pagar la pena de sangre y muerte, porque la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), y “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), y “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22).
Cristo murió por ti, por mí y por toda la humanidad, con la condición de que aceptaran Su Evangelio. Murió “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). El que no conoció pecado murió por los que habían pecado (2 Corintios 5:21). Aquí, entonces, se manifiesta el principio de sustitución en la muerte vicaria de Jesucristo, tal como fue tipificado en las ordenanzas y sacrificios dados en la ley de mandamientos carnales. (Journal of Discourses, 22:155, 17 de julio de 1881)
Levítico 4:27 — “Si alguno del pueblo pecare por yerro”
Enseña que Dios distingue entre la debilidad humana y la rebelión deliberada al declarar: “Si alguno del pueblo pecare por yerro”, mostrando que el Señor conoce la condición mortal de Sus hijos y provee misericordia para los errores cometidos sin intención consciente. Doctrinalmente, este versículo afirma que el pecado por ignorancia o descuido sigue siendo pecado —y por tanto requiere expiación—, pero no nace de un corazón endurecido ni desafiante. La ley reconoce que el ser humano aprende gradualmente, que puede fallar por falta de entendimiento, memoria o juicio, y que tales faltas deben llevar al arrepentimiento, no a la desesperación. Al proveer una ofrenda específica para este tipo de pecado, Dios enseña que el crecimiento espiritual implica corrección amorosa y responsabilidad continua, sin anular la esperanza. Este pasaje prepara el entendimiento para el Evangelio de Jesucristo, donde la gracia no elimina la necesidad de arrepentimiento, pero sí lo hace posible y accesible. Así, Levítico 4:27 revela a un Dios justo que no trivializa el pecado, pero también compasivo, que abre un camino de perdón para quienes yerran sin malicia y están dispuestos a volver humildemente a Él.
Aquí el texto se refiere a la ofrenda por el pecado de una persona que ha cometido un pecado de manera involuntaria. Tal vez fue un descuido momentáneo, una falta de juicio, o quizá olvidó el mandamiento hasta que alguien se lo señaló. Ninguno de los hijos de Israel tenía su propia copia de la ley de Moisés, por lo que había muchas oportunidades de olvidarla.
Esta ignorancia es muy distinta de una desobediencia deliberada y premeditada a la ley de Dios. Hebreos 10:26 declara:
“Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados… ¿cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteó al Hijo de Dios y tuvo por inmunda la sangre del convenio con la cual fue santificado?”
Levítico 4:30 — “Y el sacerdote tomará de la sangre con su dedo”
Enseña que el perdón del pecado es un acto personal, deliberado y mediado conforme al orden divino, al indicar que “el sacerdote tomará de la sangre con su dedo”. Doctrinalmente, el uso del dedo subraya intención y cuidado: la expiación no se aplica de manera impersonal o mecánica, sino con precisión y conciencia espiritual. La sangre, símbolo de vida inocente ofrecida, representa el poder purificador que Dios ha designado para limpiar al pecador, mientras que la acción del sacerdote afirma que la reconciliación ocurre bajo autoridad y conforme a un patrón revelado. Este gesto íntimo y solemne enseña que el perdón no ignora la justicia, sino que la satisface mediante un medio provisto por Dios. Así, el versículo anticipa a Jesucristo, el Sumo Sacerdote perfecto, cuya sangre sería aplicada con pleno conocimiento y amor para justificar y santificar al creyente, mostrando que la gracia divina se extiende de manera intencional, específica y suficiente para limpiar verdaderamente el corazón arrepentido.
“La sangre, en el mundo antiguo y moderno, es un símbolo de la vida, tanto de la vida mortal como de la vida espiritualmente redimida. Era un símbolo del poder salvador de Dios extendido a las personas mediante el convenio. ‘Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona’” (Levítico 17:11).
¿Qué debemos pensar acerca de la sangre del sacrificio? El sacrificio de animales no es la única ordenanza en la que la sangre tiene un significado simbólico. Recordemos la palabra del Señor a Adán:
“Por cuanto nacisteis al mundo por agua, y sangre, y espíritu… así también debéis nacer de nuevo en el reino de los cielos, por agua y por el Espíritu, y ser limpiados por la sangre, sí, la sangre de mi Unigénito; para que seáis santificados de todo pecado.
Porque por el agua guardáis el mandamiento; por el Espíritu sois justificados, y por la sangre sois santificados” (Moisés 6:59–60).
Así, Adán fue llevado por el Espíritu y bautizado en agua para cumplir el mandamiento de Dios. La ordenanza del bautismo es tan relevante hoy como lo fue cuando Adán fue bautizado, pero no sucede lo mismo con el sacrificio de animales. Consideremos el simbolismo: el espíritu del animal se separa en el sacrificio y simboliza al Espíritu Santo; la sangre del animal se derrama, simbolizando la sangre de Cristo. Podríamos aplicar a la ordenanza del sacrificio animal la misma regla que el Señor aplicó al bautismo: por el sacrificio se guarda el mandamiento; por el Espíritu se es justificado, y por la sangre se es santificado.
Hemos citado a Pablo, quien entendió sabiamente: “Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4).
Por supuesto que no; todo era simbólico. Podríamos decir lo mismo hoy: no es posible que el pan y el agua de la Santa Cena quiten los pecados. No es la ordenanza de la Santa Cena la que santifica, sino el recordar y comprometerse con Cristo. No es la ordenanza la que salva, sino el Espíritu el que justifica. Lo mismo ocurría con la Santa Cena que con el sacrificio de animales. Si la mente de la persona no se vuelve a Dios, si el corazón no está quebrantado y el espíritu no es contrito, ¿cómo puede la ordenanza tener valor ante Dios? Sin una actitud de gratitud reverente, Dios no se complace “en holocaustos ni en sacrificios por el pecado” (Hebreos 10:6).
Dale G. Renlund: El sacrificio de Jesucristo por el pecado y la salvación de la muerte espiritual están disponibles para todos los que tengan un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Un corazón quebrantado y un espíritu contrito nos impulsan a arrepentirnos con gozo y a procurar llegar a ser más como nuestro Padre Celestial y Jesucristo. Al hacerlo, recibimos el poder purificador, sanador y fortalecedor del Salvador. No solo actuamos con justicia y caminamos humildemente con Dios, sino que también aprendemos a amar la misericordia como lo hacen el Padre Celestial y Jesucristo.
(Conferencia General, octubre de 2020, “Practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con Dios”).
























