Levítico

Levítico 8


El Tabernáculo de Moisés como tipo de los templos de los últimos días

El Tabernáculo de Moisés es un templo del Sacerdocio Aarónico, establecido conforme a la ley menor. A él pertenecen de manera específica:

  • Convenios
  • Señales (tokens)
  • Ordenanzas
  • Sacrificio
  • Simbolismo
  • Lavamiento y unción
  • Vestimenta del templo
  • Bendiciones y maldiciones

Los templos de los últimos días son templos del Sacerdocio de Melquisedec, establecidos conforme a la ley mayor. A ellos pertenecen de manera específica:

  • Convenios
  • Señales (tokens)
  • Ordenanzas
  • Sacrificio
  • Simbolismo
  • Lavamiento y unción
  • Vestimenta del templo
  • Bendiciones y maldiciones

(Referencias: Hebreos 7–9:1; Génesis 17:1–11; Éxodo 29; Levítico 26; Deuteronomio 28; Jeremías 31:31; Mosíah 5:5; Mosíah 18:8–11; 3 Nefi 9:19–20; DyC 42:66–67; DyC 124:47–48; DyC 130:20–21; DyC 132:4–6)

El mundo piensa que los mormones son extraños debido a la manera peculiar en que adoramos en los templos. Antes no sabían lo que allí ocurría, pero ahora todo está disponible en internet. En consecuencia, el lenguaje relacionado con el lavamiento y la unción fue ajustado para mostrar que nuestros templos en realidad siguen el modelo antiguo, un modelo que el resto del cristianismo ha olvidado.

Levítico 8 y Éxodo 29 muestran que las ordenanzas de lavamiento, unción y vestimenta son muy similares:

“Y llevarás a Aarón y a sus hijos a la puerta del tabernáculo de reunión, y los lavarás con agua. Y tomarás las vestiduras y vestirás a Aarón… Luego tomarás el aceite de la unción y lo derramarás sobre su cabeza, y lo ungirás” (Éxodo 29:4–7).

Este modelo antiguo se sigue ahora conforme al Sacerdocio de Melquisedec en los templos actuales.

La adoración en el templo tiene como propósito apartarnos de este mundo inicuo. La vestimenta y las ordenanzas son diferentes porque los caminos de Dios son más altos que los caminos del hombre. Para algunos pueden parecer extraños. Para los israelitas también lo eran. Prueba de ello se observa en el lenguaje que describe el “cinto curioso”, que probablemente era el equivalente a nuestro delantal del templo. Para ellos era curioso. Para nosotros, la vestimenta del templo también puede resultar curiosa, especialmente al principio.

Los detractores y los incrédulos desean que Dios y Sus caminos se conformen a sus propias normas mundanas. No aceptan lo que no tiene sentido para la mente carnal, “porque la mente carnal es enemistad contra Dios; pues no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7).


Levítico 8:6 “Moisés hizo acercar a Aarón y a sus hijos, y los lavó con agua”

Enseña que el servicio en lo sagrado comienza con purificación y preparación ordenada por Dios, al declarar que Moisés hizo acercar a Aarón y a sus hijos y “los lavó con agua”. Doctrinalmente, este acto afirma que nadie puede ministrar delante del Señor sin antes ser limpiado, no solo físicamente, sino espiritualmente, mostrando que la santidad no es inherente al llamamiento, sino resultado de un proceso divinamente establecido. El lavamiento precede a la vestidura y a la unción, enseñando que antes de recibir autoridad, poder y gloria espiritual, el siervo de Dios debe ser purificado de toda impureza. El hecho de que Moisés realice el lavamiento subraya que la preparación para el sacerdocio no es autoadministrada, sino conferida bajo autoridad revelada. Este versículo apunta a una verdad permanente: Dios acerca a Sus siervos a Su presencia mediante ordenanzas que limpian, consagran y capacitan, preparando el corazón y la vida para representar dignamente al pueblo ante Él y actuar en Su nombre con pureza, humildad y dependencia total de Su gracia.

Creemos que un hombre debe ser llamado por Dios, como lo fue Aarón. También creemos que un sacerdote debe ser lavado, vestido y ungido, como lo fue Aarón. Para la obra del templo, no basta con ser llamado por revelación; debe haber una ordenación al sacerdocio y un lavamiento y una unción. Para representar al pueblo ante Dios, el sacerdote debe ser limpiado del pecado, ungido para santidad y vestido con las vestiduras del santo sacerdocio.

“Aquellos que llevaban los ‘utensilios del Señor’ eran los sacerdotes que ministraban en el lugar santo. Antes de poder llevar los utensilios, es decir, antes de poder representar al Señor en Su comisión, era necesario que fueran lavados, ungidos y vestidos con las vestiduras del sacerdocio. Esta preparación ritual estaba cargada de significado; el lavamiento representaba claramente la necesidad de estar limpios tanto física como espiritualmente para poder representar al Señor. La unción con aceite representaba el derramamiento del Espíritu. Naturalmente se sigue que, si las personas han de representar adecuadamente al Señor, deben estar llenas de Su Espíritu, requisito que demanda limpieza. Solo entonces podían ser vestidos con las vestiduras del sacerdocio, pues solo entonces serían dignos del manto o autoridad del Señor”. (Joseph Fielding McConkie y Donald W. Parry, A Guide to Scriptural Symbols, Introducción)


Levítico 8:7 “La túnica… el cinto… el manto… el efod”

Enseña que, una vez purificado, el siervo del Señor debe ser revestido conforme al orden divino para representar dignamente a Dios y a Su pueblo, al describir que Aarón fue vestido con “la túnica… el cinto… el manto… el efod”. Doctrinalmente, estas vestiduras no eran simples prendas ceremoniales, sino símbolos visibles de una nueva identidad, responsabilidad y autoridad sagrada. Cada pieza indicaba que el sacerdote ya no actuaba en nombre propio, sino investido con un llamamiento santo, apartado del uso común y dedicado completamente al servicio de Jehová. Ser vestido por otro —y no vestirse a sí mismo— enseña que la autoridad y el honor en el reino de Dios no se toman, sino que se reciben conforme a la voluntad divina. Las vestiduras cubren, ordenan y distinguen, mostrando que Dios no solo limpia al que llama, sino que también lo protege y lo define mediante convenios y deberes específicos. Así, Levítico 8:7 afirma que servir en lo sagrado implica asumir una identidad nueva, vivir conforme a ella y recordar constantemente que quien viste las ropas del sacerdocio debe reflejar en su conducta la santidad, el orden y la dignidad del Dios a quien representa.

(imagen del sumo sacerdote judío)


Levítico 8:8 “Le puso el pectoral; y puso en el pectoral el Urim y el Tumim”

Enseña que el sacerdocio no solo requiere pureza y vestiduras sagradas, sino también acceso autorizado a la revelación, al indicar que Moisés puso sobre Aarón el pectoral y colocó en él el Urim y el Tumim. Doctrinalmente, el pectoral, llevado sobre el corazón, simboliza que quienes representan al pueblo delante de Dios deben hacerlo con discernimiento divino y responsabilidad espiritual, llevando a Israel simbólicamente ante el Señor. El Urim y el Tumim, asociados con “luces y perfecciones”, enseñan que el juicio justo y la dirección correcta no proceden de la sabiduría humana, sino de la revelación que Dios concede a Sus siervos escogidos. Este pasaje afirma que el liderazgo en el reino de Dios no se sostiene solo por autoridad administrativa, sino por comunicación viva con el cielo. Así, Levítico 8:8 establece que el sacerdocio verdadero actúa con el corazón consagrado y la mente iluminada por Dios, anticipando el principio eterno de que el Señor guía a Su pueblo mediante revelación otorgada a quienes Él ha llamado y preparado para llevar Su voluntad delante de los hombres.

Hubo cuatro Urim y Tumim conocidos: el del hermano de Jared, el de Abraham, el de Mosíah y el de Aarón (véanse Éter 3:21–28; Abraham 3:1–4; Mosíah 21:26–28; y Éxodo 28:30). Presumiblemente, Moisés recibió estas piedras del Señor mientras estaba en el Sinaí. La revelación moderna es responsable de que conozcamos tres de estos cuatro. En la Biblia, Éxodo 28 y Levítico 8 nos introducen la idea de piedras revelatorias especiales, cuyo significado literal es “luces y perfecciones”, aunque una traducción más útil para nuestros propósitos es “revelación y verdad” (Josefo, Antigüedades de los judíos, p. 77, nota al pie).

Los Santos de los Últimos Días están muy familiarizados con el papel de los profetas, la importancia de los videntes y la relación entre instrumentos divinos y revelación, puesto que “la posesión y el uso de estas piedras era lo que constituía a los ‘videntes’ en los tiempos antiguos” (José Smith—Historia 1:35).

Resulta interesante considerar lo que dicen las tradiciones judías y cristianas acerca del Urim y Tumim de Aarón.

“El Urim y Tumim era un instrumento para obtener la decisión de Dios en cuestiones importantes para las cuales el juicio humano se consideraba insuficiente, tales como acciones militares, asignación de tierras, veredictos legales en ausencia de pruebas y la elección de líderes”. (The Jewish Study Bible, 2.ª ed., 2014, p. 164)

La idea de que las piedras se usaban para recibir revelación directa se conserva; sin embargo, algunos han pensado que su uso era parecido a echar suertes. Si el sacerdote sacaba una piedra del bolsillo del pectoral, significaba “sí”, y si sacaba la otra, significaba “no”.

“…el Urim y Tumim era un instrumento para echar suertes (véanse Números 27:21; 1 Samuel 14:41–42, etc.). Tal instrumento solo podía responder ‘sí’ o ‘no’ a las preguntas; pero desde los tiempos más antiguos, como implican las tradiciones de Moisés, era deber del guardián del santuario declarar la voluntad del Señor o enseñar Su ley”. (The Interpreter’s Bible, vol. 2, 1952, p. 40)

Josefo, por otra parte, conserva la función milagrosa y revelatoria de las piedras:

“En cuanto a aquellas piedras que el sumo sacerdote llevaba sobre los hombros, que eran sardónices… una de ellas resplandecía cuando Dios estaba presente en los sacrificios; me refiero a la que estaba en el hombro derecho, de la cual salían rayos brillantes, visibles incluso para los que estaban más lejos… Y aún más maravilloso es esto: Dios anunciaba de antemano, por medio de aquellas doce piedras que el sumo sacerdote llevaba en su pecho, y que estaban engastadas en el pectoral, cuándo serían victoriosos en la batalla; pues un gran resplandor salía de ellas antes de que el ejército comenzara a marchar, de modo que todo el pueblo percibía que Dios estaba presente para ayudarles… Por esta razón, los griegos, que tenían veneración por nuestras leyes, llamaron a ese pectoral el Oráculo. Ahora bien, este pectoral y estas sardónices dejaron de resplandecer unos doscientos años (hacia 135 a.C.) antes de que yo escribiera este libro, porque Dios se había disgustado por las transgresiones de Sus leyes”.
(Josefo, Antigüedades de los judíos, libro 3, 8:9)

Orson Pratt: Era un don (el don de ser vidente/profeta) que se ejercía en los días de Moisés entre la casa de Israel; era un don dado especialmente a Aarón… La razón de esto era que Aarón había sido designado juez entre los hijos de Israel, ocupando un lugar similar al que ocupa hoy el Presidente del Obispado en la Iglesia. Pero él fue bendecido por encima de quienes han sido ordenados a ese mismo llamamiento en esta dispensación, porque estaba en posesión del Urim y Tumim, y en virtud de ese instrumento podía inquirir del Señor respecto de cada caso que se le presentara para juicio.

El juicio del hombre es naturalmente débil e imperfecto, y puesto que Aarón debía juzgar al pueblo de Dios, era de suma importancia que todas sus decisiones se dieran con rectitud y sin imperfección; por esa razón el Señor dio instrucciones expresas a Aarón, por medio de su hermano Moisés, para que tuviera un pectoral. En ese pectoral había doce piedras que representaban a las doce tribus de Israel (Éxodo 28:15–21), y en el centro de esas hileras de piedras se colocó el Urim y Tumim; y cuando debía dictar juicio en algún asunto, consultaba al Señor por medio de él y podía dar decisiones conforme a la palabra del Señor. (Journal of Discourses, 19:206)


Levítico 8:9 “Puso la mitra sobre su cabeza… con la lámina de oro, la corona santa”

Enseña que el sacerdocio no solo consagra las manos para servir y el corazón para discernir, sino también la mente y la autoridad bajo la soberanía de Dios, al declarar que Moisés puso la mitra sobre la cabeza de Aarón con la lámina de oro, “la corona santa”. Doctrinalmente, la mitra sobre la cabeza simboliza que el pensamiento, el juicio y la voluntad del sacerdote deben estar sujetos al Señor, mientras que la lámina de oro —inscrita con santidad— declara públicamente a quién pertenece su autoridad. La “corona santa” no exalta al hombre, sino que recuerda que toda autoridad sacerdotal es delegada y debe ejercerse con humildad y obediencia absoluta a Dios. Colocada en lo más alto del cuerpo, esta señal enseña que la santidad no es solo conducta externa, sino una consagración total que gobierna la mente y orienta cada decisión. Así, Levítico 8:9 afirma que quien ministra delante de Jehová lo hace como representante visible de Su santidad, llevando sobre sí la responsabilidad de pensar, decidir y actuar conforme a la voluntad divina, anticipando el principio eterno de que el verdadero liderazgo espiritual se ejerce bajo la corona de la santidad y no del poder humano.


Levítico 8:12 “Derramó del aceite de la unción sobre la cabeza de Aarón, y lo ungió para santificarlo”

Enseña que la santidad requerida para ministrar delante de Dios no proviene solo del llamamiento ni de las vestiduras, sino del derramamiento del poder divino que consagra al siervo, al declarar que Moisés ungió a Aarón con el aceite de la unción “para santificarlo”. Doctrinalmente, la unción sobre la cabeza simboliza que la santificación desciende de Dios y envuelve por completo al que ha sido llamado, indicando que el sacerdote no actúa por capacidad natural, sino investido con poder espiritual. El aceite representa la presencia del Espíritu Santo, enseñando que nadie puede servir eficazmente en lo sagrado sin ser lleno de la influencia santificadora del Espíritu. Este acto no solo aparta a Aarón para un oficio, sino que lo transforma para ese oficio, declarando que el servicio aceptable ante Dios requiere una vida consagrada y una comunión constante con Él. Así, Levítico 8:12 afirma que el Señor no solo llama y prepara externamente a Sus siervos, sino que los santifica internamente, capacitándolos mediante Su Espíritu para actuar en santidad, autoridad y fidelidad delante de Él.

“Después de que Aarón y sus hijos fueron lavados y vestidos con las vestiduras del sacerdocio, debían ser ungidos. El aceite usado en la unción fue preparado conforme a instrucción divina. Consistía en una mezcla de cuatro especias con aceite de oliva puro. Este aceite también debía usarse para ungir todos los muebles del tabernáculo y de su atrio. No solo ellos debían ser santificados de ese modo, sino que ‘todo lo que los tocara’ también llegaría a ser santo. El carácter sagrado del aceite debía ser cuidadosamente protegido. Cualquiera que lo fabricara sin la debida autoridad o lo pusiera sobre personas no calificadas sería excomulgado (Éxodo 30:22–33)…

El aceite con el que los sacerdotes eran ungidos era entendido por los antiguos como una representación de la necesidad de que quienes iban en la comisión del Señor estuvieran llenos de Su Espíritu. Más directamente, la idea de la unción y el concepto de la santificación se asocian de manera constante en las Escrituras con la recepción del Espíritu Santo (Alma 13:12; 3 Nefi 27:20). El Espíritu Santo es el Santificador”. (Joseph Fielding McConkie, Gospel Symbolism, 1999, p. 115)


Levítico 8:30 “Moisés tomó del aceite de la unción y de la sangre… y lo roció sobre Aarón”

Enseña que el servicio aceptable delante de Dios requiere tanto justificación como santificación, al declarar que Moisés tomó del aceite de la unción y de la sangre y los roció sobre Aarón. Doctrinalmente, la unión de estos dos elementos revela una verdad esencial: el aceite, símbolo del Espíritu Santo, representa el poder que justifica, ordena y autoriza; la sangre, símbolo de vida inocente ofrecida, representa el poder que limpia y santifica. Ninguno de los dos es suficiente por sí solo; juntos enseñan que el siervo de Dios debe ser no solo autorizado, sino también purificado. El acto de rociar indica que esta santidad no se obtiene por esfuerzo humano, sino que es impartida desde afuera, conforme a la voluntad y al orden divino. Así, Aarón queda apartado completamente —mente, corazón y vida— para el servicio sagrado. Este versículo anticipa la obra de Jesucristo, por cuyo Espíritu somos justificados y por cuya sangre somos santificados, enseñando que toda ministración verdadera en el reino de Dios descansa en una transformación interior producida por la gracia divina y no solo en un llamamiento externo.

Ser justificado significa ser hecho recto ante una ley quebrantada. Ser santificado significa ser hecho santo y libre del pecado. Moisés registró: “por el Espíritu sois justificados, y por la sangre sois santificados” (Moisés 6:60). El aceite de la unción y la sangre rociados sobre Aarón y sus hijos tenían el propósito expreso de justificación y santificación.

Pablo utilizó este simbolismo al predicar a los hebreos:

Cuando Moisés hubo dicho todos los mandamientos conforme a la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el libro y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado.

Además, roció con sangre el tabernáculo y todos los utensilios del ministerio.

Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.

Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así, pero las cosas celestiales mismas con mejores sacrificios que estos…

Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que le esperan.
(Hebreos 9:19–23, 28)