La responsabilidad de los padres de enseñar el Evangelio en el hogar
Por élder Luis Ricardo Arbizú, Setenta de Área
A los padres les corresponde la principal responsabilidad de enseñar el Evangelio a sus hijos.
En los tiempos del Antiguo Testamento, el Señor mandó a Adán enseñar ‘estas cosas sin reserva a [sus] hijos’ (Moisés 6:58). Los hijos de Israel leían juntos las Escrituras (véase Nehemías 8:2-10).
Moisés les dio los ‘mandamientos, estatutos y decretos’ de Dios y les dijo: ‘repetirás [estas cosas] a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes’. (Deuteronomio 6:1, 7).
En la revelación moderna el profeta José Smith recibió lo siguiente en Doctrina y Convenios 68:25–28:
Y además, si hay padres que tengan hijos en Sion o en cualquiera de sus estacas organizadas, y no les enseñen a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años, el pecado será sobre la cabeza de los padres.
Porque esta será una ley para los habitantes de Sion, o en cualquiera de sus estacas que se hayan organizado.
Y sus hijos serán bautizados para la remisión de sus pecados cuando tengan ocho años de edad, y recibirán la imposición de manos.
Y también enseñarán a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor.
El Señor ha revelado por medio de sus profetas que esta responsabilidad de los padres es un mandamiento sagrado, ya sea que nuestra familia este compuesta por un padre y una madre o solo uno de ellos, debemos asumir esta sagrada responsabilidad con sumo cuidado ya que impacta no solo en los hijos sino en las generaciones por venir.
El élder M. Russell Ballard, del Quórum de los Doce Apóstoles, recalcó: “No podemos y no debemos permitir que la escuela, la comunidad, la televisión e inclusive las organizaciones de la Iglesia establezcan los valores de nuestros hijos. El Señor ha depositado ese deber en las manos de padres y madres y no podemos librarnos de él ni delegarlo. A pesar de que otras personas colaboren, los padres son los responsables.
Por tanto, debemos proteger la santidad de nuestros hogares ya que es allí donde los niños adquieren sus valores éticos y forman sus actitudes y hábitos para toda la vida”. (“Eduquemos a los niños”, Liahona, julio de 1991, pág. 86).
¿Cómo cumplimos con esta responsabilidad?
El siguiente resumen describe muchas de las cosas que los padres deben enseñar a sus hijos.
Las fuentes de consulta que puede utilizar para enseñar a sus hijos incluyen las Escrituras, las palabras de los profetas de los últimos días, las revistas de la Iglesia y otros materiales producidos por la Iglesia.
Los principios básicos del Evangelio
El Señor ha mandado a los padres que enseñen a sus hijos “a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años” (D. y C. 68:25).
Los padres deben enseñar a sus hijos en cuanto a la Expiación del Salvador, la naturaleza del sacerdocio y las ordenanzas de salvación, y la función central de las familias y del matrimonio eterno en el plan divino de la felicidad.
La oración
El Señor también ha mandado que los padres enseñen “a sus hijos a orar” (D. y C. 68:28). Es muy importante que los niños sepan que pueden hablar con nuestro Padre Celestial y procurar que les dirija.
Podemos enseñar que Dios siempre está listo para ayudarlos. Podemos apoyarlos para que aprendan a orar individualmente en la mañana, en la noche y en cualquier momento en que necesiten ayuda o deseen expresar agradecimiento. Además, podemos enseñarles en cuanto a la importancia de la oración familiar.
El estudio de las Escrituras
Recibiremos grandes bendiciones a medida que estudie individualmente el Evangelio y al estudiar las Escrituras todos los días con su familia; así podrá ayudar a que sus hijos amen las Escrituras y reconozcan el poder de la palabra de Dios en su vida (véase “El poder de la palabra”, págs. 54–56).
Ahora contamos con los recursos de Ven, sígueme — Para uso individual y familiar que tienen el propósito de brindarnos experiencias que ayuden a la conversión personal de cada uno de nosotros.
Está diseñado para ayudarnos a estudiar el Evangelio, bien sea de manera individual o familiar. Si no ha estudiado el Evangelio en forma regular anteriormente, este recurso le ayudará a comenzar. Si ya tiene un buen hábito de estudio del Evangelio, este recurso le ayudará a tener experiencias más significativas.
El vivir el Evangelio
Usted debe enseñar a sus hijos a ejercer correctamente su albedrío y a poner en práctica las enseñanzas del Evangelio en todo lo que hagan. Tal como enseñó el rey Benjamín, tiene que enseñarles “a andar por las vías de la verdad y la seriedad” y “a amarse mutuamente y a servirse el uno al otro” (Mosíah 4:15).
En el hogar, los hijos deben aprender a santificar el día de reposo, pagar sus diezmos y obedecer a los profetas de los últimos días. Deben aprender a procurar todo lo que es “virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza” (Artículos de Fe 1:13).
Las habilidades prácticas
Además de enseñar a sus hijos temas doctrinales, debe enseñarles habilidades prácticas, tales como el administrar bien el dinero, mantener una buena salud, llevarse bien con los demás y cuidar de su ropa y de sus pertenencias. Se les debe ayudar a que aprendan a trabajar con afán, obtener una buena educación académica y ser buenos ciudadanos.
Recordemos que el ejemplo es una herramienta muy eficaz para la enseñanza. Los hijos aprenden a adoptar actitudes y conducta al observar las acciones de los padres.
El élder M. Russell Ballard enseñó: “Cuando el Evangelio se enseña y se practica en el hogar, el amor por nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo se intensifica; cuando se leen y analizan las Escrituras, cuando se ofrecen juntos oraciones de mañana y de noche, y cuando la conducta diaria es un ejemplo de la reverencia y de la obediencia hacia Dios, los principios verdaderos de la vida eterna quedan grabados en el alma y el corazón de jóvenes y adultos por igual”. (véase “Deleitémonos sentados a la mesa del Señor”, Liahona, julio de 1996, pág. 88).
Recuerdo que cada año nuestra familia se reunía y establecíamos las metas anuales y hacíamos un cartel con las metas de la familia y lo colocábamos en una pared visible en la pequeña sala de la casa. Eso nos recordaba nuestro compromiso de estudiar las Escrituras todos los días en familia, de realizar nuestras noches de hogar cada semana.
Recuerdo que mi esposa Cecilia una vez incluso colocó una nota en el marco del televisor: ¿Ya leíste las Escrituras?
Como lo dijo el élder L. Tom Perry: “Cuán importante es que la enseñanza del Evangelio empiece desde el principio, desde que aceptamos a una nueva pequeña alma en nuestro hogar”. (véase “Instruye al niño”, Liahona, enero de 1989, pág. 77).
Los niños pequeños anhelan participar en la noche de hogar, el estudio de las Escrituras, las oraciones y los proyectos de servicio. El presidente Thomas S. Monson observó: “Hay personas que hacen a un lado estas responsabilidades, ya que piensan que éstas se pueden posponer hasta que el niño crezca. La evidencia revela que no es así. El momento óptimo para la enseñanza se esfuma”. (“Enseñemos a los hijos”, Liahona, enero de 1998, pág. 20).
Aun así, nunca es demasiado tarde para comenzar a enseñarles el Evangelio a sus hijos, o para empezar a hacerlo de nuevo. Quizás se nos presenten dificultades adicionales en el camino; pero el Señor siempre nos bendecirá por nuestros dedicados esfuerzos en enseñarles principios verdaderos y establecer prácticas rectas en su familia.
Si recientemente ha reconocido sus responsabilidades como padre, tenga esperanza. Ore, ejerza su fe y haga todo lo que esté a su alcance para acercarse a sus hijos y ejercer una influencia positiva en ellos.
El élder Robert D. Hales explicó: “Seguramente los padres cometerán errores en el proceso de la paternidad, pero por medio de la humildad, la fe, la oración y el estudio, toda persona puede aprender a superarse y, al hacerlo, traer bendiciones a los miembros de la familia ahora y enseñarles tradiciones correctas para las generaciones futuras”. (véase “¿Cómo nos recordarán nuestros hijos?”, Liahona, enero de 1994, pág. 10).
Me uno a la poderosa declaración que hizo el presidente David O. McKay y el presidente Spencer W. Kimball: ‘Los padres son los maestros principales, y la mejor forma de enseñar es por medio del ejemplo. El círculo familiar es el lugar ideal para demostrar y aprender la bondad, el perdón, la fe en Dios y cualquier otra virtud del evangelio de Jesucristo.
‘El padre es quien preside y quien tiene la responsabilidad mayor en el gobierno del hogar, pero sobre los dos, el padre y la madre, recae la responsabilidad de educar a los hijos. Ambos cónyuges deben dirigir la enseñanza de sus hijos, y se deben aconsejar y apoyar mutuamente. En este esfuerzo, los padres deben recordar el ejemplo claro que dio el presidente Kimball sobre la vela y el espejo, cuando dijo: ‘Hay dos formas de irradiar luz: ser la vela o ser el espejo en el que se refleja su llama. Como padres, podemos ser ambas cosas’. (en Conference Report, Conferencia de Área de Estocolmo, Suecia, 1974, pág. 49).
El presidente Spencer W. Kimball enseñó: ‘Por supuesto, no hay ninguna garantía de que los padres rectos tengan siempre éxito en retener a sus hijos, y ciertamente pueden perderlos si no hacen todo el esfuerzo que puedan. Los hijos tienen su albedrío…
Por otra parte, si nosotros, los padres, no influimos en nuestra familia y ponemos a nuestros hijos en el camino recto y angosto, las olas y vientos de la tentación y el mal arrastrarán a nuestra posteridad desviándola y alejándola del sendero.
‘Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.’ (Proverbios 22:6.) De lo que sí estamos seguros es que los padres justos que se esfuerzan por establecer influencias correctas en la vida de sus hijos serán declarados inocentes en el último día, y lograrán salvar a la mayoría, sino a todos”. (Liahona, junio de 1984).
Finalizo con mi testimonio de la realidad de las bendiciones que se reciben cuando los padres cumplen con esta función divina. Los hermosos recuerdos que tengo de mi niñez son en una pequeña salita de un apartamento, sentados en familia leyendo el Libro de Mormón temprano por la mañana. Todavía siento en mi corazón esos cálidos momentos donde el Espíritu Santo testificaba que estábamos haciendo lo correcto. El amor y la armonía crecían a medida que seguíamos adelante perseverando en este hábito del estudio de las Escrituras en familia.
Que este año nuevo sea un año de renovación para que como padres nos comprometamos a hacer todo lo que esté de nuestra parte para hacer de nuestros hogares una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de Dios.
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