Conferencia General Abril 1966
No Hay Exaltación Sin el Sacerdocio

Presidente Joseph Fielding Smith
Consejero en la Primera Presidencia y Presidente del
Consejo de los Doce Apóstoles
Hemos tenido una reunión agradable hasta este punto, y espero y oro que lo que diga sea en beneficio de todos los que están escuchando.
Servir a los Demás
El servicio en favor de otros es un requisito para cada alma. Aquél que es capaz pero no quiere servir a sus semejantes de alguna manera, no es digno de estar entre ellos. Servir a los demás es su propia recompensa. Al recibir el sacerdocio, lo hacemos con el entendimiento de que será utilizado en beneficio de otros. Esta es una obligación que asumimos. De hecho, el sacerdocio nos bendice de dos maneras: primero, es el medio a través del cual llega la exaltación a aquellos que lo poseen; segundo, debe usarse en favor de otros para que ellos también sean bendecidos. Ningún hombre es independiente. Si dejamos a un hombre solo, sin poder comunicarse ni recibir ayuda de sus semejantes, perecería miserablemente. Es un error replegarse en uno mismo como lo hace un caracol en su caparazón. Ningún hombre recibe el sacerdocio solo como adorno; se espera que lo use en favor de la salvación de los demás.
No solo se espera, sino que se le manda hacerlo, pues el Señor dijo, después de señalar los diversos oficios en el sacerdocio y los deberes asignados a cada uno:
«Por tanto, aprenda cada hombre su deber, y actúe en el oficio al cual fuere designado, con toda diligencia.
“El perezoso no será tenido por digno de estar, y el que no aprenda su deber ni se muestre aprobado, no será tenido por digno de estar. Así sea. Amén” (D. y C. 107:99–100).
Honrar el Convenio y la Promesa
Esto significa que el hombre que acepta el sacerdocio también acepta las responsabilidades que lo acompañan. Promete que servirá y se mostrará aprobado. Si rompe este convenio—porque es un convenio—entonces tendrá que estar entre aquellos que no ejercen el sacerdocio; no puede estar entre los aprobados. Que todo hombre que posee el sacerdocio entienda que no puede entrar en la exaltación sin el sacerdocio. Si se niega a usar ese sacerdocio cuando se le confiere, no será hallado digno de poseerlo en aquel día en que los hombres serán recompensados de acuerdo con sus obras.
Cada hombre que posee el sacerdocio debe aprender su deber de la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30) porque cuando el Señor venga, se nos darán recompensas semejantes. Muchos que han prometido magnificar su sacerdocio y han fallado en hacerlo serán echados fuera. Su sacerdocio les será quitado y se encontrarán fuera de las puertas de la Ciudad, pues no pueden estar con los que han sido fieles. Su condición será de llanto y crujir de dientes. “Porque al que tiene, le será dado… pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (Mateo 25:29). Simplemente es esto: estamos bajo la obligación, como hombres que poseen el sacerdocio, de poner en servicio la autoridad que hemos recibido. Si hacemos esto, entonces se nos añadirán otras responsabilidades y gloria, y recibiremos en abundancia, es decir, la plenitud del reino del Padre; pero si enterramos nuestro sacerdocio, entonces no tenemos derecho a recibir recompensa alguna—no podemos ser exaltados.
Honrar el Deber con Toda Diligencia
Cada miembro de la Iglesia debe intentar encontrar algún deber en la Iglesia para desempeñar. Nunca se niegue a servir. Cuando un oficial que preside le pide su ayuda, esté dispuesto a aceptarla y a dar lo mejor de sí en esa labor. El Señor espera esto de nosotros, y estamos bajo convenio de hacerlo. Este camino trae gozo y paz, y al mismo tiempo quienes sirven reciben la mayor bendición. El maestro gana más que el que es enseñado; la bendición que se nos devuelve cuando aceptamos un llamado a trabajar en la Iglesia es mucho mayor que la bendición que podemos impartir a otros. Quien se niega a realizar cualquier labor o evade la responsabilidad cuando se le asigna en la Iglesia está en grave peligro de perder la guía del Espíritu. Con el tiempo, se vuelve tibio e indiferente a todos los deberes, y, como la planta que no se cultiva ni se riega, se marchita y muere espiritualmente.
Las Bendiciones Son Abundantes
¿Cree alguno de nosotros que será posible, sin importar cuánto trabajemos, o aun si sufriéramos el martirio, pagarle a nuestro Padre y a Jesucristo por las bendiciones que hemos recibido de ellos? El gran amor, con las bendiciones que lo acompañan, que se nos ha dado a través de la crucifixión, sufrimiento y resurrección de Jesucristo está más allá de nuestra comprensión mortal. Nunca podríamos pagar. Hemos sido comprados por un precio (1 Cor. 6:20) incalculable—no con oro o plata o piedras preciosas, “sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19).
“Estoy asombrado del amor que Jesús me ofrece,
Confundido de la gracia que tan plenamente me concede;
Tiemblo al saber que por mí fue crucificado,
Que por mí, pecador, sufrió, sangró y murió.
Pienso en sus manos perforadas y sangrantes para pagar la deuda,
¿Puedo olvidar tal misericordia, tal amor y devoción?
No, no, alabaré y adoraré en el asiento de misericordia,
Hasta que en el trono glorificado me arrodille a sus pies.
¡Oh, es maravilloso que se preocupe por mí,
¡Suficiente para morir por mí!
¡Oh, es maravilloso, maravilloso para mí!”
(Charles H. Gabriel, en Himnos, 80).
Que el Señor los bendiga, en el nombre de Jesucristo nuestro Redentor. Amén.
























