Números

Números 13


Números 13:1–25 — El Señor confirma Sus promesas mediante evidencias reales, pero deja que la decisión final dependa de la fe con la que Su pueblo interprete lo que ve.

Este pasaje marca un punto de inflexión decisivo en la historia de Israel. El pueblo ha llegado rápidamente desde el monte Sinaí hasta Cades-barnea, el umbral mismo de la tierra prometida. Geográfica y espiritualmente, Israel está lo suficientemente cerca como para entrar; sin embargo, el Señor permite una etapa de exploración que no tiene como propósito sembrar duda, sino preparar al pueblo para poseer lo que ya les ha sido prometido.

La elección de un representante de cada tribu subraya que toda la comunidad participa en la responsabilidad de avanzar por fe. Los exploradores no solo inspeccionan la fortaleza militar de la tierra, sino también su fecundidad, sus frutos y su capacidad para sostener vida. El viaje no contradice la promesa divina; al contrario, la confirma abundantemente. La escena del valle de Escol, con racimos tan grandes que debían transportarse entre dos hombres, funciona como un testimonio tangible de que Dios no exagera cuando promete bendición.

El detalle del cambio de nombre de Oseas a Josué (Yehoshúa, “Jehová es salvación”) introduce un elemento profundamente doctrinal: la entrada a la tierra prometida no se logrará solo por estrategia, sino por salvación divina. Josué y Caleb, representantes de Efraín y Judá, encarnan desde este momento una perspectiva distinta: ven la misma tierra que los demás, pero la interpretan a la luz del convenio, no del temor.

Doctrinalmente, este pasaje enseña que la evidencia nunca reemplaza la fe, pero puede fortalecerla cuando se recibe con un corazón obediente. El Señor permite que Su pueblo “vea” lo que les espera, no para que midan a los enemigos, sino para que confíen en Aquel que los envía. La tierra es buena, fértil y abundante; la verdadera prueba no está en la calidad de la herencia, sino en la disposición del pueblo para creer y avanzar.

Números 13:1–25 enseña que Dios cumple Sus promesas y las confirma con evidencias reales, pero el acceso a ellas depende de una fe que interpreta la realidad a través del convenio y no del temor.


Números 13:28 — El pueblo que habita la tierra es fuerte

Se revela una doctrina clave sobre la diferencia entre ver con los ojos del temor y ver con los ojos de la fe. La fortaleza del enemigo era un hecho real, pero el error espiritual no estuvo en describir la dificultad, sino en permitir que la dificultad redefiniera la promesa de Dios. Doctrinalmente, este pasaje enseña que la incredulidad no niega los hechos; los sobredimensiona hasta eclipsar el poder del Señor. Los espías midieron Canaán solo con criterios humanos —número, estatura, murallas— y olvidaron medirla con el recuerdo de los milagros que ya habían presenciado. Así, Números 13:28 nos advierte que cuando el corazón se centra en la fuerza del obstáculo y no en la fidelidad de Dios, la fe se paraliza y la promesa se posterga. El relato testifica que las pruebas no anulan los convenios; solo revelan si confiamos más en lo que vemos que en lo que Dios ha dicho.

Gordon B. Hinckley: La historia de Caleb y Josué, junto con los otros espías de Israel, siempre me ha intrigado. Moisés condujo a los hijos de Israel al desierto. En el segundo año de su peregrinación, escogió un representante de cada una de las doce tribus para reconocer la tierra de Canaán y traer un informe acerca de sus recursos y de su gente. Caleb representó a la tribu de Judá; Josué, a la tribu de Efraín. Los doce entraron en la tierra de Canaán.

La hallaron fértil. Estuvieron fuera cuarenta días y trajeron consigo algunos de los “primeros racimos de uvas” como evidencia de la productividad de la tierra (véase Números 13:20).

Comparecieron ante Moisés, Aarón y toda la congregación de los hijos de Israel, y dijeron acerca de la tierra de Canaán:
“Ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella” (Números 13:27).

Pero diez de los espías fueron víctimas de sus propias dudas y temores. Presentaron un informe negativo acerca del número y la estatura de los cananeos y concluyeron: “Ellos son más fuertes que nosotros” (Números 13:31). Se compararon a sí mismos con langostas frente a los gigantes que habían visto en la tierra. Fueron víctimas de su propia timidez.

Entonces Josué y Caleb se pusieron en pie ante el pueblo y dijeron: “La tierra por donde pasamos para reconocerla es tierra en gran manera buena.
Si Jehová se agradare de nosotros, Él nos llevará a esta tierra y nos la entregará, tierra que fluye leche y miel.
Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de esta tierra, porque nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová; no los temáis” (Números 14:7–9).

Pero el pueblo estuvo más dispuesto a creer a los diez que dudaban que a Caleb y Josué.

Entonces el Señor declaró que los hijos de Israel vagarían por el desierto cuarenta años, hasta que la generación que había andado con duda y temor desapareciera. Las Escrituras registran que “aquellos hombres que habían dado el mal informe de la tierra murieron de plaga delante de Jehová.
Pero Josué… y Caleb…, de los que habían ido a reconocer la tierra, quedaron vivos”
(véanse Números 14:37–38).

Ellos fueron los únicos de ese grupo que sobrevivieron a esas cuatro décadas de peregrinación y que tuvieron el privilegio de entrar en la tierra prometida, acerca de la cual habían dado un informe positivo.

Vemos hoy a algunos a nuestro alrededor que se muestran indiferentes respecto al futuro de esta obra; que son apáticos; que hablan de limitaciones; que expresan temores; que dedican su tiempo a escarbar y escribir acerca de lo que consideran debilidades que, en realidad, carecen de importancia. Con dudas acerca de su pasado, no tienen visión respecto a su futuro.

Con razón se dijo antiguamente: “Donde no hay visión, el pueblo perece” (Proverbios 29:18). No hay lugar en esta obra para quienes solo creen en un evangelio de fatalismo y pesimismo. El Evangelio son buenas nuevas. Es un mensaje de triunfo. Es una causa que debe abrazarse con entusiasmo.

El Señor nunca dijo que no habría dificultades. Nuestro pueblo ha conocido aflicciones de todo tipo, al enfrentarse a quienes se han opuesto a esta obra. Pero la fe ha brillado a través de todas sus penas. Esta obra ha avanzado de manera constante y jamás ha dado un paso atrás desde su inicio. (“Stay the Course—Keep the Faith”, Ensign, noviembre de 1995, pág. 71)


Números 13:30 — Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos

Se manifiesta una doctrina poderosa sobre la fe que actúa frente al temor colectivo. Caleb no niega la existencia de murallas ni la fuerza del enemigo; lo que rechaza es la idea de que esos hechos tengan la última palabra sobre la promesa de Dios. Doctrinalmente, su voz representa la fe que recuerda el convenio y rehúsa permitir que el miedo domine la decisión moral. Al hablar “delante de Moisés”, Caleb se alinea con el orden de Dios y modela un discipulado valiente: la fe verdadera no espera a que el peligro desaparezca, sino que avanza confiando en el poder del Señor. Así, este versículo enseña que el liderazgo espiritual no siempre consiste en mandar, sino en apaciguar el pánico con convicción, y que las promesas de Dios se heredan por quienes creen lo suficiente como para obedecer de inmediato. Caleb testifica que cuando Dios está con Su pueblo, la pregunta decisiva no es cuán fuertes son los adversarios, sino cuán fieles estamos dispuestos a ser.

Spencer W. Kimball: La mayoría del grupo de exploradores dio un informe muy desalentador acerca de la tierra prometida y de sus habitantes. Aunque hallaron una tierra hermosa y deseable, que fluía leche y miel, también encontraron que las ciudades estaban amuralladas y eran formidables, y que el pueblo —los “hijos de Anac”— parecía gigantes. Los exploradores israelitas dijeron que se sentían como langostas en comparación. Caleb, sin embargo, vio las cosas de manera un poco distinta, con lo que el Señor llamó “otro espíritu”, y su relato del viaje y de los desafíos fue muy diferente. Él dijo:
“Subamos luego y tomemos posesión de la tierra, porque más podremos nosotros que ellos” (Números 13:30).

Josué y Caleb eran hombres de gran fe, y se unieron para exhortar a los israelitas a ir inmediatamente a la tierra prometida…

El Señor decretó que antes de que Israel pudiera entrar en la tierra de Canaán, toda la generación incrédula que había sido liberada del cautiverio debía desaparecer —pasar a la eternidad— todos excepto Josué y Caleb. Por su fe, se les prometió que ellos y sus hijos vivirían para habitar la tierra prometida.

Cuarenta y cinco años después de que los doce hombres regresaran de su exploración de la tierra de promisión, cuando la nueva generación de Israel, bajo el liderazgo de Josué, estaba completando la conquista de Canaán, Caleb habló a Josué:

“De edad de cuarenta años era yo cuando Moisés siervo de Jehová me envió… a reconocer la tierra; y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón.
Mas mis hermanos, los que habían subido conmigo, hicieron desfallecer el corazón del pueblo; pero yo cumplí siguiendo a Jehová mi Dios.
Ahora bien, Jehová me ha hecho vivir, como Él dijo, estos cuarenta y cinco años, desde el tiempo que Jehová habló estas palabras a Moisés, cuando Israel andaba por el desierto; y ahora, he aquí, hoy tengo ochenta y cinco años.
Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza [al menos en el espíritu del Evangelio y en su llamado y necesidades], para salir a la guerra y para volver” (Josué 14:7–8, 10–11).

Del ejemplo de Caleb aprendemos lecciones muy importantes. Así como Caleb tuvo que esforzarse y permanecer verdadero y fiel para obtener su herencia, así también debemos recordar que, aunque el Señor nos ha prometido un lugar en Su reino, debemos esforzarnos constante y fielmente para ser dignos de recibir la recompensa.

Caleb concluyó su conmovedora declaración con una petición y un desafío con los cuales mi corazón se identifica plenamente. Los anaceos, los gigantes, todavía habitaban la tierra prometida y debían ser vencidos. Dijo Caleb, ahora a los 85 años: “Dame, pues, ahora este monte” (Josué 14:12).

Este es mi sentir respecto a la obra en este momento. Hay grandes desafíos delante de nosotros, oportunidades gigantes que deben afrontarse. Doy la bienvenida a esa perspectiva emocionante y siento decirle humildemente al Señor: “Dame este monte”, dame estos desafíos.

Humildemente, doy este compromiso al Señor y a ustedes, mis amados hermanos y hermanas, compañeros de labor en esta causa sagrada de Cristo: avanzaré con fe en el Dios de Israel, sabiendo que Él nos guiará y dirigirá, y que finalmente nos conducirá al cumplimiento de Sus propósitos y a nuestra tierra prometida y a nuestras bendiciones prometidas. (“Give Me This Mountain”, Ensign, noviembre de 1979, pág. 79)

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