Números 21
Números 21:1–9 — La salvación viene por mirar con fe a lo que Dios levanta; la incredulidad rechaza incluso los medios más sencillos de vida.
Este pasaje une juicio, misericordia y tipología mesiánica. Primero, Israel obtiene victoria sobre Arad mediante el ḥērem (consagración total a destrucción por mandato divino), recordando que la victoria pertenece al Señor. Luego, una nueva murmuración revela el problema persistente del corazón: despreciar el don diario (el maná). El castigo —serpientes venenosas— expone la fragilidad humana; la cura —mirar la serpiente de bronce— expone la simplicidad del camino de Dios.
Doctrinalmente, el remedio es una prueba de fe obediente: no se exige fuerza, mérito ni conocimiento complejo, sino mirar. Muchos perecen no por falta de provisión, sino por rehusarse a creer que algo tan sencillo pueda salvar. Así, la escena enseña que la incredulidad puede rechazar la gracia aun cuando está al alcance de la mano.
El propio Salvador interpretó este episodio como tipo de Su misión redentora: así como la serpiente fue levantada para que los heridos vivieran, Cristo sería levantado para dar vida eterna a todo el que crea. El poder sanador no residía en el objeto, sino en la fe dirigida al medio que Dios estableció.
La serpiente funciona aquí como símbolo de vida y sanación cuando es redefinida por Dios, aunque ese símbolo fue pervertido más tarde por el adversario. La memoria cultural de la serpiente sanadora persistió en el Cercano Oriente y el mundo clásico, por ejemplo en Asclepio, cuyo emblema era una serpiente enroscada en una vara, visible en santuarios como el Asclepieion de Pérgamo y el Asklepeion de Cos. De forma distinta, otras culturas conservaron símbolos serpentinos con significados religiosos, como Quetzalcóatl. Estos paralelos subrayan cómo una verdad original puede preservarse, deformarse o reinterpretarse, pero el testimonio bíblico apunta a su cumplimiento definitivo en Cristo.
Números 21:1–9 enseña que Dios salva por medios que requieren fe humilde; que rechazar esos medios por incredulidad conduce a la muerte; y que la serpiente levantada en el desierto prefigura a Jesucristo, levantado para que todo el que mire a Él con fe reciba vida eterna.
Números 21:5–6, 8–9 — Ver a Jesucristo como nuestro ideal
Aprendemos que la salvación no proviene del ingenio humano ni del esfuerzo desesperado, sino de mirar con fe al Salvador que Dios ha provisto. En el desierto, el pueblo murmuró y fue herido por serpientes; la cura fue sorprendentemente sencilla: levantar la vista y mirar a la serpiente de bronce. Esa sencillez revela una verdad central del Evangelio: Cristo es el remedio divino para la condición humana, y Su gracia se recibe cuando confiamos en Él. Muchos perecieron no por falta de poder sanador, sino por rechazar creer que algo tan simple pudiera salvarlos. Así también hoy, Jesucristo nos invita a mirarlo —a Su expiación, a Su cruz, a Su resurrección— como nuestro modelo y nuestra esperanza. Mirarlo es creerle, obedecerle y seguirle; es aceptar que la vida eterna nace de la fe humilde y constante. Al fijar nuestros ojos en Cristo, aprendemos que vivir es mirar hacia Él, y que toda sanidad —espiritual y eterna— fluye del Salvador levantado para que todos los que miren vivan.
Jesucristo debe ser nuestro ideal.
El presidente David O. McKay dijo: «Los miembros de la Iglesia de Cristo están bajo la obligación de hacer del inmaculado Hijo del Hombre su ideal, el único ser perfecto que pisó esta tierra… «.. .Que Dios nos ilumine para que le tengamos a El como nuestro ideal y nos dé fuerza para ser como El.» (En Conference Report, abril de 1951, pág. 98.)
Aceptamos a Cristo como nuestro ideal en los concilios de las eternidades
El presidente Joseph F. Smith declaró: «Cristo es el gran ejemplo para toda la humanidad, y creo que los del género humano fueron preordenados para llegar a ser como El, así como El fue preordenado para ser el Redentor del hombre… No hay duda de que los del género humano distan mucho de ser como Cristo… salvo en la forma de su persona… somos como El, o en la forma de su persona, así como El es la imagen misma de la persona de su Padre. De modo que físicamente somos a imagen de Dios, y podemos llegar a ser como El espiritualmente, y como El en la posesión de conocimiento, inteligencia, sabiduría y poder» (véase Doctrina del Evangelio, pág. 18).
Cristo es nuestro ideal en los atributos de su carácter
El presidente McKay dijo: «Las virtudes que se combinaron para forjar su carácter perfecto son la verdad, la justicia, la sabiduría, la benevolencia y el autodominio. Todos sus pensamientos, palabras y obras estaban en armonía con la ley divina y eran por consiguiente justos. La línea de comunicación entre El y el Padre estaba siempre abierta de tal manera que El siempre conocía la verdad ‘basada en la revelación’… Su vida memorable, aunque fue corta, estuvo llena de benevolencia que incluyó la caridad y el amor. Su autodominio, que se puso de manifiesto en el poder que tenía para vencer sus apetitos y pasiones y por su dignidad y serenidad cuando estuvo ante sus detractores, fue perfecto; fue divino» (Improvement Era, mayo de 1965, pág. 380).
Números 21:8 — Y acontecerá que cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá
Se revela una doctrina central del plan de salvación basada en la fe sencilla y obediente. La sanación no dependía de rituales complejos ni de méritos extraordinarios, sino de un acto humilde: mirar conforme a la palabra de Dios. Doctrinalmente, este pasaje enseña que el poder redentor del Señor está siempre disponible, pero requiere una respuesta personal de confianza; la provisión divina no anula el albedrío, sino que lo invita a actuar. La serpiente levantada se convierte en un tipo de Cristo, mostrando que la vida fluye no del esfuerzo humano, sino de volver el corazón y la mirada hacia el medio que Dios ha preparado. Así, Números 21:8 testifica que muchas veces la salvación es rechazada no por su dificultad, sino por su simplicidad, y que vivir espiritualmente implica aceptar que la curación llega cuando creemos lo suficiente como para obedecer, aun cuando el remedio parezca demasiado simple para una herida tan profunda.
Carlos E. Asay: Moisés oró en favor de sus seguidores y, en respuesta a su oración, el Señor le instruyó:
“Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre un asta; y acontecerá que cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá” (Números 21:8).
Moisés volvió a hacer exactamente como el Señor le había mandado.
Si el relato terminara aquí, uno se preguntaría qué ocurrió después. ¿Cuántos fueron obedientes? ¿Cuántos no lo fueron? ¿Alguien miró y vivió? Las respuestas a estas preguntas se encuentran en el Libro de Mormón. Un profeta explicó:
“Él [el Señor] envió serpientes ardientes voladoras entre ellos; y después que fueron mordidos, preparó un medio para que fueran sanados; y el trabajo que tenían que hacer era mirar; y por la sencillez del medio, o por la facilidad de él, hubo muchos que perecieron” (1 Nefi 17:41).
La serpiente como símbolo de Cristo
El símbolo levantado en el desierto —la serpiente sobre el asta— representaba a Cristo en la cruz. El mismo Jesús enseñó esta verdad. En muchas ocasiones anunció la forma cruel de Su muerte; y al menos en una ocasión hizo referencia directa a Moisés y a este episodio del desierto. Observemos las palabras del Maestro:
“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado;
para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14–15).
Mirar a Cristo y vivir
Nosotros, al igual que el Israel antiguo, debemos fijar nuestros ojos y nuestra mente en la cruz de Cristo si esperamos alcanzar la vida eterna, porque por medio de Su resurrección obtendremos la victoria sobre la muerte física. Y Su expiación nos abre el camino para vencer el pecado, para un renacimiento espiritual y para regresar a la presencia de Dios.
¡Oh, cuánto debemos mirar a Cristo y vivir!
La dirección de nuestra mirada es crucial. Desde la azotea, el rey David “vio a una mujer que se estaba lavando; y era aquella mujer muy hermosa” (2 Samuel 11:2). Miró, y su corazón se llenó de lujuria. Miró… y cayó.
Judas Iscariote fijó su mirada en treinta piezas de plata. La codicia venció sus deseos justos. Su mirada mal dirigida le costó la vida, el alma y las treinta monedas (véase Mateo 27:3–10).
Nuestras miradas no deben vagar ni fijarse en las cosas perecederas del mundo. El ojo, “la lámpara del cuerpo” (Mateo 6:22), debe ser entrenado para mirar hacia arriba.
¡Debemos mirar a Dios y vivir! (“‘Look to God and Live’”, Ensign, noviembre de 1978, pág. 52)
Números 21:9 — Y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía
Cuando se afirma que “si una serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce y vivía”, se enseña una doctrina poderosa sobre la responsabilidad personal frente a la gracia divina. El Señor ya había provisto el medio de sanación; la diferencia entre vivir o morir no estaba en la mordedura —que era común a todos—, sino en la respuesta del corazón. Doctrinalmente, este versículo revela que la salvación ofrecida por Dios es real, suficiente y eficaz, pero no es automática: requiere que la persona elija confiar y actuar conforme a la palabra divina. Mirar la serpiente no eliminaba el dolor de inmediato ni explicaba el misterio del remedio, pero sí demostraba fe en Dios más que en el propio razonamiento. Así, Números 21:9 testifica que muchos continúan sufriendo espiritualmente no porque Dios no haya provisto sanación, sino porque rehúsan mirar con fe aquello que Él ha levantado; y enseña que vivir espiritualmente consiste en aceptar, con humildad y obediencia, el medio de redención que Dios ha establecido, aun cuando desafíe nuestras expectativas o nuestro orgullo.
Observa cómo el escriba registra únicamente los hechos de este acontecimiento tan significativo. No se da ninguna indicación de que la serpiente de bronce simbolizara algo especial. Ciertamente, el significado no se le escapó a Moisés. ¿Cómo entonces pudo el escriba responsable de la versión final de Números no hacer ningún comentario sobre este incidente profético?
Sin duda puede notarse que Mormón no está abreviando este relato. Él jamás habría dejado pasar una oportunidad de enseñanza tan importante.
No es sorprendente, por tanto, que el mejor comentario posible sobre este episodio provenga del Libro de Mormón, específicamente de Alma el Joven. En su famoso sermón en el que compara la fe con una semilla, Alma explica el simbolismo de la serpiente y enseña la importancia de mirar a Cristo con fe:
“El Hijo de Dios… fue anunciado por Moisés; sí, y he aquí, se levantó un símbolo en el desierto para que todo aquel que mirara a él viviera. Y muchos miraron y vivieron.
Pero pocos entendieron el significado de estas cosas, y esto por la dureza de sus corazones. Mas había muchos tan endurecidos que no quisieron mirar; por tanto, perecieron. Y la razón por la cual no quisieron mirar fue porque no creían que ello los sanaría.
Oh, hermanos míos, si pudierais ser sanados con solo volver vuestros ojos para ser sanados, ¿no miraríais de inmediato, o preferiríais endurecer vuestros corazones con incredulidad y ser perezosos, para no volver vuestros ojos y así perecer?
Si así fuera, ¡ay vendría sobre vosotros! Pero si no es así, entonces volved vuestros ojos y comenzad a creer en el Hijo de Dios, que Él vendrá a redimir a Su pueblo, y que padecerá y morirá para expiar los pecados de ellos, y que resucitará de entre los muertos, lo que hará posible la resurrección, para que todos los hombres comparezcan ante Él para ser juzgados en el último día, según sus obras.” (Alma 33:18–22; cursiva añadida)
Así como los israelitas sufrían una enfermedad física y se les dio la oportunidad de ser sanados casi de inmediato —y aun así muchos rehusaron—, de manera similar el pecador obstinado a menudo se revuelca en la enfermedad espiritual en lugar de “mirar al Hijo de Dios con fe, teniendo un espíritu contrito” (véase Helamán 8:15).
Los espiritualmente enfermos continúan sufriendo —incluso hasta la muerte espiritual— porque “no creyeron que Él los sanaría” (Alma 33:20).
Boyd K. Packer: “¡Qué tontería!”, debieron decir algunos. “¿Cómo puede algo así curarme? No mostraré mi estupidez prestando atención”, y algunos no miraron.
En Primera de Nefi leemos que: “Después que fueron mordidos, preparó un medio para que fueran sanados; y el trabajo que tenían que hacer era mirar; y por la sencillez del medio, o por la facilidad de él, hubo muchos que perecieron” (1 Nefi 17:41).
La lección se amplía en el Evangelio de Juan: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado; para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14–16).
Y hoy muchos dicen: “¡Qué absurdo! ¿Cómo aceptar a Cristo podría salvarme?”. No vuelven la cabeza para mirar ni inclinan el oído para oír. (Conference Report, octubre de 1968, págs. 73–76)
Números 21:10–35 — El Señor transforma obstáculos en herencia cuando Su pueblo avanza conforme a Su guía, y convierte el desierto en antesala de promesas cumplidas.
Este pasaje marca un giro decisivo en la historia de Israel: tras años de disciplina, el pueblo comienza a experimentar victorias sostenidas. El avance por Transjordania los coloca frente a poderes establecidos —reinos amorreos con capitales fortificadas— y, sin embargo, el Señor abre camino donde antes hubo negación y derrota.
La confrontación con Sihón, rey con sede en Hesbón, ocurre cuando Israel cruza el Arnón y entra en territorio hostil a lo largo del Camino del Rey. La negativa de Sihón a permitir el paso convierte la diplomacia en conflicto; la victoria israelita demuestra que el Señor no solo permite avanzar, sino que entrega reinos cuando Su tiempo ha llegado. A continuación, la derrota de Og, rey de Basán, confirma el patrón: ninguna fortaleza es demasiado grande cuando Dios pelea por Su pueblo.
El registro alude al “libro de las guerras del Señor”, hoy perdido, señalando que la memoria de las victorias divinas era celebrada y preservada. El breve poema que queda —desde el Mar Muerto hasta los arroyos de Moab— cumple una función teológica: cantar lo que Dios ha hecho fortalece la fe para lo que aún falta. La poesía se convierte en testimonio.
Estas conquistas no son meramente tácticas. Doctrinalmente, prefiguran la herencia: las tierras tomadas en Transjordania se convierten en hogar para tribus que se establecerán allí. Así, Dios muestra que las batallas del presente preparan bendiciones duraderas. El pueblo aprende que avanzar con rectitud no solo evita la derrota; construye futuro.
En conjunto, el pasaje enseña que el progreso espiritual suele alternar marcha, canto y combate. Israel avanza, recuerda y lucha; y en cada etapa, el Señor confirma que Su promesa no ha caducado. Después de años de espera, la obediencia perseverante comienza a ver resultados visibles.
Números 21:10–35 enseña que cuando Israel avanza conforme a la guía divina, el Señor convierte reinos enemigos en herencia, transforma rutas difíciles en caminos de promesa y fija en la memoria del pueblo que las victorias del presente son la antesala del cumplimiento pleno del convenio.
























