Números 31
Números 31:8 — A Balaam hijo de Beor mataron a espada
Se enseña una doctrina solemne sobre el peligro de la obediencia dividida y la tragedia de un corazón que conoce la verdad pero no persevera en ella. Balaam fue un hombre que recibió revelación real, habló palabras verdaderas de Dios y profetizó del Mesías; sin embargo, permitió que el deseo de honra, recompensa y favor humano corrompiera su mayordomía espiritual. Doctrinalmente, este pasaje revela que el conocimiento y los dones espirituales no garantizan fidelidad final si el corazón no permanece sometido a Dios. Balaam no cayó por ignorancia, sino por compromiso moral: no maldijo con palabras lo que Dios había bendecido, pero buscó destruirlo mediante consejo perverso. Así, su muerte a espada no es solo un juicio histórico, sino una advertencia eterna de que no se puede servir a Dios y al mundo al mismo tiempo. Números 31:8 testifica que la verdadera seguridad espiritual no está en haber hablado alguna vez por Dios, sino en terminar la carrera con integridad, porque el Señor exige no solo palabras fieles, sino corazones fieles hasta el fin.
Balaam no habría merecido ni sufrido este castigo si se hubiera mantenido completamente fiel a la palabra del Señor. Debió haber hecho algo que incurrió en la ira de Dios.
Números 31:16 — He aquí, por consejo de Balaam, ellas hicieron pecar a los hijos de Israel contra Jehová
Se revela una doctrina sobria sobre el poder destructivo del consejo impío cuando procede de alguien que conoce la verdad. Balaam no pudo maldecir con palabras lo que Dios había bendecido, pero eligió atacar el convenio desde dentro, utilizando la seducción, la idolatría y la transgresión moral para lograr lo que la fuerza y la profecía no podían. Doctrinalmente, este pasaje enseña que el pecado más peligroso no siempre comienza con una negación abierta de Dios, sino con concesiones graduales que debilitan la lealtad del corazón. El consejo de Balaam muestra cómo la influencia espiritual puede pervertirse cuando se separa la verdad del carácter, y cómo el enemigo busca destruir al pueblo del convenio no solo por oposición externa, sino por corrupción interna. Así, Números 31:16 testifica que la fidelidad a Dios exige discernimiento no solo frente a lo que se dice, sino frente a quién aconseja y con qué espíritu, recordándonos que cuando se traiciona la luz que se posee, el daño espiritual puede extenderse a muchos y traer consecuencias profundas ante el Señor.
La Biblia omite información importante sobre lo que sucedió después de que Balaam profetizara acerca del Mesías y del destino de Moab. Lo único que encontramos sobre este incidente aparece en Números 25:
“Y habitó Israel en Sitim; y el pueblo empezó a fornicar con las hijas de Moab.
Y ellas convidaron al pueblo a los sacrificios de sus dioses; y el pueblo comió, e inclinóse a sus dioses.
Así se unió Israel a Baal-peor; y el furor de Jehová se encendió contra Israel”.
Resulta que, cuando se cuenta toda la historia, la idea fue de Balaam. Fue el mismo profeta que había dicho:
“No puedo traspasar el mandamiento de Jehová para hacer ni bien ni mal por mi propia voluntad” (Números 24:13), quien ahora aconsejaría a los moabitas y madianitas que enviaran a sus hijas para seducir a los israelitas.
Fue Balaam —una vez firme en el Señor— quien había declarado:
“He recibido mandamiento de bendecir; Él ha bendecido, y no podré revocarlo” (Números 23:20),
el que ahora se sentía mal por no haber dado a Balac la respuesta que deseaba. Debió haberse conformado con la respuesta del Señor. En lugar de ello, se sintió obligado —“aun sin la voluntad de Dios”— a gratificar a quienes lo solicitaban.
Afortunadamente, el historiador judío antiguo Flavio Josefo nos relata el resto de la historia.
Flavio Josefo: “Pero Balac, muy enojado porque los israelitas no habían sido maldecidos, despidió a Balaam sin considerarlo digno de honor alguno. Entonces, cuando este se hallaba ya de camino para cruzar el Éufrates, mandó llamar a Balac y a los príncipes de los madianitas, y les habló de esta manera:
‘Oh Balac, y vosotros madianitas aquí presentes (pues estoy obligado, aun sin la voluntad de Dios, a complaceros), es cierto que ninguna destrucción total puede sobrevenir a la nación de los hebreos, ni por guerra, ni por peste, ni por escasez de frutos de la tierra, ni por accidente inesperado alguno; porque la providencia de Dios se ocupa de preservarlos de tal desgracia; ni permitirá que calamidad alguna venga sobre ellos para que todos perezcan. Sin embargo, pueden sobrevenirles algunas desgracias menores y por corto tiempo, por las cuales parezcan abatidos; pero después volverán a prosperar, para terror de quienes les causaron esos males.
Así que, si deseáis obtener una victoria sobre ellos por un corto espacio de tiempo, la obtendréis siguiendo mis instrucciones: enviad a las más hermosas de vuestras hijas, las más notables por su belleza, adornadas y ataviadas al máximo, y mandadlas cerca del campamento; encargadles que se acerquen a los jóvenes hebreos y les permitan desearlas; y cuando vean que están enamorados, que se retiren; y si ellos les ruegan que se queden, que consientan solo después de persuadirlos de que abandonen la obediencia a sus propias leyes y el culto al Dios que las estableció, para adorar a los dioses de los madianitas; porque de este modo Dios se airará contra ellos’.
Y así, cuando Balaam les hubo dado este consejo, siguió su camino.”
“Cuando los madianitas enviaron a sus hijas, conforme Balaam los había exhortado, los hombres hebreos fueron atraídos por su belleza y se unieron a ellas, rogándoles que no les negaran su trato. Las hijas de los madianitas aceptaron con agrado sus palabras y se quedaron con ellos; pero cuando ya los habían enamorado y sus inclinaciones estaban maduras, pensaron en partirse. Entonces aquellos hombres se afligieron profundamente y les rogaron que no los dejaran, pidiéndoles que permanecieran y se convirtieran en sus esposas, prometiéndoles reconocerlas como señoras de todo lo que poseían.
Dijeron esto con juramento, invocando a Dios como árbitro de lo prometido, con lágrimas en los ojos y con todas las señales de aflicción que podían mostrar cuán miserables se sentían sin ellas. De este modo movieron la compasión de las mujeres. Entonces ellas les dijeron:
‘Oh jóvenes ilustres, en nuestra tierra tenemos abundancia de bienes, padres y amigos afectuosos; no fue por necesidad que vinimos a hablar con vosotros, ni aceptamos vuestra invitación para prostituir la belleza de nuestros cuerpos por ganancia. Pero al considerarlos valientes y dignos, accedimos por hospitalidad. Ahora bien, puesto que decís que nos amáis y os entristece nuestra partida, no rechazamos vuestras súplicas; y si recibimos garantías suficientes de vuestra buena voluntad, con gusto viviremos con vosotros como vuestras esposas. Pero tememos que con el tiempo os canséis de nosotras y nos devolváis deshonradas a nuestros padres’.
Ellos prometieron cualquier garantía que les pidieran, tan grande era la pasión que sentían. Entonces ellas dijeron: ‘Si esta es vuestra resolución, será necesario que adoréis a nuestros dioses; pues no hay mejor prueba del amor que decís tener que el adorar los mismos dioses que nosotras. ¿Qué razón hay para quejarse de que ahora que habéis venido a esta tierra adoréis a los dioses propios de ella? Especialmente cuando nuestros dioses son comunes a todos los hombres, y los vuestros pertenecen solo a vosotros’.
Así, inducidos por su afecto, los jóvenes pensaron que hablaban con razón; se entregaron a lo que ellas los persuadieron, transgredieron sus propias leyes, supusieron que había muchos dioses y resolvieron sacrificar conforme a las costumbres de aquella tierra. Se deleitaron con comidas extrañas y llegaron a hacer todo lo que las mujeres les pedían, aun en contradicción con sus propias leyes; tanto así, que esta transgresión se extendió por todo el ejército de los jóvenes y cayeron en una sedición peor que la anterior, poniendo en peligro la abolición total de sus instituciones. Porque una vez que probaron estas costumbres extrañas, se entregaron a ellas con deseos insaciables, y aun hombres ilustres por las virtudes de sus padres fueron corrompidos junto con los demás.” (Antigüedades de los judíos, Libro I, 6:6–9; cursiva añadida)
Flavio Josefo: “Este Balaam, que fue llamado por los madianitas para maldecir a los hebreos, y que fue impedido por la providencia divina de hacerlo, aun así les sugirió este consejo, por medio del cual nuestros enemigos estuvieron a punto de corromper a toda la multitud de los hebreos con sus engaños, hasta que algunos quedaron profundamente infectados por sus opiniones.” (Antigüedades de los judíos, Libro I, 6:13)
Números 31:1–54 — La justicia divina enfrenta la corrupción deliberada del convenio, pero el relato exige leerse dentro de su contexto teocrático y redentor, no como un modelo universal de conducta.
Números 31 describe una guerra declarada por mandato divino contra grupos madianitas que habían actuado como agentes conscientes de corrupción espiritual. No se trata de una expansión territorial ordinaria, sino de una acción judicial ligada directamente al episodio de Baal-peor, donde Israel fue seducido a la idolatría y a la inmoralidad “por consejo de Balaam” (cf. Núm. 31:16). La muerte de Balaam en este conflicto subraya la coherencia del juicio: quien no pudo maldecir a Israel con palabras intentó destruirlo mediante corrupción, y enfrentó las consecuencias.
El lenguaje y la violencia del capítulo son difíciles para el lector moderno. Dos principios ayudan a comprenderlo:
- Contexto teocrático y judicial.
Israel funcionaba como una comunidad donde Dios era el legislador y juez. Las acciones militares aquí descritas no se presentan como iniciativa humana, sino como ejecución de un juicio divino específico contra quienes, con conocimiento y persistencia, atentaron contra la vida espiritual del pueblo. No es una norma general para guerras futuras, sino una sentencia contextual. - Protección del futuro del convenio.
La corrupción no fue incidental; fue estratégica. La seducción mediante culto e inmoralidad amenazaba con destruir a Israel desde dentro, como ya había ocurrido. La severidad del relato refleja la convicción teológica de que tolerar la corrupción deliberada pone en peligro a toda la comunidad y, por ende, al cumplimiento del plan redentor.
El pasaje también muestra límites y correcciones. Moisés reprende a los oficiales cuando percibe que la acción militar no había sido aplicada conforme al mandato recibido, lo que indica que la obediencia exacta importaba incluso en contextos extremos. Además, la regulación del botín y su consagración al Señor recalcan que la guerra no era para enriquecimiento, sino para purificación y preservación del convenio.
La tensión con leyes posteriores (p. ej., Deut. 24:16) invita a una lectura progresiva y pedagógica de la revelación: no todo lo que se narra se prescribe universalmente. La Escritura registra actos en contextos específicos para enseñar principios —la gravedad del pecado deliberado, la responsabilidad de los líderes, la necesidad de proteger lo santo—, sin convertir cada detalle en precedente permanente.
Números 31 enseña que Dios juzga la corrupción intencional que busca destruir el convenio; que la severidad del juicio debe entenderse en su contexto teocrático y redentor; y que el propósito último no fue la violencia por sí misma, sino proteger la santidad del pueblo y la continuidad del plan de Dios, aun cuando el relato nos confronte y nos exija discernimiento espiritual al leerlo.
























