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Él nos exhorta a seguir a Jesucristo
Liahona Octubre 1994
Él nos exhorta a seguir a Jesucristo
por el presidente Howard W. Hunter
Cristo dijo a Pedro y a su hermano Andrés: «Venid en pos de mí» (Mateo 4:19). Y a todos nosotros Jesús nos dijo: «Si alguno me sirve, sígame» (Juan 12:26). La invitación del Señor de seguirlo es muy personal y también apremiante.
Hace ya varios meses se exhortó a los miembros de la Iglesia a que procuraran guardar los mandamientos de Dios para que recibieran la plenitud de Sus bendiciones. En la exhortación, dirigida a todos los miembros de la Iglesia, se nos dijo que prestáramos más atención que nunca a la vida y al ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, y que imitáramos el amor, la esperanza y la compasión que El demostró tener.
Se nos pidió que nos tratáramos unos a otros con más bondad, más cortesía, más humildad, paciencia e indulgencia. Ciertamente, esperamos mucho unos de otros, pero también sabemos que todos podemos progresar. Nuestro mundo clama por una forma más disciplinada de vivir los mandamientos de Dios. Sin embargo, la mejor manera de instar a la gente a hacerlo es, como el Señor le dijo al profeta José Smith en los helados calabozos de la cárcel de Liberty, por medio de la ‘persuasión, la longanimidad, la benignidad, la mansedumbre y el amor sincero… sin hipocresía y sin malicia’ (véase D, y C. 121:41-42). Podemos gozar de las maravillosas oportunidades que se encuentran en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y esforzamos por seguir al Buen Pastor, que nos las brinda.
Una y otra vez, durante el ministerio terrenal de nuestro Señor, El hizo un llamado que fue a la vez una invitación y un desafío. Cristo dijo a Pedro y a su hermano Andrés: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19). Al joven rico que le preguntó qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, Jesús le dijo: “…anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres… y ven y sígueme” (Mateo 19:21). Y a todos nosotros Jesús nos dijo: “Si alguno me sirve, sígame” (Juan 12:26).
La invitación del Señor a seguirlo es muy personal y también apremiante porque no podemos debatirnos por mucho tiempo entre dos bandos. Cada uno de nosotros llegará a un punto en que tenga que enfrentarse a la pregunta crucial: “…¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15.) Nuestra salvación depende de la forma en que contestemos esa pregunta y de si estamos dispuestos a comprometernos a hacer algo al respecto. Pedro supo contestar por medio de la revelación: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). Muchas personas más pueden testificar esto por medio del mismo poder, y yo me uno a ellos con humildad y gratitud. Peto todos debemos personalmente responder a esa pregunta; si no lo hacemos ahora, tendremos que hacerlo más adelante, porque en el postrer día toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesús es el Cristo. Nuestra tarea es responder correctamente y vivir de acuerdo con lo que contestemos antes de que sea demasiado tarde y ya no haya remedio. Puesto que Jesús es sin lugar a dudas el Cristo, ¿qué debemos hacer? Seguir leyendo
El ancla para el alma
El ancla para el alma
por el élder M. Russell Ballard
del Quorum de los Doce
Los eslabones de nuestra cadena de fe —las sencillas doctrinas del evangelio— permiten que nuestra ancla personal nos mantenga firmes y seguros.
¿Han visto alguna vez a un barco grande levantar el anda? Es fascinante ver y escuchar cómo los gruesos eslabones de la cadena rechinan contra el metal de la proa del barco a medida que el ancla se levanta o se baja. Si el ancla se coloca como es debido en el fondo del mar, puede sostener firme a un barco gigantesco, aun en aguas turbulentas.
De la misma forma que los barcos necesitan anclas para evitar ser arrastrados al mar abierto, las personas necesitan anclas espirituales en su vida si desean mantenerse firmes e inamovibles para no ser arrastrados al mar de la tentación y el pecado. La fe en Dios y en Su Hijo, el Señor Jesucristo, es el ancla principal que debemos tener en nuestra vida para mantenernos firmes durante las épocas de turbulencias e iniquidades que parecen estar por todos lados hoy día. Para que tenga significado, sea eficaz y nos mantenga firmes, nuestra fe debe estar centrada en Cristo, en Su vida y expiación, y en la restauración de Su evangelio sobre la tierra en los últimos días.
Hace poco hablé con un grupo de posibles candidatos para misioneros. Muchos de esos jóvenes y señoritas habían tomado la decisión de servir una misión regular, pero otros no estaban seguros de que aceptarían ese llamamiento. Les dije que no era necesario que esa misma noche decidieran si iban a ir a una misión o no; en cambio, lo que sí debían decidir era si José Smith se había arrodillado en presencia de Dios, el Padre, y de Su Hijo Jesucristo “…la mañana de un día hermoso y despejado, a principios de la primavera de 1,820…” (José Smith—Historia 1:14).
Escuchen las propias palabras de José:
“Después de apartarme al lugar que previamente había designado, mirando a mi derredor y encontrándome solo, me arrodillé y empecé a elevar a Dios el deseo de mi corazón. Apenas lo hube hecho, cuando súbitamente se apoderó de mí una fuerza que me dominó por completo, y surtió tan asombrosa influencia en mí, que se me trabó la lengua, de modo que no pude hablar. Una densa obscuridad se formó alrededor de mí, y por un momento me pareció que estaba destinado a una destrucción repentina. Seguir leyendo
Sé firme y defiende tus creencias
Sé firme y defiende tus creencias
por el élder James E. Faust
Del Quorum de los Doce Apóstoles
Mis estimados jóvenes amigos: la Iglesia a la que pertenecemos representa muchas cosas, por ejemplo, la integridad, la honradez y elevadas normas de moralidad.
Como miembros de la Iglesia, todos tenemos una personalidad propia; todos tenemos nuestras creencias, ya sean fuertes o no tan fuertes, buenas o no tan buenas.
Es importante que cada uno de nosotros sea firme y defienda plena, completa y abiertamente lo que la Iglesia significa en nuestra vida.
Siento la inclinación de relatarles una experiencia que tuve y quizás la lección que yo aprendí de ella sea de valor para ustedes.
En aquel azaroso año bélico de 1942, fui reclutado en el Cuerpo de Aviación del Ejército de los Estados Unidos con el rango de soldado raso. En una noche fría, en Chanute Fieid, estado de Illinois, se me asignó la vigilancia nocturna; pasé toda esa larga noche caminando alrededor de mi puesto, temblando de frío y tratando de mantenerme despierto, y a la vez pensando y meditando. Por la mañana, había llegado a algunas conclusiones firmes.
Estaba comprometido y sabía que no podría mantener a una esposa con el salario que recibía un soldado raso; entonces sentí que tenía que llegar a ser un oficial. Uno o dos días después de aquella vigilia, llené una solicitud para la escuela de Candidatos para Oficiales. Al poco tiempo me señalaron un día para que me presentara, junto con otros candidatos, ante la junta de supervisores que se encargaba de revisar nuestras aptitudes y habilidades. Mis habilidades no eran muchas, pero ya había cursado dos años de universidad y había servido en una misión para la Iglesia en América del Sur; tenía veintidós años de edad y estaba en buen estado de salud. Con tan escasas calificaciones, me sentía agradecido de haber podido anotar en la solicitud que había sido misionero para la Iglesia. Seguir leyendo
Pedro, mi hermano
Pedro, mi hermano
Por el Élder Spencer W. Kimball
(Devotional BYU, 13 de julio de 1971)
El día de hoy quisiera referirme a mi hermano, colega, compañero en el apostolado, Simón Barjona, o Cefas, o Pedro la piedra.
Hace tiempo que un periódico de un poblado distante incluyó en su editorial dominical un artículo sobre el Domingo de Pascua por un ministro que alegaba que la autoridad presidente de la iglesia primitiva había caído a causa de su excesiva confianza en sí mismo, su indecisión, sus compañeros malignos, su falta de oración, su falta de humildad y su temor a los hombres. Luego concluyó:
“No cometamos, especialmente aquellos que somos cristianos y afirmamos sujetarnos a la palabra de Dios, los mismos errores y caigamos como Pedro” (Rev. Dorsey E. Dent, “A Message for This Week”).
Al leerlo, experimenté emociones extrañas. Primeramente me causó conmoción, enseguida me quedé helado, luego mi sangre cambió de temperatura y comenzó a hervir. Me sentí atacado brutalmente, ya que Pedro era mi hermano, mi colega, mi ejemplo, mi profeta y el ungido de Dios. Luego me dije: “Eso no es cierto. Está difamando a mi hermano.”
Un hombre de visión
Por lo tanto me dispuse a leer el Nuevo Testamento. No pude encontrar a un personaje como el descrito por este ministro moderno. Al contrario, encontré a un hombre que había llegado a la perfección por medio de sus experiencias y sufrimientos; un hombre con visión, un hombre de revelaciones, un hombre en quien el Señor Jesucristo confió plenamente.
Recuerdo la lamentable ocasión en que negó tres veces su asociación con el Señor en aquellos terribles momentos de frustración. Recuerdo su sincero arrepentimiento. En muchas ocasiones fue reprendido por el Maestro, pero aprendió por experiencia y jamás pareció cometer el mismo error dos veces. Veo a un pescador humilde, sin instrucción o preparación, subir gradualmente bajo la tutela del mejor Maestro a un alto pináculo de gran fe, de audaz liderismo, de inflexible testimonio, de valor sin paralelo y de una comprensión casi ilimitada.
Veo al discípulo laico convertirse en el apóstol principal que presidiría la Iglesia y el reino del Señor. Lo escucho respirar pesadamente al escalar el escarpado Monte de la Transfiguración. En este lugar ve y escucha cosas increíbles y tiene la experiencia trascendental de estar en la presencia de su Dios, Elohim; de Jehová, su Redentor; y de otros seres celestiales. Seguir leyendo
“Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente”
“Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente”
por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Pedro había afirmado que nunca negaría al Señor. Sin embargo, la debilidad de la carne se apoderó de él y, bajo la presión de la acusación, su resolución se desmoronó. Después, al reconocer su falta, «saliendo fuera, lloró amargamente».
Quisiera que sus pensamientos se remontaran hacia aquella noche, la más terrible en Jerusalén, poco después de haber terminado la Ultima Cena. Tras salir de la ciudad, Jesús y Sus discípulos se dirigieron al monte de los Olivos. Sabedor de la experiencia terrible que dentro de poco tendría que pasar, Jesús les habló a los que amaba, y les dijo:
“…Todos vosotros os escandalizaréis [o sea, que se apartarán] de mí esta noche…
“Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.
“Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.
“Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré…” (Mateo 26:31, 33-35).
Poco después siguió Su espantoso padecimiento en el jardín de Getsemaní y, a continuación, la entrega traicionera. Al dirigirse la comitiva al patio de Caifas, “Pedro le seguía… hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando se sentó con los alguaciles, para ver el fin” (Mateo 26:58).
Durante ese proceso, mientras los acusadores de Jesús le escupían en el rostro, le daban de puñetazos y le abofeteaban, una criada se acercó a Pedro y le dijo:
“Tú también estabas con Jesús el galileo.
“Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices.
“Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con Jesús el nazareno.
“Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre.
“Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre.
“Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo.
“Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente” (Mateo 26:69-75; cursiva agregada).
¡Qué patéticas son esas palabras! Pedro, expresando con convicción su lealtad, su determinación, su resolución, había afirmado que nunca negaría al Señor. Sin embargo, la debilidad de la carne se apoderó de él y, bajo la presión de la acusación, su resolución se desmoronó. Después, al reconocer su falta, “saliendo fuera, lloró amargamente”. Seguir leyendo
Lectura en familia del Libro de Mormón
Publicado en El Libro de Mormón, Estudio de las escrituras, Familia
Etiquetado El Libro de Mormón, Estudio de las escrituras, Familia
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Siete síntomas peligrosos de un matrimonio enfermizo
Siete síntomas peligrosos
de un matrimonio enfermizo
por Lindsay R. Curtís
Liahona Enero 1971
Durante los muchos años que he trabajado como consejero, tanto en mi profesión de médico como obispo, he notado ciertos síntomas peligrosos de un matrimonio enfermizo, los cuales agitan repetidamente sus banderillas de precaución al igual que las luces amarillas en una carretera. Las personas que son lo suficientemente listas como para reconocer estas señales de peligro, disminuirán la velocidad en el camino que están siguiendo, o se desviarán para tomar uno más seguro que los alejará de la tragedia de la incomprensión y el divorcio.
Es importante reconocer el hecho de que ninguno de estos síntomas es irrevocable, pero si se pasan por alto, si se les permite continuar en ese mismo estado, pueden ser letales para un matrimonio. Veamos si alguno de ellos se aplica a vuestro matrimonio.
El abandono de cortesías comunes
Hace muchos años, el élder Tilomas E. McKay1 fue mi presidente de misión en Suiza. Varios años más tarde, él y su querida esposa me visitaron en mi oficina; para ese entonces, la salud del presidente Thomas, como muchos lo llamaban, no era muy buena. Sólo con penosas dificultades podía sostenerse, y se requería la ayuda de un bastón en un lado y la hermana McKay en el otro para mantenerlo firme.
Lo observé a medida que descendía los escalones de la clínica y se dirigía al auto, el cual estaba estacionado frente al edificio. Con cierto desagrado aceptó la ayuda de la hermana McKay, y rechazó cualquier intento de ayuda que el resto de nosotros tratábamos de proporcionarle.
Siendo que el élder McKay estaba incapacitado para manejar por razón de su salud, me imaginé que su esposa lo ayudaría a introducirse el auto, pero la caballerosidad típica de la familia McKay no iba a ser sacrificada aun por la falta de salud. Ante su insistencia, los dos se dirigieron al lado donde se encuentra el volante, donde él galantemente le abrió la puerta, cerrándola después de que ella se sentó.
No fue sino hasta entonces que el élder Thomas E. McKay, tambaleante y con gran esfuerzo, sosteniéndose contra el auto con una mano, y con el cayado en la otra, fue hasta el lado opuesto del vehículo y se sentó junto a su esposa. Seguir leyendo
Guardad los mandamientos
Guardad los mandamientos
por el presidente Joseph Fielding Smith
Liahona Enero 1971
“Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).
Estas palabras las dirigió el Maestro a sus discípulos varias horas antes de su muerte, cuando se reunió con ellos para participar de la pascua.
El Señor continuó: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.
Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor,- ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?
Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.
El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió” (Juan 14:21-24).
Somos miembros de la Iglesia a fin de que podamos ser establecidos en la verdad que hace libre al hombre. Se ha propagado la declaración de que en la Iglesia se puede encontrar la palabra del Señor, y por eso todos fuimos bautizados con la esperanza y deseo de guardar sus mandamientos, de hacer convenios, tomando sobre nosotros obligaciones que nos darán la vida eterna. Sería trágico que, después de haber sido rescatados de aquellos que son “del mundo” (Juan 17:14) — de acuerdo a las predicciones de los profetas de la antigüedad—ahora, por cualquier causa, permitiéramos que el adversario encontrara un lugar en nuestros corazones para destruir la verdad y nuestro amor del uno por el otro. Si amamos a Cristo, guardaremos sus mandamientos.
Si hubiere alguno que viola o no guarda los mandamientos del Señor, es evidencia de que no lo ama. Debemos obedecerlos. Mediante nuestras obras mostramos que amamos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo le servimos, y amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. (Véase Doc.y Con. 59:5-6.) Seguir leyendo
El bautismo, ¿Por qué a la edad de ocho años?
El bautismo,
¿Por qué a la edad de ocho años?
por C. N. Ottosen
Liahona Enero 1971
Cristo le dijo claramente a Nicodemo, “el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”, y para mayor claridad añadió: “No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:5, 7). A fin de ser admitidos como miembros de la Iglesia de Jesucristo, son necesarios el bautismo y el arrepentimiento, los cuales son la senda por la cual todos deben de pasar para obtener la remisión de los pecados, ser dignos de recibir el Espíritu Santo y llegar a ser miembros del reino de Dios. (Véase Hechos 2:38; 2 Nefi 31:17.)
Este mandato es para todos los hombres porque así le declaró Cristo a Juan al tiempo de su bautismo, “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (Mateo 3:15). La excepción sobresaliente es con los niños. Cristo dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:14). Entonces el Salvador puso sus manos sobre ellos y los bendijo. El profeta Mormón declaró que “Los niños pequeñitos no pueden arrepentirse;… Y el que dice que los niños pequeñitos tienen necesidad de bautizarse, niega las misericordias de Cristo y desprecia su expiación y el poder de su redención” (Moroni 8:19- 20). Es natural que la declaración de Mormón, así como las referencias similares de las escrituras, deberán aplicarse sólo hasta que el niño se haya desarrollado y madurado hasta el grado que sea capaz de arrepentirse, de distinguir entre el bien del mal y de comenzar a ser responsable de sus propios hechos. Una vez que haya llegado a este punto en su desarrollo, debe “nacer de agua y del Espíritu” a fin de entrar al reino de Dios y ser miembro de la Iglesia de Cristo.
El hecho de que Cristo haya declarado el bautismo como un mandamiento para todos los hombres, no significa que esté en discordancia bíblica con la declaración de Mormón, de que los niños pequeños no tienen necesidad del bautismo. Es natural que el arrepentimiento sea imposible en los tiernos años de la infancia, sin embargo más tarde, conforme se desarrollan, llegan a un estado donde el arrepentimiento es posible. Todo lo contrario sería incompatible con el programa de un Padre Celestial bondadoso y sabio. Es lógico esperar que llegará el tiempo cuando en el desarrollo de la personalidad, el niño será llamado a responder por sus hechos, a arrepentirse del error y a cumplir “con toda rectitud” así como todos los hombres. Las iglesias que practican el bautismo de los niños pequeños y tratan de defender su posición, encuentran que no pueden apoyar bíblicamente—ni de ninguna otra manera— esta práctica. Son variables los puntos de vista del clero. San Agustín condenó a las llamas del infierno a todos los infantes que no habían sido bautizados, pero también escribió, en vía de disculpa: “Créanme que no estoy siendo acosado por dificultades pequeñas, y no sé qué contestar.” Vincent Wilkin, capellán católico de la Universidad de Liverpool en Inglaterra, cedió y discurrió teóricamente que los infantes que no son bautizados van a los cielos, pero hasta que llegue el fin del mundo, cuando Cristo venga. En ese tiempo el pecado original y la muerte serán abolidos; entonces los pequeños podrán entrar a los cielos, porque su único pecado fue el pecado original. («Suffer the Little Childreri», Time, 10. de noviembre de 1961, página 52.) Seguir leyendo
El verdadero conocimiento de la Trinidad
El verdadero conocimiento de la Trinidad
por Richard O. Cowan
Liahona Enero 1971
Un acertado conocimiento del carácter y atributos de Dios, es algo básico para la verdadera religión. El Señor mandó al antiguo Israel: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Exodo 20:3). Y Cristo asoció el conocimiento de Dios con el gran don de la vida eterna: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). En estos últimos días, el profeta José Smith ha enseñado que el primer artículo de nuestra fe es creencia en la Trinidad, y que el primer principio del evangelio es “fe en el Señor Jesucristo”.
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días afirma que la verdad acerca de Dios sé enseñó en su sencillez, belleza y poder en los tiempos del Nuevo Testamento. Esta verdad se perdió cuando la autoridad y revelación divinas cesaron de funcionar en la iglesia y las tinieblas de la apostasía cubrieron la tierra. No fue sino hasta que el Padre y el Hijo le aparecieron a José Smith en 1820 e inauguraron la dispensación del cumplimiento de los tiempos, que este conocimiento fue dado a conocer de nuevo al hombre.
El Nuevo Testamento enseña claramente que los tres miembros de la Trinidad son personas separadas; por ejemplo, cuando Jesús fue bautizado:
… el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal… y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia. (Lucas 3:21-22; véase también Mateo 3:13-17; Marcos 1:10-11.)
José Smith dijo:
La señal de la paloma fue instituida desde antes de la creación del mundo como testimonio o testigo del Espíritu Santo, y el diablo no puede presentarse en la seña o señal de la paloma. El Espíritu Santo es un personaje, y tiene la forma de una persona. . .
El Espíritu Santo no puede transformarse en paloma; pero se dio a Juan la señal de la paloma para simbolizar la verdad del hecho. . . (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 3,38).
En la actualidad los bautismos se hacen en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Las instrucciones que el Señor le dio a José Smith en 1843 respecto a la Trinidad fueron:
El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino que es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros (Doc. y Con. 130:22).
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” (Génesis 1: 27; véase también Hebreos 1:1-3.) Cristo y todos los hombres son creados a imagen de Dios. Después de su resurrección, Cristo invitó a los apóstoles para que palparan su cuerpo de carne y huesos, y de este modo les probó que no era tan solamente un espíritu:
…Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. . . Espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu. Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados?. . . Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo (Lucas 24:36-39). Seguir leyendo
Siete maneras de sentir el espíritu de la Navidad
Siete maneras de sentir el espíritu de la Navidad
Por Charlotte Larcabal
Revistas de la Iglesia
LAS DECORACIONES y las festividades son DIVERTIDAS, PERO la clave para tener el espíritu de la Navidad es la feliz ministración.
“Simplemente no parece que sea Navidad”.
¿Alguna vez has pensado algo similar? Quizás lo sientes así ahora: No importa el volumen de las canciones navideñas que escuchas o la cantidad de galletas de Navidad que consumes, simplemente no sientes el espíritu de la Navidad.
Si esto te suena familiar, o si solamente quieres sentir un poco más el espíritu de la Navidad este año, ¡sigue leyendo!
El presidente David O. McKay (1873–1970) lo hizo bastante sencillo: ”El espíritu de la Navidad es el espíritu de Cristo que ilumina nuestro corazón con amor fraternal y amistad, y que nos inspira a rendir actos bondadosos de servicio”1. Bonnie L. Oscarson, ex Presidenta General de las Mujeres Jóvenes lo afirma: “La manera de aumentar el espíritu de Navidad es tender la mano generosamente a los que nos rodean y dar de nosotros mismos”2.
Decorar árboles y dar regalos son algunas formas de celebrar la Navidad pero la clave para sentir el espíritu de Navidad es ministrar a los demás. (Echa un vistazo al artículo anterior, “Ministrar como lo hizo el Salvador”, para aprender más acerca de ministrar).
¡Buenas noticias! Hay muchas maneras maravillosas de ministrar a los demás durante la Navidad. Pon en práctica algunas de las siguientes ideas y pronto sentirás la calidez del Espíritu y te sentirás más cerca del Salvador: ¡el verdadero espíritu de la Navidad! Seguir leyendo
La primera Navidad – The First Noel
La primera Navidad – The First Noel
La Navidad es la época más maravillosa del año. Ella inspira en nosotros un espíritu de marcado entusiasmo y reverencia. Al entonar con júbilo los cantos tradicionales, pensamos en todo lo bueno que conlleva la Navidad: la renovación de esperanza, buena voluntad y buen ánimo.
Muchos de nuestros cantos predilectos son alegres y vigorosos, y llenan el alma de regocijo. Otros son más calmos, y evocan la tierna sencillez de lo que celebramos. Sus dulces estrofas, casi como lo hacen los cantos de cuna, nos ofrecen un mensaje que llega hasta lo más profundo de nuestro ser. Uno de ellos es el antiguo villancico, “La primera Navidad”.
La canción es sencilla y reverente, tal como debe haber sido ese nacimiento tan sagrado de hace 2.000 años. Su letra y la música nos transportan a aquella, la más especial de todas las noches:
La primera Navidad un coro se oyó;
a humildes pastores el cielo cantó,
y un ángel les habló, rodeado de luz,
anunciando la Natividad de Jesús.
La palabra “Noel”, en el estribillo de la canción, es de origen francés y está ligada al latín “natalis”, que quiere decir “nacimiento”. Pero ese “Noel” se refiere a un nacimiento que cambiaría el mundo y todo cuanto hay en él; una fecha que, para la mayoría del mundo, reordenó el calendario y es celebrada hasta hoy día.
Con el paso del tiempo, la palabra “Noel” ha llegado a referirse a la Navidad pero, más específicamente a la música navideña. “La primera Navidad”, entonces, se refiere al primer canto de Navidad, aquél que entonaron los ángeles a humildes pastores en las afueras de Belén. Apenas podemos imaginar cómo sonó esa música pero, en cierto sentido, los villancicos de hoy son cual un eco de aquel primer Noel. Ya sea en entusiasta declaración de “gloria a Dios en lo alto” o en una tierna afirmación de paz en la tierra y “buena voluntad para con los hombres”, nos unimos a los ángeles para cantar alabanzas al recién nacido Rey.
La primera Navidad
La primera Navidad un coro se ̮oyó;
a humildes pastores el cielo cantó,
y un ángel les habló, rodeado de luz,
anunciando la Natividad de Jesús.
Noel, Noel, Noel, Noel.
Hoy ha nacido el Rey de ̮Israel.
La estrella de Belén a los magos guió;
en la noche silente ̮en Judea brilló.
El pesebre encontraron siguiendo la luz
y le dieron presentes al niño Jesús.
Noel, Noel, Noel, Noel.
Hoy ha nacido el Rey de ̮Israel.
Mensaje de Navidad
Mensaje de Navidad
Por el presidente David O. McKay.
(Tomado del “ímprovement Era” de 1951)
“Y había pastores en la misma tierra, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su ganado.
“Y he aquí el ángel del Señor vino sobre ellos, y la claridad de Dios los cercó de resplandor; y tuvieron gran temor.
“Mas el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:
“Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor.” (Lucas 2:8-11)
El relato del anuncio de la primera Navidad es la historia más dulce que jamás se ha dicho —la historia más dulce por causa de los principios eternos que se anuncian— y las “nuevas de gran gozo” habían de ser “para todo el pueblo”. La luz del mundo había de brillar en cada corazón.
Jesús no hizo acepción de personas; y como dijo en las orillas del Mar Galileo, así dice a todos hoy día: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:28-29)
Gloria a Dios y paz en la tierra eran los principios mayores enunciados por los mensajeros celestes al tiempo de su nacimiento, y luego Él dijo, “Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios” (ib., 5:9)
Al fin de su vida. El consoló a sus discípulos por decir, “Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33).
Durante toda su vida la paz estaba en sus labios y en su corazón.
La responsabilidad de establecer la paz en el mundo no descansa sólo en una unión de naciones. La paz como fué enseñada por el Salvador se refiere al individuo tanto como a las comunidades y países —e incluye a la paz en el hogar, la paz entre vecinos, la paz entre los padres y sus hijos, maridos y esposas, hermanos y hermanas, y la paz con Dios.
No tiene paz aquel hombre que sea falso a sí mismo, que transgrede la ley de rectitud por entregarse a las tentaciones de la carne, que sea falso a la confianza, o que trate falsamente con sus semejantes. La paz no viene al transgresor de la ley. Viene por la obediencia a la ley.
La libertad viene también por obedecer la ley, y debemos preservar no sólo la paz sino también nuestra libertad preciosa que es un derecho inalienable, dado de Dios. Es una parte irrevocable del evangelio de Jesucristo—la libertad y la dignidad y el destino eterno del hombre individuo.
El espíritu del mundo está opuesto al establecimiento de la paz y la libertad y éstas pueden venir sólo por cumplir con los eternos principios éticos y espirituales que fueron proclamados y vividos por Jesús de Nazaret, el Cristo crucificado, el Señor levantado, el Príncipe de Paz.
En esta Nochebuena mientras la obscuridad cubre la tierra, nos acostaremos con confianza absoluta de que la noche pasará y que por la mañana de la Navidad la tierra se llenará de nuevo con la luz del día. De esto no tenemos ninguna duda.
Tan absoluta como la certeza que tenemos en el corazón de que el alba de mañana seguirá después de esta noche es mi seguridad de que Jesucristo es el Salvador del género humano, la luz que desvanecerá las tinieblas del mundo por medio del evangelio que fué restaurado por revelación directa al profeta José Smith. Y tal día vendrá a pesar de los trastornos políticos y disensiones internacionales.
Que tengan tiempo feliz en celebrar la Navidad —porque a pesar del desánimo y las condiciones de tristeza en el mundo, es la estación más feliz de todo el año. Pero acordémonos siempre de que la gente más bendecida es aquélla que se porte de acuerdo con las enseñanzas y el ejemplo de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, en cuyo nacimiento se proclamó: “Paz en la tierra. Buena voluntad para con todos los hombres” (Véase Lucas 2:14)
Que la paz de Nuestro Padre Celestial more en su corazón y en los corazones del pueblo por todas partes mientras que se le acerquen a Él en oración y alabanza estas Pascuas. Y que los enfermos sean aliviados; que se consuelen los desconsolados; que sean alzados los corazones de los solitarios; que los fatigados descansen; que los necesitados tengan alimentos; que reciban seguridad los que duden; y que se confundan los hombres malos y astutos.
“Ven, Oh Cristo, a quitar
De nuestros hombros el pesar,
Y en el corazón vivir
De todo hombre por doquier”
La primera navidad en américa
La primera navidad en américa
Por élder Hal Herles
Liahona Diciembre 1954
Amigos regresemos en la imaginación a través de los años hasta un día hace casi dos mil años. Nuestro relato tendrá lugar en este hemisferio occidental, porque aquí es donde, en el meridiano de los tiempos, esta tierra fué poblada por una grande y poderosa raza, cuyas ciudades se extendían desde el norte hasta el sur del estrecho paso que divide las dos Américas.
Aquí en este verde valle yace la antigua ciudad de “ZARAHEMLA”.
Llega a la ciudad Nefita de Zarahemla un profeta cansado y rechazado, que se llamaba Samuel. Su propia gente lo había rechazado porque era cristiano y los Nefitas- lo rechazaron porque fué Lamanita. Las gentes de esta ciudad eran muy poderosas y altivas: y por poco se habían olvidado de Dios.
Por muchos días el profeta Samuel había predicado el arrepentimiento a los de esta ciudad, más el pueblo endureció su corazón y lo echaron fuera. Con tristeza Samuel subía una vereda solitaria y rocosa que conducía hacia la tierra de su propia raza.
De repente vino la voz del Señor y él alzó su triste cabeza porque oía la voz. Seguir leyendo










