CAPÍTULO 39
Reflexiones sobre llegar a
ser miembro del Cuórum de los Doce
Conferencia general, abril de 1941.
Este discurso fue pronunciado tras el llamamiento del presidente Lee al Cuórum de los Doce.
Desde las nueve de la noche de ayer he vivido una vida entera en retrospectiva y en perspectiva. Pasé una noche sin dormir. No cerré los ojos ni un momento, y ustedes tampoco lo habrían hecho si hubieran estado en mi lugar. Durante toda la noche, al pensar en esta designación tan imponente y conmovedora para el alma, no dejaban de venir a mi mente las palabras del apóstol Pablo, que pronunció al describir las cualidades humanas que se hallaban en el Señor y Salvador:
“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Hebreos 4:15–16)
Nadie podría haber escuchado el conmovedor testimonio del presidente Heber J. Grant, al expresar lo que sintió cuando fue llamado al apostolado, o al relatar sus experiencias al extender llamamientos a otros para puestos similares, sin comprender que estuvo muy cerca de su Padre Celestial en esas vivencias. Por ello, tomaré las palabras del apóstol Pablo. Me acercaré confiadamente al trono de la gracia, y pediré misericordia y Su gracia para ayudarme en mi hora de necesidad. Con esa ayuda no puedo fracasar. Sin ella, no puedo tener éxito.
Desde mi niñez he considerado a estos hombres como los más grandes sobre la faz de la tierra, y ahora, contemplar la posibilidad de una asociación íntima con ellos me resulta abrumador y va más allá de lo que puedo comprender.
Doy gracias a Dios hoy por mi linaje. Mi padre y mi madre están escuchando, ya sea en esta gran asamblea o por la radio, si acaso no lograron entrar en la reunión. Creo que esta es mi forma de rendir homenaje a los dos apellidos que me dieron al nacer: Bingham y Lee. Espero no deshonrar esos nombres. He sido bendecido con un padre ejemplar y una madre grandiosa y encantadora, una que no solía demostrar con frecuencia su afecto, pero que manifestaba su amor de maneras tangibles que, siendo niño, aprendí pronto a reconocer como verdadero amor maternal.
Cuando solo era un estudiante de secundaria, me fui de viaje con el equipo de debate. Ganamos el debate. Al regresar llamé por teléfono a mi madre, solo para escucharla decir: “No te preocupes, hijo. Ya lo sé todo. Te lo contaré cuando llegues a casa al final de la semana.” Cuando volví, me llevó aparte y me dijo: “Cuando supe que era justo la hora en que empezaría la competencia, salí entre los sauces junto al arroyo, y allí, completamente sola, me acordé de ti y oré a Dios para que no fallaras.” He llegado a saber que ese tipo de amor es necesario para todo hijo e hija que desea triunfar en este mundo: este es mi tributo a mis padres.
Anoche, cuando salí de aquí, y mi pequeña familia se arrodilló conmigo para orar juntos, puse a prueba su fe. Los encontré firmes. Me han dado su apoyo, su fortaleza. Están dispuestos a hacer el sacrificio y han aceptado este llamamiento como propio, junto conmigo. He llegado a comprender, en estos últimos años, en mi breve servicio en la Iglesia, que sin la ayuda de una esposa encantadora y devota, dispuesta a sacrificarse y cuidar del hogar, ningún hombre puede mantener una posición en esta Iglesia y esperar seguir sirviendo como ha sido llamado.
A ella también, que escucha esta tarde, y delante de ustedes, reconozco su dulzura, su belleza, su devoción y su sacrificio.
Durante los últimos cinco gloriosos y exigentes años, he trabajado, bajo un llamamiento de la Primera Presidencia, con un grupo de hombres en el desarrollo y despliegue de lo que hemos llamado el plan de bienestar de la Iglesia. Al concluir, siento que debo darles mi testimonio sobre esa obra.
Fue el 20 de abril de 1935 cuando fui llamado a la oficina de la Primera Presidencia. Eso fue un año antes del anuncio oficial del plan de bienestar en este Tabernáculo. Allí, tras una sesión de medio día completo, en la que estuvieron presentes el presidente Grant y el presidente McKay —el presidente Clark estaba en el Este, pero se comunicaron con él, de modo que todos los miembros de la Presidencia estaban en acuerdo—, me sorprendió saber que durante años habían tenido ante ellos, como resultado de su pensamiento, su planificación y de la inspiración del Dios Todopoderoso, el genio del mismo plan que ahora se está llevando a cabo, y que estaba esperando y preparándose para un tiempo en que, según su juicio, la fe de los Santos de los Últimos Días fuera tal que estuvieran dispuestos a seguir el consejo de los hombres que dirigen y presiden esta Iglesia.
En ese momento, se me describió el humilde lugar que ocuparía en este programa. Salí de allí cerca del mediodía, sintiéndome como me siento ahora. Conduje mi auto hasta la cabecera del Cañón City Creek. Me bajé, después de haber conducido hasta donde fue posible, y caminé entre los árboles. Busqué a mi Padre Celestial. Al sentarme a meditar sobre este asunto, preguntándome cómo se perfeccionaría una organización para llevar a cabo esta obra, recibí un testimonio, en aquella hermosa tarde de primavera, de que Dios ya había revelado la organización más grande que jamás podría darse a la humanidad, y que lo único que se necesitaba ahora era poner esa organización en marcha, y el bienestar temporal de los Santos de los Últimos Días estaría resguardado.
Fue en agosto de ese mismo año que, junto con el hermano Mark Austin del comité general, condujimos hasta St. George y luego regresamos cruzando las montañas hacia Richfield, para una reunión de la mañana muy temprano. En ese momento había un repunte económico, tanto que algunos comenzaban a cuestionar la sabiduría de esta clase de actividad, y se preguntaban por qué la Iglesia no lo había hecho antes. En esa hora temprana, tuve una impresión clara, tan real como si alguien me hubiera hablado audiblemente. Esta fue la impresión que recibí y que me ha acompañado todos estos años: No hay un solo individuo en la Iglesia que comprenda el verdadero propósito para el cual se lanzó este programa, pero apenas la Iglesia haya hecho la preparación suficiente, ese propósito se manifestará; y cuando llegue, pondrá a prueba todos los recursos de la Iglesia para poder afrontarlo. Temblé al sentir lo que se apoderó de mí. Desde aquel día, ese sentimiento me ha impulsado, de día y de noche, casi sin descanso, sabiendo que esta es la voluntad de Dios, este es Su plan. Lo único necesario hoy es que los Santos de los Últimos Días, en todo lugar, reconozcan a estos hombres que se sientan aquí en el estrado como fuentes de verdad, a través de quienes Dios revelará Su voluntad, para que Sus santos puedan ser preservados en un día de maldad.
Les testifico que sé que Dios vive. Sé que Él ha hablado en esta dispensación. Sé que la obra que ahora estamos desarrollando y expandiendo aún tiene mayores posibilidades futuras. Estas se harán realidad en la medida en que los Santos de los Últimos Días aprendan a hacer lo que se les indica, pero no antes; y algunas de las cosas más grandiosas que están por venir solo se manifestarán si, y cuando, aprendamos a escuchar a estos hombres que presiden como profetas, videntes y reveladores.
Les pido su fe y sus oraciones, para que, a lo largo de los años, yo pueda ser el testigo que se espera que sea quien ha sido llamado a esta posición. ¿Orarán para que esa meta se cumpla en mi labor entre ustedes?
Los he amado. He llegado a conocerlos íntimamente. Sus problemas, gracias al Señor, han sido también mis problemas, porque sé, al igual que ustedes, lo que significa andar a pie cuando no se tiene dinero para viajar. Sé lo que significa saltarse comidas para poder comprar un libro y asistir a la universidad. Ahora doy gracias a Dios por esas experiencias. Los he amado por su devoción y fe.
Que Dios los bendiga para que no fracasen, sino que, junto con esta Iglesia, sigan adelante hacia un glorioso porvenir, es mi oración en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.
























